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PAQUETE GEORGE R. R. MARTIN

George R. R. Martin  

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Fragmento

I

EL BOSQUE Y EL HADA

Había una vez en el norte de España un bosque tan viejo que podía contar historias muy antiguas, ya olvidadas por los hombres. Los árboles estaban tan profundamente anclados en la tierra cubierta de musgo que sus raíces envolvían los huesos de los muertos a la vez que sus ramas se extendían hacia las estrellas.

Tantas cosas perdidas, murmuraban las hojas mientras tres coches negros avanzaban por el camino sin pavimentar que cortaba a través de helechos y pantanos.

Pero todo lo que se perdió puede encontrarse de nuevo, susurraban los árboles.

Era el año de 1944 y la niña sentada en uno de los vehículos, junto a su madre embarazada, no entendía lo que musitaban los árboles. Su nombre era Ofelia y, aunque sólo tenía trece años, sabía todo sobre el dolor de la pérdida: su padre había muerto hacía un año y Ofelia lo extrañaba con tantas fuerzas que a veces su corazón se sentía como una caja vacía donde sólo habitaba el eco de su dolor. A menudo se preguntaba si su madre sentía lo mismo, pero le era imposible encontrar la respuesta en su rostro pálido.

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“Tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre, tan negra como el carbón”, solía decir el padre de Ofelia, con voz suave y llena de ternura, cuando observaba a su madre. “Te pareces tanto a ella, Ofelia”: porque la niña se veía extraviada, ausente.

Llevaban varias horas en el coche, alejándose cada vez más de todo lo que Ofelia conocía, adentrándose sin retorno en ese bosque interminable para conocer al hombre que su madre había elegido para ser su nuevo padre. Ofelia lo llamaba el Lobo y, aunque no le gustara pensar en él, incluso los árboles susurraban su nombre.

El único trozo de hogar que Ofelia pudo llevar consigo consistía en algunos de sus libros: apretaba con fuerza los dedos alrededor del que llevaba en el regazo, acariciando la portada. Cuando abrió el libro, las brillantes páginas contrastaban con las innumerables sombras que poblaban el bosque, y las palabras ahí inscritas le ofrecieron cobijo y consuelo. Las letras eran como huellas en la nieve: un amplio pasaje blanco que no conocía el dolor, un lugar libre de recuerdos demasiado oscuros para guardarlos y demasiado dulces para dejarlos ir.

—¿Por qué trajiste todos estos libros, Ofelia? ¡Vamos al campo! —el trayecto en coche había hecho palidecer el rostro de su madre aún más. El trayecto y el bebé que llevaba en el vientre. Tomó el libro de las manos de Ofelia y todas las reconfortantes palabras se silenciaron—. ¡Ya estás grande para los cuentos de hadas, Ofelia! ¡Tienes que aprender a mirar el mundo real! —la voz de su madre parecía una campana rota. Ofelia no recordaba que sonara así mientras su padre vivía—. ¡Oh, vamos tarde! —musitó, presionando su pañuelo contra los labios—. Se enojará por la tardanza. Él…

Su madre gimió y Ofelia se echó hacia delante para tocar el hombro del conductor.

—¡Pare! —gritó—. Detenga el coche, ¿no ve que mamá no se siente bien?

El conductor refunfuñó y detuvo el motor. Lobos: eso es lo que eran esos soldados que las acompañaban. Lobos comehumanos. Su madre decía que los cuentos de hadas no tenían nada que ver con el mundo, pero Ofelia sabía la verdad: en ellos había aprendido todo cuanto había que saber sobre la realidad.

Salió del coche mientras su madre vomitaba sobre los helechos, a un costado de la carretera. Crecían tan densos entre los árboles como un océano de frondas plumosas del que emergían troncos de corteza gris cual criaturas que se alzaran desde un mundo sumergido.

Los otros dos coches se detuvieron también y el bosque de pronto se llenó de uniformes grises. A los árboles no les gustaba: Ofelia podía sentirlo. Serrano, el oficial al mando, se acercó a examinar a su madre. Era un hombre alto y corpulento que hablaba muy fuerte y portaba su uniforme como si fuera un disfraz de teatro. La madre le pidió agua con su voz de campana rota, y Ofelia se adentró en el camino sin pavimentar.

Agua, susurraron los árboles. Tierra. Sol.

