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LAS FLORES QUE VIERON LAS SOMBRAS (BLACK EYED SUSANS)

Julia Heaberlin  

5


Fragmento

Prólogo

Hay treinta y dos horas de mi vida que me faltan.

Mi mejor amiga, Lydia, dice que imagine esas horas como si fueran ropa vieja en el fondo de un clóset oscuro. Que cierre los ojos. Abra la puerta. Mueva las cosas de lugar. Que busque.

Hay cosas que preferiría olvidar. Cuatro pecas. Ojos que no son negros sino azules, bien abiertos, a cinco centímetros de los míos. Insectos mordisqueando una mejilla suave y tersa. La grava en mis dientes. Esas cosas son las que recuerdo.

Es el día en que cumplo diecisiete años y las velas de mi pastel están encendidas.

Las llamas pequeñas parpadean, me piden que me apure. Pienso en las Susanas de ojos negros,1 recostadas dentro de cajones de metal helados. Por más que me talle, sin importar las veces que me bañe, no puedo quitarme el olor.

Sé feliz.

Pide un deseo.

Simulo una sonrisa y me concentro. Todos aquí me quieren y me quieren en casa.

Le tienen confianza a la Tessie de siempre.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Nunca me dejen recordar.

Cierro los ojos y soplo.

1 La traducción literal de las black-eyed susans es “susanas de ojos negros”. Es el nombre común que se emplea en español para la thunbergia alata, una especie de margarita con el centro negro. La autora juega constantemente con el nombre de las flores y con las protagonistas de la historia. A lo largo de la novela, cuando la palabra “susanas” está escrita en minúsculas se refiere a las flores; cuando es en mayúsculas, “Susanas”, se refiere a las chicas. (N. de la tr.)

PRIMERA PARTE

Tessa y Tessie

Mi madre me mató,

mi padre me comió,

mi hermana enterró mis huesos,

los envolvió en un pañuelo de seda

y los enterró al pie del enebro.

Pío, pío, ¡qué lindo pajarito soy!

–Tessie a los 10 años leyéndole “El enebro” a su abuelo en voz alta, 1988

Tessa, en el presente

Para bien o para mal, estoy recorriendo el camino sinuoso de mi infancia.

La casa se ubica en la cima de una colina, patas arriba, como si la hubiera construido un niño con ladrillos y rollos de papel de baño. La chimenea se inclina hacia un lado, cómicamente, y sus torres salen disparadas a cada lado, como misiles a punto de despegar. En las noches de verano dormía dentro de una de ellas e imaginaba que viajaba al espacio.

Más veces de las que mi hermano menor hubiera querido, salí por una de las ventanas hacia el tejado, desplazándome poco a poco de rodillas hacia la punta de la ventana, me apoyaba en las orejas puntiagudas de la gárgola y el alféizar de la ventana para equilibrarme. En la cima, me recargaba en el barandal de espirales para inspeccionar el paisaje plano e infinito de Texas y las estrellas de mi reino. Tocaba mi flautín para los pájaros nocturnos. El aire agitaba mi camisón delgado de algodón blanco como si fuera una paloma extraña que se había posado en la cima de un castillo. Parece un cuento de hadas. Y de hecho lo era.

Mi abuelo convirtió esta casa, que parecía salir de un cuento excéntrico, en su hogar, aunque la había construido pensando en mi hermano, Bobby, y en mí. No era enorme, pero todavía no tengo idea de cómo pudo pagarla. A cada uno nos dio una torre, un lugar en donde nos podíamos esconder del mundo cuando quisiéramos. Fue su regalo más grande, nuestra Disneylandia privada, para compensar la muerte de nuestra madre.

Mi abue intentó deshacerse de la casa poco tiempo después de la muerte de mi abuelo, pero se vendió sólo varios años después, cuando ella estaba enterrada entre él y su hija. Nadie quería comprarla. Era rara, decían. Estaba maldita. Y esas palabras de desprecio la afeaban aún más.

