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METAMORFOSIS EN EL CIELO

Mathias Malzieu  

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Fragmento

Me llamo Tom «Hematoma» Cloudman. Dicen por ahí que soy el peor especialista de escenas arriesgadas del mundo, lo cual no es del todo falso. Estoy dotado de una torpeza física fuera de lo común. Tengo la extraordinaria capacidad de golpearme cómicamente con las cosas.

La libertad de los pájaros me impresiona, paso horas estudiando su vuelo, quizá los observe demasiado. Ya en el patio del colegio, andaba en patines con la esperanza de volar y de escamotear algunos besos a aquellas mujeres en miniatura que eran bellas pero demasiado mayores para mí. Me caía a menudo y volaba poco, a no ser que fuera en mil pedazos y con mil moratones como resultado. No obstante, a la menor señal de interés por parte de mi «público», me invadía una sensación de invulnerabilidad tan ridícula como agradable. Hice todo lo posible para que esa sensación perdurase: rodar desde el tejado del colegio, encaramarme a un viejo skate sacudiendo unas alas de cartón. Intentar alzar el vuelo en una bicicleta (engarcé un parabrisas de dientes rotos). Y eso solo por citar algo. Cuantos más porrazos me daba más famoso me hacía. Algunos me retaban solo para verme salir mal parado. Se reían mucho de mí. Y me di cuenta de que aquello, esa mezcla de emociones y adrenalina que se llama «espectáculo», me encantaba. A veces, me levantaba rodeado de zapatos de charol multicolores. Nunca supe resistirme a las voces de aquellas muñequitas que susurraban «otra vez»… Sin embargo, caerme nunca ha sido un fin en sí mismo. Lo que me resulta interesante es ese breve momento épico e incongruente que precede a la caída: el vuelo.

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Conforme pasaban los años, mayor era mi necesidad de escapar de lo habitual, de lo corriente. Mi mente reaccionaba igual que una película fotosensible a la emoción donde el amor y la muerte podían imprimirse en el mismo segundo. Comencé a revelar una auténtica fobia a las situaciones normales. En particular, las comidas largas me provocaban temblores. Olvidaba y perdía las cosas, rompía teléfonos, carteras y tarjetas magnéticas. Lógicamente, esas chiquilladas empezaron a no perdonárseme. Yo perseguía chutes de adrenalina: saltar desde un árbol con un paraguas como único amortiguador, descender un río helado en una lancha pinchada, escalar la chimenea de la chica de la que estaba enamorado. Dejar caer por el conducto de humos la pulsera que le había comprado con el mayor esfuerzo del mundo. Inclinarme demasiado para cogerla y aterrizar en el salón de su casa cubierto de hollín mientras ella celebraba la cena de Nochebuena en familia. Siempre necesitaba más emociones: más alto, más rápido, más lejos, más tiempo. Vivía como una peonza de carne y hueso: solo mantenía el equilibrio en movimiento. Mi comportamiento empezaba a preocupar a mi familia.

Aunque hice cuanto pude por adaptarme, conseguí que me echaran de todas partes. Incluso de la escuela de circo: demasiado torpe. El tribunal apreciaba mi manera de saltar en la cama elástica y no atinar jamás dentro de la red, pero me explicó que un payaso tenía que ser capaz de caerse centenares de veces sin hacerse daño, lo cual no era en absoluto mi caso.

Debía encontrar un modo de integrarme y de ganarme un poco la vida. Entonces tuve una idea. ¿Por qué no montar un espectáculo de artes populares y escenas de riesgo fallidas? Podía contar historias, tocar la armónica, saltar, cantar, quizá volar, con toda seguridad caerme. Y hacerlo todo con espíritu solidario. Tenía que marcharme. Ya.

Decidí emprender camino a los pocos segundos de haber pensado en ello, fue una decisión impulsiva pero firme. Cogí una vieja tienda de campaña, un saco de dormir y el abanico de todas las posibilidades que tenía por delante, todo amontonado en una mochila demasiado pequeña, y me fui. Nunca me había sentido tan ligero.

El viento helado hacía brillar las luces de Navidad, las estrellas parecían más cercanas de lo habitual. Un olor a creps se escapaba de una casa, éxtasis supremo… Yo ya me veía descubriendo parajes inexistentes, aprendiendo todas las lenguas e inventando otras nuevas. Sin embargo, en mi primer intento de marcharme de la ciudad me di de bruces con una dirección prohibida. La muy bribona se ocultaba tras su sombra a la salida del pueblo. Boxeó contra mi arco supraciliar con toda su potencia metálica. La vuelta al mundo en ochenta segundos. Temblé como un cascabel. Solo deseaba un buen baño y una aspirina gigante. Vuelta a la casilla de salida.

Me di cuenta de que esa primera marcha fallida me permitió reflexionar sobre mis veleidades de fuga. Necesitaba un vehículo, un caparazón en el que cobijarme con mayor facilidad. Un coche hubiera sido demasiado peligroso. El auto loco de fabricación casera que utilizaba para bajar a toda prisa la urbanización, demasiado frágil. De esta manera nació la idea de un ataúd con ruedas.

