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LOS INOCENTES

Oswaldo Reynoso  

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Fragmento

Alberto Fuguet

El arte de no estar adentro

Existe una suerte de canon literario alternativo compuesto por ciertos libros y ciertos autores que trascienden y superan los rótulos con que algunos (la internacional conservadora, los guardianes del orden) intentaron barrer esos textos incómodos o demasiado ajenos a lo que se considera correcto. Fueron omitidos, ninguneados. Quedaron con el mote o —mejor aún— con el estigma de ser algo B, alternativo, periférico, lumpen, acaso indie. Insinuar que un libro es literatura urbana siempre ha sido una forma elegante de masacrar un texto, tal como tildarlo de joven o, lo que es acaso peor, de juvenil (¿literatura urbana juvenil?). Así las cosas, al rato, o al toque, un texto puede quedar como de culto o freak y su autor como un maldito. Pero este tipo de operación de exterminio casi nunca resulta cuando lo que está detrás es una mezcla de miedo, fascinación, morbo y deseo. El polvo de la trifulca se aquieta, pasa un buen tiempo (varias generaciones quizás) y eventualmente los lectores y editores y críticos y narradores aparecen para abrazar esos textos, hacerlos suyos y protegerlos hasta que el momento sea el adecuado.

Quizás ha llegado ese momento para Los inocentes y para Oswaldo Reynoso.

Digo: ha sucedido. Llegó. Este es el momento.

This is the time. The time is now.

En buena hora.

Algunos dirán que es tarde, que Reynoso ya no está para disfrutar de este alargue. Yo pienso: nunca es tarde y; dos, igual lo está disfrutando y mucho. A su manera: póstumo, como quiso, sin tener que participar del todo. Reynoso fue un automarginado que no se sentía cómodo en fiestas ajenas, pero entendía lo que él provocaba y cómo cautivaban sus textos. Le tenía pánico al mercado, al éxito, al marketing y creía en la gestión propia. «No deseo contribuir a las arcas de los editores alemanes y americanos que ahora son dueños de todo»

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