Loading...

LA SUERTE DEL BUFóN (EL PROFETA BLANCO 3)

Robin Hobb  

0


Fragmento

Prólogo

La batalla con la muerte

La premisa del Profeta Blanco parece sencilla. Deseaba orientar el mundo hacia una senda distinta a aquella por la que avanzaba desde hacía incontables iteraciones temporales. Según él, el tiempo siempre se repite, y en cada ciclo las personas terminan por tomar las mismas decisiones insensatas de siempre. Viven el presente, cediendo a sus apetitos y deseos, convencidas de que sus acciones no influyen en la gran urdimbre del todo.

De acuerdo con el Profeta Blanco, no podían estar más equivocadas. Toda acción irrelevante y desinteresada empuja el mundo hacia un camino mejor. Una acumulación de actos menores puede alterar el curso de los acontecimientos. El destino puede depender del fallecimiento de una persona. O tomar otro rumbo si esta sobrevive. Y ¿quién era yo para el Profeta Blanco? Yo era su catalizador. El Cambiador. La piedra que él colocaría para sacar de su surco las ruedas del tiempo. Un simple guijarro puede desviar una rueda, me dijo, aunque también me avisó de que no era una experiencia muy agradable para el guijarro.

El Profeta Blanco aseguraba haber visto no solo el futuro, sino múltiples futuros posibles, la mayoría de los cuales guardaban una tediosa similitud con los demás. En unos pocos casos, empero, surgía alguna diferencia, a partir de la cual se desplegaba un resplandeciente abanico de nuevas posibilidades.

La primera alteración consistía en la existencia de un heredero de los Vatídico, un superviviente. Ese era yo. Obligarme a sobrevivir, salvarme de las muertes que una y otra vez se empeñaban en acabar conmigo a fin de que las ruedas del tiempo retornaran de una sacudida a sus allanadas roderas, se convirtió en su cometido. La muerte y otras experiencias equiparables estuvieron a punto de engullirme en varias ocasiones, pero al final él siempre me hacía regresar, vapuleado y exhausto, para que continuara siguiéndolo. Me utilizaba de un modo implacable, aunque no sin arrepentimiento.

Finalmente consiguió retirar la suerte de la senda establecida y orientarla hacia otra que resultaría más beneficiosa para el mundo. O eso decía. Sin embargo, había quien no compartía su postura, gente que preveía un mañana sin heredero de los Vatídico ni dragones. Así, apareció una mujer que se propuso garantizar ese futuro, para lo cual debía deshacerse del necio que se había interpuesto en su camino.

1

Lagartos

A veces parece injusto que los sucesos que tuvieron lugar hace mucho tiempo puedan adelantarse al paso de los años, hundir sus garras en nuestra vida y retorcer todo cuanto acontezca después. Aunque tal vez esa sea la verdadera justicia: somos la suma de cuanto hemos hecho y de cuanto se nos ha hecho a nosotros. No existe modo alguno de huir de esa realidad, para nadie.

Así, las cosas que el bufón me había dicho se combinaron con aquellas que había callado. El resultado fue la traición que cometí contra él. Sin embargo, creía que actuaba en su beneficio, y también en el mío. Había predicho que si viajábamos a la isla de Aslevjal él moriría, con lo cual la muerte podría intentar devorarme de nuevo. Prometió que haría cuanto estuviera en su mano para cerciorarse de que yo sobreviviera, pues así lo requería el intrincado plan con el que pretendía cambiar el futuro. Pero dado que todavía recordaba demasiado bien mi última refriega con la muerte, sus promesas me parecieron más inquietantes que tranquilizadoras. También me informó con despreocupación de que una vez que arribásemos a la isla yo tendría que elegir entre nuestra amistad y mi lealtad para con el príncipe Dedicado.

Quizá podría haber escogido una de las opciones y conservar la entereza de ánimo, aunque lo dudo. Las dos alternativas me apesadumbraban y no me veía con fuerzas para soportar la suma de ambas.

Por lo tanto, acudí a Chade. Le conté lo que el bufón me había dicho. Mi antiguo mentor decidió entonces que cuando zarpásemos rumbo a las Islas del Margen, el bufón no nos acompañaría.

