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LUNA (EN LA OSCURIDAD 1)

Ana Coello

5


Fragmento

—¿Por qué diablos te comportas como si nada te importara? —El golpe seco que dio en la mesa logró que lo encarara. Dios, estaba tan cansada de todo esto, pero no había mucho que pudiera hacer para cambiarlo, no aún.

—No es eso, papá… Sólo no sé qué decirte —musité intentado sonar conciliadora. Entornó los ojos, negando con molestia. No me asustaba, aunque tampoco me hacía sentir cómoda, si alguien me hubiera preguntado. Lo cierto es que me sentía culpable por saberlo así, sin ella.

—Papá, yo tampoco tenía ganas de ir, la casa de los abuelos es muy aburrida y teníamos mucha tarea. No te enojes —le pidió Bea, mi hermana menor que, aunque tenía catorce años, muchas veces parecía demasiado suspicaz y madura. Poseía un carácter chispeante, fresco, que iluminaba nuestros días. Siempre hacía eso, interceder a mi favor.

La miré agradecida, ella me regaló una sonrisa de complicidad apenas perceptible. Mi padre, al escucharla, frunció el ceño. Bea se levantó con dulzura desbordada, se acercó a él colocando una mano sobre su antebrazo buscando sus ojos y le sonrió con su peculiar candidez. Lo manejaba sin problema, y a mí también, debo admitir.

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—No fue su culpa, yo fui la que dijo que no quería ir —mintió. Él la evaluó desconcertado, escéptico. Bajé la vista hasta mi ración, sentía cómo me escrutaba. No le creía y es que ella siempre deseaba ir, visitarlos y era yo la que solía buscar algún pretexto para no hacerlo.

—Está bien —escuché al fin. Aunque casi suelto un suspiro, me logré contener—. Pero no quiero que vuelva a suceder —advirtió con autoridad. Cuando se dirigía a ella su voz era dulce y aterciopelada, muy diferente de cuando me hablaba a mí—. Bea, tus abuelos quieren verlas, una vez al mes me parece que no es mucho pedir. Recuerda que a tu madre —en cuanto la nombró sentí el ya tan familiar dolor en el estómago— le hubiera gustado que convivieran con ellos, son sus padres y ustedes son lo único que les queda de ella. Ésa es una de las razones por las que estamos aquí —le recordó con un tono ausente y atormentado.

—Lo sé, papá, no volverá a suceder. ¿De acuerdo? Les marcaremos para disculparnos. ¿No es así, Sara? —me apremió.

Asentí enseguida.

Escuché cómo ella le daba un beso apretujado.

Aún no me animaba a levantar la vista. Las sillas se deslizaron y enseguida supe que ambos ya estaban listos para comenzar la nada divertida cena. Veinte minutos después apenas si pude probar bocado, sin embargo, no le iba a dar más motivos para que me sermoneara nuevamente. Ya había tenido mi dosis y tampoco era masoquista.

Bea y papá tenían una relación muy singular en la cual yo salía sobrando. Sabía que si «ella» aún viviera, las cosas serían completamente diferentes. Pero no era así, murió tres años atrás y ahora vivíamos esa vida que en lo absoluto se parecía a la que se vislumbraba en aquel entonces.

Subí las largas escaleras arrastrando los pies. Al llegar a la planta alta solté un suspiro y continúe mi camino hasta mi recámara que colindaba con la de Bea. Una estaba al lado de la otra y las unía un mismo baño que era nuestra «zona neutral». Así la denominamos desde el primer día; un espacio de ambas, pero que no le pertenecía a ninguna.

Me puse la piyama, me quité el rímel, lavé mis dientes y mi rostro, serena. Diez minutos después, una vez acostada, tomé mi reproductor y puse a todo volumen Kasabian, un grupo lo suficientemente estridente como para no permitirme pensar y así lograr evadir todos los recuerdos dolorosos y recurrentes que martillaban mi cabeza sin piedad.

Desperté con el sonido de la alarma del celular. El pequeño aparato que me ayudó a conciliar el sueño yacía en el piso, justo a un lado de mi cama matrimonial.

Me desperecé sintiendo nuevos bríos. Era agosto, hacía una semana que habíamos entrado de nuevo a clases y cursaba mi último año de bachillerato, como lo llamaban aquí en México. Martes, un día común pero que más valía enfrentar con buena cara, y eso haría.

Si aún continuáramos viviendo en Vancouver —lugar donde nací hace casi 18 años—, me faltarían dos años y no uno para terminar el High School, pero eso era bueno, mi tiempo en esa casa terminaría pronto y me iría lejos, cosa que no sólo me daría ánimos a mí, sino también a Gabriele, mi padre. Pese a que nunca decía nada y se dedicaba a darme todo lo que su buena posición me podía proporcionar, sabía que en los últimos tres años mi presencia le causaba un enorme dolor. Entre que me culpaba, con cierta razón, por la muerte de mi madre, y entre mi innegable parecido con ella, era evidente que le resultaba bastante incómoda mi estadía allí.

Me bañé de prisa. Me puse lo primero que encontré. Acomodé mis grandes rizos para que a mitad de la mañana y con la humedad que caracterizaba esta época del año en Guadalajara, no fuera a parecer más un micrófono que otra cosa. Me pinté las pestañas, tomé mi mochila y bajé rápidamente. El desayuno ya estaba servido.

—Hola, Aurora —saludé sonriendo apenas, relajada.

Papá la contrató casi desde que nos mudamos aquí. Se encargaba, junto con Rita, de la limpieza, aunque en realidad ella era la que dirigía todo, incluidas a Bea y a mí, mientras que Rita se dedicaba a seguir sus órdenes sin chistar.

—Hola, Sara. ¿Ya despertó Bea? —preguntó de forma casual. Me senté frente a unos enormes hot cakes y un jugo de naranja recién exprimido. Aún no me acostumbraba a desayunar de esa forma tan vasta a tan tempranas horas, sin embargo, Aurora era muy estricta y no nos permitía salir de casa sin engullir lo que ella había dispuesto para nosotras, y para mí, cuando se trataba de comida, la verdad, no tenía mucho freno. Ella era lo más cercano a una madre, así que jamás buscábamos hacerla enojar.

—Sí, escuché la regadera justo cuando salía de la recámara.

—Espero que ya no tarde, como suele hacerlo. Dime, ¿qué tal tu noche? —Ahora sí me miraba, mientras bebía un largo sorbo de café. Sabía que había escuchado el regaño de mi padre, pasaba con regularidad, aunque no a diario y eso la preocupaba. Encogí los hombros, indiferente, picaba mi desayuno.

—Bien… Llovió, ¿no es así? —Sonrió entornando los ojos. Asintió buscando otra cosa en que entretenerse, gesto que le agradecí.

Tiempo atrás ella había decidido que si Bea era la favorita de papá, entonces yo sería la suya, y pese a que nos trataba con igualdad, era evidente que le gustaba suavizarme las cosas.

Media hora después llegué al colegio. Estacioné mi auto y corrí al salón. Siete y treinta era la hora de entrada, llegué a tiempo, y lo comprendí al ver que todos estaban conversando aún en los pasillos.

