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SIN QUERER QUERIENDO

Roberto Gómez Bolaños  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

Epílogo

Epiloguito

Colofón

Colofoncito

Créditos

Grupo Santillana

I

Fue mi tío Gilberto quien me contó la anécdota: me dijo que le había hablado por teléfono una paciente a quien él había atendido ya en ocasiones anteriores, para decirle que padecía un resfriado muy fuerte, a pesar de lo cual no se quería perder un baile al que estaba invitada para esa misma noche. Pero aclaró que el motivo de su llamada no era solicitar un permiso médico, sino una receta que le ayudara a cortar el fuerte resfriado que tenía. Y resultó inútil que mi tío le explicara que lo único recomendable era meterse a la cama y guardar reposo, ya que, para colmo, se habían pronosticado fuertes aguaceros para esa noche. No obstante, ella había tomado ya la decisión de ir y no hubo razonamiento que la hiciera cambiar de idea. Por lo tanto, mi tío Gilberto terminó por recetarle un medicamento, además de recomendarle que no se expusiera a chiflones, que no saliera a la intemperie cuando estuviera sudando, etcétera.

Ella prometió acatar las recomendaciones, pero algunas horas después volvió a hablar por teléfono para decir que se sentía casi al borde de la tumba. Eso fue suficiente para que el responsable médico que era mi tío se trasladara como de rayo hasta el hogar de la mujer, donde ésta le preguntó si la causa de su enorme malestar podría ser la medicina que le había recetado él, a lo que el doctor le respondió que no, a menos que estuviera embarazada. ¡Y eso era precisamente lo que sucedía!

—¡Es que ese medicamento contiene quinina —exclamó mi tío—, que es un abortivo sumamente poderoso!

—¿Pero yo como podía imaginar eso? —preguntó la mujer esforzándose en soportar el dolor que la aquejaba.

Entonces mi tío tuvo que aceptar su responsabilidad, reconociendo que debía haber sido él quien indagara antes de recetar la medicina en cuestión. Sin embargo añadió que, de cualquier modo, el caso no admitía otro remedio más que “la expulsión del producto”.

Las palabras del médico parecían haber producido el efecto de un golpe en el cerebro de la mujer, quien apenas pudo balbucear:

—Es que… es que ya perdí un hijo el año pasado.

—Lo sé —respondió el doctor—; y eso mismo hace que en esta ocasión aumente el peligro.

—¿Peligro para mí?

—Por supuesto.

La mujer guardó silencio durante algunos segundos, reflexionando acerca de lo que había dicho el médico, y después señaló tajantemente:

—No. No haré eso.

—¿Qué es lo que no harás?

—Permitir que le suceda algo a mi bebé.

La respuesta era categórica, amén de haber sido pronunciada en un tono de firmeza y convicción que no admitía réplica. Aunque, el galeno se empecinó en tratar de convencer a la enferma de que era preciso deshacerse del producto, para lo cual recurrió a todos los argumentos posibles, pero no hubo poder humano capaz de persuadirla, de modo que, consciente de los riesgos a que estaban sujetos ella y su bebé, incluidos los padecimientos y las privaciones concernientes, la mujer decidió afrontarlos a cambio de continuar con la gestación del ser al que no quiso arrancar la oportunidad de vivir.

Y así fue como pude nacer yo el 21 de febrero de 1929.

* * *

Mi tío, el doctor Gilberto Bolaños Cacho, era ampliamente conocido en los diversos campos en que desarrollaba su profesión de médico, entre los que se encontraba la jefatura de servicios en la Comisión de Boxeo, mismo puesto que ocupaba en los servicios médicos brindados a los jockeys en el Hipódromo de las Américas aparte de su práctica como médico general en un consultorio bastante modesto, donde atendía básicamente a los boxeadores de escasos recursos (es decir, a 95 por ciento de los pugilistas) y a sus parientes. Él mismo se encargaba de surtir las medicinas que recetaba, obsequiándolas casi siempre.

También ocupaba un puesto de singular importancia y enorme responsabilidad: la Dirección General del Tribunal de Menores. Y seguramente fue ahí donde se hizo más evidente su apostólica labor, ya que se supo ganar la admiración y el respeto absoluto de quienes conformaban la triste población del Reclusorio para Menores. Tanto que, cuando falleció, todos los internos pidieron permiso para marchar en el cortejo fúnebre que iría desde el tribunal hasta el panteón Francés, situado a varias cuadras de distancia, bajo la promesa de que ninguno aprovecharía la ocasión para escaparse, lo que cumplieron cabalmente.

En el desempeño de esta última actividad, por cierto, tuvo que intervenir en el caso de un niño de cinco o seis años que fusiló (literalmente) a una muchacha del servicio doméstico de su casa, acto que ejecutó con un rifle dejado a su alcance por el descuido de su padre. Por razón de la corta edad del pequeño, el doctor Bolaños Cacho determinó que no debería ser recluido y remitió a tribunales de adultos la aplicación de una sanción a los padres del niño (por cierto, el pequeño se llamaba Carlos Salinas de Gortari).

Hago esta brevísima semblanza porque en el transcurso de mi narración habré de mencionar más de una vez a mi querido tío.

* * *

Pero poco antes de mi nacimiento, el embarazo de mi madre había tenido una complicación más: la angustia que compartió con el país entero cuando se esparció la noticia de que habían asesinado al presidente electo, Álvaro Obregón. Como autor material se identificó inmediatamente a León Toral, un fanático que le disparó a quemarropa en el transcurso de un banquete organizado en honor del afamado general. Hubo quien aseguraba que el cadáver mostraba evidencias de haber recibido los impactos, no de una, sino de varias armas de diferentes calibres. Y aunque esto jamás fue confirmado oficialmente, también se comentaba que, al preguntarle quién podría haber sido el autor intelectual, la gente respondía “Cállese, no hable”, en inequívoca alusión a Plutarco Elías Calles, en aquel entonces aún presidente.

Todo esto sucedió, repito, mientras yo estaba en el vientre de mi madre, quien todavía sufrió más de un contratiempo (entre los cuales no faltó alguna infidelidad de mi padre) hasta que, como ya dije, vi la primera luz en este México, Distrito Federal.

En el año de mi nacimiento (1929) sucedieron cosas importantes. Por ejemplo: fue el año en que el eminente astrónomo Edwin Hubble descubrió que el universo se encuentra en continua expansión; y fue también el año en que nació el cine hablado; pero igualmente fue el año en que ocurrió el tristemente célebre crack de la bolsa de Wall Street, acompañado por una crisis económica sin precedentes y aderezado con el suicidio de más de un magnate financiero. En el ámbito de este México, que es mi país, se inst

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