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ÚLTIMA LLAMADA EN EL NIGHTSHADE

Paul Krueger

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Fragmento

PRÓLOGO

Era otra noche de viernes, aunque eso tenía sin cuidado al oficial Jim Regan, del Departamento de Policía de Chicago. Cada año tenía cincuenta y dos viernes, y él ya había vivido cincuenta y dos años. Eso significaba que el número de viernes que había soportado era… era… A la mierda. No iba a hacer cuentas.

Después de todo, era viernes.

Por lo general, la rutina consistía en terminar su ronda, ponerse a la fuerza la ropa de civil, para luego dirigirse al Loose Cannon junto con todos los de la Estación Veinte y beber el resto de la noche. Pero esta noche había salido sin compañía, iba deambular con dirección al sur, hacia Ravenswood, al Bar Nightshade. Se trataba de un tugurio local que un compañero le había mencionado una vez, un lugar en donde a todos les valdría madres que hubiese reprobado por quinta vez su examen para sargento.

Jim bebió de un trago lo que quedaba de su boilermaker y azotó sobre la barra el vaso tequilero repiqueteando dentro del igualmente vacío vaso de cerveza.

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—Esto es un trago —bramó para quienes estaban en un radio de diez metros, que básicamente no era nadie. Pasaba de la 1 a.m. y el bar estaba casi vacío. Golpeó su palma regordeta contra la barra—. Me llevo otro para el camino.

El barman lo inspeccionó a través de sus lentes cuadrados.

—Creo que así estás bien, camarada —dijo.

Jim le devolvió la mirada. Era joven, prácticamente un niño, y llevaba una camisa formal blanca arremangada y una corbata fajada como un camarero de antaño. Mocoso.

—Vamos —dijo Jim sacando su cartera—. Es para el camino. No te pongas así, ¿sí?

El barman sacudió la cabeza.

—Nuestros tragos no van a ningún lado. ¿Qué te parece si regresas mañana y yo invito la primera ronda? Te pido un taxi —el niño sacó su teléfono incluso antes de terminar de hablar. Jim le hizo un gesto despectivo.

—No importa —dijo—. No me preocupa que me agarren. Soy policía.

El niño sonrió.

—Con lo que sé que el gobierno les paga, serán dos rondas entonces. Pero por ahora, hay que conseguirte un taxi.

Jim le hizo un gesto de nuevo.

—Quédate el maldito taxi —dijo con una mueca—. Puedo caminar —se puso de pie tambaleándose, luego miró hacia atrás. Tal vez era porque había estado ahogando su cerebro en whisky y cerveza desde que salió del trabajo, pero hasta apenas notaba que el señor Camisa y Corbata estaba solo detrás de la barra.

—Oye —dijo—, ¿qué pasó con la chica? —la pelirroja de pinta amigable con rostro bonito y cuerpo no tan desagradable le había servido gustosa.

El niño hizo como que se fumaba un cigarro invisible.

Jim hizo muecas. Ése sí era un mal hábito que él nunca había adoptado. Patrullar ya era lo suficientemente arriesgado. Tiró un billete de cinco dólares sobre la barra, pero no spudo concentrarse lo necesario para lanzarle al niño la mirada asesina que se merecía.

—Bueno, pues dile que gracias por hacer su trabajo.

—Que llegue bien a casa, oficial.

Y entonces Jim Regan salió dando traspiés, mascullando furioso a cada paso.

Oficial. No era que matara por ser el siguiente comisionado, por amor de Dios; sólo quería unas franjas en la manga. Pero estos días todo estaba en manos de imbéciles arrogantes como ese barman sinvergüenza.

El calor del verano en Chicago era sofocante. Jim sólo avanzó tres cuadras antes de que las manchas de sudor oscurecieran por su camisa. Se detuvo para reconsiderar. Nuevo plan: al diablo la caminata y a tomar el autobús. La parada más cercana estaba en el puente de Montrose Street en Horner Park, un viaje corto incluso para él.

