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SALIDA DE EMERGENCIA

Fabrizio Mejía Madrid  

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Fragmento

¿Y QUÉ CARAJOS HAGO YO AQUÍ?








Quien quiera enterarse del estado del mundo atenido sólo a las noticias —parafraseo a Ben Hecht— es como alguien que quiere saber qué hora es viendo un cronómetro. La narrativa sin ficción en los diarios y revistas es indispensable por eso: es el reloj. No el segundero ni el minutero, sino el vistazo casi de reojo a la hora en un determinado momento. No es una fotografía del instante ni un ensayo a siglos del episodio: “No —le oí decir hace tiempo a un historiador que nos reconfortaba por la crisis de 1994—, ahora estamos bien, comparados a cuando nos perseguían los mamuts”. Del otro lado, el reportero es el que piensa que la caída de una modelo en la pasarela presagia el colapso “del mundo como lo conocemos”. Ni resignados ni alarmistas, los cronistas tomamos distancia del hecho aun cuando nos está sucediendo.

La crónica es, como todo género moderno, el encuentro de una mirada con una fecha, un estado de ánimo con el fluir del tiempo. El cronista no es alguien que sepa qué está ocurriendo ni qué es lo que presagia lo que testifica. Es sólo un tipo de escritura que levanta un acta, no se sabe si de nacimiento o defunción, a su propia mirada del tiempo. En el texto están, por supuesto, las fechas, los nombres, las acciones, las psiques, pero sobre todo persiste una mirada de alguien que, en medio de la inundación, se agarra de un árbol y alcanza a garabatear una escena. La crónica es, por ello, el género de los náufragos, el testimonio del que usó su tiempo de superviviente no en pensar su ruta hacia tierra firme, sino en dejar un acta que las aguas, de todos modos, se llevarán con ellas. No tiene botella, como los novelistas, en la cual poner su mensaje para las futuras generaciones. Sólo dispone del papel para que algún otro náufrago lo alcance a leer. Su acto solitario de escribir después de haber estado entre los cientos, miles o millones viviendo un suceso es un desperdicio voluntario de energías para no salvarse del naufragio, sino para narrarlo. Carece del instinto de los demás mortales: ahí cuando una turba corre del peligro, el cronista corre en sentido inverso. Pero, a diferencia del reportero, toma distancia.

Reuniendo estas crónicas, recordé que, muchas veces, casi todas, cuando empezaba su descenso el a

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