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SIN QUERER QUERIENDO. MEMORIAS

Roberto Gómez Bolaños  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

Epílogo

Epiloguito

Colofón

Colofoncito

Créditos

Grupo Santillana

I

Fue mi tío Gilberto quien me contó la anécdota: me dijo que le había hablado por teléfono una paciente a quien él había atendido ya en ocasiones anteriores, para decirle que padecía un resfriado muy fuerte, a pesar de lo cual no se quería perder un baile al que estaba invitada para esa misma noche. Pero aclaró que el motivo de su llamada no era solicitar un permiso médico, sino una receta que le ayudara a cortar el fuerte resfriado que tenía. Y resultó inútil que mi tío le explicara que lo único recomendable era meterse a la cama y guardar reposo, ya que, para colmo, se habían pronosticado fuertes aguaceros para esa noche. No obstante, ella había tomado ya la decisión de ir y no hubo razonamiento que la hiciera cambiar de idea. Por lo tanto, mi tío Gilberto terminó por recetarle un medicamento, además de recomendarle que no se expusiera a chiflones, que no saliera a la intemperie cuando estuviera sudando, etcétera.

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Ella prometió acatar las recomendaciones, pero algunas horas después volvió a hablar por teléfono para decir que se sentía casi al borde de la tumba. Eso fue suficiente para que el responsable médico que era mi tío se trasladara como de rayo hasta el hogar de la mujer, donde ésta le preguntó si la causa de su enorme malestar podría ser la medicina que le había recetado él, a lo que el doctor le respondió que no, a menos que estuviera embarazada. ¡Y eso era precisamente lo que sucedía!

—¡Es que ese medicamento contiene quinina —exclamó mi tío—, que es un abortivo sumamente poderoso!

—¿Pero yo como podía imaginar eso? —preguntó la mujer esforzándose en soportar el dolor que la aquejaba.

Entonces mi tío tuvo que aceptar su responsabilidad, reconociendo que debía haber sido él quien indagara antes de recetar la medicina en cuestión. Sin embargo añadió que, de cualquier modo, el caso no admitía otro remedio más que “la expulsión del producto”.

Las palabras del médico parecían haber producido el efecto de un golpe en el cerebro de la mujer, quien apenas pudo balbucear:

—Es que… es que ya perdí un hijo el año pasado.

—Lo sé —respondió el doctor—; y eso mismo hace que en esta ocasión aumente el peligro.

—¿Peligro para mí?

—Por supuesto.

La mujer guardó silencio durante algunos segundos, reflexionando acerca de lo que había dicho el médico, y después señaló tajantemente:

—No. No haré eso.

—¿Qué es lo que no harás?

—Permitir que le suceda algo a mi bebé.

La respuesta era categórica, amén de haber sido pronunciada en un tono de firmeza y convicción que no admitía réplica. Aunque, el galeno se empecinó en tratar de convencer a la enferma de que era preciso deshacerse del producto, para lo cual recurrió a todos los argumentos posibles, pero no hubo poder humano capaz de persuadirla, de modo que, consciente de los riesgos a que estaban sujetos ella y su bebé, incluidos los padecimientos y las privaciones concernientes, la mujer decidió afrontarlos a cambio de continuar con la gestación del ser al que no quiso arrancar la oportunidad de vivir.

Y así fue como pude nacer yo el 21 de febrero de 1929.

* * *

Mi tío, el doctor Gilberto Bolaños Cacho, era ampliamente conocido en los diversos campos en que desarrollaba su profesión de médico, entre los que se encontraba la jefatura de servicios en la Comisión de Boxeo, mismo puesto que ocupaba en los servicios médicos brindados a los jockeys en el Hipódromo de las Américas aparte de su práctica como médico general en un consultorio bastante modesto, donde atendía básicamente a los boxeadores de escasos recursos (es decir, a 95 por ciento de los pugilistas) y a sus parientes. Él mismo se encargaba de surtir las medicinas que recetaba, obsequiándolas casi siempre.