Las hojas de los helechos rozaban el vestido de Ofelia como dedos verdes, y ella bajó la mirada al tropezar con una piedra. Era gris como los uniformes de los soldados, situada en medio del camino como si alguien la hubiera extraviado justo ahí. Su madre, detrás de ella, estaba vomitando otra vez. ¿Por qué traer niños al mundo pone enfermas a las mujeres?

Ofelia se agachó y cerró los dedos en torno a la piedra. El tiempo la había cubierto de musgo, pero cuando Ofelia la limpió se dio cuenta de que era plana y suave y de que alguien había tallado un ojo en ella.

Un ojo humano.

Ofelia miró a su alrededor.

Todo lo que pudo ver fueron tres deterioradas columnas, casi invisibles entre los altos helechos. La piedra grisácea en la que fueron talladas estaba cubierta de extraños patrones concéntricos y la columna central mostraba un antiguo rostro de piedra erosionada que miraba hacia el bosque. Ofelia no pudo resistirse: echó a andar fuera del camino hacia aquel rostro misterioso, sin importarle que a los pocos pasos sus zapatos estuvieran mojados de rocío y los cardos se hubieran aferrado a su vestido.

Al rostro le faltaba un ojo: justo como un rompecabezas al que sólo le falta una pieza, en espera de ser completado.

Ofelia sujetó la piedra en forma de ojo y dio un paso al frente.

Debajo de la nariz, cincelada con líneas rectas sobre la superficie gris, una boca abierta mostraba sus dientes marchitos. Ofelia retrocedió dando tumbos cuando de pronto se agitó entre aquellos dientes un cuerpo alado tan delgado como una ramita, apuntando sus largos y temblorosos tentáculos hacia ella. Las patas del insecto emergieron de la boca, y la criatura, más grande que la mano de Ofelia, rápidamente se escabulló hasta lo alto de la columna. Una vez en la cima, levantó sus larguiruchas patas delanteras y comenzó a gesticular. La hizo sonreír. Hacía tanto tiempo que Ofelia no sonreía… Sus labios ya no estaban acostumbrados.

—¿Quién eres? —le preguntó en un susurro.

La criatura volvió a saludarla con sus patas delanteras y emitió un par de melódicos chasquidos. Quizá fuera un grillo. ¿Así eran los grillos? ¿O era una libélula? No estaba segura. Se había criado en una ciudad, entre muros de piedras que no tenían ojos ni rostro. Ni bocas abiertas.

—¡Ofelia!

La criatura abrió sus alas. Ofelia la siguió con los ojos a medida que se alejaba en el aire. Su madre estaba de pie a unos pasos de la carretera, acompañada del oficinal Serrano.

—¡Mira nada más tus zapatos! —la reprendió con aquella suave resignación que solía impregnar su voz en tiempos recientes.

Ofelia miró hacia abajo. Sus zapatos empapados estaban cubiertos de barro, pero aún podía sentir la sonrisa en su boca.

—¡Creo que vi un hada! —dijo. Sí: eso era aquella criatura. Estaba segura.

Pero su madre no le hacía caso. Su nombre era Carmen Cardoso; tenía treintaidós años, ya era viuda y no recordaba lo que era mirar algo sin despreciarlo o sentir temor. Lo único que veía era un mundo que le había arrebatado todo lo que amó para pulverizarlo entre sus dientes. Así que, aunque Carmen Cardoso amaba a su hija, y la amaba de verdad muchísimo, se había casado otra vez. Este mundo era gobernado por hombres —la niña aún no lo entendía— y sólo un hombre podía ponerlas a salvo. La madre de Ofelia no lo sabía, pero ella también creía en los cuentos de hadas. Carmen Cardoso creía en el cuento más peligroso de todos: aquel en que un príncipe la salvaría.

La criatura alada que había estado esperando a Ofelia en la boca abierta de la columna sabía todo eso. Sabía muchas cosas, pero no era un hada, al menos no en el sentido en que tradicionalmente concebimos a las hadas. Sólo su amo conocía su verdadero nombre, ya que en el Reino Mágico un ser le pertenecía a quien pudiera nombrarlo.

Desde la rama de un abeto observó cómo Ofelia y su madre volvían al vehículo para continuar su trayecto. Había esperado mucho tiempo a esa niña: la niña que había perdido tanto y que aún tendría que perder mucho más para encontrar lo que por derecho le pertenecía. No sería sencillo ayudarla, pero esa era la tarea que su amo le había encomendado, y su amo no se tomaba a la ligera que desobedecieran sus órdenes. Oh, no, nada de eso.