Mientras avanzaba con dificultad por el puente de dos carriles, Jim miró el pasamanos oxidado. «Qué pinche sorpresa», pensó; algo de la ciudad que necesitaba ser arreglado. Había visto a seis alcaldes ir y venir desde que se puso el uniforme por primera vez, y si había algo para lo que cada generación de burócratas del centro era buena, era para inventar nuevas maneras de joder algo que ya estaba lo bastante jodido.

Los faroles titilaban sobre su cabeza. Algo crujía a sus espaldas… no era un auto; no se escuchaba como llantas. Era más como pisadas.

Jim volteó y se quedó helado.

«Dios, no. Por todos los santos, no».

No el delirium tremens. No ahora. Tal vez Jim era un borracho (un alcohólico, debería decir), pero sabía cuándo detenerse. Detenerse era lo único que evitaba que se volviese como su padre, un borracho hecho y derecho: las palizas, los temblores, el sudor a través de las camisetas. Gemir y rasgar el aire, atacar cosas que no estaban ahí. Cosas como ésta.

Jim parpadeó, pero la cosa seguía ahí.

No era enorme… tal vez del tamaño de un perro grande… pero tenía un horrible color rosado y sin piel, como si estuviera hecha de músculo desollado. Se arrastraba hacia él.

Jim miró con desesperación a su alrededor.

—Alto —dijo mientras la cosa daba otra pesada zancada hacia delante—. ¡Policía! —pero la cosa sólo parpadeó un ojo amarillo y se acercó más. Lo intentó de nuevo—. ¡Alto! ¡Policía!

El horrendo bastardo ni siquiera se inmutó. Incluso aceleró, escabulléndose hacia él como un cangrejo despellejado mientras los faroles titilaban más deprisa. Su cabeza era apenas un muñón con ojos gatunos encendidos y una horrenda boca rodeada de dientes y con solapas de tejido carnoso. Santo cielo, la cosa tenía colmillos.

Jim corrió.

«Suscripción al gimnasio», pensó entre jadeos, «a primera hora mañana. Enséñales a esos novatos de pecho rasurado y cara bonita lo que un hombre verdadero puede hacer».

La cosa seguía acercándose. «Zigzag», pensó. «Eso es lo que se supone que hay que hacer para alejarse de osos o cocodrilos o algo así, ¿no?». Pasó el pie izquierdo frente al derecho…

Cayó de bruces. Enterró los dedos en el suelo. Todo daba vueltas con una inclinación despiadada y un gemido nauseabundo rasgaba el aire nocturno: metal chirriando contra el asfalto, como un mofle suelto. Pero no había ningún carro. Sólo las farolas de Montrose Avenue y los rasguños de la cosa detrás de él, y unas chispas a lo lejos…

Chispas. Jim se puso de pie con dificultad. Algo iba disparado hacia él, sacando chispas a su paso.

—¡Policía! —gritó con el poco aliento que le quedaba—. ¡Despeje la calle! ¡Policía! —aunque ya estaba entrado en sus cincuenta y todavía no llegaba a sargento, si iba a morir al menos moriría como policía.

Era una persona —mujer negra, alta, rastas— y arrastraba un letrero de tránsito que todavía tenía un bloque de concreto pegado a la base. Lo levantó mientras corría, a pesar de que no había modo de que sus brazos flacos pudieran sujetarlo, y las chispas y el ruido se detuvieron.

—Poli... —Jim ni siquiera pudo completar la palabra antes de que ella brincara, justo sobre su cabeza, y blandiera el letrero contra el cuello de la cosa como si se tratara del hacha de un verdugo.

La cabeza rebotó hacia la oscuridad mientras la chica aterrizaba con un ruido sordo. El cuerpo de la cosa se tambaleó, colapsó sobre sus cuartos traseros y luego explotó, quedando una masa desagradable de humo espeso.