La primavera había llegado al castillo de Torre del Alce. El lúgubre edificio de piedra negra permanecía sospechosamente agazapado sobre los abruptos precipicios que se erigían frente a la ciudad, pero en las sinuosas colinas que se extendían por detrás de la fortaleza la hierba reverdecía con optimismo entre el pasto pardusco que quedaba del año anterior. Los bosques desnudos estaban moteados por las diminutas hojas verdes que comenzaban a desplegarse entre el ramaje. Los montículos de quelpos muertos que se formaban en invierno a lo largo de las playas cenicientas que bordeaban el pie de los acantilados habían sido arrastrados por las mareas. Las aves migratorias habían vuelto y su canto bullía desafiante entre las colinas boscosas y a lo largo de las playas donde las aves marinas contendían por ocupar los mejores puestos de anidamiento que los acantilados les ofrecían. La primavera había invadido incluso los pasillos sombríos y las cámaras de techos altos del castillo, ya que una abundancia de ramas nevadas de brotes y de flores prematuras embellecía todos los rincones y enmarcaba las entradas de las salas.

Los vientos, que ahora soplaban más cálidos, parecieron arras­trar mi pesadumbre consigo. Ninguno de mis problemas y preocupaciones había terminado de desaparecer, pero la primavera puede aplacar multitud de temores. Mi condición física había mejorado; me sentía más lozano que cuando tenía veinte años. No solo estaba recuperando el volumen y los músculos, sino que de pronto poseía el cuerpo que tendría un hombre de mi edad que se encontrara en buena forma. El severo proceso de curación al que me sometió el inexperto destacamento había hecho desaparecer también las viejas heridas. Ya no quedaba rastro alguno de los daños que sufrí a manos de Galeno mientras este me enseñaba a Habilitar, de las lesiones que conservaba de mi época de guerrero ni de las marcadas cicatrices que tenía a consecuencia de la tortura que se me infligió en las mazmorras de Regio. Apenas si padecía dolores de cabeza, no se me nublaba la vista cuando me cansaba ni se me agarrotaba el cuerpo a consecuencia del frío de la madrugada. Ahora habitaba en el cuerpo de un animal sano y fuerte. Pocas cosas resultan tan vigorizadoras como un estado de salud óptimo en una despejada mañana de primavera.

Me hallaba en lo alto de una torre contemplando el mar en retirada. A mis espaldas, una hilera de cubos llenos de tierra recién abonada sostenía un conjunto de árboles frutales engalanados de flores blancas y rosáceas. De un grupo de macetas más pequeñas brotaba una red de parras cargadas de yemas crecientes. Las largas hojas verdes de los bulbos se alzaban como exploradores enviados a probar el aire. Algunos de los tiestos solo contenían tallos desnudos y pardos, aunque la promesa estaba ahí, todas las plantas a la espera de que los días se tornaran más cálidos. Entre las macetas había dispuestas con ingenio diversas estatuas, así como varios bancos que invitaban a descansar en ellos. Unas velas protegidas aguardaban la llegada de las apacibles noches estivales para espantar la oscuridad con su resplandor. La reina Kettricken había acondicionado el Jardín de la Reina a fin de devolverle su antiguo esplendor. Este refugio elevado era su dominio particular. La sencillez que lo caracterizaba en la actualidad reflejaba sus raíces montañesas, aunque su existencia se debía a una antiquísima tradición de Torre del Alce.

Di una vuelta con paso impaciente por el camino que circundaba el vergel y me obligué a detenerme. El muchacho no se estaba retrasando. Yo había llegado con demasiada antelación. Que los minutos se me hicieran eternos no era culpa suya. La emoción guerreaba con la reticencia mientras esperaba a mantener mi primer encuentro en privado con Vencejo, el hijo de Burrich. Mi reina me había encomendado que lo instruyera en las letras y las armas. La tarea me aterraba. El muchacho no solo portaba la Maña, sino que además no cabía duda alguna de su testarudez. Estos dos aspectos, combinados con su inteligencia, podían meterlo en muchos problemas. La reina había decretado que los Mañosos debían ser tratados con respeto, aunque muchos seguían convencidos de que la mejor forma de curar la magia de las bestias consistía en recurrir a la soga, el puñal y la hoguera.

