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ODISEO. EL RETORNO (ODISEO 2)

ValerioMassimo Manfredi  

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Fragmento

1

Troya ardía aún en una fogata enorme, dardos de fuego llovían del cielo con ensordecedor estruendo, sombras de guerreros caídos aullaban aún desgarradoramente entre el humo y las llamas, espectros inquietos y sin paz en el umbral del Hades. Y ardería durante días y noches hasta reducirse a cenizas. El resplandor de las llamas me indicaba el camino.

Dos hombres por cada una de mis naves alcanzaron la orilla luchando contra la violenta resaca y anclaron las embarcaciones a tierra plantando unas firmes estacas de roble. Les dije que me esperaran y que no se alejasen por ningún motivo, y yo me encaminé hacia la ciudad. Aún me pregunto por qué no me paré por la noche a dormir con mis hombres, por qué volví al lugar de la asechanza y de la masacre, y no encuentro respuesta.

Desde lo alto vi las naves de Agamenón y de los otros reyes que se habían quedado con él ancladas de popa y con la proa mirando al mar. También ellos se estaban preparando para la partida. Tal vez se habían convencido de que no había sacrificios y hecatombes que pudieran ahorrar los horrores cometidos, ahorrar la sangre de tantos inocentes inermes. Reencontré el camino, pasé por entre las jambas quemadas de las puertas Esceas y subí hacia la fortaleza. Justo a tiempo para asistir a un acontecimiento perturbador. El caballo que había construido se desplomaba en aquel preciso instante devorado por las llamas. No habían llegado a él hasta ese momento, aislado como estaba. Y alto como era, capaz de dominar la ciudad y el palacio real, se vino abajo en medio de un torbellino de chispas y de blanco humo. La cabeza fue la última en desaparecer en la hoguera.

Oía, o creía oír, el eco de los gritos de quien desde hacía ya tiempo estaba quemado y desvanecido: la sangre coagulada todavía se podía ver en las grietas del camino. Continué subiendo, hasta que alcancé el amplio patio porticado sobre el que se alzaba el santuario de mi diosa. El techo se había hundido, las ennegrecidas pilastras eran centinelas del silencio.

Entré.

El santuario estaba vacío y también el pedestal de la estatua. El poderoso ídolo estrellado de Palas Atenea había desaparecido. ¿Quién se lo había llevado? ¿Quién se había atrevido a tanto? ¿Los míos, quizá? ¿Yo mismo, y luego mi mente lo había olvidado todo? ¿Por eso me encontraba intramuros de la sagrada Ilión? Preguntas sin sentido o sin respuesta, pero merodeaba igualmente como un espectro entre las ruinas devoradas por el fuego. La lluvia chisporroteaba al entrar en contacto con las llamas que continuaban ardiendo con maldita energía. Al final, exhausto, bajé hacia el campo de batalla. Había una extraña claridad en el aire, irreal, un vapor luminiscente que transformaba toda forma, todo perfil, volviéndolo todo irreconocible. De improviso y sin darme cuenta me encontré cerca de la higuera. El tronco gris, las hojas verdes, la corteza mil veces herida. Me apoyé en ella y sentí contra la espalda las cicatrices del árbol inmortal, la única criatura viviente que había quedado en el revuelto campo. Luego me dormí exhausto, sentado en el suelo.

Fue la luna la que me despertó y me hizo volver al cabo Reteo iluminando mi camino, hasta que vi las vergas y los costados de mis naves. Al amanecer, un viento recio de tierra adentro dispersó las nubes, se llevó hacia el mar el humo y dejó el cielo encima de nosotros limpio y luminoso. Entonces soltamos las amarras, empujamos las embarcaciones dentro del mar y largamos la vela. El viento nos empujó hacia la costa de Tracia.

