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MEXICOLAND

Jaime Alfonso Sandoval

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Fragmento

CAPÍTULO I

Malas noticias

“Alumno Cuauhtémoc Rojo, diríjase de inmediato a la oficina del director”, estalla el altavoz de la escuela. Al oír mi nombre siento una patada en la cabeza. La voz metálica y pastosa de la anciana secretaria escolar da escalofríos. Ocurrió algo malo, estoy seguro; nunca es bueno escuchar tu nombre por el altavoz. Mis compañeros me miran con una mezcla de pena, morbo e inmenso alivio de no ser los nombrados.

—Pásale, Cuitláhuac —dice el director cuando entro a ese asfixiante cubículo lleno de archivos viejos que llama oficina.

—Cuauhtémoc —aclaro. Siento nervios—. También me dicen Temo.

—Sí, eso quise decir… —el sudoroso director revisa un montón de papeles y expedientes. Me ve de reojo. Para él debo de ser una amorfa mancha adolescente de uniforme verde y granos en la cara—. Dime una cosa, ¿a qué se dedican tus papás?

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Me pongo rígido. Esa pregunta siempre me causa ansiedad.

—Son… promotores —murmuro.

—¿Qué?

—Promotores —repito con voz insegura—. Hacen representaciones en tono de comedia para eventos en campañas educativas.

Ni yo entiendo qué dije. El director me mira y revisa un folleto.

—Aquí tengo que son payasitos de escuelas primarias —me muestra la página del directorio de profesionales donde aparece la foto de mi mamá con una peluca rosa y gafas amarillas y mi papá con una nariz enorme y un bombín azul. Debajo de ellos un letrero dice: Chispas y Chapitas, la Parejita Alegre®. Conocimiento y diversión. Garantizamos carcajadas o les devolvemos su ignorancia y mal humor.

—Sí, son ellos —reconozco. Mi dignidad está por los suelos—. Pero también fueron profesores de estudios superiores… Bueno, antes… ¿Están aquí?

—Ojalá. Sólo quería confirmar que se trataba de ellos. Lo siento, muchacho.

—¿Por qué? —siento vértigo.

—… Estas cosas pasan —su voz se vuelve extraña—. Verás…, no sé cómo decirte esto, la cosa es que tuvieron un accidente horrible, algo de verdad feo —el director toma el teléfono y oprime un botón—. Rosi, ¿me traes un cafecito? Sí, con dos de crema, porfa. Y el reporte de la última inspección escolar. Gracias —cuelga y vuelve a verme—. Pues eso, tuvieron un espantoso accidente en el metro, ocurrió hace un par de horas.

Por primera vez entiendo la expresión quedarse petrificado. No puedo moverme, todo me parece tan extraño, la cara grasosa y arrugada del director, el calendario escolar que anuncia el aniversario de la refundación de México Nuevo, los montones de expedientes. La expresión de mis padres en el folleto Chispas y Chapitas, la Parejita Alegre® con sus sonrisas pintadas con maquillaje, la peluca y el bombín.

—Pero… ¿qué pasó? ¿Cómo están? —consigo preguntar.

—Híjole, ése es el mayor problema —el director carraspea y se acomoda los lentes—, que ya no están. Fue algo horrendo, se arrojaron a las vías y hasta descarrilaron un metro, en la estación Nueva Constitución. Toda la zona es un desastre. Dicen que fue una escena dantesca… Espero que sepas qué significa esa palabra.

Asiento, duro, como lo haría un robot que ha estudiado La Divina Comedia.

—Por cierto, no te he ofrecido nada. ¿Quieres un vasito de agua? Sólo hay del grifo, se descompuso el purificador.

—Pero… ¡Mis papás no pudieron aventarse al metro! —mi voz es cercana a un grito—. Ellos están trabajando, hoy tienen dos representaciones escolares. ¿Puedo llamarlos? Seguro los confundieron con alguien más.

—Muchacho —el director suspira, un poco impaciente—. Ya confirmé todo eso. Además, ¿crees que abunda por la calle la gente vestida como Chispas y Chapitas? Entre los restos de las vías encontraron un zapato de payaso; perdón, no me estoy riendo —carraspea—, sé que es algo trágico, pero bueno, es que la situación es un poco cómica en el fondo, tú entiendes…

No, no entiendo.

—¿Por qué harían algo así? —mi voz suena extraña, como si alguien la pisara.

—Tú deberías saberlo mejor que yo… Deudas, alguna enfermedad, depresión, y a pesar de que vivimos en el lado bueno, ¡la vida puede ser difícil en estos días! No los juzguemos.

Creo que el director se da cuenta de mi estupor porque suaviza el tono.

—Tal vez cayeron a las vías en un accidente… ¿eh? —concede—. Con la saturación que hay del transporte público, es una porquería. He escuchado de algunos accidentes. No digas que yo te dije, pero supe de uno reciente, en la estación Gran Tribunal, con muchos muertos. En fin, piensa que al menos ya no sufren. Pudo ser peor.

—¿Peor que estar muertos?

—Claro, ¡mucho peor! Imagínate si hubieran quedado inválidos…, además, eres hijo único, ¿no? —revisa un papel, debe de ser mi expediente personal—. Y por su tipo de trabajo estoy seguro de que su cobertura médica era una porquería.

Parpadeo, sigo sin entender. El director completa:

—Tendrías que trabajar el resto de tu vida para pagar el hospital y luego mantener a unos padres inválidos, serías fichado en el sistema de deudores. Un dineral imposible de cubrir, créeme, heredarías esta deuda a tus hijos. Escucha lo que te digo. En el fondo, es una buena noticia, dentro de la tragedia, claro… ¿Dónde está mi café? —toma el teléfono—. Rosi, ¿qué pasó? No, no, dos de crema, ya sabes…, sí, porfa, y el reporte, es lo que importa —cuelga y me ve—. Pobre Rosi, a veces se le olvidan las cosas, pero no puede renunciar. Dicen que antes, a los sesenta o sesenta y cinco años estabas jubilado. ¡Qué tiempos! Y los sindicatos…, mi padre una vez estuvo en uno, le daban pavo para Navidad, ¿te imaginas? Así, gratis. ¡Dios!, dije pavo y me dio hambre.