Entendía por qué la reina me había confiado la formación de Vencejo. Su padre, Burrich, lo echó de casa al ver que el muchacho se negaba a renunciar a la Maña. Sin embargo, dedicó varios años a educarme cuando yo no era más que un crío abandonado por mi regio padre, un bastardo al que no se atrevió a reconocer. Lo justo era que ahora yo hiciese lo mismo por el vástago de Burrich, aunque no pudiera decirle que tiempo atrás fui Traspié Hidalgo ni que su padre me tuvo a su cargo. Y así, me encontraba esperando a Vencejo, un chiquillo escuálido de diez veranos, tan nervioso como si tuviera que enfrentarme a su progenitor. Aspiré una profunda bocanada del aire fresco de la mañana. La fragancia que despedían las flores de los árboles frutales lo endulzaba. Me consolé pensando que esa tarea no se prolongaría demasiado. Muy pronto partiría con el príncipe rumbo a Aslev­jal, territorio de las Islas del Margen. Sin duda soportaría tener que instruir al muchacho hasta entonces.

La magia de la Maña te hace consciente de otra vida, de modo que me volví antes incluso de que Vencejo abriera la pesada puerta. La cerró con delicadeza. A pesar del largo ascenso por la empinada escalera de piedra, no le costaba respirar. Me mantuve oculto tras el velo de las flores nacientes y lo estudié. Vestía el azul de Torre del Alce, el atuendo sencillo que correspondía a los pajes. Chade tenía razón. Llegaría a ser un magnífico hachero. Era delgado, un rasgo común entre los muchachos más activos de su edad, pero los bultos que sus hombros formaban en el chaleco prometían que igualaría a su padre en corpulencia. Dudaba que llegase a destacar por su estatura, aunque alcanzaría la anchura necesaria para compensarlo. Tenía los ojos negros de su padre y el mismo cabello moreno y rizado, aunque se intuía algo de Molly en el contorno de su mentón y la forma de sus ojos. Molly, la mujer a la que un día perdí y esposa de Burrich en la actualidad. Tomé una bocanada de aire lenta y profunda. Esto podía llegar a ser más difícil de lo que imaginaba.

Lo vi percatarse de mi presencia. Me mantuve inmóvil y dejé que me buscara con los ojos. Durante unos instantes los dos permanecimos quietos, mudos. Después el muchacho zigzagueó por los pasillos sinuosos hasta que se detuvo ante mí. Me saludó con una reverencia demasiado ensayada para resultar elegante.

—Mi señor, me llamo Vencejo Mañoso. He recibido instrucciones de presentarme ante vos y, por lo tanto, aquí me tenéis.

Observé que se había esforzado por aprender los protocolos de la corte. Aun así, que incluyera una referencia a la magia de las bestias en su nombre parecía un desafío grosero, como si pretendiera averiguar si la protección que la reina ofrecía a los Mañosos servía también aquí, a solas conmigo. Me sostenía la mirada de un modo directo que cualquier noble habría considerado atrevido. Sin embargo, me recordé a mí mismo, yo no era ningún noble. Así se lo indiqué.

—Yo no soy el «señor» de nadie, muchacho. Soy Tom Mechatejón, hombre de armas de la Guardia de la Reina. Puedes llamarme maestro Mechatejón, y yo te llamaré Vencejo. ¿Estás de acuerdo?

El muchacho pestañeó dos veces y asintió. De pronto, recordó que eso no era lo correcto.

—Estoy de acuerdo, señor. Maestro Mechatejón.

—Muy bien. Vencejo, ¿sabes por qué te han dicho que vengas a verme?

Se mordió el labio superior, dos mordisquitos rápidos, tras lo cual respiró hondo y respondió con la mirada baja.

—Supongo que he importunado a alguien. —A continuación volvió a mirarme de súbito a la cara—. Pero no sé lo que he hecho, ni a quién. —En un tono casi desafiante, añadió—: No puedo cambiar lo que soy. Si se trata de que porto la Maña, en fin, no me parece justo. Nuestra reina ha dicho que mi magia no debería ser motivo para que se me trate de un modo distinto.