Entré al salón agitada, estaba en el cuarto piso. La escuela era enorme, a veces eso era un inconveniente si salía con el tiempo justo. Aún no llegaba la maestra. Solté el aire haciéndome a un lado los rizos que se cruzaban por mi frente gracias a la carrera que sostuve.

Romina, mi mejor amiga, me vio desde el extremo izquierdo del salón y agitó la mano para que me acercara. Como siempre, no estaba sola, pero despachó enseguida a los chicos que la rodeaban. Le sonreí agradecida y caminé entre las bancas. Unos cuantos compañeros me saludaron mientras avanzaba.

Parecía inquieta, más de la cuenta pude notar, aunque no me preocupaba, ya que pronto sabría el motivo. Ella tenía una personalidad extrovertida, por lo que era común encontrarla dando brinquitos o gritando con efusividad.

Éramos lo opuesto en muchos sentidos y supongo que de ahí venía nuestra afinidad. Su cabello color canela perfectamente alisado caía hasta la cintura; mientras el mío, castaño oscuro, me llegaba a los hombros y siempre lucía hecho un desastre. Se maquillaba discreta y hábilmente, de manera que dejaba la duda de si así se levantaba cada mañana. De la misma estatura que yo, uno sesenta y ocho, pero con un cuerpo no delgado y escueto como el mío, sino torneado y atlético, el cual, además, sabía perfectamente cómo lucir.

Teníamos tres años de conocernos, desde el último grado de secundaria. De hecho, gracias a ella fue que ingresé en esa escuela, y aun así, no podía evitar siempre sentirme fuera de lugar a su lado. La quería tanto como ella a mí, por ello, no nos habíamos separado en todo ese tiempo pese a ser tan distintas.

—Hola, gracias. —Señalé el sitio que apartó y donde estaba cuidadosamente acomodado su bolso. Levantó los hombros sin darle mucha importancia.

—Ayer ya no contestaste mi mensaje —se quejó. Fruncí el ceño, ¿de qué hablaba? Giró los ojos, sonriendo—. De veras, Sara, ¿en dónde tienes la cabeza? Te lo mandé como a las nueve. Moría por llamarte, pero supuse que a Gabriele no le gustaría mucho que lo hiciera.

—Y qué bueno que te contuviste, tuve problemas en la cena. —Se acercó a mí y colocó una mano comprensiva sobre mi antebrazo, olvidando mágicamente su reclamo por mi falta de consideración y su obsesión con el celular.

—¿De nuevo?

—Sí, ya sabes que él es así… —lo justifiqué resignada. Asintió evaluándome no muy convencida. No le podía mentir, jamás lo había hecho, sabía todo de mí y yo, todo de ella.

—Sí, pero se pasa, ¿ahora por qué fue? Deja… —Levantó la mano, callándome antes de que hubiera abierto la boca—. Se posó una mosca en su comida y juró que tú con tus poderes telepáticos la pusiste ahí a propósito —se burlaba, no con alegría sino molesta. Entorné los ojos negando.

—No exageres. Sí es…

—No lo disculpes, Sara, por favor. ¿Qué sucedió? —me interrogó arqueando una ceja. Le narré rápidamente el porqué de la discusión y asintió más tranquila.

—OK, esta vez puede…. sólo estoy diciendo que «puede» ser que como buen adulto se molestara porque no fueron con sus abuelos.

—Lo sé, pero ni Bea ni yo lo recordamos —me defendí sinceramente.

—Qué raro, tú siempre estás atenta y difícilmente olvidas algo —musitó.

Entrecerré los ojos dedicándole una mortífera mirada debido a su tono cargado de sarcasmo. Sin embargo, no pude excusarme, era cierto; solía ser despistada y poco atenta a lo que no me interesaba. En ese momento llegó la maestra, por lo que la conversación terminó y no hablamos más hasta que la clase acabó.

—¿Te podrías tomar la molestia de siquiera prender tu celular y revisar lo que te mandé ayer? Sé que no te importa, pero finge que sí. —Me guiñó un ojo mientras caminábamos fuera del salón.

Saqué el celular de la mochila y lo encendí. Esperé y enseguida entraron mensajes, evidentemente varios eran de ella.

—¡Ves! Ahí está. Aunque si hubiera sido una emergencia probablemente ya estaría en mi velorio y no te hubieras enterado.

—Qué quejosa eres… —Reí por ese dramatismo inherente a ella y lo leí mientras caminábamos juntas.

«Parece que se vislumbran nuevos horizontes, abre bien los ojos, puede que ahora sí llegue lo merecido».

La miré arrugando la nariz. Qué poética. ¿Eso era tan importante? Ni siquiera entendía sus analogías.

—¿Qué? —me preguntó como si el mensaje fuera de lo más claro.

—Eres increíble, Romina, ¿de qué horizontes hablas? Deberías de ponerte a hacer algo de provecho en vez de estarme mandado mensajes que ni siquiera comprendo y dejar de fingir que escribes poesía —la regañé.

Me detuvo en medio del pasillo para acercarnos a la cromada barandilla y no estorbar.

—Sara, «horizontes», «perspectivas». —Intentó hacerme ver. No, no la entendía. Giré los ojos—. Chicos nuevos, Sara, chicos nuevos —soltó exasperada.

Refunfuñé, soltando un bufido. Algo así debía de ser, eso era a lo que ella se dedicaba. Ya había tenido más novios de los que podía contar con los dedos de mis manos y parecía que siempre estaba decidida a incrementar su lista. Me zafé y continúe caminando.

—Eso qué tiene de novedoso, Romina, aquí entran chicos nuevos cada año, a veces a mitad del ciclo. Mejor estudia para que salgas en listas de la universidad.

—Deja eso. Me topé en Messenger con Lorena y me dijo que ayer, casi a la hora de la salida, vinieron aquí a la escuela tres chicos, dos hombres y una mujer, de bastante buen ver.

—¿Y…?

—¿Cómo que «y»? Pues que puede ser que sin querer nos conozcamos.

—Eso es poco probable, no sabes ni siquiera si entraron, si van para licenciatura. En serio, deja eso ya —le rogué con hastío. Negó de inmediato.

—Lorena dice que la secretaria de la prepa les estaba mostrando las instalaciones y, además, ella misma le preguntó cuando se fueron. Dice Lorena que de verdad están para comérselos. —Parecía muy emocionada. Ya casi llegábamos a mi salón, y esa clase no la tomábamos juntas.

—Y me imagino que mueres por saber si Lorena exageró.

—Obviamente, además, a esta escuela le urge sangre nueva, ya me harté de las mismas caras.

—Gracias… —dije sarcástica. Soltó una carcajada entendiendo mi ironía.

—Eres imposible, no sé ni para que te hablo sobre mis nuevos horizontes, parece que tú jamás volverás a tener novio, si es que ese remedo, de cuando íbamos en primer semestre, cuenta. —Recordé a Jorge. ¡Puaj! Torcí la boca.