Si hubiera un premio al director más insensible y cruel de la historia, estaría frente al ganador.

—En fin, muchacho, siento mucho tu pérdida —dice con prisa, mientras mira el reloj de la pared—. Debe de ser duro perder a tus dos padres, hechos papilla, así, de pronto. Pero tienes toda la vida por delante para superarlo, apenas tienes… ¿doce años?

—Dieciséis…

Me ve con cierta curiosidad.

—Pareces muy pequeño para tu edad. ¿Eres enano?

Supongo que piensa que al ser hijo de payasos debo de ser enano o así.

—Sólo soy algo bajito, pero mi mamá dice que me falta dar el estirón…, ella decía… —ya no sé cómo conjugar el verbo.

No puedo. Para ese momento es imposible evitarlo, sale un torrente de lágrimas. Busco en el bolsillo, lo único que tengo para enjugarme es una servilleta del sándwich sabor a res en chipotle que comí en el receso. Alcanzo a leer: Foodtech: combinamos los mejores genes, para llevarte el mejor sabor.

—No lo tomes a mal, muchacho —carraspea el director—. ¿Te puedo pedir un favor? No te ofendas, pero si quieres llorar, hazlo en la recepción, es que tengo mucho trabajo, ni te imaginas. Va a venir el inspector de la zona escolar. Si ve que no llegué a las metas académicas me quitan los estímulos de productividad de la escuela. ¿Entiendes?

Señala los papeles. No entiendo, pero digo que sí con la cabeza.

—Perfecto —me señala la puerta—. Creo que alguien va a venir por ti… Espera afuera, porfa.

—¿Mis tíos? —pregunto secándome las lágrimas.

Son los únicos parientes que tengo, el primo de mi papá, José Miguel, y su esposa Soledad, mejor conocidos como Pepe y Sole. Hace mucho que no los veo. De hecho, hace años que no se hablan con mi papá.

—No, creo que no… Pero no te preocupes, recuerda que toda esta tragedia algún día va a volverse un lejano recuerdo y te ayudará a madurar, para ser un adulto y todo eso. ¿Le dices de mi café a Rosi? Si puedes, me lo traes tú mismo, porfa, y un expediente con un fólder verde. Con dos de crema, hablo del café. Gracias, Moctezuma.

—Cuauhtémoc —respondo en automático—. Me llamo Cuauhtémoc.

El director ya no dice nada. En ese momento de nuevo soy una mancha adolescente con uniforme.

Le llevo el café al director y luego espero en la sala, miro el escudo escolar: Escuela Secundaria 331 Fundadores, una compañía de grupo Educorp. Educación para hoy; trabajo para mañana, paz para siempre. Sigo sin creer lo que acabo de oír. Todo es irreal, absurdo, como si estuviera en un sueño. Quiero seguir llorando pero me detengo por dos razones: no tengo más servilletas a la mano y algunos compañeros se asoman por el pasillo. No tengo idea si saben lo del asunto del metro, pero me miran con curiosidad, como si yo fuera un accidente en la calle que contemplas, protegido desde la distancia. Ahí está Maritere, que me gusta un montón y apenas ayer me le declaré, le pregunté si quería ser mi novia (dijo que lo iba a pensar durante esta semana). Las cosas no pueden empeorar.

Me equivoco.

Llegan por mí; no son mi tío Pepe y su esposa Sole, son dos policías que vienen buscando al “hijo de los payasos suicidados”, así dicen en la recepción y estoy seguro de que toda la escuela escucha eso, incluyendo a Maritere. Si alguna vez tuve buena reputación en la escuela, ha terminado para siempre. Ella ya no pensará en mí como novio, como nada.

Me suben a la patrulla. Apenas detecto el trayecto, cuando me doy cuenta estamos en la delegación de policía. Está en uno de esos edificios llamados BaVe o Barrio Vertical. “Conjunto Hidalgo VI” dice en la puerta. Son sesenta pisos, donde caben un centro comercial, una zona de departamentos, cines, un parque cubierto, un club deportivo, un supermercado, un hotel, oficinas. No es especialmente lujoso ni bonito pero se ve limpio; siempre he querido vivir en un edificio así, pero por el trabajo de mis padres y sus bajas prestaciones es imposible. Sólo tenemos (¿o teníamos? Ya no sé cómo decirlo) derecho a una vivienda en una unidad habitacional de las viejitas, de antes de La Secesión.

Llego al piso 51, donde está la delegación de policía. En la puerta dice: Policía Fénix. Honradez y eficacia garantizada, una filial de grupo Jusnova. Huele mal. Debe de ser por la cantidad de personas en este espacio tan reducido. De un lado, algunos vecinos tramitan permisos para viajar a otros distritos, otros están pagando las cuotas de seguridad, y hay una sección donde están los recién detenidos: veo a un par de señores y a una mujer que por la manera en que se balancean deben de estar borrachos. Es un delito, seguro rompieron la ley llamada “del cuarto”: ningún adulto puede tomar más de un cuarto de alcohol por semana, el resto de las drogas están totalmente prohibidas.

Me toca ver un zafarrancho justo en ese momento. Un anciano que estaba protestando en la vía pública, fuera de las zonas autorizadas. Lo sé porque todavía carga una pancarta rota que dice: ¡Democracia ya! A pesar de la edad el señor parece grande y macizo, tiene mucho cabello blanco, erizado como púas; un funcionario le exige que suelte la botella de pintura con la que cometió una falta más: una pinta en la pared.

