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PISTOLAR (PREMIO MAURICIO ACHAR / LITERATURA RANDOM HOUSE 2018)

Iván Soto Camba  

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Fragmento

Puede ser que las cartas no regresen por razones arquitectónicas, imagino que deduce Luis Alfredo J. A., a través del Rubik de imposibilidad probable versus posibilidad improbable que es su esquizofrenia. Azulejo para cráneo.

Infiero que Luis Alfredo J. A. abre la ventana todos los días a la misma hora. Mecanismo que no altera en absoluto la composición del cuarto. Tras el vidrio hay una cortina de plantas, tierra e insectos asfixiados. El mismo paisaje con la ventana abierta o cerrada, la misma temperatura.

Luis Alfredo J. A. vive en un edificio que rara vez se reconoce como tal: cinco pisos de departamentos pintados de un tono de verde muy orgánico, cubiertos de la planta baja a la azotea por una enredadera, y rodeados, por todos sus lados, por descomunales árboles ficus. Un edificio invisible.

Sé por experiencia propia que la vivienda de Luis Alfredo J. A. se utiliza, principalmente (y sin ironía), como referencia para llegar a cualquier otro lugar: “En ese parque enorme de la esquina, dé vuelta a la derecha”.

Supongo que es fácil encontrar argumentos cartográficos para la falta de correspondencia. Pros y contras para la invisibilidad del inquilino. Desde afuera, tampoco hace mucha diferencia el estatus de las ventanas: orificios para respirar por los que en vez de entrar aire, salen plantas.

Entiendo que el problema, muy claro en su mente después de tantos años, no es sólo que nunca llega el ansiado correo: además las visitas no encuentran el lugar, los proveedores de cualquier servicio indispensable no hacen las entregas, no se realizan las labores de mantenimiento.

Asumo que cuando Luis Alfredo J. A. se mudó al departamento 5, en 1979, se dejó convencer por la entonces incipiente enredadera, cuya configuración evocaba para él la figura de un calamar gigante. Una señal divina que sin duda estaba dirigida, o, mejor dicho, era transmitida específicamente al receptor que le implantaron en la nuca: el poder y la responsabilidad que conlleva vivir en un lugar que siempre estará a punto de ser devorado.

Creo que el de Luis Alfredo J. A. no es realmente un edificio invisible sino un buzón difícil de ver. Uno tan grande que sólo es perceptible desde el cielo. A nivel de calle, un parque. Desde el interior, perpetua junta de vecinos.

Imagino que Luis Alfredo J. A. escribe una carta; que, sobre todo, Luis Alfredo J. A. espera una carta. Concluyo que ya nadie escribe cartas como lo hacía él, y que nadie siente tan personal su reiterada ausencia entre apertura y cierre de ventana. Porque Luis Alfredo J. A. no las esperaba y escribía en sus

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