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ÁNGEL CAíDO

Arturo Anaya Treviño  

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Fragmento

EL PERGAMINO DE PLUMAS DE ÁNGEL

Tras expulsar al hombre, puso delante
del jardín del Edén querubines, y la llama
de espada vibrante, para guardar el
camino del árbol de la vida.

BIBLIA DE JERUSALÉN. Génesis 3:24

Se abrió la titánica puerta del infierno, silbaron flautas en la hora caliente. Me sumergí en el bosque petrificado con espinas gigantes durante horas. La voz de un ángel me había llamado incesantemente y ya no podía perder más tiempo. Las cinco lunas del planeta Valkos estaban ocultas por el eterno vapor de sus incontables volcanes, y dejaban el camino sumido en una profunda oscuridad. Estaba convencido de que tenía que recorrer el camino a medida que el silencio y la negrura de los árboles con cuernos me infundían un sentimiento de opresión.

La oscuridad desgarraba la luz de la lava en lúgubres franjas anaranjadas. El viento se había levantado y arrastraba las nubes rápidamente por delante de la superficie de las lunas, de tal manera que aquellas estrechas bandas luminosas danzaban entre los dispersos árboles. Simultáneamente, el viento comenzó a gemir y el sonido que producía evocaba las voces de millones de almas en pena… El ulular se hacía cada vez más fuerte y la danza de los rayos de luna pareció ser más y más rápida. De pronto, percibí los maléficos sonidos de un horror distante. Tenía que apurarme y volar más a prisa. Las lunas se habían ocultado nuevamente, pero ello no impedía mi paso veloz y seguro. Además, entre las nubes aparecían estrellas y nebulosas intensamente brillantes. Me asomé al borde del abismo. Los bosques de piedra y magma aún se extendían a kilómetros y kilómetros por debajo del nivel inferior, y lejos, hacia el norte, resplandecía el halo rojizo del palacio de Luzbel… Estaba en camino de la prisión prohibida, ¡el infierno mismo!

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Alcé los ojos y vi la imponente fachada de la prisión eterna, sus torres y murallas siniestras de piedra volcánica afilada se alzaban entre la negrura. ¿Por qué ese maltrecho ángel me había escogido a mí? En ese momento, lo que sabía sobre la historia de mis padres me parecía incompleto. Ni siquiera sabía quién era yo mismo. Una fuerza irresistible me trajo, desde muy lejos, hasta aquí. Estaba decidido; tenía que responder al llamado, era más fuerte que yo. Cuatro veces escuché graves murmullos en un dialecto demoniaco advirtiéndome que no me atreviera a visitar al prisionero, pero ahí estaba. Continué por el sendero de tierra roja y, de pronto, escuché un penetrante aullido proveniente de las torres… otro y otro más. Bajé la mirada y apreté los puños sin dejar de avanzar. Podía respirarse el dolor y la tortura en el aire. Descendí por una pequeña pendiente y llegué ante un profundo foso que me separaba de las puertas de la prisión.

Sabía que el momento había llegado.

Cuando los serafines centinelas me vieron frente a la entrada azotaron con sus látigos de fuego a las almas putrefactas que tiraban de las cadenas para abrir la monumental puerta de metal valkiano para ingresar a la prisión. Crucé el formidable puente, me asomé y vi a los fantasmas verdes retorcerse en las tinieblas. Apenas entraba al vestíbulo y una escolta de feroces guardias potestades gruñían ante mi presencia:

—¡Príncipe, no lo esperábamos!

Les expliqué que Luzbel me enviaba, dominé rápidamente sus débiles mentes y les ordené que me guiaran por los eternos laberintos de la prisión de fuego. Tres imponentes guardias de Espiria me escoltaron por el castillo. Cruzamos un salón de roca verde, repleto de figuras de ángeles caídos talladas en piedra roja y alumbradas por fuegos fatuos. Comenzamos a descender por los pasillos de la hirviente fortaleza, el eco de nuestros pasos en las piedras mojadas se mezclaba con los lamentos y alaridos de los torturados. La prisión prohibida era el lugar más cruel del cosmos.

Conforme avanzaba por la prisión, una idea fija y constante golpeaba incesantemente mi espíritu: saber qué era lo que quería decirme el ser de luz.

