Loading...

LOS PERROS DEL FIN DEL MUNDO

Homero Aridjis  

0


Fragmento

Cuando Xólotl, el dios canino, apareció entre las tumbas con el disco solar sobre la espalda rumbo al inframundo, siete perros xoloitzcuintle salieron a su encuentro. Cada perro parecía custodiar en un sepulcro los restos mortales de su amo.

Cuando el monstruo de pies deformes y manos torcidas aulló en el cementerio, los perros de las colonias cercanas se pusieron a aullar. Y cuando se desvaneció con el sol muerto, los perros se quedaron a husmear entre las fosas.

La Policía Federal había venido a arrojar al Panteón de Dolores los cadáveres, como si los echara al pozo sin fondo de sí mismos; tal vez con la esperanza de que esos conciudadanos indeseables cupieran todos en una fosa común que habían habitado los puercos.

Los perros husmearon sus piernas, sus nalgas, sus manos ensangrentadas. Unos miraban al vacío con ojos desorbitados; otros, deslenguados, tenían el hocico roto. Uno apareció con la cabeza perforada, como si desde una planta alta hubiese recibido una ducha de tiros.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Al capo con dientes de oro, traje italiano, camisa de seda y zapatos Bally, hechos a la medida, además de haber sido rafagueado desde la coronilla hasta los pies le habían atravesado el corazón con una bala de plata; quizás porque sus verdugos temían que resucitara. Su nombre era Legión.

A través de la niebla un can famélico divisó a un criminal de unos quince años, cuyo cuerpo daba la impresión de haber sido aplastado por un camión. Y le lamió la sangre de los cabellos blancos, no por canas, sino por albino, y saboreó la sal de sus facciones maltratadas.

Un esteta de la Policía Federal había puesto chiches de plástico a una mujer desnuda, pues una bestia se los había arrancado a dentelladas. En un arrebato de piedad, el agente de la ley había cubierto con billetes los agujeros causados por las armas de fuego.

Cuando los perros se cansaron de hurgar entre las fosas y de jugar con los huesos, se echaron junto a los sepulcros. ¿Jadeaban abrumados por el hedor-calor nocturno que salía de las tumbas o por la sed de justicia que los había invadido desde el día en que los perreros los habían perseguido hasta las bardas con la intención de dormirlos?

La Luna que blanqueaba sus patas brillaba sobre su piel, suave como muslo de mujer; brillaba sobre los tapetes de ceniza volcánica que iban de la capilla mortuoria hasta los sepulcros, de los hornos crematorios hasta los lotes de los alemanes y los italianos, y de los maestros jubilados.

Desde un mausoleo dos ángeles esqueléticos extendían las manos. Pero no asustaban a los perros sus dedos como cuchillos, sino la sonrisa demente que el lapidario del panteón falló en hacer piadosa y, sobre todo, sus colmillos de mármol.

Al sur de la noche, la Montaña Humeante arrojaba fumarolas y piedras incandescentes, y propagaba estruendos como aplastando ruidos. No lejos corrían los trenes cargados de occisos inminentes, ciudadanos vivos con fecha de caducidad, usuarios del transporte público que avanzaban hacia su destino. Eso mientras la Luna ponía guirnaldas de luz en las paredes de los edificios, esas pajareras de interés social que gente que no vivía en ellas había construido.

Las bardas enmarcaban los lotes donde yacían unos seis millones de habitantes deshabitados. Del otro lado de las bardas se divisaba el Club Hípico, el Lago Menor, la Tercera Sección del Bosque y las casas de una sola planta de la vieja colonia San José Chapultepec.

A esa hora el Panteón Civil de Dolores parecía un Nocturno de Chopin, si era posible que sus inquilinos, que ocupaban unas doscientas hectáreas de terreno, fueran una música quieta, y que sus espectros no continuaran en el inframundo sus disputas del supramundo.

Había un silencio extraño. Cosa rara, los autobuses y los camiones que hacían temblar la Avenida Constituyentes no se oían, como si el requiescat in pace del panteón, que se jactaba de ofrecer los servicios funerarios más completos en la zona metropolitana, se impusiera sobre vivos y muertos.

