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MI ABUELO Y EL DICTADOR

César Tejeda  

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Fragmento

I

Sería irresponsable comenzar una historia sobre la familia Tejeda, por inventada que fuera, sin asumir el tamaño de nuestras cejas. Algún ancestro debió sembrar ese rasgo en nosotros de manera deliberada y para la posteridad. Culparé parcialmente a doña Luisa Argüello, mi bisabuela, que nació en La Antigua Guatemala cuando comenzaba la segunda mitad del siglo XIX. Jamás he visto una foto suya pero no me cuesta trabajo imaginar su rostro. Debió ser una mujer bella aunque de cejas finísimas, casi invisibles, y por eso mismo debió enamorarse de alguien que la contrastara: lo opuesto se atrae inconscientemente —es una ley antropológica—; de manera deliberada, desde niña, deseó que sus hijos no nacieran con tres pelos arriba de los ojos así como ella. Muchas burlas le había costado ser una “pelona de la frente”, como le decían sus amigas de la vecindad. Decidió que su descendencia no debía sufrir por su escasez siendo apenas una patojita, cuando ya metía el dedo índice en el tintero de su padre para untar la tinta sobre los ojos de sus muñecas. Si, como era evidente a todas luces, él había sido el responsable de su carencia, de alguna manera tenía que vengarse. La historia de nuestras caras debió iniciar el día que mi bisabuela decretó que tendría un linaje de cejones. Cuando le dijo a su madre, con una madurez inesperada: “Me casaré con el hombre más cejón de La Antigua, Guatemala”.

Para mi tatarabuela, cuyo nombre desconozco, aquél resultaba un enunciado perturbador. Si bien era normal que las niñas jugaran a la maternidad, no lo era que hablaran de hombres peludos. Además, tenía que limpiar la tinta negra que escurría del dedo de su hija los metros que distaban entre el estudio del padre y el cuarto de la pequeña, cada vez que le regalaban una muñeca. Por eso resolvió, como si pudiera, cambiar el futuro de Luisita escondiéndola de su deseo, acaso nuestro destino: la internó en una escuela de monjas de donde no debía salir nunca.

Mi bisabuela era una niña y la decisión de su madre debió afectarla en lo cotidiano: dejar el hogar, dejar de ser la consentida, pudo ser difícil para ella. Pero la disciplina impuesta por las monjas sólo hizo que se olvidara de sus ensoñaciones infantiles el tiempo que tardó en llegar a la adolescencia. Creció así, resignada y entregada a Dios, bajo la convicción de que el ansia de procrear hijos cejones era una niñería. Sin hombres a su alrededor todo era muy sencillo: el jardinero que iba al convento una vez a la semana era feo y la Madre Superiora no le quitaba los ojos de encima en sus visitas. El cura confesor, el único hombre a quien dirigía la palabra, era un anciano bonachón, incapaz de provocar el apetito de nadie.

Un día, como es natural, aquel hombre viejo que no causaba ni medios suspiros, murió. Y fue sustituido por un cura español y joven de apellido Balladares, que entró al convento con nuestra ventura tatuada sobre la faz. Era atractivo y cada uno de los pelos de sus cejas bien ceñidas entraron por el iris de Luisa como estaca para ensartarse en su corazón. ¿Quién se habrá insinuado a quién? Quién sabe. ¿Mi abuelo habrá sido concebido en un confesionario? Es posible. ¿Antes o después del sacramento de l

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