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OCTAVIO PAZ

Enrique Krauze  

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Fragmento

Prólogo

Comprender a Octavio Paz

Recuerdo la mañana en que conocí a Octavio Paz. Fue el 11 de marzo de 1976, en el Panteón Jardín, cuando un grupo de amigos despedíamos al gran historiador y ensayista Daniel Cosío Villegas. Yo había leído y admirado a Paz por muchos años, y en esa ocasión, al advertir su presencia entre los cipreses, casi furtivamente me acerqué a él para proponerle la publicación en su revista Plural de un ensayo mío sobre el ilustre liberal recién desaparecido. Días después, mi nombre apareció junto al suyo, pero nunca sospeché que ese vínculo sería permanente.

Caminé junto a él por más de 22 años. Fui secretario de Redacción y subdirector de su gran revista, la revista Vuelta. Nuestro vínculo no fue el de un padre y un hijo, ni siquiera el de un maestro con un discípulo. Fue el de dos amigos que, junto con un grupo extraordinario de autores y colaboradores, construyeron una empresa cultural que sirvió a la literatura y a la libertad en décadas en las que ambas, libertad y literatura, corrieron altos riesgos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Había una afinidad secreta y electiva en nuestro encuentro, la misma que hubo entre la década de los treinta que marcó su juventud y la de los sesenta, que marcó la mía. Como todos los participantes del Movimiento estudiantil del 68, me emocionó profundamente la solidaridad de Paz con nuestra lucha, su valiente renuncia a la embajada de la India y aquel poema inolvidable sobre Tlatelolco. En los días siguientes a la masacre, recuerdo haber leído unas declaraciones suyas en La Cultura en México (suplemento cultural de Siempre! ) alentándonos a porfiar en nuestro empeño libertario. Yo guardé ese recorte como el vago presagio de un encuentro que, años más tarde y tras muchas vicisitudes, venturosamente, se dio.

Pero el Paz que encontré en 1976 no era ya un Paz revolucionario. Mejor dicho, sí lo era, pero de otro modo: su pasión crítica (ese legado de sus ancestros que vivieron para la revuelta y la rebelión, ese sueño de su propia vida, marcada por el culto a la Revolución) se volvía contra sí misma, no para negar la aspiración humana a la fraternidad, la justicia, la igualdad y la libertad sino para depurarla de la mentira en que la habían convertido las ideologías dogmáticas y los regímenes totalitarios.

Esa búsqueda de la verdad objetiva implicaba una revaloración del liberalismo democrático. Asumirlo en América Latina no era una decisión sencilla: no tenía el aura gloriosa del marxismo ni prometía la utopía. Proponía una convivencia tolerante y lúcida entre las personas, una ciudadanía activa y alerta, el presagio no de una sociedad ideal sino de una vida civilizada.

Sentado ya en el banquete de la cultura universal, reconocido por propios y extraños, en 1976, a sus sesenta y dos años, Octavio Paz no tenía necesidad alguna de fundar Vuelta. Como casi todos los escritores consagrados, pudo haber vivido de su pluma. Pero optó por librar una guerra difícil contra sus antiguas creencias, contra sus viejas ilusiones, contra sus fantasmas y culpas. Vuelta fue, en un sentido apenas metafórico, su trinchera editorial.

Aquella fue una lucha intensa y desigual, de muchas batallas –algunas memorables, otras agrias e injustas-, pero el mundo que emergió a la postre se aproximaba al que Paz previó desde su desencanto ideológico, desde su lucidez para mirar la historia. Celebró el triunfo de la democracia y la libertad, pero no bajó la guardia. Murió en abril de 1998, en su puesto de mando.

Pasaron los años. En cierto momento, me embarqué en la escritura de un libro sobre las ideas y el poder en América Latina. Lo titulé Redentores. Su tema de fondo es la pasión revolucionaria en nuestro continente, encarnada en doce figuras emblemáticas. En el proceso de integrarlo, advertí que me faltaba un puente entre los pensadores y actores de la revolución social en ambas mitades del siglo XX. Lo encontré en Paz. Su vida fue un poema circular –doloroso, luminoso, siempre apasionado– en cuyo largo trazo genealógico hay huellas de todas las revoluciones del mundo moderno: la Revolución francesa, las revoluciones liberales del orbe hispano, la Revolución mexicana, la Revolución rusa y sus avatares de toda índole en América Latina. Esas fueron mis razones objetivas para escribirlo, pero otro motivo más profundo me animaba. Quería conocer mejor al hombre que había encontrado en 1976. Así escribí el ensayo biográfico Octavio Paz: el poeta y la Revolución.

