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LA VIDA EN ROJO

Jorge G. Castañeda  

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Fragmento

Agradecimientos

Este libro jamás hubiera visto la luz del día sin la generosa colaboración de decenas de amigos y conocidos que prestaron su ayuda a una empresa ajena. Antes que nadie debo agradecerle su tiempo y empeño a Miriam Morales, quien leyó el manuscrito no una, si­no varias veces, en diversas etapas, y que es definitivamente res­pon­sable del interés que pueda despertar el texto. Asimismo, mi gratitud se extiende a Maria Caldelari, Georgina Lagos, Joel Ortega y Alan Riding, quienes en distintos momentos leyeron la totalidad del manuscrito y ofrecieron puntillosas e invaluables sugerencias y críticas. Sealtiel Alatriste y Marisol Schulz en Alfaguara México, y Guillermo Schavelzon en Planeta Argentina, aportaron también sustanciales mejoras al texto.

Un elevado número de alumnos, asistentes y amigos extendieron una gran ayuda en la investigación. A Marisela Aguilar, Lisa Antillón, Carlos Enriquez Díaz, Aleph Henestrosa, Silvia Kroyer, Marcelo Monges, Marina Plata, Regina Cardosa, Regina Reyes, Christian Roa, Tamara Rozental, Vanessa Rubio y John Wilson, de la biblioteca presidencial Lyndon Baines Johnson de Austin, mis gracias. Quisiera también expresarle mi gratitud a la Fundación Montgomery de Dartmouth College, a Barbara Gerstner y Lou Anne de la misma institución y a Luis Villar de la biblioteca de Darmouth College. A Mireya Magaña Gálvez, Ana Rosa Ochoa Sánchez, Delia Rodrigo Enríquez, Corina Rodrigo Enríquez e Inés Carmona les debo la elaboración del manuscrito. Por su parte, Paulina Hawkins hizo una excelente traducción del capítulo XI.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Amigos mexicanos regados por el mundo me prestaron una ayuda invaluable para obtener documentos de archivos o entrevistar a personas que de otro modo hubieran permanecido al margen de este trabajo. En particular, mi agradecimiento a Gerardo Bracho, Juan José Bremer, Miguel Días Reynoso, Zarina Martínez-Boerresen, Luis Ortiz-Monasterio, Daniel Martínez, Arturo Trejo, Abelardo Treviño y Adriana Valadés. A este grupo debo agregar los nombres de otros amigos que en el transcurso de la investigación aportaron datos, contactos o ideas de fuentes que resultaron de gran utilidad: Jorge Martínez Rosillo, Félix Goded y Arnoldo Martínez Verdugo en México, Sergio Antelo y Carlos Soria en Bolivia, Alex Anderson y Dudley Ankerson en Inglaterra, Rogelio García Lupo, Martín Granovsky y Ernesto Tiffenberg de Página/12, y Felisa Pinto en la Argentina, Tomás Eloy Martínez en cualquiera de sus paraderos, Leandro Katz en Nueva York, Kate Doyle y Peter Kornbluh en el National Security Archive de Washington DC, Jules Gérard-Libois en Bruselas, Anne-Marie Mergier en Francia y Carlos Franqui en Puerto Rico.

Algunas personas desempeñaron un papel clave en la idea misma del libro, en el desarrollo de sus tesis centrales o en el acceso a fuentes decisivas. Sin entrar en detalles sobre la contribución particular de cada uno, debo destacar la ayuda que recibí de su parte; sin su apoyo este libro sería otro. Mi más profundo agradecimiento a Homero Campa, Régis Debray, Chichina Ferreyra, Enrique Hett, James Lemoyne, Casio Luisselli, Dolores Moyano, Jesús Parra, Susana Pravaz-Balán, Andrés Rozental y Paco Ignacio Taibo II.

Entrevistados

—Daniel Alarcón Ramírez (Benigno) (escolta de Ernesto Che Guevara, sobreviviente del Congo y Bolivia).

—Alexander Alexeiev (primer enviado y embajador entre 1962 y 1967 de la Unión Soviética en Cuba).

—Emilio Aragonés (secretario de Organización de las ORIs y luego PURS, embajador de Cuba en Argentina).

—Gustavo Arcos-Bergnés (alto funcionario del Ministerio de Industrias de Cuba, conferencista del Partido Comunista de Cuba sobre la obra y vida de Ernesto Che Guevara).

—Ramón Barquín (militar batistiano encarcelado por Fulgencio Batista por opositor).

—Adrián Basora (funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos, encargado de Cuba entre 1964 y 1966).

—Ahmed Ben Bella (primer presidente de la República de Argelia entre 1962 y 1965).

—Ernesto Betancourt (funcionario del Banco Nacional de Cuba).

—Charles Bettelheim (economista francés de tendencia marxista, asesor de la revolución cubana en los primeros años).

—Víctor Bogorod (economista franco-ruso de tendencia marxista, asesor de la revolución cubana en los primeros años).

—Víctor Bondarchuk (funcionario del gobierno soviético, enviado a La Habana como asesor).

—Ángel Braguer (Lino) (funcionario del aparato cubano encargado de Bolivia).

—Alberto Castellanos (escolta de Ernesto Che Guevara).

—Carmen Córdova Iturburu (prima hermana de Ernesto Che Guevara).

—Fernando Córdova Iturburu (primo hermano de Ernesto Che Guevara).

—Julia Cortés (maestra de escuela de La Higuera).

—Oleg Daroussenkov (funcionario del Comité Central del PCUS, encargado de Cuba en La Habana y en Moscú, traduc­tor de la dirección soviética, embajador de la URSS en México).

—Régis Debray (escritor).

—Rafael del Pino (uno de los primeros pilotos de la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba, héroe de Girón, actualmente exiliado en Estados Unidos).

—René Depestre (poeta haitiano).

—Ulises Estrada (encargado de África en el aparato cubano durante los años sesenta, embajador de Cuba en Jamaica y en Siria, colaborador de Granma).

—Betty Feijin (conocida de la juventud de Ernesto Che Guevara en Córdoba).

—Francisco Fernández (barman del Sierras Hotel, en Alta Gracia).

—Óscar Fernández Mell (combatiente de la revolución cubana, viceministro de Salud, colaborador de Ernesto Che Guevara en el Congo).

—Colman Ferrer (secretario de la embajada de Cuba en Tanzania, comisionado para asistir a Ernesto Che Guevara).

—María del Carmen Chichina Ferreyra (novia de Ernesto Che Guevara entre 1950 y 1951).

—Carlos Franqui (miembro de la Dirección del Movimiento 26 de Julio, fundador y director del periódico Revolución, exiliado en Puerto Rico).

—Rosario González (empleada doméstica en el hogar Guevara de la Serna, en Alta Gracia).

—Richard Goodwin (colaborador del presidente John F. Kennedy, miembro de la delegación de Estados Unidos en Punta del Este).

—Tomás Granado (amigo de Ernesto Che Guevara de la escuela secundaria en Córdoba).

—Hilda Guevara Gadea (primera hija de Ernesto Che Guevara).

—Fernando Gutiérrez Barrios (funcionario de seguridad y político mexicano, secretario de Gobernación entre 1989 y 1993).

—Eloy Gutiérrez Menoyo (combatiente antibatistiano y anticastrista, dirigente moderado del exilio cubano).

—María Iglesias de Suárez (nuera de Jesús Suárez Gayol, el Rubio).

—Karen Kachaturov (periodista soviético, director de la Agencia Novosti y Vitali Borowski, corresponsal en América Latina de Izvestia).

—Jorge Kolle (número dos del Partido Comunista de Bolivia en 1967, secretario general del Partido Comunista de Bolivia más adelante).

—Alberto Korda (fotógrafo cubano).

—Doctor Roberto Krechmer (médico mexicano).

—Néstor Lavergne (economista argentino, asesor de Ernesto Che Guevara en el Banco Nacional de Cuba).

—Nikolai Leonov (funcionario de la KGB, traductor de la dirección soviética, general retirado de la KGB).

