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LO QUE QUEDA DE LA IZQUIERDA

Jorge G. Castañeda  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Prólogo

PRIMERA PARTE REVISITANDO LA UTOPÍA

Capítulo 1. El estado actual de la utopía: Jorge G. Castañeda y Marco A. Morales

Capítulo 2. ¿Los latinoamericanos han virado hacia la izquierda?: Marco A. Morales

SEGUNDA PARTE ¿DESACIERTOS? ¿ERRORES?

Capítulo 3. La izquierda, ¿sin ventaja en política social?: José Merino

Capítulo 4. El persistente nacionalismo en la izquierda latinoamericana: Jorge G. Castañeda, Marco A. Morales y Patricio Navia

TERCERA PARTE ESTUDIO DE CASOS

Capítulo 5. Lo nuevo y lo viejo en el pt de Brasil: Gianpaolo Baiocchi y Sofia Checa

Capítulo 6. La exitosa izquierda chilena: neoliberal y socialista: Patricio Navia

Capítulo 7. Uruguay: un modelo de conducta para la izquierda: David Altman, Rossana Castiglioni y Juan Pablo Luna

Capítulo 8. Venezuela: del populismo bolivariano al socialismo del siglo xxi: Raúl A. Sánchez Urribarri

Capítulo 9. La izquierda en Perú: vagones sin locomotora: Martín Tanaka

Capítulo 10. La evolución de la izquierda mexicana: Kathleen Bruhn

CUARTA PARTE PROGNOSIS

Capítulo 11. ¿Y ahora a dónde vamos?: Jorge G. Castañeda

Autores

Agradecimientos

Notas

Bibliografía

Créditos

Grupo Santillana

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PRÓLOGO

Un cuarto de siglo después del advenimiento ya duradero de la democracia representativa en América Latina, los saldos de la izquierda en el poder son variopintos, pero sin duda alguna apasionantes. Lo que las élites tradicionales y algunos gobiernos foráneos siempre temieron efectivamente sucedió, pero sólo a medias. Por un lado, la disputa por el poder exclusivamente en las urnas, en países repletos de grandes masas excluidas, desembocó en la llegada a las casas presidenciales de gobernantes autodesignados de izquierda, y en claras señales culturales que confirmaban la autoidentificación de izquierda: un obrero en Brasil, un indígena en Bolivia, un serrano moreno en Venezuela, un ex guerrillero en Uruguay. Resultó acertada la convicción —y el miedo— de que la celebración de elecciones más o menos limpias y equitativas en sociedades profundamente desiguales redundaría en triunfos de la izquierda (como había sucedido con Salvador Allende en Chile en 1970), que a la postre serían —o no— revertidos por las armas.

Pero por otro lado, en buena parte de los casos realmente existentes, los triunfos de dicha izquierda no significaron lo que sus promotores o adversarios anhelaban o temían: una transformación radical de la sociedad en cuestión de su economía, y de su relación con el mundo. En varios países emblemáticos —Chile, Brasil, Uruguay, El Salvador— la victoria electoral de la izquierda trajo buenos gobiernos, quizás dotados de una sensibilidad social ligeramente mayor, envueltos en una retórica en ocasiones evocatoria del antiimperialismo de antaño, pero cuyo sello, en su conjunto, radicaba en la continuidad de las políticas de sus predecesores: de la Concertación dirigida por la democracia cristiana en Chile, de Fernando Henrique Cardoso en Brasil, de Arena incluso en El Salvador.

Ahora bien, en otros casos, la izquierda que llegó al poder en estos años sí decidió buscar una transformación de fondo en sus países respectivos. En términos generales, estos casos se limitan a cuatro: Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Venezuela. En dos de estos casos, Bolivia y Ecuador, gracias a cierta moderación en los hechos, al alto precio de los commodities, y a la situación geopolítica, la transformación ha sido modesta (Ecuador mantiene el dólar como divisa propia a más de dos años de gobierno de Correa) y benigna para el bienestar de la gente. En los otros dos ha resultado ser más radical y ha traído graves consecuencias económicas, políticas e internacionales para Nicaragua y Venezuela. Pero incluso si consideramos a Bolivia y Ecuador como naciones donde se haya en marcha una “revolución”, se trata, en tres de los cuatro casos, de naciones muy pequeñas, empobrecidas y de escasa proyección regional. Sólo Venezuela podría considerarse como un país de peso regional considerable, y donde se ha emprendido una reorganización real de la sociedad, aunque en verdad de mucho menor escala de lo que sus admiradores y enemigos estiman.

