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#NIUNAMáS

Frida Guerrera  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

A Martín Moreno, por creer en mí y ayudarme a hacer visible un tema muy poco atendido por los medios de comunicación: gracias por su compromiso y sensibilidad.

A María Salguero, por darme los primeros datos aquel 20 de febrero de 2016, por coincidir en la necesidad de visualizar el femincidio en México.

A César Ramos, mi editor y cómplice, por empujarme a concretar algo que veía inalcanzable.

A Ángel Alonso Salas, por sumarse a la necesidad de crear conciencia en los jóvenes y abrirnos espacios en los CCH de la Universidad Nacional Autónoma de México y en el Politécnico Nacional, para escuchar en esas escuelas a las madres de las víctimas del feminicidio.

A quienes día a día se han sumado a la visibilidad diaria de #FeminicidioEmergenciaNacional que realizo en mis redes sociales.

A quienes no han creído en mí: eso me ha empujado a seguir gritando aun en medio del desierto.

A Gabriel y a cada uno de los chicos de AFondoEdoMex, por los constantes impulsos para seguir, por la información veraz con la que se manejan.

Recibe antes que nadie historias como ésta

A los amigos de los medios en todo el país, quienes publican cada semana las historias que vierto en “Columna Rota”, gracias porque con su ayuda quito las cifras frías y les ponemos rostros.

A mis hermanas y hermano, por su solidario acompañamiento; a mis sobrinos, Melina, Aarón, Sally, Cinthia, Ángel, porque siempre me escuchan aunque el tema les asusta.

A cada una de las mujeres y los hombres que abrieron su corazón y confiaron en mí, por dejarme conocer a sus hijas, hermanas, tías, aun con todo lo que les hace sufrir recordarlas.

A cada uno de los lectores que tengan este libro cuyo propósito es hacer conciencia para que sientan y acompañen el dolor de cada testimonio y nos ayuden a seguir gritando #NiUnaMás, #NoSeasIndiferente.

A la impunidad: porque este libro no debería existir.

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PRÓLOGO
Los números sí tienen un rostro y una voz

Hace más de 11 años, yo, Frida Guerrera, salí de casa de mi ex-pareja con la nariz sangrando, una hemorragia vaginal y treinta pesos en la bolsa. Después de 7 años de trabajar juntos para “nuestro consultorio” todo se rompió y el dolor fue inmenso.

Dejé el consultorio donde laboraba como terapeuta con niños y niñas, dando cursos a mujeres que atravesaban por una crisis emocional y atendía a personas cuyas problemáticas me demostraban el miedo, la angustia y las preocupaciones en sus ojos. Rota y con un gran dolor en el corazón dejé esa casa, aquel sueño que fue el consultorio, para dedicarme totalmente a denunciar violaciones graves a los Derechos Humanos.

Ahora mi propósito es dar voz a quienes no pueden pagar a los medios oficiales para presionar a las autoridades para realizar su trabajo, ayudo a denunciar e instruyo a la gente para que conozca sus derechos. También ofrezco ayuda profesional como terapeuta y, sobre todo, investigo, documento y doy rostro y voz a las mujeres, adolescentes y niñas que han sido víctimas de feminicidios.

Desde 2016 he investigado profundamente numerosos feminicidios en nuestro país. El resultado es atroz. En ese año hubo más de cien mujeres asesinadas en México por violencia de género, sin contar los múltiples abusos que otras tantas han sufrido. Durante este tiempo —incluso desde antes— me he enfrentado a la muerte de mujeres, algo que me toca en lo más íntimo. El solo hecho de ver desfilar ante mí los nombres de todas las mujeres mexicanas y sus historias no contadas me conmovió profundamente. Decidí entregar mi vida a ayudarlas, a ellas y a sus familias, a recuperar un poco de la dignidad que perdieron al ser violentadas y exterminadas.

Inicié entonces con su búsqueda diaria y no me detendré por ninguna causa. Me han amenazado muchas veces de distintas formas: por medio de mi blog, a través de llamadas, mensajes de texto, etcétera. Pero esto sólo hace más fuerte mi determinación por exigir justicia. Seguiré luchando, me involucraré en los casos y enfrentaré a las autoridades. Gritaré e imprimiré, cada vez más, los nombres de los agresores por todos los medios posibles. Continuaré apoyando de manera emocional y profesional a las familias de las víctimas y mi denuncia social crecerá.

