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SóLO ESTA NOCHE (SOLO Tú 1)

Simona Ahrnstedt  

0


Fragmento

1

 

Miércoles, 25 de junio

David Hammar miró por la ventana curvada del helicóptero. Estaban a trescientos metros de altura y tenían a la vista un extenso paisaje. Se ajustó el auricular que le permitía hablar en tono normal con los otros.

—Allí —dijo volviéndose hacia Michel Chamoun, que iba en el asiento de atrás observando también el paisaje a través del cristal de la ventana. David señaló la silueta del castillo Gyllgarn que empezaba a perfilarse abajo.

El piloto ajustó el rumbo.

—¿Cuánto quieres que nos aproximemos? —preguntó fijando la mirada en el objetivo.

—No demasiado, Tom. Lo suficiente para que podamos verlo mejor —respondió David contemplando el castillo—. No quiero llamar la atención sin necesidad.

Debajo de ellos se extendía una vasta zona de prados verdes, aguas cristalinas y árboles frondosos, como un idílico cuadro campestre. El castillo se hallaba en un islote, en medio de un riachuelo inusualmente ancho cuyas aguas discurrían a ambos lados del islote, formando un foso natural que en otros tiempos sirvió de defensa contra los enemigos.

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Tom hizo que el helicóptero describiera un amplio giro.

Al acercarse distinguieron caballos y ovejas pastando en la amplia pradera. Una sucesión de enormes robles centenarios formaban una especie de bulevar a un lado de la autopista. También se veían zonas de árboles frutales bien cuidados y plantaciones de vivos colores alrededor del idílico castillo.

«Esto es un auténtico paraíso.»

—El agente inmobiliario con el que he hablado calcula que el valor de la propiedad supera los treinta millones —dijo David.

—Eso es mucho dinero —opinó Michel.

—Y hay que añadir el valor del bosque y del terreno. Y el valor del agua. Hay varios miles de hectáreas de tierra y de agua, solo eso supera los doscientos millones.

David siguió enumerando los bienes: piezas de caza en el bosque y un montón de propiedades menores que pertenecían a la finca. A lo que había que añadir los inventarios, por supuesto, los botines de guerra del siglo XVII, los servicios de plata y los objetos de arte ruso. Y una colección de obras de arte de los últimos tres siglos. Todas las empresas de subastas del mundo se lo iban a disputar.

David volvió a mirar hacia delante. Michel se fijó en el castillo amarillo que estaban sobrevolando.

—¿Y todo esto es propiedad de la empresa, no de la familia? —preguntó este con gesto incrédulo.

David asintió con la cabeza.

—Es increíble que hayan optado por esta solución —añadió—. Así suelen ir las cosas cuando te crees invencible.

—Nadie es invencible —repuso el otro.

—No, desde luego.

Michel miraba por el cristal de la ventana sin perderse detalle. David se mantenía expectante mientras los ojos oscuros de su amigo recorrían las propiedades.

—Es una verdadera joya nacional —afirmó Michel—. Si vendemos todo esto habrá fuertes protestas públicas.

—Si vendemos, no; cuando vendamos —puntualizó David.

Porque lo iban a hacer, de eso estaba seguro. Iban a fraccionar esos terrenos fecundos y luego se los iban a vender al mejor postor. La gente se quejaría, sin duda. Sobre todo los propietarios, esos sí que iban a gritar. David sonrió ligeramente al pensar en ellos y miró a Michel.

—¿Has visto lo suficiente?

Michel asintió.

—¿Podrías llevarnos de nuevo a la ciudad, Tom? —dijo David—. Hemos terminado aquí.

El piloto elevó el helicóptero realizando un amplio giro, dejó atrás el idílico entorno y puso rumbo a Estocolmo sobrevolando autopistas, bosques y zonas industriales.

Quince minutos después entraron en el área de control de la capital y Tom empezó a hablar con la torre de control del aeropuerto de Bromma. David oyó sin prestar demasiada atención las breves frases estandarizadas que intercambiaban.

—One thousand five hundred feet, request full stop landing, three persons on board.

—Approved, straight in landing, runway three zero...

Tom Lexington era un piloto experto, manejaba el helicóptero con movimientos tranquilos y mirada atenta. Los días laborables trabajaba para una empresa privada de seguridad. Conocía a David desde hacía tiempo y le ofreció sus conocimientos de vuelo y su tiempo cuando quisiera sobrevolar el castillo para verlo.

—Te agradezco que nos hayas llevado —dijo este.