Se me cortó la respiración. Su padre me miraba desde aquellos ojos negros. La inflexible franqueza y la determinación de decir la verdad las había heredado de Burrich. Y aun así, en su premura incontenible, percibí el genio vivo de Molly. Por un momento, me quedé sin palabras.

El muchacho interpretó mi silencio como una muestra de desaprobación y bajó la mirada. No obstante, mantuvo los hombros cuadrados; no sabía qué falta había cometido y no mostraría arrepentimiento hasta que se le informara de ella.

—No has importunado a nadie, Vencejo. Y ya tendrás ocasión de comprobar que para algunos de los que residen en Torre del Alce tu condición de Mañoso carece de importancia. No es esa la razón por la que te hemos separado de los demás niños. De hecho, este cambio es por tu bien. Has demostrado poseer un dominio de las letras muy superior al de los demás muchachos de tu edad. No queríamos mandarte con un grupo de alumnos mucho mayores que tú. También se decidió que podrías beneficiarte de la instrucción en el manejo del hacha de guerra. Creo que ese es el motivo por el que se me encomendó tu aleccionamiento.

Irguió la cabeza de pronto y me miró entre confundido y consternado.

—¿El hacha de guerra?

Asentí, tanto para él como para mí mismo. Ya estaba otra vez Chade con sus viejos trucos. Estaba claro que nadie le había preguntado al muchacho si le interesaba aprender a empuñar un arma de ese tipo. Sonreí.

—Sí, el hacha de guerra. Los hombres de armas de Torre del Alce recuerdan que tu padre sobresalía en el manejo del hacha. Puesto que has heredado su complexión y su aspecto, sería natural que tú también utilizaras su arma preferida.

—Yo no me parezco en nada a mi padre. Maestro.

Estuve a punto de proferir una carcajada, no de gozo, sino porque el muchacho nunca me había recordado a Burrich tanto como ahora. Se me hacía raro tener que mostrarme severo cuando me escrutaba con los ojos negros de su progenitor. Sin embargo, su actitud no era la apropiada en un joven de su edad, de manera que le respondí en un tono neutral:

—Te pareces lo suficiente, en opinión de la reina y el consejero Chade. ¿Te opones a lo que han decidido para ti?

Sopesó todos los factores. Supe en qué instante tomó una decisión y casi llegué a ver cómo trabajaba su cabeza. Podría haberse negado. En ese caso, se le habría acusado de desagradecido y se le habría enviado de regreso a casa, con su padre. Lo mejor sería agachar la cabeza, asumir una tarea que le desagradaba y quedarse en el castillo. Así, respondió con la voz contenida:

—No, maestro. Acepto lo que han decidido.

—Eso está muy bien —dije con falso entusiasmo.

No obstante, sin darme tiempo a continuar, Vencejo me informó:

—Aunque yo ya domino un arma. El arco, maestro. No lo había mencionado antes porque no pensé que pudiera interesarle a nadie. Pero si voy a recibir adiestramiento para el combate y para servir como paje, ya tengo un arma predilecta.

Interesante. Lo miré en silencio por un momento. El parecido que guardaba con Burrich me hacía intuir que no presumiría de habilidades ficticias.

—Muy bien. Ya habrá ocasión de que me demuestres tu destreza con el arco. Pero primero nos centraremos en otro tipo de lecciones. Para ello, se nos ha concedido acceso a los manuscritos de la biblioteca de Torre del Alce. Es un gran honor para los dos. —Esperé a que respondiera.

Inclinó la cabeza para asentir y, al recordar sus modales, afirmó:

—Sí, maestro.

—Bien. Entonces preséntate aquí mañana. Dedicaremos una hora a leer documentos y a escribir, y después bajaremos al campo de armas. —De nuevo, le di tiempo para responder.

—Sí, maestro. ¿Maestro?

—¿Ocurre algo?

—Soy un buen jinete, maestro. Estoy un poco oxidado. Durante este último año mi padre no me ha permitido acercarme a sus caballos. Pero también se me da bien montar.