En estas páginas he querido comprender a Paz, sobre todo al Paz enfrentado a la historia de su país, de su mundo, de su siglo. Comprenderlo, no juzgarlo ni explicarlo. Quise trazar sus orígenes familiares, marcar las estaciones de su vida, dar cuenta de sus esfuerzos solitarios, interpretar el sentido interno de varios de sus libros, ensayos y poemas, seguir sus pasos por la diplomacia, identificar los instantes de exaltación y los de abatimiento, reivindicar la solidez intelectual y moral de sus posturas, la valentía de sus pronunciamientos. Quise recrear, en fin, la actitud histórica de Paz, la incandescente pasión crítica que lo animó en su obra escrita y en su obra editorial. Y en honor a la verdad, quise también reconsiderar algunas páginas autobiográficas de Paz que me parecieron inexactas.

Con todo, esta no es una biografía integral de Octavio Paz porque apenas toco el corazón de su vida: la desdicha, la pasión, la plenitud de sus amores, la dramática relación con su única hija, su práctica de la amistad. Mi reticencia no nace sólo de la discreción sino del desconocimiento: aunque circula una parte de la correspondencia de Paz con Elena Garro, su primera mujer, y han salido a la luz testimonios de su hija Helena Paz Garro, el grueso de su archivo personal permanece inédito o continúa disperso. Mientras esos y otros papeles personales no afloren a la luz, todo acercamiento a su vida íntima será no sólo fragmentario, prematuro y parcial sino acaso irresponsable.

Pero hay una zona profunda –e inadvertida– de su alma en la que me aventuré a explorar: su religiosidad, herencia de su madre y madre del sentimiento de culpa que –como explico en este libro– lo embargó al ver de frente el saldo histórico de sus ensueños revolucionarios. Extraña palabra, religión, para un hombre que se declaraba agnóstico. Pero había religiosidad en Paz, había religiosidad en el hombre cuya poesía comienza y termina con la palabra «comunión».

«Para Octavio Paz, que me enseñó la religión / de México.» Así recuerdo haberle dedicado un libro mío, para que leyera esas palabras antes del quirófano, en una última e infructuosa operación. No me refería a la religión de los mexicanos (aunque también) sino a México, como una religión. Él, mexicano antiguo, mexicano de siglos, «castellano y morisco rayado de azteca», yo mexicano nuevo, unidos por el amor a este país, su sol, sus cielos, y su trágica historia.

«Lo encuentro ahora en sueños / esa borrosa patria de los muertos. / Hablamos siempre de otras cosas.» Son palabras de Paz en «Pasado en claro», referidas a su padre. También Paz me visita en sueños, pero hablamos siempre de las mismas cosas. La literatura, la libertad.

I

En París a mitad del siglo, el poeta Octavio Paz escribe un libro sobre México. Tiene 35 años de edad y un largo itinerario de experiencias poéticas y políticas tras de sí. Luego de cumplir con sus labores diplomáticas (era segundo secretario de la embajada de México en París), dedica a su obra las tardes de los viernes y los fines de semana. Lleva seis años lejos de su país, y aunque echa de menos «el sabor, el olor de las fiestas religiosas mexicanas, los indios, las frutas, los atrios soleados de las iglesias, los cirios, los vendedores», no lo mueve sólo la nostalgia. Siempre ha sabido que su familia era un árbol que hunde sus raíces en el pasado de México. Y sabe que también en México hay «un pasado enterrado pero vivo, un universo de imágenes, deseos e impulsos sepultados». Quiere desenterrar ambos pasados entrelazados, verlos con claridad, expresarlos y liberarlos. Desde el principio de los años cuarenta se había propuesto, como otros escritores y filósofos, «encontrar la mexicanidad, esa invisible sustancia que está en alguna parte. no sabemos en qué consiste ni por qué camino llegaremos a ella; sabemos, oscuramente, que aún no se ha revelado [...] ella brotará, espontánea y naturalmente, del fondo de nuestra intimidad cuando encontremos la verdadera autenticidad, la llave de nuestro ser [...] la verdad de nosotros mismos». Él en París está en proceso de encontrarla. Para él esa verdad, esa llave, tiene un nombre: soledad. Aquel libro se titularía El laberinto de la soledad.