Ninguno de los brutales tormentos que se inventaron en Valkos había conseguido sacarle una sola palabra. No quería hablar con nadie y, sin embargo, él me llamó, el ángel reclamaba mi presencia. Necesitaba decirme algo substancial, trascendente. Lo sabía, podía sentirlo.

He tenido sueños sorprendentes con él: aparece con una brillante máscara blanca que cubre su rostro por completo, una máscara inquietantemente antigua, sin orificio para la boca, la nariz o los ojos. Los objetos que rodean el lugar se quedan suspendidos en el aire; entonces, él abre la mano derecha, yo me acerco y justo cuando voy a ver qué es lo que sostiene, la imagen se diluye y aparece, envuelta en nubes negras, la estampa maldita de esta prisión que suspende el eco de mis pasos conforme recorremos las catacumbas.

Los guardias tocaron violentamente una enorme puerta de metal, curvada en su parte más alta, elevé la mirada y observé que los crípticos caracteres grabados en relieve sobre la madera, emanaban una débil luminiscencia. Alcé la mano para indicarle a los guardias que esperaran un momento y comencé a examinar los signos malditos. Ellos no podían saberlo, pero mi bisabuelo me enseñó a descifrar los rasgos originales de las runas para interpretar mensajes ocultos. Y ahí estaba la marca de Larzod.

Suspiré, al tiempo que los oxidados goznes de la puerta crujieron al ser abierta desde dentro; entramos a la mazmorra débilmente iluminada; la atmósfera era irrespirable, la humedad, nauseabunda, casi palpable. Cuatro horribles entes negros con alas grises y podridas custodiaban al ángel que aparecía en mis sueños.

¿Acaso se encontraba en este infierno por voluntad propia?, ¿acaso por voluntad divina? ¿Qué significaba que hubiera aparecido en mis visiones sin lograr entregarme el mensaje? ¿Qué significaban mis sueños?

Sentí un gran poder cósmico. El ángel de la máscara blanca estaba ante mí. Su forma cubría las dimensiones de un cuerpo humano, sus apagadas y enormes alas estaban firmemente sujetas a la pared por enormes cadenas y grilletes, de tal manera que la mitad de arriba de su cuerpo se pronunciaba hacia delante. Su cabeza echada hacia abajo y los brazos colgantes, como si estuviera muerto.

Al sentir mi presencia se incorporó con lentitud. Me sorprendió su aspecto derrotado y miserable cuando vi múltiples y viscosos insectos que caminaban por su cuerpo.

Los Caídos del calabozo se golpeaban entre sí y graznaban una serie de ofensivas imprecaciones al tiempo que mecían en el aire sus bífidas lenguas. Sus ojos de reptil brillaban malignamente.

El ángel alzó la cabeza. Vi las crípticas runas de su máscara talladas con el fuego de los místicos serafines. La imagen del serafín Metatrón, la voz de Dios, se dibujó ante mí colocándole aquel antifaz que abarcaba su rostro entero.

Por fin podría saber la verdad acerca de mi origen.

Sentí una especie de martillazo en mi conciencia y nuevamente volví al lugar en el que me encontraba físicamente. Entonces mi cuerpo perdió la rigidez y me acerqué al espíritu celeste. Los Caídos gruñían y aullaban batiendo sus siniestras alas y llenando el ambiente con un hedor repugnante.

—Bien, ya estoy aquí. ¿Qué es lo que tienes que decirme? —le pregunté.

Antes de que pudiera responder, los atroces verdugos jalaron brutalmente las cadenas que apresaban sus alas, lo cual provocó que su cuerpo golpeara la pared. Les grité, furioso, que se alejaran. Se quedaron parados, completamente inmóviles y mirándome fijamente. Pude escuchar cómo respiraban pesadamente, sus ojos se encendieron con tonos escarlata y uno de los guardias comenzó a darle latigazos al ángel mientras los otros gritaban excitados.

Entonces sucedió. El tiempo se detuvo, los Caídos quedaron congelados, lo mismo que el látigo de fuego y los insectos, incluso las gotas de agua podrida que descendían del techo se mantuvieron estáticas en el aire.