Mis convicciones como ser humano y como terapeuta son claras: soy una mujer muy valiosa, igual que cualquier otra. Y la dignidad humana no puede ser destruida por ningún hombre o institución. Por eso no me detendré ante nadie ni ante nada. Soy portavoz de quienes no pueden hablar, de aquellas voces silenciosas que descansan en sus tumbas. De los miembros de una familia rota por un acto de cobardía inmenso, el más grande: asesinar a un ser humano.

La lucha contra el feminicidio no es la guerra de las mujeres contra los hombres. Es una guerra para vencer la impunidad, la desigualdad, la injusticia, la insensibilidad, la prepotencia, la indiferencia de quienes tienen la obligación de proteger, ayudar, proporcionar herramientas de prevención y apoyo a la sociedad. Si las autoridades implementaran —sin corrupción— las medidas correctas para dar un acceso real a la justicia, las cosas en este país mejorarían.

Más del cincuenta por ciento de la población somos mujeres. Es absurdo que no tengamos los mismos derechos que los hombres, que seamos violentadas y amenazadas por ellos. Que sólo por cuestiones de superioridad en fuerza física (y no en todos los casos) nos subyuguen, nos amedrenten. La misoginia no tiene cabida en una sociedad de progreso, de igualdad.

Es urgente que los feminicidios se terminen. La solución para lograrlo es que las autoridades cobren conciencia de la gravedad del asunto; no es posible que un sector mayoritario de la sociedad siga siendo violentado por sus características sexuales, físicas, por su forma de ser y de pensar distinta a la del hombre.

Acabemos con esa cultura del patriarcado que no valora, que ofende, que somete a sus mujeres. Retomemos la cultura de la igualdad, del amor, la comprensión, la tolerancia. Inculquemos esos valores a nuestros hijos, a los niños mexicanos, para que, cuando crezcan, su pensamiento tenga bases sólidas y todos gocemos de los mismos derechos, con respeto y comprensión, sin importar la condición social, física, las creencias religiosas y las preferencias sexuales.

Libremos la batalla, donde gente sin ética ni amor por la humanidad mata a niñas, madres, hijas, ancianas… Dejemos de lado el clásico “si no lo veo, no existe”, porque es una realidad y tenemos que cambiarla.

Debemos exigir que los feminicidios sean tipificados, que los rija una sola ley, que no lo determine el criterio de algunos. No deben quedarse sólo en los procesos, es necesario dejar de calificar algunos feminicidios como homicidios dolosos. Los medios de comunicación deben analizar correctamente y tipificar los feminicidios de todas y no sólo de algunas.

Basta de seguir indiferentes, no podemos dejar que se desangre el corazón de un país que pide —y debe— erradicar la violencia contra la mujer, contra los seres humanos. Debemos aprender a darnos la mano, a vernos de frente, no sólo cuando hay sismos de gran magnitud, entendernos siempre y también cuando se necesite.

Hay que retomar el interés por la dignidad de nuestras familias y no dejar que nuestras mujeres aprendan por “inercia”, dejemos de prohibirles los estudios y el desempeño de lo que les gusta. Todos y todas somos libres y tenemos derecho a salir adelante, a elegir una carrera, una profesión, a tener una vida digna. A ser padres de familia con derechos y obligaciones. A ser personas con dignidad y libertad de caminar seguros por las calles, de ir y venir adonde nos plazca con la tranquilidad de que seremos respetados física, moral e intelectualmente.

