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LAS OREJAS DE SATURNO (CRóNICAS DE LA CIENCIA)

Sergio de Régules  

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Fragmento

LAS OREJAS DE SATURNO

Pese a lo que se diga por ahí, la verdad es que los seres humanos no somos muy buenos para imaginar, especialmente si pretendemos imaginar lo nunca antes imaginado. Cuando se pone uno a inventar cosas nuevas, casi siempre termina con una mezcla de cosas conocidas. Si acaso parecen originales nuestras creaciones, lo novedoso no está en los ingredientes con los que las construimos sino en la manera de acomodarlos, en la composición.

El ejemplo clásico que se emplea siempre que se quiere ilustrar aquello de “No hay nada nuevo bajo el sol” son las bestias mitológicas, animales imaginarios muy populares en la Edad Media que vivían en tierras remotas, según se suponía. Las bestias mitológicas son siempre yuxtaposiciones de animales distintos: caballos con alas, seres con torso de hombre y patas de caballo, o con piernas de hombre y cabeza de toro, águilas con cuerpo de serpiente. En su afán de imaginar lo nunca antes imaginado, los creadores de bestias mitológicas no obtuvieron muy buenos resultados.

Muchos años más tarde, el cómico y cineasta Woody Allen creó su propio catálogo de bestias imaginarias en el libro Without Feathers (Sin plumas). He aquí la bestia más original del bestiario alleniano:

El Gran Congón es una bestia mitológica con cabeza de león y cuerpo de león, pero de otro león. Se dice que el Congón duerme mil años, al cabo de los cuales despierta envuelto en llamas, especialmente si estaba fumando cuando se quedó dormido [p. 193].

Se ve que Allen no se hizo muchas ilusiones de superar a los medievales en eso de crear algo nuevo. El cómico echa las manos al aire como diciendo “¡al diablo!” y ni siquiera se molesta en cambiar de especie animal para construir su bestia hecha de pedazos de animales diversos.

Pese a lo que se diga por ahí, la verdad es que los seres humanos tampoco somos muy buenos para observar, sobre todo si pretendemos observar objetivamente. Leonardo da Vinci tenía un precepto que lo guiaba en sus investigaciones tanto científicas como artísticas: decía que era fundamental “saber ver”, con lo cual se refería a la importancia de captar todos los detalles de la realidad manifiesta sin dejarse cegar por prejuicios, gustos ni estereotipos. Saber ver à la Leonardo era utilísimo para el pintor en una época en la que la pintura buscaba representar fielmente la realidad. También lo era (y lo sigue siendo) para el científico, que pretende estudiar el mundo físico desligado de lo meramente personal.

Pues bien, pese a su recomendación de aprender a ver, el propio Leonardo faltó a la observación objetiva por lo menos en una ocasión. Cuenta el crítico de arte austriaco Ernst Gombrich en su libro Arte e ilusión que Leonardo cometió errores en sus dibujos anatómicos por observar a través del filtro de sus prejuicios. Leonardo conocía la obra de Galeno, médico griego del siglo II que estudió anatomía disecando monos en la suposición —no del todo errónea— de que debían parecerse a los humanos. Las enseñanzas de Galeno tuvieron hipnotizados a sus sucesores por lo menos hasta el siglo XVI. Cuando Leonardo aplicó sus nada despreciables dotes de observación al corazón humano y trasladó al papel lo que “veía”, dibujó, como dice Gombrich, “partes […] coherentes con las descripciones de Galeno pero que él no pudo haber visto nunca” [p. 72]. Lo que llamamos “ver”, concluye Gombrich, está condicionado por los hábitos y las expectativas. Ni Leonardo se salvó.

Paso ahora al caso de observación sesgada que más me interesa: el de Galileo Galilei y lo que “vio” cuando dirigió su telescopio hacia Saturno. Galileo, personaje pintoresco que por ocupar un lugar importante en la historia de la ciencia asomará la nariz más de una vez por estas páginas, descubrió, entre muchas otras cosas, que el sol tiene manchas. El sol se consideraba desde la antigüedad un dechado de pureza e inmutabilidad. Tan prístino e incorruptible les había parecido a algunos filósofos, que elevaron su pureza al rango de dogma impepinable. Con esto metieron en la cabeza de sus seguidores un prejuicio parecido al que Galeno metió en la cabeza de Leonardo, prejuicio del que Galileo se burla en su libro Historia y demostraciones en torno a las manchas solares, haciendo notar que

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