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LA MUJER EUNUCO

Germaine Greer  

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Fragmento

PRÓLOGO A LA EDICIÓN

DEL 21.º ANIVERSARIO

Hace veinte años escribí en la introducción de La mujer eunuco que, en mi opinión, era un libro que iba a pasar de moda y a desaparecer muy pronto. Confiaba en que en la Tierra aparecería una nueva variedad de mujeres para quienes sería del todo irrelevante el análisis de la opresión sexual en el mundo desarrollado en la segunda mitad del siglo XX.

Ahora hay muchas nuevas variedades de mujeres sobre la Tierra: hay mujeres que trabajan sus músculos, con pectorales tan duros como los de cualquier hombre; hay corredoras de maratón, con una musculatura tan fibrosa y prieta como la de cualquier hombre; hay administradoras con tanto poder como cualquier hombre; hay mujeres que pagan una pensión a sus exmaridos y mujeres que cobran una pensión de sus exparejas de hecho; hay lesbianas declaradas que reivindican el derecho a casarse y tener hijos por inseminación artificial; hay hombres que se mutilan y obtienen pasaportes como mujeres legalmente reconocidas; hay prostitutas que se han agrupado en organizaciones profesionales bien visibles; hay mujeres armadas en las filas de combate de los ejércitos más poderosos de la Tierra; hay coroneles con todos los galones que usan lápiz de labios de vivos colores y llevan las uñas pintadas; hay mujeres que escriben libros sobre sus conquistas sexuales, en los que citan nombres y describen las posiciones, tamaño de los miembros, etc. Ninguno de estos prodigios en femenino se podía observar en un número significativo hace veinte años.

Ahora las revistas femeninas se escriben para personas adultas y no hablan solo de relaciones sexuales prematrimoniales, anticonceptivos y aborto, sino también de enfermedades venéreas, incesto, perversiones sexuales y, todavía más sorprendente, de finanzas —altas y bajas—, de política, sobre la conservación del medio ambiente, los derechos de los animales y el poder de los consumidores y consumidoras. Una vez saturado el mercado de la anticoncepción y tras la fuerte reducción de las posibilidades de ganar dinero con la menstruación, las multinacionales farmacéuticas por fin han dirigido su atención hacia las mujeres menopáusicas y postmenopáusicas, que representan un nuevo y enorme mercado no explotado para la terapia de reposición hormonal. En cualquier serial televisivo se puede ver sexo geriátrico. ¿Qué más podrían desear las mujeres?

La libertad, ni más ni menos.

Libertad de la condición de objeto mirado, en vez de ser la persona que devuelve la mirada. Libertad de la inseguridad de ser como son. Libertad del deber de estimular el apetito sexual masculino desfalleciente, para el cual ningún seno es nunca suficientemente duro y turgente, y ninguna pierna suficientemente larga. Libertad de las incómodas prendas que es preciso vestir para excitar. Libertad de los zapatos que nos obligan a acortar el paso y sacar culo. Libertad de la lozanía juvenil siempre presente en la página 3.[*] Libertad de los insultos humillantes con que nos abruman las revistas de la estantería superior de los puestos de periódicos; libertad de ser violadas: desnudadas verbalmente por trabajadores de la construcción, espiadas en nuestras idas y venidas cotidianas, interceptadas en nuestro camino, objeto de proposiciones o seguidas por la calle, blanco de las bromas de mal gusto de nuestros compañeros de trabajo, manoseadas por el jefe, utilizadas sádicamente o contra nuestra voluntad por los hombres que amamos, o atacadas violentamente y apaleadas por un desconocido, o una pandilla de desconocidos.

Hace veinte años era importante subrayar el derecho a la expresión sexual y mucho menos importante destacar el derecho de una mujer a rechazar los avances masculinos. Ahora, debido a la aparición del sida sobre la faz de la Tierra, es aún más importante insistir en el derecho a rechazar la penetración del miembro masculino, el derecho al sexo seguro, el derecho a la castidad, el derecho a aplazar la intimidad física hasta que existan pruebas irrefutables de un compromiso. Aun así, la argumentación de La mujer eunuco continúa siendo válida, puesto que sostiene que una mujer tiene derecho a expresar su propia sexualidad; que no es lo mismo que el derecho a capitular ante los avances masculinos. La mujer eunuco argumenta que rechazar la concepción de la libido femenina como meramente reactiva es esencial para la liberación femenina. Este es el postulado que los gacetilleros descerebrados de Fleet Street interpretaron como que les estaba diciendo a las mujeres que «se lancen y lo hagan».

La libertad por la que yo abogaba hace veinte años era la libertad de ser una persona, con la dignidad, la integridad, la nobleza, la pasión y el orgullo que constituyen la condición de persona. La libertad de correr, gritar, hablar en voz alta y sentarse con las rodillas separadas. La libertad de conocer y amar la Tierra y todo lo que nada, yace y repta sobre ella. La libertad de aprender y la libertad de enseñar. La libertad de vivir sin miedo, la libertad de no pasar hambre, la libertad de palabra y de creencias. La mayor parte de las mujeres del mundo siguen teniendo miedo, siguen pasando hambre, siguen mudas y continúan cargando con todo tipo de prejuicios impuestos por la religión, con la cara cubierta, amordazadas, mutiladas y apaleadas. La mujer eunuco no habla de las mujeres pobres (porque cuando lo escribí, no las conocía) sino de las mujeres del mundo rico, cuya opresión es percibida como libertad por las primeras.