—Katherine Maldonado (amiga de juventud de Celia de la Serna de Guevara y de Ernesto Guevara Lynch).

—Arnoldo Martínez Verdugo (secretario general del Partido Co­munista de México 1959-1980).

—François Maspéro (editor y escritor francés).

—Mario Monje (secretario general del Partido Comunista de Bo­livia hasta 1968).

—Renán Montero (Iván) (miembro de la seguridad del Estado cubano, enlace urbano de Ernesto Che Guevara en La Paz, sub­jefe de seguridad del Estado en Nicaragua, 1979-1990).

—Dolores Moyano Martín (amiga de infancia de Ernesto Che Guevara, prima de María del Carmen Chichina Ferreyra).

—Antonio Núñez Jiménez (geógrafo cubano, funcionario del INRA, colaborador de Ernesto Che Guevara).

—Juan Ortega Arenas (abogado mexicano, amigo de Ernesto Che Guevara en México).

—Susana Oviedo (enfermera del Hospital Nuestra Señora de Malta en Valle Grande).

—Elba Rossi Oviedo Zelaya (maestra de escuela de Ernesto Che Guevara en Alta Gracia).

—Gustavo Petriciolli (funcionario de la Secretaría de Hacienda de México).

—Gary Prado Salmón (militar boliviano).

—Pablo Rivalta (colaborador de Ernesto Che Guevara en Sierra Maestra, embajador de Cuba en Tanzania).

—Félix Rodríguez (radio-operador de la CIA en Bolivia).

—Canek Sánchez Guevara (nieto de Ernesto Che Guevara).

—Jorge Serguera (primer embajador de Cuba en Argelia).

—Carlos Soria Galvarro (miembro de la juventud Comunista de Bolivia en 1966; director del CEDOIN en La Paz).

—Volodia Teitelboim (escritor chileno, dirigente del Partido Co­munista de Chile).

—Miriam Urrutia (amiga de juventud de Ernesto Che Guevara).

—Salvador Villaseca (matemático cubano, colaborador y profesor de Ernesto Che Guevara en La Habana a principios de los años sesenta).

—Gustavo Villoldo (jefe del Country Team de la CIA en Bolivia en 1967).

—Rosendo Zacarías (vecino de la familia Guevara de la Serna en Alta Gracia).

Conversaciones

—Juan Antonio Blanco (escritor e investigador cubano).

—Alfredo Guevara (director del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica).

—Roberto Guevara (hermano de Ernesto Che Guevara).

Conversaciones por teléfono

—William Bowdler (funcionario del Departamento de Estado encargado de Cuba).

—Lawrence Devlin (jefe de estación de la CIA en Congo-Leopoldville en 1965 y 1966).

—Nora Feijin (conocida de juventud de Ernesto Che Guevara).

—Carlos Calica Ferrer (compañero del segundo viaje de Ernesto Che Guevara por América Latina).

—Jules Gérard-Libois (investigador belga de las guerras del Congo).

—Germán Lairet (representante de las FALN venezolanas en La Habana en 1965 y 1966).

—Jorge Masetti (hijo de Jorge Ricardo Masetti, periodista argentino).

—Magda Moyano (amiga de juventud del Che, traductora en su reunión con intelectuales en Nueva York).

—Teodoro Petkoff (dirigente guerrillero venezolano de los años 60, posteriormente ministro de Estado).

—Larry Sternfield (jefe de estación de la CIA en Bolivia en 1966 y principios de 1967).

—John Tilton (jefe de la estación de la CIA en Bolivia en el segundo semestre de 1967).

Este libro

Una investigación de esta índole requiere necesariamente de una gran multiplicidad de fuentes. Ninguna es perfecta ni suficiente en sí misma; todas encierran enigmas, defectos y lagunas. Incluso las más irreprochables en apariencia —cartas, notas o diarios del sujeto de la misma biografía— entrañan contradicciones y reservas: ¿quién es transparente consigo mismo? Y sobre todo, tratándose de un tema eminentemente político, ninguna fuente es neutra: todas vienen marcadas. El trabajo del historiador, biógrafo o simple escritor imbuido de curiosidad consiste en con­juntarlas, cotejarlas, separar la paja del trigo y arribar a conclusiones fundadas en una suma de materiales, no en el material preferido o más fácilmente accesible.

Distintos estudiosos de la vida del Che Guevara han logrado, en los últimos años, desenterrar diversos materiales inéditos o publicados en ediciones restringidas de algunas de sus obras; se trata de fuentes de gran valía, pero no definitivas. En este texto, materiales de esa naturaleza han desempeñado un papel importante —me refiero principalmente a sus cartas a Chichina Ferrey­ra, a las llamadas Actas del Ministerio de Industrias y a Pasajes de la guerra revolucionaria (el Congo)— al acompañar otras fuentes que corroboran los dichos y escritos del Che en sus propios manuscritos. Constituyen un primer acervo novedoso y crucial para toda investigación contemporánea del Che Guevara.

Un segundo acervo reside en los archivos de Estado de los países involucrados, directa o indirectamente, en la vida y muerte del Che. Los cubanos no tienen archivos disponibles: o bien porque no existen, o bien porque no los abren; lo único que esto significa es que la versión documental cubana de los acontecimientos no se refleja en ningún trabajo serio. Algún día quizá La Habana se decidirá a contar su historia, a partir de sus archivos, y no sólo de los recuerdos más o menos fieles, más o menos geniales, de Fidel Castro. Por lo pronto existen otros archivos, más accesibles, y que contienen un enorme volumen de información y de testimonios, y que han resultado extraordinariamente útiles en este trabajo. Estos archivos pertenecen a tres gobiernos: el de los Estados Unidos, el de la ex Unión Soviética y el del Reino Unido. Cada uno de ellos merece un breve comentario.

Los Estados Unidos atraviesan por un periodo de grandes trastornos en lo que se refiere a las reglas relativas a su propia his­toria. Muchos archivos se han abierto; muchos otros permanecen cerrados. Gracias al sistema de bibliotecas presidenciales y universitarias, lo abierto es de un acceso relativamente fácil. Gracias a los procedimientos de libertad de información de revisión obligatoria (Freedom of Information y Mandatory Review), lo cerrado es apelable. Todos los archivos y documentos del gobierno de los Estados Unidos citados en este libro se encuentran disponibles para cualquier investigador; basta saber dónde buscarlos, y contar con los recursos (por cierto modestos) para obtenerlos. Ya sea mediante las bibliotecas presidenciales (en particular la de Kennedy, en Cambridge, Massachusetts, y la de Johnson, en Austin, Texas), ya sea a través de los documentos del Departamento de Estado depositados en los Archivos Nacionales en College Park, Maryland, y su publicación más o menos regular titulada Foreign Relations of the United States (FRUS), ya sea, por último, a través de publicaciones como el Index of Recently Declassified Documents de las prensas universitarias, cualquiera puede consultar los documentos revisados para este trabajo. En algunos casos, dichos materiales aparecen con secciones tachadas (“sanitized”); es posible pedir una revisión, que en algunos casos prospera, en otros no. Quienes piensen que en la elaboración de este libro se obtuvo un acceso privilegiado a los archivos de la CIA, o de quien fuera en los Estados Unidos, sencillamente carecen de oficio y experiencia historiográfica e investigativa.

Los archivos del Reino Unido resultaron particularmente útiles para esta empresa por varias razones sencillas de comprender. En primer término, el Foreign Office mantiene una reputación bien merecida de seriedad y pericia en la confección y conserva­ción de sus cables y notas; sigue siendo uno de los servicios di­plo­máticos de Inteligencia más competentes del mundo. En segundo lugar, a partir de la ruptura de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba, en enero de 1961, la embajada del Reino Unido pasó a ser, en los hechos, la oreja y los ojos de Washington en La Habana. La Confederación Helvética aseguraba la representación oficial de los intereses norteamericanos en La Habana, pero Londres escuchaba, miraba y analizaba los acontecimientos en Cuba, e informaba puntualmente de ello a Washington. En tercer término, aunque las notas del Foreign Office se abren a cualquier individuo en el Public Records Office de Kew Gardens en Londres a los 30 años, mientras que las de MI5 sólo se hacen públicas al cabo de medio siglo, en muchos casos, y concretamente en Cuba en aquellos años, quien redactaba unas y otras solía ser la misma persona. De tal suerte que los informes remitidos al servicio exterior de Su Majestad se asemejan sin duda enormemente a los informes enviados al servicio secreto de Su Majestad.