Jim cayó de rodillas y vomitó.

Cinco boilermakers y media rebanada de pizza semidigerida salpicaron el costado del camino como ácido. Se estremeció cuando algo le rozó el hombro, pero sólo era la chica. Con un estruendo el letrero cayó junto a él.

—Párate —su tono fue tan brusco como un puñetazo.

—Cómo hiciste… —sacudió la cabeza punzante, intentó evitar que su voz chillara—. ¿Qué demonios es esa cosa?

La chica... mujer, supuso Jim… miró impasible el área quemada de la calle.

—Tremens.

Jim sacudió la cabeza.

—De ninguna manera, amiga. Eso no era para nada un elefante rosa.

—No, no exactamente.

—Eso era… era real —Jim lo dijo con tiento, probando el terreno, pero la mujer no lo negó. La cosa no había sido una alucinación. No era algo que su cerebro embriagado hubiese inventado—. Es… es peligroso —miró alrededor descontrolado. El punto chamuscado donde el tremens había desaparecido seguía crepitando—. Podría haber más. Tengo que llamar al capitán…

—Sí hay más —dijo ella—. Pero no te preocupes.

—Pero…

—Oficial —dijo—, ¿en dónde estuvo bebiendo esta noche? ¿En el Nightshade?

—¿Cómo?

—Soy barman —afirmó—. Sé cosas —le tendió una mano—. Ven conmigo. Déjame servirte un trago y te explico todo.

El oficial —no sargento— Jim Regan pasó saliva. Tenía prioridades. Esta cosa tenía que ser identificada, y el capitán Harding de la Veinte necesitaba estar informado. Protección Animal tendría que poner manos a la obra. Tal vez incluso deberían acordonar el puente.

Pero por primera vez en el día, uno de estos niños lo trataba con un poco de respeto, y eso era demasiado como para ignorarlo.

EL
DICCIONARIO DEL AGUA
DEL DIABLO

. . .

UN ARCHIVO SOBRE LOS MISTERIOS
Y LA ALQUIMIA DEL ALCOHOL

. . .

El conocimiento aquí contenido tiene dos aplicaciones. La primera es armar a la humanidad contra las fuerzas de la oscuridad, que se manifiestan en las sombras y conspiran para deshacer todo lo que hemos construido y apreciamos. Si los pocos espíritus valientes que aprendan las artes mixológicas se interponen como una pared entre el conjunto dichoso de la humanidad y su ruina completa, la sabiduría de estas páginas será el cemento que mantendrá los ladrillos unidos.

La segunda aplicación es proveer a la humanidad con unas cuantas bebidas suculentas para ayudar a que todo sea mucho más disfrutable.

Las recetas siguientes constituyen cocteles que, aunque poseen sabores transcendentes, son ordinarios en cuanto a su preparación. Pero en circunstancias específicas, cuando se hacen con los ingredientes adecuados y precisos, estas bebidas pueden volverse algo más que extraordinarias. Y pueden transformar a quien las bebe.

Quienes continúen leyendo aprenderán cómo hacer lo imposible: desvanecerse de la vista; tener control sobre objetos distantes, utilizando sólo la mente; justificar la existencia de la aceituna, que es la fruta más repugnante de todas; y la postura de El diccionario del agua del Diablo que es casi todo lo que la humanidad considera imposible de lograrse con la aplicación abundante de alcohol.

Si buscas defender a las personas del mundo, en nombre de la Corte de los Coperos, entonces no encontrarás mejor aliado que este libro. Y si no eres más que un espectador o espectadora curiosa, que de momento se encuentra un poco sedienta, por favor, disfruta este libro de todos modos. Muy probablemente algún trabajador de la Corte ya fue enviado a modificar tu memoria (ver: OBLIVINUM), así que más te vale disfrutar una buena bebida mientras esperas tu exoneración.

