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MáS QUE AMIGAS: MONSTROAMIGAS (MONSTRUOAMIGAS 4)

Gitty Daneshvari  

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Fragmento

na inesperada ráfaga de viento se abrió paso entre los densos y verdes coniferoces que bordeaban el recinto de Monster High, rodeó la imponente fachada de piedra y cristal del instituto y, finalmente, barrió el terreno de juego en la parte posterior. La brisa supuso una bienvenida tregua a la intensidad del sol y deleitó a la multitud de alumnos vestidos de atletas mientras la Jornada de Monstruo-Atletismo seguía su curso.

—Bienvenidos al salto de gritoaltura para monstruas, en el que se compite por ver quién salta más alto mientras emite el chillido más escandaloso —vociferó por un megáfono la señorita Su Nami, delegada de desastres de Monster High y directora en funciones.

En el terreno de juego, ansiosas por participar, se encontraban Venus McFlytrap, Robecca Steam, Rochelle Goyle, Scarah Screams, Cleo de Nile y Toralei Stripe, todas ataviadas con cascos idénticos de Monster High.

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—La primera participante es Rochelle Goyle —ladró la robusta mujer empapada mientras volvía la vista a la menuda gárgola de granito con pequeñas alas blancas.

Al escuchar su nombre, Rochelle retiró hacia atrás su larga melena rosa, apartó su flequillo con mechas color turquesa y, levantando la mano, saludó a la multitud. Como si fuera una dignataria visitante en vez de una atleta que se disponía a competir, realizó un giro de trescientos sesenta grados y se encaminó a la línea de salida. Volvió a ajustarse el casco y se colocó en la posición correcta. Segundos después, sonó el disparo de salida. Rochelle corrió a la máxima velocidad y pegó un salto en el aire mientras chillaba a voz en grito.

—¡Chispas de chamusquina! ¿Quién se iba a imaginar que Rochelle tenía esos pulmones? —musitó Robecca Steam mientras expulsaba volutas de vapor por sus orejas chapadas en cobre.

Fabricada a partir de una máquina de vapor por su padre, un científico loco, la monstruita de pelo azul soltaba vapor siempre que la dominaba un sentimiento intenso, ya fuera de emoción, miedo o furia.

—Sí, ¿verdad? Ojalá pudiera levantar su cuerpo de granito a un poco más de altura —respondió Venus, la chica de piel de color jade e hija del monstruo de las plantas.

A continuación, la monstrua de pelo con mechas fucsias y verdes empezó a estirar las piernas mientras calentaba las cuerdas vocales.

—Do-re-mi-fa-sol-la-si —cantó Venus por lo bajo mientras la señorita Su Nami se llevaba el megáfono a los labios.

—Toralei Stripe y Cleo de Nile, quedan descalificadas, por negarse a soltarse del brazo. ¡Fuera de las pistas! —chilló la señorita Su Nami a las dos divas que hacían mohines con los labios.

—C’est incroyable! No me puedo creer que esas dos sigan cogidas del brazo —comentó Rochelle mientras se acercaba a sus monstruoamigas del alma Robecca y Venus.

—Piensan que es menos probable que los normis las rapten si están juntas —repuso Venus, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Es alucinante que todo el mundo se haya tragado ese cuento sobre los normis de cabo a rabo.

Después de que Scarah Screams, el alma en pena irlandesa, ganara la prueba de salto de gritoaltura, Robecca, Rochelle y Venus decidieron que había llegado la hora de ir a buscar a otra monstruoalumna que pudiera ayudarles a poner fin a la época de catástrofes que asolaba Monster High. De modo que las tres amigas fueron serpenteando a través de las hordas de monstruos mientras lanzaban miradas de un lado a otro en busca de Wydowna Spider.

—Chicas, ¿piensan que alguna vez las cosas serán normales en el insti? ¿Un poco aburridas, incluso? —preguntó Robecca a Venus al tiempo que daba paso a una pareja de criaturas marinas en plena carrera.

—Chérie, me gustaría decir que sí, pero mira todo lo que ha sucedido desde que llegamos a Monster High. Primero, la señorita Alada lanzó ese terrible hechizo, el “susurro”, ¡que impedía pensar por sí mismos a los alumnos y profesores! Quelle horreur!

—Tengo que decir que romper ese hechizo no resultó nada fácil —recordó Venus—. ¡Y pensar que la señorita Alada se fue así nomás, asegurando que ella también había sufrido los efectos del maleficio! ¡Vaya montón de estiércol!

—Desde luego, más raro que una locomotora marcha atrás fue lo rápido que todo el mundo volvió a hacer su vida como si nada. Chispas, ¡ni siquiera la aparición de gatos blancos y muñecos malditos con mensajes de advertencia sobre las criaturas consiguió izar la bandera! —evocó en voz alta Robecca.

—¿Y qué bandera es ésa? —preguntó Rochelle, curiosa.

—¡Retuercas, Rochelle! No hay ninguna bandera. No es más que un decir —explicó Robecca con una sonrisita.

—Ay, esos refranes. Son terriblemente fastidiosos.

—Hasta que empezaron a surgir esas pintadas de advertencia, nadie hizo ni caso. Y luego, claro, cuando secuestraron a la directora Sangriéntez, las cosas se salieron de control —añadió Venus.

—¡Ah! ¡Y la nota! Esa nota ridícula que aseguraba que los normis habían raptado a la directora Sangriéntez y no la devolverían hasta que se construyera un muro alrededor de Salem —Rochelle soltó un gemido por lo absurdo de la historia.

—Pero todos creen que es verdad. Somos las únicas que no se lo han tragado. Los otros ni siquiera sospechan que la señorita Alada colabora con esa sociedad secreta. De hecho, ¡ni siquiera conocen la existencia de ASOME! Y no es que nosotras sepamos quiénes están detrás de ASOME o qué es lo que buscan... —la voz de Venus se fue apagando.

