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MI TíO PACHUNGA

José Ignacio Valenzuela  

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Fragmento

—exclamó mi tío cuando me vio aparecer, sin aviso alguno, en la puerta de su casa.

Otro tío, cualquiera que no fuera el mío, hubiera preguntado con sorpresa: “¿Qué haces aquí?” O quizás habría exclamado con sincera alegría: “¡Qué gusto de verte, sobrina!” O, en el último de los casos, habría esbozado al menos una sonrisa y, con un gesto de su mano, me habría hecho entrar a la casa para ayudarme a escapar del calor de ese verano que apenas comenzaba.

Claro, otro tío hubiera hecho todo eso. El suyo, probablemente. Pero el mío no. Se quedó mirándome en silencio, abrazado a su enorme gato blanco que, tan serio como él, ronroneaba un monótono prrr prrr prrr contra su pecho. Luego de unos instantes, arrastró sus enormes anteojos de marco amarillo hacia el punto más alto de su nariz y, con un gesto que no supe si era de molestia o de resignación, señaló con un dedo la maleta que yo sostenía en una de mis manos.

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