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LA VIDA EN ROJO

Jorge G. Castañeda  

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Fragmento

Agradecimientos

Este libro jamás hubiera visto la luz del día sin la generosa colaboración de decenas de amigos y conocidos que prestaron su ayuda a una empresa ajena. Antes que nadie debo agradecerle su tiempo y empeño a Miriam Morales, quien leyó el manuscrito no una, si­no varias veces, en diversas etapas, y que es definitivamente res­pon­sable del interés que pueda despertar el texto. Asimismo, mi gratitud se extiende a Maria Caldelari, Georgina Lagos, Joel Ortega y Alan Riding, quienes en distintos momentos leyeron la totalidad del manuscrito y ofrecieron puntillosas e invaluables sugerencias y críticas. Sealtiel Alatriste y Marisol Schulz en Alfaguara México, y Guillermo Schavelzon en Planeta Argentina, aportaron también sustanciales mejoras al texto.

Un elevado número de alumnos, asistentes y amigos extendieron una gran ayuda en la investigación. A Marisela Aguilar, Lisa Antillón, Carlos Enriquez Díaz, Aleph Henestrosa, Silvia Kroyer, Marcelo Monges, Marina Plata, Regina Cardosa, Regina Reyes, Christian Roa, Tamara Rozental, Vanessa Rubio y John Wilson, de la biblioteca presidencial Lyndon Baines Johnson de Austin, mis gracias. Quisiera también expresarle mi gratitud a la Fundación Montgomery de Dartmouth College, a Barbara Gerstner y Lou Anne de la misma institución y a Luis Villar de la biblioteca de Darmouth College. A Mireya Magaña Gálvez, Ana Rosa Ochoa Sánchez, Delia Rodrigo Enríquez, Corina Rodrigo Enríquez e Inés Carmona les debo la elaboración del manuscrito. Por su parte, Paulina Hawkins hizo una excelente traducción del capítulo XI.

Amigos mexicanos regados por el mundo me prestaron una ayuda invaluable para obtener documentos de archivos o entrevistar a personas que de otro modo hubieran permanecido al margen de este trabajo. En particular, mi agradecimiento a Gerardo Bracho, Juan José Bremer, Miguel Días Reynoso, Zarina Martínez-Boerresen, Luis Ortiz-Monasterio, Daniel Martínez, Arturo Trejo, Abelardo Treviño y Adriana Valadés. A este grupo debo agregar los nombres de otros amigos que en el transcurso de la investigación aportaron datos, contactos o ideas de fuentes que resultaron de gran utilidad: Jorge Martínez Rosillo, Félix Goded y Arnoldo Martínez Verdugo en México, Sergio Antelo y Carlos Soria en Bolivia, Alex Anderson y Dudley Ankerson en Inglaterra, Rogelio García Lupo, Martín Granovsky y Ernesto Tiffenberg de Página/12, y Felisa Pinto en la Argentina, Tomás Eloy Martínez en cualquiera de sus paraderos, Leandro Katz en Nueva York, Kate Doyle y Peter Kornbluh en el National Security Archive de Washington DC, Jules Gérard-Libois en Bruselas, Anne-Marie Mergier en Francia y Carlos Franqui en Puerto Rico.

Algunas personas desempeñaron un papel clave en la idea misma del libro, en el desarrollo de sus tesis centrales o en el acceso a fuentes decisivas. Sin entrar en detalles sobre la contribución particular de cada uno, debo destacar la ayuda que recibí de su parte; sin su apoyo este libro sería otro. Mi más profundo agradecimiento a Homero Campa, Régis Debray, Chichina Ferreyra, Enrique Hett, James Lemoyne, Casio Luisselli, Dolores Moyano, Jesús Parra, Susana Pravaz-Balán, Andrés Rozental y Paco Ignacio Taibo II.

Entrevistados

—Daniel Alarcón Ramírez (Benigno) (escolta de Ernesto Che Guevara, sobreviviente del Congo y Bolivia).

—Alexander Alexeiev (primer enviado y embajador entre 1962 y 1967 de la Unión Soviética en Cuba).

—Emilio Aragonés (secretario de Organización de las ORIs y luego PURS, embajador de Cuba en Argentina).