Por último, conviene agregar un comentario sobre los archivos de Moscú. Como se sabe, a partir de la perestroika y sobre todo de la desaparición del régimen soviético, los archivos de la antigua URSS fueron abiertos y puestos a remate de manera selectiva y no siempre racional. Los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores (MID, por sus iniciales en ruso) están bien organizados y contienen verdaderas joyas para el historiador. Ante todo, las notas de conversación con el Che Guevara de los distintos enviados de la URSS en La Habana, y en particular del embajador Alexander Alexeiev y del encargado político Oleg Daroussenkov, revisten un interés enorme. Dichos archivos se hallaban, en 1995, abiertos a cualquier investigador bona fide, siempre y cuando contara con un mínimo respaldo institucional y recursos para sufragar los gastos —no del todo justificados— que su acceso requiere. Los archivos del Partido Comunista de la URSS son de manejo más arduo: los gastos son mayores, el acceso es más restringido y arbitrario. Al mismo tiempo, muchos de los documentos allí conservados son copias de los que se encuentran en el MID: la confusión entre partido y Estado en la ex URSS no debe sorprender a nadie.

La tercera y última fuente primaria que conviene comentar consiste en las entrevistas o la historia oral que fue posible recopilar a lo largo de esta investigación. Insisto: no todo lo que brilla es oro, y no todo lo que dicen o escriben los protagonistas es cierto. Es indispensable trabajar sobre los testimonios, del mismo modo en que se trabaja un documento, una estadística o incluso una foto. Fue posible entrevistar a un gran número de personas para este libro: en Cuba, en la Argentina, en Bolivia, en Moscú, y en sitios mucho más extraños. Hasta donde resultó factible, todas las entrevistas fueron grabadas, aunque su reproducción sintetiza o condensa las palabras verbatim. En algunos casos, por distintos motivos, no fue posible grabar, pero la entrevista fue presenciada por un testigo: las notas cuentan con el respaldo de un tercero. Y en muy pocos casos, no fue posible ni grabar ni contar con un testigo: la veracidad de la fuente descansa en la trayectoria del investigador, en las citas organizadas por terceros, y en la verosimilitud del testimonio ofrecido. Todas las entrevistas logradas para la elaboración de este libro son igualmente factibles de obtener por cualquier otro investigador: basta buscarlas y contar con el apoyo institucional (editorial, universitario o político) pertinente. No hubo vías privilegiadas de acceso.

Algunos lectores podrán preguntarse: ¿cómo se atreve alguien que no vivió las épocas aquí reseñadas, y que no conoció a los personajes aquí descritos, a contar esta historia? Asumo ple­namente mi deficiencia: no había cumplido 15 años cuando mu­rió el Che, y sus hazañas y desgracias acontecieron antes de mi edad de razón. Sin duda, quienes hayan vivido esos años con mayor madurez tendrán mucho que relatar; algunos comienzan a hacerlo.

Pero la distancia encierra sus virtudes. Tal vez quienes no compartimos esos años de plomo y gloria podemos narrarlos con mayor objetividad y precisión que aquellos que los sufrieron y gozaron en carne propia. En todo caso, aquí no rigen los derechos de propiedad: el pasado que puebla estas páginas nos pertenece a todos, para bien o para mal. La historia la hacen sus protagonistas, y la escriben los escritores: perogrullada dolorosa, pero irrebatible.

Acerca del uso de las notas

Aparecen a pie de página, señaladas con asteriscos, las notas relacionadas con la lectura del texto, y al final del libro, numeradas, las referencias bibliográficas y las fuentes.

Capítulo I

Muero porque no muero

Despejaron su rostro, ya sereno y claro, y le descubrieron el pecho diezmado por 40 años de asma y uno de hambre en los pára­mos del sureste boliviano. Lo tendieron luego en la batea del hos­pital de Nuestra Señora de Malta, alzándole la cabeza para que todos pudieran contemplar la presa caída. Al recostarlo en la lápida de concreto, le desataran las cuerdas con que lo maniataron durante el viaje en helicóptero desde La Higuera, y le pidieron a la enfermera que lo lavara, lo peinara e incluso le afeitara parte de la barba rala que portaba.* Para cuando comenzaron a desfilar los periodistas y vecinos curiosos, la metamorfosis ya era completa: el hombre abatido, iracundo y desarrapado aún en vísperas de su muerte se había convertido en el Cristo de Vallegrande, reflejando en sus límpidos ojos abiertos la tranquilidad del sacrificio consentido. El ejército boliviano cometió su único error de campaña una vez consumada la captura de su máximo trofeo de guerra. Transformó al revolucionario resignado y acorralado, al indigente de la Quebrada del Yuro, vencido con todas las de la ley, envuelto en trapos y con la cara ensombrecida por la furia y la derrota, en la imagen crística de la vida que sigue a la muerte. Sus verdugos le dieron rostro, cuerpo y alma al mito que recorrería el mundo.

Quien examine cuidadosamente estas fotos podrá comprender cómo el Guevara de la escuelita de La Higuera se transfiguró en el ícono beatificado de Vallegrande, captado para la posteridad por la lente magistral de Freddy Alborta. La explicación la ofrece el general Gary Prado Salmón, el más lúcido y profesional de los cazadores del Che:

Lo lavaron, lo vistieron, lo acomodaron, bajo instrucciones del médico forense. Porque había que mostrar la identidad, mostrarle al mundo que el Che había sido derrotado; le hemos ganado a éste. No era cuestión de mostrar como se mostraba siempre a los guerrilleros, que eran en el suelo, unos cadáveres, pero con unas expresiones que a mí me impactaban muchísimo, unas caras así retorcidas. Ésa fue una de las cosas que me llevó a ponerle el pañuelo en la mandíbula al Che, para que no se deforme, precisamente. Instintivamente, todo lo que querían era mostrar que éste era el Che, poder decir: “Aquí está, hemos ganado.” Ése era el sentimiento que había en las Fuerzas Armadas de Bolivia, que habíamos ganado la guerra. Que no quede duda de su identidad, porque si le poníamos tal como estaba, así, sucio, andrajoso, despeinado y todo eso, hubiera quedado la duda.1

Lo que evidentemente no previeron sus perseguidores fue que la misma lógica se impondría tanto a quienes anhelaban su apresamiento como a aquellos que llevarían por años su duelo. Es inconcebible el impacto emblemático de Ernesto Guevara sin la noción del sacrificio: un hombre que tenía todo —gloria, poder, familia y comodidad— lo entrega a cambio de una idea, y lo hace sin rabia ni dudas. La disposición a la muerte no se confirma en los discursos o mensajes del propio Che, o en las oraciones fúnebres de Fidel Castro, ni en la exaltación póstuma y ajena del martirio, sino en una mirada: la de Guevara muerto, viendo a sus victimarios y perdonándolos porque no sabían lo que hacían; y al mundo, asegurándole que no se sufre cuando se muere por ideas.

El otro Guevara, cuya furia y depresión no le cabían en la expresión o en el gesto, difícilmente se hubiera convertido en el emblema del heroísmo y la abnegación. El Che anonadado, del pelo sucio, de la ropa desgarrada y los pies envueltos en abarcas bolivianas, desconocido para sus amigos y adversarios, jamás hubiera suscitado la simpatía y admiración que despertó la víctima de Vallegrande.