—Me alegra saberlo, Vencejo. —Sabía lo que el niño esperaba. Estudié su rostro y vi cómo la luz que desprendía se atenuaba al oír mi respuesta. Mi reacción fue casi instintiva. Un joven de su edad no debería estar pensando en vincularse a un animal. Aun así, cuando bajó la cabeza con desilusión, recordé la soledad que me había acompañado a lo largo de los años. Burrich también hizo todo cuanto estuvo en su mano para impedir que me vinculara a una bestia. Aunque ahora supiera que lo hizo por mi bien, seguía recordando el aislamiento que entonces me asfixiaba. Carraspeé y procuré que mi voz sonara firme y natural cuando le respondí—: Muy bien, Vencejo. Preséntate aquí mañana. Ah, y ponte la ropa vieja. Tendremos que ensuciarnos y terminaremos sudando.

El niño pareció acongojarse.

—¿Bien? ¿Ocurre algo, muchacho?

—Er… Maestro, no puedo. Es… Quiero decir, ya no tengo la ropa vieja. Solo los dos trajes que me dio la reina.

—¿Qué ha pasado con la ropa?

—La… La quemé, maestro. —De pronto pareció retarme. Me miró a los ojos con la mandíbula apretada.

Pensé en preguntarle por qué. No lo necesitaba. Su actitud lo decía todo. Se había propuesto acabar con todo cuanto guardase relación con su pasado. Me pregunté si debía obligarlo a admitirlo en voz alta, pero después concluí que no ganaría nada con ello. Seguramente se avergonzaba de haber desperdiciado un atuendo tan práctico. Me pregunté cuán agrias serían las diferencias que lo distanciaban de su padre. De súbito el azul del día pareció deslavarse. Encogí los hombros, ignorando el asunto.

—Ponte lo que tengas, entonces —le indiqué con sequedad, esperando no parecerle demasiado severo.

Se quedó quieto, mirándome, hasta que caí en la cuenta de que no le había dado permiso para marcharse.

—Puedes retirarte, Vencejo. Nos veremos mañana.

—Sí, maestro. Gracias, maestro Mechatejón. —Ejecutó una reverencia, rígida pero correcta, y titubeó de nuevo—. ¿Maestro? ¿Puedo haceros una última pregunta?

—Por supuesto.

Miró a nuestro alrededor en actitud recelosa.

—¿Por qué tenemos que reunirnos aquí arriba?

—Es un lugar tranquilo. Agradable. Cuando tenía tu edad, odiaba quedarme dentro los días de primavera.

La explicación sacó una sonrisa tímida a su rostro.

—Yo también, maestro. Tampoco me gusta que me prohíban acercarme a los animales. Supongo que se debe a la llamada de mi magia.

Deseé que se esforzara por ignorarla.

—Quizá. Y quizá deberías pensarlo dos veces antes de responder a esa llamada. —Esta vez me cercioré de manifestarle mi desaprobación endureciendo la voz.

Se estremeció y, a continuación, pareció indignarse.

—La reina dice que mi magia no debe importarle a nadie. Que nadie ha de menospreciarme por poseerla.

—Así es. Pero tampoco te tratarán bien por llevarla en la sangre. Te sugiero que lleves el asunto de tu magia con discreción, Vencejo. No lo comentes con otras personas antes de conocerlas bien. Si quieres saber cómo sacar provecho de la Maña, te recomiendo que prestes atención a Telaraña el Mañoso cuando cuente sus historias junto al hogar por las noches.

Antes de que terminase de hablar, el muchacho ya me estaba mirando con el ceño fruncido. Le di permiso con sequedad para marcharse y se retiró. Me pareció que empezaba a comprender su comportamiento. Su condición de Mañoso era lo que lo enfrentaba con su padre. Desafió a Burrich y huyó a Torre del Alce, decidido a vivir sin esconder la Maña en la tolerante corte de la reina Kettricken. Pero si el muchacho creía que portar la magia era cuanto necesitaba para ganarse su sitio, en fin, pronto le sacaría esas fantasías de la cabeza. No le prohibiría utilizar la magia. Pero el modo en que alardeaba de poseerla, como quien agita un andrajo ante un sabueso para ver cómo reacciona, me inquietaba. Tarde o temprano, se toparía con algún joven noble que estaría encantado de retarlo por poseer la vil magia de las bestias. La tolerancia era algo impuesto, una actitud demasiado difícil de asimilar para los muchos que aún sentían un profundo desprecio por nuestro don. La conducta de Vencejo hizo que abrazara con mayor fuerza todavía mi decisión de no revelarle que yo también portaba la Maña. Bastante peligroso era ya que presumiese de su condición como para además confesarle la mía.