Dediqué los meses siguientes a la preparación de mi nave. Contrachapado de madera barnizada por fuera; ropa de cama y cojines por dentro, bien confortable. Un estante pequeñito en el que dejar un libro de bolsillo y un paquete de galletas y contra el que chocar con la cabeza; agujeros de ventilación en el techo, como los de las cajas para animales domésticos. Ruedas de BMX, piñón de bicicleta de carreras de diez velocidades en la parte delantera del aparato, sillín mullido y manillar ancho. Después de muchos ensayos terriblemente desalentadores, en la primavera siguiente el aparato estaba listo al fin: rutilante, adornado con unas pegatinas de los Pixies y unas nubes bastante mal pintadas.

Había llegado el gran momento de la marcha. Me alejé de la salida del pueblo y cuando pasé ante el cartel que indica la siguiente aldea, un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Podía detenerme para dormir en cualquier lugar, incluso en un cementerio.

Mi ataúd rodante se reveló como un auténtico imán para los curiosos. Hasta los viejos que decoran los bancos públicos me prestaban atención. Normalmente, aparcaba bajo un árbol platanero y tocaba un rato la armónica, oculto en mi habitáculo. Cuando el murmullo ambiental me indicaba la presencia de una audiencia suficiente comenzaba el espectáculo: brincaba al tiempo que escupía confetis. Improvisaba en torno a la muerte de Papá Noel mientras me marcaba unos pasos de claqué al ritmo de una canción de Johnny Cash. A continuación, trepaba a lo primero que encontrase: un árbol, el capó de un coche, una marquesina; desplegaba mis alas de cartón y aseguraba que podía volar. Me caía, me hacía más o menos daño y terminaba el espectáculo tumbado en mi ataúd rodante. Jamás me presentaba ante el público sin mi máscara de El Zorro. Di con ella en una vieja tienda. La máscara me permitía vencer mis inhibiciones y conservar parte de un misterio algo rancio. Ni siquiera me la quitaba cuando daba un beso.

Y así, presentando mi espectáculo de aldea en aldea, mi fama comenzaba a precederme. Aumentaba la afluencia de curiosos que me llevaban comida, apósitos y hasta libros. Me había impuesto una regla: nunca me quedaría más de veinticuatro horas en el mismo sitio. Pasaba las noches cerca del lugar del espectáculo y en cuanto amanecía reanudaba el camino. Podía suceder que el cansancio y las malas caídas me dejaran postrado en el ataúd unas cuantas horas más, pero yo me aferraba a mi impulso. El flujo de libertad que corría por mis venas me hacía feliz. Mi mente parecía rejuvenecer cada día. Mi cuerpo, por su parte, envejecía a toda velocidad. Para satisfacer a mi público probaba con escenas cada vez más arriesgadas. Bien pensado, qué cosa tan extraña eso de alimentar el alma con el ruido de unas cuantas manos entrechocando. La gente me advertía, de un modo más o menos cariñoso, que corría el riesgo de no aguantar mucho tiempo ese ritmo. La lista de heridas y conmociones diversas se alargaba día a día, y mi espalda crujía como una tabla vieja y podrida.

No obstante, no me cansaba de los atajos, campos magnéticos, ni de otros campos que se entristecían al verme chocar contra los árboles. Mi cerebro es un disco duro lleno de crepúsculos disfrazados de auroras boreales, de zorros que cruzan la carretera como cohetes rojizos. Aquel modo de vida era una máquina de producir sorpresas. Caracoles pegados a la almohada, erizos escondidos dentro de mi cama, o aquella chica de aspecto gótico que quería dormir en mi ataúd. Y yo que le digo que por desgracia ahí dentro no hay sitio para dos. Y ella que va y me suelta que no tiene intención de dormir allí conmigo.

Y aquel nido de canarios rojos, que apareció una madrugada meticulosamente posado sobre mi cama. Alguno de los pajaritos murió mientras yo dormía, pero me quedé con los siete que se salvaron. Debí de ser lo primero que vieron. Y en cierto modo me convertí en su padre. Los llamé a todos Michel Platini. Es una buena cosa tener muchos Platini para formar un equipo. Muy pronto, los pajaritos participaron en el espectáculo. Siempre tenía alguno dentro de la manga. Los canarios daban amplitud a mis gestos y se posaban sobre mis hombros cuando me desplomaba lamentablemente. Estudiaba el movimiento de sus alas, sus trayectorias. Me inspiraba en ellos. Día a día se agudizaba mi atracción por el cielo. La bóveda celeste me hipnotizaba; habría devorado las nubes.

Durante la época en la que viajé en el ataúd rodante, me enamoré de los libros. A una parejita que acababa de regalarme uno, le expliqué cuánto me emocionaba ese r ...