Loading...

LOS HIJOS DE LA CáRCEL

Yohali Reséndiz  

0


Fragmento

PRÓLOGO
Estamos malditos

¿Mi papá? Murió acribillado en un asalto y la verdad, poco me importa. Lo único que tuve de él fue una corta temporada con Elvira, su madre; cuando no pudo cuidarme y me botó con ella. Durante ese tiempo, crecí mirando rezarle a San Judas, el patrón de las causas difíciles y del que, por cierto, dicen que murió violentamente, que lo mataron a golpes y lo degollaron, pero esa es otra historia. El punto es que ella siempre ahorraba, un poco aquí y allá para comprar una veladora y rezar por “el eterno descanso de su alma”. Nunca entendí porqué gastaba en aquel hombre que siempre fue un dolor de huevos. Detesté cada 28 de mes, cuando me llevaba de la mano a la Iglesia de San Hipólito, así que cuando pude imponer mi voluntad, dejé de hacer esos malditos viajes en metro y me largué a reinar en mi vida.

¿Mi madre? Se llamó Beatriz, murió de cáncer y la quise como a nadie, porque a pesar de la difícil vida que le tocó y nos dio, tuvo algunos instantes de amor para nosotros, o quizá, fueron arranques de miedo, soledad, desesperación, frustración o vacío, no lo sé. Sólo recuerdo y a veces añoro algunos de esos abrazos que tuvo no sólo para mí, sino para todos mis hermanos, porque tengo seis biológicos (de padres distintos) y tuve tres más, porque ella los llevó con nosotros cuando chiquititos se cruzaron en su camino con necesidad de techo y alimento. Siempre nos enseñó a tratarnos como familia, nunca hizo distinciones. Ella también fue prostituta. Trabajó día y noche. Antes de dormir, lavaba nuestras ropas o planchaba y almidonaba sus vestidos y nunca se durmió sin antes limpiar y acomodar nuestros zapatos debajo de nuestra cama. A pesar de las carencias, jamás nos dejó pedir limosna y tampoco llevó hombres a la casa, pero fuimos testigos de cómo se desmoronó muchas, muchas veces, y beber alcohol hasta desvanecerse, hasta perder la conciencia. Recuerdo que un día, al abrir la puerta, mi corazón se quebró cuando la vi en el piso con un golpe en la cabeza. Me hinqué y la abracé y lloré y lloré hasta quedarme dormidita junto a ella.

Recibe antes que nadie historias como ésta

“¡Este, es un castigo de Dios! ¡Estamos malditos!” repetía mi abuela y esa frase la aborrecí cada vez que la escuchaba. ¿Sabes?, cuando mi abuela dormía, muchas veces me acerqué a su catre y mis manos las acercaba, y cerraba imaginariamente en su cuello y la estrangulaba. Creo que lo intuyó. Una Navidad, mientras todos celebraban y compartían cena y baile, ella dormía y me acerqué tanto que al sentirme, abrió los ojos y me dijo con terror: “¿Qué haces ahí parada? ¡Beatriz, Beatriz!” le gritó a mi mamá. “¡Ya cállate, abuela, ella no está aquí!” le dije. ¿Te confieso algo? Si de algo me arrepiento, es de no haberla asesinado.

Mi mami era una buena mujer, a pesar de que mi abuela no fue un buen ejemplo...

Comenta Gisell al ser entrevistada. Ella ha aceptado hablar de todo aquello que nadie conoce y le duele tanto. Después de un obligado paréntesis, donde se le han escapado varias lágrimas, fuma y continúa su relato:

Mi abuela materna, que entonces ya frecuentaba mucho la iglesia y el padre Abel le había lavado el cerebro, siempre le pidió alejarse de esa “vida pecadora”. Una vez escuché que mi abuela contó a unas vecinas, que llegó a la ciudad en los cincuentas, porque su compadre, don Isidro, le avisó que su patrona la había acusado de robarse unos aretes y la policía la llevaría a la comisaría del pueblo. Pero esa fue una mentira de tantas, porque en realidad mi abuela se revolcaba con su patrón y había sido descubierta. Herencia de familia —dice burlona—. La crueldad y humillación con la que fue tratada y señalada por la gente del pueblo, obligó a que mi abuela huyera ayudada por su fiel comadre Juana; llegó con mi madre que entonces tenía ocho años, a una vecindad en la Colonia Doctores de la Ciudad de México. Aprendió a subsistir rápido, a pesar de no hablar español, consiguió atender un puesto de comida y de alguna manera, abandonó a mi madre a su suerte.

