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LADRóN DE ESPERANZAS

Francisco Martín Moreno  

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Fragmento

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Si bien la más cara aspiración de mi existencia durante interminables cincuenta años consistió en llegar a ser presidente de la República, nunca imaginé la posibilidad de experimentar otro deseo similar, intenso e indomable: la vida, Dios, Nuestro Señor, alguna divinidad, una inteligencia superior a la humana, tal vez un supremo arquitecto ha de concederme el incomparable placer de poder ir a escupir sobre la tumba de Ernesto Pasos Narro.

Sí, sí, ya sé que no hay ninguna condenación para quienes estamos con Cristo Jesús, sé que el que gana almas es sabio; sé que de la misma manera en que Cristo perdonó, yo debo perdonar para salvarme, pero no puedo, no, no puedo perdonar, Dios me perdone, a Pasos Narro ni a la pandilla que gobernó a este país los últimos seis años. Sé que he repetido en todo foro al que asisto aquello de “paz y amor”, y sé que he insistido en perdonar, sí, perdonar, pero olvidar, no. Sé que debo ser congruente en mis posiciones políticas para no perder el respeto de mis conciudadanos, ¿cómo negarlo? Pero ¿disculpar a quienes le robaron sus migajas a los pobres, asaltaron a los miserables que ya no creen ni en la Virgen ni tienen consuelo alguno?, ¿perdón para esos miserables ladrones que nunca conocieron la piedad? Si yo llegara a disculparlos y no los acusara ni los denunciara ni los encarcelara, semejante absolución legal a los bandidos me haría cómplice y culpable de cargos peores aún de los que ellos son acreedores y, sobre todo, haría insoportable mi existencia por traicionar los principios éticos contenidos en mi Constitución Moral… ¿Con qué cara podría ver al pueblo si me convierto en aliado de rufianes poderosos que le arrebataron el pan de la boca a los olvidados?

Recibe antes que nadie historias como ésta

Juré acabar con la corrupción en este país maravilloso que se desangra por los costados; juré acabar también con la Mafia del Poder y encarcelarla para que ya nunca volviera a imponer a un nuevo títere. Juré administrar una gran purga para ahorrar quinientos mil millones de pesos que son el saldo de los cochupos y de la putrefacta corrupción del gobierno; juré arrestar a los ladrones del patrimonio público y ahora tengo que tragarme una a una mis palabras, porque no perseguiré a nadie aunque me acusen de traicionar las promesas de campaña con las que logré que treinta millones de mexicanos me eligieran para hacer justicia y aplicar indiscriminadamente la ley por primera vez en nuestra dolorida historia. Pero bueno, por más que le choque a medio mundo lo de “al margen de la ley nada y por encima de la ley nadie”, debe entenderse como una estrategia para ganar votos. Mi promesa es válida del 1 de diciembre en adelante, porque para atrás nada, ni siquiera para tomar vuelo, aunque mis opositores me ataquen alegando que se trata de una invitación al gobierno saliente para robar hasta hartarse en la inteligencia de que no perseguiré a nadie. ¿A robar, entonces? Si así lo quieren entender, ni modo. Claro que mis seguidores me etiquetarán también como el primer presidente “blanqueador” porque estoy lavando el dinero robado por Pasos y su pandilla de pillos, pues no los voy a enjuiciar, bien, sí, pero prefiero, por el momento, cumplir mi pacto secreto con Pasos y con Villagaray, por más que me duela, en lugar de cumplirle al pueblo de México que tanto se merece y tanto le quedamos a deber los políticos, pero que muy pronto se olvida de todo. Esa es la ventaja: mis compatriotas, para mi buena fortuna, tienen muy mala memoria y no se acuerdan de nada y cuando finalmente se acuerdan, no hacen nada, y menos todavía si el día de la protesta callejera se juega un clásico de futbol o llueve, porque entonces nadie los sacará de sus casas. ¿Cuántos presidentes no soñarían con tener un electorado así de olvidadizo y de resignado?

Millones de mexicanos creyeron en mi decisión de erradicar la corrupción y superar sus terribles condiciones de pobreza, en donde está sepultada la mitad de la población. Imposible decepcionarlos. ¿Qué sería de México si al final de mi mandato entregara las mismas cuentas desastrosas de Pasos Narro? ¿Y si multiplicara el número de marginados? ¿Y si la inversión extranjera no creyera en mí y me abandonaran a mi suerte? Ah, cómo odio a los podridos pirrurris de Wall Street, ese nido de agiotistas. ¿Y si yo no impartiera justicia como ellos esperan? ¿Y si no elevara drásticamente el nivel de vida y las condiciones materiales de quienes me condujeron al máximo poder en México? ¿Qué cuentas voy a entregar si no creo millones de empleos a lo largo del país, si no encarcelo a los pillos, si no aplasto a los narcotraficantes que envenenan a la sociedad y la esquilman, si no propicio condiciones de bienestar ni aplico la ley ni barro las escaleras de arriba hacia abajo? De sobra sé que la Suprema Corte nunca ha hecho nada por México, ¿y si también fallara mi revolución ética y nadie se ajustara a mi Constitución Moral y el pueblo traicionara los santos postulados de Jesús? ¿Millones de mexicanos vendrán entonces a escupir mi tumba? No, por favor, no…