Tom no respondió nada, se limitó a inclinar levemente la cabeza como muestra de que lo había oído.

David se volvió hacia Michel.

—Falta un rato para que empiece la reunión del grupo de gestión —dijo mirando el reloj—. Ha llamado Malin. Todo está preparado —añadió refiriéndose a Malin Theselius, jefa de comunicación de ambos.

Michel se acomodó en el asiento trasero procurando no arrugarse el traje. Era corpulento. Se rascó la cabeza rasurada y por un instante brillaron los anillos que llevaba en las manos.

—Te van a despellejar vivo —dijo mientras sobrevolaban Estocolmo a trescientos metros de altura—. Supongo que lo sabes.

—«Nos» van a despellejar —corrigió David.

Michel sonrió con ironía.

—De eso nada. Tú eres el chico de la portada y el malvado inversor de capital de riesgo. Yo soy el hijo de inmigrantes que solo obedece órdenes.

Michel era el hombre más listo que conocía, además de socio mayoritario de Hammar Capital, la entidad de capital de riesgo de David. Juntos iban a diseñar el nuevo mapa financiero sueco. Pero Michel tenía razón. David era el fundador y tenía fama de ser duro y arrogante; la prensa financiera se centraría en él y lo pondría a caldo. Y a él le hacía ilusión.

Michel bostezó.

—Cuando esto termine me tomaré unas vacaciones y dormiré por lo menos una semana.

David se dio la vuelta y contempló los suburbios que se vislumbraban a lo lejos. Él no estaba cansado; al contrario, llevaba media vida esperando ese combate y no quería vacaciones. Quería guerra.

Hacía casi un año que lo planeaban. Era el negocio más importante que había abordado Hammar Capital hasta entonces. Una OPA hostil contra una empresa enorme; las semanas siguientes serían decisivas. Nadie había hecho nada parecido.

—¿Qué piensas? —preguntó David por el auricular. Conocía a fondo a su amigo, sabía que su silencio tenía un significado, que el agudo cerebro de Michel estaba ocupado con algún problema jurídico o financiero.

—Pienso sobre todo en lo difícil que va a resultar seguir haciendo esto en secreto —dijo Michel—. Habrán empezado a hacerse preguntas sobre los movimientos en la bolsa. No pasará mucho tiempo hasta que alguien, un accionista tal vez, empiece a filtrar cosas a la prensa.

—Sí —convino David, pues siempre hay detalles que se escapan—. Tapémoslo mientras podamos —concluyó.

Habían mantenido muchas veces esa discusión. Los escuetos argumentos buscaban huecos lógicos y se hacían más fuertes, más sagaces.

—Tenemos que seguir comprando —añadió—. Pero cantidades inferiores a las de antes. Hablaré con mis contactos.

—El precio de las acciones está subiendo muy deprisa.

—Lo he visto —dijo David.

El gráfico de la cotización de las acciones parecía una ola que se hacía cada vez mayor.

—Vamos a ver cuánto tiempo se mantiene económicamente —concluyó.

Siempre había un equilibrio en la rapidez con la que se podía avanzar. El incremento del valor de las acciones de una sociedad dependía directamente de la agresividad con la que se negociaban. Si además las compraba Hammar Capital, la cotización se disparaba. Actuaban con suma cautela. Las adquirían a través de testaferros de confianza, día tras día y en pequeñas cantidades. Ligeros movimientos que solo producían una leve ondulación en la inmensa superficie bursátil. Pero tanto él como Michel se daban cuenta de que se estaban acercando a un límite crucial.

—Sabíamos que tarde o temprano tendríamos que hacerlo público —dijo David—. Malin lleva semanas puliendo el comunicado de prensa.

—Se van a volver locos —dijo Michel.

—Lo sé. —David sonrió—. Solo queda esperar que podamos seguir volando bajo el radar de la bolsa un poco más.

Michel asintió. Después de todo, era a lo que se dedicaba Hammar Capital. Sus equipos de analistas buscaban empresas que no iban tan bien como deberían. David y Michel identificaban los problemas, que a menudo eran el resultado de una gestión incompetente, y luego compraban todas las acciones del mercado para obtener una posición mayoritaria.

Después entraban ellos, de un modo brutal. Tomaban el relevo y reestructuraban. Reducían y depuraban. Vendían y obtenían beneficios. Lo que mejor se les daba era comprar y mejorar la adquisición. Unas veces se llevaba a cabo sin ningún contratiempo, la gente colaboraba y Hammar Capital lograba su objetivo. Otras surgían conflictos.

