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LO QUE QUEDA DE LA IZQUIERDA

Jorge G. Castañeda  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Prólogo

PRIMERA PARTE REVISITANDO LA UTOPÍA

Capítulo 1. El estado actual de la utopía: Jorge G. Castañeda y Marco A. Morales

Capítulo 2. ¿Los latinoamericanos han virado hacia la izquierda?: Marco A. Morales

SEGUNDA PARTE ¿DESACIERTOS? ¿ERRORES?

Capítulo 3. La izquierda, ¿sin ventaja en política social?: José Merino

Capítulo 4. El persistente nacionalismo en la izquierda latinoamericana: Jorge G. Castañeda, Marco A. Morales y Patricio Navia

TERCERA PARTE ESTUDIO DE CASOS

Capítulo 5. Lo nuevo y lo viejo en el pt de Brasil: Gianpaolo Baiocchi y Sofia Checa

Capítulo 6. La exitosa izquierda chilena: neoliberal y socialista: Patricio Navia

Capítulo 7. Uruguay: un modelo de conducta para la izquierda: David Altman, Rossana Castiglioni y Juan Pablo Luna

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 8. Venezuela: del populismo bolivariano al socialismo del siglo xxi: Raúl A. Sánchez Urribarri

Capítulo 9. La izquierda en Perú: vagones sin locomotora: Martín Tanaka

Capítulo 10. La evolución de la izquierda mexicana: Kathleen Bruhn

CUARTA PARTE PROGNOSIS

Capítulo 11. ¿Y ahora a dónde vamos?: Jorge G. Castañeda

Autores

Agradecimientos

Notas

Bibliografía

Créditos

Grupo Santillana

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PRÓLOGO

Un cuarto de siglo después del advenimiento ya duradero de la democracia representativa en América Latina, los saldos de la izquierda en el poder son variopintos, pero sin duda alguna apasionantes. Lo que las élites tradicionales y algunos gobiernos foráneos siempre temieron efectivamente sucedió, pero sólo a medias. Por un lado, la disputa por el poder exclusivamente en las urnas, en países repletos de grandes masas excluidas, desembocó en la llegada a las casas presidenciales de gobernantes autodesignados de izquierda, y en claras señales culturales que confirmaban la autoidentificación de izquierda: un obrero en Brasil, un indígena en Bolivia, un serrano moreno en Venezuela, un ex guerrillero en Uruguay. Resultó acertada la convicción —y el miedo— de que la celebración de elecciones más o menos limpias y equitativas en sociedades profundamente desiguales redundaría en triunfos de la izquierda (como había sucedido con Salvador Allende en Chile en 1970), que a la postre serían —o no— revertidos por las armas.

Pero por otro lado, en buena parte de los casos realmente existentes, los triunfos de dicha izquierda no significaron lo que sus promotores o adversarios anhelaban o temían: una transformación radical de la sociedad en cuestión de su economía, y de su relación con el mundo. En varios países emblemáticos —Chile, Brasil, Uruguay, El Salvador— la victoria electoral de la izquierda trajo buenos gobiernos, quizás dotados de una sensibilidad social ligeramente mayor, envueltos en una retórica en ocasiones evocatoria del antiimperialismo de antaño, pero cuyo sello, en su conjunto, radicaba en la continuidad de las políticas de sus predecesores: de la Concertación dirigida por la democracia cristiana en Chile, de Fernando Henrique Cardoso en Brasil, de Arena incluso en El Salvador.

Ahora bien, en otros casos, la izquierda que llegó al poder en estos años sí decidió buscar una transformación de fondo en sus países respectivos. En términos generales, estos casos se limitan a cuatro: Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Venezuela. En dos de estos casos, Bolivia y Ecuador, gracias a cierta moderación en los hechos, al alto precio de los commodities, y a la situación geopolítica, la transformación ha sido modesta (Ecuador mantiene el dólar como divisa propia a más de dos años de gobierno de Correa) y benigna para el bienestar de la gente. En los otros dos ha resultado ser más radical y ha traído graves consecuencias económicas, políticas e internacionales para Nicaragua y Venezuela. Pero incluso si consideramos a Bolivia y Ecuador como naciones donde se haya en marcha una “revolución”, se trata, en tres de los cuatro casos, de naciones muy pequeñas, empobrecidas y de escasa proyección regional. Sólo Venezuela podría considerarse como un país de peso regional considerable, y donde se ha emprendido una reorganización real de la sociedad, aunque en verdad de mucho menor escala de lo que sus admiradores y enemigos estiman.