Mi abuela nunca tuvo la intención de darle ese extra que la mayoría de los padres hacen para proveer una mejor vida. Así que mi mamita creció haciéndola de mandadera hasta que, a los 14 años, Ramiro, uno de los pandilleros y vagos de la colonia, la mandó llamar con engaños a la tlapalería y solapado por Juan, empleado de ahí, entre varillas, tabiques, arena, bultos de cemento y cal, la violó en la bodega y comenzó a escribirse mi historia.

“Yo tuve la culpa de todo”, me dijo mi abuela antes de morir. La odié con todo mi ser y amé a mi madre con todas mis fuerzas porque efectivamente la culpa no era de ella, sino de mi abuela por no haber criado a una hija, sino sólo engendrarla y olvidarla, ¡maldita egoísta! “Perdóname”, me dijo antes de morir en una cama del Hospital Xoco. No me salió ni una sola lágrima y tampoco la perdoné, murió con los ojos bien abiertos, mirándome fijamente y mientras se le iba el aliento, puse de nuevo, simbólicamente, mis manos en su cuello y la ahorqué sin parar de sonreír. Al salir, tenía tanta hambre que en lugar de hacer los trámites para recibir el cuerpo, me crucé a comer unos tacos y a disfrutar de una coca cola bien fría. Jamás regresé ni al hospital ni a la casa. Meses antes había perdido a mi madre y ése, aún es dolor.

El episodio con su violador, volvió dura y ruda a mi madre, pero había una parte maternal. Pienso que al perder la virginidad de ese modo hizo que detestara el amor y a manera de castigo una y otra y otra vez comenzó a beber, para no sentir, luego comenzó a drogarse y terminó prostituyéndose, aun teniéndome dentro de su vientre.

“¡No hagas eso!, todos en la colonia dicen que eres una puta”, contaba mi madre que mi abuela decía, pero ella tenía los oídos tapados y le valió madre; una mañana de 1986, saliendo del Balalaika, estaba ansiosa, nerviosa, había tenido una noche frenética y larga y se le hizo fácil arrebatar la bolsa de mano a una señora, sacó su cartera y aunque mi madre corrió como tres cuadras, fue detenida, para luego ser ingresada al Centro de Readaptación Femenil Santa Martha, ¿el delito? Robo con violencia y una sentencia de 8 años. La mía fue menos, yo salí dos putos años antes.

Tengo muy pocos recuerdos de mi infancia. ¿Qué me recuerdan los colores azul, gris, el caqui? Me deprimen, esos colores me dan náusea, no sé por qué, por eso me visto así, con estos colores, chillantes, vivos. ¿Mi niñez? la compartí con mi madre y con más de 250 internas, digamos que crecí en una especie de cautiverio y entre dos sábanas (paredes que mi madre colocó como límite territorial). Ella era parte de la fajina. Y para matar el tiempo, comencé a comer tierra de las paredes.

A los 6 años conocí el mundo de afuera, igual de despiadado y cruel que el de adentro. La humedad me destruyó los bronquios, ahora me duele tanto toser, tengo un vago recuerdo de mi madre rompiendo un trozo de sábana que ponía debajo de la colchoneta y lo usaba sólo para bajarme la calentura con fomentos de agua, llorando y cantando: “¡Duerme, duerme...negrita!”