Los punzantes sonidos que envolvían el calabozo desaparecieron, el silencio parecía presagiar una catástrofe. El ángel me miró detrás de su sólida máscara y pude ver sus ojos blancos encendiéndose. Me aproximé a medio metro de él y extendió su mano derecha, me acerqué aún más y la contemplé absorto, blanca como la nube más blanca, abriéndose lentamente en una cascada de luz mientras materializaba una pluma metálica de tonalidad roja.

Acerqué mi temblorosa mano y tomé la pluma, apretándola con fuerza. Mi cuerpo se llenó de fabulosas sensaciones. El resplandeciente ángel me habló en dialecto angélico. “Aquí encontrarás todas las respuestas”, me dijo. En aquel momento supe que debía irme.

El brillo de sus ojos se apagó y él volvió a colgar de sus grilletes como si estuviera muerto… sólo para recibir el latigazo que había quedado suspendido en el aire después de la magia.

Detuve los movimientos del maldito y arrojé el látigo de fuego negro hacia un rincón. Salí de la mazmorra a toda prisa; los alaridos de los torturados parecían intensificarse cada segundo; caminé por los oscuros pasillos lleno de aprehensión, entusiasmo, curiosidad y con una espantosa sensación de intranquilidad.

Terminé de subir la curva escalera, dos guardias abrieron una puerta de barrotes y llegué al recibidor del calabozo. Atravesé el puente de metal y me sumergí en el bosque nuevamente para regresar al palacio. Mi mano sostenía fuertemente la pluma en el bolsillo de mi saco.

Una vez de regreso a palacio, en mi habitación, le pedí al guardia que nadie me molestara. No podía dejar de estrujar el objeto metálico que el ángel me había dado. Saqué la mano de mi abrigo y comencé a abrirla muy despacio…

Sólo los espíritus celestes y su némesis conocen el significado de estas plumas de metal. Cada una de ellas es única y contiene marcas específicas que identifican la historia y jerarquía del ángel a quien fue atribuida. Entrañan la información completa: pasado, presente y futuro; están forjadas por los serafines en el segundo cielo y cumplen varias funciones. Además de proporcionar información, pueden convertirse en espadas de fuego, cubrir el cuerpo con una armadura indestructible y transformarse en cualquier objeto físico imaginable. Son herramientas indispensables para los ángeles; sin ellas, el dominio de las sombras hace mucho tiempo que habría triunfado en la gran guerra que se desató en el cielo.

¡Y esta pluma contenía un mensaje para mí! ¡Sólo para mí!

La tomé entre mis dedos y elevé la secreta oración que siempre hacía eco en mi sueño. Sin saber por qué, soplé ligeramente sobre ella, durante unos segundos nada sucedió hasta que, repentinamente, la pluma se encendió, empezó a brillar con destellos rojizos, mientras duplicaba su forma y comenzaba a evaporarse. Lleno de consternación, me pregunté si habría hecho algo mal y el contenido del mensaje se perdería en el aire, pero, para hacer aún más grande mi asombro, el humo comenzó a transformarse en un delicado pergamino de plumas de ángel.

Tuve el presentimiento de que desenrollar este pergamino implicaba una traición a todo lo que me habían enseñado. Pero debía indagar cuál es la verdad acerca de mi linaje.

El cuarto estaba sumido en el más profundo silencio, hacía mucho calor, pero al abrir la ventana una tormenta de fuego me quemaba el rostro y la cerré rápidamente.

Me encontraba nervioso e irritado; justo cuando había logrado un balance entre mi cuerpo y mi mente, cuando me sentía listo para reclamar lo que por derecho es mío, percibí una fuerza indescriptible que me obligó a ir con ese ángel.

El pergamino de plumas de ángel debía contener las respuestas que buscaba, pero algo me decía que estaba mal, que abrirlo significaba la destrucción de lo que tenía, de lo que conocía.

Estaba parado en medio de la habitación, un escalofrío recorría mis huesos, el sudor me nublaba la vista, sentía un dolor agudo. Un sibilante y espantoso sonido comenzó a retumbar en mi cabeza; en un idioma anterior a la creación, una voz me habló con eco susurrante. Tomé mi cabeza con las dos manos y comencé a golpearme las sienes con los puños cerrados, grité muy fuerte… Silencio otra vez… Estaba temblando.

