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MORIR Sí ES VIVIR

Lucy Aspra  

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Fragmento

PRESENTACIÓN

Desde que era niña, el tema de la continuidad de la vida siempre me ha intrigado. Recuerdo que con mucha frecuencia podía sustraerme de lo que sucedía a mi alrededor, y sentía que yo no estaba en mi cuerpo, o que más bien yo no era mi cuerpo. Debo aclarar que mis antecedentes religiosos son iguales a los de quienes han crecido en un pueblo latinoamericano, sin ninguna información adicional a la que se recibe en una escuela de monjas católicas. No había ejercicios ni meditaciones para salir del cuerpo, ni información relacionada con lo que ahora podemos saber sobre filosofía oriental. También quiero agregar que nunca he probado alguna droga, ni he participado en grupos donde se consuman. Ahora, viéndolo en retrospectiva, estoy segura de que mi ángel siempre me mantuvo separada de todo aquello que pudiera tener una influencia incorrecta en mi percepción de las cosas.

Conforme crecía me sucedía algo muy curioso cada vez con más frecuencia: sentía que nada de lo que veía era real; este pensamiento me llegaba aunque estuviera en una reunión o estuviera rodeada de personas en un lugar público. Cada vez que me sustraía y decía mentalmente “todo esto no es cierto”, de inmediato percibía todo de manera diferente. Con esto no quiero decir que lo que sentía era agradable, aunque tampoco era incómodo, pero me parecía que la gente alrededor en realidad no me veía. Cuando esto comenzó —y aún mucho tiempo después—, no tenía ni idea de qué se trataba, pero me sentía cómoda mientras pensaba y sentía: “Si yo saliera de este lugar, ninguna de estas personas que me rodean lo sabrían porque no pueden verme.” Esto lo podía pensar y sentir aun cuando ya era mayor, y casada, viviendo en México, incluso mientras manejaba en medio del tráfico. Este pensamiento nunca me ha producido sobresaltos ni conatos de accidente, porque puedo hacer las cosas mecánicamente aquí, mientras mi mente está percibiendo el estado de conciencia al que me refiero.

Cuando era niña, buscaba momentos para contemplar las nubes en formación y mentalmente preguntaba: “¿Dios mío, quién soy? ¿Qué razón tiene que yo exista? ¿Para qué estoy aquí? ¿Continuaré consciente en alguna parte cuando muera?” El tiempo pasaba y pensaba: “He aprendido que una mujer debe casarse, compartir con el marido, tener hijos, educarlos, etcétera. Eso está bien, pero siento que debe haber algo más, no puede ser que la función de la vida, la razón de la existencia se detenga allí.” Quizá, por esta búsqueda, mientras los años pasaban, se desarrolló en mí una curiosidad insaciable que me condujo a leer con avidez todo lo que encontraba: diccionarios, libros sobre los “por qué”, enciclopedias, los pocos libros que los adultos me prestaban relacionados con temas sobre algunos misterios, etcétera. En fin, así fui creciendo hasta que llegué a Estados Unidos a estudiar, fue allí donde tuve acceso a libros que trataban justo los cuestionamientos que me inquietaban. Naturalmente que en el camino hasta allí tuve algunas experiencias místicas diferentes a las que relato en este libro —las que narraré en algún otro espacio— pero, en general, mi inclinación por conocer algo más de lo que sucede cuando la vida prosigue su trayectoria en zonas no tridimensionales me condujo a buscar cuanta información fue posible. Gracias a los libros escritos por personas con un interés semejante al mío he podido hacer esta recopilación que hoy deseo compartir con todos los que participan de esta misma inquietud.

Hace algunos años, cuando por primera vez iba a hablar sobre el suicidio como parte del tema “La muerte y la participación de los ángeles”, en ese trascendental momento tuve una experiencia que ha sido tan importante en mi vida que desde entonces la he comunicado continuamente, con el fin de transmitir la necesidad de preparamos para el paso más importante en la vida del ser humano: morir. También, a partir de ese instante, he podido ver el propósito de la vida desde otro ángulo.

A raíz de esa experiencia mi vida tuvo otro significado. Doy gracias diariamente a Dios por haberme permitido vislumbrarlo y entender que aquí en la Tierra yo puedo hacer algo o mucho para evitar que otros tengan una experiencia en torno al suicidio, y para aminorarla —dentro de lo que cabe— en otros que la padecen en estos momentos.

Un martes, cerca del medio día, estaba borrando el pizarrón para escribir a

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