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SHO-SHAN Y LA DAMA OSCURA (SHO-SHAN Y LA DAMA OSCURA 1)

Eve Gil

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Fragmento

FRAGMENTOS DEL DIARIO DE
VIOLETA/ MURASAKI

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Hola. Soy Murasaki. Hoy Dama y yo cumplimos nueve años, porque ella dice haber nacido conmigo. En realidad me llamo Violeta Monsalve pero Dama, mi mamá, empezó a llamarme Murasaki, es decir, Violeta en japonés, desde que a los tres años empecé a manifestar interés exagerado por todo lo relacionado con esa cultura, en especial hacia los cartones animados que me dejaban en estado de trance. Desde entonces acordamos que no sería más Violeta sino Murasaki, y ella no sería más Mamá sino Dama, igual que Dama Murasaki, la sor Juana de los japoneses. Puedo dirigirme a ella por su nombre secreto frente a los demás, ya que “Dama” se parece a “Mamá” e incluso a su verdadero nombre que es Dagmar. El único lugar donde soy oficialmente Murasaki es en mi imperio bonsái. Para Papá, como para el resto de la humanidad, soy simplemente Violeta.

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La primera frase que escucho cada mañana, mientras Mamá me hace cosquillas en las plantas de los pies es Ohaio gozai-masu,[2] y la última, Mata asita,[3] pronunciadas por Dama. Ésta última es la señal de que el cuento ha llegado a su fin y debo ingresar al mundo de los sueños, algo un poco parecido a ver televisión.

Murasaki es también el nombre de la pequeña heroína de los cuentos de tradiciones de Dama, una japonesita que dibuja con facciones muy similares a las mías y ataviada con coloridos kimonos, casi siempre violetas. Lo chistoso es que ni mis papás ni mi hermanita tienen un sólo rasgo asiático. Antes bien, Papá pasaría por austriaco o islandés, aunque se apellide Monsalve. Lu se parece a él, rubita toda rizos. Color oro viejo, dice Dama de los rizos como gusanos de seda de Lu.

—Dama, ¿soy adoptada?

Tendría seis años la primera vez que se lo pregunté y todo porque Brenda, que me hace la vida imposible desde primero de kínder, dice que no podía ser que mis papás fueran mis papás pues ninguno era chino ni amarillo ni tenía los ojos rasgados.

La pregunta sobresaltó visiblemente a Dama, como si no hubiera esperado semejante inquietud de mi parte.

—¿Soy adoptada Okaa-san? —insistí, llamándola “madre” en forma deliberada.

—¿De dónde sacas esa tontería, cariño?

—Todos lo dicen en la escuela: que seguramente soy hija de un cocinero de chop-suey —Dama no pudo evitar reír y me indigné—.¡Es en serio!

—Eres sangre de mi sangre —respondió Dama con un fervor que no puede ser sino producto de la verdad—. ¿Me entiendes, Murasaki? Naciste de mis entrañas. ¿Realmente crees que si fueras adoptada te lo hubiera ocultado? Eres mi hija. Si alguien quisiera hacerte daño lo despedazaría con mis propias manos.

Quedé convencida a pesar del escepticismo que veía en todos los rostros al ser presentada como hija de la famosa escritora Dagmar Obscura y del distinguido doctor Luís Monsalve, con especialidad en Traumatología por la Universidad de Nanjing. Dama me contó entonces una historia que escucharía muchas veces: yo nací un 17 de febrero, casualmente la semana que celebran el Año Nuevo los chinos y que hasta 1873 coincidía con el de los japoneses (tan parecidos y tan empecinados en subrayar sus diferencias). “El 14 de febrero es un día de suma importancia para los japoneses —narró Dama conmigo en sus rodillas—. Se lleva a cabo nada más y nada menos que el Festival de los Pájaros, una tradición de los pueblos de la montaña. Diez días antes de celebrarse el festival, todos los niños de la comarca tallan pequeños bloques de nieve —febrero es el mes en que la nieve empieza a despedirse de Japón— y construyen un palacio enorme, de unos seis metros. El 14 esos mismos niños recogen todos los ornamentos que sobraron del festejo de Año Nuevo y hacen con ellos una gran hoguera frente al Palacio de Hielo dentro del cual cantan la Canción de los Pájaros y juegan hasta el amanecer.”

—¿Has ido a Japón, Dama? —pregunté entusiasta.

—No lo recuerdo, querida —respondió mirándome con fijeza a los ojos.