En el perímetro de las tumbas los perros escuchaban. Con los ojos clavados en lo oscuro acechaban la caída ocasional de una hoja, el paso de un roedor de un agujero a otro, el movimiento de una sombra que ningún viento mecía.

Productos de la misma camada, los siete xolos, sin embargo, mostraban diferencias entre sí: una cresta más negra, una transpiración más copiosa en la piel desnuda, un hocico al que le faltaban dientes, una cola más corta.

Nadie sabía desde cuándo estaban en el cementerio. Nadie sabía si desde antes de que la Montaña Humeante comenzase a hacer erupción o desde el día en que los del antirrábico desalojaron a los perros callejeros que solían nacer, crecer y parir entre las tumbas para eliminarlos.

Como corría la brisa, no se notaba tanto el jadear. Como corría la brisa vestida de lluvia las crestas de los xolos parecían acostarse. Del horno crematorio salía el olor dulzón de la carne quemada con una brisa en la que, como en una balaustrada, un hombre hubiese podido apoyar su melancolía.

Un perro panzón, como aquellos que los mexicanos solían comer ritualmente, con la cara escondida detrás de una máscara humana, sacaba filo a sus uñas… Mas en el momento en que una fumarola atravesó la noche, los perros, extrañados por su propia negrura, comenzaron a aullar.

Los perros del fin del mundo

1. José Navaja

La ciudad se llenó de perros, ¿de dónde habrán salido tantos?, pensaba José Navaja, parado en su azotea entre un tinaco sin agua y una enorme jaula vacía, donde una guacamaya roja pasó años de lluvias, calores y vientos hasta que murió de inanición. Vivía en la calle de Bugambilia. Su casa estaba a las orillas de un conjunto habitacional de estilo colonial hechizo que daba a conjuntos estilo colonial hechizo, y las viviendas parecían senos blancos, no colinas, como pretendían sus constructores.

El mirador de José se mantenía por encima del neblumo, y aunque la mayor parte del año no podía ver los volcanes, podía, sin embargo, contar las pajareras de concreto y vidrio de interés social que había hecho el último gobierno de la ciudad. Doce pisos en aquel bodrio de ladrillos, once en aquella torre blanca con el anuncio de una modelo mulata en ropa interior, nueve en ese edificio de oficinas, veinticinco en la mole a la derecha. Sesenta y cinco en total.

La cabeza de José parecía una corona de llamas blancas por su reluctancia a cortarse el pelo, pues cada vez que iba a la peluquería lo dejaban como militar del Estado Mayor Presidencial. Sus ojos detrás de las gafas daban la impresión de ser carbones enjaulados, y sus labios, cecina amoratada. Enjuto de carnes, de estatura regular, en la cara tenía marcado el desvelo como un músico que toca cada noche el instrumento de viento de la infelicidad.

