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OSCURO BOSQUE OSCURO

Jorge Volpi  

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Fragmento

TRILOGÍA LÍRICA

Cuando, en las primeras décadas del siglo pasado, un grupo de escritores mexicanos asociados con la revista Contemporáneos —Novo, Torres Bodet, Villaurrutia, Owen, Martínez Sotomayor— comenzó a publicar una extravagante serie de novelas breves, cuya característica central era la combinación de anécdotas evanescentes con una precisión lingüística y el ritmo acompasado propios de un poema, su trabajo fue tachado de “poco viril” y espurio por sus adversarios nacionalistas. Desde entonces, la novela lírica casi se extinguió de nuestras letras. Se trata, a fin de cuentas, de un género híbrido e incómodo: a medio camino entre la prosa y la poesía, entre la novela y el verso, asusta o aleja los adeptos de los dos bandos. En otras lenguas, la novela lírica, así como una de sus variantes menos habituales, la novela en verso, tampoco han gozado del favor de los lectores: si La muerte de Virgilio de Hermann Broch se considera hoy casi ilegible, se requiere de un temple poco habitual para disfrutar con las sutilezas de The Golden Gate de Vikram Seth, Der Fliegende Berg de Christoph Ransmayr o Uma Viagem à Índia de Gonçalo M. Tavares. Aun así, en ellas uno puede descubrir algunos de los mayores desafíos a las convenciones narrativas de nuestro tiempo. No sé qué fijación por las trilogías me lleva a publicar ahora estas tres novelas líricas, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro y Las elegidas, en un único volumen: sólo puedo decir que, más allá de sus diferencias temáticas, son los textos que, con mayor violencia, me han impulsado a batirme con las palabras y con mi propio estilo. La refriega de seguro me dejó derrotado, pero aún me enorgullece el combate.

JORGE VOLPI

El Jardín devastado

Una memoria

Me dicen: ¿cómo, enferma Laila en Irak,

no vas a verla?

¡Dios sane a los enfermos de Irak,

que yo me compadezco de todo aquel

que sufre del mal de Irak!

MAYUN LAILA (S. VIII)

EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE,
EL MISERICORDIOSO

La alabanza a Dios, Señor de los Mundos,

que hizo al cielo sostenerse sin columnas,

que brotaran montañas de la faz de la Tierra

y que manara agua de las piedras.

La alabanza a Ti,

que prometiste un jardín para los justos.

ENTRADA

Odio ser humano. Huyo entre las sábanas y, apenas parpadeo —el espejismo de la noche—, reencuentro mi estirpe carroñera. Mi consuelo es no haberme jamás reproducido, o así lo espero.

Alzarse es volverse cómplice. Me vence en cambio la urgencia de la bestia. Extiendo las piernas, me desentumo y completo el gesto que me confina en el cuarto de baño. Orino, luego existo.

No puede ser éste un regreso, mascullo con saliva rancia, pegajosa. El regreso es otro nombre de la huida. Mi patria: este amasijo de hienas y fantasmas, su estruendo y el culto del olvido.

Tras la ventana, el mediodía.

Me pregunto —pero sólo Dios es sabio— si el sol de Oriente será más traicionero. Si la joven habrá sufrido sus lanzadas. Si habrá violado el luto de la tela. Si habrá palpado sus pechos y su vientre. O si la habrá cuidado a lo largo de su ruta.

El sol de Oriente.

Quedo desnudo —un cuerpo enclenque como el de las fotografías—, dejo que el chorro de agua me limpie y desperece y, en un remolino que es como la vida, se desperdicie por las cañerías.

Miro los ojos rasgados de la joven —la paz sea con ella—, sus ojos parecidos a la perla semioculta. Cuántos kilómetros sin voz, cuántos pasos, cuántas jornadas de sed y de ventisca.

Su sombra en el desierto. Sus huellas que se pierden.

Y yo aquí, tibio, a salvo, maldiciendo el cauce de las horas. Me desplomo sobre el tejido de mosaicos y, ateo furibundo —¿cuál será la correcta dirección hacia La Meca?—, rezo por ella.

A ti, Rey del Día del Juicio, pido ayuda (aunque no existas). Condúcela por el recto camino, el camino de aquellos a quienes has favorecido y no son objeto de tu ira.

A ti, Señor de los Necios, Señor de los Dementes, te ruego que la protejas y la guíes.

DIARIO

Ayer, sesenta y siete. Hoy, “en una de las jornadas más violentas”, ciento ocho. Mañana, conjeturo —aunque sólo Dios es sabio—, cuarenta y dos.

O setenta.

O noventa y cinco.

Entrevemos las cifras —la placidez de la aritmética— mientras sorbemos una cucharada de yogurt o cabeceamos.

Lejos, tan lejos.

Mil dólares por responder en quince folios. Un ab

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