Más y más se adentraron los coches en el bosque, con la niña y la madre y el bebé aún sin nacer. Y la criatura que Ofelia creyó un hada desplegó sus alas de insecto, plegó sus seis larguiruchas patas y siguió a la caravana.

II

TODAS LAS FORMAS
QUE TOMA EL MAL

El mal rara vez toma forma de inmediato. Al principio se parece más a un suspiro. Un atisbo. Una traición. Pero luego crece y se enraíza, aún invisible, desapercibido. Sólo los cuentos de hadas le dan al mal una forma en toda regla. Los lobos feroces, los reyes despiadados, los demonios y los diablos…

Ofelia sabía que el hombre al que pronto tendría que llamar “padre” era malo. Tenía la sonrisa del cíclope Ojáncano y, en su mirada oscura, la crueldad de los monstruos Cuegle y Nuberu, criaturas que ella había conocido en sus libros. Su madre, sin embargo, no veía su forma verdadera. La gente tiende a enceguecerse a medida que crece, y es probable que Carmen Cardoso no se diera cuenta de la sonrisa lobuna del capitán Vidal porque era muy apuesto y siempre iba impecablemente ataviado con su uniforme de gala, sus botas y sus guantes. Ansiaba tanto ser protegida que quizá confundió su sed de sangre con el poder y su brutalidad con la fuerza.

El capitán Vidal miró su reloj de bolsillo: la carátula de cristal tenía una grieta, pero las manecillas del fondo aún daban la hora e indicaban que la caravana llegaba tarde.

—Quince minutos —murmuró Vidal, que, como todos los monstruos (como la Muerte), era siempre puntual.

Sí, llegaban tarde al viejo molino que Vidal había elegido como su cuartel general, tal como Carmen había temido. Vidal odiaba el bosque. Odiaba todo aquello que no conservara un orden estricto, y los árboles estaban por la labor de esconder a los hombres que él había ido a cazar. Ellos luchaban contra la terrible oscuridad a la que Vidal servía y admiraba, y él había venido al bosque para doblegarlos. Sí, señor: el nuevo padre de Ofelia amaba romper los huesos y derramar la sangre de todos aquellos a quienes consideraba débiles; darle un orden nuevo a su mundo miserable y desorganizado. Sonriendo, saludó a la caravana.

Ofelia, no obstante, supo ver el desprecio en sus ojos mientras les daba la bienvenida en el patio polvoriento donde, en otro tiempo, los campesinos acudían para entregar su cereal al molinero. Su madre, por el contrario, le devolvió la sonrisa y permitió que el Lobo tocara su vientre hinchado con su hijo. Incluso cedió cuando él le pidió que se sentara en una silla de ruedas, como si fuera una muñeca rota. Ofelia observó todo desde el asiento trasero del coche, detestando la idea de darle la mano al Lobo, como su madre le había pedido. Finalmente salió del vehículo para no dejar a su madre sola con él, estrechando sus libros con fuerza contra el pecho como un escudo hecho de papel y palabras.

—Ofelia —el Lobo trituró su nombre entre sus delgados labios para convertirlo en algo tan roto como su madre, y se quedó viendo la mano izquierda que la niña le extendía—. Es la otra mano, Ofelia —dijo en voz baja—. No lo olvides.

Traía puestos unos guantes negros de piel que rechinaron al envolver la mano de Ofelia con un apretón tan violento como la trampa de un cazador furtivo. Luego le dio la espalda como si ya se hubiera olvidado de ella.

—¡Mercedes! —llamó a una mujer que ayudaba a los soldados a descargar los vehículos—. ¡El equipaje!

Mercedes era delgada y pálida. Tenía el cabello negro como las plumas de un cuervo y ojos oscuros y líquidos. Ofelia pensó que parecía ser una princesa que se hacía pasar por la hija de un campesino. O quizás una hechicera, aunque Ofelia no sabía de qué tipo, si buena o mala.

Mercedes y los hombres llevaron el equipaje de su madre a la casa del molino. Ofelia pensó que el lugar se veía perdido y triste, como si extrañara moler grano fresco. Ahora estaba infestado de soldados que pululaban como langostas alrededor de sus deteriorados muros de piedra. Sus tiendas de campaña y sus camiones estaban por todos lados, llenando el amplio patio rodeado de establos, un granero y el propio molino.