Por una continua buena salud…
BIBO ERGO SUM

CAPÍTULO UNO

Bailey Chen se estaba ocupando de unos asuntos serios.

—¿Bueno? —se tapó con un dedo el otro oído para poder escuchar mejor por el celular—. ¿Jess? ¿Sigues ahí? Te decía que creo que Divinyl está haciendo varias cosas muy interesantes con su modelo de negocios…

—¡Sí! —dijo una mujer de voz entusiasta—. ¡Genial! Entonces tal vez sepas que somos…

—«Un regreso revolucionario a la música giratoria» —recitó Bailey—. «La compañía que está trayendo el sonido retro de los vinilos a la comodidad de una plataforma móvil». Creo que eso es realmente, eh… —trató de pensar en la palabra adecuada. ¿Cool? ¿Sorprendente? ¿Qué se podía decir sobre una aplicación filtra-sonido que toma los mp3 nítidos y puros para convertirlos en una grabación estilo disco, llena de siseos y estallidos?

Cualquier cosa, se recordó, lo que fuera siempre y cuando le consiguiera una entrevista.

—Realmente innovador —dijo Bailey—. Y me encantaría visitarte y hablar contigo.

Escuchó un crujido en la línea, y Bailey se preguntó por una fracción de segundo si ésa era una falla intencional diseñada en el sistema corporativo telefónico de Divinyl o si sólo se trataba de un efecto secundario de su servicio celular de mierda.

—¡Desde luego! —dijo Jess—. Por Dios, ¿puedes creer que no hemos hablado desde la preparatoria, o algo así? Tenemos mucho de qué platicar.

—Oh —dijo Bailey—. Este, ¡sí!

Bailey sí podía creer que no se contactaran desde la preparatoria o algo así, porque no habían hablado mucho en la preparatoria. Pero tal vez Jess era una de esas personas que habían cambiado drásticamente en la universidad. Además, si Bailey conseguía el empleo, probablemente Jess sería su primera amiga de la oficina. Podrían hacer cosas de mujeres de negocios, como salir a comprar ensaladas picadas, las cuales se comerían en sus espaciosas oficinas de amplios ventanales mientras planeaban el dominio completo de su campo de mercado. Y tal vez comprarían collares lujosos por internet, porque ésa era, después de todo, su hora de comida.

Bailey sonrió. Si alguna vez había tenido una imagen mental del éxito, era ésa: comida para llevar, sentido empresarial implacable y joyería de poder.

—¿Bailey?

—Perdón, Jess, aquí estoy. Entonces, tienes tiempo en algún punto de la siguiente semana o…

—¡Bailey!

Esta vez su nombre no venía del teléfono. La cabeza de pelo enmarañado de Zane Whelan apareció sobre el otro extremo de la barra, sus lentes cuadrados relucían.

—¡Ahí estás!

«Mierda».

—Em, tengo que irme —dijo Bailey al teléfono—, pero llámame cuando tengas…

Zane funció el ceño.

—¿Estás… hablando con alguien?

—Hortensias —dijo Bailey de inmediato.

—¿Qué?

—Hortensias, glicinias, adelfa, rododendro y anturio —dijo Bailey mientras señalaba con la cabeza a la maestra de ceremonias que le sonreía de forma juguetona a una pizarra desde atrás de su micrófono—. Cinco de las, amm, de las plantas venenosas más comunes.

—¿Anturio? —Zane parpadeó—. Suena a algo salido de una película de bajo presupuesto.

Bailey se guardó el celular.

—Bueno, pues existe.

La maestra de ceremonias se paseó por el bar, lanzándoles miradas suplicantes a ambos equipos.

—Vamos, muchachos —dijo con la reverberación causada por el micrófono—. Sólo necesito cinco. Todavía les quedan veinte segundos para… ¡Sí! Tú.

El capitán del equipo de yupis se había levantado de un brinco.