Nadie en México, salvo Octavio Paz, había visto en la palabra soledad un rasgo constitutivo, esencial digamos, del país y sus hombres, de su cultura y su historia. México –su historia, su identidad, su papel en el mundo, su destino– había sido, desde la Revolución, una idea fija para los mexicanos. México como lugar histórico de un encuentro complejo, trágico, creativo de dos civilizaciones, la indígena y la española, radicalmente ajenas; México como el sitio de una promesa incumplida de justicia social, progreso material y libertad; México como tierra condenada por los dioses o elegida por la Virgen de Guadalupe; México, en fin, como una sociedad maniatada por sus complejos de inferioridad. Todo eso y más, pero no un pueblo en estado de soledad. El título mismo del libro de Paz es en verdad extraño. A simple vista, comparado con un norteamericano típico, el mexicano de todas las latitudes y épocas, incluso el emigrante que vive en Estados unidos –heredero del «pachuco» que estudió Paz en aquel libro–, ha sido un ser particularmente gregario, un «nosotros» antes que un «yo», no un átomo sino una constelación: el pueblo, la comunidad, la vecindad, la cofradía, el compadrazgo y, sobre todo, deslavada, pero sólida como las masas montañosas, la familia. Nada más remoto al mexicano común y corriente que la desolación de los cuadros de Hopper. La imagen del mexicano, hoy como hace siglos, se aproxima a un domingo de convivencia familiar en el Bosque de Chapultepec.

No para Octavio Paz. Desde muy temprano lo embargaba un agudo y permanente sentimiento de soledad y una duda sobre la propia identidad: «la angustia de no saber lo que se es exactamente». De pronto, pensó que su biografía confluía en la historia colectiva, la expresaba y se expresaba en ella. Por eso ha querido «romper el velo y ver»: «Me sentí solo y sentí también que México era un país solo, aislado, lejos de la corriente central de la historia... Al reflexionar sobre la extrañeza que es ser mexicano, descubrí una vieja verdad: cada hombre oculta un desconocido [...] Quise penetrar en mí mismo y desenterrar a ese desconocido, hablar con él.»

Con el tiempo, aquel libro revelador de mitos llegaría a ser en sí mismo un mito, algo así como el espejo histórico- poético o la piedra filosofal de la cultura mexicana. Tan deslumbrantes fueron sus hallazgos sobre México, su identidad y su historia, y tan liberadores, que ocultaron su carácter de «confesión», de «confidencia», y a los ojos del lector enterraron al desconocido. Es el secreto personaje de El laberinto de la soledad, autobiografía tácita, laberinto de su soledad.

II

El tiempo comienza en los años veinte, en una gran casona de campo en Mixcoac, antiguo pueblo prehispánico y colonial al sur de la ciudad de México. Ahí se había refugiado la familia Paz desde 1914, cuando las facciones revolucionarias en pugna (por un lado los seguidores de Venustiano Carranza; por otro los de Emiliano Zapata y Pancho Villa) empezaron a ocupar de manera intermitente la capital. Han pasado varios años desde aquellos hechos. La Revolución ha terminado. Salvo Álvaro Obregón, el caudillo invicto que ocupa la presidencia entre 1920 y 1924, todos los grandes caudillos han muerto ya de manera violenta: Madero, Zapata, Carranza, Villa. La Revolución, que ha costado al país un millón de muertos, ha entrado en la llamada fase «constructiva», poniendo en marcha un generoso programa de educación creado y encabezado por el filósofo José Vasconcelos. Tímidamente, el gobierno instrumenta las reformas sociales que se habían plasmado en la Constitución de 1917: reparto agrario, leyes de protección al obrero, mayor dominio sobre los recursos naturales. Ahora, en la mesa familiar en Mixcoac, un Settembrini y un Naphta mexicanos disputan sobre el pasado y el destino del país, ligados dramáticamente al de sus propias vidas.

No un joven Castorp, sino un niño de nueve o 10 años, el futuro poeta Octavio Paz, es mudo testigo de las posturas encontradas. «El mantel olía a pólvora», recordaría medio siglo después. Y es que aquellos hombres no eran sólo figuras emblemáticas o tutelares. Eran su abuelo Ireneo Paz y su padre Octavio Paz Solórzano. El viejo liberal y el revolucionario zapatista representaban las dos caras atávicas del poder y la autoridad: «figura que se bifurca en la dualidad de patriarca y de macho. El patriarca protege, es bueno, poderoso, sabio. El macho (el caudillo) es el hombre terrible, el chingón, el padre que se ha ido, que ha abandonado mujer e hijos».

