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MATAGATOS

Raúl Aníbal Sánchez  

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Fragmento

Uno

Javier y Francisco estaban enamorados de Adán, por eso les dolió de manera especial cuando los equipos de búsqueda hallaron su cadáver, con dos tiros en la cabeza y dos en el cuerpo, apenas oculto bajo unas piedras en un terreno baldío. El predio se encontraba detrás del Hotel Soberano, el que por aquel entonces era el más lujoso de la ciudad. Fue un 4 de octubre cuando Adán desapareció, día de San Francisco de Asís, patrón de los animales y de los lobos en especial. Su cadáver, medio mordisqueado por perros salvajes, apareció el 12, Día de la Raza y de la fundación de la ciudad de Chihuahua: no había mucho que festejar.

Adán tenía doce años y sólo era unos cuantos meses mayor que sus amigos. Pero a esa edad cualquier diferencia se vuelve superlativa. Jugaba mejor al fútbol, era más alto, más atlético, parecía estar en control de su entorno y pocas cosas lo acobardaban. Estaban enamorados de él porque así se enamoran los niños; un amor platónico que pocas veces desemboca en algún tipo de atracción sexual, pero es un cariño que duele, es celoso y manipulador, como puede llegar a ser cualquier otra clase de amor. Ellos estaban dispuestos a pelear entre sí en cualquier momento para demostrar su fidelidad a Adán. Una sola palabra suya bastaba para que alguno se enzarzara en un huracán de golpes y patadas con alguien más, como si Adán fuera el líder de una secta y los demás, sus acólitos hipnotizados.

–Chinga tu madre, Javier –decía Francisco–, yo te conté primero que me gustaba Rocío.

–Pero ella me besó a mí –respondía el otro, ufano y sinvergüenza. Un golpe en la nariz de uno, una patada en la rodilla del otro. Llanto, mocos, Adán separándolos con la mirada seria y conciliadora. El mundo de los hombres, de lo que se cree que debe ser un hombre, es un lugar absurdo desde que se tienen once o doce años.

Adán tenía la crueldad propia de la gente popular y gustaba sembrar discordia entre sus amigos. Con habilidad magistral introducía rumores entre ellos, y cuando se negaban a creerlos se alejaba ofendido, contrito en verdad, al grado de obligarlos a pedirle disculpas para restaurar el equilibrio de la amistad. Sus amigos le eran más útiles peleados entre sí que juntos. Es posible que Adán tuviera un miedo terrible a la soledad. Temía que lo abandonaran como lo había abandonado su madre, algunos años atrás. Por eso los mantuvo, hasta su desaparición, atados a él

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