La vida de José Navaja era un chorizo de exes. Ex colegial del Instituto Soto de Toluca, cuyo director, un albino, era su maestro de Matemáticas. Ex alumno de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, donde un profesor escuálido de rostro ceroso le había predicado el nazismo, pero no enseñado periodismo. Ex jugador de ajedrez en la Casa del Lago, cuando la dirigía el saltador de escaques Juan José Arreola, quien, perdedor empedernido, se daba jaque mate a sí mismo. Ex novio de una bailarina del Ballet Folklórico Nacional, quien después de los ensayos se acostaba con todos, menos con él. Ex amante de la doctora en sueños eróticos Leticia González y González, una secretaria que le dio visa a Oswald para viajar a Cuba antes del asesinato de Kennedy, y la CIA la arrestó como conspiradora. Ex miembro poco notable de la generación del Café Tirol, establecimiento en la calle de Hamburgo casi esquina con Génova que regenteaba la napolitana Paola, quien solía vestir a la mesera Margarita con traje de tirolesa. Allí un anochecer un estudiante de Filosofía le dio una patada en la espinilla al pintor DAS por haber atentado contra la vida de LT. Al Tirol iba el director de teatro Juan Ibáñez a buscar actrices de buen cuerpo para hacer de la Malinche en Moctezuma. Allí también iba el cineasta Luis Buñuel a pararse delante de la vidriera con su cara de máscara de tigre de danza de Oaxaca, pero no entraba, nada más miraba hacia dentro y se marchaba. Allá pasaban las noches los hijos de los republicanos españoles discutiendo sobre Francisco Franco, si era corrupto o no, y sobre Luis Cernuda, si era un buen poeta homosexual o solamente un homosexual. Todo eso, polvos de aquellos lodos; o, mejor dicho, crepúsculos al mediodía. Porque el crepúsculo serio aconteció cuando supo que a Lucas lo habían matado en un antro en Acapulco —dígase A-ka-pul-co, “en donde está la gran culebra del agua”—. Pero no era cierto, su hermano andaba en Cuernavaca del brazo de una mujer casada. En rápida sucesión, en los años setentas y ochentas, José Navaja fue ex secretario particular de un empresario de supermercados, más hampón que empresario, ex vigilante en jefe de las bodegas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, ex vocero del Comité Nacional Contra los Feminicidios y Otros Delitos Contra Mujeres Rurales y Niñas Pobres en el D.F. y Anexas, ex activista en defensa de las tortugas marinas, los delfines y las mariposas; ex redactor de las campañas publicitarias de la Riviera Maya para la Secretaría de Turismo, en cuya oficina 1212, que el sol de la tarde convertía en sauna, había pasado cinco años apoltronado en un sillón ideal para la larga siesta de la senilidad, con la ventaja de que desde las ventanas de ese inmueble construido sobre una estación del Metro, idóneo para la muerte sedentaria pues en caso de terremoto caería con todo y silla sobre las vías del tren, podía ver el Iztac Cíhuatl cuando lo permitía la contaminación. Hasta que después de su carrera de funcionario fue viajero frecuente del Sistema de Transporte Colectivo con credencial de ciudadano de la Tercera Edad, aunque a los 66 años se sentía de 16. Por ese tiempo descubrió que existía la próstata y se pasó mil noches con los ojos abiertos y la boca seca entre beber té de manzanilla y orinar, beber té de menta y orinar, beber té de hinojo y orinar. Excepto cuando su organismo parecía una ducha de mano con la roseta cerrada. Pero considerados todos los exes de su historial, llegó a creer que el tiempo más feliz de su vida laboral había sido la contemplación del cuerpo pétreo de la Mujer Dormida, en especial del Pecho, su cima más alta, y de su Vagina lunar, su parte más profunda. La frase de un fotógrafo aún lo motivaba: “¡Parece que la Volcana duerme, pero resuella y se mueve!”.

—El terremoto devastador que anunciaron los científicos en 1985 es inminente —José Navaja contempló con desdén la tarde urbana, visualizaba los efectos del desastre por venir: calles aplanadas, coches comprimidos, cucarachas trituradas, lluvia de piedras, serpientes emplumadas bajando por las escaleras de iglesias y templos en ruinas. Camino del futuro andaba entre fantasmas, pulgas humanas y alacranes en dos patas; mujeres sentadas en el inodoro se alzaban el vestido mientras fumaban un cigarrillo. Martha Valencia, su vecina, no estaba mal, sobre todo cuando mostraba la flor perecedera de su sexo en el abandono divino de su naturaleza.

La calle La Escondida era un copuladero, sus banquetas frías parecían calentadas por las miradas libidinosas de los parroquianos. En el club Solid Flesh el reventón era continuo, buchonas semidesnudas bailaban con buchones trajeados, ambos con la muerte en las pestañas y los labios untados con polvo blanco mientras la muerte vestida de policía acechaba.

—Oh, escribió el santo, a la caída de la tarde todos seremos examinados en el amor —se estaba consolando José cuando previó legiones de mosquitos diseminándose por los cristales, los muros y los techos de su casa. Parecían monstruitos con alas transparentes, patas largas y aparato bucal. Al atardecer ya visionaba esos Dráculas diminutos atacando su cara, su cuello y sus manos con trompas y aguijones finales, sin importar que pusiera la sábana de escudo—. Serán doscientos chupadores de sangre, si cuento los que el espejo refleja.