—Sin embargo, me gustaría tener de nuestra parte a algún miembro de la familia propietaria —dijo David mientras la zona sur de Estocolmo se desplegaba delante de ellos.

Para que una OPA hostil de esa envergadura resultara, era esencial contar con el apoyo de uno o varios de los principales accionistas, por ejemplo alguna de las enormes gestoras de fondos de pensiones. David y Michel habían dedicado mucho tiempo a convencerlas, asistiendo a interminables reuniones y haciendo innumerables cálculos. Porque el hecho de que algún miembro de la familia propietaria estuviera de su parte tenía varias ventajas. Por un lado, era un enorme prestigio, obviamente. En especial tratándose de Investum, una de las empresas más importantes y más antiguas del país. Por el otro, si ellos pudieran demostrar que tenían de aliado a alguien del entorno familiar, muchas otras empresas les seguirían y votarían de forma automática a favor de Hammar Capital.

—Facilitaría mucho el proceso —añadió.

—¿Pero quién?

—En esa familia hay una persona que ha seguido su propio camino —comentó David; el aeropuerto de Bromma empezaba a distinguirse en el horizonte.

Michel se quedó en silencio un momento.

—Te refieres a la hija, ¿no? —dijo.

—Sí. Es una desconocida, pero al parecer tiene mucho talento —respondió David—. Es posible que no le agrade la forma en que la tratan los hombres.

Investum no era solo una empresa vieja y tradicional. Era patriarcal hasta el punto de hacer que los años cincuenta parecieran modernos e inspiradores.

—¿Crees de verdad que vas a poder persuadir a algún miembro de esa familia? —preguntó Michel en tono de duda—. No eres precisamente popular entre ellos.

David tuvo que contener la risa ante tal comentario.

Investum estaba bajo el control de la familia De la Grip y tenía un volumen de negocio de miles de millones diarios. Investum, es decir, la familia, controlaba indirectamente casi una décima parte del PIB de Suecia y era propietaria del banco más importante del país. Estaba representada en casi todos los consejos de administración de las principales empresas suecas. Los De la Grip eran aristócratas, tradicionales y ricos. Estaban todo lo cerca que se podía estar de la realeza sin formar parte de ella. Y su sangre era mucho más azul que la de algunos Bernadotte, la familia real sueca. Era inverosímil que el advenedizo David Hammar lograra que alguien de las más altas esferas —conocida además por su lealtad—cambiara de bando y se pasara al de él, un tristemente famoso inversor de capital de riesgo dedicado a la piratería empresarial.

Pero ya lo había hecho antes. Había convencido a miembros de distintas familias de que hicieran causa común con él, lo que con frecuencia implicaba que tras su paso quedaran lazos familiares destrozados, lo cual por lo general lamentaba. En este caso solo sería una bienvenida bonificación.

—Lo intentaré —dijo.

—Eso raya la locura —dijo Michel.

Y no era la primera vez que lo decía en el transcurso del año.

David asintió con la cabeza.

—Ya la he llamado para decirle que quiero que hablemos durante un almuerzo de trabajo.

—Por supuesto —dijo Michel mientras el helicóptero iniciaba el descenso para aterrizar. El vuelo había durado menos de treinta minutos—. ¿Y qué ha dicho?

David recordó el frío tono de voz que había oído por teléfono, no de su asistente, sino de la propia Natalia De la Grip. Parecía sorprendida pero apenas dijo nada, se limitó a agradecerle la invitación y a pedirle a su asistente que le enviara la confirmación por correo electrónico.

—Dijo que esperaba nuestra reunión con interés.

—¿De verdad?

David se rió como por compromiso. La voz de ella sonó típicamente de clase alta, lo que activaba en él casi automáticamente el odio clasista que sentía. Natalia De la Grip era una de las pocas mujeres en Suecia —alrededor de un centenar— que había nacido con el título de condesa, una élite dentro de la élite. David no tenía palabras para expresar lo poco que le gustaban ese tipo de personas.

—No, no dijo eso.

Pero tampoco esperaba que lo hiciera.

2

Jueves, 26 de junio

Natalia estaba buscando algo entre los montones de papeles de su escritorio. Sacó un folio con tablas y números.

—¡Aquí está! —dijo agitando el papel y mirando con gesto de triunfo a la mujer de pelo rubio platino sentada frente a ella en una incómoda silla de visita que apenas cabía en el reducido habitáculo que Natalia utilizaba de despacho.

Su amiga Åsa Bjelke miró el papel con escaso interés y luego volvió a sus uñas lacadas en tono rosa pálido.

