Loading...

POSESIóN

Stephen King  

0


Fragmento

I

Calle Poplar/15 de julio de 1996/15.45 h

El verano ha llegado.

No es un verano cualquiera, sino un verano apoteósico, el no-va-más del verano. El verdísimo verano de Ohio, maravilloso en julio, con el sol blanco resplandeciente en un fantástico cielo azul tejano desteñido, el alboroto de los niños que corren de un extremo al otro del bosque situado en lo alto de la cuesta de la calle Bear, el golpeteo de los bates de béisbol en el campo de juegos, más allá del bosque, el ruido de los patines sobre las aceras de asfalto y las suaves piedras de macadam de la calle Poplar, el sonido de las radios –uno de los excepcionales partidos de los Indians de Cleveland compitiendo con Tina Turner cantando a voz en cuello Nutbush City Limits, esa que dice: «Veinticinco es el límite de velocidad, no se admiten motos»; y rodeándolo todo, como un ribete sonoro de puntilla, el sereno y suave ronroneo de los aspersores de riego.

El verano en Wentworth, Ohio, es cosa de no creer. Aquí, en la calle Poplar, llega directamente al centro de aquel mítico aunque descolorido sueño americano, con el olor a hot dogs en el aire y restos de los cohetes del 4 de Julio todavía en las bocas de alcantarillas. Ha sido un mes caluroso, perfecto, bendito, maravilloso, el súmmun de los julios –nadie lo duda–, pero si queréis saber la verdad, también ha sido un julio seco, sin más agua que la de las mangueras usadas para limpiar los restos de los farolillos de papel. Hoy parece que van a cambiar las cosas, pues de vez en cuando se oyen truenos hacia el oeste, y los que miran el canal meteorológico (como imaginaréis, en la calle Poplar hay muchos abonados a la televisión por cable) saben que se aproxima una tormenta eléctrica. Quizá incluso un tornado, aunque eso es menos probable.

Mientras tanto, todo son jugosas sandías, refrescos y pelotas mal bateadas; el verano que uno siempre ha deseado y más, aquí en medio de Estados Unidos de América; una vida de ensueño con Chevrolets aparcados frente a las casas y el refrigerador surtido de bistecs que esperan a la noche, cuando los pondrán sobre la parrilla de la barbacoa en el jardín (¿habrá pastel de manzana para terminar?, ¿vosotros qué creéis?). Es la tierra del césped verde y los cuidados macizos de flores; el reino de Ohio, donde los niños llevan gorras con la visera hacia atrás, camisetas sin mangas sobre holgados bermudas y enormes y toscas zapatillas que, indefectiblemente, zumban como las auténticas Nike.

De un extremo a otro de Poplar –entre las calles Bear, en lo alto de la cuesta, y Hyacinth, abajo– hay once casas y una tienda. La tienda es la típica americana, donde uno puede comprar tabaco de todas las marcas, caramelos de un centavo (aunque en la actualidad casi todos cuestan cinco), provisiones para la barbacoa (platos de cartón tenedores de plástico cortezas de trigo helado ketchup mostaza), helados y una amplia variedad de refrescos elaborados con las mejores materias primas del mundo. En el EZ Stop hasta es posible encontrar el Penthouse, aunque hay que pedírselo a la dependienta, ya que en Ohio las revistas porno se guardan debajo del mostrador. Y eso está muy bien. Lo importante es saber que uno puede conseguirlas si lo desea.

La dependienta es nueva, lleva menos de una semana en el puesto, y ahora, a las cuatro menos cuarto de la tarde, está atendiendo a un niño y una niña. Ésta aparenta unos once años y ya promete ser una auténtica belleza. Aquél, obviamente su hermano menor, debe de tener seis años y, al menos en opinión de la dependienta, promete ser un malcriado de narices.

–¡Quiero dos chocolatinas! –dice Hermano Malcriado.

–Si los dos tomamos un refresco, sólo nos queda dinero para una –responde Hermana Bonita demostrando una paciencia admirable a los ojos de la dependienta. Si el crío fuera su hermano, le daría tantas patadas en el trasero que podría representar al jorobado de Notre Dame en la función de fin de curso del colegio.

–Mamá te dio cinco pavos esta mañana; yo la vi. ¿Dónde has metido el resto, Marrr-grit?

–No me llames así; sabes que lo detesto –dice la chica.

Tiene una larga cabellera color miel que a la dependienta le parece preciosa. El pelo de la dependienta es corto y crespo, teñido de naranja a la derecha y de verde a la izquierda. Sabe muy bien que no habría conseguido el puesto con esas greñas si el gerente no hubiera estado absolutamente necesitado de alguien que trabajara de once a siete... En fin; mejor para ella, peor para él. El tipo le había hecho prometer que se cubriría la cabeza con un pañuelo o una gorra de béisbol, pero las promesas están hechas para romperse. Ahora ve que Hermana Bonita le mira el pelo con fascinación.

–¡Margrit-Margrit-Margrit! –exclama el hermano pequeño con la alegre y enérgica perversidad propia de los hermanos pequeños.