—¿Por qué lo tienes que mencionar? —pregunté fastidiada. Eso fue patético.

—Porque es mi única referencia. Ya, Sara, en serio. ¿Tuviste alguna experiencia traumática o…?

Le tapé la boca para callarla antes de que su imaginación volara de esa forma tan desmesurada. Sí, mi amiga estaba loca.

—Nada, no me pasó nada, deja de imaginar tonterías. Es sólo que me iré, ya lo sabes. Además, no es como que tenga una fila detrás de mí —le recordé. Su gesto cambió, me evaluaba incrédula, seria.

—De verdad vives en otro mundo, amiga. En fin, quién soy yo para sacarte de ahí. Por mí mejor, entre menos competencia… —Dejó la frase al aire, como solía. El maestro entró en ese momento y lo seguí sacudiendo la cabeza mientras veía cómo Romina se alejaba.

Me senté donde acostumbraba, entre Gael y Eduardo. Me saludaron sonriendo. Aunque no eran mis mejores amigos, sí podían ostentar el título de «amigos a secas». Con recurrencia íbamos a lugares juntos y se sentaban en la misma mesa que Romina y yo a la hora de los descansos. El primero era simpático y abierto, de hecho mi mejor amiga y él eran muy similares. Aún no comprendía por qué jamás hubo algo entre ellos, estaba convencida de que su noviazgo sería ideal. El segundo era más callado, pero lo suficientemente parlanchín como para que de vez en cuando me mareara con sus intentos por hacer notar su enorme inteligencia y sentido del humor.

—¿Vas a la cafetería, Sara? —me preguntó Gael. Asentí mientras guardaba mi cuaderno en la mochila. La hora no se pasó tan rápido como hubiese querido, pero por fin había terminado—. Te acompañamos —anunció sin preguntarle a Eduardo si estaba de acuerdo.

Romina se encontraba en la mesa de siempre, del lado izquierdo, casi al fondo, junto a Lorena y Sofía, ambas eran más amigas suyas que mías, pero igual nos llevábamos bien, aunque no podía evitar sentir que no comprendían qué tenía en común alguien como Romina con alguien como yo. No las condenaba, pues yo misma no lo entendía.

El lugar era un bodegón de altos techos blancos, muy grande. En el ala derecha se encontraban diferentes locales con diversos tipos de comida casera y chatarra, para poder complacer a los más de tres mil alumnos que el plantel tenía. Del lado izquierdo, justo pegado a la puerta, había un vidrio gigante de piso a techo que fungía como división con el exterior. Caminé hasta ella, despreocupada.

—¿Quieres algo? —me preguntó Eduardo sacándome de mi ensimismamiento, no recordaba que venían a mi lado. Negué sonriendo, y le agradecí con la mirada.

Al llegar, las tres hablaban animadas, en cuanto me senté supe la razón: los chicos nuevos. Qué fastidio, pensé. En serio a ellas las hormonas las tenían completamente prisioneras.

De forma descuidada dejé mi mochila a un lado, y decidí escucharlas, ya que sabía que en cuanto los hombres llegaran se callarían. Sofía moría por Gael, como varias más, así que siempre pululaba a su alrededor buscando llamar su atención, cuando estaba cerca se convertía en algo así como un perrito chihuahueño: siempre tensa y bastante consentida. No entendía por qué no cambiaba de estrategia, todos nos dábamos cuenta de que él no recibía los mensajes como ella quería, o por lo menos eso suponía…

—No, Romina, no tienes idea de lo que hablo. Ambos eran altos, mucho. No te puedo decir cuál me gustó más, supongo que el de cabello negro, tenía una mirada… —Se abanicó el rostro fingiendo tener calor.

Elevé las cejas a punto de soltar una carcajada, me contuve, no quería pasar la delgada línea que había entre ellas y yo, así que me mordí la lengua y mantuve mi fachada de indiferencia.

—¿En serio? ¿Cómo son? Cuenta, cuenta, no te hagas la difícil —le urgió. Romina estaba verdaderamente intrigada. Casi giro los ojos, es que eran exageradas y ya debía de estar acostumbrada a eso.

Dirigí mi atención de nuevo a Lorena. Ésta suspiró dramatizando el gesto y fingió pensar detenidamente. Me encontré de pronto muy atenta, había conseguido con toda su producción intrigarme. No era que quisiera saber cómo eran esos chicos tan irresistibles, sino que sus reacciones melodramáticas siempre lograban crear el ambiente que se proponía y en ese momento su objetivo era mantenernos en suspenso.

Alzó una de las manos contemplando sus uñas cuidadosamente pintadas de naranja fluorescente, y luego volvió a levantar la vista.

—Como… un actor de Hollywood. —Las otras dos quedaron más interesadas después de aquella declaración. Me debatí entre levantarme e ir a adelantar alguna tarea en mi computadora o terminar de escuchar la cantidad de banalidades que hablaban entre ellas. Al girar hacia Romina y notar la advertencia en su mirada ante lo que supuso que pensaba hacer, me incliné por la segunda opción, no quería una letanía de media hora.

—¿Crees que entren? —preguntó Sofía, excitada.

—Es un hecho. Raquel, la secretaria del campus, me dijo que sí, pero mañana o pasado. Sé que no me creen… —Me miró desafiante—. Pero cuando los vean sabrán de qué hablo, aunque eso sí… —bajó la voz hasta casi un susurro mientras hacía que nos acercáramos más a ella—, los tres, incluida la chica que por cierto no se queda atrás, me dieron escalofríos.

¡No, ahora sí quería reír hasta que me doliera el estómago! Su imaginación no conocía los límites.

—¿Escalofríos? —preguntó Romina frunciendo el ceño.

Me mordí la lengua, no quería reír, en serio que no.

—Sí. Creo que son «los típicos chicos malos», ¿comprenden? —apuntó. Mi amiga asintió aún más interesada.

—¿Parecen de alguna secta? —indagó Sofía.

¡Basta, esto era demasiado! La carcajada quería subir por mi garganta, apreté los puños. Debía irme o haría una tontería.

—No, para nada, ni punks ni darks ni nada de eso. Comunes, si ese término puede encajar en ellos. Pero tan sólo con su mirada intimidan, es como si dieran una advertencia de que nadie se les acercara.

—Eso está por verse —declaró Romina agitando coquetamente su reluciente cabellera. Las tres rieron asintiendo con complicidad.

¡Dios, moría por verlas coqueteando! En serio había ocasiones en que no sabía si reír o salir huyendo.

La tortura terminó dos minutos después, cuando llegaron Eduardo y Gael, acompañados de Iván, otro chico que también me caía bien, aunque era casi tan petulante como Lorena.

En el segundo receso decidí sacar mi computadora, porque increíblemente las tres continuaban con sus suposiciones. Escuchándolas mientras completaba un trabajo, me encontré deseando que esos chicos las rechazaran de una forma venenosa para que dejaran de comportarse de esa manera. Lo dudaba, ellas sabían llegar a quien quisieran, pero nada perdía con soñar.