Si agregamos a estos casos el hecho de que en Uruguay y Argentina, por motivos distintos, la aceptación del status quo social, económico, político e internacional ha sido la regla también, podemos concluir que la llegada de la izquierda en el poder no se ha traducido en un asalto al Palacio de Invierno, ni mucho menos al cielo. Se parece enormemente al auge de los partidos socialdemócratas europeos entre ambas guerras o después de la segunda guerra, con la peculiaridad de que la desaparición del bloque socialista y la irrelevancia de Cuba permiten evitar el anticomunismo de aquellos partidos en estas coyunturas. Más aún, si la social democracia europea hacía de la estridencia anticomunista una de las prendas de su carácter reformista y moderado, la izquierda moderada y reformista en América Latina hace de su estridencia revolucionaria y procubana una prenda de su fidelidad a la causa. Fidelidad inexistente: ninguna de las izquierdas exitosas en América Latina hoy pretende hacer la revolución, y todas por tanto violan el apotegma castrista: “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. No son revolucionarios y no hacen la revolución.

Este extraño resultado, previsible y previsto por muchos que consideramos desde hace 20 años que la era de la revolución en América Latina ha concluido, no deja de generar tensiones y de suscitar preguntas y debates no resueltos. El más importante, y evidente, se enfoca al tema de la desigualdad. Si para llegar al poder la izquierda debe abdicar de su obligación de hacer la revolución, ¿qué acaso no abdica al mismo tiempo de su deseo y compromiso de reducir, incluso mínimamente, la desigualdad, flagelo sempiterno de la región? Si América Latina sigue siendo esencialmente la misma que hace medio siglo, en los albores de la Revolución cubana, o que hace 40 años, durante la era de las guerrillas fallidas de los sesenta y setenta, o que Centroamérica, durante las victorias agridulces de los ochenta y noventa, entonces ¿renunciar a la revolución no equivale a aceptar sumisamente el estado permanente de las cosas?

La respuesta a estas preguntas es a la vez obvia y polémica. La América Latina de hoy tiene muy poco que ver con la época de oro de la revolución, y mucho más que ver con las sociedades de clase media de la mitad del siglo pasado, o incluso antes, de Europa occidental. Allí se desató un círculo virtuoso entre el surgimiento de las clases medias y las conquistas obreras logradas por los partidos socialistas (y en algunos casos, sobre todo Francia, comunistas): gracias a los avances sociales, se ensanchaba la clase media y, gracias a esa expansión, los partidos obreros ganaban elecciones. Hoy Latinoamérica es, en sus países más poblados y desarrollados, una región donde las clases medias empiezan a ser mayoritarias (aunque apenas, y no de manera irreversible), y donde el ascenso al poder de gobiernos de izquierda moderada o de centro-derecha moderada (como en México los últimos 15 años) desata un círculo virtuoso semejante.

Las clases medias emergentes, producto de años de estabilidad financiera, de un modesto pero constante crecimiento económico, y de mutaciones demográficas impresionantes, llevan al poder a gobiernos a su imagen y semejanza. Estos en seguida ponen en práctica políticas públicas favorables a dichas clases medias, que por tanto siguen ampliándose. Esto por supuesto no se extiende a todas las naciones del hemisferio. No vale para la mayoría de los países de Centroamérica y del Caribe, para Bolivia, Paraguay, Ecuador y ahora para Venezuela. Tampoco rige en regiones importantes de los países más desarrollados: Chiapas, Oaxaca y Guerrero en México, el Nordeste brasileño, la Amazonia colombiana, el altiplano peruano.

Más aún, la regresión es factible. La propia crisis del 2009 trajo retrocesos importantes en muchas de estas sociedades. Pero todo parece indicar que la caída del 2009 fue modesta y pasajera, y que la tendencia previa se ha mantenido. De tal suerte que el abismo que separa a la América Latina de hoy de aquella vivida y (mal) vista por las izquierdas de los años sesenta, empezando por el Che Guevara, se seguirá abriendo. Y las izquierdas de hoy se volverán más reformistas y menos revolucionarias cada día, al ceñirse cada día más a su base social: las nuevas clases medias bajas de América Latina, que a diferencia de los proletarios de Marx, sí tienen mucho que perder.

