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ÁNGEL CAíDO

Arturo Anaya Treviño  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Cita

Sephyro

El pergamino de plumas de ángel

Santa Teresa

El rescate

Monte Ángelis

El mal presagio

El entrenamiento

San Raffelo

Perséfone

La tortuga de madera

El libro perdido

El terrible Dr. Caine

Lazos cósmicos

La expedición

La gran bóveda de los Grígoris

El fin del mundo está cerca

Liután, el último Sephyro

Créditos

Grupo Santillana

“Para explicar lo invisible,
me basta lo visible”

Recibe antes que nadie historias como ésta

WALT WHITMAN

SEPHYRO

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CONTAREMOS AHORA LA HISTORIA QUE

ENCONTRAMOS EN EL DIARIO DE UN SEPHYRO;

NO CUALQIERA, SINO EL SEPHYRO DEL QUE

HABLA LA PROFECÍA DE LOS DOS ENÉRGICOS

QUERUBINES QUE CUSTODIABAN

EL JARDÍN DEL EDÉN.

EN ESTE VALIOSO DOCUMENTO SE INFORMA

SOBRE LA CREACIÓN, LA GUERRA ENTRE

ÁNGELES QUE SE DESATÓ EN EL CIELO,

LA CAÍDA DE LUZBEL AL INFIERNO Y

MUCHAS SORPRENDENTES HISTORIAS

QUE DEFINIRÁN EL CURSO

DEL APOCALIPSIS.

EL PERGAMINO DE PLUMAS DE ÁNGEL

Tras expulsar al hombre, puso delante
del jardín del Edén querubines, y la llama
de espada vibrante, para guardar el
camino del árbol de la vida.

BIBLIA DE JERUSALÉN. Génesis 3:24

Se abrió la titánica puerta del infierno, silbaron flautas en la hora caliente. Me sumergí en el bosque petrificado con espinas gigantes durante horas. La voz de un ángel me había llamado incesantemente y ya no podía perder más tiempo. Las cinco lunas del planeta Valkos estaban ocultas por el eterno vapor de sus incontables volcanes, y dejaban el camino sumido en una profunda oscuridad. Estaba convencido de que tenía que recorrer el camino a medida que el silencio y la negrura de los árboles con cuernos me infundían un sentimiento de opresión.

La oscuridad desgarraba la luz de la lava en lúgubres franjas anaranjadas. El viento se había levantado y arrastraba las nubes rápidamente por delante de la superficie de las lunas, de tal manera que aquellas estrechas bandas luminosas danzaban entre los dispersos árboles. Simultáneamente, el viento comenzó a gemir y el sonido que producía evocaba las voces de millones de almas en pena… El ulular se hacía cada vez más fuerte y la danza de los rayos de luna pareció ser más y más rápida. De pronto, percibí los maléficos sonidos de un horror distante. Tenía que apurarme y volar más a prisa. Las lunas se habían ocultado nuevamente, pero ello no impedía mi paso veloz y seguro. Además, entre las nubes aparecían estrellas y nebulosas intensamente brillantes. Me asomé al borde del abismo. Los bosques de piedra y magma aún se extendían a kilómetros y kilómetros por debajo del nivel inferior, y lejos, hacia el norte, resplandecía el halo rojizo del palacio de Luzbel… Estaba en camino de la prisión prohibida, ¡el infierno mismo!

Alcé los ojos y vi la imponente fachada de la prisión eterna, sus torres y murallas siniestras de piedra volcánica afilada se alzaban entre la negrura. ¿Por qué ese maltrecho ángel me había escogido a mí? En ese momento, lo que sabía sobre la historia de mis padres me parecía incompleto. Ni siquiera sabía quién era yo mismo. Una fuerza irresistible me trajo, desde muy lejos, hasta aquí. Estaba decidido; tenía que responder al llamado, era más fuerte que yo. Cuatro veces escuché graves murmullos en un dialecto demoniaco advirtiéndome que no me atreviera a visitar al prisionero, pero ahí estaba. Continué por el sendero de tierra roja y, de pronto, escuché un penetrante aullido proveniente de las torres… otro y otro más. Bajé la mirada y apreté los puños sin dejar de avanzar. Podía respirarse el dolor y la tortura en el aire. Descendí por una pequeña pendiente y llegué ante un profundo foso que me separaba de las puertas de la prisión.

Sabía que el momento había llegado.

Cuando los serafines centinelas me vieron frente a la entrada azotaron con sus látigos de fuego a las almas putrefactas que tiraban de las cadenas para abrir la monumental puerta de metal valkiano para ingresar a la prisión. Crucé el formidable puente, me asomé y vi a los fantasmas verdes retorcerse en las tinieblas. Apenas entraba al vestíbulo y una escolta de feroces guardias potestades gruñían ante mi presencia:

—¡Príncipe, no lo esperábamos!

Les expliqué que Luzbel me enviaba, dominé rápidamente sus débiles mentes y les ordené que me guiaran por los eternos laberintos de la prisión de fuego. Tres imponentes guardias de Espiria me escoltaron por el castillo. Cruzamos un salón de roca verde, repleto de figuras de ángeles caídos talladas en piedra roja y alumbradas por fuegos fatuos. Comenzamos a descender por los pasillos de la hirviente fortaleza, el eco de nuestros pasos en las piedras mojadas se mezclaba con los lamentos y alaridos de los torturados. La prisión prohibida era el lugar más cruel del cosmos.