La última hora era Educación Física, esa clase era de mis preferidas. No le temía al balón como el resto de mis compañeras que en cuanto lo venían venir gritaban alarmadas o corrían despavoridas como si éste las fuera aplastar; no, para mí era una manera de desfogar energía, de sentirme libre; adoraba estar en medio de un partido, sentir mis pulmones explotar y la adrenalina del juego.

Llegué a casa pasadas las 3. Moría de hambre, como siempre que regresaba del colegio. Mi padre no solía ir a comer y Bea tenía clase de baile a las 4, y Aurora ya la había llevado. Comí sola, disfrutando cada bocado; al terminar el sueño me venció.

Desperté cuando Bea brincó sobre mi cama, muy común en ella. Así terminó con mi siesta. Le sonreí sacándole la lengua, gesto que ella respondió con mayor ahínco, por lo que yo seguí y así comenzó una infantil batalla de lenguas que terminó en carcajadas.

Después de que me contara un poco de los pormenores de su día, tendida al lado de mí, no nos quedó más remedio que hacer los deberes en el estudio. Era agradable, con mucha luz y tenía todo lo que pudiéramos ocupar. Papá así lo dispuso para que nunca tuviéramos pretextos para no cumplir con nuestras responsabilidades. Ya sé, genial.

El día siguiente no fue muy diferente por la mañana.

Mi cuarta clase era Arte, una pesadilla total. La tomaba con Sofía y Gael, pero era como estar sola ya que ella no se despegaba de él ni por un segundo. Era lastimoso ver que por muchos intentos corteses que mi amigo hacía por alejarla, ésta no entendía o fingía no entender que él no estaba interesado en nada salvo en su amistad, y al parecer pronto ya ni en eso. Los compadecía, y me dedicaba a lo mío que bastante trabajo me costaba, ya que manual y creativa nunca he sido.

Durante el receso estuvieron intentando volver a tocar el tema de los chicos misteriosos que aún no habían aparecido; gracias al cielo se vio zanjado el tema cuando Eduardo llegó para invitarnos a una fiesta el sábado por la noche.

En la última clase el maestro amenazó con un proyecto que nos llevaría varias semanas de investigación y que sería en equipos, los cuales él formaría para evitar el desequilibrio —según sus palabras— y que nos forzaría a quemarnos las pestañas para poder tener derecho a calificación. La idea no me encantaba, no era buena en eso de trabajos grupales, estaba convencida de que uno siempre hacía más que el otro, pero pese a ser un poco silenciosa, no era de las que lo permitía, así que lo enfrentaría cuando fuera el momento.

Así eran mis días, mis semanas, horas envueltas en una monotonía que a veces se tornaba divertida; otras, agobiante, y de la cual ya había aprendido a no quejarme y me dejaba llevar como hoja en el otoño sin lamentarme, aunque sin ir más allá. En pausa. Sólo debía aguardar, sí, aguardar el momento para que todo cambiara y mi camino tomase otra dirección, la que yo elegí, no mi sueño, pero sí mi meta.

No tenía idea de lo que estaba por vivir, de que todo lo que fui, creí y pensé ya no lo sería más.

La mañana del jueves amaneció un poco fría y nublada, el cielo estaba cubierto de nubes grisáceas, aún cargadas de agua, lo cual las hacía lucir como motas de algodón suaves. Me vestí con jeans, botas de cintas oscuras, una blusa de manga larga clara con un chaleco de cuello v oscuro que dejaba ver sólo unos centímetros de la parte baja de la blusa, encima un impermeable negro, y una diadema muy delgada que se perdía con el color de mi cabello y mantenía alejados los rizos de mi rostro.

Salí justo a tiempo, pues en cuanto cerré la puerta del auto comenzó la lluvia. ¡Maldición! No era intensa, pero lograba que la gente manejara como si fuese un diluvio y pusiera sus intermitentes cada vez que el de adelante frenaba. Llegué cinco minutos tarde, corrí hasta el salón tapándome con el gorro que tenía adherido mi chamarra y pude llegar medianamente seca.

Ese día, para mi mala suerte, tenía Arte a la primera hora, ¿la cosa podía empeorar? Lo dudaba. Estaba húmeda y lista para garabatear alguna tontera sin sentido en mi block de dibujo. El salón no estaba lleno, al parecer la lluvia no sólo me había retrasado a mí. Solté el aire.

—¿Puedo pasar? —pregunté desde la puerta, agitada.

—Pasa, Sara… parece que el clima hizo de las suyas hoy. —Asentí sonriendo. Di una ojeada distraída al aula para decidir dónde sentarme y, de pronto, lo vi.

Un chico muy alto, adiviné por sus largas piernas, de hombros anchos, delgado pero parecía que practicaba algún deporte porque se veía de músculos tensos, se encontraba sentado del lado derecho hasta atrás, mirando indolentemente hacia mí. Tenía el cabello más negro que hubiese visto, lo llevaba despeinado y le caía sin orden de forma casual e informal, era un poco ondulado, sin embargo, no parecía descuidado, al contrario. Sus pestañas muy pobladas, al igual que sus cejas, contrastaban fuertemente con el color verde limón de sus ojos.

¡Dios, era impresionante! Tanto que me aturdió, mis palmas sudaron sin razón. Si yo me puse así, no quería imaginarme a Romina.

Desvié la vista, nerviosa, buscando un lugar vacío. Por muy guapo que fuera, no era opción sentarme a su lado. Sonreí al encontrarlo junto a unos compañeros que conocía poco, justo en dirección opuesta. Perfecto.

—Sara, siéntate al lado de él —me indicó la profesora Lucy. La observé y seguí su dedo, desconcertada. Se refería al chico que acababa de ver y que tenía la mirada más fría con la que me había topado.

Tragué saliva, estuve a punto de decir que no. Él nos estudiaba con una helada indiferencia, como si le diera lo mismo que fuese yo o la rama de un árbol la que se acomodara a su lado.

—Es nuevo y no viene preparado. ¿Me imagino que tú traes el material que les pedí? —sugirió con inocencia. Casi le dedico una mortífera mirada, pero me contuve. Claro que lo llevaba, ella lo sabía muy bien. Era mi maestra desde hacía un año y se daba muy bien cuenta de que compensaba mi poca habilidad en la materia con una absoluta responsabilidad. Asentí sin poder objetar, no quería sentarme a su lado, parecía pedante, muy pagado de sí y yo a esa clase de chicos los repelía—. Muy bien, entonces compártelo con él. Te lo tomaré en cuenta. —Me guiñó un ojo y no me quedó más remedio.

Bufé frustrada y caminé refunfuñando hacia su dirección. Me senté en la silla desocupada que estaba a su lado, enseguida fui consciente de que posó su mirada sobre mí unos segundos y luego… nada. En fin, qué más daba, yo necesitaba buenas notas, y ese chico, mi material.

Abrí mi mochila, podía notar a los demás escrutándome, atentos a mis movimientos, a los suyos. Qué ocurría con ellos, me encontré pensando, molesta. Sofía parecía haberse quedado muda, la saludé con los ojos, me devolvió el gesto expectante, era evidente que moría por estar ahí, justo donde yo estaba. Torcí la boca y saqué lo que necesitaríamos.

