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LUNA (EN LA OSCURIDAD 1)

Ana Coello  

5


Fragmento

—¿Por qué diablos te comportas como si nada te importara? —El golpe seco que dio en la mesa logró que lo encarara. Dios, estaba tan cansada de todo esto, pero no había mucho que pudiera hacer para cambiarlo, no aún.

—No es eso, papá… Sólo no sé qué decirte —musité intentado sonar conciliadora. Entornó los ojos, negando con molestia. No me asustaba, aunque tampoco me hacía sentir cómoda, si alguien me hubiera preguntado. Lo cierto es que me sentía culpable por saberlo así, sin ella.

—Papá, yo tampoco tenía ganas de ir, la casa de los abuelos es muy aburrida y teníamos mucha tarea. No te enojes —le pidió Bea, mi hermana menor que, aunque tenía catorce años, muchas veces parecía demasiado suspicaz y madura. Poseía un carácter chispeante, fresco, que iluminaba nuestros días. Siempre hacía eso, interceder a mi favor.

La miré agradecida, ella me regaló una sonrisa de complicidad apenas perceptible. Mi padre, al escucharla, frunció el ceño. Bea se levantó con dulzura desbordada, se acercó a él colocando una mano sobre su antebrazo buscando sus ojos y le sonrió con su peculiar candidez. Lo manejaba sin problema, y a mí también, debo admitir.

—No fue su culpa, yo fui la que dijo que no quería ir —mintió. Él la evaluó desconcertado, escéptico. Bajé la vista hasta mi ración, sentía cómo me escrutaba. No le creía y es que ella siempre deseaba ir, visitarlos y era yo la que solía buscar algún pretexto para no hacerlo.

—Está bien —escuché al fin. Aunque casi suelto un suspiro, me logré contener—. Pero no quiero que vuelva a suceder —advirtió con autoridad. Cuando se dirigía a ella su voz era dulce y aterciopelada, muy diferente de cuando me hablaba a mí—. Bea, tus abuelos quieren verlas, una vez al mes me parece que no es mucho pedir. Recuerda que a tu madre —en cuanto la nombró sentí el ya tan familiar dolor en el estómago— le hubiera gustado que convivieran con ellos, son sus padres y ustedes son lo único que les queda de ella. Ésa es una de las razones por las que estamos aquí —le recordó con un tono ausente y atormentado.

—Lo sé, papá, no volverá a suceder. ¿De acuerdo? Les marcaremos para disculparnos. ¿No es así, Sara? —me apremió.

Asentí enseguida.

Escuché cómo ella le daba un beso apretujado.

Aún no me animaba a levantar la vista. Las sillas se deslizaron y enseguida supe que ambos ya estaban listos para comenzar la nada divertida cena. Veinte minutos después apenas si pude probar bocado, sin embargo, no le iba a dar más motivos para que me sermoneara nuevamente. Ya había tenido mi dosis y tampoco era masoquista.

Bea y papá tenían una relación muy singular en la cual yo salía sobrando. Sabía que si «ella» aún viviera, las cosas serían completamente diferentes. Pero no era así, murió tres años atrás y ahora vivíamos esa vida que en lo absoluto se parecía a la que se vislumbraba en aquel entonces.

Subí las largas escaleras arrastrando los pies. Al llegar a la planta alta solté un suspiro y continúe mi camino hasta mi recámara que colindaba con la de Bea. Una estaba al lado de la otra y las unía un mismo baño que era nuestra «zona neutral». Así la denominamos desde el primer día; un espacio de ambas, pero que no le pertenecía a ninguna.

Me puse la piyama, me quité el rímel, lavé mis dientes y mi rostro, serena. Diez minutos después, una vez acostada, tomé mi reproductor y puse a todo volumen Kasabian, un grupo lo suficientemente estridente como para no permitirme pensar y así lograr evadir todos los recuerdos dolorosos y recurrentes que martillaban mi cabeza sin piedad.

Desperté con el sonido de la alarma del celular. El pequeño aparato que me ayudó a conciliar el sueño yacía en el piso, justo a un lado de mi cama matrimonial.

Me desperecé sintiendo nuevos bríos. Era agosto, hacía una semana que habíamos entrado de nuevo a clases y cursaba mi último año de bachillerato, como lo llamaban aquí en México. Martes, un día común pero que más valía enfrentar con buena cara, y eso haría.

Si aún continuáramos viviendo en Vancouver —lugar donde nací hace casi 18 años—, me faltarían dos años y no uno para terminar el High School, pero eso era bueno, mi tiempo en esa casa terminaría pronto y me iría lejos, cosa que no sólo me daría ánimos a mí, sino también a Gabriele, mi padre. Pese a que nunca decía nada y se dedicaba a darme todo lo que su buena posición me podía proporcionar, sabía que en los últimos tres años mi presencia le causaba un enorme dolor. Entre que me culpaba, con cierta razón, por la muerte de mi madre, y entre mi innegable parecido con ella, era evidente que le resultaba bastante incómoda mi estadía allí.