—Gustavo Arcos-Bergnés (alto funcionario del Ministerio de Industrias de Cuba, conferencista del Partido Comunista de Cuba sobre la obra y vida de Ernesto Che Guevara).

—Ramón Barquín (militar batistiano encarcelado por Fulgencio Batista por opositor).

—Adrián Basora (funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos, encargado de Cuba entre 1964 y 1966).

—Ahmed Ben Bella (primer presidente de la República de Argelia entre 1962 y 1965).

—Ernesto Betancourt (funcionario del Banco Nacional de Cuba).

—Charles Bettelheim (economista francés de tendencia marxista, asesor de la revolución cubana en los primeros años).

—Víctor Bogorod (economista franco-ruso de tendencia marxista, asesor de la revolución cubana en los primeros años).

—Víctor Bondarchuk (funcionario del gobierno soviético, enviado a La Habana como asesor).

—Ángel Braguer (Lino) (funcionario del aparato cubano encargado de Bolivia).

—Alberto Castellanos (escolta de Ernesto Che Guevara).

—Carmen Córdova Iturburu (prima hermana de Ernesto Che Guevara).

—Fernando Córdova Iturburu (primo hermano de Ernesto Che Guevara).

—Julia Cortés (maestra de escuela de La Higuera).

—Oleg Daroussenkov (funcionario del Comité Central del PCUS, encargado de Cuba en La Habana y en Moscú, traduc­tor de la dirección soviética, embajador de la URSS en México).

—Régis Debray (escritor).

—Rafael del Pino (uno de los primeros pilotos de la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba, héroe de Girón, actualmente exiliado en Estados Unidos).

—René Depestre (poeta haitiano).

—Ulises Estrada (encargado de África en el aparato cubano durante los años sesenta, embajador de Cuba en Jamaica y en Siria, colaborador de Granma).

—Betty Feijin (conocida de la juventud de Ernesto Che Guevara en Córdoba).

—Francisco Fernández (barman del Sierras Hotel, en Alta Gracia).

—Óscar Fernández Mell (combatiente de la revolución cubana, viceministro de Salud, colaborador de Ernesto Che Guevara en el Congo).

—Colman Ferrer (secretario de la embajada de Cuba en Tanzania, comisionado para asistir a Ernesto Che Guevara).

—María del Carmen Chichina Ferreyra (novia de Ernesto Che Guevara entre 1950 y 1951).

—Carlos Franqui (miembro de la Dirección del Movimiento 26 de Julio, fundador y director del periódico Revolución, exiliado en Puerto Rico).

—Rosario González (empleada doméstica en el hogar Guevara de la Serna, en Alta Gracia).

—Richard Goodwin (colaborador del presidente John F. Kennedy, miembro de la delegación de Estados Unidos en Punta del Este).

—Tomás Granado (amigo de Ernesto Che Guevara de la escuela secundaria en Córdoba).

—Hilda Guevara Gadea (primera hija de Ernesto Che Guevara).

—Fernando Gutiérrez Barrios (funcionario de seguridad y político mexicano, secretario de Gobernación entre 1989 y 1993).

—Eloy Gutiérrez Menoyo (combatiente antibatistiano y anticastrista, dirigente moderado del exilio cubano).

—María Iglesias de Suárez (nuera de Jesús Suárez Gayol, el Rubio).

—Karen Kachaturov (periodista soviético, director de la Agencia Novosti y Vitali Borowski, corresponsal en América Latina de Izvestia).

—Jorge Kolle (número dos del Partido Comunista de Bolivia en 1967, secretario general del Partido Comunista de Bolivia más adelante).

—Alberto Korda (fotógrafo cubano).

—Doctor Roberto Krechmer (médico mexicano).

—Néstor Lavergne (economista argentino, asesor de Ernesto Che Guevara en el Banco Nacional de Cuba).

—Nikolai Leonov (funcionario de la KGB, traductor de la dirección soviética, general retirado de la KGB).

—Katherine Maldonado (amiga de juventud de Celia de la Serna de Guevara y de Ernesto Guevara Lynch).

—Arnoldo Martínez Verdugo (secretario general del Partido Co­munista de México 1959-1980).