—Toma… —Le tendí el lápiz número diez que la maestra nos había pedido.

Al ver que no lo agarraba levanté la vista, impaciente. Tenía frío, todos nos miraban, había sido chantajeada para sentarme a su lado y él… él seguía en su postura creída; lo cierto es que al girar quedé suspendida, perdida en su inverosímil mirada.

Su iris era absolutamente impresionante; una variedad de verde se mezclaba logrando crear uno solo que no sabía que existía, sin embargo, su gesto denotaba hostilidad. No me moví, estaba atontada, perturbada, la verdad; y es que no era que yo hubiese mirado fijamente muchos ojos en mi vida, pero ya saben, uno sabe cómo son y éstos no tenían nada de típico.

Unos segundos después lo agarró sin siquiera agradecerme, como si con ese gesto me hiciese un favor. Arqueé una ceja, olvidando lo raro de sus iris. Odioso. Digo, después de todo no era mi culpa que no supiera lo que necesitaría en clase.

Resoplé y arranqué un par de hojas de mi block, esta vez no se las tendí, se las puse justo sobre su mesa de un manotazo que no pretendió sonar fuerte aunque así fue. No sé si fue mi ilusión, pero sentí que retrocedía un poco ante mi acercamiento y que arrugaba la frente con pedantería ante mi acción.

Un «gracias» hubiera estado genial, pero si no comprendía las normas de educación elemental, era su problema; yo tenía que cuidar mis notas, nada más.

Por ello, decidí ignorarlo como él lo hacía conmigo y comencé a copiar con mucho esfuerzo la figura que la maestra ubicó sobre un pedestal frente a toda la clase. Era una especie de escultura prehispánica, que no tenía ni idea de para qué era o qué representaba, lo que sí fue claro es que tenía relieves por todos lados y las luces que le colocó para que la pudiéramos ver hacían un juego de sombras de lo más complicado.

Arrugué la frente intentando pensar cómo podría plasmar aquello en mi hoja. Era una misión imposible para mí, sólo sabía dibujar palitos y círculos, figuras geométricas, vaya, que se unen, o sea, era un fiasco en eso.

Fue un caso perdido tal como lo vaticiné. Entre mi casi nula capacidad para el arte y ese enigmático chico a mi lado, no podía ni comenzar. Hice unos garabatos que borré tantas veces que el papel se manchó y tuve que tomar otro. Por fin, media hora después, me animé a mirarlo. Observaba mi intento de dibujo con una ceja enarcada, parecía impertinente e incrédulo. Idiota. No lo conocía, ni siquiera sabía su nombre y ya me caía mal, muy mal.

Bajé la vista hacia el suyo, esperaba encontrar algo similar o peor que el mío, lo que vi me dejó boquiabierta. Era prácticamente la réplica de… lo que sea que estuviéramos dibujando. Pestañeé varias veces, parecía una fotografía.

—Si quieres quédatelo, puedo hacer otro —propuso. Dejé de respirar por un segundo. Su voz era gruesa y melodiosa a la vez. No entendía cómo, pero embonaba perfectamente con su físico.

Levanté la vista.

Su rostro no mostraba ninguna emoción, parecía no estar pensando nada, no obstante, me veía directamente a los ojos como si los estuviera atravesando; era una sensación abrumadora. Rompí el contacto, tenía las manos sudorosas. Negué, y regresé desconcertada a lo mío.

—Jamás me creería… Gracias —esto último lo susurré sin muchas ganas. Necesitaba controlar las sensaciones que, por alguna extraña razón, se habían disparado, pues no estaba habituada a ello.

No recibí respuesta alguna, así que el resto de la clase me dediqué a hacer una lamentable mala copia de lo que mis ojos veían, aunque ya un poco más tranquila.

En cuanto el timbre sonó, se deslizó por su asiento y salió de ahí sin decir nada. Mi lápiz estaba sobre su mesa y la hoja extra también. Entorné los ojos y tomé las cosas. La tortura había terminado.

—¡Qué suerte tienes! —Era Sofía justo detrás de mí, caminábamos por los pasillos abigarrados. Gael estaba aliviado de ya no ser el foco de su atención, así que se esfumó sin esperarnos, casi rio.

Pronto se posó a mi lado, parecía ansiosa, no era tan raro en ella, pero en ese momento lo noté aún más.

Todavía me encontraba desconcertada. Algo dentro de mí no lograba acomodarse y definitivamente no estaba de humor aunque pretendía que así fuera, es decir, que mi cuerpo entrara en su equilibrio habitual. Odiaba no tener el control de las cosas, desde que ocurrió «aquello», luchaba por ser dueña de mis emociones y sentimientos. Dejarlos aflorar nunca había solucionado nada y sabía, además, que cuando lo hacía se manifestaban como un huracán, así que con el tiempo aprendí a guardarlos en una bóveda blindada dentro de mi cabeza. Pero, para mi descontento, en esos momentos me sentía extrañamente turbada, como si todo aquello bien encerrado estuviese queriendo romper las cerraduras.

Encogí los hombros, indiferente, evidentemente ella no iba a parar ahí, así que tenía que lidiar con eso.

—Anda, ¿qué te dijo? Vi que algo te murmuró. —Resoplé, debería graduarse en espionaje.

—No lo recuerdo. En realidad, preferiría olvidar la experiencia —aseguré.

Frunció el ceño, se quedó de pie en medio del pasillo. Su cabello era igual de largo que el de Romina, pero rubio, aunque era bonita, alta y de buen cuerpo, vivía acomplejada pues no era delgada sino más bien normal. La miré esperando, sabía que no me dejaría ir, no sin que le dijera más. Lo malo es que no tenía idea de nada, salvo de estas emociones descontroladas pujando por emerger.

—Romina tiene razón, vives en otro mundo. Te obligan a sentarte junto al chico más guapo que jamás he visto y lo único que se te ocurre decir es «preferiría olvidar la experiencia» —repitió rencorosa.

Llené mis pulmones de aire, necesitaba a la paciencia de aliada, pero tal parecía que había huido. ¡Perfecto!

—Sofía, la próxima vez hazme un favor y siéntate tú a su lado, probablemente le caigas mejor que yo y puedas conversar todo lo que quieres —le propuse. Me miró molesta, sin embargo, un segundo después asintió y se le iluminó el rostro.

—Tienes razón, eso haré —expresó entusiasmada. Sonreí más tranquila.

—Genial, lleva material extra para que no te agarre desprevenida, y suerte. En lo personal preferiría no volver a topármelo, es de lo más pedante. —No le di tiempo de contestar y subí de prisa para tomar mi segunda clase. Entré al salón, estaba relajada y cuando me senté, sentí cómo mi paz interior regresaba. Unos minutos después, Gael y Eduardo ingresaron, iban carcajeándose. Me miraron y se acercaron con su desgarbo habitual.