Las tres fotografías que existen de Guevara preso no circularon sino hasta 20 años después de su ejecución: ni Félix Rodríguez, el operador de la CIA que tomó una de ellas, ni el general Arnaldo Saucedo Parada, que disparó las otras, las divulgaron antes. De nuevo, la razón era perversa. Si bien se aceptó a los pocos días de la emboscada del Yuro que el Che no falleció en combate, resultaba preferible disimular las pruebas que corroboraran su ejecución a sangre fría: las placas del Che vivo y capturado. Las tomas no fueron publicitadas en la pantalla chica antes de los años noventa por las mismas razones. El Che muerto convencía y no acusaba a nadie, pero generaba un mito inagotable; el Che vivo inspiraba lástima en el mejor de los casos, pero infundía escepticismo sobre su identidad, o comprobaba el asesinato inconfesable, aunque de todos conocido. Prevaleció la imagen crística; se desvaneció la otra, sombría y destrozada.

Ernesto Guevara conquistó su derecho de ciudad en el imaginario social de una generación entera por muchos motivos, pero ante todo mediante el místico encuentro de un hombre y su época. Otra persona, en los años de ira y dulzura de los sesenta, escasa huella hubiera dejado; el mismo Che, en otra era, menos turbulenta, idealista y paradigmática, habría pasado de noche. La vigencia de Guevara como figura digna de interés, investigación y lectura se deriva directamente de su filiación generacional. Su pertinencia no brota de la obra o siquiera del ideario guevarista: corresponde a la identificación casi perfecta entre un lapso en la historia y un individuo. Otra vida jamás habría captado el espíritu del tiempo; otro momento histórico nunca se hubiera reconocido en una vida como la suya.

La convergencia existencial se dio de varias maneras. Un hilo conductor de la vida de Ernesto Guevara fue la exaltación de la voluntad, lindando con el voluntarismo o, dirían algunos, con la omnipotencia. En la enigmática y depurada carta de despedida a sus padres, él mismo se refiere a ella: “Una voluntad que he pulido con delectación de artista sostendrá unas piernas flácidas y unos pulmones cansados.”2 Desde el rugby de sus años mozos en Córdoba hasta su calvario en las selvas de Bolivia, siempre partió de un criterio: bastaba desear algo para que sucediera. No existía límite inamovible ni obstáculo insuperable para la voluntad: la propia y la de los distintos actores sociales e individuales que encontraría en su camino. Sus amores y viajes, su visión política y conducción militar y económica se impregnaron de un voluntarismo a toda prueba, que le autorizaría hazañas extraordinarias, le reportaría maravillosas victorias y lo conduciría a repetidos y, por último, fatales fracasos. Los orígenes de ese voluntarismo cuasinarcisista son múltiples: su propio empeño, la lucha perenne del Che contra el asma y una mirada materna omnipresente, de adoración y culpa imperecederas. Si alguien llegó a creer que para tener el mundo ahora bastaba con quererlo, fue el Che Guevara. Si algo caracterizó a sus portaestandartes en los años sesenta, fue su consigna: We want the world, and we want it now.

Otro principio rector de la vida del Che —el sempiterno rechazo a convivir con la ambivalencia, que desde el asma infantil hasta Ñancahuazú lo perseguiría como su sombra— también embonaría con las características vitales de una generación. Los sesenta significaron, en alguna importante medida, la negativa a coexistir con las contradicciones de la vida; presenciaron una fuite en avant perpetua de la primera generación de la posguerra que hallaba intolerable la cohabitación con sentimientos, deseos u objetivos políticos contradictorios. ¿Quién mejor que el Che para personificar la incompatibilidad individual y generacional con la ambivalencia, para simbolizar la incapacidad para convivir con pulsiones encontradas?

Las ideas del Che, su vida, su obra, incluso su ejemplo, pertenecen a otra etapa de historia moderna, y como tales difí­cil­men­te recobrarán algún día su actualidad. Las principales tesis teóricas y políticas vinculadas al Che —la lucha armada y el foco guerrillero, la creación del hombre nuevo y la primacía de los estímulos morales, el internacionalismo combatiente y solidario— carecen virtualmente de vigencia. La revolución cubana —su mayor triunfo, su verdadero éxito— agoniza, o sólo sobrevive gracias al rechazo de buena parte de la herencia ideológica de Guevara. Pero la nostalgia persiste: el subcomandante Marcos, dirigente aguerrido y acosado de las huestes zapatistas en las cañadas de Chiapas, suele invocar, gráfica o explícitamente, las imágenes y analogías del Che, sobre todo aquellas que evocan traiciones y derrotas. A la ofensiva de las fuerzas armadas mexicanas del 9 de febrero de 1995, respondió con dos íconos: Emiliano Zapata en Chinameca, y el Che en Vado del Yeso y la Quebrada del Yuro.*

En cambio, el intervalo durante el cual Guevara se desempeñó y alcanzó la gloria mediática aún no se cierra. Ese momento inconcluso sigue añorado como la última llamada de las utopías modernas, el último encuentro de las grandes nociones generosas de nuestro tiempo —la igualdad, la solidaridad, la liberación individual y colectiva— con mujeres y hombres que las encarnaron. La pertinencia del Che Guevara para el mundo y la vida hoy se verifica por ósmosis a control remoto. Reside en la actualidad de los valores de su era, yace en la relevancia de las esperanzas y sueños de los años sesenta para un fin de siglo huérfano de utopías, carente de proyecto colectivo y desgarrado por los odios y las tensiones propias de una homogeneidad ideológica sin falla. Su instante de fama sobrevive al Che, y él a su vez le otorga luz y sentido a ese momento cuya memoria empalidece, pero aún perdura. En su infancia y juventud, en su madurez y muerte, yacen las claves para descifrar el encuentro del hombre y su mundo. Empecemos.

La Argentina en vísperas de la Gran Depresión no era una mala patria donde nacer y crecer, sobre todo si, como el primer hijo de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna y Llosa, se provenía de una aristocracia de origen y sangre, cuando no pecuniaria. Ernesto Guevara de la Serna nace el 14 de junio de 1928 en Ro­sa­rio, tercera ciudad de un país de 12 millones y medio de habitantes, muchos de ellos oriundos de otras latitudes. Por el lado paterno, los Guevara Lynch habían cumplido ya 12 generaciones en la tierra austral: más que suficiente para merecer el título de abolengo en un país de inmigrantes, en su inmensa mayoría recién llegados. En la genealogía de su madre, también destellan el arraigo y la distinción; además, la familia de la Serna tenía tierras y, por tanto, dinero.

Por su padre, Ernesto hijo poseía sangre española, irlandesa (el bisabuelo Patrick Lynch huyó de Inglaterra a España y de allí a la Gobernación del Río de la Plata en la segunda mitad del siglo XVIII) y hasta mexicano-americana, ya que la abuela paterna del Che nació en 1868 en California. El padre de Guevara Lynch, Roberto Guevara también era originario de los Estados Unidos: sus padres habían participado en la fiebre del oro californiana de 1848, aunque retornaron a la tierra natal con sus hijos pocos años después. Pero más allá de su lugar de nacimiento, los Guevara eran argentinos de cepa. La rama Guevara Lynch de la familia se confundía con la historia de la aristocracia local. Gaspar Lynch fue uno de los fundadores de la Sociedad Rural Argentina —verdadero consejo de administración de la oligarquía terrateniente del país— y Enrique Lynch se erigió en uno de sus baluartes durante las crisis económicas que azotaron a la agricultura local al concluir el siglo XIX. Ana Lynch, liberal e íconoclasta, sería la única abuela que conocería el Che, y la relación con ella lo marcaría profundamente. Su decisión en 1947 de estudiar medicina en lugar de ingeniería arranca parcialmente del fallecimiento de Ana, a quien cuidó y atendió en su lecho de muerte.