La escena no es tan rara. Siempre hay ancianos en las calles quejándose de algo, de pensiones o de algo que llaman “derechos civiles”, pero casi nadie les hace caso. Los gritos y amenazas se ponen más violentos. Este viejo es muy necio y fuerte, intenta defenderse, se acerca al funcionario y cuando un policía lo sujeta de las manos, lo muerde. Me quedo pasmado. No puedes tocar a un oficial, ¡menos morderlo!, es un delito, cualquiera lo sabe, así que el policía que me trajo, que está cerca, saca una macana de descargas eléctricas, se acerca al anciano y lo tira al suelo, el viejo se retuerce en el piso y salen volando sus dientes postizos, que llegan cubiertos de babas hasta mis pies. Entre espasmos y mala pronunciación grita: “¡Exijo respeto a mis derechos humanos! ¡Fascistas! ¡Son unos fascistas!”. No sé qué signifique nada de eso. Se lo llevan a rastras. Me prometo que nunca seré como esos ancianos a los que nadie entiende.

—Ya sabes…, viejos, pero ya se morirán —dice el policía que me trasladó.

Guarda en el cinturón la macana de descargas eléctricas y me acompaña hasta un pequeño cuarto, tiene una mesita, unas cámaras de video en el techo.

—Espera aquí, no te muevas —advierte.

En ese momento me doy cuenta de que dejé mi mochila en la escuela, con todas mis cosas, ni siquiera tengo dinero. ¿Me dejarán volver por la mochila? Me quedo un rato ahí, todavía estoy pasmado, sin entender nada. Escucho que afuera las cosas vuelven a la calma y en la pared que está frente a mí se encuentra la foto de Ángeles Díaz-Wilson. Su imagen está en todas partes, es normal, se trata de la directora general del corporativo México Nuevo. Creo que antes a los que dirigían les decían presidentes. La directora es una señora mayor, de ojos apacibles, vestida de blanco y rojo, con algunas canas en las sienes. Sonríe y dan ganas de abrazarla. Una vez Maritere me dijo que la directora general realmente no existe, es como una marca, como el muchacho moreno y musculoso que aparece en el empaque de comida enlatada Foodtech. De todos modos tengo ganas de que alguien me abrace. Debajo de ella está la frase que siempre acompaña su imagen: México Nuevo, México Unido. Ante criminalidad y corrupción: tolerancia cero.

Recuerdo por qué estoy ahí y otra vez me dan ganas de llorar. El día se está volviendo una pesadilla de la que no puedo despertar. Después de unos minutos entran un hombre y una mujer, visten de manera muy formal, como oficinistas, de gris, en la mano traen café en unos vasitos de cartón.

—¿Cuauhtémoc Rojo? —dice el hombre al leer un expediente—. Te vamos a hacer unas preguntas. ¿Está bien?

No alcanzo a responder. La mujer me lanza una ráfaga de preguntas, entre las que consigo escuchar: “¿Hace cuánto que tus padres trabajaban como promotores infantiles educativos? (Al menos no dice payasitos.) ¿Dónde se conocieron? ¿Estaban satisfechos con su trabajo? ¿Los oíste quejarse o actuar de manera extraña en los últimos días? ¿Tenían alguna afición? ¿Presentaban enfermedades manifiestas u ocultas? ¿Sabes si alguna vez intentaron salir del distrito o del país? ¿Tenían deudas? ¿Qué tan grande es tu familia? ¿Tienes parientes del otro lado? ¿Tus padres fueron alguna vez para allá?”.

Le respondo con lo que sé. Mis papás llevaban cuatro años con su trabajo de promotores educativos, antes de eso eran profesores, hasta que un padre de familia puso una queja; según él, mi mamá estaba enseñando a su hija cosas que estaban fuera del programa de estudios. Se hizo una investigación y vieron que era cierto y que mi papá había cometido el mismo error. El asunto no era tan grave, hablaron de algo que pasó hace muchísimos años, un asunto llamado Porfiriato y los peones de Hacienda y el Valle Nacional, pero los maestros no pueden decir datos que no vienen en el programa y los removieron de su puesto. Educorp les hizo un juicio laboral pero en lugar de echarlos fuera les dio una oportunidad y sólo los bajó de rango, como Chispas y Chapitas, animadores infantiles, payasos en las escuelas para campañas de limpieza de los dientes, higiene, matemáticas y así. Les daban un guion que tenían que aprender de memoria, no podían salirse de él ni improvisar porque trabajaban con una pista de sonido ya grabada y ellos tenían que sincronizar los labios. Aunque no se les veía muy felices, nunca los escuché quejarse. No hablaban de sus problemas frente a mí. La única afición que les conocí fue que les gustaba leer libros de los de antes, de papel, pero siempre lo vi normal porque fueron profesores. A veces salían de casa un día o dos al mes, me decían que era por cosas de trabajo, a cursos o así. Como familia no visitamos otro distrito, era muy caro hacer eso. Nunca supe si estaban deprimidos, tampoco me contaron dónde se conocieron o si estaban enfermos de algo.

En ese momento me doy cuenta de que sé muy poco de mis padres. Mi familia son básicamente ellos y mi tío Pepe y su esposa Sole. Supongo que tengo parientes en el otro lado, todo el mundo los tiene, pero nunca me hablaron de ellos.

—Es todo lo que sé —termino exhausto, a punto de ponerme a llorar—. Lo juro, nunca le mentiría a la policía.

—No somos policías —aclara el hombre de traje—. Somos abogados de este caso.

—Pero está bien que no mientas —agrega la abogada—. Mentir es malo.

Sé que la pregunta a estas alturas es absurda, pero la hago:

—¿Entonces sí están muertos?

—Tan muertos como el Viejo México —afirma el abogado.

Miro de nuevo la imagen de la directora general del corporativo México Nuevo, Ángeles Díaz-Wilson, con su gran sonrisa corporativa.

—Me siento mal —sollozo—. Quiero irme a mi casa. ¿Puedo?

El hombre y la mujer cruzan una mirada, como si hubiera dicho algo absurdo.

—No, no puedes, lo siento —revela el hombre—. El departamento en el que vivías con tus padres está confiscado.

—Y todo lo que está ahí es parte de la evidencia —explica la abogada—. Muebles, documentos, ropa y, desde luego, los libros. Cuando termine la investigación todo lo de valor será puesto en remate para cubrir los gastos, incluyendo la propiedad.