Con trabajo recordaba haber estado en China, la pobre. Y como siempre, se le formó un nudo en la garganta y se le humedecieron los ojos. Igual que en diciembre, cuando permanece horas y horas frente a la ventana toda expectante, aguardando la nieve que nunca caerá. Se supone que Dama ha sacado toda esa información de los libros porque no recuerda haber estado en Japón —¿puede alguien olvidar haber estado en Japón?—, pero algo estalla en su corazón cada vez que lo evoca.

Por si fuera poco, lee en japonés y se sabe de memoria versos de Shuntaro Tanikawa de los cuales me he aprendido éste: yo sólo soy un niño ingenuo que persigue mariposas de palabras bellas. Poco a poco he ido aprendiendo que una cosa es el japonés hablado y otra el japonés escrito; que existen muchas clases de japonés, incluyendo uno estándar que todos los japoneses entienden; que manejan tres alfabetos distintos: haragana, katakana, furigana. Éste último compuesto por ideogramas chinos (Dama inventó una cancioncilla para que me los aprendiera) y en el que un mismo sonido puede tener muchos significados.

Además, se lee de izquierda a derecha si la transcripción es horizontal y de derecha a izquierda si es vertical. En ambos casos de arriba abajo. Dama es contemplada con estupor cuando lee en público algún libro en japonés y pareciera estar barriendo letras con el dedo. Ella y Papá suelen jugar a que conversan cada uno en distinto idioma, ella en japonés y él en chino, y luego nos traducen. Al interactuar, ambos idiomas se escuchan harto distintos. La lengua china, dotada de cinco tonalidades, dice Papá, hace que la charla más banal suene como una ópera no sólo a nuestros oídos sino a los de los propios japoneses que deben fruncir el ceño, igual que Dama, cuando intentan comunicarse con un chino.

Un día le pregunté a Dama qué otras diferencias había entre los chinos y los japoneses, porque en la escuela hasta miss Alejita los confunde (afirma la muy tonta que los japoneses descubrieron la pólvora y que los chinos tienen casitas de té atendidas por geishas). Me lo ejemplificó con dos fragmentos de distintas novelas, curiosamente, de autoras chinas ambas, aunque la primera lo explica desde la postura de un intelectual chino moderno y la segunda desde la de un soldado japonés que acaba de violar a una falsa geisha (es decir, china) durante la invasión japonesa a China en la década de los treinta:

Los chinos somos de temperamento débil, pero nos encanta rebelarnos; los japoneses son de temperamento enérgico, pero se someten sacrificadamente al poder. Los chinos somos yang por fuera y yin por dentro, en tanto que los japoneses son yang por dentro y yin por fuera; esa es la verdadera causa de la pobreza de China y la riqueza de Japón…[4]

Los japoneses habían elegido ser gloriosos en la acción y los chinos en la muerte. La patética grandeza de su suicidio colectivo se ve mancillada por una triste ironía. Matarse demasiado pronto es una vergonzosa captura. La civilización china, varias veces milenaria, ha nutrido un infinito número de filósofos, de pensadores, de poetas. Pero ninguno de ellos ha comprendido la irreemplazable energía de la muerte.

Sólo nuestra civilización, más modesta, ha salido al encuentro de lo esencial: actuar es morir; morir es actuar.[5]

Por supuesto, no me queda del todo claro…

Lo que sí me queda claro es que algo no marcha bien con Lu. Tiene dos años y no pronuncia otro sonido que no sean lloridos monótonos que casi no parecen humanos.

Se especuló sordera, pero no. Convulsionó por primera vez a los seis meses. Se especuló epilepsia, pero no; había sido una repentina subida de fiebre. Volvería a ocurrirle dos, tres veces más pese a los extremos cuidados de Dama. Se especuló autismo. Es demasiado sensible a los ruidos; llora de pronto y sin causa aparente; tiene manía por el orden, cosa harto extraña para un bebé; insiste en separar los lápices por colores y en casar sus calcetines con sus pares correspondientes, actitud que Dama encontraba adorable antes de que el primer pediatra le hiciera ver que no era normal. No para de agitarse ni de tomar compulsivamente cuanto queda a su alcance para chuparlo y luego romperlo (no necesariamente en ese orden), sin importar si es un dulce o un tornillo. Lo único que la distrae son las mariposas. Es una especie de milagro. Un día empezaron a pavonearse frente a la ventana de Lu y llegamos a creer que habría untado algún cebo en el antepecho de la ventana. Bueno, Lu no porque no alcanza: Kazuyo, su niñera. Pero Kazuyo, que es una alta y fornida muchacha de raza yaqui que nos mandó Abuela para cuidar de Lu, y a quien Dama le “japonizó” su nombre real que es Plácida, aseguró no haber hecho nada para atraerlas.

