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SIDI

Arturo Pérez-Reverte  

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Fragmento

I

Desde lo alto de la loma, haciendo visera con una mano en el borde del yelmo, el jinete cansado miró a lo lejos. El sol, vertical a esa hora, parecía hacer ondular el aire en la distancia, espesándolo hasta darle una consistencia casi física. La pequeña mancha parda de San Hernán se distinguía en medio de la llanura calcinada y pajiza, y de ella se alzaba al cielo una columna de humo. No procedía ésta de sus muros fortificados, sino de algo situado muy cerca, seguramente el granero o el establo del monasterio.

Quizá los frailes estén luchando todavía, pensó el jinete.

Tiró de la rienda para que el caballo volviese grupas y descendió por la falda de la ladera. Los frailes de San Hernán, meditaba mientras atendía en dónde ponía el animal las patas, eran gente dura, hecha a pelear. No habrían sobrevivido de otro modo junto al único pozo de buena agua de la zona, en el camino habitual de las algaras moras que cruzaban el río desde el sur en busca de botín, ganado, esclavos y mujeres.

Ganen o pierdan, concluyó el jinete, cuando lleguemos todo habrá terminado.

La hueste aguardaba desmontada para no fatigar a los caballos, al pie de la loma: ocho mulas con la impedimenta y cuarenta y dos hombres a caballo revestidos de hierro y cuero, sujetas las lanzas al estribo derecho y la silla, con el polvo de la cabalgada rebozando a hombres y animales; adherido a los rostros barbudos cubiertos de sudor hasta el punto de que sólo los ojos enrojecidos y las bocas penetraban las impávidas máscaras grises.

—Media legua —dijo el jinete.

Sin necesidad de que diera la orden, silenciosos por costumbre, todos subieron a las sillas, afirmándose en los estribos mientras acomodaban los miembros fatigados. Formaban una fila sin demasiado orden y llevaban los escudos colgados a la espalda. Arrimó espuelas el jinete, tomando la cabeza, y la hueste se puso en marcha siguiéndole la huella con rumor de cascos de caballos, crujidos de cuero en las sillas de montar y sonido de acero al rozar las armas en las cotas de malla.

El sol había descendido un poco cuando llegaron a San Hernán.

Se acercó la columna despacio, con el andar oscilante de sus monturas. Crepitaba aún el último fuego en el granero quemado, entre maderas que humeaban. Veinte pasos más allá, los muros de piedra y adobe del monasterio estaban intactos. Lo primero que habían visto los jinetes al aproximarse, sin que nadie hiciera comentarios pero sin que el detalle escapara a ninguno, era que la cruz seguía en lo alto del pequeño campanario. Cuando los moros se hacían con algo, era lo primero que tiraban abajo.

Aun así, el último tramo lo había hecho la gente desplegada en son de batalla, observando el paisaje con ojos inexpresivos y vacíos, pero atentos; escudo al brazo y lanza cruzada en el arzón, por si un enemigo oculto buscaba madrugar. Hombre prevenido, advertía el viejo dicho, medio combatido.

Que no vieras moros no significaba que ellos no te vieran a ti.

La puerta estaba en el lado norte del muro. Al aproximarse hallaron a los frailes esperándolos, sucios de tierra y tizne sus hábitos de estameña. Eran una docena y algunos aún empuñaban rodelas y espadas. Uno de ellos, joven, bermejo de pelo, sostenía una ballesta y llevaba tres saetas metidas en el cíngulo.

Se adelantó el abad. Barba luenga de hebras grises, ojos fatigados. Su cráneo calvo y tostado le ahorraba la tonsura. Miraba desabrido al jefe de los jinetes.

—A buenas horas —dijo con sequedad.

Encogió el otro los hombros bajo la cota de malla, sin responder. Contemplaba dos cuerpos cubiertos con mantas, puestos a la sombra que empezaba a ensancharse al pie del muro.

—Son de los nuestros —dijo el abad—. El hermano Pedro y el hermano Martín. Los sorprendieron en el huerto y no tuvieron tiempo de refugiarse dentro.

—¿Algún moro?

—Allí.

Caminó unos pasos precediendo al jinete, que lo siguió con la rienda floja, apretando las piernas contra los flancos del caballo para guiarlo. Junto al lado oriental del muro había tres cuerpos tirados entre las jaras secas. El jefe de la hueste los contempló desde la silla: vestían aljubas pardas, y a uno el turbante se le había desliado hasta descubrir un gran tajo parduzco que le hendía la frente. Otro estaba boca abajo, sin herida visible. Al tercero, caído de costado, le asomaba del pecho un virote de ballesta y tenía los ojos entreabiertos y vidriosos. El sol empezaba a hincharlos y ennegrecerlos a todos. La sangre estaba casi coagulada, y sobre los cuerpos hacía zumzumzumzum un enloquecido enjambre de moscas.

—Intentaron dar el asalto por esta parte —dijo el abad—. Creyeron que sería fácil porque aquí el muro es más bajo.

—¿Cuántos eran?

—Una aceifa de treinta, o tal vez fueran más. Atacaron al amanecer, con la primera luz, cuando los dos hermanos salían al huerto... Querían cogerlos vivos y meterse dentro, pero los nuestros gritaban para alertarnos. Así que los mataron y estuvieron toda la mañana dándonos guerra, intentando entrar.

—¿Cuándo se fueron?

—Hace rato —el abad miró a la hueste, que aguardaba a unos pasos conversando con los frailes—. Quizá los vieron llegar, o tal vez no. El caso es que se fueron.

Se pasó el jinete una mano por la barba. Reflexionaba observando las huellas de los fugitivos, que se alejaban hacia poniente: caballos herrados, y eran muchos. El abad lo miró desde abajo, inquisitivo, entornados los ojos por el sol.

—¿Van a perseguirlos?

—Claro.

—Pues les llevan delantera.

—No hay prisa. Estas cosas se hacen despacio. Y mi gente está cansada.

La expresión del fraile se había suavizado un poco.

—Podemos darles agua y algo de vino... No hemos horneado pan, aunque queda algo de hace tres días. También tocino y cecina.

—Bastará con eso.

Regresaron con los otros, caminando el abad junto al estribo del jinete. Éste hizo un gesto con la cabeza al que había quedado al frente de la tropa: un tipo rubiasco, ancho de hombros y cintura, que llevaba una deshilachada gonela gris sobre la cota, y que a su vez dio la orden de desmontar. Los jinetes bajaron de sus cabalgaduras para estirar los miembros doloridos, sacudiéndose el polvo y quitándose los yelmos, casi todos forrados de tela y, aun así, ardientes por el sol.

—¿De dónde vienen? —quiso saber el abad.

El jefe de la hueste también había puesto pie a tierra. Pasó las riendas delante de la cabeza del caballo y le palmeó el cuello con suavidad. Después se quitó el yelmo. Aunque la capucha de la cota de malla le colgaba detrás, entre los hombros, bajo la cofia de paño burdo su cabello rapado estaba húmedo de sudor.

—Nos pagaron para que persiguiéramos a la partida mora. Y en eso estamos.

—¿Sólo son vuestras mercedes?

—Tengo más gente y bagajes en Agorbe. Pero de los moros nos encargamos nosotros.

El abad señaló hacia poniente.

—Hay varios lugares nuevos en esa dirección. Temo por los colonos.

El jefe de la hueste miró hacia donde indicaba el fraile. Luego se quitó la cofia, se enjugó la frente con ella

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