Confiscado, evidencia, investigación. Escucho, pero cada vez entiendo menos qué sucede. Los abogados deben de ver mi cara congestionada por la confusión, se compadecen.

—Cuauhtémoc, creo que nadie te ha dicho algo y es importante —suspira la mujer—. A tus padres se les considera criminales.

—Están acusados de varios delitos por lo que hicieron hoy —el abogado señala una carpeta llena de documentos.

Casi salto de la silla.

—¿Cómo que criminales? ¡Se cayeron a las vías del metro! —retomo la explicación del director, me apego a ella—. Todos saben que hay accidentes en el transporte. Hubo ese accidente en Gran Tribunal… Mis papás son víctimas. ¡Tendrían que estar investigando eso!

—No fue un accidente —replica el abogado—. Ya revisamos los videos, tus padres se arrojaron de manera voluntaria.

Siento un frío en la base de la espalda.

—Fue un suicidio en toda la regla —confirma ella—. Y no sé si sepas, pero en el sistema penal de México Nuevo, el suicidio se considera un delito si tiene agravantes. Y en el caso de tus padres hay muchos. Para empezar, tenían un contrato con Educorp, todavía les quedaban nueve años. Su muerte voluntaria se considera, por principio, incumplimiento laboral. Si iban a faltar a ese trabajo debieron hacer la diligencia correspondiente y dar un justificante o pagar la multa por renuncia anticipada.

—Pero los suicidas no piensan en contratos —defiendo a mis padres, como si tuvieran todo el derecho a arrojarse al metro—. No puedes avisar a un jefe si te quieres suicidar.

—Tendrías que hacerlo —señala enfático el abogado—. Además, hay algo más grave, con su violenta muerte ensuciaron la marca de la Parejita Alegre. Hay otros Chispas y Chapitas que trabajan en las zonas escolares y peligra su empleo. Si la gente asocia a estos payasitos con el accidente, hablamos de daño de marca corporativa. Debieron pensar antes en eso. Incluso debieron quitarse el disfraz antes de hacer lo que hicieron.

Me quedo con la boca abierta. No sabía nada de eso.

—Aunque tengamos problemas emocionales y mentales, todos debemos obedecer las reglas sin excepción y hay que respetarlas —asegura la abogada y se ablanda un poco al ver mi expresión—. Pero debes concentrarte en la parte buena de todo esto.

—¿Que no quedaron inválidos y no debo mantenerlos? —pregunto en voz baja.

—Bueno, sí, eso sí fue bueno —reconoce la abogada—. Pero me refiero a algo que tiene que ver con sus muertes. Eres menor de edad y eso es una gran noticia.

—Por ley, si fueras mayor tendrías que hacerte cargo de las deudas de tus padres —el abogado revisa unos documentos—. Y sabemos que tenían un préstamo importante.

—Era un fondo de ahorro para mi educación —explico—. Como el trabajo sólo paga la mitad de mi colegiatura, pidieron un préstamo para hacer un fondo para que en el futuro estudiara una carrera.

—Bueno, yo que tú no me haría mucha ilusión —apunta el abogado—. Ese fondo va a desaparecer para pagar las indemnizaciones.

Abro tanto la boca que me arriesgo a que se me rompa la mandíbula.

—Es que todavía no te hemos dicho lo peor de esto —asegura la abogada.

Trago saliva. No puedo creer que haya algo todavía peor en este horripilante asunto.

—Tus padres están acusados de terrorismo ciudadano —revela la mujer y por alguna razón pienso en los ancianos que vi afuera—. Además del caos que provocaron, al cometer el suicidio descarrilaron un tren del metro. Cinco vagones son pérdida total, se considera daño directo al departamento de la ciudad de Mexbla y a la empresa transportista Butanosa. ¿Te imaginas lo que va a costar reparar todo eso?

—¿Mucho? —me atrevo a preguntar.

—¡Muchísimo! —el abogado parece un poco indignado, como si fuera el dueño de los vagones despanzurrados—. Pero falta lo peor.

—¿No me habían dicho ya lo peor? —exclamo.

—Por desgracia falta lo más grave —inhala la abogada—. Murieron otras dos personas en el descarrilamiento, así que estamos hablando de asesinato en segundo grado. Hay que indemnizar a las familias de las víctimas.

Me quedo sin aliento. La palabra “asesinato” resuena en mi cabeza.

—Tus padres tenían un seguro de vida —anota el abogado—. Pero se anuló porque cometieron suicidio. Se deben rematar sus bienes y ahorros para pagar las deudas que tienen con Educorp, con la ciudad de Mexbla, con los transportes Butanosa y con los familiares de los muertos.

—Ahí se va tu fondo para la educación, el departamento y todo lo que hay en él —resume la abogada, para que me quede claro.

En ese momento me doy cuenta de que no son mis abogados: deben de trabajar para Butanosa o para el gobierno de Mexbla. Y les he respondido todo lo que me preguntaron.

—Pero recuerda que eres menor de edad —ella vuelve a dulcificarse—. Así que no te toca pagar la deuda. ¿Entiendes por qué decimos que tienes suerte?

Lo repiten tantas veces que comienzo a pensar que hoy es mi día con mejor suerte en la vida.

—Y entonces… ¿qué va a pasar conmigo? —digo con voz de huérfano.

Era la pregunta que debía haber formulado desde el principio, pero me dio miedo hacerla.

Los abogados se miran, un poco incómodos. Él explica:

—Bueno, Cuauhtémoc, eso no lo determinamos nosotros. Es un proceso largo; por ahora estás en custodia temporal por el departamento de policía, pero no te preocupes, no se te considera responsable ni cómplice, sólo eres parte de las pruebas.

Eso dice, pruebas, como si yo mismo fuera un arma, un documento, un zapatote de payaso.

—¿Y el primo de mi papá? ¿Pepe y su esposa Sole? —pregunto, cada vez más asustado—. ¿Saben lo que pasó?