Natalia reparó en el desorden que había en el escritorio. Odiaba la desorganización, pero era casi imposible mantener el orden en una superficie tan pequeña.

—¿Cómo te van las cosas? —preguntó Åsa; bebió un sorbo de café y miró a Natalia, que había reiniciado la búsqueda entre los montones de papeles—. Solo lo pregunto porque te noto bastante dispersa —prosiguió—. Y aunque tienes ciertas peculiaridades, la falta de concentración no es una de ellas. Nunca te había visto así.

Natalia frunció el ceño. Un documento importante había desaparecido sin dejar rastro. Tendría que preguntar a alguno de los agobiados asistentes.

—J.O. ha llamado desde Dinamarca —dijo refiriéndose a su jefe—. Quiere que le envíe un informe que no encuentro.

Vio otro papel, lo sacó y lo leyó con ojos cansados. La noche anterior no había dormido mucho. Primero estuvo trabajando hasta la madrugada con ese negocio inminente y fabuloso que le ocupaba todo el tiempo. Luego temprano, muy temprano, la llamó un cliente para quejarse de algo que podía haber esperado un par de horas más. Miró a Åsa.

—¿Qué quieres decir con eso de que tengo peculiaridades?

Åsa bebió otro sorbo del vaso de papel.

—¿Cuál es el problema? —dijo sin responder a la pregunta.

—Los problemas —aclaró Natalia—. El trabajo. Mi padre. Mi madre. Todo.

—Pero, oye, ¿toda esa búsqueda de papeles conduce a algo? ¿Qué fue de la sociedad sin papeles?

Natalia levantó la vista. Al ver a su amiga fresca y descansada, bien vestida y con las uñas recién pintadas sintió una irritación incontenible.

—No es que no valore tus visitas inesperadas —dijo intentando parecer sincera—, pero mi padre se queja sin cesar de los sueldos tan altos que perciben sus abogados. ¿No deberías estar en Investum haciendo tu trabajo en vez de aquí, en mi incómodo despacho, vestida de Prada e incordiando?

Åsa hizo un gesto con la mano.

—Me merezco el sueldo. Y sabes muy bien que tu padre me lo permite —señaló mirando a Natalia con complicidad—. Ya lo sabes.

Natalia asintió. Sí, lo sabía.

—Pasaba por aquí y me he preguntado si querrías ir a almorzar. Si tengo que comer otra vez con alguno de los abogados de Investum, me mato. De verdad, si hubiera sabido lo terriblemente aburridos que son los abogados, habría estudiado otra cosa —afirmó ahuecándose la rubia melena—. Habría sido una buena líder de secta, por ejemplo.

—No puedo —dijo Natalia con excesiva rapidez, de lo que se dio cuenta cuando ya era tarde—. Estoy ocupada —añadió carraspeando—. Disculpa, como he dicho, estoy ocupada —repitió sin necesidad.

Inclinó la cabeza y se puso a hojear unos papeles que tenía delante para evitar la astuta mirada de Åsa.

—¿De verdad?

—Sí —respondió Natalia—. ¿Qué tiene de raro?

Su amiga la miró fijamente.

—Tu cerebro es como un ordenador, pero mientes fatal —dijo—. Ayer estabas libre, tú misma lo dijiste. Y no tienes más amigos. ¿Intentas evitarme?

—No, simplemente estoy ocupada. Y no se me ocurriría intentar evitarte. Eres mi mejor amiga. Aunque tengo otros amigos, por supuesto. ¿Mañana tal vez? Puedo invitar yo.

—¿Qué tienes que hacer, si se puede saber? —dijo Åsa sin dejar que la promesa de un futuro almuerzo desviara su atención.

Natalia no contestó. Bajó la mirada hacia su atestado escritorio. «Ahora sería buen momento para que sonara el teléfono o saltara la alarma contra incendios», pensó.

Åsa abrió los ojos como si acabara de tener una revelación.

—¡Ya caigo! ¿Quién es él?

—No seas ridícula. Solo se trata de un almuerzo.

Los ojos de Åsa se estrecharon formando dos ranuras de color turquesa.

—Pero te comportas de forma rara incluso para ser tú. ¿Con quién vas a almorzar?

Natalia apretó los labios.

—Natalia, ¿con quién?

Natalia se rindió.

—Con alguien de... de HC.

Åsa frunció sus rubias cejas.

—¿Con quién? —insistió.

«Tal vez habría sido una buena líder de secta, pero también es una excelente interrogadora», pensó Natalia. Su pelo tan rubio y cardado confundía bastante.