Del lado materno, la pertenencia al terruño se remontaba al general José de la Serna e Hinojosa, último virrey del Perú, cuyas tropas fueron derrotadas por Sucre en la batalla de Ayacucho.3 Hija de Juan Martín de la Serna y Edelmira Llosa, Celia no había cumplido 21 años cuando contrajo matrimonio, en 1927, con el joven ex estudiante de arquitectura. Sus padres perecieron años antes: don Juan casi al nacer Celia, quien según una de sus nietas se suicidó en alta mar al percatarse de que padecía sífilis;4 Edelmira, algún tiempo después. En realidad Celia fue criada por su hermana mayor, Carmen de la Serna, quien se casó en 1928 con el poeta comunista Cayetano Córdova Iturburu; antes había sido novia del poeta mexicano Amado Nervo. Tanto Carmen como Córdova permanecieron en las filas del Partido Comunista Argentino durante 14 años, ella quizás con mayor fervor que su marido.5

La familia de Celia era “adinerada”, como lo reconocía sin rubor su marido; el padre era “heredero de una gran fortuna... poseía varias estancias. Hombre culto, muy inteligente, militó en las filas del radicalismo”, participando en la “revolución de 1890”.6 Aunque la fortuna familiar debió ser repartida entre siete, alcanzaba para todos. De las diversas rentas y herencias de Celia viviría la familia Guevara de la Serna, mucho más que de los descabellados y sistemáticamente fallidos proyectos empresariales del jefe del hogar. Si bien de su madre Celia recibió una clásica educación católica en la escuela del Sagrado Corazón, pronto el ambiente librepensador, radical o francamente de izquierda del hogar de su hermana la transformaría en un personaje aparte: feminista, socialista, anticlerical.* Participaba en las infinitas tertulias celebradas en su casa, en las diversas luchas que libraron las mujeres argentinas durante los años veinte,** y tanto antes como después de su matrimonio conservó un perfil propio, que duraría hasta su muerte en 1965.

Esta mujer excepcional fue sin duda la figura afectiva e intelectual más importante en la vida de su primogénito, por lo menos hasta el encuentro de éste con Fidel Castro en México en 1955. Nadie, ni su padre, ni sus esposas o hijos desempeñaron en la vida del Che un papel equivalente al de Celia, su madre. Mujer que convivió durante 20 años con el peligro y el estigma del cáncer; militante que poco antes de su muerte pasó semanas en la cárcel debido al apellido que compartía con su hijo; madre que formó y mantuvo a cinco crías casi por su cuenta, le impuso un sello a la vida del Che Guevara que sólo Castro pudo igualar, durante un breve interludio en la vida de ambos. Nada ilustra mejor la gloria y la tragedia de la saga de Guevara que su desgarrador lamento en el corazón de las tinieblas al recibir en el Congo la noticia de la muerte de su madre:

Personalmente, sin embargo [Machado Ventura] trajo para mí la noticia más triste de la guerra: en comunicación telefónica desde Buenos Aires, informaban que mi madre estaba muy enferma, con un tono que hacía presumir que ése era simplemente un anuncio preparatorio... Tuve que pasar un mes en esa triste incertidumbre, esperando los resultados de algo que adivinaba pero con la esperanza de que hubiera un error en la noticia, hasta que llegó la confirmación del deceso de mi madre. Había querido verme poco tiempo antes de mi partida, presumiblemente sintiéndose enferma, pero ya no había sido posible pues mi viaje estaba muy adelantado. La carta de despedida dejada en La Habana para mis padres no la llegó a conocer; sólo la entregarían en octubre, cuando se hiciera pública mi partida.*

No pudo despedirse de ella, ni guardar el luto que su dolor imponía: la revolución africana, las feroces enfermedades tropicales y las eternas divisiones tribales de los descendientes políticos de Patrice Lumumba lo impedían. Celia fallece en Buenos Aires, exp­ulsada del hospital donde yacía en su lecho de muerte; los due­­ños de la clínica se negaron a albergar a una madre que había parido al Che Guevara 37 años antes. Éste porta su duelo en las colinas de África, desterrado de su patria adoptiva por sus pro­pios demonios internos y el fervor idealista que heredó de su madre. Morirá un par de años más tarde: dos muertes demasiado cercanas.

La Argentina en la que ve la luz el niño Ernesto era todavía en 1928 un país dinámico, en plena ebullición, bendecido por un aparente idilio económico e incluso político, que rápidamente se esfumaría. Pero durante los años veinte resulta tan legítimamente asimilable a los ex dominios ingleses blancos como a los demás países de América Latina. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, sus principales indicadores sociodemográficos se asemejaban más a los de Australia, Canadá y Nueva Zelanda que a los de Colombia, Perú, Venezuela o México.* Había recibido ya un volumen de inversión extranjera directa tres veces superior al de México o Brasil; y el número de vías férreas por mil habitantes, si bien inferior en un 50% al de Australia y Canadá, superaba ampliamente al de sus vecinos hemisféricos.7 En 1913, el ingreso argentino per cápita era el decimotercero del mundo, rebasando ligeramente al de Francia. La conflagración europea y la expansión desenfrenada de los años veinte no alteraría esta clasificación. Si bien las debilidades argentinas —industrialización raquítica, sobreendeudamiento externo, sector exportador altamente vulnerable— pronto arruinarían las pretensiones modernizantes de las élites locales, el país donde nace el Che Guevara exuda una boyante y merecida confianza en sí mismo. Aspira —razonablemente— a su inclusión en un primer mundo avant la lettre, despreocupado de los ominosos signos económicos y so­cia­les que ya se perfilaban en el horizonte.*

La introducción del sufragio universal secreto (para varones y ciudadanos argentinos) en 1912 dio lugar cuatro años más tarde al triunfo electoral de la Unión Cívica Radical y de su legendario paladín, Hipólito Yrigoyen. Éste logró su reelección meses después del nacimiento del Che, en 1928, al cabo del interregno de Marcelo T. de Alvear. Pero el yrigoyenismo no pudo cumplir con las enormes esperanzas que despertó entre las emergentes clases medias del país, y en el seno de la nueva clase traba­jadora porteña, una ecléctica e inestable mezcla de argentinos de segunda generación, del interior y de inmigrantes. La presión de la derecha, el desencanto de las clases medias y los estragos causados por la Gran Depresión pusieron término al fugaz lapso democrático: en 1930 el ejército consuma el primer golpe de Estado del siglo que destituye a un gobierno latinoamericano democráticamente electo. En su lugar, las fuerzas armadas colocarán al general José Félix Uriburu; después del fracaso de su proyecto filofascista, se sucederán gobiernos fraudulentos, hasta que en 1943 el ciclo se cerrará con un nuevo golpe de Estado. La alternancia de gobiernos civiles y militares caracterizará la vida política argentina hasta 1983.

El nacimiento de Ernesto hijo sucedió en Rosario por razones meramente circunstanciales. Sus padres, después del matrimonio contraído en Buenos Aires un año antes, partieron para Puerto Caraguatay en el Alto Paraná, territorio de Misiones. Allí Ernesto padre se había propuesto cultivar y explotar unas 200 hectáreas sembradas de yerba mate, el llamado oro verde que pro­liferaba en esta región de la Argentina.* Ya con Celia embarazada de siete meses se dirigieron a Rosario, el centro urbano de ciertas dimensiones más cercano, tanto para que allí se consumara el parto como para estudiar la posibilidad de comprar un molino hierbatero. El proyecto agrícola y el yerbal naufragaron rápidamente como intentos empresariales; así ocurría con frecuencia en los años por venir. Ernesto hijo nace ochomesino, debilucho y sujeto a los constantes desplazamientos que lo acompañarán toda su vida; la familia abandonará pronto la zona de Misiones. Guevara Lynch también era socio de un astillero, que debía atender en San Isidro, cerca de Buenos Aires.

