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LA MORADA INFINITA

Arnoldo Kraus  

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Fragmento

Prólogo

¿Qué podrá hacer mi corazón?
En vano hemos llegado,
Hemos brotado en la tierra.
¿Sólo así he de irme
como las flores que perecieron?
¿Nada quedará de mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!

Cantos de Huexotzinco

(traducción de Miguel León-Portilla)

Hace muchos años que escribí cómo el hombre, en todos los tiempos y en todas las circunstancias, se ha negado a morir. Con el poder creador que le es propio, los distintos pueblos de la Tierra han establecido los lugares a los que se irá después de la muerte. Ante la presencia inexorable de la muerte, el hombre trata de evadirla y para ello acude a filosofías, religiones y distintas formas de pensamiento para establecer que, aunque el cuerpo se destruye, existe otro componente que irá a un lugar diferente en donde el hombre perdura de alguna manera. Llámese Cielo o Infierno, acompañar al Sol o ir al Tlalocan o al Mictlán, el hecho es que las diferentes culturas han planteado sus propias maneras de evitar la muerte. El anterior poema nos dice cómo el hombre náhuatl se lamenta y pregunta si algo quedará de él en la tierra. La respuesta que se da a sí mismo es “al menos flores, al menos cantos”, es decir, la poesía, que perdura en el tiempo.

El trascender de alguna manera a la muerte ha sido preocupación de muchos pueblos de la tierra. Veamos culturas que nos son más cercanas. Para el cristianismo católico, existen tres sitios adonde se irá después de la muerte, estos son el Cielo, el Purgatorio o el Infierno. El destino después de la muerte depende, en este caso, de un contenido moral: si te portas bien y no pecas mortalmente, estás destinado a ir al Cielo; por el contrario, si has pecado gravemente, se te destina ir al Infierno; y si los pecados no fueron graves, irás al Purgatorio. Por lo tanto, es un orden moral el que predomina: si te portas bien vas a gozar, de lo contrario te esperan las llamas del Infierno. La diferencia notable con el México prehispánico, y concretamente con los mexicas, es que lo que determinaba el lugar al que se iría después de la muerte era la manera en que se moría: si el individuo moría en la guerra o era hecho prisionero para ser sacrificado a los dioses, entonces se le destinaba a acompañar al Sol desde que el astro salía por el oriente hasta el mediodía. Estos guerreros daban gritos de guerra y eran acompañantes del Sol joven, vigoroso, encarnado en Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra. Por lo tanto, el rumbo del oriente se le tenía como el rumbo masculino del universo. También a las mujeres muertas en su primer parto se les deparaba acompañar al Sol desde el mediodía hasta el ocaso, ya que los mexicas pensaban que el trance de dar a luz a un nuevo ser era una batalla, y si la mujer moría en el proceso del parto era considerada una heroína guerrera. Por eso, el poniente era el rumbo femenino del universo.

Un aspecto fundamental en relación con esta cultura era el de la dualidad vida/muerte. El hombre mesoamericano observaba que a lo largo del año había dos momentos diferentes entre sí: una temporada de lluvia en que todo florecía y las plantas daban sus frutos y una temporada de secas en que no había agua y los árboles perdían sus hojas, acompañada además de la llegada del frío. Lo anterior lo llevaba a ver esa dualidad formada por opuestos complementarios. Lo interesante de esto es que luego de la temporada de secas —muerte— volvía la temporada de lluvia —vida—, en un constante ciclo que se perdía en el tiempo. El calendario, en buena medida, se establecía a partir de esta observación cotidiana de la naturaleza.

Pero vayamos al libro que hoy prologamos. Su autor, el doctor Arnoldo Kraus, ha hecho de su vida una pasión por la muerte, o más bien una pasión por la vida y por el bien morir. De sus múltiples escritos en este libro, de lectura fácil y contenido pr

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