–En realidad me llamo Ellen –dice la niña con el tono de alguien que desea demostrar seguridad–. Margaret es mi segundo nombre, y él me llama así porque sabe que lo detesto.

–Mucho gusto, Ellen –dice la joven y comienza a sumar los precios de los artículos.

–Mucho gusto, Marrr-grit –se burla Hermano Malcriado poniendo una expresión tan maliciosa que resulta cómica. Tiene la nariz arrugada y los ojos bizcos–. ¡Mucho gusto, Marrrgrit la Marrrmota!

Ellen no le hace caso y dice:

–Me encanta tu pelo.

–Gracias –responde la dependienta con una sonrisa–. No es tan bonito como el tuyo, pero puede pasar. Es un dólar con cuarenta y seis.

La niña saca un monedero de plástico del bolsillo de los tejanos. Es uno de esos que se abren apretando el cierre superior. Dentro hay dos billetes arrugados de un dólar y unos cuantos centavos.

–¡Pregúntale a Margrit la Marmota dónde están los otros tres pavos! –chilla el malcriado, que parece un servicio público de megafonía–. ¡Se los ha gastado en una revista con Eeeethan Hawwwke en la tapa!

Ellen sigue sin hacerle caso, aunque sus mejillas comienzan a teñirse de rojo. Mientras entrega los dos dólares, dice:

–No te he visto antes, ¿verdad?

–Puede que no... empecé a trabajar el miércoles pasado. Necesitaban a alguien para el turno de once a siete y quedarse un rato más si el tipo de la noche llega tarde.

–Bueno, me alegro de conocerte. Soy Ellen Carver, y éste es mi hermano Ralph.

Ralph Carver saca la lengua y hace un ruido con la boca similar al de una avispa encerrada en un frasco de mayonesa. ¡Qué animalito tan amable!, piensa la chica del pelo bicolor.

–Yo soy Cynthia Smith –dice extendiendo la mano por encima del mostrador–. Llámame Cynthia, pero nunca Cindy, ¿lo recordarás?

La niña asiente con una sonrisa.

–Y a mí llámame Ellie, nunca Margaret.

–¡Marrrgrit la Marrrmota! –grita Ralph con el frenético tono victorioso de un crío de seis años. Levanta las manos y mueve las caderas de un lado a otro con ponzoñosa alegría–. ¡Margrit la Marmota está colada por Eeeethan Hawwwke!

Ellen mira a Cynthia con una expresión de resignación demasiado madura para su edad, como diciendo «Ya ves lo que tengo que aguantar». Cynthia, que tiene un hermano menor y sabe muy bien lo que tiene que aguantar la bonita Ellie, está tentada de risa, pero consigue mantenerse seria. Y es una suerte. La cría es una prisionera de su tiempo y su edad, como todo el mundo, lo que significa que ese asunto es muy serio para ella. Ellie le entrega una lata de Pepsi a su hermano.

–Fuera partiremos la chocolatina –dice.

–Me llevarás en mi Buster –dice Ralph mientras se dirigen a la puerta, cruzando el brillante rectángulo de sol que se proyecta como una hoguera desde la ventana–. Me llevarás en mi Buster todo el camino a casa.

–De eso nada, monada –dice Ellie, pero cuando abre la puerta, el malcriado se gira y mira a Cynthia con una mirada que dice: «Espera y verás quién gana. Ya lo verás.» Luego salen.

Es verano, sí, pero no un momento cualquiera del verano; hablamos del 15 de julio, la apoteosis del verano en una ciudad de Ohio donde la mayoría de los niños van a las colonias de vacaciones de la iglesia y participan en los programas estivales de lectura de la biblioteca pública local, y donde un niño exigió que le compraran un pequeño carro rojo que, por razones que sólo él conoce, ha llamado Buster. Once casas y una tienda cociéndose al resplandeciente y desnudo sol de julio en el Medio Oeste, treinta y dos grados a la sombra, treinta y cinco al sol; suficiente calor para que el aire brille encima del pavimento como si éste fuera un horno crematorio.

La calle se extiende de norte a sur, los números impares del lado de Los Ángeles, los pares del de Nueva York. En lo alto, en la esquina oeste de Poplar y Bear, está situado el número 251. Brad Josephson está fuera, junto al camino de entrada de su casa, regando los macizos de flores con una manguera. Tiene cuarenta y seis años, una maravillosa piel color chocolate y una barriga prominente y caída. Ellie Carver piensa que se parece a Bill Cosby... Bueno, al menos un poquito. Brad y Belinda Josephson son los únicos negros de la calle y el barrio está muy orgullosa de tenerlos. Tienen el aspecto que la gente de las afueras de Ohio quiere para sus negros, y es agradable verlos por allí. Son buena gente. Los Josephson caen bien a todo el mundo.

Cary Ripton, que reparte el Shopper de Wentworth los lunes por la tarde, tuerce la esquina en bicicleta y arroja un periódi

Recibe antes que nadie historias como ésta