Allí sucede el primer ataque de asma de Ernestito, semanas antes de cumplir los dos años de edad, el 2 de mayo de 1930. Se­gún narra el padre del Che, su esposa, una nadadora experta y empedernida, solía llevar a su hijo al Club Náutico de San Isidro, a las orillas del Río de la Plata. El padre de la víctima no deja muchas dudas sobre su interpretación de la responsabilidad de la desgracia:

Una fría mañana del mes de mayo y además con mucho viento, mi mujer fue a bañarse al río con nuestro hijo Ernesto. Llegué al club en su busca para llevarlos a almorzar y encontré al pequeño en traje de baño, ya fuera del agua y tiritando. Celia no tenía experiencia y no advirtió que el cambio de tiempo era peligroso en esa época del año.*

Sin embargo, éste no fue el primer padecimiento pulmonar del niño: a los 40 días de ver la luz lo azota una neumonía de la cual, según Ercilia Guevara Lynch, tía de la criatura, “casi se muere”.8 Esta primera afección respiratoria pone en tela de juicio la explicación paterna sobre la etiología del asma del Che; el resfrío mencionado no carecía de antecedentes. De cualquier modo, des­de el primer ataque en las riberas del Río de la Plata hasta junio de 1933, los episodios asmáticos de Ernestito se producirían de manera casi cotidiana, angustiante y devastadora para sus padres, pero ante todo para Celia, quien a la carga desigual que soportaba en los cuidados del enfermo sumaba una poderosa dosis de culpa. A la culpa que le inculcaba su marido por el incidente en el río se sumaban los antecedentes hereditarios, que en esa época sólo se sospechaban, aunque ahora se conocen a ciencia cierta. Celia había sido asmática de niña, lo cual creaba un 30% de probabilidades de que uno de sus hijos padeciera la enfermedad; todo indica que así sucedió con Ernesto. La neumonía a los 40 días de vida y el resfrío en el Club Náutico pueden haber operado como gatillos de una elevada predisposición genética, pero no provocaron su asma.

Los tres años transcurridos entre la aparición de la enfermedad y su estabilización parecen haber dejado una acentuada huella en la pareja e, indirectamente, en el vástago; los relatos al respecto de familiares, amigos y de los mismos padres del Che son conmovedores.* Fue sin duda durante ese periodo cuando Celia construyó la relación entreverada de obsesión, culpa y adoración con su hijo. Dicha relación entrañaría muy pronto una especie de educación a domicilio, a la que el Che Guevara debería, la vida entera, su gusto inagotable por la lectura y su insaciable curiosidad intelectual.

La familia deambularía por la Argentina a lo largo de cinco años, buscando una morada que favoreciera la salud del chiquillo, o que por lo menos no la agravara. Finalmente la hallarían en Alta Gracia, una villa de veraneo a 40 kilómetros de la ciudad de Córdoba, en las faldas de la Sierra Chica, a 600 metros de altu­ra. El aire seco, limpio y transparente, que atraía a turistas y tuber­culosos, moderó los ataques asmáticos de Teté, si bien no los curaba ni los espaciaba demasiado. La enfermedad se tornó manejable debido al clima de Alta Gracia, a los cuidados médicos y a la personalidad del niño. Y, sobre todo, gracias a la excepcional devoción y cariño que aportaría la madre.

En esa montaña mágica al pie de la sierra cordobesa crecería Ernesto Guevara de la Serna, su padre consagrado a la construcción de casas en el pequeño municipio; su madre, a criar y a educar a Ernesto, a sus dos hermanas, Celia y Ana María, y al hermano menor, Roberto; el más pequeño de los Guevara de la Serna, Juan Martín, nacería ulteriormente en Córdoba. Todo ello conformaba un oasis de introspección y placidez, inserto en un país que se despedía de los años dorados e ingresaba, junto al mundo, en la desdicha de la depresión y sus inesperadas secuelas políticas. La crisis mundial de 1929 no sólo destruyó las expectativas yerbamateras del padre del Che, sino que también desbarató en pocos años el mito de la apacible y próspera Argentina. El golpe de 1930 introdujo un largo periodo de inestabilidad política, la caída de precios y de la demanda internacional de los grandes rubros de exportación argentinos inauguró un interminable letargo económico, interrumpido únicamente por el breve boom de materias primas durante la posguerra inmediata. Pero la crisis inauguró también una era de movilización social, de polarización ideológica y de transformaciones culturales a las que ni Alta Gracia ni las élites protegidas e ilustradas de provincias como Córdoba podrían permanecer ajenas.

En un primer momento, las ventas al exterior de los productos de la pampa no sufrieron el derrumbe del cobre chileno o del café brasileño, por ejemplo. No obstante, los ingresos argentinos procedentes del exterior se redujeron casi en un 50% entre 1929 y 1932, y el colapso no resultó menos demoledor o preñado de menores consecuencias que en otros países de la región. Surtió un doble efecto en la sociedad austral. Por un lado, la crisis generó un desempleo agrícola considerable, básicamente de arrendatarios imposibilitados de cumplir con los términos de sus contratos; por el otro, las restricciones impuestas a las importaciones por la exigüidad de divisas y de crédito externo activaron el desarrollo de una industria manufacturera nacional, tanto de bienes de consumo como de algunos sectores de equipo. Este fenómeno contribuyó, a su vez, al crecimiento acelerado de la clase obrera argentina. Dos cifras dan la pauta de la transformación de la sociedad durante esos años; para 1947, 1.4 millones de migrantes procedentes de las zonas rurales se habían acercado a Buenos Aires, y medio millón de obreros se incorporaron al proletariado, duplicando la población del mismo en apenas una década.

Los migrantes constituirían los famosos “cabecitas negras”; los obreros conformarían una nueva clase trabajadora, menos inmigrada y blanca que la de principios de siglo, más vinculada a la industria nacional que al procesamiento de productos de exportación, más ajena a la clase media tradicional que en las épocas de oro del yrigoyenismo. La brecha entre los segmentos medios ilustrados y tradicionales, por una parte, y el nuevo estamento operario, por la otra, se reflejaría, 10 años más tarde, en el desencuentro entre la izquierda argentina socialista, intelectual y pequeñoburguesa, y el peronismo ascendente, populista e irreverente.

Apenas comenzaban los años de Ernesto en Alta Gracia, pero muy pronto algunas de sus principales características aparecerían sin mayores opacidades. La primera que salta a la vista estriba en la continuación del peregrinaje perpetuo, ahora reducido al perímetro de la pequeña ciudad estival. Según Roberto, el hermano menor del Che, después de residir seis meses en el Hotel Grutas, la familia se trasladó en 1933 a Villa Chichita; de allí se mudaría a una casa más amplia, Villa Nydia, en 1934, y en seguida a Chalet de Fuentes en 1937, a Chalet de Ripamonte en 1939 y de nuevo, en 1940-1941, a Villa Nydia. De acuerdo con Roberto Guevara, tanto movimiento tenía una explicación: “Como se vencían los contratos teníamos que mudarnos.”9 Sin duda sería ab­surdo atribuir la ulterior y extrema propensión errante del Che Guevara a este perenne ambular de su familia. Pero el constante ir y venir adquirió obviamente una naturalidad muy particular en el universo del niño. De ciudad en ciudad hasta los cinco años, de casa en casa hasta los 15: la normalidad guevarista residía en el movimiento, que además amenizaba una existencia de otro modo uniforme. También auguraba la esperanza de comenzar de nuevo y superar las tensiones familiares —afectivas, financieras— que no escaseaban en el hogar ya más poblado de Ernesto y Celia.