Siempre he pensado que a pesar de que estuve con mi mami en la cárcel y que de alguna manera estuvimos juntas, para ella, eso fue una doble condena, mirábamos desde uno de los agujeros de las celosías que están como paredes, las casas que se tragaron al cerro, y ella me decía: “¡No quiero que crezcas, por favor, no crezcas!”

Esa frase, tiene ahora un gran significado porque crecer duele y más cuando lo haces como yo. Sin nadie afuera que te sostenga, sin nadie que te abrace con cariño, sin que a nadie le importe tu destino, sin que nadie sepa que por dentro estás oxidada, aniquilada, destruida. ¿A quién carajo le importó mi infancia? ¿Quién me la regresa? Mi mami murió por tragarse toda la mierda que el mundo le dio. Sólo a ti te he contado parte de esa historia que vive en mí. ¿Sabes cuál fue mi primer palabra? “reja” y aún no conozco el significado de la palabra “libertad”.

—Tú, ¿has estado en una cárcel? —me cuestiona Giselle.

—Sí, justo he entrado a varias cárceles por trabajo —respondo.

—Te mostraré algo, ven.

El bullicio de los ambulantes me desorienta, luego mi brújula interior, me orienta y camino sobre Avenida Circunvalación hacia el Eje 1Norte, camino detrás de ella, no pierdo de vista sus altos tacones y su destreza por no caer en los múltiples baches de la acera. El exagerado contoneo de su faldita atrae las miradas y algunos hasta nos miran con curiosidad. Un par de minutos después, empuja una puerta de aluminio plateado con letras rojas que forman la palabra “Hotel”. “Es mi amiga, yo me pongo a mano”, le dice al hombre que está detrás de una ventanita minúscula y quién con un ademán con su mano derecha le da luz verde.

Al entrar, mi mirada se centra en las puertas de metal grueso, color gris y de inmediato, un pensamiento invade mi mente: tiene razón, sigue atrapada.

—¡Sube!—, me grita, como si fuese la dueña de ese espacio. Los escalones de granito en tono rosa, desgastados y despostillados me llevan hasta el tercer piso.

—Éste es mi lugar favorito. ¡Shhhh!—, se ríe y con-tinúa— ¿Fumas?

—Sí.

—¿También Marihuana?

—Ah, no —respondo.

—Deberías, me aconseja traviesa, es buena para la salud—. Segundos después, una mujer sale de una especie de bodegón con un cliente.

—¡Hey, Cecilia, manda con Beto, unos lucky!

Mi mirada se centra en esa puerta semiabierta, sombría. Tengo curiosidad.

—¿Quieres mirar? —me pregunta.

—¿Puedo? —respondo.

—Sí, anda, sólo no te asustes, veas lo que veas— ríe de nuevo y lo disfruta…, camino despacio y antes de llegar, de nuevo la miro.

—¡Abre, nadie te va a morder!— … Al estar frente a la puerta, la empujó con un dedo, no se abre. Mi mano completa pone más fuerza y un rayo de luz, descubre una imagen cruda y brutal: un hombre viejo, de aspecto sucio, está sentado con el pantalón a la rodilla en lo que parece una cama de cemento sin colchoneta ni cobertor. No hay ventana, ni tragaluz, una niña de no más de 14 años le practica el sexo oral. Apenas me mira unos segundos y como un robot continúa. Sentí rabia. Regreso con Giselle, encabronada y me extiende un cigarro ya encendido.

—Ni te enojes. Ella ya lo superó.

—¿Nunca te has ido de la cárcel, no? —pregunto con toda la intención de joderla.

—¿Tú crees que no?—responde retadora.

—No —le digo un tanto hiriente.

—Pues sí, un día una psicóloca me dijo que sigo encerrada y ni modo, mi madre perdió mi llave y me quedé adentro—. Enciende un cigarro y continúa la entrevista.