Me dirigí a trompicones hacia mi escritorio, arrojé violentamente plumas negras, espadas de fuego dormidas, mapas y libros prohibidos. Las piernas se me doblaban. Tenía que desenrollar el pergamino y conocer mi origen, mi destino. La luz que fluía en mi ser, las vías celestes cuyo aire es mi cuerpo se remontaban a linajes inmortales y demasiado antiguos para mi conciencia, su energía sobrepasaba mi entendimiento.

Mis manos y ojos se inundaban de llamas, mi ansiedad crecía. Sin saber cómo ni por qué, repetí las palabras que el ángel dijo en el calabozo y el fuego desapareció, cada poro de mi cuerpo transpiraba. Desenrollé el rojizo pergamino y al colocarlo sobre la mesa se volvió blanco, tenía una textura suave, como si estuviera hecha del fino pelaje de las alas de un ave. Pero no había ningún símbolo, ninguna palabra escrita. Reconocí este hechizo, aquí había algo más, debía seguir el mandato de mis instintos para encontrar el mensaje: coloqué la palma de mi mano sobre su aterciopelada estructura y elevé una plegaria… Las ventanas se abrieron y cerraron violentamente, percibí un sonido cósmico, los objetos de la habitación temblaron y caían al suelo estrepitosamente, escuché un grito y lo vi materializarse en forma de humo, desapareció tan rápido como apareció… Surgieron símbolos de luz en el pergamino, símbolos que emergían y se desvanecían conforme los descifraba, la información fluía a la velocidad de mis pensamientos.

Y lo que vi escrito decía lo siguiente…

SANTA TERESA

Al parecer, en este mundo ser diferente
tiene un costo muy alto.

Angus

Los primeros años de esta historia no tuvieron días soleados. Una tormenta de oscuridad y maldad se aproximaba hacia la Tierra. El destino de la negra profecía amenazaba con cumplirse…

Una parda y fría tarde de invierno, la lluvia azotaba las tejas de barro de un pueblo escondido en medio de un bosque al norte de Italia. La campana de un antiguo orfanato de piedra y musgo anunció la llegada de dos policías. Era muy extraño que la policía visitara ese lugar; en realidad, cualquier tipo de visita era anormal pues el orfanatorio estaba bastante lejos del pueblo y no había mucho que ver.

Helena, la madre superiora, se asomó a la ventana y vio a dos oficiales parados bajo la lluvia con un bebé en brazos. Un estremecimiento, una inquietante certeza se apoderó de ella.

Recibió al pequeño en la entrada del orfanatorio, firmó los documentos de rutina mientras miraba de reojo al bebé y advertía que los guardias lucían impacientes. Así que, sin hacer preguntas acerca de su origen o condición, aceptó al niño en su casa y, después de agradecerles a los oficiales, les dijo que podían marcharse. Los policías le agradecieron y desaparecieron bajo la lluvia. Helena abrió la manta que cubría al recién llegado y lo observó largo rato. Era un pequeñuelo hermoso, rubio y con los ojos claros, pero tenía un desagradable lunar en la palma de la mano derecha, ya vería si podían quitárselo. Lo acostó en una silla y anotó sus datos en el libro de huérfanos, con el nombre que le habían asignado en el registro de la policía, un nombre verdaderamente espantoso, no sabía por qué los padres le hacían la vida difícil a sus hijos. Tal vez estos padres lo habían abandonado o, quizá, habían muerto, no importaba. La monja se quitó la pluma de la boca y anotó el chocante nombre, carente de apellidos, en su libro de registro: Liutprando.

Las habitaciones del orfanato eran altas, frías y estaban sumamente descuidadas. Claro que no tenía por qué ser así, pero las monjas que atendían el lugar destinaban la mayor parte de los donativos a mejorar su propia casona. “Bastante hacemos por estas pequeñas bestias”, explicaba la madre superiora a las demás hermanas.