Después de que fui hallada, la casa había aparecido en todos los periódicos y en la tele. Las noticias locales la denominaron “el Castillo Grim”. Nunca supe si fue un error. Los texanos pronuncian distinto. Por ejemplo, no siempre pronunciamos la ly.2

La gente rumoraba que mi abuelo estaba involucrado en mi desaparición, con el asesinato de las Susanas de ojos negros, debido a su casa estrafalaria. Murmuraban: “Esto huele igual que el caso de Michael Jackson y su rancho Neverland”, incluso cuando poco después de un año de los crímenes habían condenado a muerte a un hombre. Se trataba de la misma gente que había pasado por la puerta todas las Navidades para que sus hijos contemplaran embobados la casa de jengibre iluminada y tomaran bastones de menta de la canasta en el porche.

Toco el timbre. Ya no suena “La cabalgata de las valquirias”. No sé qué esperar, así que me sorprende un poco cuando la pareja de ancianos que abre la puerta parece completamente adaptada a vivir aquí. La ama de casa regordeta, avejentada, con una pañoleta en la cabeza, la nariz puntiaguda y el plumero en la mano me recuerda a la vieja que vivía en un zapato.

Explico a qué he venido, tartamudeando. Advierto un destello de reconocimiento en la mujer, se le suaviza la boca. Encuentra la pequeña cicatriz en forma de luna creciente debajo de mi ojo. Su mirada dice pobre muchachita, aunque ya han pasado dieciocho años y ahora tengo a mi propia hija.

—Soy Bessie Wermuth —dice—. Y él es mi esposo, Herb. Pasa, querida.

Herb frunce el ceño y se apoya en su bastón. Sospecha algo, se nota. No lo culpo. Soy una desconocida, aunque me ubica perfectamente. Cualquiera a ochocientos kilómetros a la redonda sabe quién soy. Soy la chica Cartwright, a quien una vez arrojaron junto con una estudiante universitaria ahorcada y una pila de huesos humanos más allá de la carretera 10, en un lote baldío cerca de la propiedad de los Jenkins.

Soy la estrella de los encabezados escandalosos de la prensa amarillista y de los cuentos de terror alrededor de las fogatas.

Soy una de las cuatro Susanas de ojos negros. La afortunada.

—Será cuestión de minutos —aseguro.

El señor Wermuth frunce el ceño.

—Sí, por supuesto —responde la señora Wermuth. Queda claro que ella toma todas las decisiones importantes, como la altura del pasto y qué hacer si una chica desamparada y pelirroja, chupada por el diablo, aparece en su puerta pidiendo entrar.

—No podremos acompañarte allá abajo —el hombre refunfuña al tiempo que abre la puerta de par en par.

—Desde que nos mudamos ninguno de los dos ha bajado mucho —añade la señora Wermuth deprisa—. A lo mejor una vez al año. Está húmedo. Y hay un escalón roto. Una rotura de cadera nos podría matar. A esta edad si te rompes algo, terminas en las puertas del cielo en treinta días o menos. Si no quieres morir, no pongas un pie en un hospital a partir de los sesenta y cinco.

Mientras hace esta declaración lúgubre, me quedo inmóvil en la estancia amplia, me invaden los recuerdos, busco cosas que ya no existen. El tótem que Bobby y yo cortamos y tallamos un verano, sin supervisión alguna, con sólo un viaje a la sala de urgencias. La pintura del abuelo de un ratoncito a bordo de un barco hecho de un pañuelo en el mar enardecido.

Ahora en su lugar hay un cuadro de Thomas Kinkade. En el cuarto hay dos sillones floreados y una variedad abrumadora de chucherías apiñadas en repisas y guardadas en cajas ocultas en las sombras. Tanques de cerveza alemana y candelabros, un juego de muñecas de Mujercitas, mariposas y ranas de cristal, por lo menos cincuenta tazas inglesas para té con grabados delicados, un payaso de porcelana derramando una sola lágrima negra. Sospecho que todos estos objetos se preguntan cómo diablos terminaron en el mismo vecindario.