Por cierto: a partir de entonces el nombre secreto de Lu es Cho, que significa “mariposa” en japonés.

Cierta vez Lu rompió una hermosa fuentecita que Papá había construido especialmente para Dama. Aquel meticuloso entramado de tubitos quedó reducido a trocitos de formica en medio de un charco de humus. Papá enfureció en serio. Levantó una pavorosa mano hacia Lu, quien por instinto se tapó la cara. Dama, a quien nunca había visto siquiera un poquitito enojada, se le enfrentó frenética, cubriendo a Lu con su cuerpo. La bofetada cayó sobre Dama que apenas se movió, como si no la hubiera tocado, aunque la marca del manazo latía en su mejilla. Quedé petrificada. Papá también. Creí que era el fin, que Dama no perdonaría semejante afrenta. Empezó a temblar como un venadito, no de miedo sino de ira. Me pareció que se transformaría en algo líquido y viscoso, que sus ojos de por sí grandotes se saldrían de las órbitas empujados por un torrente de lágrimas. Papá cayó de rodillas frente a ella. Yo rompí a llorar y Lu también. Dama se relajó poquito a poco, recobrando, junto con su forma humana, su dulzura cotidiana, aunque en vez de acariciar la cabeza de Papá, quien se humillaba ante ella, nos abrazó a Lu y a mí.

Algo no andaba bien.

Los adornos fueron puestos en vitrinas bajo llave. El departamento empezó a despoblarse de piezas frágiles. La bonita vajilla de porcelana fue sustituida por burdos platos y vasos de plástico para que Lu no corriera peligro. Dama creyó que conforme creciera puliría su torpeza, pero no sólo continuó manoseándolo todo y llevándoselo a la boca, sino que llegó a cumplir tres años sin pronunciar palabra ni sonido alguno. Sólo una especie de aleteo con la lengua.

Síndrome de Asperger. Fue el diagnóstico final tras intensos peregrinares por interminables pasillos de una y otra y otra clínica. Siempre acompañé a Dama y a Lu en su odisea por consultorios y laboratorios. Papá la canalizó con el mejor neuropediatra del país, luego de haberla confiado a una paidopsiquiatra para niños, la doctora Perla Domínguez, que todavía es amiga de Dama y terapeuta mía. Cuando el doctor Israel Mendieta nos soltó su diagnóstico jugaba Lu con cubos de colores en un rincón del consultorio, aunque pronto unas crayolas hicieron que olvidara los cubos y un rompecabezas la hizo despreciar las crayolas, y así hasta que no quedaban más que cosas intocables. Me divertía observarla: parecía una princesita caprichosa y malvada toqueteando los teléfonos, las escupideras, los portalápices y el gafete de la enfermera que se limitó a sonreír cuando la niña terrible se lo arrancó de un jalón.

Dama dejó escapar un grito agudo que Lu imitaría a partir de ese momento. Sería de los pocos sonidos que brotaría de su pecho: la exacta imitación del doloroso desconcierto de su mamá. La enfermera entró a todo galope al oír aquel grito duplicado, pero el doctor Mendieta, con ositos de peluche prendidos al estetoscopio, le dijo que no pasaba nada y procedió a tomar a Dama por los hombros y hacerla tomar asiento para explicarle con calma. Habló de un tal doctor Hans Asperger de origen suizo que descubrió durante la Segunda Guerra Mundial el síndrome que lleva su bonito nombre, aunque no fue sino hasta hace pocos años, unos diez, que una doctora de nombre Lorna Wing lo bautizó como tal porque empezaron a nacer montones de niños con esas características cuyo diagnóstico inicial, como en el caso de la propia Lu, era de autismo. Pero la verdad es que nunca habíamos conocido a alguien como Lu. Dama estaba tan absorta contemplando sus extraños juegos, preguntándose qué de malo había en ella, que no entendió ni jota. Por fortuna yo sí puse atención y pude explicarle cuando salimos del consultorio, a bordo del taxi (Papá y Dama se niegan a tener auto propio, ignoro el motivo), lo del hallazgo del doctor Asperger, la inauguración de la doctora Wing y los niños obsesivos. Desde ese día Dama devora libros sobre el tema, tratando de convencerse de que Lu no es una extraterrestre, de que existen otros niños como ella o peores. Niños que sólo se entienden con las mariposas y por eso las atraen hasta su ventana. Niños destinados a ser genios como Bill Gates, mangakas como Satoshi Tajiri,[6] o sociópatas como Cho Seung-hui.[7] No existe otro camino.

