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MAL ACOMPAñADAS

Anahí López  

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Fragmento

Clarisa desayuna siempre lo mismo: nescafé con leche, pan tostado con mermelada y un yakult. Cuando sale de su casa todavía es noche cerrada. Camina tres cuadras, toma el metro hasta Ciudad Universitaria y de ahí un microbús hasta la zona de hospitales. Siempre llega un poco más temprano para cambiarse, no le gusta andar por la calle con el uniforme. Una vez que muda los tacones y el suéter por los mocasines blancos y la gabardina, y después de lavarse bien las manos y frotárselas con antiséptico, Clarisa está lista frente al pasillo con su mesa de servicio. Son las 5:50 de la mañana.

Clarisa entra al cuarto 220 con sigilo. No como otras compañeras que empujan la puerta sin tocar, como si fuera el baño de su casa.

—Buenos días, madre. Vengo a tomarle su presión.

La señora está profundamente dormida. Hace dos días la operaron de la vesícula. Clarisa teme despertarla, su compañera del otro turno le dijo que había pasado muy mala noche. Cuando Clarisa le está ajustando la banda, la señora brinca en la cama.

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—No se asuste, mi reina. Voy a apretar tantito...

La señora vuelve a cerrar los ojos y Clarisa le soba un poco la mano antes de comenzar a apretar la bombilla. De pronto duda haber cerrado bien la estufa de su casa. A Clarisa la asaltan estas ideas con frecuencia, así que decide no darle importancia y fija la vista en los rombos desteñidos de la bata de la paciente. Pero es inútil. De pronto Clarisa está segura de haber dejado encendida la hornilla, y el corazón le da un vuelco al imaginar a su padrino inmóvil en su cama, siendo abrasado por el fuego. Esto también le pasa seguido a Clarisa: olvidarse por un segundo de que nunca más tendrá que sopear un bolillo en leche para dárselo a su padrino en la boca viendo juntos las noticias de la noche. Ni cambiarlo, ni inyectarlo, ni empujar su silla de ruedas, ni llorar por Humberto, que no estuvo dispuesto a casarse con su padrino. La paciente suelta otro quejido y Clarisa se da cuenta que aprieta la bombilla de más. Clarisa la suelta despacio mientras le hace un cariño en la cabeza y observa la aguja del baumanómetro. Marca 90/60. Desprende la banda, se pone el estetoscopio y toma el pulso: 65. Estira un poco las sábanas, se frota antiséptico en las manos y sale del cuarto 220.

Después de ajustarle los diuréticos al 224, vaciarle la bolsa de orina al 226 y cambiarle el suero y reprogramar el monitor del 228, Clarisa toma aire antes de empujar la puerta del 222. Adentro está don Ignacio, "un vejete más bravo que una rata", la había prevenido su compañera Sonia. Clarisa lo encuentra con medio cuerpo afuera de la cama, convulsionándose de tos. El piso y las sábanas son un regadero de flemas. Clarisa no pide ayuda. Ella sola se las arregla para cambiar la ropa de cama sin bajar a don Ignacio, controlarle el ataque y ponerle el oxígeno. Una vez que el hombre está cambiado, sentado y con el termómetro bajo el sobaco, exige:

—Dame un cigarro.

Clarisa no responde, amontona las sábanas sucias para llevarlas al séptico.

—Te estoy hablando.

—Ya lo oí, don.

Clarisa está acostumbrada a lidiar con la enfermedad, con la inutilidad y con todos los desechos del cuerpo. Pero con la grosería no sabe, no puede. Un desdén o un mal gesto puede bastar para amargarle el día entero.

—Dámelo, te digo.

—No tengo.

—"No tengo", perra.

Clarisa mira el termómetro: 37.4. Toma las sábanas ríspidas y sale del cuarto. Son las 7:15 y su día está oficialmente avinagrado.

El resto de la mañana Clarisa baña a los que tiene que bañar, les da sus medicinas a los que las toman, se las inyecta o se las pasa por catéter a los que no pueden digerir o tragar; ajusta la imagen de un televisor, drena dos ostomías y limpia tres vómitos. Concluida su tercera ronda matutina le compra un cuernito de jamón y unos cheetos a la del carrito y se integra a una conversación empezada entre sus compañeras en el control.

—Es que con esa dieta que le pusieron para la hernia le dan hartos gases.

—Pues así se la puso el doctor Hernández.

—Oye, Soni, ¿y por fin ya averiguaron si está casado?

—Uy, manita, te digo que casadísimo.

A Clarisa no le interesa el estado civil del doctor Hernández. Lo que quiere es contarles del vejete rabioso.

—Ya, no me andes vacilando, Marcela. ¿Y el anillo, dónde está?

Marcela contesta con la boca llena de gelatina que un paciente dejó en el desayuno.

—No va a andar con un anillo abriendo tripas. Se oxida.

—El oro no se oxida, mensa.

—Lo que se te va oxidar es ahí abajo si sigues perdiendo el tiempo con puro hombre imposible.

—Y a ti la lengua, babosa.

Clarisa trata de reírse con sus compañeras. Normalmente no le costaría trabajo, es de risa fácil. Pero la palabra no deja de taladrarle la cabeza. "Perra". Clarisa toma vuelo para empezar su historia de las flema ...