El tictac del reloj es relajante. Hay diez relojes antiguos alineados en una pared, dos con colas de gato retorcidas marcan exactamente la misma hora.

Entiendo por qué la señora Wermuth eligió nuestra casa. A su modo, es como nosotros.

—Aquí vamos —dice. La sigo obediente, navego por un pasillo que serpentea la sala. Antes patinaba en la oscuridad, me sabía de memoria cada una de sus vueltas. A medida que avanzamos va prendiendo las luces y de repente siento que me dirijo a la cámara de mi muerte.

—En la tele dicen que la ejecución es en un par de meses —me sobresalto. Es justo lo que estoy pensando. La voz masculina rasposa detrás de mí le pertenece al señor Wermuth, llena de humo de cigarro.

Hago una pausa, me trago el nudo en la garganta mientras espero que me pregunte si quiero sentarme en primera fila para ver a mi agresor respirar por última vez. En cambio, me da una palmadita incómoda en el hombro.

—Yo no iría, no le des otro segundo de tu vida.

Me equivoqué con Herb, no sería la primera vez que me equivoco, ni la última.

Me golpeo la cabeza en una curva repentina en la pared porque todavía estoy frente a Herb.

—Estoy bien —le digo de inmediato a la señora Wermuth. Levanta la mano pero se detiene antes de tocar mi mejilla herida porque está demasiado cerca de la cicatriz, la marca permanente de un anillo granate que pendía de un dedo esquelético. El regalo de una Susana que no quería que la olvidara. Retiro la mano de la señora Wermuth con delicadeza—. Olvidé que se acercaba esa vuelta.

—Maldita casa loca —dice Herb como para sí—. ¿Qué tiene de malo vivir en San Pedro? —No parece esperar una respuesta. La mancha en mi mejilla empieza a quejarse y mi cicatriz repite pin, pin, pin.

El pasillo termina en una línea recta. Al final hay puerta ordinaria. La señora Wermuth saca una llave maestra del bolsillo de su delantal y la mete a la cerradura con facilidad. Antes había unas veinticinco llaves de ésas, todas idénticas, para abrir cualquier puerta de la casa. Un gesto pragmático aunque peculiar de mi abuelo.

Nos golpea una corriente fría. Percibo el aroma de cosas que mueren y crecen. Por primera vez desde que salí de mi casa hace una hora, tengo dudas. La señora Wermuth levanta el brazo y jala el hilo de un papalote que pende encima de su cabeza. Enciende el foco desnudo y polvoriento.

—Toma esto —el señor Wermuth me pica con la lámpara pequeña que lleva en el bolsillo—. La llevo para leer. ¿Sabes dónde está el interruptor principal?

—Sí —respondo de forma automática—, al fondo.

—Cuidado con el escalón dieciséis—advierte la señora Wermuth—. Algún bicho hizo un agujero. Siempre los cuento al bajar. Tómate el tiempo que necesites. Voy a hacer té. Después nos cuentas la historia de la casa. A los dos nos parece fascinante, ¿verdad Herb? —Herb refunfuña. Se imagina lanzando una pelotita blanca unos ciento ochenta metros, hacia el mar azul de Florida.

Dudo al llegar al segundo escalón y volteo la cabeza, insegura. Si alguien cerrara esta puerta, no me encontrarían en cien años. Nunca he dudado de que la muerte todavía quiere alcanzar a cierta chica de dieciséis años.

La señora Wermuth agita la mano de forma ridícula.

—Espero que encuentres lo que estás buscando, debe ser importante.

Si lo que quiere es enterarse, que no cuente conmigo.

Bajo haciendo ruido, como una niña, me salto el escalón dieciséis. Al fondo, jalo otro hilo que pende del techo, de inmediato baño la habitación con una luz fluorescente y penetrante.