La desaparición súbita del comunismo en 1989-1990 catapultó a las mujeres pobres del mundo a la sociedad de consumo, donde no existe ninguna protección para las madres, las personas mayores o discapacitadas, ningún compromiso a favor de la atención sanitaria o la educación o la mejora del nivel de vida para toda la población. En esos dos años, millones de mujeres vieron desfondarse su mundo; pero aunque perdieron las ayudas para el mantenimiento de los hijos e hijas, sus pensiones, sus prestaciones sanitarias, sus guarderías y sus trabajos protegidos, y se cerraron los hospitales y escuelas donde trabajaban, no hubo un estallido de indignación. Tenían libertad de expresión pero no tenían voz. Tenían la libertad de comprar servicios esenciales con un dinero del cual carecían, la libertad de desarrollar la forma más antigua de empresa privada, la prostitución, prostitución del cuerpo, de la mente y del alma, entregadas al consumismo, o alternativamente la libertad de morirse de hambre, la libertad de mendigar.

Ahora se puede ver a la mujer eunuco en todo el mundo. Durante todo este tiempo, mientras creíamos estarla expulsando de nuestras mentes y nuestros corazones, se ha estado propagando hasta dondequiera que puedan llegar los pantalones tejanos y la Coca-Cola. Dondequiera que vean laca para las uñas, lápiz de labios, sostenes y zapatos de tacón alto, la mujer eunuco ha asentado sus reales. Allí podrán encontrarla triunfante, incluso bajo el velo.

RESUMEN

El mundo ha perdido el alma, y yo, mi sexo.

ERNEST TOLLER, Hinkemann

Este libro forma parte de la segunda ola del feminismo. Las antiguas sufragistas, que cumplieron penas de prisión y vivieron los años de progresiva admisión de las mujeres en unas profesiones que renunciaron a seguir, a unas libertades parlamentarias que renunciaron a ejercer, en los centros de enseñanza que comenzaron a utilizar cada vez más como tiendas donde obtener titulaciones mientras esperaban el momento de casarse, han visto revivir su espíritu en otras mujeres más jóvenes, con un estilo nuevo y vital. La señora Hazel Hunkins-Hallinan, dirigente del Six Point Group, ha acogido con agrado a las militantes más jóvenes e incluso su franqueza sexual. «Son jóvenes —le dijo a Irma Kurtz— y sin ninguna finura política, pero están llenas de vida. Las miembros de nuestro grupo han sido hasta ahora demasiado mayores para mi gusto.»[1] Después del éxtasis de la acción directa, las damas militantes de dos generaciones atrás sentaron cabeza y se dedicaron a trabajar en la consolidación de infinidad de pequeñas organizaciones, mientras el caudal principal de su energía, cada vez más reducido, cada vez más respetable, se disipaba en los esfuerzos para estirar los presupuestos de posguerra, en la recuperación de los volantes, los corsés y la feminidad tras los permisivos años veinte, y a través de la estafa sexual de los cincuenta. El afán evangelizador se marchitó, trocado en excentricidad.

El nuevo énfasis es distinto. Antaño, refinadas damas de clase media clamaban pidiendo reformas; ahora, mujeres nada refinadas de clase media llaman a la revolución. En el caso de muchas de ellas, el grito a favor de la revolución antecedió al grito a favor de la liberación de las mujeres. La nueva izquierda ha sido la incubadora de la mayoría de movimientos y muchos consideran que la liberación dependerá de la consecución de la sociedad sin clases y la desaparición del Estado. La diferencia es radical: la fe de las sufragistas en los sistemas políticos existentes y su profundo deseo de participar en ellos se han extinguido. En los viejos tiempos, las damas estaban muy preocupadas por dejar claro que no pretendían trastocar la sociedad ni desbancar a Dios. Sus acciones ponían en peligro el matrimonio, la familia, la propiedad privada y el Estado, pero ellas se mostraban ansiosas de apaciguar los temores de los sectores conservadores y, con ese proceder, las sufragistas traicionaron su propia causa y allanaron el camino para el fracaso de la emancipación. Hace cinco años parecía evidente que la emancipación había fracasado: el número de parlamentarias se había estabilizado en una baja proporción; el número de mujeres profesionales se había estabilizado en una minúscula minoría; el empleo femenino se había acabado ajustando a un patrón de trabajo mal remunerado, subalterno y de apoyo. La puerta de la jaula se había abierto, pero el canario se había resistido a emprender el vuelo. La conclusión era que jamás se debería haber abierto esa puerta, pues los canarios estaban hechos para el cautiverio; la sugerencia de una alternativa solo había servido para desorientarlos y entristecerlos.

Todavía existen organizaciones feministas que siguen las huellas reformadoras marcadas por las sufragistas. La National Organization for Women de Betty Friedan está representada en las comisiones del Congreso, especialmente en las que se consideran de especial relevancia para las mujeres. Las políticas siguen representando los intereses de las mujeres, pero la mayoría de las veces se trata de sus intereses como personas dependientes, que deben ser protegidas del divorcio fácil y de toda clase de privilegios donjuanescos. El Six Point Group de la señora Hunkins-Hallinan es una organización política respetada. Lo novedoso es que grupos como ese están siendo objeto de una nueva atención. Los medios de comunicación se empeñan en hablar cada semana e incluso a diario de la liberación de la mujer. Lo que ha cambiado es que de repente todo el mundo se interesa por el tema de las mujeres. Puede que no estén a favor del movimiento existente, pero les preocupan las cuestiones que plantea. Cabría esperar que el movimiento encontrase un fuerte apoyo entre las jóvenes universitarias. No es de extrañar que las trabajadoras explotadas se decidan a plantear por fin sus reivindicaciones al Gobierno. Sorprende, en cambio, que mujeres que no tienen motivo

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