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LOS RETOS QUE ENFRENTAMOS

Felipe Calderón Hinojosa  

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Fragmento

Introducción

Tuve el privilegio de servir a México como Presidente de la República del 1º de diciembre de 2006 al 30 de noviembre de 2012. En general, a lo largo de mi vida y particularmente en ese tiempo, he sido un hombre comprometido con ideas y principios.

En ese entendido, buena parte de mi vida política se orientó a la construcción de la democracia desde la oposición pacífica a un régimen no democrático. Otra parte, al servicio público, tanto en el Poder Legislativo como en el Ejecutivo. Formado en la filosofía del Humanismo Político1 —que tiene como centro rector la Dignidad Humana y la Construcción del Bien Común—, aprendí que toda acción humana debe estar fundada en la ética, y que, en consecuencia, toda acción política debe estar fundada en ideas y valores.

Sin embargo, con el tiempo también aprendí que, a pesar de que la enunciación de principios y valores siempre es general y abstracta, éstos requieren de constante concreción, esto es, son aplicables y deben ser aplicados no en abstracto sino en circunstancias concretas, en problemas complejos, en “realidades de cabeza dura”. Es precisamente ese conjunto de decisiones, normas y acciones con el cual los gobiernos dan respuesta a los problemas y las demandas concretas de la sociedad, lo que denominamos “políticas públicas”.

Ahora bien, lo difícil no es conocer o recitar principios y valores abstractos. Lo verdaderamente desafiante es aplicarlos a realidades y problemas concretos, con restricciones, aristas y complejidades imposibles de prever, como muchas de las que me tocó enfrentar como Presidente de la República. Precisamente en la definición y concreción de tales políticas públicas radica la clave de gobernar. Alguna vez le escuché decir a mi buen amigo, el inolvidable Alonso Lujambio†, una metáfora que se atribuye a Adolfo Christlieb Ibarrola. Él decía que los políticos se clasifican entre los que sí pueden dormir y los que no pueden dormir. Los políticos que sí pueden dormir se dividen a su vez en dos grupos: los que no tienen principios ni valores (y entonces la carencia de conciencia les permite dormir a pierna suelta) y los que supuestamente tienen principios y valores, pero no han tenido la oportunidad o no se toman la molestia de aplicarlos a ninguna realidad o problema concreto. Los políticos que no pueden dormir, en cambio, son aquellos que, teniendo principios y valores, y obligados a aplicarlos a realidades y problemas concretos, tienen que decidir entre distintas opciones limitadas, incómodas, falibles y con un nivel de información que dista mucho de ser óptimo. En cierta medida, me identifico con estos últimos.

En efecto, en la tarea de gobernar siempre están presentes difíciles dilemas éticos: quisiera uno que las opciones del Presidente de la República fueran siempre entre dos bienes o, mejor aún, entre el bien y el mal claramente distinguibles. Pero la verdad es que ca

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