Es en esta época cuando la relación entre Celia y Teté se vuel­ve central en la vida de ambos y rebasa ampliamente la intensidad y cercanía del vínculo de Ernestito con su padre y de los demás niños con su madre. La enfermedad de Ernesto hijo lo explica en buena medida: nada como la culpa y la angustia de una madre frente a su hijo para generar en ella una devoción sin límite para con el niño. La simbiosis entre Celia y su hijo, que nutriría la correspondencia, la existencia afectiva y la vida misma de ambos durante la próxima treintena, se estrena en esos lánguidos años de Alta Gracia, cuando Ernesto aprende, en el regazo de su madre, a leer y a escribir, a mirarla y, sobre todo, a ser mirado (por ella). A tal punto que quienes conocieron de jóvenes a Ernesto y a sus hermanos se asombran de las diferencias físicas y caracteriológicas entre ellos, las cuales se manifestaron mucho antes de la celebridad del hijo mayor y de la sombra con la que de manera ineludible cubriría a los demás integrantes de la familia. ¿A qué se puede deber? La explicación tal vez yace en la mirada de Celia: preñada de culpa, angustia y amor en el caso de Ernesto, y de simple cariño maternal en los otros.10

Otro signo distintivo de este preludio a la adolescencia se de­riva del anterior. Se consolida una función más precisa y du­ra­de­­ra del jefe del hogar en la familia. Guevara Lynch era, simultá­nea­mente, un gran bohemio, un formidable amigo de sus hijos, un mediocre proveedor y un padre distante e indiferente. Sin duda sus recuerdos sobre las horas pasadas con su hijo, nadando, jugando golf, cuidándolo y hablándole de la vida, son certeros. Pero también lo eran el desapego durante el resto del tiempo y la displicencia frente a las necesidades del niño y de la familia. Mientras la madre fungía como profesora, organizadora del hogar y enfermera, Guevara Lynch construía casas en sociedad con su hermano y pasaba largas horas en el Sierras Hotel, sitio de reunión y descanso de la sociedad acomodada de Alta Gracia.*

La enfermedad seguía atribulando a Ernesto; le impidió ob­tener una educación primaria “normal”, que fue suplida por los empeños didácticos de su madre: “Yo enseñaba las primeras letras a mi hijo, pero Ernesto no podía ir a la escuela por su asma. Sólo cursaría regularmente segundo y tercero; quinto y sexto grado los hizo yendo como podía. Sus hermanos copiarían las tareas y él estudiaba en casa.”11

Donde el padre de Ernesto desempeñó un papel central fue en transmitirle al asmático un gusto voraz por el deporte y el ejercicio, y una convicción de que a base de pura fuerza de voluntad podía vencer las limitaciones y penas que su enfermedad le imponía.* Tanto Ernesto padre como Celia eran deportistas, gente que amaba el campo y la naturaleza, y lograron infundirle ese gozo a su hijo. Visto que para poder disfrutar realmente de los placeres del ejercicio y el aire libre el muchacho debía realizar esfuerzos muy superiores a los de un niño sano, comenzó desde chico a desarrollar una voluntad descomunal. Fueron los padres del Che quienes descubrieron el único remedio posible para lo que sería un tormento crónico. Concluyeron que lo único razonable consistía en seguir medicándolo y fortalecerlo mediante tónicos y ejercicios apropiados como la natación, los juegos al aire libre, las subidas a los cerros, la equitación.12

De tal suerte que la creciente e imprescindible (para él) voluntad de superación física, se transformaría aceleradamente en un rasgo decisivo en la vida del joven. Como lo sería también la heterogeneidad social del círculo de amistades de los niños Guevara de la Serna, y el encuentro frecuente de los párvulos con amiguitos originarios de distintas clases sociales. Entre ellos figuraban los caddies del club de golf de Alta Gracia y los mozos de los hoteles, los hijos de los trabajadores de la construcción que laboraban en las diversas obras en las que participaba Ernesto padre, así como las familias pobres de los hacinamientos cercanos a la retahíla de villas que fueron alquilando los Guevara. En las sucesivas casas de la familia aparecían multitudes de niños, unos procedentes de hogares de clase media, otros de origen popular, unos blancos como Ernesto y sus hermanos, otros de piel más oscura o “morochos” como Rosendo Zacarías, vendedor de alfajores en las calles de Alta Gracia. Medio siglo después, éste aún recuerda (quizás con ayuda del mito: “El Che era un niño perfecto, sin defectos”)13 cómo todos ellos jugaban sin distinciones ni jerarquías. Desde entonces Ernestito mostraba una notoria facilidad para relacionarse con personas ajenas a su entorno cultural y social.

De las largas horas transcurridas en la cama de su casa nace también la predilección de Ernesto hijo por la lectura. Devoraba lo clásico para niños lectores de su edad y de su época: las nove­las de aventuras de Dumas père, Robert Louis Stevenson, Jack Lon­don y Julio Verne y, por supuesto, de Emilio Salgari. Pero también se acerca a Cervantes y Anatole France, a Pablo Neruda y Horacio Quiroga, y a los poetas españoles Machado y García Lorca. Ambos padres contribuyeron a despertarle este gusto por la lectura: Ernesto Guevara Lynch por las novelas de aventuras, Celia por la poesía y, durante las épocas en las que le impartió su educación a domicilio, por el idioma francés. En la escuela propiamente dicha, Ernesto era buen alumno, sin más, según los recuerdos de una de sus maestras, que igualaba la inteligencia de él con la de sus hermanas menores, pero les atribuía a ellas mayor asiduidad en el estudio.

Para la maestra Elba Rossi Oviedo Zelaya, Ernestito vivió dos vínculos familiares distintos con la educación: el de Celia, siempre presente y vigilando de cerca la instrucción de su hijo, y el de Ernesto padre, más distante. Habla la maestra del Che niño:

Yo conocí a la madre nada más. Ella era realmente muy democrática, una señora que no se fijaba en alzar a cualquier chico y llevarlo a su casa y colaborar con la escuela, ella era de un temperamento muy lindo. Iba todos los días y a todas las reuniones de padres de familia, con todos los chicos en el autito y por ahí se le colaban otros chicos. El padre era un señor muy distinguido que vivía mucho en el Sierras Hotel porque era gente de una familia distinguida. Lo habré visto alguna vez por casualidad, no iba a la escuela, con las maestras no hablaba. Nada más que sabía que paraba mucho en el Sierras porque en ese entonces el Sierras era el mejor hotel que tenía Alta Gracia. Con ella muchas veces hablamos, cuestiones escolares y otras cosas. Era todo con ella, a él, que haya ido por la escuela no lo vi nunca, lo habré visto alguna vez, me habrán dicho: es el señor Guevara.14

Quizás los dos aspectos más notables del paso de Ernesto por el par de escuelas públicas de Alta Gracia donde cursó la primaria —la San Martín primero y la Manuel Solares después— se desprenden de la actitud de sus padres y de las consecuencias de asistir justamente a una escuela pública en los años otoñales de la Argentina oligárquica. Resultarían trascendentes para el Che, sobre todo la tensión entre un país aún homogéneo y una incipiente diversidad que ya chocaba con las tendencias igualadoras de la educación pública, laica y obligatoria. La obligatoriedad de la enseñanza primaria no revestía únicamente un carácter principista: cuando el asma le impedía al niño asistir a clases, su madre recibía requerimientos de la autoridad, indagando sobre los motivos de su ausencia. Y en la escuela como tal, Ernestito padecería los efectos contradictorios de las mutaciones vertiginosas de la sociedad argentina. Los dos colegios de Alta Gracia en los que estuvo inscrito abarcaban a niños de las afueras de la villa, del “campo” como se les decía comúnmente en esa región de la Argentina: de origen rural, en algunos casos “morochos”, procedentes de hogares humildes, para los cuales ésa era, precisamente, la primera generación escolarizada. La gran diferencia entre la Argentina y el resto de América Latina en aquellos años (con la excepción del Uruguay, y en menor medida de Chile) residía en la existencia de esta institución igualadora por excelencia (junto con la conscripción, implantada antes que el sufragio universal): la educación pública. La inmensa brecha que separó siempre al Che adulto de muchos de sus compañeros cubanos y del resto de Latinoamérica en cuanto al trato y la sensibilidad para con interlocutores de clases, razas, etnias y educación diferentes nace de este cruce precoz con la igualdad. Brota también de la ex­periencia de la diversidad, típica de la educación republicana en un continente donde las élites no suelen gozar del privilegio del encuentro con otros.