¿Acaso en mi último informe de gobierno, en el 2024, me disculparé ante la nación con el famoso “ustedes perdonen”, al estilo de los jueces o ministerios públicos que liberan a los delincuentes ante una denuncia supuestamente viciada de mil nulidades, entre otras tantas incapacidades o corruptelas? Ustedes perdonen, pero no pude con los narcos ni con los traficantes de gasolina ni con los asaltantes de trenes ni disminuí el número de desaparecidos ni de ejecutados colgados en los puentes peatonales, entre otras escenas macabras, ni acabé con la delincuencia urbana, ni logré recluir en prisión a los presupuestívoros ni alcancé a crear fuentes de riqueza ni logré educar al pueblo por más que llevé a cabo una nueva reforma educativa ni convencí a los capitales extranjeros ávidos de la posibilidad de invertir en nuestra energía eléctrica y petrolera para lucrar con el patrimonio de todos los mexicanos… ¡Ay, dolor! ¿Voy a salir ese 1 de septiembre, en el último informe presidencial de mi primer sexenio, a sumarme a las históricas justificaciones de los asquerosos tricolores o a las de los cínicos azules, unos más incapaces y corruptos que los otros? ¿Voy a pasar a la historia como uno más de ellos, para que me etiqueten como parte de la Mafia del Poder, cuando me comprometí a ser el mejor presidente de la historia de México? ¿Yo, el líder del cartel de la Mafia del Poder porque me fue imposible impartir justicia, construir el Estado de Derecho prometido? ¿Ahora soy su compinche? ¿Esta sería una parte de mi discurso de despedida?

La posteridad debe premiarme con grandes avenidas que habrán de llevar mi nombre escrito con letras mayúsculas: ANTONIO M. LUGO OLEA, Benefactor de México, Benemérito de la Patria en Grado Heroico, Protector de la Nación, Verdugo Invencible de los Mafiosos, César Mexicano, Padre del Anáhuac, Ángel Tutelar de la República Mexicana, Visible Instrumento de Dios, Salvador de la Paz y del Amor. Eso es, ¡claro que sí…! ¡Me canso, ganso! Habré de merecer un hemiciclo más grande que el de Juárez, el Benemérito de las Américas, en donde yo aparezca sentado en un trono de nubes, rodeado de arcángeles vaporosos especialmente seleccionados para colocar en mi cabeza una corona dorada de laureles, una muestra palpable de mi ingreso a la eternidad. He de merecer espacios dignos en todas las enciclopedias, así como varias páginas lúcidamente escritas en los libros de texto gratuito, con fotografías de mi imagen a todo color en actos públicos, en giras de trabajo y en mi despacho, con la banda presidencial puesta. Los estudiantes de escuelas públicas y privadas jamás deberán olvidar el éxito de mi Cuarta Transformación, diseñada con buena fe para conquistar el bienestar de la nación, en lugar de que vayan a llenar de gargajos mi lápida. Merezco al menos que se me recuerde con una colosal cabeza al estilo de mis paisanos, los olmecas. Una cabeza con mis rasgos, tallada en basalto, que inmortalice mi efigie con una expresión de sabiduría.

Imposible entonces salir con un “señoras y señores: hoy, al concluir mi primer sexenio, les he robado toda esperanza; debo confesar con un gran dolor en el alma que les heredo más pobres, más narcos, más economía informal, más evasión fiscal, más deuda pública, más analfabetos, más desempleados, más desesperados, más terror urbano, más injusticia social, más dependencia de los Estados Unidos, más fugas de capitales y de envidiables cerebros mexicanos, más atentados en contra de las reservas monetarias de México, más depreciación del peso, más inflación, más impunidad, más irritación social”, mientras me veo hundido y maniatado en la impotencia sin dejar de contemplar, aterrado, cómo corre apresurada la chispa de una mecha dirigida a un barril de pólvora llamado impaciencia nacional.

No estoy acostumbrado a dar malas noticias y jamás me acostumbraré a hacerlo. Apenas han transcurrido quince días del primer año de mi mandato, más de una semana desde mi discurso de toma de posesión y, debo confesarlo, he padecido interminables insomnios, entendí mi futuro durante las noches de luna inmóvil, porque no existe una escuela de presidentes: la adversidad parece imponerse como un enorme muro de granito ante el que se estrella cada una de mis decisiones. ¡Cuánta irresponsabilidad o ignorancia de nosotros, los candidatos presidenciales de todo el mundo, cuando durante las campañas hacemos promesas de una gigantesca rentabilidad electoral, pero de imposible cumplimiento! Que si lo sabemos nosotros… Me encantaría una reunión con ex presidentes mexicanos y extranjeros para confesarnos, en la intimidad y entre carcajadas, cuál fue nuestra mentira más grande durante la campaña. Me quedaría helado… ¿Existe un candidato honesto en el mundo? ¿No…? Entonces en cada político hay un embustero al que tarde o temprano la oposición, la prensa, los mercados internacionales, los tribunales y los partidos políticos, además de la sociedad frustrada y la historia, ¡ay, la historia!, habrán de sentar en el banquillo de los acusados para exigirle cuentas.

