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MEXICOLAND

Jaime Alfonso Sandoval  

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Fragmento

CAPÍTULO I

Malas noticias

“Alumno Cuauhtémoc Rojo, diríjase de inmediato a la oficina del director”, estalla el altavoz de la escuela. Al oír mi nombre siento una patada en la cabeza. La voz metálica y pastosa de la anciana secretaria escolar da escalofríos. Ocurrió algo malo, estoy seguro; nunca es bueno escuchar tu nombre por el altavoz. Mis compañeros me miran con una mezcla de pena, morbo e inmenso alivio de no ser los nombrados.

—Pásale, Cuitláhuac —dice el director cuando entro a ese asfixiante cubículo lleno de archivos viejos que llama oficina.

—Cuauhtémoc —aclaro. Siento nervios—. También me dicen Temo.

—Sí, eso quise decir… —el sudoroso director revisa un montón de papeles y expedientes. Me ve de reojo. Para él debo de ser una amorfa mancha adolescente de uniforme verde y granos en la cara—. Dime una cosa, ¿a qué se dedican tus papás?

Me pongo rígido. Esa pregunta siempre me causa ansiedad.

—Son… promotores —murmuro.

—¿Qué?

—Promotores —repito con voz insegura—. Hacen representaciones en tono de comedia para eventos en campañas educativas.

Ni yo entiendo qué dije. El director me mira y revisa un folleto.

—Aquí tengo que son payasitos de escuelas primarias —me muestra la página del directorio de profesionales donde aparece la foto de mi mamá con una peluca rosa y gafas amarillas y mi papá con una nariz enorme y un bombín azul. Debajo de ellos un letrero dice: Chispas y Chapitas, la Parejita Alegre®. Conocimiento y diversión. Garantizamos carcajadas o les devolvemos su ignorancia y mal humor.

—Sí, son ellos —reconozco. Mi dignidad está por los suelos—. Pero también fueron profesores de estudios superiores… Bueno, antes… ¿Están aquí?

—Ojalá. Sólo quería confirmar que se trataba de ellos. Lo siento, muchacho.

—¿Por qué? —siento vértigo.

—… Estas cosas pasan —su voz se vuelve extraña—. Verás…, no sé cómo decirte esto, la cosa es que tuvieron un accidente horrible, algo de verdad feo —el director toma el teléfono y oprime un botón—. Rosi, ¿me traes un cafecito? Sí, con dos de crema, porfa. Y el reporte de la última inspección escolar. Gracias —cuelga y vuelve a verme—. Pues eso, tuvieron un espantoso accidente en el metro, ocurrió hace un par de horas.

Por primera vez entiendo la expresión quedarse petrificado. No puedo moverme, todo me parece tan extraño, la cara grasosa y arrugada del director, el calendario escolar que anuncia el aniversario de la refundación de México Nuevo, los montones de expedientes. La expresión de mis padres en el folleto Chispas y Chapitas, la Parejita Alegre® con sus sonrisas pintadas con maquillaje, la peluca y el bombín.

—Pero… ¿qué pasó? ¿Cómo están? —consigo preguntar.

—Híjole, ése es el mayor problema —el director carraspea y se acomoda los lentes—, que ya no están. Fue algo horrendo, se arrojaron a las vías y hasta descarrilaron un metro, en la estación Nueva Constitución. Toda la zona es un desastre. Dicen que fue una escena dantesca… Espero que sepas qué significa esa palabra.

Asiento, duro, como lo haría un robot que ha estudiado La Divina Comedia.

—Por cierto, no te he ofrecido nada. ¿Quieres un vasito de agua? Sólo hay del grifo, se descompuso el purificador.

—Pero… ¡Mis papás no pudieron aventarse al metro! —mi voz es cercana a un grito—. Ellos están trabajando, hoy tienen dos representaciones escolares. ¿Puedo llamarlos? Seguro los confundieron con alguien más.

—Muchacho —el director suspira, un poco impaciente—. Ya confirmé todo eso. Además, ¿crees que abunda por la calle la gente vestida como Chispas y Chapitas? Entre los restos de las vías encontraron un zapato de payaso; perdón, no me estoy riendo —carraspea—, sé que es algo trágico, pero bueno, es que la situación es un poco cómica en el fondo, tú entiendes…

No, no entiendo.