Lo enfatizo porque hoy no sabes lo que puede pasar en la calle, rumbo al trabajo, en la fábrica o la oficina, incluso en casa…

Un día como cualquiera te levantas e inicias tu vida sin detenerte a pensar que puede ser el último; que te pueden asesinar o que alguien que amas desaparecerá. De esta forma comienza la mayoría de las historias reales que presento; los testimonios de familias que, con el corazón arrancado, emprenden la búsqueda de sus hijas, madres, esposas, hermanas, y amigas. Ninguna de estas mujeres imaginó, siquiera, que sería parte de las miles de personas que claman justicia. Voces —en la mayoría de los casos— acalladas por el temor de que las investigaciones “se entorpezcan”, según las autoridades; o una amenaza como: “No digan nada a los medios, porque alertaríamos a los responsables”, son las frases recurrentes. En este panorama, también hay que enfrentarse a la negligencia de la policía y demás poderíos que “dan largas” u obstaculizan las averiguaciones, con la finalidad de provocar cansancio para que, por falta de interés, se cierren las carpetas de investigación.

De manera que los feminicidios y las desapariciones únicamente quedan registrados en notas rojas que organismos no gubernamentales rastrean a diario pero que, en la mayoría de estos casos, no tienen resultados alentadores porque carecen de asesoría legal que les digan cómo proceder.

Las familias que sufrieron la pérdida de una mujer adulta, adolescente, niña y hasta bebé se encuentran desesperadas, sin saber qué hacer o hacia quién dirigirse. Se han sumado a la larga lista de aquellos que luchan contra la frustración y el dolor provocados por la negligencia de un país que no valora ni procura a sus mujeres.

Hijas que, de pronto, ya no tienen a su madre, se quedan sin la figura que las guiaba y les daba protección. Sufren de la desesperanza de no tenerla cerca y no saben en quién confiar. Se suman a la incertidumbre por la ausencia de sus progenitoras.

El objetivo de este libro es darles voz a las mujeres asesinadas, hacer visibles los feminicidios en nuestro país desde la realidad indiscutible de las cifras, los nombres y las historias de sus familias. Contabilizar, una a una, con nombre y apellido, las muertes que pudieron haberse prevenido y que necesitan ser castigadas para que el Estado mexicano, mudo y ciego, solucione los innegables hechos y le ponga fin a esta terrible realidad.

Muestro las historias de violencia de género tal como son: crudas, insoportables, atroces, salvajes; para evitar que se conviertan o sigan siendo algo “normal”. Hago énfasis en las constantes agresiones que vivimos las mujeres en nuestra cotidianidad para que, lejos de ser “lo esperable”, se conviertan en lo raro, lo anormal. Exhorto a las mujeres y a todos a prestar atención ante las señales —los focos rojos de los agresores— para escapar a tiempo de ellos y levantar la voz. Y me interesa, sobre todo, llegar a la juventud, para que comprenda que el feminicidio sí existe y necesitan cuidarse y denunciar cualquier abuso físico o verbal por parte de sus parejas, familiares o amigos. Quiero tocar la conciencia de una sociedad que ha perdido la capacidad de asombro por los hechos violentos que suceden en el país a diario; quiero llegar a esa parte de la sociedad indiferente que prefiere no leer noticias de ese tipo, pensando que así no pasará nada.

Espero evidenciar la falta de sensibilidad y profesionalismo de las autoridades ante el feminicidio; poner en el foco de atención a aquellas que se niegan a proceder con las denuncias, que realizan investigaciones deficientes, que no logran detener a los culpables. Debemos saber que el feminicidio ha sido un tema invisible, ¡pero ya no más!

En este marco se inscribe el nuevo sistema de justicia penal, aprobado a nivel nacional en junio de 2016. Esta particular forma de juzgar ha resultado ineficaz, porque los procesos se alargan. Es sólo una manera de crear presuntos inocentes, dejando a las víctimas como presuntas responsables, porque se liberan a imputados por falta de pruebas, no se condenan a menores de edad por el delito cometido, sino por delitos inimputables de menor castigo.

En este libro también quiero presentar una cara del feminicidio que no se ve: los huérfanos, de los que no hay cifras certeras ni autoridades que den razón de ellos. Yo he conocido a algunos de estos niños que por las noches lloran, extrañan a su mamá, que saben que ya no estará con ellos jamás.