¡Cuántas promesas de campaña, todas felices y entusiastas, y cuánta frustración al encontrarme con la inconmovible y terca realidad! Juro, lo juro, que muchos ofrecimientos no tenían como objetivo atrapar votos para ganar a como diera lugar la Presidencia, sí, lo juro. La idea, con la mano en el corazón, consistía en propiciar el máximo bienestar para la sociedad, no condenar a quienes nacen pobres a morir pobres, solo que los hechos, la consecuencia de la práctica diaria a partir de las elecciones de julio, me fueron dando revés tras revés, golpe tras golpe, hasta obligarme a reflexionar una vez más sentado en mi histórico escritorio perteneciente a Benito Juárez con los codos colocados sobre la cubierta y la cara apoyada sobre las palmas de mis manos. ¿Estoy haciendo el ridículo frente al electorado? Pues no, porque si gané las elecciones con 53% de los votantes, dos meses después de mi triunfo la cifra había aumentado al 64%. Al pueblo de México, que es sabio, no le importan mis descalabros ni mis retractaciones ni el incumplimiento de mis propuestas. Su generosidad nunca acabará de sorprenderme, sobre todo porque le extendí el perdón a la Mafia del Poder sin mayores consecuencias. ¿No es maravilloso? No cumplir mis ofertas por las razones que sea, y que aumente mi popularidad. Con mis fanáticos, o mis “fans”, como se dice ahora, me van a hacer lo que el viento a Juárez. Solo debo decir: gracias, gracias, gracias…

Yo propuse regresar a los soldados y a los marinos a sus cuarteles, sacarlos de las calles porque no vamos a apagar el fuego con el fuego, para sustituirlos por una Guardia Nacional como la que existe en otros países, pero en una reunión con generales y almirantes resultó que mis deseos no podrían llevarse a cabo porque entregaríamos la nación a los brazos del hampa. ¿Resultado? La Guardia Nacional, ¡no! ¿Se acabó la opción? Pues no, no se acabó, revivió porque entendimos que si nuestras fuerzas armadas no se ocupaban de la seguridad, pondríamos a la nación en manos de la delincuencia organizada. Hasta quedamos en militarizar a México, con todos sus riesgos y consecuencias, pero a saber a dónde iremos a dar, porque ahora sucede que ciertos grupos y gobernadores saltan por cualquier cosita; reaccionan como reinas ofendidas. Me divierte mucho negar en público los argumentos que sostuve en la campaña para ganar la Presidencia y desdecirme con gran desfachatez sin que nadie me pueda acusar de mentiroso, salvo que esté dispuesto a carearse con el diablo en persona. ¿Quién en México se atreve a llamar embustero al presidente de la República, a desafiar a un súper hombre? ¿Quién, a ver, quién? Por lo tanto, gozo hasta el delirio cuando mis críticos, a pesar de que exhiben la verdad, se tienen que meter la lengua por el culo. Al tiempo, solo que también al tiempo el gobernador de Jalisco vino a agitar el avispero y hasta se atrevió a desafiarme. Es imposible satisfacer los intereses de todos, Dios mío, ¿qué hacer? ¿Le quitaré la lana como hizo Pasos con Cortina, el “góber” de Chihuahua?

Juré por las barbas de Cristo que yo daría marcha atrás a la mal llamada Reforma Energética y ahora resulta que sí, que tal vez sí estaba bien hecha, ¿no?; ya veremos qué sale al final. Estuve en contra de los ventiladores en La Rumorosa, y me volví a equivocar porque la energía eólica y la solar son una maravilla. ¡Cuánto hay que aprender, caray, lástima que no lo hice antes de iniciar mi campaña! Lo que sí, les di chance a mis críticos, y en lugar de construir cinco refinerías ya estoy en una, y con esa única sucede ahora que contribuimos al calentamiento global, que contaminamos la atmósfera, que dañamos la salud del pueblo, que ya vienen coches eléctricos y no se necesitará la gasolina, que no buscamos energías renovables de cara a la modernidad, que no hay petróleo suficiente en México para alimentar la única refinería que podríamos construir, que es más barato continuar importando las gasolinas de Estados Unidos, que devastaremos una zona de manglares, en fin, que nada se puede, nada, nadita de nada, ¿horror de horrores…? No, por supuesto que no: haré la refinería, modificaré la Constitución de Tabasco para que puedan construirla a mi modo, sin licitaciones, como los segundos pisos en la Ciudad de México. Ya basta de leyecitas. ¿Quién respeta la ley en México? Nadie, ¿cierto? Entonces a callar, hay veces que se debe imponer a la autoridad y dejar de jugar a la legalidad y a la democracia. La refinería va porque va, me canso, ganso. No, no es fácil ser presidente, y menos de los mexicanos, ni lidiar con las casas calificadoras extranjeras, que ahora resulta que quieren gobernar en México. Si yo construyo la refinería con recursos de Pemex, nos bajan la calificación y desquician la economía. Entonces ¿quién manda en México? ¿Yo, o esos pirrurris de mierda?