Conocía esos lugares: había estado en ellos varias veces para comprar el vino que alegraría los banquetes de los reyes y de los príncipes, que nos consolaría de los muchos sufrimientos. Un vino muy fuerte, dulce, que alargábamos con agua para hacerlo durar más. Ciertamente comprar esta bebida no era un encargo digno de un rey, pues habría bastado con un mercader cualquiera de esos que plantaban sus tiendas fuera de nuestro campamento, pero a mí me gustaba, me parecía volver a vivir. Caminaba por los campos, asistía al trasiego del vino, lo probaba, negociaba el precio. A veces me invitaban a comer y me sentaba a la mesa con los vinateros. De algún modo me parecía estar de nuevo en casa.

Estábamos en el mar, por fin, para no regresar nunca más. Tal como me sentía…, el llanto inundaba mis ojos. Miraba atrás y recordaba a los compañeros, a los amigos caídos, a todos los que ya no volverían. Y también miraba adelante, contaba los días que nos separaban de nuestra isla y no me parecía verdad. Pensaba de nuevo tal como piensan los hombres que viven en sus casas, cultivan sus campos, crían sus ganados. Me figuraba los gozosos acontecimientos: volvería a abrazar a mis padres, a mi hijo que no me conocía y a Penélope, a la que había deseado tanto en las largas veladas nocturnas; yacería con ella en el lecho que le había construido y después de hacer el amor miraría las vigas sobre mi cabeza, aspiraría el olor del tronco de olivo, el perfume de mi esposa. Nos contaríamos tantas cosas antes de dormirnos bajo las sábanas bordadas de mi madre… ¿Y Argo? ¿Seguiría con vida Argo?

Y también pensaba en las cosas dolorosas: encontrar a las familias de los compañeros caídos, asistir a su llanto inconsolable, ofrecerles su parte del botín al que tenían derecho a cambio de un hijo muerto. Mientras tanto correría la voz de la empresa de boca en boca, de pueblo en pueblo, de isla en isla y yo volvería como el vencedor, el debelador de ciudades, la mente capaz de urdir estratagemas inimaginables. Colgaría de los muros del palacio real los trofeos de mi victoria: escudos repujados, panoplias de bronce, talabartes de malla de plata con fíbulas de oro y de ámbar que serían el asombro de mi padre y de todos los visitantes que se hospedaran en el palacio. Pero luego dejaba de imaginar lo que sucedería de ahí a pocos días. Muchos años de estragos y de duelo me habían enseñado que no se pueden hacer proyectos, que el futuro es inescrutable, que los dioses son a menudo envidiosos de nuestra felicidad y disfrutan viéndonos sufrir. Solo mi diosa me amaba, de eso estaba seguro, pero ni siquiera ella podía doblegar al destino.

De pronto volví a pensar como un guerrero y un depredador. Era como haber contraído una enfermedad; no había hecho nada más durante diez años. Pensé que mi botín, en el fondo, no sería lo bastante grande como para compararse con mi gloria. La gente se esperaría más.

Desde el mar se avistaba una ciudad sobre una colina y probablemente los habitantes nos veían. Estaba defendida por una empalizada de madera y sus puertas eran de piedra.

—¡Tomémosla! —decían mis hombres.

También ellos eran como yo. Sabían ir al encuentro del peligro, pero no les importaba. Tal vez sentían ya la falta de ferocidad, de terror, de violencia despiadada. En el fondo, esa era la tierra de los cícones, los tracios, aliados de Príamo. Era justo atacarlos. Hice armar a mis guerreros y desembarcamos. Los hombres de Ismaro debían de estar lejos, en los campos y en sus pastos con los rebaños: no salieron guerreros por las puertas. Únicamente poco más de un centenar nos hicieron frente después de que hubiésemos echado abajo los batientes de la puerta principal con el mástil de una de nuestras naves. Arrollamos a los pocos defensores, nos desparramamos por el interior.

En breve, Ismaro fue sometida a saqueo, agrupamos a las mujeres más hermosas y nos las llevamos. Entré en una de las casas más ricas

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