Pero procurar la igualdad no equivale a lograrla. El surgimiento en los años treinta de las nuevas clases populares, compuestas en parte por inmigrados de segunda generación y en parte oriundas del viejo campo de gauchos y estancias, no perdonó a ninguno de los sectores de la sociedad argentina. A las escuelas de Ernesto asistían niños pobres, de ascendencia italiana, española y rural; gracias a sus maestras y a la excepcional herencia cultural que recibió de Celia, el Che dispuso de oportunidades únicas y evidentes para confrontar los contornos de la desigualdad. Pero esas mismas ventajas le otorgaron la distinción de ser un primus inter pares prematuro: el niño que, gracias a la cultura y prosperidad (relativa) de sus padres y a la seguridad en sí mismo que generaba un hogar estable si no apacible, gozó del privilegio de destacar desde muy temprano, de convertirse en dirigente o jefe de las pandillas escolares, de ocupar una posición de liderazgo entre sus amiguitos. La adelantada vocación de líder que muchos admiradores le descubrieron al Che desde su más temprana infancia tal vez provenga de sus posibles dotes de cabecilla, pero se deriva también de una situación social privilegiada.*

A estos años deslizados en el sosiego de Alta Gracia se remonta, last but not least, el inicio de la politización del primogénito de los Guevara de la Serna. Al igual que para millones de jóvenes y adultos en el mundo entero, la Guerra Civil Española despabilará la curiosidad política del niño. Como corresponde a un muchacho de ocho a 11 años, su interés y seguimiento de las glorias y tragedias de Madrid, Teruel y Guernica no se centrará en las facetas ideológicas, internacionales o incluso políticas de la conflagración, sino en los aspectos militares y heroicos. Desde 1937, colgará un mapa de España en la pared de su cuarto, donde seguirá la marcha de los ejércitos republicano y franquista, y construirá una especie de campo de batalla, con trincheras y montes, en el jardín de la casa.15 Varios factores contribuirán a hacer de la causa de la República española el crisol de la conciencia política del aficionado en ciernes a la actualidad mundial.

En 1937 partió a España su tío Cayetano Córdova Iturbu­ru. Periodista y miembro del Partido Comunista Argentino, Córdo­va fue contratado como corresponsal extranjero por el diario Crítica de Buenos Aires. La tía Carmen y sus dos hijos se trasladaron a Alta Gracia a vivir con su hermana durante la estancia de su marido en España. De modo que todos los despachos, impresiones y artículos transmitidos desde el frente por Córdova Iturburu pasaban por las villas y chalets de los Guevara en Alta Gracia. La llegada de las noticias de ultramar se convertía en un acontecimiento; el contenido de las misivas aumentaba la excitación provocada por su mismo arribo. Córdoba mandaba también en ocasiones revistas y libros españoles; de ellos procedía también la información, detallada y constante, que aterrizaba en la imaginación de Ernesto chico. Se grabaría allí para siempre.

Otro factor importante en la concientización del Che consistió en la llegada a la comarca de varias familias expulsadas de la península ibérica. La más significativa, por la intimidad que forjaría con el núcleo de los Guevara, fue la que encabezó el médico Juan González Aguilar, quien desde antes había despachado a su esposa y a sus hijos a Buenos Aires, y posteriormente a Alta Gracia. Al derrumbarse el frente republicano, el propio González Aguilar —amigo de Manuel Azaña y colaborador de Juan Negrín, último presidente de gobierno lealista— se exilió igualmente en la Argentina. Los hijos de los González Aguilar, Paco, Juan y Pepe, se inscriben con el Che en el Liceo Deán Funes en Córdoba en 1942; durante un año los adolescentes recorrerán juntos los 35 kilómetros de Alta Gracia a la escuela.

La amistad con los González Aguilar durará decenios, y de los relatos de los padres de éstos, así como de otros refugiados que transitaban por su casa —el general Jurado, el compositor Manuel de Falla—, Ernesto Guevara hijo adquirirá buena parte de su sensibilidad y sentimiento solidario para con los republicanos. La guerra de España constituyó la experiencia política fundante de la infancia y adolescencia del Che. Nada lo marcará políticamente en esos años como la lucha y la derrota de los republicanos: ni el Frente Popular francés, ni la expropiación petrolera en México, ni el Nuevo Trato de Roosevelt, ya sin hablar del golpe argentino de 1943 o incluso la jornada del 17 de octubre de 1945 y el advenimiento de Perón.

Sus padres le inculcarán a Ernesto una fuerte dosis de sus propias posturas políticas. Concluida la guerra de España y aplas­tados los republicanos, comenzaría la Segunda Guerra Mun­dial; el padre del niño de 11 años fundará la sección local de Acción Argentina, en cuyo sector infantil de inmediato inscribirá a su hijo. Típica organización antifascista, la Acción Argentina hará un poco de todo en esos años: celebrar mítines y realizar colec­tas a favor de los aliados, combatir la penetración nazi en la Argen­tina, descubrir infiltraciones de ex tripulantes del acorazado Graf Spee (atracado por los alemanes en la bahía de Montevideo en 1940) y difundir información sobre el avance de las fuerzas aliadas en la guerra. Como recuerda su padre, “cada vez que se efectuaba un acto organizado por la Acción Argentina o teníamos que hacer una averiguación importante, Ernesto me acompañaba”.16

Resultaría trunca la descripción anterior sin ubicar la guerra de España en el entorno argentino de la época, y en particular en el contexto del ascenso de una derecha local nacionalista, católica y virtualmente fascista. Para la intelectualidad argentina de los años treinta, radical, socialista o comunista, de abolengo o con raíces italianas o españolas, la xenofobia y el conservadurismo de escritores como Leopoldo Lugones, Gustavo Martínez Zuviría y Alejandro Bungre, y de publicaciones como Crisol, Bandera Argentina y La Voz Nacionalista y su expresión política en círculos de la oficialidad media del ejército constituían el peor de los enemigos. El nacionalismo argentino de los años treinta era antisemita, racista y eugénico, fascista y hitlerófilo. Naturalmente se volcó al franquismo a partir de 1936. El tema xenófobo le era particularmente caro, sobre todo ante el surgimiento de la nueva clase obrera procedente del interior, “negra” o “pielroja”.* El hecho de que ese nacionalismo también contuviera su vertiente “social” y “antiimperialista”, su faceta “desarrollista” (aunque todos estos términos sean anacrónicos) e industrializadora, no obstaba para que la izquierda argentina de vieja alcurnia lo contemplara despavorida, y con razón.

El desenlace de este drama confundiría todas las previsiones. El ascenso de Perón dejaría descontentos a los nacionalistas, por un lado, y desorientada y huérfana de masas a la izquierda, por el otro. En el auge de ese nacionalismo conservador y católico radica parte de la respuesta al acertijo sobre la reacción de la izquierda argentina —y del Che— frente al principal acontecimiento político del siglo en ese país: la llegada de Perón al poder. Ernesto chico seguiría a sus padres a pie juntillas: su antiperonismo juvenil será tan visceral como el de sus progenitores, tan comprometido como el de sus pares en la universidad, tan lógico y a la vez desapegado de la realidad argentina como el del resto de la izquierda del país. Sólo 20 años más tarde logrará el Che cerrar el círculo, volviéndose amigo de los representantes de Perón en La Habana y en particular de John William Cooke,** y sirviendo de conducto de Perón incluso con Ahmed Ben Bella, presidente de Argelia, al solicitarle su ayuda para gestionar una entrevista de aquel con Gamal Abdel Nasser.17

Cuando la familia Guevara parte a Córdoba en 1943, ya han cristalizado los principales rasgos de la infancia y adolescencia del Che. La casa permanecía siempre abierta: por allí desfilaban niños, visitas, amigos e incluso personas de paso, todo en un gran desorden regido sólo por la hospitalidad para los fuereños y la libertad para los chiquillos del hogar. Circulaban triciclos y bicicletas puertas adentro, se almorzaba a cualquier hora y proliferaban los invitados. No sobraba el dinero; de las dificultades económicas del matrimonio —nunca abrumadoras, pero constantes—, así como de la ausencia de Ernesto padre y de la indiferencia de Celia por asuntos de esa índole, brotaba parte del caos hogareño. La vasta libertad para los niños —de almorzar a cualquier hora, de convidar a multitud de amigos a casa, de recoger sus pertenencias como y cuando quisieran— tenía como contrapartida una cierta falta de estructura. Cuando la pareja Guevara de la Serna empieza a ver debilitados los lazos que anteriormente la unía, las consecuencias de esa falta de orden se harán sentir de manera más intensa.

Un año antes de que la familia entera se trasladara a Córdoba, Ernesto es inscrito por sus padres en el Co ...