—¿Qué tal el nuevo? —me preguntó Gael levantando las cejas, burlón. Resoplé apoyando la barbilla sobre mi mano, harta del tema.

—Insoportable —rezongué. Ambos se carcajearon por el tono de mi voz. Desvié la vista, estaba cansada de hablar de lo mismo; entonces, lo vi entrar. ¡Agh!

Todos los observaron anonadados. Otro chico, igual de alto, iba a su lado, sólo que su cabello era color avellana, muy corto, sus ojos azules, por lo que alcancé a ver, también muy peculiares. Sus facciones y complexión eran iguales a las de su amigo. Ambos se mostraban impasibles respecto a lo que ocurría a su alrededor.

Después de permitirme examinarlos como el resto, pues era algo inevitable, giré los ojos y decidí mirar hacia otro lado. Ese día pretendía ser de esos en que todo sale mal, la buena noticia es que no se sentaría a mi lado y podía fingir que no existía, tal como lo hacían ellos.

El salón comenzó a hervir en murmullos, supuse que era por su presencia. No podía negar que eran guapos, y mucho, podría decir que irreales si me lo preguntaran, sin embargo, me parecía insoportable que fueran tan arrogantes y que emanaran ese desinterés tan claro respecto a todo lo que pasaba a su alrededor, porque si algo era evidente al verlos era eso: ustedes me importan poco y les hacemos un favor estando aquí. Insoportables.

Al entrar el maestro, reinó el silencio. Pasó lista prácticamente antes de siquiera sentarse, acallando el aula.

—Luca Bourlot. —Nadie dijo nada, no sé qué número en la lista ocupaba, pero evidentemente era de los primeros. No pude evitar girar como el resto en busca de la persona que respondía a ese nombre, que supuse era italiano. Él estaba a dos sillas de mí, una fila atrás. Levantó la mano, de forma seria y desganada, como si le diera flojera. Torcí el gesto y comencé a garabatear en mi libreta.

Su compañero se llamaba Hugo, compartían el mismo apellido y no había contestado, al igual que el otro, sin embargo, esta vez ni siquiera volteé. Mi turno llegó varios nombres después y respondí un cansado «presente».

Cuando al fin sonó el timbre, ya ni siquiera recordaba lo que hacía unos momentos me tenía tan molesta, mi cuerpo estaba de nuevo en calma y yo, lista para continuar el día. Guardé todo tarareando una canción de uno de mis grupos preferidos y giré para salir junto con mis compañeros. Un sándwich de salami me rogaba que fuese por él a la cafetería.

Sin más, choqué con algo tan duro como una pared. Gemí ante el impacto. Varias bancas se movieron detrás de mí cuando mi cuerpo salió proyectado hacia atrás. Levanté la vista, aturdida; era él.

¡Era en serio! Mi mal humor regresó de inmediato. Lo miré ahora sí desbordada en enojo por cruzarse así en mi camino, casi termino en el piso.

Luca me observó un segundo como quien ve una mosca insignificante, torció sus delineados y carnosos labios para después salir como si nada hubiese pasado.

¡Idiota! Quise gritarle, pero me contuve.

En mi rostro ya se encontraban alojadas la impotencia y la furia. Gael y Eduardo se acercaron a mí, muertos de risa. Los fulminé con la mirada, no estaba para sus tonterías, y se callaron enseguida. Volví a acomodarme la mochila en el hombro y salí sin esperarlos. Ellos eran más idiotas todavía.

—Sara, no te enfades, fue muy cómico. Acéptalo —me gritaron desde lejos.

No les contesté y seguí. Gael obstaculizó mi camino de pronto, serio, deteniéndome con una mano sobre mi hombro.

—Lo siento, no te enojes —rogó. Me zafé dándome cuenta de que estaba exagerando.

—No lo estoy, es sólo que es un patán, torpe, odioso —rugí con un murmullo. Frunció el ceño desconcertado.

—No le des tanta importancia, mándalo a volar como a todos. Eres buena para eso. —Esto último me lo dijo guiñándome un ojo. Me caía bien, definitivamente. No era mi tipo y dudaba que yo fuera el de él, pero tenía que aceptar que era el típico chico galán, no como esos dos chicos nuevos, sino como un chico común, de una escuela común, que era simplemente muy guapo y bien torneado. El clásico por el que más de una suspiraba.

—Lo sé… —acepté más tranquila—. Pero en serio qué le costaba un «perdón».

—Tú tampoco se lo pediste. —Me hizo ver, sereno. Ya iba a refutar aquello, pero me di cuenta de que tenía razón.

—Lo que sí es que parecen fuera de lugar, ¿no? —dijo Eduardo mientras caminábamos a la cafetería, yo iba a su lado ya un poco más templada. De nuevo esa parte mía amenazó con salir y todo en un transcurso de dos horas. No sabía qué era lo que más me molestaba, si él o eso que ocurría en mí.

—Sí, pero es que todos los miramos como si fueran protagonistas de Hollywood —argumentó el otro. Asentí, riendo.

—¡Bah! La verdad es que me parecieron un poco alzados —prosiguió Eduardo. Yo compartía esa visión, pero parecía que Gael quería darles una oportunidad.

En cuanto entramos a la cafetería fue imposible no verlos. Todos los escrutaban, ya sea de forma descarada o discreta. Por un momento los compadecí, recordé como había sido mi entrada en la secundaria justo en el último año y cómo, de no haber sido por Romina que se identificó conmigo casi al instante, me hubiera sentido aún más fuera de lugar e indudablemente más deprimida de lo que ya estaba.

Una chica estaba sentada con ellos. Decidí no estudiarla detenidamente, pero lo que había alcanzado a ver era igual de espectacular que su par de… hermanos, supuse.

Los tres nos dirigimos a los diferentes locales de comida. Mis amigos me acompañaron en la fila. Reímos por tonterías, como era común. Cuando los tres tuvimos nuestra comida, nos dirigimos a la mesa donde estaban Romina y las demás.

No la había visto desde el día anterior. Me dio una bienvenida sobreactuada, como era su costumbre, y me hizo espacio a su lado. Todas tenían sus refrescos de dieta y me evaluaban expectantes. Miré a Eduardo y Gael buscando su apoyo moral, pero ellos ya atacaban sus respectivas baguetes sin siquiera fijarse en ellas. ¡Agh!

—¿Pasa algo? —aunque incómoda, me animé a preguntar después de haberle dado dos mordidas a mi almuerzo.

—Termina tranquila, para que nos hables sobre… —Romina elevó las cejas a algún punto de la abarrotada cafetería. Seguí su mirada y por supuesto, ¿qué otra cosa podía ser? Se refería a «los nuevos».

—Lorena y yo tuvimos clase con la chica, se llama Florencia, en las dos materias de la mañana. Es extraña, ¿verdad? Y parece hecha a mano —apuntó excitada. Romina estaba asombrada y más emocionada de lo que jamás la había visto—. Pero ya supe que tú no sólo tuviste la oportunidad de sentarte con uno en Artes, sino que en otra clase te tocaron los dos… Te odio —lo dijo burlándose.