Si agregamos a estos casos el hecho de que en Uruguay y Argentina, por motivos distintos, la aceptación del status quo social, económico, político e internacional ha sido la regla también, podemos concluir que la llegada de la izquierda en el poder no se ha traducido en un asalto al Palacio de Invierno, ni mucho menos al cielo. Se parece enormemente al auge de los partidos socialdemócratas europeos entre ambas guerras o después de la segunda guerra, con la peculiaridad de que la desaparición del bloque socialista y la irrelevancia de Cuba permiten evitar el anticomunismo de aquellos partidos en estas coyunturas. Más aún, si la social democracia europea hacía de la estridencia anticomunista una de las prendas de su carácter reformista y moderado, la izquierda moderada y reformista en América Latina hace de su estridencia revolucionaria y procubana una prenda de su fidelidad a la causa. Fidelidad inexistente: ninguna de las izquierdas exitosas en América Latina hoy pretende hacer la revolución, y todas por tanto violan el apotegma castrista: “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. No son revolucionarios y no hacen la revolución.

Este extraño resultado, previsible y previsto por muchos que consideramos desde hace 20 años que la era de la revolución en América Latina ha concluido, no deja de generar tensiones y de suscitar preguntas y debates no resueltos. El más importante, y evidente, se enfoca al tema de la desigualdad. Si para llegar al poder la izquierda debe abdicar de su obligación de hacer la revolución, ¿qué acaso no abdica al mismo tiempo de su deseo y compromiso de reducir, incluso mínimamente, la desigualdad, flagelo sempiterno de la región? Si América Latina sigue siendo esencialmente la misma que hace medio siglo, en los albores de la Revolución cubana, o que hace 40 años, durante la era de las guerrillas fallidas de los sesenta y setenta, o que Centroamérica, durante las victorias agridulces de los ochenta y noventa, entonces ¿renunciar a la revolución no equivale a aceptar sumisamente el estado permanente de las cosas?

La respuesta a estas preguntas es a la vez obvia y polémica. La América Latina de hoy tiene muy poco que ver con la época de oro de la revolución, y mucho más que ver con las sociedades de clase media de la mitad del siglo pasado, o incluso antes, de Europa occidental. Allí se desató un círculo virtuoso entre el surgimiento de las clases medias y las conquistas obreras logradas por los partidos socialistas (y en algunos casos, sobre todo Francia, comunistas): gracias a los avances sociales, se ensanchaba la clase media y, gracias a esa expansión, los partidos obreros ganaban elecciones. Hoy Latinoamérica es, en sus países más poblados y desarrollados, una región donde las clases medias empiezan a ser mayoritarias (aunque apenas, y no de manera irreversible), y donde el ascenso al poder de gobiernos de izquierda moderada o de centro-derecha moderada (como en México los últimos 15 años) desata un círculo virtuoso semejante.

Las clases medias emergentes, producto de años de estabilidad financiera, de un modesto pero constante crecimiento económico, y de mutaciones demográficas impresionantes, llevan al poder a gobiernos a su imagen y semejanza. Estos en seguida ponen en práctica políticas públicas favorables a dichas clases medias, que por tanto siguen ampliándose. Esto por supuesto no se extiende a todas las naciones del hemisferio. No vale para la mayoría de los países de Centroamérica y del Caribe, para Bolivia, Paraguay, Ecuador y ahora para Venezuela. Tampoco rige en regiones importantes de los países más desarrollados: Chiapas, Oaxaca y Guerrero en México, el Nordeste brasileño, la Amazonia colombiana, el altiplano peruano.

Más aún, la regresión es factible. La propia crisis del 2009 trajo retrocesos importantes en muchas de estas sociedades. Pero todo parece indicar que la caída del 2009 fue modesta y pasajera, y que la tendencia previa se ha mantenido. De tal suerte que el abismo que separa a la América Latina de hoy de aquella vivida y (mal) vista por las izquierdas de los años sesenta, empezando por el Che Guevara, se seguirá abriendo. Y las izquierdas de hoy se volverán más reformistas y menos revolucionarias cada día, al ceñirse cada día más a su base social: las nuevas clases medias bajas de América Latina, que a diferencia de los proletarios de Marx, sí tienen mucho que perder.

Todo ello prácticamente nos garantiza una gran continuidad en las políticas públicas pregonadas por la izquierda en América Latina, por lo menos cuando se encuentra en el poder. Pero también implica que para innovar, para dotar

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