¿Debo acaso desconfiar de todos y confiar en todos? ¿Cómo…? ¿En qué escuela se aprende a tratar con los banqueros extranjeros, esos seres sin corazón, hoy dueños de la mayoría de la banca mexicana, para insistir en el otorgamiento de préstamos baratos en los sectores productivos y en una rebaja sustancial en el cobro de las comisiones usureras por cada servicio que prestan? ¿De esos cabrones depende la cancelación del NAICM? No, por favor, no… ¿Cómo controlar a las empresas mineras que saquean nuestros metales, pagan muy pocos impuestos y dejan nuestro territorio lleno de agujeros y contaminación? ¿En dónde tomar lecciones para controlar a los cabilderos del Congreso, otros sabuesos que le habrán vendido su alma al diablo? ¿Cómo administrar las relaciones con la prensa? ¿A billetazos, con sobornos, digámoslo con claridad, aun cuando se trate de dinero negro, olvidándome de la cruzada en contra de la corrupción? ¿Ahora yo, el presidente Lugo Olea, yo voy a sobornar a los periodistas, cuando siempre me opuse a la corrupción? ¿Empezaré a practicarla y a dejar de ser un ejemplo para mis seguidores? ¿Propiciaré yo también la corrupción de periodistas entregándoles sobres llenos de billetes? ¿Yo…? No, claro que no, todos nos vamos a portar bien… pero ¿entonces cómo voy a controlar a miles de cucarachas que viven en las alcantarillas y se han alimentado por siglos de detritus, de recursos públicos podridos? ¿Voy a comprar el voto de mis opositores en el Congreso de la Unión, como lo hicieron Pasos y el maleante de Villagaray, para sacar adelante mis reformas? ¡Imposible seguir su ejemplo, carajo! De sobra sé que no hay hombre sin hombre y solo no se sabe lo que no se hace, como dice el imbécil del tal Martinillo, que me sigue de día como una sombra siniestra y de noche me arrebata el sueño como si durmiera a mi lado, entre mi mujer y yo. No, yo no sucumbiré a la putrefacción periodística, eso sí que no, y menos aún cuando encabezo la Cuarta Transformación del país y no una Transformación de Cuarta, o una Transa en Formación o La Cuarta Masturbación, como dicen sarcásticamente mis malditos opositores. Bola de cabrones que además me comparan con el padre Ripalda, el jesuita aquel que aleccionó en lectura, civismo, catecismo y castellano a los riquillos porfiristas.

Todavía guardo en un cajón uno de los artículos del tal Martinillo, por si algún día puedo tener la oportunidad de restregárselo en la cara:

Si algún lector despistado tuviera interés en predecir en lo que se va a convertir, en el mejor de los casos, el gobierno de AMLO, debería poner su atención en los resultados de su catastrófica gestión como jefe de gobierno de la Ciudad de México:

AMLO obtuvo los peores resultados en materia de combate a la corrupción, ya que se catapultó a niveles de casi veinte puntos en el índice nacional, seguido muy de lejos por el Estado de México. Aumentaron los delitos de alto impacto hasta convertirlo en el gobierno con mayor grado de violencia en la historia de la ciudad, ya que la criminalidad se disparó al doble del resto del país. El secuestro, la inseguridad y el crimen llegaron a niveles insoportables para la sociedad, que mostró su hartazgo por medio de una movilización pocas veces vista en el Distrito Federal, a la que AMLO calificó como “la marcha de los pirrurris”. Por supuesto que se negó a recibir y a escuchar, con su estilo dictatorial, a los organizadores de la manifestación de protesta, sin olvidar que, además de dicha “marcha blanca” hubo otras seis en contra de la inseguridad capitalina.

Lugo Olea escondió las finanzas de los segundos pisos en un fideicomiso secreto, se abstuvo de impulsar una reforma administrativa que permitiera la limpieza en las estructuras centrales y delegacionales y se negó a fomentar la cultura de la transparencia. Los excesos en el gasto social (pensión a los adultos mayores, comedores comunitarios, becas para estudiantes, apoyo a madres solteras, la creación de la UACM y preparatorias en cada delegación) dejaron sin recursos al gobierno de la ciudad para inversiones y para el mantenimiento básico de la infraestructura. Era preferible regalar dinero para conseguir apoyo político que atender las necesidades básicas de la ciudadanía, de ahí que en términos de movilidad no hubiera habido avances, como bien lo demuestra el desinterés por construir otra línea del metro. ¿Qué importaba más: construir un tren subterráneo o comprar voluntades electorales con el dinero público para garantizar la lealtad del D.F. en la campaña presidencial del 2006? Los capitalinos gastaban un promedio de cuarenta pesos diarios en su transporte diario que les eran regresados de una manera o de la otra, con los obsequios económicos del gobierno del D.F., en lugar de construir un metro, ganar tiempo en beneficio de los usuarios, evitar la contaminación atmosférica y reducir el importe de los boletos a tres pesos por viaje.

