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QUE QUEDE ENTRE NOSOTROS

Mónica Salmón  

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Fragmento

COCA-COLA LIGHT

Con dificultad trató de entrar a la habitación. Aquel viento parecía que detenía su entrada al comienzo de un destino que ella jamás hubiera imaginado que rozaría. Del otro lado, la fuerza del brazo izquierdo de Xavier logró que pareciera ligero el jalón de puerta, al mismo tiempo que los dedos de su mano derecha tomaron el borde de los jeans para acercarla hacia él.

La abrazó con fuerza, con deseo, con ansia y sobre todo con admiración. Su respiración tomó una pausa; nunca antes había sentido un abrazo con tanto deseo.

El premio de la victoria y Victoria estaban en sus brazos. Ella se sintió tocada por la brisa del mar, por la humedad del clima, pero sobre todo por la caricia del beso.

—Estás aquí. Por fin serás mía. Estamos alejados de las miradas del mundo. Si te encontraran andarías en boca de todas aquellas mujeres frígidas, secas, arrugadas, malhumoradas, moralistas y soberbias.

Xavier intimidaba a cualquiera, no por su fama ni por su tamaño, sino por la seguridad con la que hablaba, por la confianza con la que se acercaba al oído. En voz baja y tono grave la comenzaba a enredar, le presentaba el encanto del miedo. Sí, el miedo tiene cierto encanto para seducir a la rutina. El miedo se presenta encantador, amable, educado cuando se trata de probar nuevas experiencias. Ser convertida en su presa o ser vista por aquella sociedad en la que ella se desenvolvía.

Al mismo tiempo rodeó la pequeña cintura, abarcando con sus manos gran parte de su cadera y espalda. Bajó suavemente la mano hasta el coxis y subió rozando con los dedos el camino creado por la columna y el cuello. Cuando llegó a la nuca la tomó con fuerza para prepararla para el beso. Ella cerró los ojos, mojó sus labios, exhaló vida, y justo antes de besarlo, él se inclinó hacia atrás y con la punta de la lengua dibujó el contorno de los labios mojados de Victoria, se detuvo a jugar con la comisura de la boca y se retiró cada vez que ella lo buscaba para terminar el beso.

Victoria volvió con ese mareo de amor y deseo con los ojos en blanco y la cabeza inclinada. Regresó al mundo con recato, disimuló su excitación. Recorrió con la mirada la suite donde se encontraban. Llevaba todavía la bolsa en el hombro, pero la emoción de encontrarse con Xavier pesó más que aquella bolsa llena de libros y una computadora, preparada para trabajar todo un fin de semana.

—Tu bolsa está más pesada que mi maleta. ¿Qué traes aquí?

—Traigo dos libros. Uno que estoy a un capítulo de terminar de leer y otro que me compré en el aeropuerto. La computadora, mi bolsa de maquillaje… —se quedó pensando por un momento— y mi cartera.

—No vienes con tu marido, Victoria. No vas a tener tiempo de leer, mucho menos de abrir el nuevo. ¿Y la computadora la trajiste de vacaciones?

La tomó de la mano, la llevó a la terraza para mostrarle la vista de ese azul majestuoso. Aquel sol brillante parecía evitar ser testigo de esos besos y con rapidez se escondía en el horizonte.

—Qué valiente eres, Victoria. Tomar un avión a escondidas y cambiar tu destino. Nadie sabe que estás aquí. Eso lo considero un acto de valentía.

Victoria era dueña de sus propias palabras, pero en esos momentos el silencio lo ocupó para recuperar el aliento de aquel beso que la había hecho sentirse completamente viva. Comenzó a sentirse primitiva, hembra, no quería apariencias. Las quería dejar del otro lado de la puerta de madera. No quería ser la dama en la mesa ni la puta en la cama. Quería simplemente descubrirse sin ningún tipo de expectativa.

Años atrás sonreía como disfraz. Era el ama de casa; no perfecta pero con un manejo pertinente de su rol. No sentía culpa ni miedo por haber mentido. Tampoco había asombro al estar en esa suite de lujo. Se dejaba llevar simplemente por el olor embriagador de Xavier. Olía a hombre, a protección, a cuidado, a seguridad.

No era socialmente rebelde, pero tampoco era sumisa. Victoria era curiosa, altanera y consentida. Su belleza era particular, no sabía si lo que enamoraba era el encanto de sus ojos o la mirada hambrienta con la que observaba las circunstancias de la vida. Victoria gozaba del momento. Ése era uno de sus secretos: gozar de aquellos momentos que la vida ofrece. No encontraba diversión en el alcohol.

—¿Quieres un tequila?

—No, gracias. Prefiero una Coca-Cola Light.

—Es pésima, ¿cómo tomas eso? ¿Sabes que causa celulitis?

—No, bueno. Sí sé, o pensé que sabía, pero me gusta el sabor.

Sin parpadear ni vacilar, Xavier dijo con voz de mando:

—¡De hoy en adelante no vas a volver a tomar Coca-Cola! Es un asco. Si la dejas hirviendo por media hora se hace una masa de caramelo que parece plastilina. Tú eres demasiado hermosa para tomar ese tipo de cosas. ¿Tienes celulitis?

La pregunta fue tan inapropiada, tan inesperada, tan grosera, tan fuera de lugar. A Victoria le regresó el aliento que había perdido con el beso. Abrió los ojos y su boca. Se llevó la mano al pecho.

“¡Imbécil!”, no lo dijo, lo pensó. Por un segundo le quiso soltar: “¿Quién tiene más celulitis, tu mamá o tu esposa que te tiene tan traumado?”

Pero disimuló su enojo y dijo con educación:

—Antes no tenía nada, pero después del nacimiento de Emiliano me salió un poco. Bueno, después de tres hijos es normal que te salga un poco de celulitis. ¿No lo crees?

Respiró profundamente sin dejar de ver ese azul turquesa.

Se enderezó y se secó el sudor de las manos con los jeans. Pensó: “¿Con quién se habrá acostado este idiota que no tenga celulitis? Tendría que ser una chavita. Todas tienen aunque sea un poco. Seguro que es la esposa la que está llena de celulitis y por eso le aterra la idea de que yo tenga”.

Victoria contempló el horizonte recuperando su ritmo cardiaco por aquella pregunta tan grosera y fuera de lugar.

Mientras, él mostraba su seguridad; era encantador metido en la música, y cuando tomó del mini bar la botella de tequila. Levantó los brazos para sacarse su playera azul. Tenía los músculos de la espalda y los brazos marcados. Al ver ese torso tan perfecto y musculoso, era imposible no sorprenderse ante tanta belleza, pero Victoria, orgullosa, bajó la mirada. Tenía que expresar todo ese mundo de emociones y dij

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