—Están «bien» indudablemente, pero tranquilas, parecen demasiado desesperadas. —La observación de Gael las dejó en silencio. Una carcajada quiso escapar de mi garganta, logré controlarla al tiempo que mordía más tranquila mi almuerzo—. Yo también estoy con Sara en esas dos clases y, créanme, no son nada del otro mundo, pero si tanto desean conocerlos, ¿por qué no se presentan? Parece que todos quieren saber sobre ellos, pero nadie ha hecho nada por acercárseles.

Las tres giraron en dirección a la mesa de los aludidos. Yo decidí continuar disfrutando de mis segundos de calma y aprovechar para terminar mi lunch.

—Es verdad, supongo que nadie les ha dado la bienvenida… —susurró Sofía, con tono perspicaz.

Mientras los demás llegaban al aula, Romina logró convencerme de ir a la fiesta del sábado. Cuando el maestro pasó asistencia, escuché su nombre. Abrí los ojos de par en par, resoplando.

—¿Qué te pasa? —preguntó Romina en susurros. Sacudí la cabeza sin responderle. El salón era de los más grandes y tenía alrededor de cuarenta computadoras acomodadas en varias filas. No lo había visto entrar, por lo que no tenía idea de dónde se encontraba y al parecer Romina tampoco. El ensordecedor silencio se volvió a hacer presente y ella giró en busca del porqué—. No inventes, uno de ellos está aquí —dijo sonriente. Admití mirándola derrotada—. ¿Él es Luca Bourlot? —Asentí de nuevo sin molestarme en seguir su mirada—. Tiene un nombre lindo, ¿no te parece? —afirmé por tercera vez mientras movía el mouse, dispersa por todo el monitor—. Se van a morir Lorena y Sofía.

—Seguro que sí.

De pronto dejó de parlotear y sentí sus ojos clavados en mí.

—Espera, espera, espera.

La miré sin comprender qué le ocurría ahora.

—Si él está en esta clase, esto quiere decir que has estado viéndolo toda la mañana. —Comprendió. Entorné los ojos, aceptándolo—. Dios, ¿por qué la vida es tan injusta? Tú que ni siquiera sabes apreciarlos, tienes la oportunidad que las demás estamos buscando.

—Es un grosero —espeté al fin.

—Lo dudo, ya te conozco y eres lo suficientemente despistada y penosa como para que puedas hacer esa afirmación —declaró. Abrí la boca asombrada al escucharla—. No me veas así, sabes que te adoro, Sara, pero es la verdad. Acéptalo —me instó. Le regalé una mirada asesina y me giré indignada—. No te molestes. —Sacudió mi brazo, logrando que le pusiera atención, aunque estaba herida en mi orgullo.

—Entonces deja de criticarme —le recriminé.

—No es crítica, es sólo que dudo que le hayas dado siquiera la oportunidad de intentar ser educado.

—En eso te equivocas. —Le narré todo el episodio de la clase de dibujo, o lo que fuera, me escuchaba como si estuviera dando la noticia del día. Una vez que terminé, la desafié alzando las cejas. Caviló unos minutos, yo no le quitaba los ojos de encima.

—De acuerdo, a lo mejor fue un poco descortés.

—¿Un poco? ¡Agh! Eres imposible, con gusto te daba mi horario. Mientras se siente lejos, por mí genial. Hay algo en él que no me agrada.

—A menos que sea ese monumento de hermana que tiene, no puedo pensar qué pueda ser eso —soltó sin titubear. En otro momento hubiera reído, no pude y giré los ojos fastidiada, me di cuenta de que nunca le ganaría.

Llegué a la siguiente clase más relajada. El salón estaba vacío, al parecer nadie tenía prisa por llegar. ¡Excelente! Un poco de silencio no me venía mal, menos después de una hora entera al lado de mi mejor amiga. Me senté justo en medio, casi hasta atrás. Mi celular sonó. Lo saqué de mi mochila y prendió la pantalla. Era un mensaje de Romina.

«No te enojes, ya sabes que te quiero. Juro no volver a criticarte. ¿Amigas?».

Logró sacarme una pequeña sonrisa. Jamás dejaríamos de serlo, nos adorábamos a pesar de nuestras enormes diferencias y entre nosotras podíamos acabarnos, pero sabía muy bien que no permitía que nadie más me dijera lo que ella sentía que podía decirme.

«Está bien. Pero, por favor, termina de una vez con esta obsesión».

Un segundo después llegó la respuesta.

«Jajaja. Ni de loca, pero ya no te fastidiaré».

Guardé el celular en la bolsa lateral de mi mochila y levanté la vista. Él estaba de pie justo en la entrada.

Debía ser una broma.

Su mirada se topó con la mía en ese mismo instante y alcancé a ver una casi imperceptible sonrisa. Mi corazón dio un vuelco que incluso me asustó. ¿Qué carajos? Las palmas de las manos me comenzaron a sudar y enseguida desvié mi atención. ¿Por qué me ponía tan nerviosa, tan alerta?

No escuché cuando entró, pero de reojo noté que se sentaba a varios lugares de mí. Perfecto.

Continúe intentando leer mis apuntes, ignorándolo por completo. Un segundo después el salón comenzó a llenarse. El maestro, al saber que él se integraba, decidió darle la bienvenida pidiéndole al grupo que diéramos nuestros nombres. Eso era como de preescolar, pero no había remedio.

Luca prestó atención educadamente a cada uno, cuando fue mi turno sentí su mirada clavada en mí, expectante y desafiante. Parecía como si supiera que me caía mal o que él sentía lo mismo y disfrutaba de ello.

—Sara Patterson —dije. Asintió varias veces tan imperceptiblemente que tuve la duda de que fuera una alucinación, pero era como si estuviera tomando nota. Continúe sin prestarle mucha atención a esa ridícula dinámica, intenté sacar de mi cabeza a ese par de ojos que me mantenían completamente atrapada, y es que por alguna absurda manera sentía que se adentraban en mí, envolviéndome.

¡Ya, basta! Estaba peor que Romina y eso era mucho decir. El tipo era guapo, mucho en realidad, pero nada más, no debía dejarme llevar de esa forma tan infantil.

El resto de la clase no lo miré ni una sola vez, no quería volver a tener un accidente o toparme con esos ojos verdes tan… extraños.

—No lo vas a creer —Era mi amiga. Negué mientras guardaba mi ropa en la maleta. Estábamos en los vestidores, y me había terminado de poner el pants del colegio—. Luca está en los vestidores de hombres y esa chica, Florencia, se está cambiando aquí —señaló la parte interna del lugar. Suspiré de forma cansina—. ¿Qué?

—Creo que lo tengo en todas las clases —espeté mal humorada.

—Eso es bueno, ¿no?

—¿Por qué habría de serlo? —contradije. Se sentó a mi lado sonriendo y rodeó mis hombros atrayéndome hacia ella, cariñosa.