Uniformes grises, una casa vieja y triste, un bosque lleno de sombras… Ofelia ansiaba tanto volver a casa que apenas podía respirar. Pero no había hogar para ella sin su padre. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas cuando divisó, entre unos costales apilados a escasos metros de distancia, un par de alas que reflejaban la luz, como si estuvieran hechas de un vidrio tan fino como el papel.

Era el hada.

Ofelia dejó de lado su tristeza y se echó a correr en esa dirección, pero la criatura voló a toda velocidad hacia los árboles detrás del molino. La pequeña criatura era tan rápida que Ofelia se tropezó al perseguirla y todos sus libros cayeron al suelo. Al recogerlos, sacudiendo el polvo de las cubiertas, vio al hada aferrada a la corteza de un árbol cercano: estaba esperándola.

Sí, estaba esperándola. ¡Sí! Tenía que cerciorarse de que la niña la siguiera.

Un momento. ¡No! Había vuelto a detenerse.

Ofelia observaba fijamente un arco inmenso que de pronto había surgido entre los árboles y que conectaba dos muros antiguos. Desde lo alto del arco una cabeza con cuernos miraba hacia abajo, con los ojos vacíos y la boca abierta, como si tratara de tragarse al mundo. Se diría que la mirada de aquellos ojos hacía que todo se desvaneciera: el molino, los soldados, el Lobo, incluso a la madre de Ofelia. ¡Entra!, parecían decir las derruidas paredes. Ofelia alcanzaba a ver una serie de letras borrosas grabadas bajo la cabeza, pero desconocía su significado.

In consiliis nostris fatum nostrum est, se leía. Es decir, “En nuestras decisiones reside nuestro destino”.

El hada había desaparecido, y cuando Ofelia cruzó el umbral del arco, éste proyectó una sombra helada sobre su piel. ¡Voltea!, parecía advertirle algo en su interior. Pero no volteó. A veces está bien escuchar, otras no. De cualquier modo, no sabía si de verdad tenía alternativa. Sus pies andaban con voluntad propia. A los pocos pasos, el corredor que se abría detrás del arco se estrechó hasta que Ofelia pudo tocar las paredes a ambos lados con sólo estirar los brazos. Arrastraba las manos sobre las piedras desgastadas al caminar; a pesar del día tan caluroso, estaban frías. Avanzó unos pasos más y llegó a un recodo. Frente a ella se abría otro corredor que iba a la izquierda y luego a la derecha, hacia otra esquina.

—Es un laberinto.

Ofelia volteó.

Mercedes estaba de pie tras ella. El chal que cubría sus hombros parecía tejido con hojas de lana. Si era hechicera, era una hechicera hermosa, no como esas viejas y marchitas que veía Ofelia en la mayoría de sus libros. Sin embargo, ella sabía por los cuentos que las hechiceras a menudo no mostraban su rostro verdadero.

—Sólo es un montón de piedras viejas —dijo Mercedes—. Son muy viejas, más viejas que el molino. Estas paredes han estado aquí desde siempre…, mucho antes de que se construyera el molino. No deberías estar aquí. Podrías perderte. Ya ha ocurrido. Si quieres oírla, algún día te contaré la historia.

—¡Mercedes! ¡Te busca el capitán! —ordenó la voz severa de un soldado detrás del molino.

—¡Voy! —respondió Mercedes.

Le sonrió a la niña. Había secretos en su sonrisa, pero a Ofelia le caía bien. Le caía muy bien.

—Ya escuchaste: me llama tu padre —dijo Mercedes mientras caminaba de vuelta al arco.

—¡No es mi padre! —respondió Ofelia—. ¡No lo es!

Mercedes redujo el paso.

Ofelia corrió a su lado y cruzaron el arco juntas, dejando atrás las frías piedras y la cornuda cabeza de ojos vacíos.

—Mi padre era un sastre —dijo Ofelia—. Lo mataron en la guerra —y de nuevo las lágrimas. Siempre asomaban cuando hablaba de él. No podía evitarlo—. Él me hizo el vestido, y también la blusa que trae puesta mi madre. Hacía la ropa más hermosa. ¡Más bella incluso que la que visten las princesas de mis libros! El capitán Vidal no es mi padre.

—Me queda muy claro —dijo Mercedes con gentileza, rodeándole los hombros con el brazo—. Pero ven conmigo, te llevaré con tu madre. Estoy segura de que ya te está buscando.