José bajó por la escalera de piedra. Un hombre notificó por radio:

“En la ciudad no hay agua, las pantallas de los televisores están cubiertas de nieve y los automovilistas han enfundado sus coches para que la ceniza no les dañe la carrocería. El Centro Nacional de Prevención de Desastres informa que el volcán Popocatépetl ha registrado trescientas exhalaciones de moderada intensidad en las últimas veinticuatro horas acompañadas de vapor de agua, gas y cenizas, y treinta minutos de tremor armónico de amplitud variable. En las próximas horas se espera mayor actividad.”

2. Los obituarios

Ocho calles estrechas desembocaban en la avenida. El chorizo de coches parecía un animal enjaulado y los ruidos confluían hacia la plaza, donde alcanzaban el estrépito perfecto.

EL TELEGRAMA

Era el letrero que José Navaja veía desde su azotea todas las mañanas. La vieja oficina de correos y telégrafos nacionales era su café, y en una mesa de la terraza a menudo se había encontrado con Alicia durante su vida de soltero y de casado. No sólo eso, ahora difunta, de regreso a casa solía platicarle a una foto suya que tenía sobre una cómoda.

—¿Sabes, Alis? Tu marido tiene que completar su precaria pensión escribiendo obituarios para El León del Bajío, un diario de Guanajuato, cuyo director, Bivio Rosales, comparte conmigo su entusiasmo por la necrofilia.

Tumbas de palabras se llamaba la columna de José y el archivo en el que guardaba las semblanzas de muertos sobre los que había escrito y de vivos sobre los que escribiría. “¿A qué político hay que enterrar bajo una lápida de vocablos que parezca una lapidación?”, le preguntaba a Bivio, un ex compañero de la Carlos Septién García, que era jefe de la sección de Sociales y Espectáculos, porque los muertos en León aparecían entre las notas de bodas, fiestas de quince años y notas sobre conciertos en la Plaza de Toros.

Como en los asuntos de la muerte José era muy meticuloso, solía actualizar los obituarios preescritos sobre los personajes aún vivos, de manera que pudiese enviarlos completos cuando aconteciera el deceso. Los enriquecía periódicamente con toques personales (imaginarios o exagerados) y hurgaba en sitios de internet sobre sus actividades profesionales y personales para ver si en el desempeño de un puesto público no había cometido fraudes o había tenido periodos de adicciones al alcohol o a las drogas, delirios de persecución, tics o manías. Y hasta buscaba tener la oportunidad de entrevistarse con él o ella para enriquecer la semblanza.

—Qué grata sorpresa sería encontrar mi nombre impreso con letra menuda en las listas de los difuntos de ayer y estar vivo para leerlo, como si mi obituario preescrito hubiese sido publicado prematuramente —Navaja sacó de su chaqueta papeles con nombres subrayados con líneas de colores: Carlos, Cecilia, Patricia, Felipe, Consuelo. Como quien revisa las altas y las bajas de las acciones de la bolsa referentes a metales, energía eólica y hojas de afeitar, se puso a leer sobre las defunciones recientes—. No sólo es estimulante hallar en las necrológicas a gente famosa, amiga o enemiga, sino también a gente ordinaria… como yo. Desde que murió Alis me pregunto cuánta gente se ha muerto sin que me entere. Y sin saber siquiera que vivía en este mundo. Una noche de insomnio, espulgando mi agenda, quisiera redactar los obituarios de todos los miembros del Club del Prójimo Abominable hasta que mi corazón deje de latir por tanta excitación.

—¿En qué se parecen Rosaura, Roberta y Raimundo? —José se puso a llenar las casillas en blanco de un crucigrama con las letras de los nombres de los occisos del mes y de la muerte probable de su hermano Lucas—. En que los nombres encajan bien con las palabras relativas a la muerte. Para esos ejercicios hay una palabra en común de cuatro letras: Mors.

—La familia tal… La sociedad Fulana… manifiesta su profundo pesar por el sensible fallecimiento de… Ese no es un obituario —clamó José—. Los obituarios deben ser póstumos y objetivos. Y optimistas, con la posibilidad de arrancar una sonrisa al mórbido lector. No deben ser prematuros, uno tiene que cuidar que no se publique el recuento de la vida de un hombre antes de que fallezca. Qué broma pesada se le jugaría a un señor o a una señora: ¡la de que una mañana lea en un diario sobre su muerte con lujo de detalles! Pi ...