Conforme avanzaba por la prisión, una idea fija y constante golpeaba incesantemente mi espíritu: saber qué era lo que quería decirme el ser de luz.

Ninguno de los brutales tormentos que se inventaron en Valkos había conseguido sacarle una sola palabra. No quería hablar con nadie y, sin embargo, él me llamó, el ángel reclamaba mi presencia. Necesitaba decirme algo substancial, trascendente. Lo sabía, podía sentirlo.

He tenido sueños sorprendentes con él: aparece con una brillante máscara blanca que cubre su rostro por completo, una máscara inquietantemente antigua, sin orificio para la boca, la nariz o los ojos. Los objetos que rodean el lugar se quedan suspendidos en el aire; entonces, él abre la mano derecha, yo me acerco y justo cuando voy a ver qué es lo que sostiene, la imagen se diluye y aparece, envuelta en nubes negras, la estampa maldita de esta prisión que suspende el eco de mis pasos conforme recorremos las catacumbas.

Los guardias tocaron violentamente una enorme puerta de metal, curvada en su parte más alta, elevé la mirada y observé que los crípticos caracteres grabados en relieve sobre la madera, emanaban una débil luminiscencia. Alcé la mano para indicarle a los guardias que esperaran un momento y comencé a examinar los signos malditos. Ellos no podían saberlo, pero mi bisabuelo me enseñó a descifrar los rasgos originales de las runas para interpretar mensajes ocultos. Y ahí estaba la marca de Larzod.

Suspiré, al tiempo que los oxidados goznes de la puerta crujieron al ser abierta desde dentro; entramos a la mazmorra débilmente iluminada; la atmósfera era irrespirable, la humedad, nauseabunda, casi palpable. Cuatro horribles entes negros con alas grises y podridas custodiaban al ángel que aparecía en mis sueños.

¿Acaso se encontraba en este infierno por voluntad propia?, ¿acaso por voluntad divina? ¿Qué significaba que hubiera aparecido en mis visiones sin lograr entregarme el mensaje? ¿Qué significaban mis sueños?

Sentí un gran poder cósmico. El ángel de la máscara blanca estaba ante mí. Su forma cubría las dimensiones de un cuerpo humano, sus apagadas y enormes alas estaban firmemente sujetas a la pared por enormes cadenas y grilletes, de tal manera que la mitad de arriba de su cuerpo se pronunciaba hacia delante. Su cabeza echada hacia abajo y los brazos colgantes, como si estuviera muerto.

Al sentir mi presencia se incorporó con lentitud. Me sorprendió su aspecto derrotado y miserable cuando vi múltiples y viscosos insectos que caminaban por su cuerpo.

Los Caídos del calabozo se golpeaban entre sí y graznaban una serie de ofensivas imprecaciones al tiempo que mecían en el aire sus bífidas lenguas. Sus ojos de reptil brillaban malignamente.

El ángel alzó la cabeza. Vi las crípticas runas de su máscara talladas con el fuego de los místicos serafines. La imagen del serafín Metatrón, la voz de Dios, se dibujó ante mí colocándole aquel antifaz que abarcaba su rostro entero.

Por fin podría saber la verdad acerca de mi origen.

Sentí una especie de martillazo en mi conciencia y nuevamente volví al lugar en el que me encontraba físicamente. Entonces mi cuerpo perdió la rigidez y me acerqué al espíritu celeste. Los Caídos gruñían y aullaban batiendo sus siniestras alas y llenando el ambiente con un hedor repugnante.

—Bien, ya estoy aquí. ¿Qué es lo que tienes que decirme? —le pregunté.

Antes de que pudiera responder, los atroces verdugos jalaron brutalmente las cadenas que apresaban sus alas, lo cual provocó que su cuerpo golpeara la pared. Les grité, furioso, que se alejaran. Se quedaron parados, completamente inmóviles y mirándome fijamente. Pude escuchar cómo respiraban pesadamente, sus ojos se encendieron con tonos escarlata y uno de los guardias comenzó a darle latigazos al ángel mientras los otros gritaban excitados.

Entonces sucedió. El tiempo se detuvo, los Caídos quedaron congelados, lo mismo que el látigo de fuego y los insectos, incluso las gotas de agua podrida que descendían del techo se mantuvieron estáticas en el aire.

Los punzantes sonidos que envolvían el calabozo desaparecieron, el silencio parecía presagiar una catástrofe. El ángel me miró detrás de su sólida máscara y pude ver sus ojos blancos encendiéndose. Me aproximé a medio metro de él y extendió su mano derecha, me acerqué aún más y la contemplé absorto, blanca como la nube más blanca, abriéndose lentamente en una cascada de luz mientras materializaba una pluma metálica de tonalidad roja.

Acerqué mi temblorosa mano y tomé la pluma, apretándola con fuerza. Mi cuerpo se llenó de fabulosas sensaciones. El resplandeciente ángel me habl ...