La deuda pública creció de casi 32 mil millones de pesos a 41 mil 439 millones durante su gestión. El desempleo subió de 3.9% a 5.6%. Las extorsiones se duplicaron, al pasar de 2.27 casos por cada 100 mil habitantes a 5.22. La pobreza patrimonial aumentó drásticamente, así como el crecimiento económico fue el peor de las últimas dos décadas.

Lugo Olea complicó el sistema de construcción de viviendas en la ciudad y no resolvió el problema del agua ni se preocupó por crear instrumentos ágiles de transparencia y rendición de cuentas.

¿Está claro lo que le espera al país con AMLO como presidente? En lugar de construir obras de infraestructura, va a regalar miles de millones de pesos para comprar el voto de la mayor parte de la nación y asegurar su estancia indefinida en el poder, con el daño consecuente para nuestra incipiente democracia y para nuestro desarrollo económico y social. Va a repetir la misma catástrofe padecida en la Ciudad de México, lo cual demuestra la incapacidad de aprendizaje de la ciudadanía.

¿Dónde encontrar un breviario que me permita aprender en diez lecciones la estrategia para acabar con los horrores del narcotráfico, con las claves para crecer al 7% anual y rescatar de la miseria a más de cincuenta millones de mexicanos o gobernar un país en el que resulta imposible ponerse de acuerdo siquiera en la hora? ¿En qué universidad podría tomar clases un presidente para convencer a la delincuencia del daño social de su catastrófica existencia? ¿Existe? ¿Al hampa se le debe destruir a balazos, mediante inteligencia financiera o a través de homilías para convertir a los mafiosos en carmelitas descalzos? El clero católico también ha fracasado, porque la amenaza de la excomunión y la advertencia de pasar la eternidad en el infierno solo han hecho estallar en carcajadas a los mafiosos, pero, por si fuera poco, los endiablados curas, al igual que los jueces, han vendido el perdón a los narcos a cambio de enormes “limosnas”, así, con unas enormes comillas, y hasta les han canonizado a sus propios santos. A ver quién encuentra a un alto jerarca católico que haya cumplido sus votos de pobreza y viva como un franciscano… ¿Y los de castidad…? La Iglesia no solo no recuperó a las almas extraviadas, sino que las incluyó, con el debido disimulo, en su sagrado rebaño. Ya nadie teme la ira de Dios ni al poder del gobierno, igualmente agusanado. Todo está podrido, ¿verdad?

Es la hora de encarcelar a los ministerios públicos y a los jueces que liberan a los maleantes con pretextos estúpidos, cuando es obvio que hay dinero negro de por medio. ¿Cómo hacerle? ¿Cuál es el camino para construir aceleradamente un eficaz Estado de Derecho y que México ya no sea la burla del mundo al ser el paraíso de la impunidad? Es la última oportunidad que los desposeídos le conceden a un gobierno electo democráticamente, más aún si mi Constitución Moral llegara a fracasar. ¿En qué manual práctico se pueden encontrar las claves para convencer al güero loco del norte, el jefe de la Casa Blanca, un auténtico peleador callejero, un perro mastín, de las inmensas ventajas recíprocas de contar con un vecino como México, un poderoso cliente y formidable aliado? La unión hace la fuerza. ¿Lo entenderá…? ¡Qué va a entender ese narcisista, salvo su asquerosa “belleza” cuando se contempla enamorado en el espejo! Me hubiera gustado preguntarle su opinión a Juárez cuando fue invadido por los franceses o el clero católico le declaró la guerra al Estado Mexicano… ¡Caray…!

México ha cambiado y las guías para tratar de gobernar a los compatriotas de nuestros días, para dirigirlos, ya son caducas, más aún con la existencia de las benditas redes sociales, de teléfonos celulares imposibles de controlar pero especialmente útiles para transmitir información, buena o mala. Yo sé cómo dominar a una nación en donde existen más de ciento catorce millones de suscriptores de internet, eso sí que sé, porque la mayoría de los usuarios se tragan cualquier tipo de información sin masticarla, y eso es una gran ventaja, porque aprovechar la estupidez, los prejuicios y los fanatismos de la gente resulta una tarea muy sencilla, de ahí que insistiré en la gratuidad del servicio de internet para llegar al alma de la gente y hacer con ella lo que me venga en gana. ¿No es un privilegio lucrar con la estupidez de millones de personas con tan solo apretar un botón, como lo hace Trum, con sus cincuenta y seis millones de seguidores? Antes de que cante un gallo, yo subiré de cinco a veinte millones de fans que tendré en mi bolsa para manipularlos a distancia, como a una marioneta electrónica. Va porque va.