—Ya rindieron declaración en una oficina de policía de su distrito —la abogada revisa una copia del expediente—. Probaron que tenían poca relación con tus padres y llevaban años sin verse. Se asustaron con lo de las demandas, es normal, también podrían ir contra ellos; pero ya metieron un amparo y probaron que no tienen nada que ver con los suicidios de tus padres. Llevaban años sin hablar con ellos. Eso les sirvió.

—Pero… finalmente son mis tíos, ¿no van a venir por mí? —pregunto suplicante—. ¡Yo soy su único sobrino! Y que yo sepa no tienen hijos.

—De momento dijeron que no —explica el abogado—. Pero debes entenderlos. Representas muchos gastos, problemas legales, ni siquiera tienes un fondo de ahorro.

—¡Sí lo tenía! —comienzo a ver todo oscuro, me mareo—. No tengo más familiares… ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Voy a terminar en la calle?

La abogada no puede evitar sonreír.

—Eso no es legal, al menos no en el México donde vivimos. Pero si tus tíos no te adoptan, lo más seguro es que te envíen a una Oficina de Menores Infractores.

Creo que de todas las malas noticias que he recibido hoy, ésa es la peor. Me paralizo de terror.

—¿A un calabozo para niños? —alcanzo a murmurar—. ¡Pero no he hecho nada malo!

He escuchado cosas horribles sobre esos sitios. En la escuela decían que a los calabozos para niños enviaban a los menores que nadie quería, a los peor portados, o que habían cometido un delito. Son sitios horrorosos, si entras es posible que mueras pronto.

—No son calabozos, es una OMI —la abogada remarca las palabras—. Oficina de Menores Infractores. Y también reciben a huérfanos como tú. Obviamente se busca dar salida a los menores para reinsertarlos en la sociedad.

—Dicen que son un infierno —empiezo a gemir—. Casi como vivir en los Territorios Perdidos, en el otro lado…

Ninguno de los dos abogados me desmiente y eso me asusta más. Se me ocurre algo desesperado.

—Si escribo una carta, ¿podrían dársela a mi tío Pepe? Por favor…, ¡no quiero terminar en una Oficina de Menores Infractores! Si tienen hijos, imagínense que por accidente terminaran ahí.

El ejemplo debió conmoverlos porque la abogada acepta recibir el mensaje. A toda prisa les escribo a mi tío Pepe y a su esposa Sole. Les explico que estoy asustado y horrorizado por lo que hicieron mis padres, no tengo idea de por qué lo hicieron, y me siento solo; les digo que tengan piedad de mí, que soy muy estudioso, muy obediente, cariñoso, que no se van a arrepentir de tenerme con ellos. Creo que la carta podría ablandar hasta una piedra. Además, todo lo que digo es verdad, excepto que soy muy cariñoso, pero estoy dispuesto a ser el mejor sobrino del México Nuevo, a dar abrazos y ser obediente.

—Por favor… —entrego la carta, temblando.

—Todo saldrá bien, tú confía —dice el abogado y guarda mi papel entre sus expedientes.

Los dos me miran con lástima, pero no dicen nada más, llevan prisa, tienen que seguir reuniendo pruebas para el caso judicial.

En eso se ha convertido mi vida, en un caso judicial.

CAPÍTULO II

El futuro ya no es lo que era

Hasta que se defina mi situación jurídica me quedo en la estación de policía. Me sacan del cuartito y me llevan a una sala de espera; en realidad es un pasillo largo y lleno de sillas. Al quedarme solo me pongo a llorar.

No puedo creer todo lo que ha ocurrido en un solo día. Cuando desperté mi vida era normal, la de siempre. Mi mayor problema era el examen de matemáticas y que Maritere aceptara ser mi novia, pero un metro a la estación Nueva Constitución bastó para que me quedara sin padres, sin escuela, sin Maritere, sin casa, sin fondos para mi educación. Tal vez mi único futuro sea un calabozo para niños.

En ese momento siento un calor que me sube al pecho y tengo unas enormes ganas de golpear una pared, las sillas, tirar de una patada ese garrafón con agua, pero no lo hago (no sea que me multen por dañar mobiliario de una oficina de la corporación). Siento furia contra mis papás… Por su culpa estoy aquí, a punto de irme a un calabozo. ¿Qué no pensaron en mí antes de arrojarse a las vías? ¿No calcularon los problemas en que me meterían? Si pudiera, yo también los demandaría. ¿Se podrá demandar a padres suicidas? No les pregunté a los abogados.

Al minuto me siento culpable por mi propia furia. Seguramente mis padres tenían problemas gordísimos para hacer lo que hicieron, tal vez tenían una enfermedad mortal, o de seguro se sentían tan humillados por ser Chispas y Chapitas que prefirieron la muerte. ¿Y si estaban demasiado endeudados por el préstamo para mis estudios? ¿Y si los perseguían el banco o sus jefes de Educorp? Tal vez los habían amenazado con desterrarlos al otro lado, a los Territorios Perdidos. No, no voy a juzgarlos, debieron tener sus razones… ¡pero me gustaría saber cuáles son!

Intento recordar algo, alguna pista que me diga por qué prefirieron hacerse picadillo y abandonarme que seguir con nuestra familia. ¿Realmente tomaban un curso cuando se ausentaban esas dos noches al mes? No lo sé… Para ese momento mi cabeza está por romperse de tantas dudas que ya no caben. Estoy triste, estoy furioso, indignado, atónito, con hipo. Así me encuentra una empleada de la oficina de policía, y confunde mis sentimientos con hambre, porque va a una máquina expendedora Foodtech para regalarme un burrito recién descongelado. Curiosamente, hambre es lo único que no tengo, pero le doy las gracias y hasta le doy una mordida al burrito de machaca, que no sabe tan mal aunque en la etiqueta leo que lo produjeron hace cinco años (es lo bueno de que estén genéticamente modificados). Antes de que la empleada se vaya, le pregunto si mi tío se ha reportado, me mira como si hablara alguna jerga del Viejo México, no dice nada y se da la vuelta.