También ocupaba un puesto de singular importancia y enorme responsabilidad: la Dirección General del Tribunal de Menores. Y seguramente fue ahí donde se hizo más evidente su apostólica labor, ya que se supo ganar la admiración y el respeto absoluto de quienes conformaban la triste población del Reclusorio para Menores. Tanto que, cuando falleció, todos los internos pidieron permiso para marchar en el cortejo fúnebre que iría desde el tribunal hasta el panteón Francés, situado a varias cuadras de distancia, bajo la promesa de que ninguno aprovecharía la ocasión para escaparse, lo que cumplieron cabalmente.

En el desempeño de esta última actividad, por cierto, tuvo que intervenir en el caso de un niño de cinco o seis años que fusiló (literalmente) a una muchacha del servicio doméstico de su casa, acto que ejecutó con un rifle dejado a su alcance por el descuido de su padre. Por razón de la corta edad del pequeño, el doctor Bolaños Cacho determinó que no debería ser recluido y remitió a tribunales de adultos la aplicación de una sanción a los padres del niño (por cierto, el pequeño se llamaba Carlos Salinas de Gortari).

Hago esta brevísima semblanza porque en el transcurso de mi narración habré de mencionar más de una vez a mi querido tío.

* * *

Pero poco antes de mi nacimiento, el embarazo de mi madre había tenido una complicación más: la angustia que compartió con el país entero cuando se esparció la noticia de que habían asesinado al presidente electo, Álvaro Obregón. Como autor material se identificó inmediatamente a León Toral, un fanático que le disparó a quemarropa en el transcurso de un banquete organizado en honor del afamado general. Hubo quien aseguraba que el cadáver mostraba evidencias de haber recibido los impactos, no de una, sino de varias armas de diferentes calibres. Y aunque esto jamás fue confirmado oficialmente, también se comentaba que, al preguntarle quién podría haber sido el autor intelectual, la gente respondía “Cállese, no hable”, en inequívoca alusión a Plutarco Elías Calles, en aquel entonces aún presidente.

Todo esto sucedió, repito, mientras yo estaba en el vientre de mi madre, quien todavía sufrió más de un contratiempo (entre los cuales no faltó alguna infidelidad de mi padre) hasta que, como ya dije, vi la primera luz en este México, Distrito Federal.

En el año de mi nacimiento (1929) sucedieron cosas importantes. Por ejemplo: fue el año en que el eminente astrónomo Edwin Hubble descubrió que el universo se encuentra en continua expansión; y fue también el año en que nació el cine hablado; pero igualmente fue el año en que ocurrió el tristemente célebre crack de la bolsa de Wall Street, acompañado por una crisis económica sin precedentes y aderezado con el suicidio de más de un magnate financiero. En el ámbito de este México, que es mi país, se instituyó la autonomía de la Universidad Nacional, la cual emplea desde entonces el lema: “Por mi raza hablará el espíritu”, creación de José Vasconcelos. (Aunque a últimas fechas parece haber cambiado por el más folclórico de “Por mi raza hablará el Che Guevara”.) Y ese mismo año fue fundado el discutidísimo PRI, partido político que inicialmente se llamó PRN y luego PRM, mismo que rigió el destino de México (algunas veces para bien y muchas veces para mal) durante largos 71 años. Este nacimiento aconteció a principios de marzo del mencionado 1929, lo que significa que yo soy un par de semanas mayor que el susodicho partido, a pesar de lo cual éste jamás me ha guardado el debido respeto.

Todo parece indicar que el principal responsable del desaguisado (me refiero a la fundación del partido) fue precisamente aquel Plutarco Elías Calles, quien pensó que ya se hacía necesario poner fin a esa lucha despiadada de todos contra todos que se había desatado a partir del asesinato de Francisco I. Madero. Para conseguirlo, Calles determinó que lo ideal sería reunir a todos los caciques de la revolución en un solo conglomerado (lo llamó partido) pues ésta sería la mejor manera de evitar el acceso de advenedizos que pretendieran fraccionar el pastel en un mayor número de tajadas.