Una plaga de ratas y ratones se había apropiado del territorio, y corría de un lugar a otro sin que nadie hiciera nada. El frío y la humedad calaban los huesos durante las cuatro estaciones y eran los culpables de un sinnúmero de enfermedades respiratorias que los pequeñines padecían, sin saber qué hicieron para merecer tal castigo divino. “Dios los está castigando por mal portados”, les explicaban las monjas cuando se enfermaban. En tiempos de lluvia las goteras creaban una monótona sinfonía al caer en los utensilios de cocina, colocados hábilmente por los niños para evitar charcos y suciedades. Las ratas agradecían los bebederos. El hedor a orines, animales y humanos era penetrante e insoportable, y se sumaba al helado y húmedo ambiente. El cambio de sábanas, con suerte, se hacía cada dos o tres meses. Los que se portaban mal no comían y el cinturón era una forma habitual de corrección.

La antigua construcción que conformaba el hospicio fue confiscada a fines del siglo XIX a una acaudalada familia de políticos que la había utilizado como granero, casa de empleados y hogar de sus caballos purasangre. Un día, aquella familia simplemente se desvaneció de la faz de la Tierra. Por más que se le buscó en éste y otros países, nunca se volvió a saber de ella; había desaparecido misteriosamente y corrieron los rumores de magia negra, aquelarres e inhumanos actos de nigromancia celebrados en aquel tétrico recinto.

La edificación fue abandonada y, muchos años después, donada a una orden de monjas capuchinas. En pleno transcurso de la primera guerra mundial, aquellas monjas se dieron a la tarea de transformar la casa en un hospicio para los niños huérfanos de guerra.

La propiedad era grande, la casa principal tenía largos pasillos flanqueados por columnas y arcos de cantera que rodeaban patios centrales que contaban con extensas áreas cubiertas de pasto. Los establos y graneros habían sido acondicionados como dormitorios y aulas escolares. Las monjas vivían en la vieja casa de la parte de atrás. Ésta era diferente del resto del orfanatorio, no tenía humedad, estaba pintada al estilo renacentista y bellos objetos de ornato religioso la decoraban por aquí y por allá. Bastaba ver el jardín, repleto de flores y árboles hermosos, con el césped bien cortado, fuentes, estatuas y caminos de piedra. Los patios del orfanatorio parecían selvas y estaban plagados de insectos y alimañas.

Ningún niño o persona tenía acceso a la morada de las monjas y aquél que era sorprendido, tan siquiera rondando el lugar, era reprendido y castigado severamente.

La entrada principal del orfanatorio, construida casi en su totalidad con canto rodado, tenía talladas inscripciones rúnicas que nadie había podido descifrar. Se decía que las había esculpido uno de los habitantes originales de la casa, obsesionado con la hechicería de los antiguos druidas celtas.

Helena y Carlota eran las madres que estaban encargadas de velar por la salud y educación de los niños y de cuidar que el orfanatorio continuase con su noble misión. En realidad, nunca habían pensado en dedicarse a semejante actividad, pero, para su poca fortuna, fueron enviadas desde Roma junto con otras doce monjas para hacerse cargo del lugar.

Helena era una mujer de edad avanzada, tenía ojos saltones de color verde olivo y carecía de cejas, las arrugas en su frente revelaban a una mujer de carácter neurótico y su hábito color marrón le cubría siempre el cabello, así que nadie sabía cómo era o si tenía. Su cuerpo era redondo, pequeño, y cojeaba de una pierna.

La madre Carlota tampoco tenía muy buen humor, era una mujer joven en comparación con la madre Helena, pero de una complexión tan robusta que, al verla de espaldas vestida con sotana, semejaba un ropero de caoba. Tenía los ojos negros, el cabello rubio y siempre estaba histérica. Al parecer había equivocado el camino ya que su existencia era miserable; se quejaba constantemente, las cosas que sucedían dentro o fuera estaban mal, era incapaz de disfrutar cualquier momento de la vida, pues siempre encontraba alguna razón adversa. Las personas que vivían a su alrededor absorbían su negatividad y acritud frente a la existencia que el Padre le había regalado.