Seguí contemplando el formidable espectáculo del mar y el cielo. Conformaban un panorama muy evocador, imponente a la vez que reconfortante en su cotidianidad. Después me obligué a mirar hacia abajo, por encima del pequeño muro que me separaba de una caída mortal. Me obligué a mirar hacia abajo. Tiempo atrás, agotado tanto física como mentalmente por el Maestro de la Habilidad Galeno, intenté tirarme desde este mismo parapeto. Fue Burrich quien me sujetó para impedírmelo. Me llevó a sus aposentos, me curó las heridas y me vengó enfrentándose al Maestro de la Habilidad. Aún se lo debía. Tal vez aleccionar a su hijo y mantenerlo a salvo en la corte fuese el único modo que tenía de agradecérselo. Me aferré a esa idea para apuntalar el escaso entusiasmo que la tarea me producía y abandoné la terraza. Tenía que salir corriendo a otra cita, y el sol me decía que ya casi llegaba tarde.

Chade había hecho saber que ahora sería él quien se encargaría de instruir al joven príncipe en el uso de la Habilidad heredada. Este giro de los acontecimientos me alegraba al tiempo que me desazonaba. El anuncio significaba que ya no era necesario que el príncipe Dedicado y él se reuniesen en secreto para este propósito. Que el príncipe se hiciera acompañar de su sirviente retrasado durante las lecciones se consideraba una especie de excentricidad. Nadie en toda la corte sospecharía que Tordo era el compañero de clase del príncipe, ni que de hecho la ancestral magia de los Vatídico se manifestaba con mucha más fuerza en él que en cualquier Vatídico que viviera en la actualidad. La desazón se debía a que yo, el verdadero instructor de la Habilidad, era el único que debía seguir ocultando su asistencia a tales encuentros. Tom Mechatejón era mi actual identidad, un humilde guardia que no tenía por qué saber nada acerca de la magia de los Vatídico.

Así, salí del Jardín de la Reina, bajé la escalera y crucé aprisa la fortaleza. Desde la sección de los sirvientes había seis entradas al laberinto de observación secreto que serpenteaba por las entrañas del castillo de Torre del Alce. Procuraba utilizar siempre una entrada distinta a la del día anterior. Hoy escogí la que quedaba cerca de la despensa de las cocinas. Esperé a que no hubiere nadie en el pasillo cuando accedí a la alacena. Después de abrirme paso empujando a los lados tres estanterías de salchichas colgadas, arrastré el panel y me sumergí en una negrura ya familiar.

No perdí tiempo esperando a que mis ojos se adaptaran. Esta parte del laberinto carecía de cualquier tipo de iluminación. Las primeras veces que la recorrí llevaba una vela. Hoy consideraba que la conocía lo bastante bien para poder recorrerla a oscuras. Conté los pasos y caminé a tientas hasta que llegué a una escalera estrecha. Una vez que la coroné, giré bruscamente hacia la derecha y atisbé los tenues dedos del sol primaveral que se filtraba por las paredes del pasillo polvoriento. Encorvado, lo recorrí aprisa y no tardé en llegar a una parte de la madriguera que conocía mejor. Poco después emergí junto al hogar de la torre de Guardiamarina. Empujé el panel para colocarlo en su sitio y me quedé inmóvil al oír que alguien retiraba el pestillo de la puerta. Tuve el tiempo justo para esconderme de cualquier manera tras las largas cortinas que cubrían las ventanas de la torre antes de que entraran.

Contuve la respiración, pero solo eran Chade, Dedicado y Tordo, que venían a recibir la clase. Esperé a que cerraran bien la puerta para salir de detrás de las cortinas. Tordo se asustó pero Chade se limitó a observar:

—Llevas una telaraña pegada a la mejilla izquierda. ¿Lo sabías?

Me quité el colgajo de la cara.

—Me sorprende que solo tuviera una en la mejilla izquierda. Se diría que la primavera ha despertado a toda una legión de arañas.