* * *

Elsa Bolaños Cacho de Gómez Linares era el nombre de mi madre. Había nacido el 4 de abril de 1902 en la entonces muy importante ciudad de Oaxaca, capital del estado de mismo nombre, en el seno de una familia que podía considerarse de clase media alta. Su padre, Ramón Bolaños Cacho, era un médico militar que había alcanzado buen prestigio como apóstol de la medicina. Fue quizá este apostolado lo que provocó su temprana muerte en el año de 1906, como consecuencia de una neumonía fulminante, producto de una visita médica a una familia de escasos recursos económicos, efectuada a altas horas de una noche en que campeaba una helada y cruda tormenta. Él (mi abuelo materno) se había casado con la bella zacatecana María Aguilar, con quien procreo siete hijos: Eva, Ramón, Fernando, Roberto, Ernesto, Emilia y Elsa, mi mamá. Con excepción de Roberto, quien murió atropellado por un tranvía “de mulitas” en los azarosos inicios de la revolución, los demás fallecieron a edades que podría calificar como “razonables”.

Fueron precisamente los peligros de la revuelta armada los que motivaron el éxodo familiar, encabezado por mi abuela, con destino a Nueva York, ciudad que ya entonces emergía como una de las principales metrópolis del mundo. Ahí se instalaron en el tumultuoso y agitado barrio de Brooklyn, a orillas del East River, lugar que habría de ser la residencia de mi madre desde que tenía 10 años hasta cerca de los 20. Dicho lugar llegó a convertirse en algo así como el “refugio neoyorkino” de amistades y parientes que emigraban a la populosa urbe, y que encontraban ahí el asilo que les permitía sobrevivir mientras buscaban la manera de ganarse el sustento personal. El factor anecdótico cobra mayor trascendencia al destacar que uno de los parientes que recibieron tal beneficio se llamaba Gustavo Díaz Ordaz, quien llegaría a ser el controvertido presidente de México durante el periodo de 1964 a 1970. Éste era primo de mi madre, y ambos tenían el mismo parentesco con el eminente y queridísimo doctor Gilberto Bolaños Cacho, que fue precisamente quien intervino en mi aventura prenatal.

* * *

En la iglesia, el sacerdote hizo la advertencia rutinaria:

—Si entre los presentes hay alguien que tenga algún impedimento para la celebración de este matrimonio, que hable hoy o que calle para siempre.

Lo que no resultó tan rutinario fue la exclamación de una señora que se puso de pie diciendo:

—¡Yo! ¡Yo tengo un impedimento!

Y ante la consternación (o curiosidad) de la concurrencia, la mujer avanzó llevando de la mano a un niño de siete u ocho años, hasta acercarse a los contrayentes para dar la explicación correspondiente:

—El impedimento es este niño —dijo—, que es hijo mío y del novio.

Obviamente, los murmullos invadieron el sacro recinto, al tiempo que la novia (quien luego llegaría a ser mi madre) miraba inquisitivamente al novio (quien llegaría a ser mi padre). Éste hizo un gesto de resignación que implicaba un tácito reconocimiento a lo afirmado por la mujer; y entonces, a sugerencia del sacerdote que oficiaba la ceremonia, los principales actores pasaron a la sacristía. ¿Qué fue exactamente lo que se dijo o discutió ahí? Lo ignoro, pues mi madre, que fue quien me contó el hecho muchos años después, no ahondó en detalles. Lo único concreto era que, tanto eclesiástica como civilmente, esto no constituía un impedimento legal para la celebración del matrimonio, de modo que tras alguna disculpa pronunciada frente a los concurrentes, la ceremonia continuó hasta llegar a feliz (¿feliz?) término.

* * *

Mi padre, Francisco Gómez Linares, nació en Guanajuato en 1892 o 1893. Aunque su familia había pertenecido a un estrato de buen rango socioeconómico, a la fecha de mi nacimiento conservaba apenas algunas reminiscencias de la antigua abundancia; eso sí: un caudal de recato, pudor, decoro y demás virtudes que caracterizaban a la llamada gente “decente”. Habían sido cinco hermanos: Joaquín, coronel de las tropas federales que se suicidó al ser derrotado por la terrible División del Norte, comandada por Pancho Villa; Ricardo, quien murió a temprana edad, a diferencia de Lola y Esperanza quienes fallecieron mucho después —sobre todo mi tía Esperanza, quien sobrepasó los 90 años, por lo que constituyó el último contacto que tuve con mi familia paterna—. Y el menor de los hermanos fue mi papá, Francisco, excelente pintor y dibujante, actor de teatro a escondidas de la mojigata familia que consideraba, como muchos en aquellos tiempos, que pertenecer al ambiente teatral era algo así como adquirir un pasaporte para ir al infierno. De cualquier manera, lo suyo era el arte en muchas de sus manifestaciones, pues aparte de pintar y dibujar, también cantaba, tocaba la mandolina, declamaba y, por si fuera poco, era un hombre culto, guapo, simpático, magnífico contador de chistes y habitual centro de atracción en fiestas y reuniones. Y sin lugar a dudas fue todo esto lo que, irónicamente, lo condujo a ser víctima constante de dos excesos: el alcohol y las mujeres. Entre ambos lo mataron a la temprana edad de 42 o 43 años.