Me bañé de prisa. Me puse lo primero que encontré. Acomodé mis grandes rizos para que a mitad de la mañana y con la humedad que caracterizaba esta época del año en Guadalajara, no fuera a parecer más un micrófono que otra cosa. Me pinté las pestañas, tomé mi mochila y bajé rápidamente. El desayuno ya estaba servido.

—Hola, Aurora —saludé sonriendo apenas, relajada.

Papá la contrató casi desde que nos mudamos aquí. Se encargaba, junto con Rita, de la limpieza, aunque en realidad ella era la que dirigía todo, incluidas a Bea y a mí, mientras que Rita se dedicaba a seguir sus órdenes sin chistar.

—Hola, Sara. ¿Ya despertó Bea? —preguntó de forma casual. Me senté frente a unos enormes hot cakes y un jugo de naranja recién exprimido. Aún no me acostumbraba a desayunar de esa forma tan vasta a tan tempranas horas, sin embargo, Aurora era muy estricta y no nos permitía salir de casa sin engullir lo que ella había dispuesto para nosotras, y para mí, cuando se trataba de comida, la verdad, no tenía mucho freno. Ella era lo más cercano a una madre, así que jamás buscábamos hacerla enojar.

—Sí, escuché la regadera justo cuando salía de la recámara.

—Espero que ya no tarde, como suele hacerlo. Dime, ¿qué tal tu noche? —Ahora sí me miraba, mientras bebía un largo sorbo de café. Sabía que había escuchado el regaño de mi padre, pasaba con regularidad, aunque no a diario y eso la preocupaba. Encogí los hombros, indiferente, picaba mi desayuno.

—Bien… Llovió, ¿no es así? —Sonrió entornando los ojos. Asintió buscando otra cosa en que entretenerse, gesto que le agradecí.

Tiempo atrás ella había decidido que si Bea era la favorita de papá, entonces yo sería la suya, y pese a que nos trataba con igualdad, era evidente que le gustaba suavizarme las cosas.

Media hora después llegué al colegio. Estacioné mi auto y corrí al salón. Siete y treinta era la hora de entrada, llegué a tiempo, y lo comprendí al ver que todos estaban conversando aún en los pasillos.

Entré al salón agitada, estaba en el cuarto piso. La escuela era enorme, a veces eso era un inconveniente si salía con el tiempo justo. Aún no llegaba la maestra. Solté el aire haciéndome a un lado los rizos que se cruzaban por mi frente gracias a la carrera que sostuve.

Romina, mi mejor amiga, me vio desde el extremo izquierdo del salón y agitó la mano para que me acercara. Como siempre, no estaba sola, pero despachó enseguida a los chicos que la rodeaban. Le sonreí agradecida y caminé entre las bancas. Unos cuantos compañeros me saludaron mientras avanzaba.

Parecía inquieta, más de la cuenta pude notar, aunque no me preocupaba, ya que pronto sabría el motivo. Ella tenía una personalidad extrovertida, por lo que era común encontrarla dando brinquitos o gritando con efusividad.

Éramos lo opuesto en muchos sentidos y supongo que de ahí venía nuestra afinidad. Su cabello color canela perfectamente alisado caía hasta la cintura; mientras el mío, castaño oscuro, me llegaba a los hombros y siempre lucía hecho un desastre. Se maquillaba discreta y hábilmente, de manera que dejaba la duda de si así se levantaba cada mañana. De la misma estatura que yo, uno sesenta y ocho, pero con un cuerpo no delgado y escueto como el mío, sino torneado y atlético, el cual, además, sabía perfectamente cómo lucir.

Teníamos tres años de conocernos, desde el último grado de secundaria. De hecho, gracias a ella fue que ingresé en esa escuela, y aun así, no podía evitar siempre sentirme fuera de lugar a su lado. La quería tanto como ella a mí, por ello, no nos habíamos separado en todo ese tiempo pese a ser tan distintas.

—Hola, gracias. —Señalé el sitio que apartó y donde estaba cuidadosamente acomodado su bolso. Levantó los hombros sin darle mucha importancia.

—Ayer ya no contestaste mi mensaje —se quejó. Fruncí el ceño, ¿de qué hablaba? Giró los ojos, sonriendo—. De veras, Sara, ¿en dónde tienes la cabeza? Te lo mandé como a las nueve. Moría por llamarte, pero supuse que a Gabriele no le gustaría mucho que lo hiciera.

—Y qué bueno que te contuviste, tuve problemas en la cena. —Se acercó a mí y colocó una mano comprensiva sobre mi antebrazo, olvidando mágicamente su reclamo por mi falta de consideración y su obsesión con el celular.

