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SABIDURíA SIN PROMESA

Christopher Domínguez Michael  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Este volumen recoge varias de las líneas de investigación que, sobre el período 1930-1943/1945, se desarrollaron en la historiografía argentina a partir de la recuperación democrática de 1983. Desde ya, no todas ellas rompen radicalmente con aproximaciones anteriores; se trata en cambio de la incorporación de algunas cuestiones poco atendidas en etapas previas y de la reconsideración de otras áreas más frecuentadas.

Así, en el capítulo dedicado a la economía se analiza el proceso que hizo de la industria su sector más dinámico. En esa transformación se destacan los efectos de la crisis de 1929, el comportamiento del sector externo y la sustitución de importaciones; al mismo tiempo, se argumenta que las políticas implementadas se hallaban sostenidas por una visión de corto plazo. Ciertos aspectos de los cambios producidos fueron, con claridad, dependientes de procesos cuyo inicio había tenido lugar tiempo antes de la crisis.

El impacto del golpe sobre el sistema político y su funcionamiento posterior, las estrategias de los partidos, las prácticas electorales y el fraude, constituyen los ejes de los capítulos referidos a la política; a ellos se suma el papel del Ejército y el problema de la legitimidad. En esta mirada, la política en los años treinta deja de ser sólo la lucha entre grupos animados por inalterables visiones del mundo, para convertirse en una complicada competencia por el poder, librada por actores que, sin abandonar sus incertidumbres, reorientan sus estrategias para actuar en un distorsionado escenario electoral sobre el cual el Estado opera de maneras también cambiantes.

Por su parte, las políticas estatales de modernización territorial son objeto de un estudio específico. En él se incluyen las dimensiones materiales, entre las cuales la construcción de la red carretera y la acción de YPF son dos de las más relevantes, y la actitud de ciertos cuerpos administrativos del Estado. El desplazamiento desde una modernización concebida en clave urbana hacia una en la que se impuso un modelo de país rural tuvo, a su vez, expresiones en los debates culturales y aun en los librados dentro de algunos espacios profesionales.

Las corrientes ideológicas y la estructura organizativa del movimiento obrero son exploradas desde una perspectiva que otorga importancia a la creciente relación con el Estado. Esa relación se vio afectada por el crecimiento de las organizaciones de trabajadores industriales, cuya magnitud fue una de las novedades más notorias hacia fines del período. En parcial relación con este capítulo, se ubica el examen de la constitución de nuevas identidades colectivas. Iniciado en la primera posguerra, afectó en particular a los sectores populares urbanos, y se asentó en los cambios ocurridos en los niveles y en las expectativas de vida de esos sectores, y en la nueva dimensión social de la acción estatal. El proceso devino en una visión popular del Estado y de la política que exhibió acusados aires reformistas. El análisis de los problemas de la salud y de la organización médica, ensayado en otro de los capítulos, se inscribe en una línea temática próxima a la anterior, que insiste en la ampliación de los contenidos de la ciudadanía social por efecto de la incorporación del derecho a la salud.

Sobre el mundo de la cultura se despliegan diversas aproximaciones, que se ensayan en tres capítulos. En uno de ellos se explica el funcionamiento del campo literario y los reagrupamientos producidos, y se reconocen como fenómenos característicos del período las transformaciones de la narrativa y la intensidad de las polémicas político-ideológicas suscitadas por la situación internacional. En el segundo, los emprendimientos culturales de la izquierda se constituyen en objeto central; allí se revela la gran actividad de un grupo amplio de intelectuales que, entre la revolución y la unidad antifascista, animaron la vida cultural argentina. En conjunto, ambos capítulos permiten la crítica de las imágenes, tan extendidas, que sólo hallaban desazón y decepciones entre los intelectuales de los años treinta. Finalmente, el último capítulo del volumen se dedica a las discusiones sobre la nación y su historia libradas por varios grupos culturales, entre ellos el revisionismo, y a las acciones estatales que intentaban la difusión de un relato sobre el pasado.

Parece entonces evidente que este índice exhibe cambios respecto a modos anteriores de organizar el estudio de los años treinta. Ellos se produjeron por efecto de la aparición, luego de la última dictadura, de nuevos frentes de investigación en la historiografía argentina, acompasada con evoluciones de la disciplina en el contexto internacional, y por la obtención de nuevas evidencias empíricas, que permitían someter a crítica buena parte de la explicación heredada.

No es posible, desde ya, detectar una estricta coincidencia interpretativa en esos trabajos; sin embargo, algunas convicciones se han ido extendiendo entre los historiadores. En primer lugar, aunque 1930 conserva una fuerte condición periodizante, hoy se admite que importantes procesos exhiben ritmos propios y no se alinean con aquel momento de fuerte impacto político. Fenómenos sociales, culturales y económicos reclaman así una perspectiva que considere la presencia de continuidades respecto de la etapa anterior.

