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LAS FLORES QUE VIERON LAS SOMBRAS (BLACK EYED SUSANS)

Julia Heaberlin  

5


Fragmento

Prólogo

Hay treinta y dos horas de mi vida que me faltan.

Mi mejor amiga, Lydia, dice que imagine esas horas como si fueran ropa vieja en el fondo de un clóset oscuro. Que cierre los ojos. Abra la puerta. Mueva las cosas de lugar. Que busque.

Hay cosas que preferiría olvidar. Cuatro pecas. Ojos que no son negros sino azules, bien abiertos, a cinco centímetros de los míos. Insectos mordisqueando una mejilla suave y tersa. La grava en mis dientes. Esas cosas son las que recuerdo.

Es el día en que cumplo diecisiete años y las velas de mi pastel están encendidas.

Las llamas pequeñas parpadean, me piden que me apure. Pienso en las Susanas de ojos negros,1 recostadas dentro de cajones de metal helados. Por más que me talle, sin importar las veces que me bañe, no puedo quitarme el olor.

Sé feliz.

Pide un deseo.

Simulo una sonrisa y me concentro. Todos aquí me quieren y me quieren en casa.

Le tienen confianza a la Tessie de siempre.

Nunca me dejen recordar.

Cierro los ojos y soplo.

1 La traducción literal de las black-eyed susans es “susanas de ojos negros”. Es el nombre común que se emplea en español para la thunbergia alata, una especie de margarita con el centro negro. La autora juega constantemente con el nombre de las flores y con las protagonistas de la historia. A lo largo de la novela, cuando la palabra “susanas” está escrita en minúsculas se refiere a las flores; cuando es en mayúsculas, “Susanas”, se refiere a las chicas. (N. de la tr.)

PRIMERA PARTE

Tessa y Tessie

Mi madre me mató,

mi padre me comió,

mi hermana enterró mis huesos,

los envolvió en un pañuelo de seda

y los enterró al pie del enebro.

Pío, pío, ¡qué lindo pajarito soy!

–Tessie a los 10 años leyéndole “El enebro” a su abuelo en voz alta, 1988

Tessa, en el presente

Para bien o para mal, estoy recorriendo el camino sinuoso de mi infancia.

La casa se ubica en la cima de una colina, patas arriba, como si la hubiera construido un niño con ladrillos y rollos de papel de baño. La chimenea se inclina hacia un lado, cómicamente, y sus torres salen disparadas a cada lado, como misiles a punto de despegar. En las noches de verano dormía dentro de una de ellas e imaginaba que viajaba al espacio.

Más veces de las que mi hermano menor hubiera querido, salí por una de las ventanas hacia el tejado, desplazándome poco a poco de rodillas hacia la punta de la ventana, me apoyaba en las orejas puntiagudas de la gárgola y el alféizar de la ventana para equilibrarme. En la cima, me recargaba en el barandal de espirales para inspeccionar el paisaje plano e infinito de Texas y las estrellas de mi reino. Tocaba mi flautín para los pájaros nocturnos. El aire agitaba mi camisón delgado de algodón blanco como si fuera una paloma extraña que se había posado en la cima de un castillo. Parece un cuento de hadas. Y de hecho lo era.

Mi abuelo convirtió esta casa, que parecía salir de un cuento excéntrico, en su hogar, aunque la había construido pensando en mi hermano, Bobby, y en mí. No era enorme, pero todavía no tengo idea de cómo pudo pagarla. A cada uno nos dio una torre, un lugar en donde nos podíamos esconder del mundo cuando quisiéramos. Fue su regalo más grande, nuestra Disneylandia privada, para compensar la muerte de nuestra madre.

Mi abue intentó deshacerse de la casa poco tiempo después de la muerte de mi abuelo, pero se vendió sólo varios años después, cuando ella estaba enterrada entre él y su hija. Nadie quería comprarla. Era rara, decían. Estaba maldita. Y esas palabras de desprecio la afeaban aún más.