—Adelfa, nochebuena, diente de…

Pero justo cuando decía «diente de león», una chicharra le ahogó la voz.

—Dah —dijo Bailey por lo bajo—. Los dientes de león son comestibles.

—¿De veras? —preguntó Zane.

—Saben bien en ensaladas.

—Lo siento —la maestra de ceremonias sacudió la cabeza cual presentadora triste de un programa de juegos—. Tal vez los dientes de león no sean deliciosos, pero no son venenosos. De hecho, son…

En silencio, Bailey artículo el resto de la oración al mismo tiempo:

—…comestibles y buenos en ensaladas.

—Órale —Zane dio unos aplausos a manera de cortesía—. Estoy impresionado.

—Ah, no es para tanto —dijo Bailey, rogando que le preguntara sobre la llamada—. Las nochebuenas no son tóxicas para los humanos a menos que te comas como quinientas hojas. Tendría que haberlo descalificado por ésa.

—Oye, tranquila. No todos en este bar se graduaron en universidades de prestigio.

Bailey se sonrojó.

—No quise decir…

Pero Zane estaba sonriendo.

—Porque ese mérito es territorio exclusivo de nuestra barback más inteligente.

Le dio una palmadita en el hombro, y Bailey trató de no encogerse.

—Ya —dijo—. Gracias.

—Y como la barback más inteligente del Bar Nightshade… —continuó Zane—, tendrías que saber que no puedes sentarte en el suelo durante un turno ajetreado.

—Lo siento, lo siento —se apresuró a decir Bailey—. Es que tenía que, amm, la música…

—¿Música? —Zane sacudió la cabeza—. Bailey, esa rocola lleva aquí probablemente desde los sesenta. No funciona en absoluto. Lo sabes.

—Cierto —dijo Bailey. A veces parecía que nada funcionaba en el Bar Nightshade, excepto Bailey. Y Zane, por supuesto.

Zane dio sobre el cristal agrietado un golpecito cariñoso a la rocola.

—En fin. No flojees, ¿de acuerdo?

—No estoy flojeando —protestó Bailey. Si había algo que no era, era una holgazana—. Sólo estoy…

—Mira, Bailey, le dije a mi tío que podías hacer el trabajo sin experiencia —dijo Zane—. Y sí puedes hacerlo. Pero si no lo haces… —se aclaró la garganta y continuó en voz baja—. No quiero tener que despedirte en tu primera semana.

Bailey sólo pudo asentir. Quería explicarle… «Perdóname, Zane, no sólo por estar buscando cualquier oportunidad para abandonar el trabajo que lograste conseguirme moviendo todas tus influencias, sino también por hacerlo en mi horario de trabajo…» pero en lugar de eso le dio la versión a medias:

—Perdón. Sí.

—Bien —Zane sonrió. Había llegado al trabajo con el atuendo de siempre: un viejo traje ceñido de tres piezas, con todo y una corbata medio floja y una camisa formal arrugada, lo cual lo hacía parecer un mafioso del Swinging London a punto de irse disparado en una motoneta de colores chillantes—. Y a cambio de eso, seguiré pagándote y actuando como tu benevolente jefe supremo.

—¡Más vasos! —Trina, la barman pelirroja que esa noche era la compañera de Zane, gritó desde el otro extremo—. Hoy, de preferencia —agregó—. Esos vasos no, Zane. Ya hiciste ese chiste hace como cinco minutos.

Zane bajó las muñecas, que fingían ofrecer sus venas.

—Todavía me parece chistoso.

—En seguida —dijo Bailey, aliviada por el repentino fin de la conversación. Se apresuró a lo largo del pequeño espacio detrás de ellos, gritando «¡Atrás de ti! ¡Atrás de ti!», mientras pasaba. Después de colocar un montón de vasos anticuados recién lavados junto a Trina, le echó una mirada a la charola de adornos.