Arrancar las costras de la historia es muy sencillo, sobre todo si se trata de estimular el resentimiento y el rencor que están a flor de piel en el mexicano; ni hablar, yo sabré también cómo cicatrizarlas a su debido tiempo. Voy a promover el bienestar del alma. El fin justifica los medios. Una mierda, sí, pero también una bendición que me catapultó al poder. Si México no fuera un país de reprobados, poblado por escépticos y frustrados por la corrupción y la ineficiencia del gobierno, yo jamás hubiera llegado al poder. Y miente, miente Martinillo y vuelve a faltar a la razón cuando sostiene que si yo hubiera sido candidato a la cancillería en Alemania me hubieran rodeado con un cordón sanitario y me hubieran encerrado en un manicomio. Ese miserable ya se tragará sus palabras y habrá de venir a pedirme perdón de rodillas…

¿A dónde va un presidente sin un gran conocimiento de sus semejantes? ¿Cómo imponer el orden y el respeto sin dar el primer paso con el ejemplo? ¿Cómo recuperar la confianza perdida de la ciudadanía? ¿Cómo disparar el crecimiento económico? ¿Cómo devolverle la sonrisa a la nación? ¿Cómo tranquilizar a la inversión local y a la extranjera sin convertirme en su rehén? ¿Cómo controlar a los mercados manipulados por traga dólares incapaces de sentir la menor piedad por el género humano? ¡Miserables! He de poder con ellos. ¿Cómo retener y aprovechar el capital político para poder modificar el rostro del país? Mi Cuarta Transformación implica la construcción de un poderoso aparato de bienestar material, así como otro paralelo que reporte felicidad a todos los mexicanos. Seremos el país más feliz de la tierra. Para lograrlo, erradicaré para siempre el hambre y desaparecerá la pobreza, el crimen, organizado o no, y los delitos de cuello blanco. Conseguiré lo que ningún país: la autosuficiencia alimentaria. La corrupción y la impunidad serán erradicados como por arte de magia. Al acabar mi mandato, el campo producirá como nunca, reforestaremos todo el territorio nacional, creceremos a una tasa del 4% anual, tendremos una sociedad mejor mediante la revolución de las conciencias en el contexto obligatorio de una Constitución Moral. Mi sola presencia en la Presidencia de la República contagiará con un espíritu ético a la nación, de la misma manera en que lograremos influir amorosamente en las autoridades migratorias de Estados Unidos para que se trate con respeto a nuestros paisanos que viven al norte del Río Bravo. A Trum mismo lo voy a marear con mi verbo espiritual para convertirlo en mi gran aliado. Las palabras, y no las balas, servirán para convencer a los productores de cocaína y de heroína de las ventajas de sembrar maíz en lugar de amapola, entre otros productos tóxicos que dañan a la sociedad, por más que se trate de un buen negocio. Bien pronto mis seguidores serán franciscanos y dirán hermano árbol, hermana luna, hermano hombre, hermanos todos.

No hay nadie que no se presente ante mí vestido de domingo. El baile de las mil máscaras no tiene fin. A mí me corresponde encontrar la verdad oculta en cada planteamiento, el interés inconfesable en cada sugerencia, el verdadero motivo en cada propósito. En ninguna cátedra se aprende a conocer a los hombres, y mucho menos a los inversionistas dueños de grandes capitales y a los políticos mentirosos e hipócritas, canallas, canallines, ignorantes de cualquier principio ético. Las actividades más importantes de la vida no se pueden aprender en la escuela. No hay escuela para maridos ni para esposas ni para padres de familia ni para presidentes de la República. Solo que, en el último caso, 127 millones de mexicanos padecerán el costo de mi aprendizaje o lo disfrutarán. Más me vale aprender lo más rápido posible… De verdad que adoro a mi patria y haré hasta lo imposible por crear un bienestar generalizado, aun a costa de mi propia vida. Ya no me pertenezco. No, no puedo fallar, no fallaré…

Gerardo González Gálvez disfrutaba trabajar inmerso en un mundo de expedientes, documentos, libros y revistas en español y en otros idiomas. Sobre su mesa de trabajo y para identificar sus artículos pendientes de publicar, se localizaban dos piedras grises, lisas, de río, con las siguientes inscripciones grabadas con golpes de cincel y martillo: “Yo sé cómo” y “Perfecto”. Corregía sus textos con cinco o seis lápices ordenados según su tamaño. Los afilaba por ambos lados de tiempo en tiempo, por si de repente le brincaba una “ideota”, como él decía, digna de ser escrita antes de que se extraviara en el laberinto de su mente, de la misma manera en que el cazador, al desplazarse por el campo, debía llevar invariablemente cargada la escopeta y el dedo cerca del gatillo por si de pronto saltaba una agachona de entre los arbustos.