Ilumina una tumba vacía. Antes en este lugar nacían cosas, había caballetes con pinturas inconclusas, herramientas extrañas y aterradoras colgaban de tableros, un cuarto oscuro esperaba para darle vida a fotografías y maniquíes vestidos hacían fiestas en las esquinas. Bobby y yo jurábamos haberlos visto moverse en más de una ocasión.

Una pila de baúles antiguos guardaba sombreros elegantes y ridículos envueltos en papel de seda, el vestido de novia de mi abuela con exactamente tres mil dos perlas diminutas y el uniforme de mi abuelo de la Segunda Guerra con la mancha café en la manga que Bobby y yo jurábamos era sangre. Mi abuelo era soldador, granjero, historiador, artista, líder de los Scouts, fotógrafo de la morgue, fusilero, ebanista, republicano, perro amarillo demócrata.3 Un poeta. Nunca se podía decidir, que es lo mismo que dicen de mí.

Nos ordenó nunca bajar solos y nunca supo que lo hicimos. Pero la tentación era muy grande. Nos fascinaba sobre todo un álbum de fotografías, negro, polvoriento y prohibido, que contenía las fotografías que el abuelo había tomado de escenas del crimen en su carrera breve en la morgue local. Una ama de casa con los ojos bien abiertos y el cerebro desparramado en el piso de linóleo de la cocina. Un juez ahogado y desnudo que su perro jalaba hacia la orilla.

Miro fijamente el moho que sube con voracidad por todas las paredes de ladrillo. El liquen negro que florece en una grieta grande que recorre el piso de concreto sucio en zigzag.

Nadie ha querido este lugar desde que el abuelo murió. Cruzo deprisa a la esquina más remota, me deslizo entre la pared y el horno de carbón que hacía años había quedado abandonado, fruto de una mala idea. Algo me recorre el tobillo. Un escorpión, una cucaracha. No me inmuto. Peores cosas me han trepado por la cara.

Es más difícil ver detrás del horno. Ilumino la pared con la lámpara hasta que encuentro el ladrillo mugriento con el corazón rojo, pintado ahí para despistar a mi hermano. Me espió un día que estaba explorando mis opciones. Acaricio los bordes del corazón tres veces.

Después cuento diez ladrillos hacia arriba del corazón rojo y otros cinco más. Demasiado arriba para el pequeño Bobby. Saco el desarmador de mi bolsillo para clavarlo en el mortero que se desmorona, comienzo a hacer palanca. Se suelta el primer ladrillo y se cae. Hago lo mismo con los otros tres, los saco uno a uno.

Alumbro el hoyo.

Telarañas sucias, como pinturas de spin art. Al fondo, un bulto cuadrado color gris.

Esperó diecisiete años en la tumba que le construí.

2 En inglés, la sílaba ly, al final de una palabra, es como en español la terminación en “mente”, los sustantivos y adjetivos se transforman en adverbios al sumarles esta partícula. Por ejemplo, deeply (profundamente), perfectly (perfectamente), etcétera. (N. de tr.)

3 Yellow dog es un término político acuñado en 1928, que se refiere a los electores sureños, quienes representaban el voto duro a favor de los candidatos del Partido Demócrata. (N. de tr.)

Tessie, 1995

—Tessie, ¿me escuchas?

Pregunta estupideces, como los demás.

Levanto la mirada de la revista que tengo abierta en el regazo, la cual por suerte encontré a mi lado, en el sillón.

—No le veo el caso.

Le doy una vuelta a la página, para molestarlo. Desde luego que sabe que no estoy leyendo.

—¿Entonces qué haces aquí?

Guardo un silencio sepulcral. El silencio es mi único instrumento de control en este desfile de sesiones de terapia. Respondo:

—Sabe por qué. Estoy aquí por decisión de mi papá —porque odié a los demás. Porque papá está muy triste y no lo soporto—. Mi hermano dice que he cambiado —demasiada información, uno creería que aprendería algo.