Durante 20 meses me he dado a la tarea de recopilar estas historias de terror, de impunidad y de impotencia. A través de todas ellas se exhibe la falta de justicia y la violación de los derechos de las víctimas que, absurdamente, son menos importantes que los derechos de sus agresores. Estas historias nos introducen en un mundo de horror, de desconsuelo, de infiernos, que revelan el escaso nivel de “igualdad y jurisprudencia” que prevalecen en este adolorido país; donde hay fosas esparcidas por la mayoría de las entidades que sangran por sus grietas.

He tenido frente a mí a muchas familias de víctimas de feminicidio o desaparición, en sus testimonios se plasma el dolor compartido: la misma mirada de sufrimiento, el mismo vacío en el alma, la misma soledad en cada una de ellas; con preguntas idénticas sin respuesta. Sus relatos no son novelas, son historias de la vida real.

También encontrarás casos de quienes han sobrevivido a una tentativa de feminicidio; mujeres en peligro que no obtienen protección de la ley. Aquí, el vacío legal, la falta de compromiso de las autoridades y la seguridad no existen. Son mujeres ignoradas, que temen morir en manos de sus parejas, o cuya única opción es suicidarse por la vulnerabilidad con las que son expuestas por las propias autoridades.

Las mujeres que por extrañas situaciones desaparecen, también dejan a los suyos en la zozobra. Al respecto, la policía y las instituciones las toman como números y no como personas; porque el sistema adolece de humanidad. Los pasos a seguir son: primero, llamar a Locatel donde te asignan un número; luego ir al Centro de Atención a Personas Extraviadas y Ausentes (CAPEA) y te asignan otro número. El trato es tremendamente impersonal. Nos tratan como expedientes y estadísticas.

La inseguridad al caminar en las calles, la violencia en el noviazgo, la ignorancia, los prejuicios, la misoginia cultural, son parte de una cotidianidad vivida por una sociedad deformada. Por eso, ninguna mujer queda exenta de ser víctima de feminicidio o desaparición. El problema existe a pesar de que se niegue o se oculte en los expedientes.

El feminicidio es un tema que nos debe ocupar y preocupar a todos. No podemos ignorar lo que está sucediendo. ¡Basta de formar hijos violentos y poco tolerantes a la frustración!, no dejemos en manos de la tecnología la educación de nuestros hijos, no permitamos que la violencia se catalogue como algo “normal”. Es tiempo de retomar nuestros valores, de educar con conciencia, de regresar al rigor de la ética y los valores morales. Dejemos de ser una sociedad que culpa a las mujeres que han sido asesinadas, llamándolas “tontas”, “putas”, “delincuentes”. Salir de un círculo de violencia es muy difícil, pero no imposible; por ello hay que celebrar cada vez que una de ellas lo logra.

Tratemos de comprender el sufrimiento de estas mujeres y encontremos los caminos preventivos y las propuestas legales para evitar que esto se siga repitiendo.

Ciudad de México, febrero de 2018

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El feminicidio en México duele

Debemos tratar de ser mucho más profundos.
No nada más quedarnos en las escenas de horror, lo que paraliza, sino tratar de buscar explicaciones que le ayuden a la gente a no quedarse paralizada.
MARCELA TURATI

EL RECUENTO DEL DOLOR:
EL FEMINICIDIO EN 2016

En 2016 me di a la tarea de redactar una reflexión que en su momento tuvo poco eco: ¿Por qué la mayoría de nuestra sociedad tolera y calla los asesinatos contra las mujeres? Dolorosamente, no obtuve respuesta, ni siquiera mía. Aún no documentaba los feminicidios acaecidos en ese año.

Cuando tomé la decisión de investigar al respecto, me di cuenta de que adentrarme en el tema implicaba explorar un mundo de indiferencia social e institucional. Tendría que pelearme con mis propios demonios para digerir tanto dolor y tanta saña. Sabía que, al involucrarme, viviría inimaginables sensaciones ocasionadas por las atrocidades y las bajezas con las que las mujeres son asesinadas en nuestro país.

Es importante destacar que los datos que presento provienen de la información de mi blog: fridaguerrera.blogspot.mx. No son cifras oficiales ni pretenden descalificar la documentación de otras organizaciones sociales que por años se han dedicado a esto, pero sí constituyen otra manera de mostrar una realidad que urge conocer y cambiar.

