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MESA PARA UNA

Caro Saracho  

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Fragmento

Agradecimientos

¡Hay tantas personas a las que agradecerles por este libro! Gracias a mi mamá que siempre ha sido mi porrista #1, a mi papá que me heredó su amor por las letras, a mi maestra Alejandra…

Gracias a mi lectora 0 por su paciencia y su entusiasmo, y a todas y cada una de mis amigas, las que aparecen en estas páginas de manera evidente y las que no, son mi inspiración y sin ustedes estas historias no existirían.

Gracias a toda la gente de Penguin Random House que creyó en mi proyecto y que ha estado tan emocionada con el tema como yo desde el día uno. Andrea, ha sido un gustazo trabajar contigo, Amalia y Rosana, ¡gracias por hacerlo tan bonito! A David, a César, y al enorme equipo que hay detrás por el gran trabajo que hacen, no pude haber estado en mejores manos. Miriam Baca, gracias por hacerlo posible.

Gracias a mis compañeritos de Actitudfem por sus porras, anécdotas y por las miles de horas que pasamos debatiendo sobre los patanes y el hoyo negro en el que se condensan.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Todo mi agradecimiento para las mujeres que han leído mis artículos y columnas, ustedes le han dado sentido a todo lo que he escrito y se lo dan ahora a este libro.

Gracias a mis amiguitos del género masculino, ésos que me hacen creer que hay mejores versiones por descubrir de las que me he topado. Y gracias también a esas versiones con las que he salido, gracias a ustedes #SoySola, orgullosamente.

Gracias a todos los que me ayudaron con sus comentarios en Facebook, aunque no aparezcan de manera literal, me ayudaron a saber que somos muchos los que buscamos vivir nuestra soltería en paz.

Gracias a todos los que, de una forma u otra, en este momento o desde siempre, han sido parte de lo que hago, lo que digo y lo que escribo. Soy una soltera muy afortunada.

Bienvenida

Llevo varios años estando soltera, algo que le causa mucho más conflicto a otras personas que a mí.

Cuando estoy en una reunión en la que soy la única persona soltera, suelo hacer un chiste al respecto, algo así como burlarme un poco de la situación para aliviar la tensión y hacerle saber a todos los que me rodean que no me lo tomo muy en serio y que pueden quitar sus caras de luto cuando ven que soy la única que llega y se va sola.

Si el tema se alarga (lo que suele ocurrir mucho más cuando estoy rodeada de puras amigas en lugar de parejas), todas suelen tener una opinión al respecto. Por ejemplo, un día, mientras platicaba con mis amigas sobre la posibilidad de adoptar a un hijo en caso de no casarme, todas me miraron con ojos de lástima disimulada mientras de sus bocas brotaba un “pero no digas eso, te va a llegar alguien, vas a ver”.

Sé que para ellas la vida sin pareja resulta inconcebible, como para muchas mujeres. Y está bien. Pero también estamos bien las que podemos concebir la decisión de pasar el resto de nuestra vida sin encontrar al indicado, sin quedarnos con una sola persona hasta hacernos viejitos, sin pasar por el proceso de la boda y los hijos. Existimos mujeres que nacimos sin el gen de necesitar a un esposo para sentirnos plenas y satisfechas; todas las mujeres estamos bien: las casadas, las solteras y las que van de un extremo al otro.

Durante años nos han vendido la idea de que las mujeres necesitamos casarnos y tener hijos para ser felices, que las mujeres solteras estamos, de alguna manera, incompletas. La sociedad nos exige una pareja para considerarnos “normales”.

Pero hay una especie extraña, casi casi mutante, que nació sin ese gen, el de conformarnos con menos de lo que sabemos merecer. Una especie a la que, en el fondo, no nos pesa ser solteras, no nos acompleja llegar solas a una boda ni nos preocupa reservar un all inclusive para una sola persona, y que siempre preferiremos estar con nosotras mismas en lugar de estar en una relación que no nos hace felices.