Como pintor había destacado ampliamente. Su prestigio de estupendo retratista, por ejemplo, lo llevó a realizar, entre otros muchos, el retrato de doña Carmen, la esposa de Emilio Portes Gil, cuando éste era presidente de la república, lo mismo que el retrato del presidente Harding, de Estados Unidos (retrato que aún figura en la Galería de Presidentes que se encuentra en el hotel Gunter de San Antonio, Texas). Mi padre llegó también a ser director artístico de El Universal, que era entonces el periódico de mayor prestigio en el país, y pintó o dibujó las portadas de El Continental y El Universal Gráfico, dos de las revistas más importantes de su época, al mismo tiempo que, también en El Universal, ilustraba los cuentos que enviaba semanalmente el conocido escritor don Martín Luis Guzmán.

Sin embargo, al parejo de su capacidad para el arte estaba su capacidad para la bohemia, esa tendencia que suscita la veneración y hasta el elogio de no pocos intelectuales, pero que casi siempre consume la salud y el dinero de quien la practica. En el caso de mi padre, esto derivó en una viuda sin dinero y tres huérfanos sin lo mismo. O quizá fueron dos (o más) las viudas y cuatro (o más) los huérfanos, pues durante el velorio se presentó aquella señora que había interrumpido la boda de mi mamá, acompañada por su hijo (mi medio hermano) convertido ya en un muchacho de 16 o 17 años. La buena señora llegó a solicitar la parte de la herencia que debería corresponderles, pero optó por retirarse cuando vio las condiciones en que habíamos quedado. Debo señalar que, por circunstancias que ignoro, jamás llegué a ver en persona a aquel medio hermano, de cuya existencia me enteré mucho tiempo después, cuando mi mamá me contó las dos anécdotas: la de la boda y la del velorio. Pasado el tiempo me enteré de su fallecimiento por esquelas y notas publicadas en los periódicos, en las que se destacaba que había sido un hombre íntegro y honesto, apreciado y respetado por todos aquellos que lo habían conocido. Llevaba el apellido completo de mi padre: Gómez Linares.

* * *

Víctima de un derrame cerebral, mi papá murió el 7 de septiembre de 1935, cuando mi mamá tenía 33 años; mi hermano mayor (Paco) se acercaba a los nueve, yo tenía seis y medio y mi hermano menor (Horacio) apenas rebasaba los cinco. Vivíamos en la calle del Carmen (ahora González de Cossío) de la que entonces era la lejana y escasamente poblada colonia del Valle, en una casa que había construido mi mamá valiéndose, literalmente, de lo que ahorraba en las compras del mercado y similares. Pero esto sucedió mientras el éxito artístico de mi padre auguraba un próspero futuro, lo que estuvo muy lejos de acontecer. Al contrario: entre el derroche que prodigaba su bohemia y los gastos que generaba su dolorosa agonía, mi padre no dejó más herencia que una casa hipotecada y deudas, muchas deudas. Por lo tanto, mi mamá tuvo que vender la casa, con la mala suerte de que aún estaban vigentes los estragos de la gran crisis económica, razón por la cual recibió una mínima cantidad por la venta.