En las siguientes horas me concentro en la puerta, estoy seguro de que en cualquier momento veré llegar la cara con dos papadas del tío Pepe y el peinado esponjoso de la tía Sole. Estoy seguro de que mi carta los conmovió. Hago memoria, recuerdo el día exacto que los vi por última vez, fue cuando tenía doce, cuando mis padres perdieron el trabajo como profesores. Visitaron nuestra casa y la cosa no terminó bien, todos discutieron. Pero siempre lo hacían, sobre todo el tío Pepe; recuerdo que me daba miedo su respiración jadeante. Después de eso no volvieron y tampoco los visitamos. Sé que viven al otro extremo de la ciudad, por Cholula. Nunca he ido allá, es una zona industrial, he oído que es horrorosa, pero me prometo que nunca voy a criticar esa zona, ni a ellos, ni a su casa, es mi única posibilidad de hogar.

Pasan algunas horas, ya no llegan más borrachos, lo único que veo son personas que hacen trámites. La oficina de policía de Jusnova no cierra nunca, van a pagar multas vecinales de ruido o por tirar la basura fuera del día de limpia. La gente paga de inmediato sus multas: si se atrasan, cometen un segundo delito mucho peor. Debe de ser muy noche porque sin darme cuenta me duermo, no sé cuánto tiempo pasa, despierto cuando oigo una voz.

—¿Sigue este niño aquí? —pregunta alguien; es el policía que me recogió en la escuela, habla con la empleada del burrito—. Se supone que iban a venir de una OMI por él. ¿Por qué no han llegado?

Tiemblo al escuchar de los calabozos para niños. Necesito explicarle que mis tíos vienen por mí, pero que viven lejos, que deben de estar en camino.

—No se ha resuelto su situación legal —murmura la mujer.

—Como sea. No puede estar aquí, ésta es zona de usuarios —insiste el policía—. Hay que llevarlo a una zona de contención, no vaya a escapar.

Casi me río, ¿escapar? ¿A dónde? Ni siquiera tengo casa. El oficial me lleva al final del pasillo, que conecta con otro más oscuro, y finalmente me mete a una celda con rejas, hay bancas metálicas empotradas en la pared.

—¿Sabe si mis tíos van a tardar en llegar? —pregunto—. Seguramente ya hablaron para reportarse.

El policía me ve de una manera muy extraña, hay una pizca de lástima en su gesto de fastidio, pero no dice nada, cierra la puerta y se va.

Hago un esfuerzo para no volver a llorar y examino el sitio. Hay dos personas envueltas en sábanas raídas, parece que duermen; el lugar huele a una combinación de mugre y desinfectante, no sé cuál peste es peor. En el techo hay un ventilador con aspas lentas que se abren paso entre el calor pegajoso.

En una esquina, sobre un soporte, hay una vieja televisión encendida; alguna vez escuché que en las oficinas públicas de la corporación, por ley, siempre debe haber un aparato transmitiendo el Canal Nacional. Me acerco con curiosidad, casi no veo tele, aunque en casa teníamos una (la que la corporación da con el primer salario), pero mis papás dijeron que no funcionaba; una vez probé y encendía normal. Pero ni siquiera así me dejaron que la viera, le quitaron la clavija y me dieron un libro. Sin embargo, ahora no hay nadie que me impida verla.

Ahora transmiten un programa que a mis compañeros de la escuela les encanta, se llama Radar de Criminales. Se trata de un reportero e investigador que junto con un equipo de policías atrapa infractores, como señoras que tienen más mascotas de lo permitido, evasores de impuestos y los que beben más del cuarto de alcohol autorizado. El reportero principal y estrella del programa se llama Félix Abundis, y para cazar delincuentes se disfraza de muchas cosas: vigilante de tienda, profesor de colegio, anciano en la calle. Sigue a los sospechosos con cámaras escondidas. Lo mejor del show es cuando se quita la peluca o el sombrero y le grita al infractor: “¡Embustero al descubierto! ¡Radar de Criminales te ha encontrado!”, entonces entran los policías que lo acompañan y también están escondidos. Es muy emocionante esa parte, cuando los descubren, porque los culpables comienzan a llorar, dicen que todo es una confusión o inventan cosas como que necesitan dinero para una operación porque no les alcanzan sus puntos de servicio médico, pero sabes que en el fondo se lo merecen: son delincuentes y han entrado al radar de Félix Abundis, que es implacable. A cada rato aparece un cartel con un teléfono que dice que puedes hacer una denuncia anónima: Por una mejor sociedad, por el México Nuevo que queremos. Ante criminalidad y corrupción: tolerancia cero.

Entiendo por qué Radar de Criminales les gusta tanto a mis compañeros de la escuela; el programa es como un chicle que se pega a los ojos, luego de un minuto no se puede dejar de ver. Ahora están presentando tres casos al mismo tiempo: dos hermanos que roban papel y bolígrafos de la oficina donde trabajan; un señor que para ganar más dinero ha estado alquilando un cuartito de su departamento sin avisar a la oficina de finanzas de la corporación y otro caso de una señora que está ocultando su tercer embarazo (y ya tiene dos hijos, que son el tope permitido). Eso es un delito tan grande que seguramente la pasarán a otro programa que se llama Expulsión y Justicia y termina con el destierro de los infractores. Le presentan pruebas a la señora que está ocultando que está embarazada por tercera vez (robaron muestras de su orina para comprobar), y cuando la descubren, se desmaya, entonces envían a comerciales.

Entra un avance del noticiero, México Nuevo ha obtenido el premio internacional de “Calidad y valores”. Luego hablan de la inauguración de más fábricas que van a seguir impulsando la economía y de la apertura de una ensambladora de productos electrónicos y maquiladoras. Ángeles Díaz-Wilson, la directora general de la corporación, hace un anuncio (para ser una marca que no existe, la señora se ve muy real): explica que habrá mucho trabajo para los novomexicanos. Siguen los avances del noticiero y no mencionan nada del accidente en el metro, pero no me extraña, casi nunca dan malas noticias en el programa, porque su propósito, como dice su lema, es “Cimentar la fe y la esperanza de México Nuevo”.