Las patas de su silla rechinan en el piso de madera cuando cambia de postura. Listo para abalanzarse.

—¿Tú crees haber cambiado?

Demasiado obvio. Asqueada, regreso a la revista. Las páginas se sienten frías, resbalosas y rígidas. Huelen a perfume empalagoso. Sospecho que es el tipo de revista llena de chicas huesudas y enojadas. Me pregunto: ¿Así me ve este hombre? El año pasado bajé nueve kilos. Buena parte de mi musculatura de mis días de estrella de la pista ha desaparecido. Mi pie derecho está envuelto en un yeso de plomo, de la tercera cirugía. La amargura sube por mis pulmones como vapor hirviendo. Respiro profundo. Mi objetivo es no sentir nada.

—De acuerdo. Pregunta tonta —sé que me mira con atención—. ¿Qué tal ésta? ¿Por qué me elegiste?

Hago la revista a un lado. Intento recordar que está haciendo una excepción, quizá le esté haciendo un favor al fiscal de distrito. Rara vez atiende a adolescentes.

—Firmó un documento legal en el que se comprometió a no recetarme medicamentos, a nunca jamás publicar nada sobre nuestras sesiones ni utilizarme para investigación sin mi consentimiento, a no contarle a un alma que está atendiendo a la Susana sobreviviente. Usted me dijo que no usaría hipnosis.

—¿Confías en que no haré nada de eso?

—No —respondo de inmediato—, pero por lo menos seré millonaria si lo hace.

—Nos quedan quince minutos. Podemos emplear el tiempo como quieras.

—Súper —tomo la revista llena de chicas huesudas y enojadas.

Tessa, en el presente

Dos horas después de irme de casa del abuelo, William James Hastings III llega a mi casa, un chalé de una planta construido en 1920 en Fort Worth, con persianas negras sombrías y ni una sola curva ni floritura. Detrás de mi puerta frontal hay una jungla de color y vida, pero en la fachada prefiero el anonimato.

No conozco al individuo de nombre de barón sentado en mi sillón. No puede tener más de veintiocho años, mide por lo menos un metro noventa y dos, tiene brazos largos y flácidos, y manos grandes. Sus rodillas chocan con la mesita de centro. William James Hastings III me recuerda a un beisbolista profesional en su mejor época, no a un abogado, como si la torpeza de su cuerpo desapareciera en el instante que toma una pelota. Aniñado. Guapo. Si no fuera por la nariz grande sería bien parecido. Está acompañado de una mujer en saco blanco, camisa de cuello blanco y pantalones negros hechos a la medida. Del tipo que se preocupa vagamente por la moda, sólo como herramienta profesional. Pelo corto, rubio natural. Sin anillos. Uñas cortas, planas, sin barniz. Su único adorno es un cadena de oro reluciente con un dije que parece costoso, un garabato caracoleado que me resulta familiar, pero no tengo tiempo de pensar en su significado. Es policía quizá, aunque eso no tiene sentido.

El bulto gris, aún cubierto de polvo y telarañas prehistóricas, descansa en la mesita de centro.

—Soy Bill. No William y bajo ningún concepto Willie —sonríe. Me pregunto si ha utilizado esta frase frente a un jurado. Creo que necesita mejorarla—. Tessa, como te dije por teléfono, nos entusiasmó tu llamada. Nos intrigó, pero nos entusiasmó. Espero que no te importe que haya traído a la doctora Seger, Joanna. No tenemos tiempo que perder. Joanna es la científica forense que mañana excavará los huesos de… las Susanas de ojos negros. Le gustaría tomar una muestra de tu saliva. Para determinar el ADN. Debido a los problemas que enfrentamos de evidencia perdida y pseudociencia, prefiere tomar las muestras ella misma. Siempre y cuando estés hablando en serio. Angie nunca creyó…

Me aclaro la garganta.