—Gracias —dijo Trina—. Ya casi se acaban…

—Los pepinos —dijo Bailey con un movimiento de cabeza—. En seguida. Atrás de ti, atrás de ti…

—Bailey… —dijo Zane cuando pasaba detrás de él.

—¿Más toallas? —Bailey sabía que Zane nunca tenía suficientes toallas.

—Caray, eres buena —metió una cuchara en su coctelera y agitó el contenido hasta sacar espuma.

Por un lado, Bailey estaba bien capacitada para el trabajo de barback. Su pequeña estatura implicaba que podía transitar por el estrecho lugar con facilidad. Su buen ojo para los detalles y la logística le permitían resolver los problemas antes de que se volvieran problemas: la falta de rebanadas de pepino, por ejemplo. Su educación prestigiada… bueno, el bonito destapador de la Universidad de Pensilvania que había comprado le resultaba de gran utilidad. Y aunque le gustaba lo suficiente la gente, no siempre era la mejor a la hora de tratar con personas. Pero como barback no necesitaba hacerlo. Sólo necesitaba seguir distribuyendo suministros y asegurarse de que la línea fluyera sin contratiempos.

Por el otro lado, el trabajo de barback era terrible.

El vecindario Ravenswood tenía muchísimos bares, pero el Nightshade era toda una institución (lo cual en Chicago denotaba, más o menos, que era un lugar que, de manera muy obstinada, se negaba a cerrar). Las cortinas oscuras, las luces tenues y las viejas mesas cerradas de cojines esmeraldas evocaban una especie de presunción desgastada propia del famoso teatro Second City… con énfasis en desgastada, porque Bailey estaba segura de que los cojines no habían sido reemplazados al menos desde el gobierno de Carter. Pero, aunque el lugar no estaba tan de moda como para ofrecer cocteles de catorce dólares, tampoco estaba tan destartalado como para sólo vender latas baratas de cerveza clara.

A pesar de que a Bailey le parecía que Garrett Whelan no tenía ni una pizca de destreza empresarial, el Nightshade hacía buenos negocios vendiendo una variedad de cocteles a una diversidad de clientes. Entonces, en teoría, sus tareas como barback tendrían que haber sido:

1. Mantener a los bármanes bien suministrados con un flujo constante de vasos limpios, a la vez que se retiran los usados.

2. Asegurarse de que la charola de adornos esté bien abastecida en todo momento.

3. Revisar la basura regularmente y sacarla antes de que se desborde.

(Bailey trabajaba mucho mejor cuando podía establecer prioridades, de preferencia en forma de lista).

En los momentos de más actividad, no obstante, su lista se parecía mucho más a algo como esto:

1. HAZ TODO.

2. AHORA MISMO.

3. O VAS A VER.

Toda la noche, todas las noches, no dejaba de moverse. Sin importar qué tan en control de la situación estuviera, siempre había que apagar algún otro fuego.

Y luego estaban los clientes. Comenzaban la velada de manera lo suficientemente amena. Pero unas cuantas rondas tenían el mismo efecto que un viaje a la isla del placer de Pinocho: todos se volvían unos asnos.

—Va a ser un Martini para mí —masculló en su dirección una de las entusiastas más intensas del juego de trivia, después de un rato. Se inclinó sobre la barra y miró a Bailey con ojos vidriosos.

Bailey le dedicó una sonrisa paciente a la muchacha.

—Lo siento, sólo soy la barback —dijo—. No puedo preparar…

—Dos vasos de whisky con hielo —continuó la chica—. Y para Trev… ¡oye, Trev! ¿Qué quieres?

A unos pasos de distancia, Trev balbuceó.

—Ah, sí —dijo la muchacha—. Un Té Helado Long Island —con su dicción perezosa y ebria, la orden se oyó como «telao-lonail».

Bailey duplicó su aparente amabilidad con la clientela, a pesar de que su paciencia se evaporaba.