Liutprando fue instalado sobre un catre oxidado en una pequeña habitación gris, la madre Helena lo cubrió con unas sábanas parchadas con pedazos de camisas viejas; se dijo a sí misma que que era una gran persona, nadie como ella para ayudar a los demás, para socorrer a los necesitados. Apagó la luz, salió de puntillas para no despertar a la criatura y suspiró aliviada cuando cerró la desvencijada puerta; su trabajo estaba hecho. Con una sonrisa triunfal recorrió el lóbrego pasillo dirigiéndose a su oficina y a medio camino se encontró con la madre Carlota. Intercambiaron impresiones sobre quién debía hacerse cargo del recién llegado y al parecer no se pusieron de acuerdo pues se dirigieron a la habitación donde se había quedado la criatura mientras hablaban al mismo tiempo sin escucharse.

El cuarto estaba en silencio y Liutprando dormía profundamente; de pronto, Helena y Carlota irrumpieron en la habitación dando un portazo, discutían a grito pelado, ya que ninguna de las dos quería cuidar al nuevo niño. Carlota, exaltada, gritó:

—¡Éste —señalándolo con el dedo índice— es el cuarto mocoso que me asignas este mes de manera consecutiva! ¡No soy la única por aquí que atiende niños! ¿Sabes? Además, apenas es un bebé, necesita cuidados especiales y no tengo tiempo para dárselos.

Liutprando comenzó a llorar al sentir la agresividad proveniente de las novias de Dios.

Helena la miró fijamente, estaba claro que no podía revelarle a Carlota sus más profundos temores, lo que sí sabía es que ella no podía estar cerca del niño, así que, con la soberbia que su cargo le confería, le advirtió:

—Me importa poco lo que hagas o dejes de hacer con el niño. Tú debes cuidarlo y no hay más que decir. Las cosas son así y nada puedes hacer al respecto.

La madre superiora dio media vuelta y azotó la puerta, haciendo retumbar los opacos cristales que dejaban entrar franjas de luz en las que se podía ver el polvo que llenaba la habitación.

Carlota estaba furiosa, dio un taconazo de resentimiento en el suelo y se acercó al pequeño mientras imitaba sarcásticamente los movimientos y palabras de la madre Helena, sin siquiera imaginar que aquel extraordinario bebé era capaz de percibir de modo diferente la discusión que acababa de tener lugar.

Las largas y huesudas manos de la monja arrebataron las mantas de Liutprando con un solo movimiento y el pequeño se estremeció con la brusca sacudida, abrió sus angelicales ojos verdes y observó a la mujer que lo miraba.

Carlota se abstrajo en el rostro puro y noble, tan tierno e indefenso, esa carita que comenzaba a descomponerse, a fruncir el entrecejo, a arrugar la frente. El agudo llanto brotó incontenible ante el amargo y virulento semblante que se le había puesto enfrente.

La monja movió negativamente la cabeza, se tapó los oídos con las manos y se quejó de su mala suerte:

—¡Calladito! ¡Aquí nadie quiere a los llorones!

Liutprando chilló aún más fuerte y la monja retrocedió histérica:

—¡No quiero escuchar tus horribles llantos! ¡Más vale que te calles! —ladró y se fue dando un portazo.

Ésa fue la primera visita que las religiosas le hicieron a Liutprando.

Al anochecer, niños de diversas edades, entre los dos y los diez años, volvieron a sus habitaciones después de un día de clases y trabajo. A aquellos que compartieron cuarto con Liutprando tuvieron que soportar el penetrante llanto de su nuevo hermano, que había tomado el lugar del niño más pequeño del orfanatorio.

Por regla general, el niño más grande era líder de su cuarto, y el encargado de la gemidora habitación era un pequeño macilento de rostro maligno. Se puso furioso al escuchar los alaridos del bebé y preguntó a sus compañeros:

—¿De dónde salió este llorón? —al ver que nadie respondía, aseguró—: no nos va a dejar dormir si no lo callamos.

Buscó consentimiento en el rostro de sus compañeros quienes, molestos por el llanto, movían aprobatoriamente la cabeza. El pálido y amarillento niño pidió que le pasaran una almohada y con ella cubrió el diminuto rostro angelical. Liutprando sintió cómo las pequeñas plumas de la almohada se introducían en su nariz y boca, comenzó a mover el cuerpo con violentos estertores, lo que hizo que el malvado chico presionara aún más… se ahogaba, se asfixiaba, no podía gritar…

Pero fuerzas más grandes lo protegían, pues uno de los pequeños había acusado el atentado con la madre superiora. Helena entró rápidamente al cuarto y al ver la horrible escena los niños gritaron. La madre superiora no lo pensó dos veces y descargó un feroz golpe sobre la cabeza del pequeño homicida; los muchachos enmudecieron, el niño se puso a llorar y después de la reprimenda y el castigo físico nunca volvió a intentar silenciar el llanto de un bebé poniéndole un almohadón sobre la cara.

