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LOS PERROS DEL FIN DEL MUNDO

Homero Aridjis  

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Fragmento

Prólogo

Los textos de este libro son fruto de dos grandes aventuras vitales de Jorge Varlotta, una por amor y otra por necesidad. Las dos tuvieron una considerable influencia sobre su manera de escribir.

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En 1972, a pesar de haber publicado ya una novela y un libro de cuentos firmados como Mario Levrero (su segundo nombre y su segundo apellido), seguía siendo en Montevideo un escritor casi secreto, leído apenas por unos pocos fieles devotos. Contribuía a esa invisibilidad su invencible fobia a relacionarse con algo más que un puñado de amigos. Sin embargo, un día aceptó —a través de la revista Maldoror, en la que colaboraba— asistir a un cóctel en la Alianza Francesa. Al día siguiente, muy excitado, me contó una sorprendente experiencia: hacía frío y durante toda la noche se había quedado en la zona más agradable de la sala, de espalda a una pared que tenía instalada una estufa. Al terminar la reunión había mirado en esa dirección y descubierto que aquello no era una estufa sino una mujer. La mujer, de la que se había enamorado perdidamente, se llamaba Marie-France, trabajaba en la embajada francesa y estaba a punto de volver a su país. Unos días más tarde me la presentó y los dos me anunciaron que pronto se irían a vivir juntos a Burdeos.

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Jorge Varlotta detestaba viajar. “Uno pasa a ser un desconocido para uno mismo cuando sale del lugar habitual”, dijo en una entrevista. A los treinta y dos años sólo conocía de su país el balneario de Piriápolis, a donde se habían traslado sus padres y donde vivía su amigo y mentor Tola Invernizzi, que en 1966 le había arrancado página a página La ciudad, su primera novela; de Argentina conocía la ciudad de Rosario, donde en 1969 había vivido tres meses con la familia Gandolfo y escrito la primera versión de El lugar. Si no era muy necesario prefería no alejarse de su apartamento de la calle Soriano, y su decisión fue recibida por todos con incredulidad y después con admiración.

Al llegar a Burdeos empezó a pedir a los amigos que le enviáramos yerba mate por avión. Sabía que los muchos kilos que había embarcado con los objetos de mudanza de Marie-France podían tardar meses y no estaba en condiciones de soportarlo. Poco después me contó: “Soy el único ser humano que toma mate en Burdeos”. Y con el alto concepto que tenía de sí mismo, añadió: “Quizá soy el único ser humano”.

Cuando ya parecía que se quedaría a vivir en Burdeos, empezó a hablar de una cierta angustia recurrente. Se le estaba acabando el dinero, no podía trabajar y no se sentía cómodo. Un día, mientras leía el diario en la cocina, notó con pánico que el francés le invadía la mente y amenazaba con impedirle pensar en español. La magia se había roto y supo que había llegado la hora de volver. Vivió unas semanas en París y después subió a un avión por última vez en su vida. (Tres años más tarde, la revista argentina Siete Días organizó un concurso de cuentos policiales cuyo premio era un viaje a París. Jorge escribió un cuento, “El factor identidad”, pero decidió no presentarlo por miedo a ganar y tener que volver a hacer el viaje.)

En marzo de 1973, transformado por la experiencia que acababa de vivir, tomó de repente un nuevo rumbo como escritor, opuesto al de los ámbitos asfixiantes y kafkianos de su primera etapa, al escribir en una semana Caza de conejos, colección de cien textos breves de sorprendente creatividad verbal, en los que incorporaba con naturalidad, por primera vez, el humor que tanto prodigaba, escudado detrás de numerosos seudónimos, en revistas satíricas de la época. Al año siguiente confirmó ese notable cambio con Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo.

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En los primeros meses de 1985, agobiado por deudas y la falta de proyectos viables en Montevideo, aceptó trasladarse a Buenos Aires y dirigir un par de revistas de crucigramas dentro la empresa editorial de su viejo amigo Jaime Poniachik. Esa decisión de iniciar una nueva vida en una ciudad grande y desconocida, tan opuesta a su tranquilo y gastado barrio montevideano, acostumbrado a sus fobias, resultaba, conociéndolo, tan inimaginable como la que lo había llevado a cruzar el Atlántico. Curiosamente, se adaptó enseguida: por primera vez en su vida tenía un trabajo con horario “normal” y un sueldo decente. Por primera vez vivía sin angustias económicas haciendo algo que le gustaba, en una ciudad donde (pronto descubrió) sus pares conocían y admiraban su obra. A los cuatro libros suyos ya publicados en Buenos Aires pronto se añadieron dos más, escritos en la última década y hasta ese momento huérfanos de editor. Sin embargo, pese al reconocimiento que sentía como escritor y a su afición por la ciudad, arrastraba desde Montevideo dos cargas que no lo dejaban en paz: una fea y todavía dolorosa ci ...