—Lo siento, señorita —dijo de nuevo—, pero soy sólo…

Zane apareció como por arte de magia.

—Señoritas —dijo con suavidad, colocándose entre su barback y los miembros del equipo de trivia «Destroza privilegio»—. Me sé uno o dos trucos acerca de cómo hacer un Long Island decente. ¿Por qué no me lo dejan a mí?

Su desempeño le resultaba cada vez más irreal a Bailey. El Zane de siempre había sido torpe y fastidioso, pero al parecer muchas cosas cambiaban cuando no veías a alguien durante cinco años. Esta versión de Zane cautivaba a sus clientes sin esfuerzo, los entretenía mientras mezclaba sus bebidas con el vigor ostentoso de un ilusionista.

«Hablando de gente que cambió desde la preparatoria», pensó Bailey, y luego despachó la idea tan pronto como había aparecido. Sí, el Zane de la preparatoria había sido el tipo de hombre que no podía admitir sus sentimientos por su mejor amiga Bailey hasta que un par de cervezas en la graduación de Luke Perez le aflojaron la lengua… y aflojaron los pantalones de Bailey. Sí, hablar con Zane hacía dos semanas había constituido una sesión de actualización incluso más incómoda que su supuesta próxima plática de «por favor, dame trabajo» con Jess. Pero no, en general, las cosas estaban bien. Zane y Bailey eran amigos de nuevo, y no era tan incómodo (lo cual era bueno). Le había dado trabajo para ayudarla a quitarse a sus padres de encima (lo cual era incluso mejor). Y si el único efecto secundario era su propio repentino suicidio social, bueno, pues que así fuera. Probablemente se lo merecía.

—Sabes —dijo Bailey—, tal vez sería bueno que me enseñes a preparar bebidas. Sólo para cuando Trina y tú estén muy ocupados —el estilo de vida del bar había causado grandes estragos en sus horarios de sueño y en su vida social, y el sueldo era una pena, pero hacerse llamar barman al menos sonaba divertido y se escucharía menos vergonzoso cuando consiguiera tener amigos de nuevo.

Zane negó con la cabeza.

—Ni loco —dijo—. No te ofendas, pero todavía no estás lista.

—¿No estoy lista? —Bailey no podía creerlo—. ¿Qué pasó con eso de «la barback más inteligente»?

—También eres nuestra única barback —dijo Zane—. Y de momento es ahí en donde te necesito. ¿De acuerdo?

Bailey trató de no hacer una mueca.

—Está bien.

Zane señaló con la cabeza el lugar vacío a sus espaldas, el cual tendría que estar ocupando Trina.

—Por un rato va a estar un poquito movido —dijo—. Trina va a salir a fumarse un cigarro.

«Ah, sí», pensó Bailey. «No sería una noche en el Nightshade sin que uno de los empleados se tomara un descanso sospechosamente largo para fumar justo a la hora de más movimiento». Todos los bármanes, incluso Zane, por lo general, se retiraban durante sus turnos, dejando a Bailey y al otro barman al mando del barco… lo cual, bueno sí, beber y fumar sí van de la mano. Pero en lo que a ella respectaba, nadie del personal del bar fumaba: no había olor a tabaco, ni dientes amarillos ni manchas desgastadas con forma de cajetilla en los bolsillos.

—Zane —preguntó lentamente—, ¿tienes fuego?

—¿Qué? No. ¿Por qué?

«Interesante», pensó Bailey.

—Por nada —dijo—. ¿Qué necesitas que haga?

Zane hizo una mueca.

—Perdón por pedírtelo…

El corazón de Bailey dio un vuelco. Zane era incapaz de disimular. Lo que fuera que estaba a punto de decir, sería desagradable. Pero infortunadamente «desagradable» era su trabajo.

—¿Qué es? —preguntó—. Escúpelo.

