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LA NIñA DEL FARO

Jeanette Winterson  

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Fragmento

MI MADRE ME LLAMÓ SILVER. NACÍ MITAD METAL PRECIOSO Y MITAD PIRATA.

No tengo padre. No hay nada extraordinario en eso. Incluso los niños que tienen padre a menudo se sorprenden al verlos. El mío llegó del mar y fue en el mar donde desapareció. Era tripulante de un barco pesquero que ancló en nuestro puerto una noche en que las olas rompían como el cristal oscuro. El descascarillado casco de su barco le permitió permanecer en tierra el tiempo suficiente para echar el ancla en el interior de mi madre.

Los bancos de bebés se pelearon por la vida.

Gané yo.

Vivía en una casa sobre la pendiente del acantilado. Había que clavar las sillas al suelo y jamás podíamos comer espaguetis. Comíamos cosas que se quedaran pegadas al plato: pastel de carne con patatas, gulash, risotto, huevos revueltos. Una vez intentamos comer guisantes. Menudo desastre. Durante mucho tiempo todavía encontramos alguno, verde y cubierto de polvo, en los rincones de la habitación.

Hay quien se cría en una colina y hay quien se cría en el valle. La mayoría lo hace en el llano. Yo vine a la vida inclinada, y así es como he vivido desde entonces.

De noche, mi madre me acostaba en una hamaca suspendida de través contra el acantilado. En el suave balanceo de la noche, yo soñaba con un lugar en el que no tener que valerme del peso de mi cuerpo para contrarrestar la gravedad. Mi madre y yo teníamos que atarnos la una a la otra como un par de escaladoras simplemente para acceder a la puerta de casa. Un resbalón y terminaríamos en la vía del tren con los conejos.

«Veo que no te gusta mucho salir», me decía, aunque probablemente eso se debiera en gran medida al hecho de que salir representaba un esfuerzo considerable. Mientras que a los demás niños se les despedía de casa con un despreocupado: «¿Te has acordado de coger los guantes?», yo me iba con un: «¿Te has abrochado bien las hebillas del arnés de seguridad?».

¿Por qué no nos íbamos de allí?

Mamá era madre soltera. Me había concebido fuera del matrimonio. La noche en que mi padre llamó a su puerta, ella no había echado el cerrojo. Así que la enviaron colina arriba, lejos del pueblo. Curiosamente, desde ahí arriba, no le quedaba más remedio que mirar al pueblo por encima del hombro.

Salts. El pueblo donde nací, una concha azotada por el mar, orillada de arena y mordisqueada por las rocas. Ah, y un faro.

Dicen que es posible saber cosas sobre la vida de una persona observando su cuerpo. Sin duda así sucede con mi perro. Tiene las patas traseras más cortas que las delanteras porque siempre se clava por un extremo y trepa con dificultad con el otro. En llano, anda con una especie de contoneo que magnifica su alegría. No sabe que a los demás perros las cuatro patas les miden lo mismo. Suponiendo que sea capaz de pensar, piensa que los demás perros son como él, así que no padece el menor atisbo de la enfermiza introspección que define a la raza humana y que imprime el miedo o el castigo a todo lo que se sale de la norma.

«Tú no eres como los demás niños —decía mi madre—. Y si no puedes sobrevivir en este mundo, mejor será que te construyas uno propio.»

En realidad, las excentricidades que describía como mías eran las suyas. Era ella a quien no le gustaba salir, ella quien no podía vivir en el mundo que le había tocado en suerte. Ansiaba verme libre y hacía todo lo que estaba en su mano por asegurarse de que eso jamás ocurriera.

Estábamos atadas la una a la otra, nos gustara o no. Éramos compañeras de escalada.

Entonces se cayó.

Ocurrió así.

El viento soplaba con tanta fuerza que fácilmente podría haber arrancado de cuajo las aletas de un pez. Era martes de carnaval y habíamos salido a comprar harina y huevos para preparar las tortitas. Durante un tiempo tuvimos nuestras propias gallinas, pero los huevos rodaban pendiente abajo. Teníamos las únicas gallinas del mundo que se ve

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