—Estoy hablando en serio —la mención de Angela Rothschild me provoca un espasmo. La mujer pulcra de pelo cano que me acosó durante seis años, insistía en la inocencia de Terrell Darcy Goodwin. Cuestionó todas mis incertidumbres hasta hacerme dudar de mí misma.

Angie era una santa, un perro fiel, una especie de mártir. Invirtió la última mitad de su vida, y buena parte de la herencia de sus padres, en liberar a prisioneros que el estado de Texas había inculpado injustamente. Cada año más de mil quinientos violadores y asesinos condenados solicitaban sus servicios, así que Angie tenía que ser selectiva. Me contó que jugar a ser Dios con esas llamadas y cartas había sido lo único que la había invitado a considerar el retiro. La primera vez que me contactó, me reuní con ella en su oficina. Se encontraba en el sótano de una antigua iglesia ubicada en una zona desagradable de Dallas, con pésima fama por la tasa elevada de muertes de policías. Angie decía que si sus clientes no podían ver la luz del día o pasar rápido a un Starbucks, entonces ella tampoco. Su empresa en aquel sótano estaba abarrotada, había tres abogados más que tenían empleos remunerados y todos los estudiantes de derecho que se sumaban a la causa.

Angie se sentó en el mismo lugar de mi sillón hace nueve meses, vestía de jeans y botas vaqueras negras desgastadas, llevaba una de las cartas de Terrell en la mano. Me rogó que la leyera. Me había implorado que hiciera muchas cosas, como permitirle a uno de sus gurús expertos que recuperara mi memoria. Murió de un infarto, la encontraron boca abajo sobre una pila de documentos del caso Goodwin. El reportero que escribió su obituario encontró ese detalle poético. Desde su muerte, hace una semana, mi culpa ha sido casi insoportable. Me di cuenta demasiado tarde de que Angie era una de las personas que me ayudaban a conservar la fuerza, una de las pocas personas que nunca se dio por vencida conmigo.

—¿Esto es lo que nos quieres enseñar? —Bill mira fijamente la sucia bolsa del súper extraída del sótano del abuelo como si estuviera llena de oro. La bolsa dejó un camino de piedritas en el cristal a un lado de la liga rosa que tiene enredado un mechón de cabello rojizo de mi hija Charlie.

—Por teléfono dijiste que tuviste que ir a… buscarlo. Que le habías contado a Angie de este… proyecto, pero que no estabas segura de dónde estaba.

En realidad no es una pregunta, así que no respondo.

Examina la sala con la mirada, está cubierta con el desorden de una artista y una adolescente.

—Me gustaría programar una reunión en la oficina en unos días. Luego de haberlo… revisado. Tú y yo tendremos que repasar tu antigua postura para la apelación —a pesar de ser un hombre tan alto, tiene un aire de delicadeza. Me pregunto cuál será su estilo en la corte, si esta delicadeza es su arma.

—¿Lista para la muestra? —la doctora Seger interrumpe de forma abrupta, va directo al grano, ya se está poniendo los guantes de látex. A lo mejor le preocupa que cambie de opinión.

—Claro —las dos nos ponemos de pie. Me hace cosquillas al interior de la mejilla y sella pedazos microscópicos míos en un tubo. Sé que planea agregar mi ADN a la colección que proporcionaron otras tres Susanas, dos de las cuales llaman las Sin Nombre, un mote más formal. Siento su calor corporal. Me adelanto.

Vuelvo a centrarme en la bolsa sobre la mesa y en Bill.

—Es una especie de experimento que sugirió uno de mis psiquiatras. Puede que sea más valioso por lo que no contiene que por lo que contiene —en otras palabras, no dibujé a un hombre negro que se pareciera a Terrell Darcy Goodwin.

Mi voz suena tranquila, pero el corazón me late con fuerza. Le estoy entregando a Tessie a este hombre. Espero que no sea un error.