Todo ello prácticamente nos garantiza una gran continuidad en las políticas públicas pregonadas por la izquierda en América Latina, por lo menos cuando se encuentra en el poder. Pero también implica que para innovar, para dotarse de un programa propio y moderno, esa izquierda tendrá que trabajar mucho, ya que no puede limitarse a sólo seguir haciendo lo mismo, sobre todo cuando lo mismo se parece mucho a lo que propone y hace el centro o incluso la derecha. Algunos ejes de pensamiento pueden resultar pertinentes y útiles. Uno inicial reside en la construcción de espacios supranacionales, a escala regional, que permitan anclar los enormes avances políticos y jurídicos del último cuarto de siglo: derechos humanos, defensa colectiva de la democracia, derechos de género, de pueblos indígenas, de trabajadores y ambientales. La mejor defensa de lo logrado consiste en la construcción de candados internos y externos que nadie como la izquierda tiene interés en armar. Un segundo ámbito se ubica en la creación de un piso de protección social para la sociedad entera, transformando radicalmente las prestaciones sociales vinculadas al empleo formal en sociedades donde la informalidad del empleo, de la economía y de los derechos es la regla. En tercer lugar, la izquierda puede volverse la abanderada del “acceso a la modernidad” para la mayoría de la población: acceso a crédito, seguros, conectividad, tecnología, instrumentos de información y comunicación. Y por último, tratándose de simples ejemplos, en una lista de ninguna manera exhaustiva, la izquierda puede convertirse en campeona de las causas sociales: salud reproductiva, matrimonios y derechos para parejas del mismo género, eutanasia, legalización de algunas sustancias ilícitas, más y mejores libertades para todos.

Hay otras banderas, como reducir o eliminar el armamentismo, o detener el cambio climático. Todas ellas, juntas, constituyen una masa crítica de transformaciones que difícilmente alguien más puede lograr, que son absolutamente necesarias y que modificarían las condiciones de existencia de millones de latinoamericanos. No son una revolución, pero sí cambian el mundo. Si la izquierda de la región persevera en el camino de la sensatez y moderación, de la democracia y el mercado, de la inserción en el mundo real y del rechazo a las quimeras tropicales, puede contribuir enormemente a ese cambio del mundo real. No es lo que soñó, pero es con lo que puede amanecer en los años venideros.

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PRIMERA PARTE
Revisitando la utopía

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CAPÍTULO 1
EL ESTADO ACTUAL DE LA UTOPÍA[*]
Jorge G. Castañeda y Marco A. Morales

La utopía desarmada[1] se convirtió en una referencia obligada para todos aquéllos interesados en estudiar política latinoamericana y, particularmente, para aquellos interesados en la izquierda latinoamericana, al ser uno de los primeros estudios exhaustivos sobre la izquierda en América Latina. Escrito en un tiempo de crisis política, económica y social en la región, La utopía desarmada concluyó con un diagnóstico para la izquierda latinoamericana —adecuado para el inicio de los noventa— y una prognosis para los años por venir. El surgimiento reciente de gobiernos de izquierda en América Latina obliga a realizar una tarea impostergable: revisar el análisis plasmado en La utopía desarmada. Muchos eventos han sucedido en la región que modificaron las dinámicas dentro de cada país y entre los países desde 1993. En más de una forma, la América Latina analizada en La utopía desarmada ha sufrido cambios profundos, algunos de ellos imprevisibles hace una década y media.

En principio, los países de América Latina tuvieron experiencias de primera mano con crisis financieras cuyos efectos fueron duraderos en sus economías. La crisis mexicana de 1994, seguida por la crisis asiática de 1997, y la crisis rusa de 1998, reverberó en las economías de la región. Este episodio culminó con la moratoria de Argentina ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) que fue el resultado de un experimento fallido con un plan de convertibilidad que vinculó el valor del peso con el valor del dólar. Ninguna de estas crisis —y mucho menos sus efectos— puede entenderse separada de las reformas hacia economías más abiertas y menos reguladas que fueron instrumentadas en la región durante la década de los noventa.

Otro de los desarrollos inesperados en la última década sucedió en el frente del comercio internacional. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) fue negociado, aprobado y entró en vigor el 1 de enero de 1994, creando el bloque comercial más grande en el mundo. Unos meses después, la primera Cumbre de las Américas endosó la propuesta del entonces presidente Clinton de Estados Unidos para crear una zona libre de aranceles: el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Innecesario recordar que las negociaciones no se completaron en la fecha prevista: 2005. Su destino estaba inevitablemente ligado al destino de la Ronda de Desarrollo de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que también debía completarse en ese año. Las negociaciones de la OMC se detuvieron y la expectativa de completar la Ronda de Doha fue débil —por decir lo menos— luego del colapso de las negociaciones en la V Reunión Ministerial en Cancún, México.