En consecuencia, nos fuimos a vivir en el piso superior de una casa de las llamadas “dúplex”, que distaba muchísimo de tener las comodidades de la anterior. Pero estaba precisamente a un lado de ella, de modo que con mucha frecuencia pasábamos por enfrente de la habitación que había hecho las veces de estudio de mi padre, y por cuya ventana seguía escapándose aquel olor de guache u óleo, que para mí sigue siendo inconfundible generador de esa otra nostalgia: la de un padre con el que conviví muy poco tiempo y que, a pesar de ello, dejó en mí una profunda huella. Era, además, la ventana por donde yo acostumbraba asomarme para esperar la llegada de mi papá. Y esto, por cierto, fue algo que seguí haciendo durante algunos días después de su muerte, pues consideraba que debió haber algún error en aquella frase que pronunció mi mamá para informarme: “Tu papá ya se fue al cielo”.

Pero no tardé en darme cuenta de que ésa era la verdad, porque mi papá ya nunca regresó.

* * *

No habían terminado aún las aflicciones de mi mamá, pues tan sólo unos días después recibió la noticia de que mi abuela había sufrido un ataque que la dejó casi totalmente paralítica durante el resto de su vida. En razón de su precario estado de salud, la familia decidió ocultarle el deceso de mi papá, pero mi torpeza se puso de manifiesto cuando repetí frente a ella el mismo eufemismo que había usado mi mamá para darme la noticia: “Mi papá ya se fue al cielo”. Entonces supe que la parálisis suele ser insuficiente para impedir que ruede una lágrima por la mejilla de quien la padece.

II

El olor de la tinta recién impresa en papel barato me conduce inexorablemente a un pasado tan remoto en el tiempo como imborrable en mi memoria, ya que ése era el aroma que exhalaban los volantes donde se anunciaba el regreso del pequeño, pero fascinante Circo Alegría, que sería instalado una vez más en un terreno cercano al parque central de la colonia del Valle. ¡Y quienes iban repartiendo los volantes eran nada menos que los mismísimos artistas, quienes desfilaban portando el vestuario que solían usar en la pista de la carpa! ¡Caravana multicolor conformada por trapecistas, alambristas, domadores, magos, acróbatas, etcétera; acompañados por un par de caballos, una cebra, media docena de perritos (que a ratos caminaban en dos patas) y hasta un gigantesco y parsimonioso elefante! Pero entre todos ellos, ataviados con la extravagancia, la magia y la fantasía que los convierte en paradigma del arte circense, ¡los adorables payasos! Sonrisas y lágrimas pintadas sobre los blanqueados rostros; narices de pelota; peluquines de matices absurdos; en suma la risa disfrazada de persona.

El principal de todos tenía el mismo nombre que el circo, pues se le anunciaba como el Payaso Alegría. No sé si esto se debía a que fuera el propietario del circo o algo así; pero en caso de que la respuesta fuera afirmativa, estoy seguro de que el hombre se lo merecía sobradamente, pues además era un trapecista y alambrista insuperable, tocaba varios instrumentos musicales, bailaba, cantaba y quién sabe cuántas cosas más. Pero, por encima de todo, el Payaso Alegría era el protagonista de la deliciosa pantomima que cerraba el espectáculo, misma que yo corría a representar frente a mi mamá o quien estuviera en la casa; sin imaginar siquiera que mi vida entera giraría alrededor de algo muy parecido a eso.

* * *

Mi hermano Paco fue inscrito en el Colegio Americano para cursar el segundo año de primaria, mientras que Horacio y yo fuimos inscritos en kinder y preprimaria, respectivamente, en una escuela que cobró alguna fama mucho tiempo después, cuando se publicó que por sus aulas habían pasado José López Portillo, su hermana Margarita y Luis Echeverría Álvarez, entre otros. La escuela se llamaba Brígida Alfaro, y estaba situada en la calle Mier y Pesado, casi enfrente de donde luego viví durante varios años. De dicha escuela mis recuerdos son obviamente vagos; entre ellos un par de pleitos a trompadas, situaciones que me acompañarían durante toda mi infancia y casi toda mi juventud.