Sin embargo, como la estructura social nos exige pareja, y claro, unos hijos, surge una frustración por no estar en donde la sociedad dicta que estés, por no tener lo que la sociedad espera que tengas. Y de la frustración se deriva una serie de malas decisiones, como aceptar ser “la otra” con tal de sentir que tienes algo, o conformarte con ese tipo que ni te llena ni te hace sentir mariposas allá abajo.

Esas malas decisiones son el resultado de una presión que alguien más impone sobre nosotras, de una expectativa social que no cumplimos. Y las únicas afectadas somos las que estamos aplastadas en el sillón viendo una película de cine francés con un tipo mediocre que no nos satisface. Pero acompañadas, que es lo importante.

Es momento de cambiar esa percepción, de deshacernos de esas ideas que nunca han sido nuestras y que, por el contrario, atentan por completo contra nuestra naturaleza libre, soltera y feliz.

Si aprendemos a ser nuestras heroínas y entendemos que ser soltera es un súper poder, vamos a ser capaces de tomar mejores decisiones, de recordar lo que sabemos que queremos y merecemos y no conformarnos con nada menos, por muy cómodo y tentador que parezca.

Introducción

Tengo 31 años y estoy soltera. No estoy sola, no estoy deprimida, no tengo baja autoestima ni estoy amargada. No estoy enojada con la vida ni le guardo rencor a los hombres. No me siento incompleta ni defectuosa, no me preocupa comer sola en un restaurante ni ir a un concierto sola, ni me siento mal por estar sentada en medio de cuatro parejas que hablan de sus hijos.

No trazo mi camino para encontrarme al amor de mi vida en la próxima esquina ni me preocupa entrar al cine sola. Tampoco es que sea demasiado exigente ni que me dé aires de grandeza o que esté esperando a que el príncipe Harry venga por mí (y qué bueno, porque mientras escribía este libro le dio por comprometerse).

Simplemente estoy soltera. En este momento de mi vida, como en muchos otros, estoy soltera. La cosa es que yo no tengo problema con eso, al contrario, disfruto de mi soltería como en otros momentos he disfrutado de la vida en pareja. Y eso es porque disfruto la vida conmigo, con mis amigas o con alguien que valga lo suficientemente la pena como para compartir mi oxígeno.

Igual de lindo es caminar tomados de la mano hacia el atardecer que caminar contigo y tus pensamientos un domingo por la tarde mientras te comes un helado, y ambos escenarios merecen ser disfrutados y valorados por lo que son, un momento especial que nos toca vivir, solos o acompañados. Siendo sincera, es muy divertido reírte sola de tus chistes que nadie más entendería.

Si escogiste este libro de entre los miles de libros que lo rodeaban (tan buenos como el Pequeño Cerdo Capitalista, que todas deberíamos leer si queremos sobrevivir solteras), es porque tú, como yo, naciste sin el gen de conformarte con menos de lo que sabes merecer.

Es así de fácil, algo se torció en tu biología y llegaste a este mundo con la clara convicción de buscar tu felicidad y la de nadie más, decidida a no seguir las pautas que otros pretenden dictarnos. Y es lo mejor que te pudo pasar.

Tú, como yo y muchas más, somos mujeres capaces de encontrar nuestra propia felicidad, de hacernos reír, de consolarnos, de apapacharnos, de darnos orgasmos y abrocharnos el cierre de cualquier vestido. Si has llegado hasta aquí soltera, independientemente de tu edad o tus circunstancias, es porque has sabido usar ese gen faltante a tu favor; has decidido ser tú misma y no conformarte; has querido ser auténtica y seguir luchando contra la marea de miradas de lástima de tus amigas, los comentarios ponzoñosos (aunque bienintencionados) de tus tías y la discriminación de los hoteles que no saben reservar para una sola persona. A las solteras (y solteros, que esta lucha no tiene género) nos toca navegar en una sociedad que no está diseñada para mujeres independientes, que no sabe cómo manejarnos y que desde los tiempos de Moisés ha intentado meternos en cintura.