Mientras tanto, Estados Unidos ha concluido una serie de acuerdos bilaterales de libre comercio con algunos países en el continente —con mayor notoriedad con Centroamérica y la República Dominicana en el Tratado de Libre Comercio Centroamérica-Estados Unidos-República Dominicana (TLC-EU-RD)— que posiblemente contribuyó a diluir el mandato para concluir las negociaciones en el frente multilateral. Pero los países en la región también han negociado sus propios acuerdos comerciales y ampliado la influencia de otros acuerdos previos que buscaban fortalecer el comercio regional, como Mercosur o el Pacto Andino. Mientras tanto, Cuba y Venezuela establecieron las bases para la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), una alianza internacional diseñada como contrapeso a los esfuerzos encaminados al libre comercio en la región. Si bien es muy pronto para saber si prosperará como alternativa al ALCA, es claro que ha minado el consenso necesario para concretar el ALCA o cualquier acuerdo en el marco de la OMC con efectos continentales.

La agenda de derechos humanos y democracia tuvo también un giro inesperado. La Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó la Carta Democrática Interamericana en 2000, que paradójicamente salvó a Hugo Chávez de ser derrocado por un golpe de estado. El juez español Baltazar Garzón reinició el debate sobre violaciones de derechos humanos en dictaduras al emitir una orden de arresto en 1998 en contra del ex dictador chileno Augusto Pinochet vinculada con investigaciones sobre la desaparición de ciudadanos españoles durante los años de la dictadura argentina. De la misma manera, el surgimiento del movimiento zapatista en México en enero de 1994 trajo la “cuestión indígena” al centro de las causas de derechos humanos, por nombrar sólo algunos desarrollos. Todo lo anterior, a la par de la protección doméstica de los derechos humanos, ha obligado a concebir una definición “amplia” de democracia y ciudadanía en el hemisferio.

A pesar de estos avances, la estructura social de la región ha tenido muy pocas mejoras. Algunos programas de combate a la pobreza han sido relativamente exitosos en México (Progresa/Oportunidades), Brasil (Bolsa Família) y Chile (Chile Solidario). Sin embargo, el resto de los países en la región no han podido enfrentar el problema exitosamente durante los últimos quince años. La inequidad, también, continúa siendo una tarea pendiente en tanto que América Latina es aún la región con la peor distribución del ingreso en el mundo. Las bajas tasas de crecimiento durante los noventa y la débil recuperación de las economías durante los últimos años no han contribuido a mejorar la distribución del ingreso, y es previsible que la actual desaceleración global contribuya poco a este fin. Al mismo tiempo, la tarea de mejorar las condiciones de las minorías étnicas y grupos no privilegiados tiene un gran camino por recorrer.

Como fue el caso durante el siglo pasado, la relación de América Latina con Estados Unidos ha tenido algunos desarrollos interesantes. Mientras que la administración Clinton tenía una perspectiva medianamente elaborada al respecto (aún cuando implicó intervenciones militares en Haití), la importancia de América Latina en la política exterior estadunidense ha decrecido, principalmente como resultado de otros eventos globales. Sin duda, el más significativo de ellos fue el ataque terrorista del 11 de septiembre, seguido por las guerras en Irak y Afganistán. Éste fue claramente el punto de inflexión para el presidente que no tenía una “relación más importante que” América Latina. Algunos temas, sin embargo, se mantienen activos en la región. La guerra contra las drogas es uno de ellos, a través del Plan Colombia, que data de la administración Clinton, así como algunos cambios en el proceso de “certificación” en la cooperación antidrogas que ha suavizado la relación con varios países y, más recientemente, la Iniciativa Mérida pactada con México durante la administración Obama. Pero la confrontación del presidente Hugo Chávez de Venezuela con Estados Unidos, aplaudida por otros líderes populistas en la región, puede tener efectos en las preocupaciones de la diplomacia estadunidense como podría sugerir el efusivo apretón de manos que el presidente Obama dio al presidente Chávez en la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago en 2009.