—Qué chistoso que lo digas así —dijo Zane—. Parece que alguien se estuvo sintiendo un poco, amm, suelto. El baño de mujeres…

—¿Qué tan mal?

Zane sonrió ligeramente.

—Casi le atina.

—¡Oye! ¡Trajeado! —gritó un fan de los Chicago Cubs—. ¡Estamos sedientos por aquí!

Zane le hizo un gesto con la cabeza.

—Lo siento —dijo—. En verdad lo siento —y luego se alejó, agarrando de camino una coctelera y un vaso de hielo.

Bailey pasó media hora tallando el baño para darle un brillo decente, aunque sabía que alguien se encargaría de deshacer todo su esfuerzo en cuanto guardara la cubeta y el trapeador. Probablemente habría podido regresar a la barra mucho antes de haber hecho el trabajo a medias, pero la atención a los detalles estaba tan bien tejida en su ADN que no podía dejar las cosas incompletas, sin importar cuán estúpidas o asquerosas fueran. Para cuando se reunió con Zane en la línea, el maldito baño estaba resplandeciente.

El juego de trivia perdía energía mientras Bailey se metía detrás de la barra; aunque había estado revoloteando de un lado a otro toda la noche, seguía respondiendo más preguntas en su mente que la mayoría de los equipos, titubeando sólo en el área de literatura clásica. «Y qué si no he leído todos los libros», pensó Bailey. Las trivias sólo eran una prueba de retención de información, y su cerebro era tan absorberte como una esponja.

«Además, soy una emprendedora. ¡Lo que podría hacer en el ambiente adecuado!», pensó mientras rellenaba los contenedores de popotes, sin que se lo pidieran.

Con un golpe que hizo que los vasos de las repisas se estremecieran, Trina volvió de su breve descanso (definitivamente sin olor a cigarro, notó Bailey), y más gente salió. Aproximadamente media hora antes del cierre sólo quedaban unos cuantos clientes. Zane mandó a Trina temprano a casa, con lo que Bailey y él se quedaron solos para cerrar.

—Estuvo divertido —dijo, como si se acabara de bajar de la mejor montaña rusa de su vida.

Bailey lo miró de reojo, asegurándose de que hubiera distancia suficiente entre ella y este loco.

—Ay, en serio —dijo él—. ¿No te pareció una noche divertida tras la trinchera? —adoptó una posición juguetona de boxeador y tiró un gancho al aire.

—No se practicaba box en las trincheras —respondió ella—. Tenían armas de bombardeo de largo alcance. ¿Puedes imitar un obús?

—En cuanto me entere de qué es —dijo Zane—. ¿Me estás diciendo que las horas pico no te estimulan? ¿Ni siquiera un chorrito de adrenalina?

—Zane, la adrenalina es algo que tu cuerpo produce para salvarte de una muerte terrible —azotó una copa de Martini sobre la barra, la cual Zane agarró de inmediato para secarla. En conjunto trabajaban como en una línea de producción—. Y no —continuó Bailey—, no es divertido. No se supone que los empleos sean divertidos. Por eso son empleos.

—No se supone que lo sean, pero eso no significa que no puedan serlo, ¿o sí?

Bailey gruñó.

—Bueno, mira —dijo Zane—. ¿Quieres salir ahorita? Algunos bármanes de la ciudad y yo solemos ir a la Parrilla de Nerón… te acuerdas de ese lugar, ¿no?

Bailey apenas tuvo tiempo de asentir.

—Y tienes que conocer a un amigo que trabaja en Boystown y, más importante, a mi novi…

Con eso Bailey le dedicó toda su atención, pero Zane observaba su celular con el ceño fruncido. Lo que fuera que leía le había apagado la sonrisa.

—¿Qué pasa? —dijo ella, más interesada en la oración inacabada que en lo que Zane veía en su teléfono. Bailey creía saber cómo terminaba esa palabra que empezaba con «novi», y ...