Después del estremecedor incidente Liutprando fue reubicado. Como su única posesión, trasladaron el catre oxidado a un pequeño cuarto polvoriento y atiborrado de cajas con libros y pedazos de muebles.

El tiempo pasó, las palabras que Liutprando pronunciaba eran contadas y muy elementales, desde que cumplió tres años comprendió que tratar de interactuar con los demás era una pérdida de tiempo. Al parecer, las personas comunes y corrientes no podían comprenderlo. Se sentía solo, aislado, no entendía bien cuál era su situación ni cuánto tiempo tendría que permanecer en aquel triste lugar. Su aspecto solitario y su misterioso espíritu provocaba el desprecio y la burla de sus compañeros, cabe mencionar que vivía entre seres realmente bárbaros e ignorantes; debido a su peculiar carácter lo llamaban loco, maniático, y apenas tenía cuatro años.

Había intentado platicar con los niños y las monjas acerca de sus sueños y visiones, sueños tan reales que el pequeño estaba seguro de haber participado en ellos activamente; pero no tenía el vocabulario suficiente para expresarse, hacerse entender. A nadie le interesaban sus alucinaciones, pues violentaban el seguro y esquemático orden con el que interpretaban la vida. Sólo la madre Helena parecía consternada ante las pretendidas revelaciones del pequeño.

Liutprando siempre estaba solo y dedicaba la mayor parte del día a leer, contemplar el cielo, los árboles y las aves. Cuando estaba en su cuarto le leía a los ratones los libros que poblaban su triste habitación. Los roedores escuchaban atentos, como si comprendieran las palabras del pequeño. Tal vez había más humanidad en esos animales que en aquellos que se decían sus iguales. Aunque las personas del colegio lo creían idiota e incapaz de leer y escribir con propiedad, lo cierto es que durante el tiempo que estuvo en el orfanatorio, dedicó su tiempo a estudiar los más de mil libros almacenados en esos baúles podridos por el moho que llenaban con una enfermiza humedad verde sus aposentos. Dentro de aquellas cajas encontró las obras clásicas de la humanidad, complicados volúmenes que lo alimentaron con sabiduría e hicieron más amplia y fértil su imaginación. Las obras que más le gustaban eran: El Quijote de la Mancha, El paraíso perdido y la compilación de cuentos de los hermanos Grimm, cuyas historias le parecían extrañamente conocidas y atrayentes.

En las clases mostraba apatía y desinterés, ponía más atención a los rayos de luz que se filtraban a través de los cristales y a las pelusas flotantes que al Pater Noster. La madre superiora y la madre Carlota le comentaron al médico que visitaba a los niños la posibilidad de que Liutprando padeciera una enfermedad mental. Le informaron de los ataques de pánico que sufría cuando era castigado y de su posible autismo. El médico lo auscultó, al no encontrar nada grave ni relevante le comentó a las monjas que podría tratarse de un caso de epilepsia, una rara enfermedad que requería costosos y largos estudios. Al oír el diagnóstico la madre Carlota sintió un sablazo en sus bolsillos y, arrepentida, argumentó que se trataba sólo de actos prefabricados para llamar la atención y que no gastaría ni un centavo en los berrinches de ese niño malagradecido. La madre Helena sospechaba otra cosa, pero no podía decir nada. Ella había visto los estertores del pequeño, lo había observado bañado en sudor, con los ojos muy abiertos. No, eso no era epilepsia.

El tiempo siguió su curso, para algunos con fruto, para otros como si nada. Una tarde en la que Liutprando barría el pasillo, la madre Carlota lo espió y lo vio conversar elocuente y fluidamente con un pequeño y extraño ratón que tenía una melena blanca. Se percató de que había bautizado a la bestia y se refería a ella como Leopoldo. Éste se mostraba atento y estaba parado en dos patas sobre una silla para que sus diminutos ojos quedaran a ...