—Angie… estaría tan agradecida. Lo está —al estilo de Miguel Ángel, Bill señala al techo refiriéndose al cielo. Me tranquiliza: un hombre a quien todos los días lo bombardea gente que obstruye su camino, gente deshonesta que se aferra tercamente a sus mentiras y errores fatales, y sin embargo, él cree en Dios. O por lo menos cree en algo.

El teléfono de la doctora Seger vibra en su bolsillo. Mira la pantalla.

—Tengo que contestar. Es uno de mis estudiantes de doctorado. Te veo en el coche, Bill. Buen trabajo, querida. Estás haciendo lo correcto —percibo un ligero timbre nasal. Quizá de Oklahoma. Sonrío en automático.

—Ahora voy, Jo —los movimientos de Bill son intencionados, cierra su portafolio, levanta la bolsa con cautela, sin prisa. Cuando cierra la puerta, sus manos crecen aún más—. Acabas de estar ante la grandeza. Joanna es un genio del genoma mitocondrial. Puede hacer malditos milagros a partir de huesos degradados. Acudió al 11 de septiembre y se fue de la ciudad cuatro años después. Hizo historia, ayudó a identificar a miles de víctimas a partir de fragmentos calcinados. Al principio se instaló en la YMCA. Se bañaba en las regaderas comunitarias con los indigentes. Trabajaba catorce horas al día. No tenía por qué hacerlo, no era su trabajo, pero cuando podía, se sentaba con las familias en duelo y les explicaba la ciencia detrás del proceso para que tuvieran la misma certeza que ella. Aprendió un poco de español para hablar con las familias de los lavaplatos y meseros mexicanos que trabajaban en los restaurantes en la Torre Norte. Es una de las mejores científicas forenses del planeta, y además resulta ser uno de los seres humanos más generosos que he conocido. Le está dando una oportunidad a Terrell. Quiero que sepas qué tipo de gente está de nuestro lado. Cuéntame, Tessa. ¿Por qué? ¿Por qué de repente estás de nuestro lado?

Su voz denota un ligero tono de nerviosismo. Me está pidiendo, con delicadeza, que no los engañe.

—Tengo varios motivos —digo vacilante—, te puedo mostrar uno de ellos.

—Tessa, quiero saberlo todo.

—Es mejor que lo veas.

Lo llevo a nuestro pasillo estrecho sin decir nada, paso frente a la madriguera morada y desordenada de Charlie, casi siempre vibrando con música, y abro la puerta al fondo. No era mi plan, al menos no hoy.

Bill entra a mi habitación como un gigante. Se golpea la cabeza con el candelabro antiguo del que cuelgan los cristales marinos que Charlie y yo encontramos el verano pasado en las playas grises de Galveston. Se agacha y roza la curva de mis senos por accidente. Avergonzado, se disculpa. Durante un segundo imagino las piernas de este extraño enredadas en mis sábanas. No recuerdo cuándo fue la última vez que dejé entrar a un hombre.

Miro incómoda mientras Bill absorbe detalles íntimos sobre mí: el retrato caricaturesco de la casa del abuelo, joyería de oro y plata tirada en mi tocador, una foto en primer plano de Charlie centrada en sus ojos lavanda, una silla con una pila de bragas con encaje blanco recién lavadas que hubiera agradecido estuvieran guardadas en un cajón.

Ya empieza a retroceder poco a poco, hacia la puerta, sin lugar a dudas se pregunta en dónde diablos se está metiendo. Si depositó sus esperanzas con respecto al pobre de Terrell Darcy Goodwin en una loca que lo ha conducido directo a su cuarto. La expresión de Bill me da ganas de reírme, no me molesta fantasear con el típico hombre estadounidense con dos títulos universitarios pero en realidad mi tipo de hombre es el opuesto.

Lo que estoy por mostrarle me quita el sueño; me mantiene leyendo el mismo párrafo de Anna Karenina una y otra vez; escuchando cada crujido de la casa y soplido del viento; cada pisada descalza de mi hija a medianoche; cada sonido dulce que sale de su boca y viaja por el pasillo mientras duerme.

