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MI TíO PACHUNGA

José Ignacio Valenzuela  

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Fragmento

—exclamó mi tío cuando me vio aparecer, sin aviso alguno, en la puerta de su casa.

Otro tío, cualquiera que no fuera el mío, hubiera preguntado con sorpresa: “¿Qué haces aquí?” O quizás habría exclamado con sincera alegría: “¡Qué gusto de verte, sobrina!” O, en el último de los casos, habría esbozado al menos una sonrisa y, con un gesto de su mano, me habría hecho entrar a la casa para ayudarme a escapar del calor de ese verano que apenas comenzaba.

Claro, otro tío hubiera hecho todo eso. El suyo, probablemente. Pero el mío no. Se quedó mirándome en silencio, abrazado a su enorme gato blanco que, tan serio como él, ronroneaba un monótono prrr prrr prrr contra su pecho. Luego de unos instantes, arrastró sus enormes anteojos de marco amarillo hacia el punto más alto de su nariz y, con un gesto que no supe si era de molestia o de resignación, señaló con un dedo la maleta que yo sostenía en una de mis manos.

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—¿Te vas de viaje, niña? —preguntó.

Negué con la cabeza y aguanté las lágrimas. ¿Cómo se le dice a un tío que no desea recibirte en su casa, que estás obligada, por razones que más adelante les voy a contar, a pasar con él todas tus vacaciones y que por más que quieras ya no puedes regresar con tus papás?

Mmmmmm.

—Bueno, por lo visto éste va a ser un verano totalmente pachunga —sentenció sin mucho entusiasmo cuando le expliqué qué hacía ahí.

—¿Y eso qué significa? —pregunté mientras subía mi maleta a la cama del cuarto de huéspedes.

Mi tío Nino, por toda respuesta, se alzó de hombros, dejó con infinita delicadeza al gato Adonis en el suelo y comenzó a guardar mi ropa dentro del clóset.

Por más que hice el intento, en aquellos días no pude descubrir con exactitud el origen de la palabra pachunga. Supe después su verdadero significado, cuando mi tío decidió abrir su alma y me reveló, sin que yo se lo pidiera, todo lo que escondía muy oculto en su corazón. Pero al inicio de mis vacaciones, me tuve que conformar sólo con la mentira que él mismo me dijo para evitar que siguiera interrogándolo hora tras hora: que inventó esa palabra en medio de un sueño y, sin saber por qué, despertó en mitad de la noche gritándola a todo pulmón.

A gritos, sí. Porque mi tío es así: cuando algo le gusta, sube el tono de voz y termina aullando de puro entusiasmo y felicidad. Por el contrario, si algo le desagrada, también te deja saber al máximo volumen que está molesto y que nada en el mundo podrá hacerlo cambiar de idea. Quizá por eso mis padres no tienen tanta comunicación con él. Porque si no tienes paciencia, puedes terminar un poco mareado y con dolor de cabeza por culpa de tanto grito.

Y mis papás no tienen nada de paciencia. Ni entre ellos ni conmigo ni con las mascotas.

Por eso estoy segura de que algo tiene que haber sucedido entre mi papá y mi tío antes de que yo naciera, porque desde que los conozco sé que ellos no se hablan. En las pocas ocasiones en que mi tío Nino llamaba a mi mamá para saber de ella y de mí, yo escuchaba a mi papá que se alejaba por el pasillo repitiendo: “Pachunga, pachunga, pachunga”, con un tono de voz que no me gustaba, porque se parecía demasiado al de las burlas y ofensas que mis compañeros de curso le lanzaban a Lalito Finol, el más sabelotodo y el mejor alumno del colegio, pero el más malo para los deportes y los juegos.

—¡Listo! —dijo y me señaló el interior del clóset—. Estás advertida, muchachita: no quiero nada fuera de lugar. ¿Está claro?

Con sorpresa vi que en menos de un minuto había acomodado mi ropa en las repisas del clóset en perfecta armonía. Las camisetas estaban meticulosamente dobladas y organizadas por colores: primero las blancas, luego las amarillas, las naranjas, las rojas y las azules hasta terminar con las negras. Colgó mis jeans según el tamaño de las piernas, dejando los más cortos adelante y los más largos atrás, para que así pudieran verse todos al mismo tiempo y de un solo vistazo. Y, por último, distribuyó mis zapatos en una perfecta y recta hilera y los ordenó según su utilidad dentro de mis actividades diarias.

—Si quieres hacer deporte, entonces tomas un par de tenis del sector de la derecha —señaló—. Si a mediodía te da calor, entonces eliges unos del centro porque ahí están tus sandalias. Y si de noche vuelve a hacer frío, vas directo al extremo izquierdo y sacas unas botas. Con este sistema vas a poder vestirte incluso con los ojos cerrados.

¡Qué distinta se veía mi ropa en el clóset de mi tío! Parecía recién salida de la tienda.

—Bueno, ¿y ahora qué hago contigo? —musitó, mirándome de arriba abajo.

Otro tío, cualquiera que no fuera el mío, habría aprovechado ese momento para hacerme sentir menos triste, por estar obligada a vivir en una casa que no era la mía, con un comentario del tipo: “¡La vamos a pasar tan bien juntos!”, o quizás algo así como: “Al mal tiempo buena cara, sobrina”. ...