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LADRóN DE ESPERANZAS

Francisco Martín Moreno  

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Fragmento

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Todo parecía indicar el ensayo de una escena cómica. Antonio M. Lugo Olea, AMLO, primer mandatario de México, y Mariano Everhard, secretario de Relaciones Exteriores, se encontraban reunidos en Palacio Nacional, precisamente en el despacho presidencial. Ambos permanecían mudos, impertérritos, inmóviles, con la mirada clavada en el aparato telefónico, un monstruo color rojo dispuesto a eructar en cualquier momento. Era posible escuchar el batir de las alas de un díptero. De tiempo en tiempo, los dos altos funcionarios cruzaban miradas congestionadas por la ansiedad. Donald Trump, a través del Departamento de Estado, había solicitado a la cancillería mexicana una conversación entre ambos presidentes a las 4 de la tarde, hora de México. Había transcurrido media hora más de lo acordado y, sin embargo, la llamada tan esperada no se producía. ¿Trump se daba a desear otra vez o comprobaba de nueva cuenta su manera de imponer su autoridad? En cambio, cualquier presidente o primer ministro, ¿iba a enfrentar las consecuencias de no llamar en punto de la hora acordada al jefe de la Casa Blanca? Solo cabía, entonces, la posibilidad de resignarse y someterse al imperio del norte, a la voz sonora del amo, al tronido de sus dedos, les pareciera o no. ¿Cuál dignidad ni cómo cuidar la fachada? ¿Cuál fachada? El tan cantado tema de la soberanía funcionaba a la perfección solo en los discursos populacheros de campaña entre descamisados. Su única preocupación por el momento se llamaba Trump, Trump y solo Trump, bueno y, claro estaba, también Trum… ¿Conclusión? Sentarse paciente o impacientemente a esperar… Un político incapaz de masticar un ratón vivo sin hacer una sola mueca de asco habría equivocado su profesión.

No resultaba sencillo, en lo absoluto, intercambiar puntos de vista con el hombre más poderoso del mundo en el orden militar, económico, comercial y tecnológico. Más complejo aún, si se trataba de un sujeto agresivo, intolerante, mal educado, soberbio y altanero, incapaz de aceptar puntos de vista ajenos, acostumbrado, además, a imponer siempre su ley y a aplastar a sus adversarios con el dedo pulgar contra la cubierta de su escritorio, como si machacara una pulga.

Los cerezos florecientes a finales de abril y mayo estarían pintando de rosa las márgenes del Potomac y sus alrededores, en tanto los fríos del noreste norteamericano habían desaparecido por completo y los días se hacían cada vez más largos y tibios. Los jardines de la Casa Blanca, con su colorido séquito de aves y flores, estarían relucientes con el feliz y cálido arribo de la primavera y su magia de la vida. Las primeras mariposas festejaban, en su vuelo rítmico y apresurado, el final de las fatales heladas. Sí, lo que fuera, pero el teléfono no sonaba. ¿Se trataría de una confusión? De buen tiempo atrás habría concluido el lunch time en la capital de los Estados Unidos. ¿Qué ocurriría?

De vez en cuando se escuchaba el grito rutinario de uno de los vendedores ambulantes de la calle de Corregidora, a un lado del Zócalo capitalino:

—¡Hay memeeeelaaaas! ¡Llévelas por 20 pesos, por 20 pesitos lleve las memelas…!

Mientras esperaban la comunicación proveniente de Washington, alcanzaron a oír los anuncios lejanos de un merolico que proponía la venta de un magnífico ungüento:

—Señor, señora, si no puede dormir de noche, no se preocupe, duerma de día, pero siempre untándose en la nariz la pomada “Abuelita…” Por 5 pesos, duerma como mi abuelita…

No, el momento no se prestaba para festejos jocosos ni para risas ni para disfrutar el sentido del humor de los mexicanos, una fuerza inextinguible y particularmente útil para sortear las diversas crisis padecidas desde que la historia es historia. ¿Dónde se había visto a un mexicano que no se burlara de todo y de todos, y en las peores circunstancias? ¿De la muerte? ¡De la muerte! ¿De ellos mismos? ¡De ellos mismos! ¿De a quienes consideraran culpables de sus males? ¡De a qu

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