—No te preocupes —finjo despreocupación—. Me gustan los hombres ricos y menos altruistas. Y ya sabes… con edad suficiente para tener vello facial. Acércate, por favor.

—Adorable —pese a todo, percibo alivio en su voz. Se acerca con dos pasos. Su mirada sigue mi dedo, fuera de la ventana.

No señalo al cielo, sino a la tierra, en donde un montículo de susanas de ojos negros sigue medio vivo bajo la ventana, provocándome con sus ojos negros, pequeños y brillantes.

—Es febrero —digo en voz baja—. Las susanas de ojos negros sólo florecen en verano —hago una pausa para que lo asimile—. Las plantaron hace tres días, en mi cumpleaños. Alguien las cultivó especialmente para mí y las puso debajo de la ventana del cuarto en donde duermo.

*

El terreno baldío dentro de la propiedad de los Jenkins fue arrasado por un incendio dos años antes de que las Susanas fueran abandonadas ahí. Un cerillo lanzado con descuido desde un auto en un camino de terracería solitario, le costó a un granjero viejo su cosecha completa de trigo y preparó la tierra para las miles y miles de flores amarillas que cubrieron el terreno como una cobija gigante y arrugada.

El incendio también preparó nuestra tumba, una zanja irregular y amplia. Las susanas de ojos negros florecieron y la decoraron antes de que llegáramos. Las susanas de ojos negros son una planta avariciosa, de las primeras en prosperar en la tierra quemada y devastada. Bonitas, aunque competitivas, como porristas. Viven matando a otras flores.

Un cerillo encendido, un lanzamiento descuidado y nuestros apodos habían quedado grabados en el vocabulario de asesinos en serie para siempre.

Todavía estamos en mi cuarto, Bill le ha enviado a Joanna un mensaje extenso, quizá porque no quiere responder sus preguntas por teléfono y frente a mí. La encontramos fuera de mi ventana, a tiempo para verla enterrar una ampolleta en la tierra punteada. El dije caracoleado que lleva en el cuello brilla en el sol, roza un pétalo cuando se agacha. Todavía no puedo recordar el significado del símbolo. Religioso, tal vez. Antiguo.

—Él o ella no sólo usaron tierra. Quizá también algún tipo de composta y semillas que se consiguen en cualquier tienda. Pero nunca se sabe. Deberías llamar a la policía —dice Joanna.

—¿Y qué les digo? ¿Que alguien está plantando flores bonitas? —no quiero sonar sarcástica, pero es la verdad.

—Es violación de la propiedad, acoso. No tiene por qué ser obra del asesino. Podría ser cualquier demente que lee el periódico —afirma Bill. No lo dice, pero lo sé. Duda de mi salud mental. Espera que tenga más que un montículo de flores bajo mi ventana para convencer a un juez de creer en la inocencia de Terrell. En el fondo se pregunta si yo misma planté las flores.

¿Qué tanto le cuento?

Suspiro profundamente.

—Cada que llamo a la policía, termina la noticia en internet. Recibimos llamadas, cartas, locos de Facebook. Regalos en la puerta. Galletas. Bolsas con popo de perro. Galletas hechas de popó de perro. Al menos eso espero. Cualquier atención de la policía que recibamos hace que mi hija viva un infierno en la escuela. Luego de un par de años de bendita paz, la ejecución está despertando el interés otra vez —precisamente por eso, durante años le di a Angie un no, no y no rotundo. Sin importar las dudas, tuve que negarme. Al final, entendí a Angie y ella me entendió a mí. “Encontraré otro modo”, me aseguró.

Sin embargo, las cosas son diferentes ahora. Angie está muerta.

Él estuvo bajo mi ventana.

Ahuyento algo que se abre paso zumbando por mi cabello. Distraída, me pregunto si es un viajero del sótano del abuelo. Recuerdo que, hace algunas horas, a ciegas metí la mano en aquel hoyo húmedo y eso me enoja todavía más.

...