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LA SOLEDAD DE LOS NúMEROS PRIMOS

Paolo Giordano  

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Fragmento

El ángel de la nieve

(1983)

1

Alice della Rocca odiaba la escuela de esquí. Odiaba tener que despertarse a las siete y media de la mañana incluso en Navidad, y que mientras desayunaba su padre la mirase meciendo nerviosamente la pierna por debajo de la mesa, como diciéndole que se diera prisa. Odiaba ponerse los leotardos de lana, que le picaban en los muslos, y las manoplas, que le impedían mover los dedos, y el casco, que le estrujaba la cara y tenía un hierro que se le clavaba en la mandíbula, y aquellas botas, que siempre le iban pequeñas y la hacían andar como un gorila.

—Bueno, ¿qué? ¿Te bebes la leche o no? —volvió a apremiarla su padre.

Alice tragó tres dedos de leche hirviendo que le quemó sucesivamente la lengua, el esófago y el estómago.

—Bien. Y hoy demuestra quién eres, ¿vale?

¿Y quién soy?, pensó ella.

Acto seguido salieron a la calle, la niña enfundada en su traje de esquí verde lleno de banderitas y fosforescentes letreros de patrocinadores. A aquella hora había diez grados bajo cero y el sol era un disco algo más gris que la niebla que todo lo envolvía. Alice sentía la leche revolvérsele en el estómago y se hundía en la nieve con los esquíes a hombros, porque has de cargarlos tú mismo hasta que logres ser tan bueno que otro los cargue por ti.

—Con las puntas por delante, y no mates a nadie —le recordó su padre.

Acabada la temporada, el club de esquí obsequiaba a los alumnos con un broche de estrellitas en relieve, uno cada año, desde que tenían cuatro y eran lo bastante altos para meterse entre las piernas el telearrastre, hasta los nueve, en que podían agarrarlo solos; tres estrellas de plata y después tres de oro; cada año un broche, que significaba que uno era un poco mejor y estaba más próximo a competir, cosa que ya espantaba a Alice, que sólo tenía tres estrellas.

Habían quedado en el telesilla a las ocho y media, hora en que abrían las pistas. Allí estaban ya sus compañeros, en corro, como soldaditos de plomo embozados en sus trajes de esquí, entumecidos de frío y soñolientos; habían hincado los bastones en la nieve para apoyar las axilas. Con los brazos colgando parecían espantapájaros. Nadie tenía ganas de hablar, y menos que nadie Alice.

Su padre le dio dos fuertes golpes en el casco, ¡ni que quisiera clavarla en la nieve!, y le dijo:

—A por ellos, y recuerda: echa el peso hacia delante, ¿entendido? Ha-cia de-lan-te.

El peso hacia delante, le resonó a Alice en la cabeza.

Y soplándose las manos, su padre echó a andar; pronto estaría leyendo el periódico al calorcillo de casa. Fue dar dos pasos y desaparecer en la niebla.

A salvo de la mirada de su padre, que de haberla visto le habría armado una buena delante de todo el mundo, Alice arrojó los esquíes al suelo con rabia. Quitó primero la nieve de las botas golpeándolas con el bastón y luego las encajó en las fijaciones.

Ya se le escapaba un poco. Sentía la vejiga tan llena que le daba como punzadas. Pero seguro que tampoco podía ese día.

Todas las mañanas lo mismo. Al terminar de desayunar se encerraba en el baño y trataba con todas sus fuerzas de evacuar el pipí; contraía los abdominales tanto que del esfuerzo sentía un pinchazo en la cabeza y le parecía que los ojos se le salían de las órbitas, como la pulpa de una uva al aplastarla. Abría el grifo al máximo para que su padre no la oyera. Quería expulsar hasta la última gota y apretaba los puños. Y así permanecía allí sentada, hasta que su padre aporreaba la puerta gritando: «Señorita, a ver si terminamos que llegamos tarde otra vez.»

Pero nada. Ya al alcanzar el primer remonte tenía tantas ganas de orinar que debía apartarse del grupo, desengancharse los esquíes, sentarse en la nieve fresca y, fingiendo que se ajustaba las botas, hacer pipí; se lo hacía encima, amontonando un poco de nieve en torno a las piernas juntas, con el traje y los leotardos puestos, y entretanto todos los compañeros la miraban y Eric, el profesor, decía: «Como siempre, esperamos a Alice.»

Pero ¡qué alivio!, pensaba al notar el tibio líquido bañarle las piernas heladas. Y más grande sería el alivio si no estuvieran todos mirándola, pensaba también.

Porque acabarían dándose cuenta.

Porque al final dejaría una mancha amarilla en la nieve.

Y todo el mundo se reiría de ella.

Uno de los padres se acercó a Eric y le preguntó si esa mañana no había demasiada niebla para subir a la cima. Alice atendió esperanzada, pero Eric contestó esbozando una perfecta sonrisa:

—Niebla sólo hay aquí, en lo alto luce un sol que ciega. Hala, todos arriba.

En el telesilla a Alice le tocó de pareja con Giuliana, hija de un colega de su padre. No se hablaron en todo el trayecto. No se caían ni bien ni mal. Nada tenían en común, salvo el no querer estar allí ese día.

No se oían más ruidos que el del viento que azotaba la cumbre del Fraiteve y el que hacía al deslizarse el cable de acero del que las dos pendían, embozadas en el cuello de la chaqueta y calentándose con el aliento.

Es sólo el frío, no el pipí, se repetía Alice.

Pero cuanto más se acercaban a la cumbre, más punzadas sentía en la barriga; no, no era solamente pipí. Quizá esta vez era algo más serio.

No, no es más que frío; no se te puede escapar ya, si acabas de hacerlo.

De repente tuvo un vómito de leche rancia que le llegó a la epiglotis y con asco volvió a tragárselo. Se lo hacía encima, se lo hacía allí mismo.

Para el refugio quedan aún dos remontes, pensó; tanto no me aguanto.

Giuliana levantó la barra de seguridad y las dos se dispusieron a apearse adelantando un poco el trasero. Cuando tocó e

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