Alguna enfermedad (no sé cuál) me hizo pasar un año sin ir a la escuela; al recuperarme fui a vivir a Guadalajara con mi tía Emilia (hermana de mi mamá) y su esposo, Óscar Brun. Ahí ingresé al primer año de primaria en el Colegio Cervantes de los hermanos maristas, y el primer día de clases tuve mi primer encuentro a trompadas. ¿Por qué esa costumbre de liarme a golpes a cada rato? De ser cierto lo que llegué a suponer con el paso del tiempo, la respuesta constituye una auténtica paradoja: se debía a que yo era bajo de estatura y de constitución débil. Sí, porque la desventaja física me generaba un complejo de inferioridad que sólo podía ser superado (o al menos compensado) de esa manera: demostrando, a fuerza de golpes, que los más altos y los más pesados no eran superiores a mí. De cualquier modo, la práctica me proporcionó una cierta habilidad para eso de intercambiar golpes con otro cristiano. (Y por cierto, el día en que el otro no era cristiano sino judío, el intercambio fue muy disparejo pues yo me limité a recibir, sin acertar a dar. Aunque en cierta forma se podría decir que me porté como un auténtico cristiano: poniendo la otra mejilla después de que me habían golpeado en la primera.)

* * *

Muchos años después, durante una gira de trabajo, mi grupo de actores se hospedó en un pequeño hotel de Guadalajara llamado Lafayette. Apenas nos habíamos instalado en los cuartos respectivos y, como hace uno comúnmente, me asomé por la ventana para contemplar el exterior. Pero apenas había echado el primer vistazo, cuando sentí una extraña inquietud.

—¿Te pasa algo? —preguntó mi mujer, quien se había dado cuenta de mi reacción.

—Es curioso —le respondí—; tengo la sensación de haber estado aquí anteriormente. ¿Tú sabes como se llama esta calle en la que estamos ahora?

—Sí —me dijo encogiéndose de hombros—: es la Avenida de la Paz.

¡Claro está: la Avenida de la Paz! La calle donde estaba la casa de mis tíos cuando viví con ellos en Guadalajara. Bueno, en aquel entonces se trataba de una calle empedrada, no de una finamente pavimentada como ahora. ¡Pero esa construcción: la de la esquina… podría jurar que era la casa donde vivía Miguel, mi vecino y condiscípulo del Colegio Cervantes! Sin embargo, había algo que no concordaba: contigua a esa casa había estado la de mis tíos, donde yo viví, y ese espacio estaba ocupado ahora por el atrio de una iglesia. Sí: es verdad que entonces también había una pequeña iglesia, pero no ahí, sino en el siguiente predio. A menos que… a menos que hubieran agrandado la iglesia hasta ocupar el terreno contiguo: el que entonces había ocupado la casa de mis tíos. Pero había algo más: algo que no podía definir, pero que debía estar relacionado con la repentina inquietud que me invadió cuando me asomé a contemplar el lugar. ¿Otras casas? ¿Las aceras? ¿Los árboles? No sé, pero ese lugar estaba alojado en algún rincón de mi memoria.

—Si mis especulaciones fueran ciertas, dos cuadras más allá debería estar el Colegio Cervantes. Si lo quiero comprobar, todo será cosa de que salgamos a echar una pequeña caminata —me dije.

Y así lo hicimos. Nos enfilamos por la calle que formaba la esquina donde estaba la casa de mi amigo Miguel, y dos cuadras más allá topamos con la amplia avenida donde aún estaba, erguido y señorial, el magnífico edificio que había sido mi colegio. Lo contemplé largo rato intentando evocar algo de aquel remoto pasado, lo que sólo pude conseguir de manera vaga, pero con la fuerza suficiente para incrementar la estimulante inquietud que seguía sacudiendo mi espíritu.

Regresamos por la otra calle, donde todo me parecía familiar; aunque es probable que dicha impresión estuviera siendo ya fabricada por una nostalgia subconsciente. Tanto, que por ahí me pareció ver el árbol donde en cierta ocasión había estado el inocente zanate que derribé con mi rifle de municiones. El “juguete” había sido un regalo de mi tío Óscar, gran aficionado a la cacería, y a quien me habría gustado presumir el zanate muerto, como trofeo que avalaba mi calidad de cazador. Pero en ese momento mi tío estaba en su oficina, de modo que decidí mostrar el trofeo a mi tía Emilia, quien había ido a charlar con una amiga que vivía en la casa de enfrente, ¡justo en el lugar que ahora ocupaba el hotel! Y eso sí lo recuerdo muy bien: entré corriendo a dicha casa y, mostrando con orgullo el zanate, muerto, exclamé ufano:

—¡Mira, tía: lo cacé yo solito!