—¿De nuevo?

—Sí, ya sabes que él es así… —lo justifiqué resignada. Asintió evaluándome no muy convencida. No le podía mentir, jamás lo había hecho, sabía todo de mí y yo, todo de ella.

—Sí, pero se pasa, ¿ahora por qué fue? Deja… —Levantó la mano, callándome antes de que hubiera abierto la boca—. Se posó una mosca en su comida y juró que tú con tus poderes telepáticos la pusiste ahí a propósito —se burlaba, no con alegría sino molesta. Entorné los ojos negando.

—No exageres. Sí es…

—No lo disculpes, Sara, por favor. ¿Qué sucedió? —me interrogó arqueando una ceja. Le narré rápidamente el porqué de la discusión y asintió más tranquila.

—OK, esta vez puede…. sólo estoy diciendo que «puede» ser que como buen adulto se molestara porque no fueron con sus abuelos.

—Lo sé, pero ni Bea ni yo lo recordamos —me defendí sinceramente.

—Qué raro, tú siempre estás atenta y difícilmente olvidas algo —musitó.

Entrecerré los ojos dedicándole una mortífera mirada debido a su tono cargado de sarcasmo. Sin embargo, no pude excusarme, era cierto; solía ser despistada y poco atenta a lo que no me interesaba. En ese momento llegó la maestra, por lo que la conversación terminó y no hablamos más hasta que la clase acabó.

—¿Te podrías tomar la molestia de siquiera prender tu celular y revisar lo que te mandé ayer? Sé que no te importa, pero finge que sí. —Me guiñó un ojo mientras caminábamos fuera del salón.

Saqué el celular de la mochila y lo encendí. Esperé y enseguida entraron mensajes, evidentemente varios eran de ella.

—¡Ves! Ahí está. Aunque si hubiera sido una emergencia probablemente ya estaría en mi velorio y no te hubieras enterado.

—Qué quejosa eres… —Reí por ese dramatismo inherente a ella y lo leí mientras caminábamos juntas.

«Parece que se vislumbran nuevos horizontes, abre bien los ojos, puede que ahora sí llegue lo merecido».

La miré arrugando la nariz. Qué poética. ¿Eso era tan importante? Ni siquiera entendía sus analogías.

—¿Qué? —me preguntó como si el mensaje fuera de lo más claro.

—Eres increíble, Romina, ¿de qué horizontes hablas? Deberías de ponerte a hacer algo de provecho en vez de estarme mandado mensajes que ni siquiera comprendo y dejar de fingir que escribes poesía —la regañé.

Me detuvo en medio del pasillo para acercarnos a la cromada barandilla y no estorbar.

—Sara, «horizontes», «perspectivas». —Intentó hacerme ver. No, no la entendía. Giré los ojos—. Chicos nuevos, Sara, chicos nuevos —soltó exasperada.

Refunfuñé, soltando un bufido. Algo así debía de ser, eso era a lo que ella se dedicaba. Ya había tenido más novios de los que podía contar con los dedos de mis manos y parecía que siempre estaba decidida a incrementar su lista. Me zafé y continúe caminando.

—Eso qué tiene de novedoso, Romina, aquí entran chicos nuevos cada año, a veces a mitad del ciclo. Mejor estudia para que salgas en listas de la universidad.

—Deja eso. Me topé en Messenger con Lorena y me dijo que ayer, casi a la hora de la salida, vinieron aquí a la escuela tres chicos, dos hombres y una mujer, de bastante buen ver.

—¿Y…?

—¿Cómo que «y»? Pues que puede ser que sin querer nos conozcamos.

—Eso es poco probable, no sabes ni siquiera si entraron, si van para licenciatura. En serio, deja eso ya —le rogué con hastío. Negó de inmediato.

—Lorena dice que la secretaria de la prepa les estaba mostrando las instalaciones y, además, ella misma le preguntó cuando se fueron. Dice Lorena que de verdad están para comérselos. —Parecía muy emocionada. Ya casi llegábamos a mi salón, y esa clase no la tomábamos juntas.

—Y me imagino que mueres por saber si Lorena exageró.

—Obviamente, además, a esta escuela le urge sangre nueva, ya me harté de las mismas caras.

—Gracias… —dije sarcástica. Soltó una carcajada entendiendo mi ironía.

—Eres imposible, no sé ni para que te hablo sobre mis nuevos horizontes, parece que tú jamás volverás a tener novio, si es que ese remedo, de cuando íbamos en primer semestre, cuenta. —Recordé a Jorge. ¡Puaj! Torcí la boca.

—¿Por qué lo tienes que mencionar? —pregunté fastidiada. Eso fue patético.

—Porque es mi

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