—¿Por qué harían algo así? —mi voz suena extraña, como si alguien la pisara.

—Tú deberías saberlo mejor que yo… Deudas, alguna enfermedad, depresión, y a pesar de que vivimos en el lado bueno, ¡la vida puede ser difícil en estos días! No los juzguemos.

Creo que el director se da cuenta de mi estupor porque suaviza el tono.

—Tal vez cayeron a las vías en un accidente… ¿eh? —concede—. Con la saturación que hay del transporte público, es una porquería. He escuchado de algunos accidentes. No digas que yo te dije, pero supe de uno reciente, en la estación Gran Tribunal, con muchos muertos. En fin, piensa que al menos ya no sufren. Pudo ser peor.

—¿Peor que estar muertos?

—Claro, ¡mucho peor! Imagínate si hubieran quedado inválidos…, además, eres hijo único, ¿no? —revisa un papel, debe de ser mi expediente personal—. Y por su tipo de trabajo estoy seguro de que su cobertura médica era una porquería.

Parpadeo, sigo sin entender. El director completa:

—Tendrías que trabajar el resto de tu vida para pagar el hospital y luego mantener a unos padres inválidos, serías fichado en el sistema de deudores. Un dineral imposible de cubrir, créeme, heredarías esta deuda a tus hijos. Escucha lo que te digo. En el fondo, es una buena noticia, dentro de la tragedia, claro… ¿Dónde está mi café? —toma el teléfono—. Rosi, ¿qué pasó? No, no, dos de crema, ya sabes…, sí, porfa, y el reporte, es lo que importa —cuelga y me ve—. Pobre Rosi, a veces se le olvidan las cosas, pero no puede renunciar. Dicen que antes, a los sesenta o sesenta y cinco años estabas jubilado. ¡Qué tiempos! Y los sindicatos…, mi padre una vez estuvo en uno, le daban pavo para Navidad, ¿te imaginas? Así, gratis. ¡Dios!, dije pavo y me dio hambre.

Si hubiera un premio al director más insensible y cruel de la historia, estaría frente al ganador.

—En fin, muchacho, siento mucho tu pérdida —dice con prisa, mientras mira el reloj de la pared—. Debe de ser duro perder a tus dos padres, hechos papilla, así, de pronto. Pero tienes toda la vida por delante para superarlo, apenas tienes… ¿doce años?

—Dieciséis…

Me ve con cierta curiosidad.

—Pareces muy pequeño para tu edad. ¿Eres enano?

Supongo que piensa que al ser hijo de payasos debo de ser enano o así.

—Sólo soy algo bajito, pero mi mamá dice que me falta dar el estirón…, ella decía… —ya no sé cómo conjugar el verbo.

No puedo. Para ese momento es imposible evitarlo, sale un torrente de lágrimas. Busco en el bolsillo, lo único que tengo para enjugarme es una servilleta del sándwich sabor a res en chipotle que comí en el receso. Alcanzo a leer: Foodtech: combinamos los mejores genes, para llevarte el mejor sabor.

—No lo tomes a mal, muchacho —carraspea el director—. ¿Te puedo pedir un favor? No te ofendas, pero si quieres llorar, hazlo en la recepción, es que tengo mucho trabajo, ni te imaginas. Va a venir el inspector de la zona escolar. Si ve que no llegué a las metas académicas me quitan los estímulos de productividad de la escuela. ¿Entiendes?

Señala los papeles. No entiendo, pero digo que sí con la cabeza.

—Perfecto —me señala la puerta—. Creo que alguien va a venir por ti… Espera afuera, porfa.

—¿Mis tíos? —pregunto secándome las lágrimas.

Son los únicos parientes que tengo, el primo de mi papá, José Miguel, y su esposa Soledad, mejor conocidos como Pepe y Sole. Hace mucho que no los veo. De hecho, hace años que no se hablan con mi papá.