—François Maspéro (editor y escritor francés).

—Mario Monje (secretario general del Partido Comunista de Bo­livia hasta 1968).

—Renán Montero (Iván) (miembro de la seguridad del Estado cubano, enlace urbano de Ernesto Che Guevara en La Paz, sub­jefe de seguridad del Estado en Nicaragua, 1979-1990).

—Dolores Moyano Martín (amiga de infancia de Ernesto Che Guevara, prima de María del Carmen Chichina Ferreyra).

—Antonio Núñez Jiménez (geógrafo cubano, funcionario del INRA, colaborador de Ernesto Che Guevara).

—Juan Ortega Arenas (abogado mexicano, amigo de Ernesto Che Guevara en México).

—Susana Oviedo (enfermera del Hospital Nuestra Señora de Malta en Valle Grande).

—Elba Rossi Oviedo Zelaya (maestra de escuela de Ernesto Che Guevara en Alta Gracia).

—Gustavo Petriciolli (funcionario de la Secretaría de Hacienda de México).

—Gary Prado Salmón (militar boliviano).

—Pablo Rivalta (colaborador de Ernesto Che Guevara en Sierra Maestra, embajador de Cuba en Tanzania).

—Félix Rodríguez (radio-operador de la CIA en Bolivia).

—Canek Sánchez Guevara (nieto de Ernesto Che Guevara).

—Jorge Serguera (primer embajador de Cuba en Argelia).

—Carlos Soria Galvarro (miembro de la juventud Comunista de Bolivia en 1966; director del CEDOIN en La Paz).

—Volodia Teitelboim (escritor chileno, dirigente del Partido Co­munista de Chile).

—Miriam Urrutia (amiga de juventud de Ernesto Che Guevara).

—Salvador Villaseca (matemático cubano, colaborador y profesor de Ernesto Che Guevara en La Habana a principios de los años sesenta).

—Gustavo Villoldo (jefe del Country Team de la CIA en Bolivia en 1967).

—Rosendo Zacarías (vecino de la familia Guevara de la Serna en Alta Gracia).

Conversaciones

—Juan Antonio Blanco (escritor e investigador cubano).

—Alfredo Guevara (director del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica).

—Roberto Guevara (hermano de Ernesto Che Guevara).

Conversaciones por teléfono

—William Bowdler (funcionario del Departamento de Estado encargado de Cuba).

—Lawrence Devlin (jefe de estación de la CIA en Congo-Leopoldville en 1965 y 1966).

—Nora Feijin (conocida de juventud de Ernesto Che Guevara).

—Carlos Calica Ferrer (compañero del segundo viaje de Ernesto Che Guevara por América Latina).

—Jules Gérard-Libois (investigador belga de las guerras del Congo).

—Germán Lairet (representante de las FALN venezolanas en La Habana en 1965 y 1966).

—Jorge Masetti (hijo de Jorge Ricardo Masetti, periodista argentino).

—Magda Moyano (amiga de juventud del Che, traductora en su reunión con intelectuales en Nueva York).

—Teodoro Petkoff (dirigente guerrillero venezolano de los años 60, posteriormente ministro de Estado).

—Larry Sternfield (jefe de estación de la CIA en Bolivia en 1966 y principios de 1967).

—John Tilton (jefe de la estación de la CIA en Bolivia en el segundo semestre de 1967).

Este libro

Una investigación de esta índole requiere necesariamente de una gran multiplicidad de fuentes. Ninguna es perfecta ni suficiente en sí misma; todas encierran enigmas, defectos y lagunas. Incluso las más irreprochables en apariencia —cartas, notas o diarios del sujeto de la misma biografía— entrañan contradicciones y reservas: ¿quién es transparente consigo mismo? Y sobre todo, tratándose de un tema eminentemente político, ninguna fuente es neutra: todas vienen marcadas. El trabajo del historiador, biógrafo o simple escritor imbuido de curiosidad consiste en con­juntarlas, cotejarlas, separar la paja del trigo y arribar a conclusiones fundadas en una suma de materiales, no en el material preferido o más fácilmente accesible.