—Esperemos que Wydowna nos lo cuente —concluyó Rochelle.

Unas semanas atrás habían encontrado a Wydowna Spider, la hija de Arachne, instalada en el desván de Monster High. Y aunque en un primer momento el necroinspector Max Quemuerto pensó que podría estar trabajando como espía para los normis, al poco tiempo aceptó la historia de la chica araña: que se había escondido allí por sus ansias de aprender. Pero, desafortunadamente, no era el caso.

Esbelta y elegante, con piel negra como el azabache, melena color fuego y seis brazos, Wydowna clavó sus seis ojos en el suelo al ver a Robecca, Rochelle y Venus.

—Sabemos lo que estás haciendo —advirtió Venus a Wydowna—. Sabemos que colaboras con la señorita Alada y con ASOME. Lo que no entendemos es por qué lo haces.

—No sé a qué te refieres —alegó la chica araña, presa de los nervios.

—Basta de fingir, Wydowna —soltó Robecca con voz calmada.

—No estoy fingiendo... Es que no lo sé —susurró Wydowna mientras miraba a Tsetsé, su mosca de compañía.

—Pareces una chica agradable, sincera. ¿Cómo has podido involucrarte en un asunto así? ¡Una asociación que considera a unas criaturas superiores a otras! No está nada bien, y tú lo sabes —amonestó Venus a la arácnida.

—No lo comprendes —balbuceó Wydowna mientras rompía a llorar—. Creí que me enviaban aquí para ayudar a los monstruos. Por el bien del mundo de los monstruos en general. Pero entonces empecé a leer cosas..., cosas que no me gustaban o ni siquiera entendía...

—¡Dinos quién está detrás de ASOME! —insistió Venus a la asustada chica araña para que confesara.

—No les puedo decir... Es demasiado peligroso.

—¡Nos lo tienes que decir! ¡El futuro de todos los monstruos de Monster High depende de ello! —suplicó Rochelle—. S’il vudú plaît, Wydowna.

—No entienden lo poderosos que son —tartamudeó la arácnida.

—¡Sólo dinos quiénes son! ¡Podemos enfrentarnos a ellos! —chilló Venus perdiendo la paciencia.

—No lo entienden. ¡No podrán detenerlos! —replicó Wydowna.

—Detuvimos el susurro de la señorita Alada y vamos a detener esto también —declaró Venus sin titubeos.

—¿Es que no se dan cuenta? Todo forma parte del mismo plan.

—¿Qué plan? —imploró Robecca mientras soltaba vapor por las orejas.

—No tienen ni idea de lo lejos que llega el asunto, del tiempo que se lleva prepararlo —dijo Wydowna al tiempo que el estruendo de una sirena rasgaba el aire.

Parecida a la de un bombardeo, la prolongada alarma sumió en la confusión a la aterrorizada multitud.

sto no es un simulacro. Repito, ¡esto no es un simulacro! ¡Todos los alumnos y profesores se presentarán en el gimnasio, donde serán encerrados!

Era la voz de la superintendente calavera Petra Ficada, una momia alta y delgada que se mostraba tan impasible e inexpresiva como de costumbre.

—¡Los alumnos se presentarán en el gimnasio de inmediato! Repito, ¡de inmediato! —continuó la superintendente Petra mientras el caos se extendía por la masa de alumnos. Entre chillidos, las extremidades se agitaban y las garras daban zarpazos por todas partes mientras los monstruos huían despavoridos del terreno de juego. El hecho de que desconocieran el porqué de la sirena no importaba; para ellos era cuestión de ¡sálvese el que pueda!

—Alumnos, ¡no hay tiempo para juguetear, pasearse o charlar! ¡Estamos inmersos en un código muerte! ¡No código amarillo! ¡No código naranja! ¡¡Código muerte!!

El uso del término “código muerte” aumentó la histeria de inmediato, provocando que el ya frenético gentío se pusiera a correr de un lado a otro como un murciélago a la luz del sol. Pero al mirar más de cerca, se notaba que no todo el mundo respondía a las instrucciones de la superintendente. Allí, en medio de la conmoción, se hallaban cuatro monstruoalumnas serenamente inmóviles. Al igual que en el ojo del huracán, se encontraban paralizadas mientras todo lo demás se desplazaba a su alrededor.

Robecca, Venus y Rochelle eran la tranquilidad personificada mientras clavaban la vista en Wydowna, suplicándole en silencio que confesara. Visiblemente alterada, Venus notó que su polen de persuasión empezaba a agitarse. Ansiosa por controlarlo, al menos hasta que fuera absolutamente necesario, cerró los ojos a toda prisa y respiró hondo. Sin embargo, justo cuando la chica de color verde cerró los ojos, notó una suave palmada en la nuca. Era el brazo de trapo de Vudú, un muñeco vudú de tamaño real.

—¡¡¡Frankie!!! ¡¡¡Frankie!!! —vociferó el muñeco mientras atravesaba el terreno de juego como una exhalación.

—¡Vudú! ¡Dame la mano! —gritó Frankie Stein (la creadora del monstruo de trapo, por la que éste sentía un fiel enamoramiento) mientras cruzaba el césped con la fuerza de un ciclón.

—Wydowna... —empezó a decir Venus, pero al instante se vio ahogada por una voz atronadora.

—¡Muévete, zombi! —rugió un impaciente chico lobo mientras apartaba a una parsimoniosa criatura de un empujón—. Es código muerte, ¡no se puede ir a paso de tortuga!

—Estoy lista para polinizar a toda esta muchedumbre, a un monstruo detrá ...