Para indagar más acerca de los feminicidios en México, primero investigué en las notas rojas de toda la República. Después contabilicé, visualicé y busqué. Luego conocí algunas de las familias afectadas. Me contaron sus vidas y sus historias. De modo que semana a semana en mi espacio titulado “La columna rota”, me empeñé en que los números adquirieran una identidad, un valor.

Las siguientes líneas son el recuento de 2016, un balance de la indiferencia y de la falta de empatía sociales. Muestran un interés por recordar a las mujeres que fueron víctimas de maltrato o muerte. También son un intento por comprender por qué las asesinaron. Deseo que todas estas historias no pasen inadvertidas y que la sociedad y las instituciones dejen de mostrarse indiferentes ante el sufrimiento y la injusticia.

En 2016 hubo en la República 1,559 mujeres destazadas, calcinadas, violadas, asesinadas a balazos, abandonadas en canales, ríos, terrenos, carreteras… desaparecidas, despojadas, denigradas, olvidadas, descalificadas.

Ahora, el recuento de feminicidios por entidad:

Aguascalientes: 5

Baja California: 66

Baja California Sur: 10

Campeche: 2

Ciudad de México: 80

Chiapas: 44

Chihuahua: 89

Coahuila: 30

Colima: 21

Durango: 3

Estado de México: 238

Guanajuato: 80

Guerrero: 103

Hidalgo: 27

Jalisco: 58

Michoacán: 68

Morelos: 55

Nayarit: 6

Nuevo León: 55

Oaxaca: 91

Puebla: 81

Querétaro: 14

Quintana Roo: 33

San Luis Potosí: 15

Sinaloa: 53

Sonora: 35

Tabasco: 31

Tamaulipas: 16

Tlaxcala: 4

Veracruz: 97

Yucatán: 9

Zacatecas: 40

Es verdad que los números resultan punzantes, es casi aberrante convertir vidas en cifras pero, seamos honestos, es una manera para obtener las constantes del crimen. Veamos: de los 1,559 feminicidios, 485 mujeres permanecen en calidad de desconocidas; 95 están reservadas por las autoridades; 979 fueron identificadas y reclamadas por sus familias. Sin embargo, todos estos números tienen una historia, por lo que no deben permanecer invisibles para las autoridades y la sociedad. En algún momento alguien podría encontrarlas.

En cuanto a los responsables, sólo 293 agresores están detenidos y bajo proceso judicial. Tan sólo el 18.79 por ciento de los feminicidios en el país fueron “investigados”; 1,155 de éstos no tienen ni responsables ni detenidos; 76 presuntos culpables se encuentran prófugos y 35 se suicidaron después de asesinar a sus parejas o exparejas sobre las mujeres asesinadas.

La documentación que aquí presento la obtuve de las notas rojas, que no siempre proporcionan datos relevantes como la edad de las víctimas. A continuación, algunas cifras e información alarmantes sobre las mujeres asesinadas:

pleca 398 mujeres “sin edad”.

pleca 249 se encuentran en el rango de 40 a 59 años, las cuales fueron dejadas en calles o asesinadas a manos de sus parejas o exparejas.

pleca 24 permanecen en calidad de desconocidas.

pleca 85 entre 60 y 90 años fueron asesinadas en supuestos asaltos o en manos de hijos o nietos y 9 de ellas permanecen en calidad de desconocidas.

pleca 275 entre 30 y 39 años fueron asesinadas por parejas o exparejas, sin embargo, en la mayoría se desconoce al agresor y 73 de ellas permanecen como desconocidas.

pleca 341 de 20 a 29 años fueron asesinadas por desconocidos (o no hay datos de sospechosos) y 61 siguen desconocidas.

pleca 49 entre 18 y 19 años fueron asesinadas, en su mayoría, por parejas o familiares. De muchas se desconoce al agresor y 6 permanecen sin identificar.

pleca 115 son menores entre 11 y 17 años, y 13 de ellas permanecen sin identificar. La constante en este rango de edad es que son violadas o asesinadas en casa con sus madres y, en la mayoría de los casos, sigue sin conocerse al asesino.