Martinillo intercalaba delgadas tiras de cartón para separar las páginas de los periódicos extranjeros colocados sobre su escritorio, en donde él mismo confesaba, entre sonrisas traviesas, que había llegado a encontrar ocultos entre montañas de papeles un par de antiguos aparatos telefónicos de disco, curiosidades que hoy en día eran dignas de ser guardadas en las vitrinas de los museos dedicados a la historia de las comunicaciones. Como los anaqueles eran insuficientes, se distinguían libros colocados unos encima de otros, en un pavoroso desorden que solo él entendía. Con el ánimo de justificar con su negro sentido del humor el caos en el que habitaba, había pegado con chinchetas en una de las paredes una frase muy reconciliadora, impresa en caracteres de treinta puntos: “Las mentes geniales rara vez son ordenadas”.

Bastaba con entrar a su estudio para entender la personalidad del periodista. En las esquinas de su mesa de trabajo se encontraban espléndidos bustos de bronce, uno con el rostro de Sócrates, otro con el de Séneca, así como una tercera escultura: el casco supuestamente utilizado por Leónidas, el militar espartano, el hijo del León, el día de su muerte en la batalla de Las Termópilas, cuando Efialtes lo traicionó al mostrarle a los persas el camino para poder atacar a los espartanos por la retaguardia. La traición, siempre la traición, presente en la vida como un constante asesino invisible. Martinillo admiraba la gesta de Leónidas porque había preferido morir en lugar de rendirse ante los invasores. Él se sentía, a sus cincuenta y cinco años de edad, el Leónidas del periodismo mexicano, y jamás se rendiría ni dejaría de luchar a favor de la libertad de expresión conquistada en México a sangre y fuego a lo largo de sangrientas décadas.

¿Por qué había escogido a Sócrates, el padre fundador de la filosofía griega? ¡Por su pesimismo en relación a la democracia! En sus remotos años de estudiante universitario, Martinillo había quedado impactado cuando leyó cómo el inolvidable filósofo había cuestionado a una sociedad irreflexiva:

—Si estuvieran a punto de salir en un viaje por el mar, ¿quién les gustaría que dirigiera la embarcación? ¿Cualquier persona o marinos experimentados y conocedores de las reglas de la navegación?

—Los últimos —contestaron al unísono.

—¿Por qué entonces —respondió Sócrates— seguimos pensando que cualquier persona tiene la capacidad de elegir al más apto para gobernar un país?

A lo largo de sus clases, el gran maestro griego afirmaba una y otra vez que permitir votar a la ciudadanía sin tener educación era igual de irresponsable que dejarla a cargo de un trirreme que navega hacia Samos en medio de una tormenta… Solo a quienes pensaban de manera racional e informada sobre estos asuntos se les podría conceder el derecho a votar.

—Le hemos dado el voto a todos —insistía el gran filósofo— sin conectar al elector con la sabiduría.

Sócrates sabía que el voto irracional, el emotivo, facilitaba el arribo de la demagogia, en donde las respuestas fáciles conducían al desastre. ¡Claro que el filósofo sería juzgado por quinientos atenienses y condenado a beber cicuta hasta la muerte por corromper a la juventud de Atenas! Menudo trago amargo. ¿Injusticia? La voz del pueblo podía ser suicida…

Por esa y otras razones, Martinillo luchaba por la superación educativa de la nación, la feliz herramienta para construir una democracia sólida y duradera. Si un analfabeto vota, equivale a darle a un niño de cinco años una pistola cargada para jugar con ella. De sobra sabía que un día lo quemarían en leña verde o lo invitarían a beber su dosis de cicuta o lo ultimarían a balazos a la mexicana, acusado de conservador ultramontano por sostener semejantes puntos de vista antidemocráticos: ¡Reaccionario!, le gritarían en las calles, en las salas de conferencias o en las estaciones de radio y televisión, pero nunca se callaría, eso sí que quedara claro: mejor eduquemos, eduquemos y eduquemos…

De Séneca, el famoso filósofo y escritor, bastaba una de sus sentencias más conocidas, colocada al pie de su busto, la imprescindible para justificar su lugar en el escritorio: “¿Qué hace un pueblo antes de morir de hambre?” ¡Cómo se había impresionado el periodista al saber que Séneca se cortó las venas hasta desangrarse en su tina, antes de padecer la venganza de Nerón, el emperador, decidido a matar a los patricios y pensadores nocivos para la sociedad romana! Nada nuevo bajo el sol…

Las casi cinco mil columnas publicadas por Martinillo en diarios mexicanos y extranjeros, con sus interminables denuncias y sus innumerables propuestas de toda naturaleza, desde la política hasta la ecológica, la económica, la social o la jurídica, podrían reunirse en varios volúmenes; otro tanto podría hacerse con sus numerosas conferencias. Se trataba de un observador del acontecer nacional, un crítico, un enemigo de las plumas mercenarias, un guerrero obstinado en descubrir la cara oculta del gobierno.