Ireneo Paz, el patriarca, había nacido en 1836, en Jalisco. A partir de 1851 hasta 1876, su vida había sido una interminable campaña por la libertad política, llevada a cabo con la pluma y con la espada. Su medio de combate favorito era el periódico de oposición. Practicaba el género satírico con verdadero genio. Fundó el primero a los 15 años (contra el dictador Santa Anna) y defendió con otro la Constitución liberal de 1857. En 1863, graduado de abogado, sale de su natal Guadalajara hacia Colima, donde deja a su joven esposa Rosa Solórzano y a su hija Clotilde, de sólo tres meses, para incorporarse a los ejércitos de resistencia. La niña muere durante esa ausencia. Amnistiado en 1865, Paz publica en Guadalajara El Payaso, diario mordaz contra el Imperio cuyo ingenio divierte al mismísimo Maximiliano. La quietud le dura poco. Al poco tiempo sufre el primero de varios confinamientos, logra la primera de sus muchas escapatorias novelescas, se incorpora a las guerrillas republicanas y termina ejerciendo labores de secretario de Gobierno en Sinaloa. Allí se entera del fusilamiento de Maximiliano y la entrada triunfal del presidente Benito Juárez a la ciudad de México (15 de julio de 1867). Era la restauración del orden republicano y liberal combatido desde 1858 por los conservadores y desde 1862 por los invasores franceses. Parecía el momento de deponer las armas, pero para el inquieto Ireneo era sólo el comienzo.

Entre 1867 y 1876, México tenía ante sí la oportunidad de ensayar en paz una vida democrática, pero los 10 años de guerra habían creado en la juventud un espíritu aventurero y levantisco. Ireneo Paz es el emblema de esa actitud. En el fondo, el problema político era la lucha entre dos generaciones. Por un lado estaban los letrados que habían rodeado a Juárez en su largo peregrinar durante la Guerra de Reforma (1858-1861) y la de Intervención (1862-1867); por otro los jóvenes militares que en esas guerras habían vencido a los conservadores y a las tropas francesas. El caudillo más notable de estos últimos era precisamente Porfirio Díaz, que en 1867 tenía en su haber 37 años y 37 batallas. Con ese historial, Díaz no se avino a esperar pacientemente su turno a la presidencia. Su principal lugarteniente intelectual en esa rebeldía sería Ireneo Paz, quien en 1867 funda dos periódicos (La Palanca de Occidente y El Diablillo Colorado) para oponerse a la tercera reelección del presidente Juárez y adherirse a Díaz. Ambos pierden la contienda: Díaz se retira a una hacienda en Oaxaca y Paz funda un nuevo periódico que haría época: El Padre Cobos. El gobierno no tarda en apresarlo, y Paz debe purgar 11 meses en la cárcel de Tlatelolco, en la ciudad de México. Desde allí escribe sus jocosos y envenenados textos y «prepara a los amigos en el terreno de la Revolución». Porque ésa era la palabra mágica utilizada en México por todo movimiento político que recurría a las armas contra un gobierno que consideraba autoritario o ilegítimo. No revuelta, no rebelión: revolución.

En 1869, apenas salido de la cárcel, Paz es un «revolucionario reincidente». El plan de un levantamiento en Zacatecas contra Juárez es obra suya. En 1870 se le confina en la cárcel en Monterrey con la intención de fusilarlo, pero escapa disfrazado de cura, se exilia en Texas y se acoge a una nueva amnistía. En 1871, vuelve a las andadas, reinicia la publicación de El Padre Cobos, y ya en la antesala de las elecciones presidenciales (en las que Juárez se postula nuevamente) publica contra el presidente sonetos como éste:

¿Por qué si acaso fuiste tan patriota

estás comprando votos de a peseta?

¿Para qué admites esa inmunda treta

de dar dinero al que en tu nombre vota?

¿No te conmueve, di, la bancarrota

ni el hambre que a tu pueblo tanto aprieta?

Si no te enmiendas, yo sin ser profeta

te digo que saldrás a la picota.

Sí, san Benito, sigue ya otra ruta;

no te muestres, amigo, tan pirata;

mira que la gente ya no es tan bruta.

Suéltanos por piedad, querido tata,

ya fueron catorce años de cicuta...

¡Suéltanos, presidente garrapata!