Individualmente, cada país presenta una cara radicalmente distinta a la que prevalecía al principio de los noventa, particularmente con respecto al avance de la izquierda. Al escribir estas líneas, once países de América Latina —Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Perú, Paraguay, Uruguay y Venezuela— han elegido gobiernos de la izquierda. Esto implica que, para el final de la década, más de la mitad de los países —y dos tercios de la de población (CEPAL 2006e)— en América Latina continental estarán gobernados por la izquierda. En este contexto, nos vemos obligados a preguntar: ¿cuál ha sido el papel de la izquierda en la fisonomía actual de América Latina? Este libro busca responder a esta pregunta.

EL RECIENTE SURGIMIENTO DE LA IZQUIERDA

Imaginemos que es el 1 de enero de 1990. Si fuésemos a identificar países gobernados por la izquierda en el hemisferio, podríamos localizar sólo dos: Cuba y Nicaragua. Curiosamente, ninguno de estos gobiernos fue elegido en las urnas; llegaron al poder por la vía armada. Con una definición más laxa, podríamos ubicar a un tercer candidato para el conteo: Chile. Para el final de diciembre de 1989, los chilenos habían elegido a su primer gobierno postpinochet, y prefirieron a una coalición de partidos que incluía a los socialistas. En estricto sentido, los socialistas no controlaban directamente el poder dado que los demócrata-cristianos detentaban la presidencia. Un par de meses después de este hecho en Chile, los sandinistas nicaragüenses serían derrotados en la primera elección democrática en el país desde que ellos asumieron el poder. Tomaría casi ocho años volver a tener un gobierno de izquierda en el continente: el de Hugo Chávez en Venezuela.

Para mediados de 2010, once países han elegido o reelegido partidos que se identifican con la izquierda o el centro-izquierda. Estos partidos han estado en el poder en Chile desde 1990, en Venezuela desde 1999, en Brasil desde 2003, en Argentina desde 2003, en Uruguay desde 2005, en Bolivia desde 2006, en Perú desde 2006, en Nicaragua desde 2007, en Ecuador desde 2007, en Paraguay en 2008 y en El Salvador desde 2009. Brevemente, éstas son las historias detrás de cada elección.

Venezuela

Hugo Chávez fue elegido por primera vez en 1998 con 56 por ciento del voto bajo el auspicio del recientemente creado Movimiento Quinta República (MVR). Luego de la ratificación de la nueva constitución, fue reelegido con 60 por ciento del voto. Fue reelegido por segunda ocasión[4] en las elecciones de 2006 con 63 por ciento del voto, derrotando al candidato socialdemócrata Manuel Rosales por un margen de más de tres millones de votos (aproximadamente 25 por ciento del voto).[5] El hecho notable es que Chávez ha aumentado la proporción de votos que obtiene en cada elección desde que asumió el poder por primera ocasión.

Brasil

Luiz Inácio “Lula” da Silva, del Partido dos Trabalhadores (PT), ganó la presidencia por primera ocasión en las elecciones de 2002 con 61 por ciento del voto. Éste fue el resultado de una elección en segunda vuelta contra el candidato del Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB) José Serra, luego de no haber conseguido el 50 por ciento de los votos durante la primera vuelta. Lula fue reelegido en 2006 con casi 61 por ciento de los votos luego de una intensa campaña contra Gerardo Alckmin del PSDB que le dio una victoria con un margen de 20 por ciento de los votos. Aun así, el 48 por ciento que obtuvo Lula en la primera vuelta de esta elección fue superior al 46 por ciento que obtuvo en la primera ronda de 2002, y mucho mayor que los porcentajes que obtuvo en sus previas participaciones en elecciones presidenciales —32 por ciento en 1998, 27 por ciento en 1994 y 16 por ciento en 1989.[6]

Chile

La coalición de la Concertación fue elegida por vez primera en 1989. Sus primeros dos gobiernos fueron encabezados por demócrata-cristianos: Patricio Aylwin (1990-1994) y Eduardo Frei (1994-2000). Fue hasta la elección de 2000 que el Partido Socialista postuló al candidato de la Concertación. Ricardo Lagos ganó la elección en segunda vuelta en contra del derechista Joaquín Lavín con 51 por ciento del voto que le dio una pequeña ventaja de 2.6 por ciento de los votos. Michelle Bachelet, a pesar de haber sido llevada a la segunda vuelta en enero de 2006 contra Lavín, logró incrementar la proporción de votos obtenida por Lagos en 2 por ciento, otorgándole un margen confortable de ventaja de 7 puntos porcentuales, que la llevó a ganar la elección con 53 por ciento del voto.[7] Con esta hazaña, los gobiernos de la Concertación fueron elegidos por cuarta ocasión consecutiva, teniendo a candidatos socialistas en las últimas dos elecciones.