pleca De 3 a 5 años sumaron 11, con la misma constante: asesinadas por familiares, padrastros o vecinos; 5 fueron violadas, asesinadas, abandonadas en canales o terrenos.

pleca 11 pequeñitas entre 1 y 2 años fueron asesinadas a golpes o asfixiadas por su padre o su madre. ¿Las causas? Porque no dejaban de llorar, porque les estorbaban. El tema es el poder que los adultos ejercen contra las niñas.

pleca Bebés de 0 a 11 meses: 12 bebitas asesinadas a golpes por sus padres o madres; reportadas desaparecidas y encontradas muertas. Los responsables son quienes debieron cuidarlas y protegerlas. Sólo uno de estos espeluznantes casos presentó violación: el 26 de mayo de 2016 una pequeña de 9 meses fue violada y asesinada por su padre y su tío en contubernio con la madre; esto sucedió en Baja California.

pleca 47 de 0 a 10 años: los nombres de 14 de ellas fueron reservados; 4 desconocidas y 3 recién nacidas; 26 de ellas fueron reclamadas por familiares.

pleca 9 a 10 años: 6 fueron asesinadas, en su mayoría, con sus madres; asesinadas por sus padrastros, violadas por conocidos o sus abuelos. Esto no sólo sucede en México, ya que América Latina se cimbró con el caso de Yuliana Andrea Samboní, de 7 años, violada y asesinada a golpes en Colombia, en diciembre de 2016. En México la indignación se sumó al resto del continente.1

¿Por qué nos solidarizamos con casos tan terribles en otros países cuando en México tenemos de sobra? María Julieta Borroel Montolla, de 8 años, salió de su casa a la tienda. Jesús Cruz la llevó a su casa, la violó y la asesinó a golpes. Esto sucedió el 4 de mayo de 2016, en el estado de Jalisco.

Podría pensarse que plasmar fríamente los números de los feminicidios es amarillista, pero tiene la intención de que tomemos conciencia de que todos los días nuestras mujeres son asesinadas y desaparecidas. Los datos son alarmantes y las preguntas siguen siendo las mismas: ¿Por qué nuestra sociedad tolera y calla los feminicidios?, ¿por qué nos mantenemos alejados del tema?, ¿por qué es tan difícil ponerse en el lugar de los familiares de estas mujeres?

Es indignante saber que en México el feminicidio no se investiga y que muy pocas personas lo toman en serio. No obstante, algunas voces tratan de hacer visibles a las mujeres: quiénes son, el vacío que dejaron, los sentimientos que muchas familias enfrentan. Otro factor es confrontar a las autoridades que poco hacen por dar respuesta a las familias, ya que se muestran indolentes y no tienen ningún interés por solucionar los crímenes.

Ejemplo de ello es que a la fecha ya han sido asesinadas 1,658 mujeres: 1,322 feminicidios (crimen de odio contra la mujer por conductas y creencias machistas. Violencia de género, con base en la discriminación. Matar a una mujer por el hecho de ser mujer. Fenómeno sociocultural surgido de la misoginia; afirma Marcela Lagarde: “El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres. Hay condiciones para el feminicidio cuando el Estado —o algunas de sus instituciones— no da las suficientes garantías a las niñas y mujeres, no crea condiciones de seguridad que garanticen sus vidas en la comunidad, en la casa, ni en los espacios de trabajo, de tránsito o de esparcimiento. Más aún, cuando las autoridades no realizan con eficiencia sus funciones. Cuando el Estado es parte estructural del problema por su signo patriarcal y por su preservación de dicho orden, el feminicidio es un crimen de Estado.” 336 homicidios de mujeres (asesinato de una persona sin importar su género. Atentar contra la vida de una persona de forma indistinta). ¿Cuántas más necesitamos para tomar en serio el feminicidio en México? Todos los días nos están asesinando, entendámoslo: el #Feminicidio es #EmergenciaNacional.