Sintió su brazo cálido. Y fuerte.

—¿No es preciosa mi madre? —preguntó Ofelia—. Es el bebé quien la pone enferma. ¿Tú tienes un hermano?

—Sí, tengo uno —respondió la mujer—. Vas a querer al tuyo; mucho, ya lo verás. Y no podrás evitarlo.

Mercedes volvió a sonreír. Había tristeza en sus ojos, Ofelia lo veía. Era como si también supiera lo que significaba la pérdida.

Desde lo alto del arco de piedra, el hada las observó alejarse hacia el molino: la mujer y la niña, primavera y verano, codo a codo.

La niña regresaría.

El hada se cercioraría de que ocurriera.

Muy pronto.

Tan pronto como su amo lo dispusiera.

III

SÓLO UN RATÓN

Sí, Mercedes tenía un hermano. Pedro era uno de los hombres escondidos en el bosque, un maqui, como se autodenominaban. Un guerrero de la resistencia que se escondía precisamente de los soldados para los que Mercedes cocinaba y limpiaba.

El capitán Vidal y sus oficiales estaban planeando cómo cazarlos cuando Mercedes entró con el pan, el queso y el vino que el capitán había ordenado. La mesa donde hoy extendían el mapa solía ser la misma en la que comían el molinero y su familia. Hoy, lo único que se servía en esa mesa era muerte. Muerte y miedo.

Las llamas que bailaban en la chimenea proyectaban sombras de cuchillos y rifles sobre las paredes encaladas y los rostros que se inclinaban sobre el mapa. Mercedes puso la charola en la mesa y con toda naturalidad echó un vistazo a las marcas que indicaban las posiciones militares.

—Los guerrilleros se quedan en el bosque porque ahí es difícil seguirles el rastro —la voz de Vidal era tan inexpresiva como su rostro—. La escoria conoce este lugar mucho mejor que nosotros. Bloquearemos, pues, todos los accesos al bosque. Aquí. Y aquí —colocó el dedo enfundado en el guante negro sobre el mapa, como un misil.

Pon atención, Mercedes. Y dile a tu hermano lo que planean o estará muerto en una semana.

—Comida, medicina: lo almacenaremos todo. Justo aquí —Vidal puso el dedo sobre el molino—. Necesitamos forzarlos a que bajen de la colina, y así ellos vendrán a nosotros.

Aquí, Mercedes. ¡Lo almacenarán todo aquí!

Se tomó su tiempo para vaciar la charola y poner la comida en la mesa, contenta de resultarles absolutamente invisible: era sólo una criada, una pieza más en la habitación, como las sillas o la chimenea.

—Estableceremos tres nuevos puestos de mando. Aquí, aquí y aquí.

Vidal puso tres marcadores de bronce sobre el mapa. Mercedes nunca apartó los ojos de los dedos enguantados. Eso era ella: los ojos y las orejas de los conejos que ellos cazaban, tan callada e invisible como un ratón.

—¡Mercedes!

Se olvidó de respirar cuando el guante negro la tomó del hombro.

Los ojos de Vidal la miraban con suspicacia.

Él siempre sospecha, Mercedes, se dijo a sí misma, tratando de calmar su corazón acelerado.

A Vidal le gustaba ver cómo su mirada infundía el miedo en los rostros, pero ella estaba lo suficientemente acostumbrada a ese juego como para no delatarse. Sólo un ratón. Invisible. Sería su fin si él llegase a creer que era una gata o una zorra.

—Dile al doctor Ferreiro que venga.

—Sí, señor.

Agachó la cabeza para empequeñecerse. La mayoría de los hombres prefería que una mujer no fuera alta. Vidal no era la excepción.

Tres puestos de mando. Y la comida y la medicina almacenadas en el molino.

Eso sí que sería útil.

IV

UNA ROSA EN LA
MONTAÑA OSCURA

El doctor Ferreiro era un hombre bueno, un alma noble. Eso le resultó evidente a Ofelia en el momento en que entró a la habitación de su madre: se puede detectar la bondad con la misma claridad con que se detecta la crueldad. Esparce luz y calor, y al doctor le sobraban ambos.

—Esto la ayudará a dormir —le dijo a su madre a la vez que agregaba un par de gotas color ámbar a un vaso de agua.

La madre de Ofelia no discutió con él cuando le aconsejó que permaneciera algunos días en cama. Era una enorme ca ...