Argentina

Cristina Fernández de Kirchner logró ganar la elección presidencial de 2007 sin mayores problemas bajo el auspicio del Frente para la Victoria (FV), una escisión del Partido Justicialista que había llevado a su esposo Néstor a la presidencia cuatro años antes. Su 45 por ciento de votos[8] hizo innecesaria una segunda vuelta, y duplicaba la proporción de los votos obtenidos por su esposo cuatro años antes. Néstor Kirchner fue elegido presidente en 2003 con 22 por ciento de los votos. Dado que ninguno de los candidatos había conseguido el 45 por ciento de los votos requeridos por la reforma constitucional de 1994, una segunda vuelta entre él y Carlos Saúl Menem era inevitable. Pero previendo una derrota, Menem declinó, entregándole de facto la presidencia a Kirchner.

Uruguay

Tabaré Vázquez fue elegido en 2004 como el candidato de la coalición de izquierda Frente Amplio (FA) con 52 por ciento del voto.[9] Vázquez ganó la elección al incrementar la proporción de votos que había obtenido en sus dos participaciones previas fallidas en 1994, cuando obtuvo 46 por ciento, y en 1999 cuando obtuvo 31 por ciento.

Bolivia

Evo Morales, el líder cocalero y fundador del Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano fue elegido presidente en 2005 con 53 por ciento del voto:[10] un logro histórico considerando que aventajaba a su competidor más cercano por más de 25 por ciento del voto. En 2005 Morales duplicó su porcentaje previo de votos —el 20 por ciento que obtuvo cuando compitió en la elección de 2002. En tan sólo dos elecciones, MAS y Morales se convirtieron en figuras fundamentales de la izquierda en el país.

Nicaragua

Daniel Ortega, el renovado ex líder guerrillero del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) fue elegido de nuevo como presidente de Nicaragua en 2005 con 38 por ciento del voto.[11] Luego de haber sido expulsado del poder durante dieciséis años y de sufrir derrotas en las tres elecciones presidenciales previas, Ortega decidió reinventarse y hacer campaña con una plataforma moderada: dejó de oponerse al TLC-EU-RD, expresó su voluntad de mantener relaciones diplomáticas con Estados Unidos y se alejó de la nacionalización de propiedad privada, que había instrumentado en los ochenta. Dio un paso adicional a la derecha al declarar abiertamente su oposición al aborto. A pesar de haber ganado la elección, Ortega sufrió un revés electoral al obtener casi cuatro por ciento menos de votos que en su participación en la elección de 2001.

Perú

Alan García se convirtió en presidente por segunda ocasión como candidato del APRA en un regreso inesperado, derrotando al populista Ollanta Humala por sólo 5 por ciento del voto en una elección de segunda vuelta.[12] García había dejado la presidencia en 1990 en medio de una severa hiperinflación, turbulencia económica y un aumento en la violencia. Un cambio en su discurso era necesario, así que abiertamente respaldó el Tratado de Promoción Económica con Estados Unidos y se manifestó a favor de la solidez fiscal en el gobierno. Sin embargo, realizó también promesas populistas, como la pena de muerte para terroristas y la reducción de salarios para ministros y miembros del Congreso. A pesar de haber estado dieciséis años fuera del poder, logró aumentar su proporción de votos en casi 5 por ciento con respecto a su anterior candidatura en 2001.

Ecuador

Rafael Correa, el candidato de la Alianza PAIS, se convirtió en presidente con el respaldo del 57 por ciento de los votos en una elección de segunda vuelta en contra del candidato de la derecha, Álvaro Noboa.[13] Luego de un resultado muy cerrado en la elección general, donde compitió con una plataforma populista y pro Chávez, el pragmatismo político lo llevó a reinventarse como un candidato moderado en la segunda vuelta donde se distanció de Chávez, prometió mantener dolarizada a la economía ecuatoriana y minimizó la posibilidad de una moratoria en el pago de la deuda de Ecuador.

