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LA QUINTA MONTAñA (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

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Fragmento

NOTA DEL AUTOR

En mi libro El Alquimista, la tesis central está en una frase que el rey Melquisedec dice al pastor Santiago: «Cuando quieres alguna cosa, todo el Universo conspira para que la consigas».

Creo absolutamente en eso. No obstante, el acto de vivir el propio destino incluye una serie de etapas que excede en mucho nuestra comprensión, y cuyo objetivo es siempre reconducirnos al camino de nuestra Leyenda Personal, o hacer que aprendamos las lecciones necesarias para cumplir el propio destino. Pienso que puedo ilustrar mejor lo que digo contando un episodio de mi vida.

El día 12 de agosto de 1979 me fui a dormir con una única certeza: a los treinta años de edad estaba consiguiendo llegar a la cumbre de mi carrera como ejecutivo de una firma discográfica. Trabajaba como director artístico de la CBS del Brasil, acababa de ser convidado para ir a Estados Unidos a hablar con los dueños de la empresa discográfica y, seguramente, ellos pensaban darme todas las posibilidades para realizar todo lo que deseaba hacer en mi área. Claro que mi gran sueño —ser un escritor— había sido dejado de lado, pero ¿qué importaba eso? Al fin y al cabo, la vida real era muy diferente de lo que yo había imaginado; no había lugar para vivir de la literatura en el Brasil.

Aquella noche adopté una decisión, y abandoné mi sueño: era preciso adaptarme a las circunstancias y aprovechar las oportunidades. Si mi corazón protestaba, yo podría engañarlo componiendo letras de canciones siempre que deseara y, de vez en cuando, escribiendo en algún periódico. Por otro lado, estaba convencido de que mi vida había tomado un rumbo diferente, pero no por eso menos excitante: un futuro brillante me esperaba en las multinacionales de la música.

Cuando me desperté, recibí una llamada telefónica del presidente de la empresa discográfica: acababa de ser despedido, sin mayores explicaciones. Aunque toqué varias puertas durante los dos años siguientes, nunca más conseguí un empleo en ese campo.

Al terminar de escribir La Quinta Montaña, me acordé de este episodio, así como de otras manifestaciones de lo inevitable en mi vida. Siempre que me sentía absolutamente dueño de la situación, pasaba algo que me derribaba. Yo me preguntaba: ¿Por qué? ¿Estaré siempre condenado a acercarme, pero jamás cruzar la línea de llegada? ¿Será que Dios es tan cruel como para hacerme ver las palmeras en el horizonte, sólo para matarme de sed en medio del desierto?

Tardé mucho tiempo en entender que no era exactamente eso. Hay cosas que son colocadas en nuestras vidas para reconducirnos al verdadero camino de nuestra Leyenda Personal. Otras surgen para que podamos aplicar todo aquello que aprendimos. Y, finalmente, algunas llegan para enseñarnos.

En mi libro Diario de un mago procuré mostrar que estas enseñanzas no están necesariamente unidas al dolor ni al sufrimiento; bastan disciplina y atención. Aun cuando esta comprensión ha significado una importante bendición en mi vida, no pude entender algunos momentos difíciles por los que pasé, incluso con la mayor disciplina y atención.

Uno de esos ejemplos es el caso antes citado; yo era un buen profesional, me esforzaba al máximo para dar lo mejor de mí, y tenía ideas que hasta hoy considero buenas. Pero sucedió lo inevitable justamente en el momento en que me sentía más seguro y confiado. Pienso que no estoy solo en esta experiencia; lo inevitable ya rozó la vida de todo ser humano en la faz de la Tierra. Algunos se recuperaron, otros cedieron, pero todos nosotros hemos experimentado el roce de las alas de la tragedia.

¿Por qué? Para responderme esta pregunta, dejé que Elías me condujese por los días y noches de Akbar.

PAULO COELHO

 

Y prosiguió: y puedo aseguraros que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra.

En verdad os digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo se cerró por tres años y seis meses, reinando gran hambruna en toda la tierra; y a ninguna de ellas fue Elías enviado, sino a una viuda de Sarepta, de Sidón.

LUCAS, 4, 24-26

PRÓLOGO

A comienzos del año 870 a. J.C., una nación conocida como Fenicia —a la que los israelitas llamaban Líbano— conmemoraba casi tres siglos de paz. Sus habitantes podían enorgullecerse de sus logros; como no eran políticamente fuertes, se vieron obligados a desarrollar una envidiable capacidad de negociación, única manera de garantizar la supervivencia en un mundo asolado por constantes guerras. Una alianza hecha alrededor del año 1000 a. J.C., con el rey Salomón de Israel había permitido la modernización de su flota mercante y su expansión comercial. Desde entonces, Fenicia no había dejado de crecer.

Sus naves ya habían llegado a lugares tan distantes c

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