Tras la cuarta reelección de Juárez, El Padre Cobos es bandera de una nueva Revolución. El Plan de la Noria de noviembre de 1871, con el que Porfirio Díaz se levanta por primera vez en armas contra su mentor Juárez, es obra de Paz, quien deja otra vez a su familia, marcha al norte para cerrar la pinza de la Revolución, mientras Porfirio Díaz, desde Oaxaca, debía tomar el centro. Pero Díaz fracasa, y llega de incógnito a la Sierra de Álica, en el occidente de México, donde se encuentra a su amigo Paz. Son los dominios de uno de los personajes más misteriosos de la historia mexicana, el cacique Manuel Lozada, que asolaba con sus huestes indígenas a la ciudad criolla de Guadalajara. Allí, conspirando con Lozada, en julio de 1872 sorprende a ambos la súbita muerte del presidente Juárez. Paz y Díaz se acogen a una nueva amnistía.

En 1873 El Padre Cobos da inicio a una tercera época de oposición radical al gobierno de los letrados. Es su época dorada. Una fiesta de maledicencia y crítica. El ambiente político es de plena libertad (fueron los años felices de José Martí en México), pero ninguna libertad sacia a Paz. Además de sus sátiras implacables y sus diálogos desternillantes, a cada número lo presidía un soneto mordaz de Ireneo y una caricatura del pícaro «Padre Cobos» –su alter ego– apretando el pescuezo del pobre presidente Sebastián Lerdo de Tejada, que manotea desesperado hasta sacar la lengua. Dueño ya para entonces de una imprenta propia, Paz ha publicado su primera novela histórica (sobre la Conquista), así como un exitoso Álbum de Hidalgo, comedias, juguetes teatrales, poesías. Al aproximarse el tiempo de las nuevas elecciones (1876), como era su costumbre, Paz vuelve a conspirar. Las caricaturas son motivo de cárcel: «en un oscuro calabozo alumbrado por la poca luz que penetra por la pequeña claraboya abierta en la puerta, yace nuestro compañero Paz, enfermo ya por tan duro tratamiento...» Pero los dardos no cesan. Y el ciclo revolucionario se repite en casi todos los puntos. Acompañando de nueva cuenta a su caudillo Porfirio, Paz es el autor de la versión original del Plan de Tuxtepec, soporta 57 días de cárcel y un destierro en Brownsville y La Habana, pero esta vez la Revolución triunfa. A fines de 1876, Porfirio Díaz entra a la capital, convoca a elecciones que por supuesto gana. Con el breve paréntesis de 1880 a 1884, Porfirio Díaz permanecería en el poder hasta 1911. Por su parte, tras 13 años ininterrumpidos de andar en el tiroteo, y en «consonancia con la época en que todo estaba por reconstruir», su fiel amigo Ireneo depondría también las armas. Había alcanzado el título de coronel.

Comparadas con la que estaba por iniciar Porfirio Díaz, las «dictaduras» de Juárez y Lerdo habían sido un juego de niños. Paz justificaría su adhesión al régimen por la obra material que presidiría su amigo. México dejaba atrás la era de las revoluciones, las guerras civiles, las intervenciones extranjeras, para entrar en una larga y sostenida época de «Paz, orden y progreso»: tendido de miles de kilómetros de ferrocarriles, construcción de puertos, explotación de minas y yacimientos petroleros, desarrollo agrícola e industrial, crecimiento del comercio exterior, todo en el marco de una especie de monarquía absoluta con ropajes republicanos. Igual que México, Ireneo sentó cabeza e introdujo en su vida orden y progreso. En 1877 funda el diario La Patria que, con suplementos ilustrados y un famoso almanaque anual, aparecería ininterrumpidamente hasta agosto de 1914. Un solo elemento de aquella nueva etapa faltó en la vida del aguerrido Paz: justamente el inscrito en su apellido, la paz. En 1880, al acercarse las elecciones presidenciales, como si su historia revolucionaria le pasara la cuenta, entabló un duelo con el joven poeta Santiago Sierra. El coronel mató al poeta y el hecho de sangre le pesaría siempre: «usted no sabe lo que es llevar a cuestas un cadáver toda la vida», dijo alguna vez a unos jóvenes que intentaban liarse a duelo.

Aquel episodio atenuó en él todo vestigio de belicosidad y lo orientó definitivamente hacia la labor editorial y la literatura. En vez de hacer la guerra, Ireneo se dedicó a «hacer patria» a través de la letra impresa. Su ambición, no del todo lograda, fue convertirse en el Benito Pérez Galdós de México. Tras publ ...