Crecer en la cárcel es crecer en un ambiente culero y aunque mi madre siempre intentó protegerme de lo que ocurría adentro, su esfuerzo fue en vano. Es imposible. Nadie puede protegerte de eso, se convierte en tu cruz, tu carga y en tu historia. Aquel tiempo en la cárcel fue terrible para ella, más que para mí. Mi abuela siempre le llevaba malas noticias:

Jesús está enfermo. A Gina, la mordió un perro. Atropellaron a José. Rubén se descalabró y le dieron 6 puntadas. Goyo perdió un dedo. El pelón no ha regresado a la casa. Tus hijos son una lata...

Sólo la visitaba y la dejaba muy mal, entonces venía uno de esos abrazos, en los que se aferraba a mí. Era tan débil. Aunque yo era una niña y no entendía todo eso, crecí con la desdicha de tener una madre a medias, estaba conmigo pero su mente y corazón pertenecía afuera. Cuando mi abuela enfermó, estoy segura de que aquella pulmonía no fue por tener siempre su babero mojado por lavar ajeno sino una acumulación de culpabilidad y frustración que siempre se tragó, por ser tan cobarde y vil. Mis hermanos fueron a parar con vecinos y luego con desconocidos para después terminar en casas hogares y luego, quién sabe dónde.

Así fue como el odio a la sociedad germinó en mí. Tengo un vago recuerdo de estar parada en una reja, asustada y gritando por ver cómo un par de internas forcejeaban con ella, tacleándola en aquella dura cama de cemento con colchoneta azul como si quisieran anclarla al piso. Con el pasar de los años crecí, y le pregunté si eso realmente había ocurrido y en tono triste me respondió:

—Sí, yo sólo quería que nos dejaran salir, al entierro de tu hermano Jesús, que estúpida, ¿no?, ¡quería que nos dejaran, salir...salir! —se carcajeó, como loca.

Giselle le da el golpe a su cigarro y sus ojos se inundan, despegándole la pestaña postiza del ojo izquierdo, y continúa: mi infancia con mi madre en la cárcel, no la recuerdo bien. Pero sí recuerdo un olor a comida que terminé alucinando. Nunca vi un árbol verde, ni salí con ella a un parque, no había globos, ni algodones. No tuve plumones ni hojas de papel. Mi madre me ponía ropa de otras niñas que siempre me quedó grande y cuando abrochaba mis zapatos, maldecía no salir ni tener dinero para comprarme unos de charol negro con un gran moño en la punta (¡como éstos!) y me daba un apretado abrazo en silencio, que ahora interpreto como un: “¡Perdóname!”

—¿Si tuvieras un hijo, y cometieras un delito, tendrías a tu hijo en la cárcel contigo?

—¡Jamás!, seguiré abortando cuantas veces sea necesario. Pero yo no lo marcaré de por vida.

Cuando me separaron de mi madre en la cárcel, faltaban unos meses para cumplir seis años y por segunda vez, se repitió la escena. Mi madre se revolcaba en la misma colchoneta, curtida por el tiempo, aullando de dolor, mientras una mujer de saco azul, me tomó en sus brazos. Ahí estaba yo, cargada por una extraña mirando a mi madre con impotencia, sólo recuerdo un largo pasillo con columnas a mi izquierda y deseando que tuviera el coraje y viniera corriendo hacia mí. Pero, en lugar de eso, una reja se cerró, hoy duermo con las puertas abiertas, porque si las cierro, siento que me asfixio. De Santa Martha salí, sin madre y con el futuro incierto.

Cuando salí, viví con la Rosy en “Las Minas”, en Iztapalapa, ¿conoces? Un barrio violento, donde matar era cosa de todos los días, una zona donde no entraban ni las patrullas, y si lo hacían, era porque la misma policía llevaba a sus secuestrados para extorsionarlos o esperar a que pagaran el rescate en algún paraje o predio baldío delante de nuestros ojos... A mis 16, repetí la historia de mi madre, un buen día, me bañé y me rocié de su perfume, pinté mi boca y me puse un vestido que me chachareé en el tianguis de Santa Cruz Meyehualco.

—¿Ora tú, a dónde vas?, preguntó la Rosy.

—Conseguí un trabajo de mesera, en un bar clandestino de San Lorenzo.

—¿Eres menor de edad?, me dijo.