Distintos estudiosos de la vida del Che Guevara han logrado, en los últimos años, desenterrar diversos materiales inéditos o publicados en ediciones restringidas de algunas de sus obras; se trata de fuentes de gran valía, pero no definitivas. En este texto, materiales de esa naturaleza han desempeñado un papel importante —me refiero principalmente a sus cartas a Chichina Ferrey­ra, a las llamadas Actas del Ministerio de Industrias y a Pasajes de la guerra revolucionaria (el Congo)— al acompañar otras fuentes que corroboran los dichos y escritos del Che en sus propios manuscritos. Constituyen un primer acervo novedoso y crucial para toda investigación contemporánea del Che Guevara.

Un segundo acervo reside en los archivos de Estado de los países involucrados, directa o indirectamente, en la vida y muerte del Che. Los cubanos no tienen archivos disponibles: o bien porque no existen, o bien porque no los abren; lo único que esto significa es que la versión documental cubana de los acontecimientos no se refleja en ningún trabajo serio. Algún día quizá La Habana se decidirá a contar su historia, a partir de sus archivos, y no sólo de los recuerdos más o menos fieles, más o menos geniales, de Fidel Castro. Por lo pronto existen otros archivos, más accesibles, y que contienen un enorme volumen de información y de testimonios, y que han resultado extraordinariamente útiles en este trabajo. Estos archivos pertenecen a tres gobiernos: el de los Estados Unidos, el de la ex Unión Soviética y el del Reino Unido. Cada uno de ellos merece un breve comentario.

Los Estados Unidos atraviesan por un periodo de grandes trastornos en lo que se refiere a las reglas relativas a su propia his­toria. Muchos archivos se han abierto; muchos otros permanecen cerrados. Gracias al sistema de bibliotecas presidenciales y universitarias, lo abierto es de un acceso relativamente fácil. Gracias a los procedimientos de libertad de información de revisión obligatoria (Freedom of Information y Mandatory Review), lo cerrado es apelable. Todos los archivos y documentos del gobierno de los Estados Unidos citados en este libro se encuentran disponibles para cualquier investigador; basta saber dónde buscarlos, y contar con los recursos (por cierto modestos) para obtenerlos. Ya sea mediante las bibliotecas presidenciales (en particular la de Kennedy, en Cambridge, Massachusetts, y la de Johnson, en Austin, Texas), ya sea a través de los documentos del Departamento de Estado depositados en los Archivos Nacionales en College Park, Maryland, y su publicación más o menos regular titulada Foreign Relations of the United States (FRUS), ya sea, por último, a través de publicaciones como el Index of Recently Declassified Documents de las prensas universitarias, cualquiera puede consultar los documentos revisados para este trabajo. En algunos casos, dichos materiales aparecen con secciones tachadas (“sanitized”); es posible pedir una revisión, que en algunos casos prospera, en otros no. Quienes piensen que en la elaboración de este libro se obtuvo un acceso privilegiado a los archivos de la CIA, o de quien fuera en los Estados Unidos, sencillamente carecen de oficio y experiencia historiográfica e investigativa.

Los archivos del Reino Unido resultaron particularmente útiles para esta empresa por varias razones sencillas de comprender. En primer término, el Foreign Office mantiene una reputación bien merecida de seriedad y pericia en la confección y conserva­ción de sus cables y notas; sigue siendo uno de los servicios di­plo­máticos de Inteligencia más competentes del mundo. En segundo lugar, a partir de la ruptura de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba, en enero de 1961, la embajada del Reino Unido pasó a ser, en los hechos, la oreja y los ojos de Washington en La Habana. La Confederación Helvética aseguraba la representación oficial de los intereses norteamericanos en La Habana, pero Londres escuchaba, miraba y analizaba los acontecimientos en Cuba, e informaba puntualmente de ello a Washington. En tercer término, aunque las notas del Foreign Office se abren a cualquier individuo en el Public Records Office de Kew Gardens en Londres a los 30 años, mientras que las de MI5 sólo se hacen públicas al cabo de medio siglo, en muchos casos, y concretamente en Cuba en aquellos años, quien redactaba unas y otras solía ser la misma persona. De tal suerte que los informes remitidos al servicio e

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