Paraguay

Fernando Lugo, el carismático ex misionario partidario de la Teología de la Liberación, ganó la elección presidencial en Paraguay como candidato de la Alianza Patriótica para el Cambio (APC) en 2008. Lugo derrotó al Partido Colorado —que se había mantenido en el poder durante alrededor de sesenta años— con 42 por ciento de los votos,[14] que representó una ventaja de más de 10 puntos porcentuales sobre este partido, y casi 20 puntos sobre el Partido Unión Nacional de Ciudadanos Éticos (Unace). Si bien Lugo ha expresado simpatía por Chávez y Evo Morales, su equipo ha tratado de presentarlo como un candidato más moderado.

El Salvador

Mauricio Funes, candidato del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), resultó vencedor en la elección del 15 de marzo de 2009, derrotando a la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena) que acumulaba ya dos décadas en el poder. Si bien las encuestas durante la campaña mostraban una ventaja más amplia, el FMLN ganó con el 51 por ciento de los votos,[15] claramente en una elección cerrada al quedar sólo dos candidatos luego del retiro del resto de ellos. Si bien Funes no perteneció a la guerrilla que dio origen al FMLN y fue una cara moderada en la elección, hace tiempo que los líderes reformistas abandonaron el FMLN y ahora es dominado por los viejos líderes guerrilleros Castristas. Es notorio que el FMLN haya incrementado el porcentaje de votos que obtiene en cada elección, al punto que en la más reciente duplicó el porcentaje de votos que obtuvo en su primera participación electoral en 1994.

Destacan tres patrones en las descripciones anteriores. Primero, todos los gobiernos de izquierda que han buscado reelegirse —Venezuela, Chile, Brasil— lo han logrado sin complicaciones. Segundo, los gobiernos de la izquierda elegidos desde 2000 —excepto por Kirchner y Fernández en Argentina (2003 y 2007), Ortega en Nicaragua (2006), Lugo en Paraguay (2008)— han ganado la elección con más del 50 por ciento del voto. Finalmente, los votantes en la mayoría de los países parecen preferir candidatos moderados en la izquierda a los populistas vociferantes. Esto que se confirma con la elección de candidatos que se presentaron como la cara moderada en su partido o la versión moderada de su pasado —Alan García en Perú (2006), Daniel Ortega en Nicaragua (2006), Fernando Lugo en Paraguay (2008) y Mauricio Funes en El Salvador (2009)— o que se moderaron a tiempo para ganar la elección —Rafael Correa en Ecuador (2006)— mientras que los populistas de hoy —Ollanta Humala en Perú (2006) y Andrés Manuel López Obrador en México (2006)— no lo fueron. Éstas son las lecciones más notorias de las elecciones recientes.

Pero existe también un desarrollo menos notorio de la izquierda durante estos últimos quince años: la proporción de votos para la izquierda en la mayoría de estos países ha aumentado elección tras elección. La gráfica 1.1 claramente muestra el aumento en la proporción de votos para la izquierda en América Latina con relación a la elección previa inmediata para el periodo 1990-2009. Es importante notar que la izquierda creció en estos países en un promedio de medio punto porcentual durante los noventa, pero de 13 por ciento entre 1990 y 2009. Es interesante notar también que, con excepción de tres años —1990, 1995 y 2000— el porcentaje de votos para la izquierda creció consistentemente durante el período.

GRÁFICA 1.1
CAMBIO AGREGADO EN LA PROPORCIÓN DE VOTOS
POR LA IZQUIERDA EN AMÉRICA LATINA
 (1990-2009)

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Dado que nos interesa también mostrar el éxito electoral de los partidos que actualmente están en el poder durante este periodo, las gráficas 1.2 muestra el cambio en el porcentaje con relación a la elección previa inmediata para los partidos que prevalecieron durante el periodo en la gráfica (a) —PT en Brasil, Concertación en Chile, FMLN en El Salvador, FSLN en Nicaragua, APRA en Perú y FA en Uruguay— y aquellos de reciente creación en la gráfica (b) —FV en Argentina, MAS en Bolivia, Alianza PAIS en Ecuador, MVR en Venezuela y APC en Paraguay— comenzando con su primera aparición en las urnas. Resulta claro que, excepto por Nicaragua y Perú, estos partidos incrementaron su proporción de voto durante los noventa y la primera década del siglo XXI. Más aún, excepto por Nicaragua en 2006, estos partidos mostraron un crecimiento positivo y constante en la proporción de voto durante la primera década del siglo XXI.