—Eso al dueño no le importa—, respondí y crucé la puerta para no regresar. Contra su voluntad, me fui a trabajar a aquel putero sin saber que era de un amigo suyo, esa misma noche se enteró y fue por mí, pero llegó tarde, porque ya me la habían metido, recuerdo que lloré y lloré mientras me la empujaba con fuerza y yo sentía que me partía en dos. Me dolió varios días, y ahí entendí la frase de mi abuela: “¡Estamos malditos!”

Crecí escuchando sexo, viendo sexo, crecí mirándolas periquearse, tocándose entre mujeres, oliendo mariguana. Hablando de vergas, tetas, abogados, delitos y sentencias. Crecí con un lenguaje pitero, entre celdas de castigo y nubes y pájaros...

Crecí sin amigos, maduré rápido y con frialdad. Crecí torcida. ¿Qué esperaban?, ¿una ingeniera?... Un día, cuando mi madre ya había salido del reclu y vivía ya con ella, me preguntó: “¿A dónde vas?”, la miré y ya no respondí, tomé mis llaves y me salí. “¿A dónde vas? ¿A dónde vas?”, me preguntaba, mientras caminaba a buscar un taxi.

— ¿A dónde vas?

—¡Voy a putear, chingada madre!

Jamás aceptó que hiciera eso. Le dolía. Crecí con eso, ella hizo eso y yo nunca le vi lo malo ni se lo reproché. Quizá si mi abuela hubiese sido otra figura en nuestra vida, quizá si mi abuela me hubiese rescatado, quizá si se hubiera hecho cargo de nosotros, quizá tendríamos otra vida, a pesar de los errores de mi madre, quizá mis hermanos y yo seguiríamos juntos o al menos nos conoceríamos y seguiríamos en contacto, quizá yo tendría otro destino, quiza... Sin embargo, no fue así… Así que, así me siento, maldecida por una sociedad que desde niña me dejó olvidada en una celda... Sí, junto a mi madre, pero pagando por un delito que no cometí. Sufrí con mi madre más de dos mil días con sus noches, mirando cómo a ella se le apagó la poca vida que le quedaba. ¿Eso quién me lo paga? ¿Quién me sana, una psicóloca?... Es verdad, ella cometió un delito y hay que cumplir un castigo cuando lo cometes, sin embargo, no fueron sólo cinco largos años y once meses los míos, y ocho los de ella, fue nuestra vida. Adentro se paga muy caro, la pobreza, el olvido, la marginación, el rechazo, la falta de justicia y discriminación, ella y yo como muchos niños y madres en la cárcel, entran, salen y crecen en un mundo donde no hay oportunidades, ¡Mira en lo que me convertí! Así que sí, soy una puta y una hija de puta. He crecido con este dolor que siempre está aquí, como si tuviera una espina en mi corazón.

Tú eres periodista, yo una maldita prostituta.

•••

“¿Dónde estamos? ¿Por qué nos trajeron aquí? ¿Por qué no podemos salir? ¿Por qué no vas conmigo afuera? ¿Estamos castigados? ¿Mamá, hiciste algo malo? ¿Qué hizo papá? ¿Por qué lloras? ¿Por qué mi papá ya no viene a vernos?” Son algunas de las preguntas que los hijos e hijas hacen a sus madres cuando viven con ellas en la cárcel. Cuestionamientos que a cualquier madre presa estruja, sea o no culpable…

Las respuestas para estas niñas y niños con madres o padres encarcelados son asimiladas tardíamente, y es imposible que no resulten dañados, durante su estadía y después de la reclusión. Los altos muros de las cárceles esconden la realidad que los menores viven con sus madres y los adjetivos que acompañarán su infancia serán: estigmatizado, avergonzado, lastimado, señalado.

Los niños y niñas, víctimas del encarcelamiento siendo inocentes, no figuran en el proceso legal del padre o madre. La autoridad sólo se basa en las leyes mexicanas que se enfocarán en demostrar la culpabilidad o inocencia de ...