Por otra parte, la imagen de un mundo político y cultural dividido en dos bloques uniformes y autoconscientes de las tradiciones que los sostenían, enfrentados en un combate claro y central —“liberales” enfrentados a “nacionales”, “democráticos” a “autoritarios”, historiadores “oficiales” a revisionistas, “fraudulentos” a “populares”, entre otros—, no parece sostenerse ya. El cuadro fue mucho más complejo y menos ordenado; en él, la identificación de propios y ajenos se realizaba un poco a tientas, y los límites de los diversos grupos se reconstruían con frecuencia.

Aquellas investigaciones han permitido también, para muchas áreas, el planteo de una periodización “interna” más ajustada. Los primeros años fueron de crisis económica, pero desde aproximadamente 1934 se produjo una tendencia a la recuperación, por ejemplo, y en cuanto al sistema político, la abstención del radicalismo señala una diferencia importante si se la compara con el fraude a gran escala, aplicado desde mediados de la década. Los años treinta pueden, entonces, ser divididos en dos etapas, que a grandes rasgos cubren una y otra mitad de la década; dentro de esta última, incluso, puede reconocerse una coyuntura particular a partir del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando se trata de este período, transformaciones como éstas provocan un efecto importante, ya que vienen a cuestionar interpretaciones de circulación muy amplia en la sociedad. Las primeras imágenes de conjunto de la década abierta en 1930 fueron planteadas a comienzos de los años cuarenta, y exhibieron una fuerte dependencia del debate político. La aparición del peronismo dio a esas interpretaciones una actualidad evidente, dado que ese movimiento proclamaba ser la contracara del pasado inmediato.

A partir de 1955, historiadores y científicos sociales incorporados a la universidad luego de la experiencia peronista lanzaron las primeras versiones académicas del período 1930-1945; por fuera del sistema universitario, los intelectuales que adherían al peronismo también hacían oír su parecer, y alcanzaban auditorios muy amplios. Entre 1955 y 1975, aproximadamente, las interpretaciones se fueron afinando, y se desplegaron siguiendo en buena medida las claves acuñadas en la primera mitad de los años cuarenta; así, lo que ahora se llamaba dependencia económica y la infamia de los elencos dirigentes eran dos de los rasgos que se destacaban en esas visiones. Por su parte, los temas menos tradicionales de la industrialización y del movimiento obrero fueron, paulatinamente, convirtiéndose en objeto de atención.

La imagen de los años treinta construida en esos tiempos continuaba entramada con los combates del día y con las expectativas sobre el futuro. En los años que van de la caída del primer gobierno peronista hasta 1975, muchos intelectuales confiaban en un porvenir de cambios radicales, a cuya llegada debían contribuir; de acuerdo a cada vertiente ideológica, ellos tenían en su centro el quiebre de la dependencia, la construcción del poder del pueblo, la organización de una nación industrial y moderna, o la restauración de una Argentina tradicional que, de algún misterioso modo, sería también popular. Vistos desde posiciones asentadas en esas certezas, los procesos ocurridos en los años treinta asumían un tono particularmente sombrío.

Así, entre comienzos de los años cuarenta y 1975 tuvo lugar la organización de una imagen global de la llamada década de 1930, a la que aportaron argumentos los historiadores, los políticos, los militantes culturales. A pesar de que las coyunturas fueron cambiantes, durante esos años la cuestión política central fue la del peronismo, y dado el persistente enlace entre la política y la historia, los años treinta fueron leídos como mero prolegómeno a la irrupción de aquel movimiento. Para muchos, el período no encerraba el problema que en realidad se deseaba resolver: si se examinaban los años treinta, era sólo para descifrar aquel otro enigma acuciante, el peronista.

En la Argentina de fin de siglo, en cambio, el debate político lleva muchos años de moderación, y no parece atravesado por las pasiones de los años anteriores a la última dictadura; la cuestión peronista, si no ha desaparecido de la polémica pública, se ha transformado de tal modo que resulta difícil emparentarla con aquella que conmovió a los intelectuales hace treinta años. En el cruce de la profesionalización de la actividad historiográfica con el descenso de la intensidad del debate colectivo, las imágenes actuales de los años treinta resultan más eruditas, más cautas y notoriamente más fragmentarias que las heredadas. A pesar de todo, la recomposición de una imagen de conjunto de la sociedad argentina de los años treinta puede ser hoy un proyecto que cuente con un punto de partida firme; las investigaciones disponibles cubren un frente muy amplio y los estudios de base son abundantes. Sin embargo, el planteo de una explicación menos rígida que las tradicionales, pero al mismo tiempo más amplia que el conjunto de aproximaciones parciales que vino a reemplazarla, reclama algunas certezas sobre el presente y el futuro de la sociedad. Si esa imagen de conjunto se alcanza, es probable que ella esté destinada a ser, en comparación con la que terminó de forjarse en los tempranos años setenta, una más matizada y más sensible a lo complejo de la realidad social. En cierto sentido, también será una “menos feliz, pero con más sosiego”, nostálgica y certera fórmula que en 1938 Macedonio Fernández aplicara a otros asuntos.

ALEJANDRO CATTARUZZA

I

La economía

por JUAN CARLOS KOROL

Vista aérea del establecimiento metalúrgico CATITA, en Barracas, ciudad de Buenos Aires, enero de 1937.

Una imagen fuertemente persistente de la historia económica argentina se

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