Entra un reportaje comercial, es uno muy bonito que comienza con una pirámide al lado de una playa, es el atardecer y una voz acolchonada, como escurriendo miel, dice: “Mexicoland. Nuestra milenaria cultura está por abrir sus secretos al mundo”.

Aparecen imágenes de piñatas de colores, mariachis con trompetas, bailables folclóricos, una pila de sandías, calaveras de azúcar. Es como cuando es enero, mes de las fiestas patrias de la refundación del México Nuevo. La voz agrega: “Mexicoland, el gran complejo turístico, está próximo a inaugurarse, y ya es señalado como uno de los mejores destinos vacacionales del mundo. Mexicoland es orgullosamente nuestro”.

Entran más imágenes: un campo de golf, habitaciones de hotel, una pirámide llena de confeti, mucha gente sonriendo como en una fiesta novomexicana. La voz explica: “Para construir Mexicoland se eligió el mejor emplazamiento del distrito de Costamar, 18 mil hectáreas que contienen amplias áreas de reserva natural, además de un concentrado de toda nuestra belleza y cultura. Lo mejor de México de antes, de hoy, de siempre…”.

Como hipnotizado miro una edición de video con unos niños en alberca, una danza prehispánica con tocados con plumas, un son jarocho, unos señores con máscaras de viejitos zapateando, un volador de Papantla, chiles en nogada. Las imágenes se ven muy bonitas, coloridas y limpias.

—Mexicoland… —repite atrás de mí una voz como de ultratumba—. Es la mayor idiotez que he escuchado en mi vida. ¡Y mira que he oído demasiadas!

Es uno de los hombres que estaban envueltos con sábana. Es el anciano que detuvieron por vandalismo cuando entré a la oficina de policía. Su cabello blanco parece más erizado que nunca, tiene el aspecto de algún tipo de animal salvaje. Doy un paso atrás. Los viejos tienen fama de estar siempre de mal humor.

—¿Sabes cuántos mexicanos pueden pagar unas vacaciones en un hotel de Costamar? —su voz es rara, no le regresaron la dentadura postiza.

No estoy seguro de si me está preguntando a mí o es un comentario general, prefiero no decir nada.

—¡Ninguno! Porque es un distrito turístico para extranjeros y lugar de residencia para empresarios que se adueñaron del país, además de directores de la corporación y sus familias —el viejo parece cada vez de peor humor—. ¿Y sabes cuántos mexicanos tienen derecho a vivir ahí? ¡El uno por ciento! El resto tenemos que conformarnos con un apestoso lugar en estas ratoneras que llaman ciudades. Y además, ese adefesio —señala el anuncio con un dedo torcido: se ve un estadio lleno de mariachis y fuegos artificiales con los colores de la bandera de la corporación—. Es lo peor que han hecho en años. ¡Ese decorado de pacotilla no es México! Esto sí lo es… Una sociedad que encierra viejos y niños en una cárcel.

—Los hoteles del distrito de Costamar le dan trabajo a mucha gente —me atrevo a murmurar—. Muchas personas se ganan la vida en la industria del turismo, que es uno de los principales ingresos de la corporación de México Nuevo.

De inmediato me arrepiento de haber abierto la boca. El enorme viejo clava en mí unos ojos húmedos y desesperados, tal vez no hablaba directamente conmigo, pero ahora sí lo hace:

—En el distrito de Costamar no hay trabajadores, ¡hay servidumbre! —escupe un poco, le urge su dentadura—. Los mexicanos normales que viven ahí apenas reciben una propina para subsistir, eres un siervo…, casi igual que aquí…, que en todos lados. En eso nos convertimos.

En la televisión el larguísimo comercial termina con muchos niños que visten trajes regionales, ellos con guayaberas, ellas con trenzas con moños, y saludan a la cámara mostrando unos enormes dientes blancos: “Lo más bonito de México Nuevo para el mundo, Mexicoland, orgullo internacional, está pronto a abrir. Haz tus reservaciones, atrévete a vivir el sueño. English, German and Chinese spoken”. Y cierra con el símbolo de una gran “M” color rojo que tiene un águila encima.

—Al menos no estamos en los Territorios Perdidos —escucho que dice mi boca—. Aquí tenemos paz, trabajo, orden y leyes.

¿Por qué no me callo? Es lo que debería hacer. Se nota que el viejo está loco. Casi puedo apostar a que no tarda en ponerse a hablar de la vida de antes de La Secesión, del pasado del México Único y esas cosas.

—Es lo que te dicen en la escuela, ¿no? —por alguna razón el viejo ya no parece tan furioso, me ve con lástima—. Que eres privilegiado por estar de este lado. Pero qué vas a saber tú, ¿cuántos años tienes? ¿Once?

Me indigna que me vean tan pequeño, pero decido no meterme en más problemas, no respondo nada. Intento concentrarme en Radar de Criminales, que ha vuelto a comenzar. Para despertar a la mujer embarazada le dan con una macana eléctrica (sospecho que eso va a afectar al bebé), mientras que Félix Abundis le grita la frase: “¡Embustera al descubierto! ¡Radar de Criminales te ha encontrado!”.

—De verdad, no te culpo —sigue el viejo, sin dejar de verme—. No tienes para comparar, nunca viviste en el México de antes.

Ahí viene, pienso, ahora lo va a decir, lo que dicen todos los viejos.

—El México antes de La Secesión —suspira como si le doliera tocar el tema—. ¿Qué te han dicho? Que era terrible, ¿no? Con una corrupción atroz, y la sociedad podrida hasta la médula, con leyes que nadie respetaba y una violencia e impunidad desatadas. La única ley era la de la selva, la del más fuerte. Seguro te dijeron de las guerrillas y de los gobiernos criminales que comenzaron a adueñarse de ciudades, de regiones y estados enteros…

Guardo silencio pero es exactamente lo que me dicen en la escuela.