ALERTA DE VIOLENCIA DE GÉNERO

Para entender el fenómeno del feminicidio, debemos establecer la diferencia entre homicidio y feminicidio. De acuerdo con Marcela Lagarde y de los Ríos, antropóloga feminista quien acuñó el término en México en 1994, “el femicidio es una voz homóloga a homicidio y sólo significa asesinato de mujeres”. Por eso, para diferenciarlo, preferió el término feminicidio y denominar, así, al conjunto de violaciones a los derechos humanos de las mujeres que contienen los crímenes y las desapariciones de éstas, y que fueran identificados como crímenes de lesa humanidad. El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres.

En México, este tema adquirió relevancia a partir de 1993, año en que se registró una cantidad importante de mujeres desaparecidas o asesinadas en Ciudad Juárez, Chihuahua. Sin embargo, fue hasta 2013 que se acuñó el vocablo de feminicidio y ganó más espacio, debido a los hechos aludidos de Ciudad Juárez.

En nuestro país son asesinadas apróximadamente entre 7 a 8 mujeres todos los días y la saña con la que las exterminan es cada vez mayor: mujeres dejadas en desagües, canales de aguas negras, en lotes baldíos, en matorrales, encobijadas, enmaletadas, en bolsas de plástico, quemadas, descuartizadas, violadas, y también asesinadas en el único lugar seguro que tienen: sus hogares, asesinadas por parejas, exparejas, amigos, padres, hermanos o desconocidos.

Citando nuevamente a Marcela Lagarde, “el feminicidio es un crimen de Estado” y al Estado mexicano lo único que le interesa es negar las cifras, negar las historias, justificar a través de medios de comunicación afines al gobierno de Enrique Peña Nieto, los feminicidios, con frases tan triviales como: “Ella se lo buscó”, “estaba metida con la delincuencia organizada”, o “son asuntos privados”.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) muestra que la violencia contra la mujer se caracteriza por tres rasgos:

pleca Invisibilidad: producto de pautas culturales que priman en nuestra sociedad. Entre estos casos está la violencia intrafamiliar o de pareja y abusos sexuales de conocidos, familiares o desconocidos. Además de la marginación de la persona por parte de la sociedad misma, incluso por parte de las autoridades.

pleca Normalidad: cuando la violencia es continua, se llega a un punto en donde la agresión es justificada o normalizada viéndose como una autorización para realizar las violaciones a los derechos y la integridad de la mujer.

pleca Impunidad: la impunidad de la violencia que se da entre las parejas es justificada como “natural” o como “asunto privado”, no es juzgada como violación a ningún derecho y, por lo tanto, no es sancionable.

En el Artículo 325, el Código Penal Federal señala:

Comete el delito de feminicidio quien prive de la vida a una mujer por razones de género. Se considera que existen razones de género cuando concurra alguna de las siguientes circunstancias:

I. La víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo;

II. A la víctima se le hayan infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida o actos de necrofilia;

III. Existan antecedentes o datos de cualquier tipo de violencia en el ámbito familiar, laboral o escolar, del sujeto activo en contra de la víctima;

IV. Haya existido entre el activo y la víctima una relación sentimental, afectiva o de confianza;

V. Existan datos que establezcan que hubo amenazas relacionadas con el hecho delictuoso, acoso o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima;

VI. La víctima haya sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a la privación de la vida;

VII. El cuerpo de la víctima sea expuesto o exhibido en un lugar público.

A quien cometa el delito de feminicidio se le impondrán de cuarenta a sesenta años de prisión y de quinientos a mil días de multa.

En cada uno de los códigos penales estales se lee exactamente el mismo artículo, sin embargo, los protocolos locales los califican bajo preceptos diferentes, por lo que la mayoría de los feminicidios son catalogados como “homicidios dolosos”.

El 28 de abril de 2016, Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, declaró e hizo el siguiente llamado desde Coahuila:

Es urgente homologar el feminicidio de acuerdo al Código Penal Federal y prohibir la conciliación en casos de violencia familiar, pues con frecuencia las mujeres víctimas otorgan el perdón por amenazas de sus agresores y con ello se pierde la oportunidad de hacer justicia y evitar que estas circunstancias se repitan. Después de una conciliación hay un acto de violencia más delicado que a veces termina con la vida de las mujeres ...