Pero eso también lo recuerdo bien: la expresión de reproche y tristeza que impregnó su rostro, así como las palabras que dieron mayor énfasis a la admonición que implicaba su gesto:

—¿Por qué hiciste eso? —me preguntó—. ¿Acaso te había hecho algún daño ese pobre pajarito?

* * *

En Guadalajara permanecí un año, durante el cual mis tíos me trataron con mucho cariño. Sin embargo, este buen trato no era suficiente para amortiguar lo muchísimo que extrañaba a mi mamá y a mis hermanos. Por tal razón, mi regreso a la Ciudad de México se tradujo en uno de mis más entrañables recuerdos. Aquí entré a segundo de primaria en el Colegio México, que venía siendo lo mismo que el Cervantes de Guadalajara, incluidos los hermanos maristas en el cuerpo docente. Y el primer día de clases, como debía ser, tuve mi primer agarrón a golpes con otro niño.

En aquellos años, a todas las escuelas (incluyendo las particulares) las obligaban a impartir una educación de corte socialista, ignorando descaradamente la neutralidad a la que aludía la constitución. Pero se trataba de una obligación que nadie respetaba: por una parte, las instituciones oficiales confundían el concepto del laicismo, que significa ausencia de contenidos religiosos, con el concepto de antirreligioso (generalmente anticatólico). Por el lado contrario, en muchas escuelas particulares se impartían clases de religión, solapadas por inspectores que a cambio de una dádiva se hacían de la vista gorda. En algunos casos, inclusive, ni siquiera hacía falta la dádiva; era suficiente el cristianismo (quizá no confesado) del inspector. Aunque también había inspectores estrictos, en cuya presencia se hacía necesario aplicar maniobras que ocultaran o disfrazaran lo que ahí se enseñaba. Asimismo era común tener un profesor laico durante la mañana y un marista por la tarde. Y era precisamente el caso del Colegio México, donde los profesores vespertinos (maristas) nos decían que era falso lo que nos habían dicho los matutinos (laicos) quienes, a su vez, nos decían que no hiciéramos caso de lo que nos habían dicho los maristas durante la tarde del día anterior. Toda esta situación estaba inmersa en el conflicto religioso, aún vigente en aquel entonces, que había sacudido al país hasta convertirse en una auténtica guerra de facciones: fue la llamada cristiada o revolución cristera, de tristes recuerdos, que se desató a partir de dos fanatismos opuestos: el “¡Viva Cristo rey!” que gritaban unos y el “¡Mueran los curas!” que contestaban los otros, con las fatales consecuencias que generan irremediablemente los fanatismos desbocados. Tal era el caso, por ejemplo, de Garrido Canabal, un gobernador de Tabasco que mandó a sus esbirros, los llamados “camisas rojas”, a que ametrallaran a la gente que salía de un templo.

Es verdad que el presidente Lázaro Cárdenas había tenido el acierto de expulsar del país a Plutarco Elías Calles, generador principal de aquel enfrentamiento, pero también es verdad que la determinación de don Lázaro obedeció a razones muy diferentes. Al presidente no le interesaba calmar los ánimos exacerbados de los creyentes; él lo que quería era deshacerse del caciquismo que representaba Calles, quien había impuesto a tres presidentes a su personal elección: Pascual Ortiz Rubio, Emilio Portes Gil (quien no resultó tan dócil como Calles se había imaginado) y el general Abelardo Rodríguez, militar que dominaba a la perfección la estrategia… pero la estrategia del juego de apuestas, pues se hizo rico instalando casinos a lo largo y lo ancho de la república. A continuación, Calles seleccionó a Lázaro Cárdenas como sucesor, sin imaginar que éste pagaría el favor con la ingratitud de agarrarlo, ponerlo en un avión y mandarlo al extranjero, con boleto de ida solamente.

Ese fue, sin lugar a dudas, el primer acierto de Lázaro Cárdenas como gobernante supremo de México. También fue un acierto (político, en este caso) la expropiación petrolera del 18 de marzo de 1938, acto que le fue suficiente para convertirse en receptor del cariño y la admiración del pueblo, que pensaba que esa era una forma de recuperar ...