—Mira, niño, yo no lo aprendí en un salón de clases, yo lo viví. Cuando nací, México tenía treinta y un estados y un Distrito Federal. Era un lugar enorme, no puedes ni imaginar, y a pesar de todo, lleno de riquezas naturales; no todo era cemento y corrupción…

Es justo lo que dicen los viejos, pienso, siempre dicen lo mismo. Pero ya no pienso comentar nada, me preparo a escuchar, es evidente que nada lo va a detener. El hombre sigue:

—Y no voy a negar que había problemas… ¡muchos!, pero no todo estaba perdido. Fue una cobardía remediar el problema con La Secesión. Le deberían llamar mutilación, ¡porque eso fue! Mira ahora, ¿qué nos queda? Cinco distritos industriales y dos turísticos: Veramar para nacionales y Costamar para extranjeros. ¿Te parece justo? ¡Perdimos el setenta por ciento del territorio! Dejamos que el desastre devorara todo… Vencidos ante el caos, el resto se entregó a unas pocas familias y a compañías extranjeras, ¿te parece bien? ¿Te parece digno?

La verdad es que me parece excelente, es lo que pienso: fue buena idea partir el viejo y podrido país y dejar atrás los problemas, ¡no me gustaría vivir en el México de antes!, pero hago un esfuerzo para guardar silencio. Además, ya me sé la historia que dicen los viejos, que antes existía un solo México gobernado por unos señores llamados políticos, que las fronteras abarcaban de Estados Unidos a Guatemala y Belice, aunque no todo era tan malo: podías cruzar de un distrito a otro sin permisos, creo que se llamaban estados, y tenías derecho a estudiar y trabajar en lo que se te antojara y no estar atado a la misma compañía que tus padres o tu familia. Tener los hijos que se te pegara la gana, hasta beber alcohol sin un tope, y había pocas leyes o no se respetaban. Pero Maritere dice: “Si los viejos tanto extrañan el pasado, ¿por qué no se van a los Territorios Perdidos? A ver… Claro, ¡no se atreven! Yo pienso que si te tocó estar en la corporación de México Nuevo debes trabajar por él, no criticarlo”.

—Aquí hay paz —me atrevo a murmurar—. No como en el otro lado, allá casi nadie sobrevive.

—Paz, leyes, claro; trabajo, sí, con sueldos miserables, ¿y a qué costo? —el viejo está tan furioso que creo que quiere golpear a alguien—. Ya no tenemos derechos ni democracia. La libertad es sólo para los que pueden pagarla, para ese uno por ciento. Pero claro, ¿qué vas a entender tú? ¡Si sólo has vivido esto! ¡Si en todo momento te dicen que lo mejor que te pudo tocar en el mundo es nacer en la corporación de México Nuevo y sus siete pacíficos distritos, rodeados de un infame muro!

Mejor camino hacia atrás, me doy cuenta de que estamos hablando de ese tema en una estación de policía, tal vez hasta nos puedan multar por decir esas cosas. Debo de tener una cara de terror porque el anciano se tranquiliza.

—No, no entenderías —dice con una voz débil, a punto de romperse; entonces agrega—: Mi mujer y mis hijos se quedaron en el otro lado. Desde hace cincuenta y dos años no he vuelto a saber de ellos. Lo más seguro es que ya estén muertos.

Comienza a llorar y ya no sé qué hacer, ¡suficiente drama tengo en ese día! Pienso darle una palmadita, tal vez ayude si le digo que soy hijo de los payasos suicidados.

—Carajo, ¿se van a callar en algún momento? —dice otra voz que me paraliza—. Quiero terminar de ver Radar de Criminales.

Es el otro preso, un señor muy gordo, creo que era de los que detuvieron por borracho. En algún momento despertó y está muy atento a la tele.

El anciano deja de llorar y yo me quedo en mi sitio. Intento ver el programa, como si nada hubiera pasado, pero el viejo, cuando se tranquiliza, se me acerca y me dice algo entre murmullos:

—Los calabozos para niños no son tan malos. Sólo tienes que ponerte listo para sobrevivir el tiempo necesario.

Lo miro sorprendido, aunque pienso que escuchó algo de mi caso. Y todavía agrega algo más desconcertante:

—Tus padres fueron muy valientes.

—¿Por qué dice eso? —mi voz se vuelve chillona—. ¿Sabe algo del accidente? ¿Los conoció?

—¿Qué no se van a callar? —vuelve a decir el gordo.

—¿Para que sigas viendo ese horrible programa? —estalla el viejo—. Culpabilizan a pobres que cometen una infracción por necesidad y nadie les da oportunidad de que se defiendan.

—Rompieron la ley —asegura el gordo.

—Ya me gustaría verte en su situación —arremete el anciano—. Y que te exhiban al escarnio por televisión nacional, como una medida de coerción y advertencia para el resto de los ciudadanos.

Vuelvo a hacer las preguntas sobre mis padres, pero en medio de los gritos nadie me escucha, hasta que oigo que alguien repite mi nombre: “Cuauhtémoc Rojo”. Es el policía, está del otro lado de la reja.

—Han venido por ti —anuncia.

Me congelo del terror. Estoy casi seguro de que son los de los calabozos para niños. Como no me muevo, el policía abre la reja y me toma de un brazo y avanzamos por un pasillo. Algo intenta decir el viejo pero ya no lo oigo. Entonces, al final, veo un peinado esponjado y una cara que ahora tiene tres papadas… Son el tío Pepe y su esposa Sole; están más viejos y arrugados de lo que recuerdo, parecen tensos, un poco a disgusto, pero están ahí. Mi carta debió funcionar.

—Cuauhtémoc, Temo, queridín —la tía Sole me abraza, su cabello esponjoso huele a ropa vieja—. Lo sentimos tanto. Fue horrible lo que pasó con tus papis. Debes de estar tan traumatizado. A ver si no quedas tonto de la impresión.

—Tus padres fueron unos imbéciles —gruñe el tío Pepe; es más bajo de lo que recuerdo y más gordo—. Siempre se me figuraron, la mera verdad, ¡pero esto ya fue el colmo! ¡Arrojarse al metro! ¿No pensaron en todos los problemas ...