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MR. MERCEDES (TRILOGíA BILL HODGES 1)

Stephen King  

4


Fragmento

 

9-10 de abril de 2009

 

Augie Odenkirk tenía un Datsun de 1997 que aún funcionaba bien pese a sus muchos kilómetros, pero el combustible salía caro, sobre todo para un hombre sin trabajo, y el Centro Cívico estaba en la otra punta de la ciudad; decidió, pues, tomar el último autobús del día. A las once y veinte de la noche se apeó con la mochila a la espalda y el saco de dormir enrollado bajo el brazo. Pensó que a eso de las tres de la madrugada agradecería ese saco de plumón. Era una noche fría y neblinosa.

—Buena suerte, amigo —dijo el conductor cuando Augie se bajó del autobús—. Deberías conseguir algo solo por ser el primero.

Pero en realidad no lo era. Cuando Augie llegó a lo alto del empinado y ancho acceso al gran auditorio, vio que frente a las puertas aguardaban ya más de veinte personas, algunas de pie, en su mayoría sentadas. Una cinta amarilla con el rótulo PROHIBIDO EL PASO, sostenida por postes, formaba un pasillo zigzagueante a modo de laberinto. Augie había visto ya antes ese dispositivo en cines, así como en el banco donde ahora estaba en números rojos, y comprendía su finalidad: apelotonar al mayor número de gente posible en el menor espacio posible.

Cuando se acercó al extremo de lo que pronto sería una fila interminable de aspirantes a un empleo, Augie vio con estupefacción y desaliento que la última era una mujer con un niño dormido en una mochila portabebés. La criatura tenía las mejillas encarnadas por el frío y un leve resuello acompañaba cada una de sus espiraciones.

La mujer oyó aproximarse a Augie, un poco falto de aliento, y se volvió. Era joven, y tirando a guapa pese a las acusadas ojeras. Tenía a sus pies una pequeña bolsa acolchada. Augie supuso que guardaba ahí las cosas del bebé.

—Hola —saludó ella—. Bienvenido al club de los madrugadores.

—A quien madruga Dios lo ayuda. —Tras una breve vacilación, Augie se decidió a presentarse porque, al fin y al cabo, qué más daba, y le tendió la mano—. August Odenkirk. Augie. Me reestructuraron hace poco. Así lo llaman en el siglo XXI cuando te ponen de patitas en la calle.

La mujer le estrechó la mano. Tenía un apretón más que aceptable, firme y nada tímido.

—Soy Janice Cray, y este angelito es Patti. A mí también me reestructuraron, digamos. Era empleada doméstica de una familia de Sugar Heights, todos muy simpáticos. Él… en fin, tiene un concesionario de coches.

Augie hizo una mueca.

Janice movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

—Eso pienso yo. Dijo que sentía dejarme marchar, pero tenían que apretarse el cinturón.

—Pasa mucho hoy día —comentó Augie, preguntándose: ¿Es que no tienes a nadie con quien dejar a la niña? ¿Nadie en absoluto?

—No me ha quedado más remedio que traerla.

Augie supuso que Janice Cray no necesitaba ser adivina para leerle el pensamiento.

—No tengo a nadie —añadió ella—. Nadie literalmente. Una chica de mi calle no podía quedarse hoy toda la noche… ni aunque hubiera podido pagarle, y no puedo. Si no consigo trabajo, no sé qué vamos a hacer.

—¿No podías dejársela a tus padres? —preguntó Augie.

—Viven en Vermont. Si yo tuviera dos dedos de frente, cogería a Patti y me marcharía allí. Aquello es precioso. Aunque también para ellos corren tiempos difíciles. Dice mi padre que tienen la c

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