GRÁFICAS 1.2
CAMBIO EN PROPORCIÓN DE VOTOS PARA LA IZQUIERDA
EN AMÉRICA LATINA POR PAÍS
 (1990-2009)

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¿CUÁNTAS IZQUIERDAS?

Como testigos y analistas del surgimiento de la izquierda tenemos una pregunta de la mayor relevancia frente a nosotros: ¿por qué existen claras diferencias entre los partidos de izquierda que han sido elegidos? O, con un fraseo diferente: ¿existen, dos o más izquierdas en América Latina? Hemos visto un aumento en el número de gobiernos elegidos que se inscriben en la tradición de la izquierda durante la última década y media, y queremos entender este fenómeno. Por lo tanto, es necesario determinar si nuestro objeto de estudio es el mismo en todos los casos para evitar generar conclusiones incorrectas. Las diferencias entre los casos sugieren que no todos ellos pertenecen a la misma categoría; hay más de una izquierda. Sus orígenes son divergentes: algunos surgen de una izquierda histórica que se ha actualizado para acceder a y permanecer en el poder, mientras que otros han aparecido con un discurso vistoso y atractivo.[16] Los medios para llegar y mantenerse en el poder también son distintos: algunos juegan bajo los límites impuestos por el juego democrático y el imperio de la ley, mientras que otros tienden a ignorar las instituciones cuando éstas se vuelven inconvenientes para alcanzar sus necesidades inmediatas. Más aún, los objetivos de largo plazo son distintos: algunos buscan resultados inmediatos que refuercen a sus bases de apoyo, que son una condición necesaria para mantenerse en el poder, mientras que otros prefieren políticas con efectos de más largo plazo en las áreas que más les importan —pobreza e inequidad.

Los traslapes entre estas distinciones sugieren que una clasificación dicotómica para la izquierda en América Latina es adecuada. Las etiquetas que se les dé a cada una proveen información sobre la distancia entre ambos polos en la izquierda, y resulta irrelevante si se le llama “buena” vs. “mala”, “correcta” vs. “incorrecta”, “moderna” vs. “vieja”; el punto es que existen dos extremos en el espectro que proveen un marco robusto para el análisis. ¿Son dos categorías suficientes, o necesitamos más?[17] Las taxonomías son esquemáticas por definición. Deben capturar ciertos elementos comunes en una población. Pero si la taxonomía tiene tantas categorías como casos analizados, no nos ayudará a entender el fenómeno que observamos.[18] Una clasificación dicotómica puede sujetarse a otra subdivisión que nos permita refinar los contornos de las diferencias entre grupos. Sin embargo, la parsimonia es siempre apreciada cuando esquemas más complejos contribuyen poco a mejorar nuestro entendimiento del fenómeno en cuestión. Por estas razones, no descartamos en principio que puedan hacerse refinamientos al esquema planteado, pero nos limitaremos a recordar que debe considerarse el poder explicativo que se gana al agregar complejidad a los modelos.

Agrupar a Chávez con Kirchner y Morales como los polos opuestos de Lula, Bachelet y Vázquez no carece de cuestionamientos. Los primeros, se arguye, pertenecen a una categoría distinta porque cumplieron sus promesas con resultados[19] y dieron respuesta a “las necesidades largamente ignoradas y construyeron el muy necesario capital social”.[20] Sin embargo, la cuestión relevante no es si se redujo la pobreza en un porcentaje determinado, si se realizaron transferencias directas a los más pobres o si los motivos corresponden con el discurso. La cuestión relevante aquí es la sustentabilidad de estas políticas. ¿Durante cuánto tiempo puede reducirse la pobreza a través de transferencias directas a la población sin instrumentos adicionales que ayuden a la población a superar la pobreza y mantenerse fuera de la pobreza posteriormente? Si las políticas de reducción de la pobreza están basadas en la disponibilidad de recursos, es natural que cuando cese el flujo, también terminen los programas y, consecuentemente, la pobreza regrese a sus niveles previos.[21] Más importante aún es cuestionar si el financiamiento de las transferencias directas es el mejor uso de recursos para combatir la pobreza. Después de todo, si existe un mejor uso, los líderes tienen —cuando menos— una obligación moral de aplicarlo.

Hacer esta distinción, como ejemplificamos líneas arriba, clarifica —y no hace más opaca[22]— la tendencia que vemos en la región: ambos tipos de izquierda han ascendido al poder, pero las versiones más moderadas tienen un mayor éxito electoral. ¿Son Hugo Chávez y Evo Morales casos anómalos? Es difí ...