Después de muchos años viviendo en soltería me queda claro que son los demás los que tienen un problema con eso, pero somos nosotras las que tenemos que seguir luchando contra el impulso de rendirnos ante lo que la sociedad nos ha hecho creer que debemos ser y hacer.

Tú, como soltera empoderada, has tenido que dejar ir prospectos que, aunque eran perfectos en papel, no te llenaban. Has tenido que ignorar a las cucarachas disfrazadas de mariposas que nacen del aburrimiento emocional para no conformarte con algo que no mereces. Has tenido que despedirte de las historias de oficina que, aunque te hayan entretenido un rato, nunca fueron tu plan de vida y de esos ex novios a los que amaste profundamente, pero que dejaron de ser una pareja real para ti, huyendo de la zona de confort que representan.

Y sin darnos cuenta hemos tenido que luchar contra un esquema social que nos ha hecho creer que debemos ser mamás y esposas a cierta edad y hemos tenido que readaptar nuestros propios sueños porque, claro, cuando teníamos diez años jurábamos que nos íbamos a casar a los veintitantos y ahora nos enfrentamos a la vida real.

Sabes que naciste sin ese gen (seguramente leíste la columna de “Nací sin el gen de hacerme la difícil”, publicada originalmente en Actitudfem.com), pero carecer de ese gen es mucho más poderoso y va más allá de negarte a ser un ratón escurridizo; conlleva una predisposición genética a no conformarte, a ser auténtica, a buscar tu felicidad fuera de los límites de lo que los otros consideran correcto. Si te identificaste con esa columna, es porque no te funcionan esas convenciones sociales en las que una mujer no puede decir lo que quiere y no estás dispuesta a seguir las reglas de alguien más.

Sin embargo, la tentación de quedarte ahí, de aceptar un medio número más chico y hasta tragarte la idea de que puedes caminar con ese zapato que aprieta, es terrible y ejerce una presión que no siempre nos hace tomar las mejores decisiones, y que incluso puede dejarnos atoradas durante años en historias que no son para nosotras (y que, obvio, no nos hacen felices).

Por eso quise escribir este libro, para que sepas que no eres la única, que tu lucha es la de muchas y que no estamos locas ni somos raras. Somos muchas las que nacimos sin el gen y necesitamos empezar a creernos que nuestra forma de vida, auténtica y libre, es tan válida como cualquiera. Necesitamos empezar a conquistar espacios para la gente soltera, cambiar las políticas de los all inclusive y las instituciones sociales que se empeñan en hacernos sentir incompletas y defectuosas. También necesitamos asumir nuestra soltería no como un estado de transición sino como una forma de vida, como algo que se decide ser y no te resignas a ser, porque conformarte con menos de lo que sabes que mereces no sólo es mediocre, sino que te hará infeliz toda la vida. Y es momento de que todas (y todos) los que vivimos bajo esta filosofía nos sintamos orgullosos de ella.

Si sigues soltera, es porque no te has topado a la naranja, la verdadera, la correcta, por la que te vas a querer exprimir todo el jugo. O porque ya te la topaste, ya te exprimiste, y cuando no hubo más que exprimir, la dejaste ir porque, para ti, tu felicidad y tu estabilidad son más importantes que vivir acompañada.

Y poco a poco has desarrollado ese superpoder que es la soltería. Y digo superpoder no por el hecho de que puedas salir de fiesta todo el fin de semana sin darle explicaciones a nadie o porque puedas acostarte con quien quieras o gastar tu dinero en ti y en nadie más, sino porque sobrevivir a la marea de miradas de lástima y citas a ciegas que te organizan tus amigas y hacerte de un departamento con un único crédito es toda una hazaña. De verdad.

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