Chade asintió con gravedad.

—Antes solía llevar un plumero que agitaba por delante de mí cuando me metía en los pasadizos. Ayudaba. Un poco. Claro está, por aquel entonces poco importaba el aspecto que presentase al llegar a mi destino. Pero no me agradaba sentir las patitas de las arañas en la nuca.

El príncipe Dedicado bosquejó una sonrisa al imaginar al pulcro y bien peinado consejero de la reina correteando por el laberinto. Hubo un tiempo en que lord Chade vivía secretamente en el castillo de Torre del Alce, cuando solo era el asesino real, un hombre que ocultaba su rostro picado e imponía la justicia del rey en la sombra. Pero ya no. Ahora recorría los pasillos con aire majestuoso y todo el mundo lo alababa por sus funciones de diplomático y de fiel consejero de la reina. Su atuendo elegante, que combinaba distintos tonos de azul y verde, reflejaba su condición, así como las joyas que realzaban la belleza de sus collares y pendientes. Su cabello plateado y sus penetrantes ojos verdes servían como complemento perfecto para su vestuario. Las cicatrices que tanto lo angustiaban se habían atenuado con los años. Yo no envidiaba ni codiciaba sus galas. Que disfrutase ahora de cuanto le había faltado de joven. No hacía daño a nadie, y aquellos que se dejaban deslumbrar por su opulencia a menudo pasaban por alto la viveza de su ingenio, su verdadera arma.

Por el contrario, el príncipe vestía casi con la misma sencillez que yo. A mi juicio, esto se debía a las austeras tradiciones montañesas de la reina Kettricken y la mesura que la caracterizaba. Con quince años, Dedicado no paraba de crecer. ¿Qué sentido tendría confeccionar prendas lujosas de uso cotidiano si al día siguiente se le quedarían pequeñas o se les descoserían los hombros cuando saliera a practicar al campo de armas? Examiné al joven sonriente que tenía ante mí. Sus ojos negros y su cabello moreno y rizado eran idénticos a los de su padre, pero su estatura y la forma que su mentón comenzaba a adoptar me recordaban más al retrato de mi padre, Hidalgo.

El hombre achaparrado que lo acompañaba no podía contrastar más con él. Tordo debía de contar casi treinta años. Tenía las orejas pequeñas y prietas y la lengua descolgada de un zoquete. El príncipe lo había vestido con una túnica y unos leotardos azules iguales a los suyos, incluso en el blasón del alce que adornaba el pecho, si bien la túnica se tensaba sobre la panza del tarugo y las calzas bailaban cómicamente a la altura de sus rodillas y tobillos. Resultaba extraño a la vista, ridículo a la vez que un tanto repulsivo, para aquellos que no podían sentir, como yo la sentía, la Habilidad que llameaba en él del mismo modo que el fuego en la forja de un herrero. Estaba aprendiendo a controlar la música Habilidosa que utilizaba en lugar de los pensamientos por los que se regían las personas normales. La melodía ya no atronaba tanto como tiempo atrás, lo que la hacía más soportable, aunque debido a la fuerza de su magia, la compartía con todos nosotros, sin cesar. Yo podría bloquearla, pero para ello tendría que renunciar también a todo cuanto percibía por medio de la Habilidad, incluidos los mensajes que me enviaban Chade y Dedicado, más débiles. No podía bloquearlo si quería seguir instruyéndolos, de manera que por el momento tenía que soportar la música de Tordo.

Hoy se componía de los mordiscos de una tijera y el golpeteo de un telar, entremezclados con la risita estridente de la mujer que trabajaba con él.

—Bien. Habéis tenido más pruebas esta mañana, ¿verdad? —le pregunté al príncipe.

No se sorprendió. Sabía cómo lo había deducido. Asintió con una cansada resignación.

—Tordo y yo. Ha sido una mañana muy larga.

Tordo afirmó categóricamente con la cabeza.

—Subirse al taburete. No rascarse. No moverse. Mientras pinchan a Tordo con alfileres. —Añadió esto último con severidad mientras atravesaba al príncipe con una mirada reprobatoria.

Dedicado suspiró.

—Fue un accidente

Recibe antes que nadie historias como ésta