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LA LUZ ENTRE NOSOTROS

Laura Lynne Jackson  

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Fragmento

Introducción


Iba en la autopista de Jericho, hacia el oeste, cuando los mensajes empezaron a llegar.

Apreté el volante de mi Honda Pilot, me desvié a la derecha, y entré al estacionamiento de un Staples. Frené y me detuve a la mitad de un lugar para estacionarme.

No estaba lista para recibirlos. Hacía apenas un rato había estado respirando profundo, intentando mantener la calma, porque estaba muy nerviosa. Muerta de miedo, de hecho. Pronto estaría en un lugar repleto de gente sufriendo. Esa tarde mi papel sería tratar de aliviar su dolor. Mi miedo era que les hiciera más daño.

Iba vestida con una camisa negra lisa y pantalones negros. No quería que nadie se distrajera por los patrones de mi blusa o por las flores de mi vestido. Me había saltado la cena, porque estaba demasiado ansiosa como para comer. Mi esposo, Garrett, aún no llegaba a casa del trabajo, así que le pedí a mi madre que cuidara a mis dos hijos hasta que él regresara. Iba tarde y traté de ganar un poco de tiempo en la autopista, pero había tráfico.

Entonces, de pronto, empezaron a llegar a mí.

Los niños.

Todos de golpe, como un grupo, ahí estaban. Era impresionante. Como estar sola en un cuarto, y de pronto la puerta se abre y entran diez o quince personas. Puedes no verlas o escucharlas, pero aun así sabes que están ahí: las puedes sentir. Sabes que ya no estás sola. Eso es lo que se sintió en mi Honda Pilot; sabía que no estaba sola.

Después vinieron las palabras y las historias y los nombres y las peticiones y las descripciones y las imágenes y todas las cosas que querían compartir, tantas que tuve que calmarlos.

“Un segundo, un segundo”, dije en voz alta mientras buscaba a tientas mi pequeña libreta roja y una pluma. Empecé a escribir tan rápido como podía, pero no era capaz de seguirle el ritmo a todos los mensajes que llegaban. Era algo desbordante.

Diles que aún estoy aquí, dijo uno.

Diles que todavía soy parte de sus vidas, dijo otro.

Diles que los amo y veo todo lo que pasa.

Por favor no lloren por mí. Estoy bien.

No estoy muerto. Sigo siendo tu hijo.

No pienses en mí como si me hubiera ido. No me he ido.

¡Por favor diles que no me he ido!

Me senté en mi auto a medio estacionar afuera del Staples y seguí escribiendo: una mujer rodeada de niños a quienes nadie más podía ver.

Al final, después de unos minutos, guardé las notas en mi bolsa, regresé a la autopista y manejé tan rápido como pude rumbo al Hilton de Huntington en Broad Hollow Road. Corrí por el vestíbulo del hotel y encontré la sala de conferencias del evento. Afuera, un letrero apenas daba una pista de lo que sucedería esa noche. Decía: “Cómo escuchar cuando tus niños hablan”.

La sala de conferencias era común y corriente: cortinas marrones, luces en el techo, alfombra mullida, sillas giratorias. En medio de la sala había una amplia mesa rectangular con diecinueve personas sentadas alrededor en una postura rígida. Cuando entré todos voltearon a verme y permanecieron en completo silencio. Sus rostros eran tristes y agobiados. Me pareció que transcurrió todo un minuto antes de que alguien respirara.

Eran los padres.

Los anfitriones de esta tarde, Phran y Bob Ginsberg —los directores de la Forever Family Foundation— se acercaron y rompieron la tensión. Me dieron la bienvenida con un abrazo y me invitaron a sentarme. Les dije “No, gracias”; no había manera de que pudiera sentarme, estaba demasiado nerviosa. Bob se paró al frente de la sala y aclaró la garganta.

“Ella es Laura Lynne Jackson”, dijo con voz dulce. “Es una médium certificada por la Forever Family Foundation, y está hoy aquí para ayudarnos a aprender a hablar con nuestros niños.”

Bob se hizo a un lado y me dejó la pista libre. Respiré profundo y volteé a ver las anotaciones en mi mano. Los padres me observaban, esperando. No sabía qué decir o cómo empezar. Pasó otro largo momento, volvió el espeso y pesado silencio.

Nadie sabía qué pasaría después, y yo menos que todos.

Por último subí la mirada y hablé.

“Sus niños están aquí”, dije con torpeza. “Y hay algo que quieren que ustedes sepan.”


Mi nombre es Laura Lynne Jackson y soy esposa, madre y maestra de inglés en preparatoria.

También soy médium psíquica.

Tal vez no soy en lo que la gente piensa cuando imaginan a un médium psíquico. No leo hojas de té ni las cartas del tarot, y no trabajo en un local. No leo la fortuna y no tengo una bola de cristal (bueno, está bien, tengo una diminuta, pero es decorativa y sólo porque no me resistí a comprarla cuando la vi en la tienda). Tan sólo poseo un don que está más concentrado en mí que en los demás.

Soy clarividente, lo que significa que tengo la capacidad de reunir información acerca de personas y acontecimientos por medios más allá de mis cinco sentidos. También soy clariaudiente —puedo percibir sonidos por medios más allá de mis oídos— y clarisintiente, lo que me permite sentir cosas por medios no humanos.

Por ejemplo, puedo sentarme en la mesa de un restaurante y sentir la energía distintiva de las personas que estuvieron ahí antes de mí, como si hubieran dejado docenas de huellas energéticas erizadas. Y si esa energía me golpea de manera negativa, le diría de manera cortés a la recepcionista que preferiría sentarme en otro sitio o, si era la última mesa libre, que debo irme. Lo que no siempre emociona a mi esposo y a mis hijos. Ni a la recepcionista, para tal caso.

Más allá de mis habilidades como psíquica, también soy médium, lo que significa que soy capaz de comunicarme con personas que se han ido de esta Tierra.

Si tu primera pregunta es cómo llegué a ser así, mi primera respuesta es

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