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LADRóN DE ESPERANZAS

Francisco Martín Moreno  

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Fragmento

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Si bien la más cara aspiración de mi existencia durante interminables cincuenta años consistió en llegar a ser presidente de la República, nunca imaginé la posibilidad de experimentar otro deseo similar, intenso e indomable: la vida, Dios, Nuestro Señor, alguna divinidad, una inteligencia superior a la humana, tal vez un supremo arquitecto ha de concederme el incomparable placer de poder ir a escupir sobre la tumba de Ernesto Pasos Narro.

Sí, sí, ya sé que no hay ninguna condenación para quienes estamos con Cristo Jesús, sé que el que gana almas es sabio; sé que de la misma manera en que Cristo perdonó, yo debo perdonar para salvarme, pero no puedo, no, no puedo perdonar, Dios me perdone, a Pasos Narro ni a la pandilla que gobernó a este país los últimos seis años. Sé que he repetido en todo foro al que asisto aquello de “paz y amor”, y sé que he insistido en perdonar, sí, perdonar, pero olvidar, no. Sé que debo ser congruente en mis posiciones políticas para no perder el respeto de mis conciudadanos, ¿cómo negarlo? Pero ¿disculpar a quienes le robaron sus migajas a los pobres, asaltaron a los miserables que ya no creen ni en la Virgen ni tienen consuelo alguno?, ¿perdón para esos miserables ladrones que nunca conocieron la piedad? Si yo llegara a disculparlos y no los acusara ni los denunciara ni los encarcelara, semejante absolución legal a los bandidos me haría cómplice y culpable de cargos peores aún de los que ellos son acreedores y, sobre todo, haría insoportable mi existencia por traicionar los principios éticos contenidos en mi Constitución Moral… ¿Con qué cara podría ver al pueblo si me convierto en aliado de rufianes poderosos que le arrebataron el pan de la boca a los olvidados?

Juré acabar con la corrupción en este país maravilloso que se desangra por los costados; juré acabar también con la Mafia del Poder y encarcelarla para que ya nunca volviera a imponer a un nuevo títere. Juré administrar una gran purga para ahorrar quinientos mil millones de pesos que son el saldo de los cochupos y de la putrefacta corrupción del gobierno; juré arrestar a los ladrones del patrimonio público y ahora tengo que tragarme una a una mis palabras, porque no perseguiré a nadie aunque me acusen de traicionar las promesas de campaña con las que logré que treinta millones de mexicanos me eligieran para hacer justicia y aplicar indiscriminadamente la ley por primera vez en nuestra dolorida historia. Pero bueno, por más que le choque a medio mundo lo de “al margen de la ley nada y por encima de la ley nadie”, debe entenderse como una estrategia para ganar votos. Mi promesa es válida del 1 de diciembre en adelante, porque para atrás nada, ni siquiera para tomar vuelo, aunque mis opositores me ataquen alegando que se trata de una invitación al gobierno saliente para robar hasta hartarse en la inteligencia de que no perseguiré a nadie. ¿A robar, entonces? Si así lo quieren entender, ni modo. Claro que mis seguidores me etiquetarán también como el primer presidente “blanqueador” porque estoy lavando el dinero robado por Pasos y su pandilla de pillos, pues no los voy a enjuiciar, bien, sí, pero prefiero, por el momento, cumplir mi pacto secreto con Pasos y con Villagaray, por más que me duela, en lugar de cumplirle al pueblo de México que tanto se merece y tanto le quedamos a deber los políticos, pero que muy pronto se olvida de todo. Esa es la ventaja: mis compatriotas, para mi buena fortuna, tienen muy mala memoria y no se acuerdan de nada y cuando finalmente se acuerdan, no hacen nada, y menos todavía si el día de la protesta callejera se juega un clásico de futbol o llueve, porque entonces nadie los sacará de sus casas. ¿Cuántos presidentes no soñarían con tener un electorado así de olvidadizo y de resignado?

Millones de mexicanos creyeron en mi decisión de erradicar la corrupción y superar sus terribles condiciones de pobreza, en donde está sepultada la mitad de la población. Imposible decepcionarlos. ¿Qué sería de México si al final de mi mandato entregara las mismas cuentas desastrosas de Pasos Narro? ¿Y si multiplicara el número de marginados? ¿Y si la inversión extranjera no creyera en mí y me abandonaran a mi suerte? Ah, cómo odio a los podridos pirrurris de Wall Street, ese nido de agiotistas. ¿Y si yo no impartiera justicia como ellos esperan? ¿Y si no elevara drásticamente el nivel de vida y las condiciones materiales de quienes me condujeron al máximo poder en México? ¿Qué cuentas voy a entregar si no creo millones de empleos a lo largo del país, si no encarcelo a los pillos, si no aplasto a los narcotraficantes que envenenan a la sociedad y la esquilman, si no propicio condiciones de bienestar ni aplico la ley ni barro las escaleras de arriba hacia abajo? De sobra sé que la Suprema Corte nunca ha hecho nada por México, ¿y si también fallara mi revolución ética y nadie se ajustara a mi Constitución Moral y el pueblo traicionara los santos postulados de Jesús? ¿Millones de mexicanos vendrán entonces a escupir mi tumba? No, por favor, no…