Gerardo insistía en que los redactores de nuestra Constitución habían impuesto un complejo sistema jurídico para evitar el abuso del poder, que el Congreso de la Unión tenía facultades para vigilar al Poder Ejecutivo y que la Suprema Corte podía revisarlos a ambos, pero que a la prensa también le correspondía descubrir y exhibir las mentiras y los secretos del poder público, así como el comportamiento de la sociedad. Que la prensa, su reino, el Cuarto Poder, su herramienta para cambiar el rostro del país, era un agente profiláctico de la sociedad porque se identificaba con el Poder Judicial al ver por la aplicación de la ley en beneficio de la comunidad. El Cuarto Poder, según Martinillo, debería sumarse a la construcción de un Estado de Derecho, estaba obligado a denunciar, acusar, demandar, exhibir y atacar a los enemigos del orden establecido, así como proponer fórmulas para alcanzar el bienestar. El Cuarto Poder era el olfato, el oído, los ojos, el fiscal honorario de una nación, un agente social que vigilaba la salud de una comunidad y delataba la presencia de peligrosos virus, bacterias y bichos patógenos que podrían atacar o atacaban al cuerpo social. Porque si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.

Martinillo hubiera querido ser identificado como el Nuevo Nigromante, el Ignacio Ramírez de los tiempos modernos. Si bien no había escrito libros, era un muy solicitado conferencista, tenía un programa semanal de radio y espacios en TV, y había dedicado su vida a criticar, con sólidos argumentos y humor ácido, a la terrible Dictadura Perfecta, que entre otras catástrofes había legado cincuenta millones de mexicanos sepultados en la pobreza después de setenta años de intransigencia y corrupción, sin olvidar a la llamada Alternancia del Poder, en realidad la Docena Desperdiciada, un mero continuismo inútil porque nunca, a pesar de su gran capital político, había logrado desmantelar el aparato tricolor que tanto daño había ocasionado a la nación.

Resulta imposible no colocar aquí un tuit recibido por Martinillo, redactado en estos simples términos:

“Es usted un puto.”

El periodista estalló en una carcajada y contestó:

“Estimado y fino amigo: Cuando se acaban los argumentos, aparecen los insultos. No olvide usted que el tamaño de su lenguaje es el tamaño de su intelecto. Ambos parecen ser muy pequeños. Es hora de mejorarlos. Su amigo, Gerardo.”

Respuesta del internauta:

“Chinga tu madre, puto Martinillo.”

Gerardo había empezado a admirar al Nigromante cuando supo que este, en la segunda mitad del siglo XIX, había declarado ante un auditorio saturado de ultra conservadores: “No hay Dios” y el lugar pareció venirse abajo como si hubiera caído un rayo al lado del apóstata, hereje, blasfemo, diabólico e hipócrita, según lo atacaban las fuerzas clericales que habían traído a Maximiliano y a los franceses de Europa. ¿Qué tal, ahora que hablamos de traiciones…?

Gerardo González tampoco creía en Dios, y no solo por haber abandonado a su suerte a los pobres que tanto decía querer y ellos todavía estúpidamente lo adoraban en los altares, sino porque no creía en los dogmas de fe ni en el verbo encarnado ni en la resurrección de Jesús ni en el milagro de los peces ni en la revelación divina ni que las aguas del mar Rojo se hubieran abierto al paso de Moisés. Por supuesto que no creía en ninguna inteligencia superior a la humana, y menos creyó todavía cuando descubrió a su madre en la cama, en su recámara, en su propia casa, con su sacerdote confesor de toda una vida, el mismo padre Jesús de Todos los Santos al que él saludaba besándole la mano, el que lo había bautizado, lo había confirmado y ante quien había hecho la primera comunión cuando todavía era un pequeñito inocente. Jamás olvidaría los rostros de horror de la pareja al contemplarlos desnudos en el lecho amoroso. Había regresado antes de tiempo de la escuela por alguna dolencia estomacal. Atestiguar esa canallada le había enseñado a conocer sin velo a los curas y a desconfiar de ellos indiscriminadamente, más aún cuando a diario surgían casos de “representantes de Dios en la Tierra” acusados de violar a menores, en uso y abuso de su autoridad espiritual. ¿Cómo iba a reaccionar un jovencito como él cuando la autora de sus días le pidió que se abstuviera de acusarla con su padre, su marido? ¿Con qué cara iba a ver a sus progenitores en el futuro? ¡Cuánto daño en su infancia! Por supuesto que no volvió a pisar una iglesia. ¿Alguien podía dudar de que se convertiría en un muchacho sedicioso, incendiario e incitador de la violencia? ¡Los insultos que recibiría años más tarde, cuando en su cuenta de Twitter pidió que los clérigos pederastas, los tonsurados degenerados, fueran quemados vivos con leña verde en el Zócalo capitalino, frente a la mayor cantidad de fieles católicos, víctimas o no de esos siniestros personajes ensotanados! Las asquerosas cenizas bien podían arrojarlas al canal del desagüe en una última y “solemne” ceremonia luctuosa.

Tanto El Nigromante como Gerardo González habían dedicado su existencia a defender a la sociedad inválida, sobre todo a las mujeres, a los huérfanos y a los hijos no reconocidos. Su labor había comenzado en un principio por la vía de los hechos, en las calles, cuando fue necesario, hasta llegar a los tribunales, más tarde e ...