Dama se llama en realidad Dagmar Obscura y es escritora de cuentos para niños. La más famosa del mundo. Ella les dirá que eso no es cierto, que si así fuera no viviríamos en un departamento de la colonia Nochebuena sino en una mansión en la campiña inglesa, como J.K Rowling. Pero Dama es mucho mejor porque escribe sobre japonesitas inteligentes y bondadosas. Su personaje más popular lleva mi nombre: Murasaki. Tiene otra japonesita llamada Cho que se entiende con las mariposas pero no con los humanos y la dibuja muy parecida a Lu pero con cabello negro y liso. Pero no es hermanita de la protagonista sino su mejor amiga y, aunque no habla, escribe poesía con caligrafía tan preciosa como la de Murasaki. Su serie de cuentos sobre Murasaki es muy triste, pues ella queda huérfana muy pequeña y su hermana algo mayor muere poco después de su padre. Sin embargo, su precoz genio para la pintura y la poesía salvarán a Murasaki al llamar la atención de un cortesano de la emperatriz Akiko. Él se casará con Murasaki luego de introducirla a la corte... tras soportar muchas penurias.

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En esa época, afirma Mamá, los caballeros se enamoraban de la caligrafía de la dama, antes que de la dama misma. Una feúcha con bonita letra tenía más posibilidad de casarse bien que una bonita que hiciera patas de araña.

La historia que más me gusta —y que Dama me ha explicado ya— no le había sucedido a la poeta Murasaki Shikibu, sino a uno de sus personajes, también llamado Murasaki. (Dama atribuye la vivencia a la gran poeta.) Cuando el bello príncipe Genji conoce a Murasaki, de apenas nueve años, se enamora de ella de modo fulminante. Existen entre ellos muchos años de diferencia, diez mínimo, y los consejeros de Genji lo hacen entrar en razón respecto a la inconveniencia de tomar por novia a una niña tan pequeña, por lo que el enamorado adopta a la nena y acondiciona para ella una habitación con los más hermosos y finos juguetes del mundo. Él mismo se encarga de construirle la más hermosa casa de muñecas y logra hacer de la pequeña Murasaki la niña más feliz del imperio.

He de señalar que Dama es muy solicitada en simposios internacionales sobre literatura infantil a los que a veces me lleva (aunque inevitablemente me aburro porque la única no pomposa es ella). Es tan hermosa que no parece una mamá. Marcos y Rodrigo, que todavía no lo saben pero son protagonistas del primer cuento moderno que ya prepara Dama sobre, dice ella, una pandilla de niños diferentes, piensan lo mismo mientras arrojamos avioncitos por la ventana del salón (siempre somos los últimos en irnos porque nuestras mamás trabajan: la de Rodrigo es empresaria, la de Marcos, criada de unos millonarios y mi mamá, ya lo dije, escritora y dibujante de cuentos). “Tu mamá no parece una mamá.” “¿Qué parece entonces?”, les pregunto. “¡Una princesa!”, dice Marcos, obsesionado con las princesitas de Disney. “Una androide ultrasofisticada”, agrega Rodrigo, que se la pasa leyendo ciencia ficción.

“No”, les digo, “es una heroína manga con súper poderes: se transforma en una gigante y colorida mariposa cuando se enoja”. Ellos se ríen, y dejo que se rían aunque la verdad es que para mí eso que digo es real. La veo venir desde la ventana, ataviada con su característico abrigo de hombros caídos y corte alto que por detrás semeja un talego de arroz; altísima (las demás mamás parecen enanitas a su lado, unas le llegan a la barbilla, otras ni a la cintura); finita, finita, aunque camina dando zancadotas, siempre apresurada, siempre acarreando una bolsotota de lona donde carga libros (Dama lee mucho, mucho…, también en español, y nuestra casa es una biblioteca con más libros que muebles, y los pocos muebles son cojines, lotus, futones, biombos, puertas de shoji y jarrones de ikebana), libretas varias, una para cada cosa (listas del mandado, instrucciones para lidiar a Lu, ideas literarias, esbozos de personajes). Avanza majestuosa, la larga cabellera ondeando como bandera color carmelita. Tira de la mano de una niñita cuyos rizos saltan monótonamente, imitando su extraño andar, sí, es Lu (tratamos de incorporarla a nuestro imperio bonsái pero no permanece más de dos minutos en un mismo lugar).

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