—No, creo que no… Pero no te preocupes, recuerda que toda esta tragedia algún día va a volverse un lejano recuerdo y te ayudará a madurar, para ser un adulto y todo eso. ¿Le dices de mi café a Rosi? Si puedes, me lo traes tú mismo, porfa, y un expediente con un fólder verde. Con dos de crema, hablo del café. Gracias, Moctezuma.

—Cuauhtémoc —respondo en automático—. Me llamo Cuauhtémoc.

El director ya no dice nada. En ese momento de nuevo soy una mancha adolescente con uniforme.

Le llevo el café al director y luego espero en la sala, miro el escudo escolar: Escuela Secundaria 331 Fundadores, una compañía de grupo Educorp. Educación para hoy; trabajo para mañana, paz para siempre. Sigo sin creer lo que acabo de oír. Todo es irreal, absurdo, como si estuviera en un sueño. Quiero seguir llorando pero me detengo por dos razones: no tengo más servilletas a la mano y algunos compañeros se asoman por el pasillo. No tengo idea si saben lo del asunto del metro, pero me miran con curiosidad, como si yo fuera un accidente en la calle que contemplas, protegido desde la distancia. Ahí está Maritere, que me gusta un montón y apenas ayer me le declaré, le pregunté si quería ser mi novia (dijo que lo iba a pensar durante esta semana). Las cosas no pueden empeorar.

Me equivoco.

Llegan por mí; no son mi tío Pepe y su esposa Sole, son dos policías que vienen buscando al “hijo de los payasos suicidados”, así dicen en la recepción y estoy seguro de que toda la escuela escucha eso, incluyendo a Maritere. Si alguna vez tuve buena reputación en la escuela, ha terminado para siempre. Ella ya no pensará en mí como novio, como nada.

Me suben a la patrulla. Apenas detecto el trayecto, cuando me doy cuenta estamos en la delegación de policía. Está en uno de esos edificios llamados BaVe o Barrio Vertical. “Conjunto Hidalgo VI” dice en la puerta. Son sesenta pisos, donde caben un centro comercial, una zona de departamentos, cines, un parque cubierto, un club deportivo, un supermercado, un hotel, oficinas. No es especialmente lujoso ni bonito pero se ve limpio; siempre he querido vivir en un edificio así, pero por el trabajo de mis padres y sus bajas prestaciones es imposible. Sólo tenemos (¿o teníamos? Ya no sé cómo decirlo) derecho a una vivienda en una unidad habitacional de las viejitas, de antes de La Secesión.

Llego al piso 51, donde está la delegación de policía. En la puerta dice: Policía Fénix. Honradez y eficacia garantizada, una filial de grupo Jusnova. Huele mal. Debe de ser por la cantidad de personas en este espacio tan reducido. De un lado, algunos vecinos tramitan permisos para viajar a otros distritos, otros están pagando las cuotas de seguridad, y hay una sección donde están los recién detenidos: veo a un par de señores y a una mujer que por la manera en que se balancean deben de estar borrachos. Es un delito, seguro rompieron la ley llamada “del cuarto”: ningún adulto puede tomar más de un cuarto de alcohol por semana, el resto de las drogas están totalmente prohibidas.

Me toca ver un zafarrancho justo en ese momento. Un anciano que estaba protestando en la vía pública, fuera de las zonas autorizadas. Lo sé porque todavía carga una pancarta rota que dice: ¡Democracia ya! A pesar de la edad el señor parece grande y macizo, tiene mucho cabello blanco, erizado como púas; un funcionario le exige que suelte la botella de pintura con la que cometió una falta más: una pinta en la pared.

La escena no es tan rara. Siempre hay ancianos en las calles quejándose de algo, de pensiones o de algo que llaman “derechos civiles”, pero casi nadie les hace caso. Los gritos y amenazas se ponen más violentos. Este viejo es muy necio y fuerte, intenta defenderse, se acerca al funcionario y cuando un policía lo sujeta de las manos, lo muerde. Me quedo pasmado. No puedes tocar a un oficial, ¡menos morderlo!, es un delito, cualquiera lo sabe, así que el policía que me trajo, que está cerca, saca una macana de descargas eléctricas

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