—No seas tan dura, Sara, recuerda que los errores son eso, errores, y si él se equivocó contigo en Artes no quiere decir que sea un ser insufrible y un patán. No debe ser fácil cambiarse de escuela a estas alturas, además, parece que no son de aquí. Recuerda cómo fue cuando llegaste a Guadalajara —rebatió. Tenía razón, no entendía por qué sentía ese rechazo tan intenso, tampoco era como que hubiésemos conversado o cruzado varias palabras.

Debía ignorarlo y fingir que no existía, probablemente eso me ayudaría a no sentir ese deseo de huir o de golpearlo cada vez que estaba cerca, lo cual para mi mala suerte había sucedido todo el día.

Asentí, suspirando. Eso era lo que nos mantenía unidas, siempre parecía banal y superficial, pero en el fondo era una chica reflexiva y muy sensible.

Los equipos de vóleibol los hizo el entrenador Rodríguez. Éramos tres chicas y tres chicos; asignaron a Florencia al mío y, ahora sí, pude observarla con mayor libertad. Su cabello era una cascada casi del mismo color que el de Luca, sólo que tenía tintes rojizos en ciertos lugares. Sus ojos grandes, aunque no tanto como los de él, sin embargo, estaban igual de adornados y eran de color ámbar líquido. Su tez más bronceada que la de sus otros dos… No sabía en realidad qué relación tenían, pero en mi cabeza decidí que eran hermanos, aunque no se parecían mucho, ya que bien podían ser primos o amigos, pues únicamente se asemejaban en lo perfectos y en esos colores de ojos tan extraordinariamente anormales. Su cuerpo no le pedía nada al de la actriz mejor pagada del cine, al igual que el resto de sus gráciles movimientos. Todo se resumía a una palabra: atípico.

Para suerte de Romina, Luca quedó en su equipo. Le sonreí, ya que sabía que por dentro ella reventaba de felicidad.

El juego comenzó y, como siempre, no tuve problemas para defender mi posición. Florencia también jugaba bien, al igual que los otros tres chicos de mi equipo, sólo Laura, una compañera de bajo perfil, era la que solía perder los balones dejando que el equipo contrario anotara más puntos.

Noté que la habilidad de Luca para ese deporte no era menos envidiable que la que mostró en su dibujo por la mañana. Sin embargo, parecía que no se percataba de ello, pues, al igual que Florencia, se limitaba a jugar sin poner mayor esfuerzo.

Intenté no prestarle mucha atención durante el partido, sólo la que requería el juego, no obstante, la tarea resultó extenuante. Lo tenía frente a mí casi en cada posición y, de vez en cuando, posaba su mirada indiferente en mí.

No perdí ni un solo balón y, al final, nuestro equipo ganó. Nos dedicamos una gran sonrisa mientras entraba a la cancha el equipo retador. En esta ocasión pude concentrarme mejor: sabía que los demás nos veían desde las gradas. Noté que Romina estaba sentada cerca de él, pero que a pesar de todos los intentos que hacía por entablar una conversación no lo conseguía, y para cuando terminó el último set y clavaba un punto al equipo contrario con todas mis fuerzas, ella ya se había rendido y se veía frustrada.

Lo celebramos chocando las palmas, riendo. Giré en dirección a mi amiga, alegre, pero me paré en seco al ser consciente de esa mirada irreal que estaba fija sobre mí. Mi mundo se suspendió durante ese breve lapso. No supe descifrar lo que sus ojos irradiaban, sin embargo, logró que nuevamente todo eso que había reprimido pujara por salir, que mis emociones añoraran desbocarse, que el caudal de sensaciones me sometiera. Mi pulso se alteró, y por instinto desvié la mirada, nerviosa.

Volteé hacia mi equipo, turbada; y me di cuenta de cómo Florencia veía en su dirección, enarcando una ceja, estaba seria. Decidí no averiguar qué era todo eso. Me acomodé de nuevo en mi posición de saque, mientras el nuevo equipo se acercaba.

En cuanto la clase concluyó, Romina salió disparada antes que yo. En los vestidores no cruzamos palabra, parecía molesta. Al terminar de cambiarnos, caminamos juntas rumbo a nuestros autos.

—¿Te pasa algo? —le pregunté divertida. Sabía perfectamente qué era lo que tenía.

—Tenías razón, es un jodido pedante. —Ahora sí me carcajeé. Me dio un leve empujón, su ira fue desapareciendo gracias a mi reacción.

—¿Tan mal te fue? —logré preguntar ya casi frente a mi auto.

—Ni siquiera sé cómo suena su voz. Se limitó a asentir o negar… Como un autómata. Odioso.

—Tómalo con calma, recuerda lo que me dijiste hace un rato; son nuevos… hay que comprenderlos —me burlé imitando su voz. Fingió molestia, pero enseguida sonrió levantando las manos.

—Está bien, me lo merezco. No volveré a dudar de tus percepciones.

—Eso me agrada. —Abrí la puerta de mi auto y lo vi pasar. Iba conduciendo una enorme camioneta verde militar de marca costosísima. Pasó justo al lado de nosotras sin mirarnos. Ambas alzamos las cejas, entornando los ojos, para un segundo después reír como un par de tontas.

Esa tarde intenté dormir como cada vez que Bea tenía clases de baile. Sí, podría decirse que era una especie de lirón, pues comía y dormía como ellos, pero me fue imposible. Ese par de ojos de tonalidades verdes tan extraños se colaban en mis pensamientos una y otra vez, descontrolando con tan sólo eso mi pulso e incluso mi respiración.

Vencida me dispuse a hacer los deberes poniéndome los audífonos a todo volumen para intentar hacer a un lado esas imágenes que se apoderaban de mi mente. Algo en él me mantenía en vilo, no entendía qué, pero la pura sensación era aterradora y a la vez totalmente desconocida.

Más tarde ayudé a Bea con su tarea y a la siete salimos rumbo a casa de mis abuelos. Nos habían invitado a cenar gracias a la disculpa que ofrecimos y evidentemente no nos había quedado más opción que aceptar.

Recorrí con calma el camino empedrado del fraccionamiento, tamborileando en el volante el ritmo de una canción que me agradaba y que sonaba en ese momento. Esperaba que el coche de enfrente avanzara, cuando distraída vi al lado contrario, que era el ingreso, y justo en ese instante entró el todoterreno verde.

Abrí los ojos abruptamente, maldiciendo mi mala suerte. ¡No podían vivir ahí! Era demasiado. Arranqué por reflejo. Casi me estampo con el auto de enfrente. Recargué la cabeza en el volante e intenté regular mi respiración, que había enloquecido como una maldita locomotora a la que habían puesto a toda marcha.

—¿Qué pasa, Sara? ¿Te sientes mal? —preguntó Bea. Negué sin levantar el rostro—. ¿Entonces? Si quieres cancelamos a los abuelos, aunque creo que a papá no le gustará. —Estaba preocupada.

—No, Bea, no es nada. Es sólo que no soporto las situaciones que no puedo controlar —expliqué de manera vaga.

Me miró frunciendo el ceño, pero de inmediato dejó volar sus ojos al frente y supuso que me refería al auto que no avanzaba delante de nosotros.

—Sí, la verdad es que no sé qué espera — ...