¿Acaso en mi último informe de gobierno, en el 2024, me disculparé ante la nación con el famoso “ustedes perdonen”, al estilo de los jueces o ministerios públicos que liberan a los delincuentes ante una denuncia supuestamente viciada de mil nulidades, entre otras tantas incapacidades o corruptelas? Ustedes perdonen, pero no pude con los narcos ni con los traficantes de gasolina ni con los asaltantes de trenes ni disminuí el número de desaparecidos ni de ejecutados colgados en los puentes peatonales, entre otras escenas macabras, ni acabé con la delincuencia urbana, ni logré recluir en prisión a los presupuestívoros ni alcancé a crear fuentes de riqueza ni logré educar al pueblo por más que llevé a cabo una nueva reforma educativa ni convencí a los capitales extranjeros ávidos de la posibilidad de invertir en nuestra energía eléctrica y petrolera para lucrar con el patrimonio de todos los mexicanos… ¡Ay, dolor! ¿Voy a salir ese 1 de septiembre, en el último informe presidencial de mi primer sexenio, a sumarme a las históricas justificaciones de los asquerosos tricolores o a las de los cínicos azules, unos más incapaces y corruptos que los otros? ¿Voy a pasar a la historia como uno más de ellos, para que me etiqueten como parte de la Mafia del Poder, cuando me comprometí a ser el mejor presidente de la historia de México? ¿Yo, el líder del cartel de la Mafia del Poder porque me fue imposible impartir justicia, construir el Estado de Derecho prometido? ¿Ahora soy su compinche? ¿Esta sería una parte de mi discurso de despedida?

La posteridad debe premiarme con grandes avenidas que habrán de llevar mi nombre escrito con letras mayúsculas: ANTONIO M. LUGO OLEA, Benefactor de México, Benemérito de la Patria en Grado Heroico, Protector de la Nación, Verdugo Invencible de los Mafiosos, César Mexicano, Padre del Anáhuac, Ángel Tutelar de la República Mexicana, Visible Instrumento de Dios, Salvador de la Paz y del Amor. Eso es, ¡claro que sí…! ¡Me canso, ganso! Habré de merecer un hemiciclo más grande que el de Juárez, el Benemérito de las Américas, en donde yo aparezca sentado en un trono de nubes, rodeado de arcángeles vaporosos especialmente seleccionados para colocar en mi cabeza una corona dorada de laureles, una muestra palpable de mi ingreso a la eternidad. He de merecer espacios dignos en todas las enciclopedias, así como varias páginas lúcidamente escritas en los libros de texto gratuito, con fotografías de mi imagen a todo color en actos públicos, en giras de trabajo y en mi despacho, con la banda presidencial puesta. Los estudiantes de escuelas públicas y privadas jamás deberán olvidar el éxito de mi Cuarta Transformación, diseñada con buena fe para conquistar el bienestar de la nación, en lugar de que vayan a llenar de gargajos mi lápida. Merezco al menos que se me recuerde con una colosal cabeza al estilo de mis paisanos, los olmecas. Una cabeza con mis rasgos, tallada en basalto, que inmortalice mi efigie con una expresión de sabiduría.

Imposible entonces salir con un “señoras y señores: hoy, al concluir mi primer sexenio, les he robado toda esperanza; debo confesar con un gran dolor en el alma que les heredo más pobres, más narcos, más economía informal, más evasión fiscal, más deuda pública, más analfabetos, más desempleados, más desesperados, más terror urbano, más injusticia social, más dependencia de los Estados Unidos, más fugas de capitales y de envidiables cerebros mexicanos, más atentados en contra de las reservas monetarias de México, más depreciación del peso, más inflación, más impunidad, más irritación social”, mientras me veo hundido y maniatado en la impotencia sin dejar de contemplar, aterrado, cómo corre apresurada la chispa de una mecha dirigida a un barril de pólvora llamado impaciencia nacional.

No estoy acostumbrado a dar malas noticias y jamás me acostumbraré a hacerlo. Apenas han transcurrido quince días del primer año de mi mandato, más de una semana desde mi discurso de toma de posesión y, debo confesarlo, he padecido interminables insomnios, entendí mi futuro durante las noches de luna inmóvil, porque no existe una escuela de presidentes: la adversidad parece imponerse como un enorme muro de granito ante el que se estrella cada una de mis decisiones. ¡Cuánta irresponsabilidad o ignorancia de nosotros, los candidatos presidenciales de todo el mundo, cuando durante las campañas hacemos promesas de una gigantesca rentabilidad electoral, pero de imposible cumplimiento! Que si lo sabemos nosotros… Me encantaría una reunión con ex presidentes mexicanos y extranjeros para confesarnos, en la intimidad y entre carcajadas, cuál fue nuestra mentira más grande durante la campaña. Me quedaría helado… ¿Existe un candidato honesto en el mundo? ¿No…? Entonces en cada político hay un embustero al que tarde o temprano la oposición, la prensa, los mercados internacionales, los tribunales y los

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