Después de que fui hallada, la casa había aparecido en todos los periódicos y en la tele. Las noticias locales la denominaron “el Castillo Grim”. Nunca supe si fue un error. Los texanos pronuncian distinto. Por ejemplo, no siempre pronunciamos la ly.2

La gente rumoraba que mi abuelo estaba involucrado en mi desaparición, con el asesinato de las Susanas de ojos negros, debido a su casa estrafalaria. Murmuraban: “Esto huele igual que el caso de Michael Jackson y su rancho Neverland”, incluso cuando poco después de un año de los crímenes habían condenado a muerte a un hombre. Se trataba de la misma gente que había pasado por la puerta todas las Navidades para que sus hijos contemplaran embobados la casa de jengibre iluminada y tomaran bastones de menta de la canasta en el porche.

Toco el timbre. Ya no suena “La cabalgata de las valquirias”. No sé qué esperar, así que me sorprende un poco cuando la pareja de ancianos que abre la puerta parece completamente adaptada a vivir aquí. La ama de casa regordeta, avejentada, con una pañoleta en la cabeza, la nariz puntiaguda y el plumero en la mano me recuerda a la vieja que vivía en un zapato.

Explico a qué he venido, tartamudeando. Advierto un destello de reconocimiento en la mujer, se le suaviza la boca. Encuentra la pequeña cicatriz en forma de luna creciente debajo de mi ojo. Su mirada dice pobre muchachita, aunque ya han pasado dieciocho años y ahora tengo a mi propia hija.

—Soy Bessie Wermuth —dice—. Y él es mi esposo, Herb. Pasa, querida.

Herb frunce el ceño y se apoya en su bastón. Sospecha algo, se nota. No lo culpo. Soy una desconocida, aunque me ubica perfectamente. Cualquiera a ochocientos kilómetros a la redonda sabe quién soy. Soy la chica Cartwright, a quien una vez arrojaron junto con una estudiante universitaria ahorcada y una pila de huesos humanos más allá de la carretera 10, en un lote baldío cerca de la propiedad de los Jenkins.

Soy la estrella de los encabezados escandalosos de la prensa amarillista y de los cuentos de terror alrededor de las fogatas.

Soy una de las cuatro Susanas de ojos negros. La afortunada.

—Será cuestión de minutos —aseguro.

El señor Wermuth frunce el ceño.

—Sí, por supuesto —responde la señora Wermuth. Queda claro que ella toma todas las decisiones importantes, como la altura del pasto y qué hacer si una chica desamparada y pelirroja, chupada por el diablo, aparece en su puerta pidiendo entrar.

—No podremos acompañarte allá abajo —el hombre refunfuña al tiempo que abre la puerta de par en par.

—Desde que nos mudamos ninguno de los dos ha bajado mucho —añade la señora Wermuth deprisa—. A lo mejor una vez al año. Está húmedo. Y hay un escalón roto. Una rotura de cadera nos podría matar. A esta edad si te rompes algo, terminas en las puertas del cielo en treinta días o menos. Si no quieres morir, no pongas un pie en un hospital a partir de los sesenta y cinco.

Mientras hace esta declaración lúgubre, me quedo inmóvil en la estancia amplia, me invaden los recuerdos, busco cosas que ya no existen. El tótem que Bobby y yo cortamos y tallamos un verano, sin supervisión alguna, con sólo un viaje a la sala de urgencias. La pintura del abuelo de un ratoncito a bordo de un barco hecho de un pañuelo en el mar enardecido.

Ahora en su lugar hay un cuadro de Thomas Kinkade. En el cuarto hay dos sillones floreados y una variedad abrumadora de chucherías apiñadas en repisas y guardadas en cajas ocultas en las sombras. Tanques de cerveza alemana y candelabros, un juego de muñecas de Mujercitas, mariposas y ranas de cristal, por lo menos cincuenta tazas inglesas para té con grabados delicados, un payaso de porcelana derramando una sola lágrima negra

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