—Solo se trata de un almuerzo —dijo poniéndose a la defensiva—. Un almuerzo de negocios. Conoce a J.O. —añadió, como si el hecho de que la persona con la que iba a almorzar conociera a su jefe lo explicara todo.

—¿Quién es?

Ella se rindió.

—David Hammar.

Åsa se apoyó en el respaldo de la silla y una amplia sonrisa le iluminó el rostro.

—El mismísimo Boss —dijo—. El señor Capital de Riesgo en persona. El chico malo de las finanzas. Prométeme que tienes planes de acostarte con él —añadió ladeando la cabeza.

—Desvarías —dijo Natalia—. En lo del sexo. En realidad me gustaría poder cancelar la cita. Estoy demasiado estresada. Pero una de las cosas que no encuentro entre todo este barullo es el móvil en el que guardé su número.

¿Cómo se podía perder un teléfono móvil en una habitación de menos de cuatro metros cuadrados?

—Por el amor de Dios, mujer, ¿por qué no te buscas un asistente?

—Tengo una asistente —respondió Natalia—. Que, a diferencia de mí, tiene una vida. Uno de sus hijos estaba enfermo y se fue a su casa —dijo mirando el reloj—. Ayer —añadió.

Suspiró y se hundió en la silla. Cerró los ojos. No podía buscar más; estaba agotada. Le parecía que llevaba una eternidad trabajando sin cesar. Y tenía un montón de papeleo atrasado, un informe que preparar y por lo menos cinco reuniones por concertar. En realidad no había...

—¿Natalia?

La voz de Åsa la sobresaltó y se dio cuenta de que había estado a punto de quedarse dormida en una silla tan incómoda.

—¿Qué? —preguntó.

Åsa la miró muy seria. La expresión burlona había desaparecido de su cara.

—Los de Hammar Capital no son malvados, a pesar de lo que opinen tu padre y tu hermano. Son duros, sí, pero David Hammar no es el diablo. Y físicamente te va a volver loca. Si crees que puede ser divertido conocerlo no tienes de qué avergonzarte.

—No —convino Natalia—. Lo sé.

Pero lo que se preguntaba era qué quería de ella el legendario jefe de Hammar Capital. Tal vez no fuera el diablo, pero incluso en el mundillo de las finanzas tenía fama de duro y despiadado.

—Solo almorzaré con él para sondear el terreno —dijo decidida—. Si lo que quiere de nosotros está relacionado con el banco, querrá algo de J.O., no de mí.

—Pero el asunto es que con Hammar Capital nunca se sabe —repuso Åsa levantándose con elegancia—. Y además te subestimas a ti misma. ¿Conoces a alguien que sea tan inteligente como tú? No, no me cabe la menor duda.

Se pasó la mano por la falda impecable, sin una arruga. Parecía una deslumbrante estrella de cine a pesar de que llevaba un traje sobrio (Natalia había oído que era un modelo exclusivo de Prada) con una simple blusa de seda y zapatos de tacón de color beige.

Åsa se inclinó sobre la mesa.

—Sabes muy bien que la opinión de tu padre no debería preocuparte tanto —dijo, logrando, como de costumbre, meter el dedo en la llaga y apretar—. Eres sumamente inteligente y podrías llegar tan lejos como quisieras. Puedes hacer carrera ahí. —Levantó la mano en dirección a las oficinas que había al otro lado, la sede central en Suecia del Bank of London, uno de los bancos más importantes del mundo—. Deberías dejar de trabajar en la empresa familiar para que empezaran a valorarte —continuó Åsa—. Tienen la peor opinión que se puede tener sobre las mujeres, como muy bien sabes. Tu padre es un caso perdido, tu hermano es un imbécil y los demás componentes del consejo de administración son unos machistas empedernidos. Lo sé porque trabajo con ellos. Tú eres más inteligente que todos ellos juntos —añadió ladeando la cabeza.

—Tal vez.

—Entonces ¿por qué no ocupas un puesto en el consejo de administración?

—Pero tú trabajas ahí, y supongo que estás satisfecha, ¿no? —preguntó Natalia evitando la cuestión de formar o no parte del consejo de administración de Investum, un tema muy delicado.

—Sí, pero estoy ahí por una cuestión de asignación de cuotas de género —dijo Åsa—. Contratada por un hombre que odia las cuotas de género tanto como a los extranjeros, a las feministas y a los trabajadores. Soy su coartada. Mirándome puede decir que es evidente que contrata a mujeres.

—Mi padre no odia... —protestó Natalia, pero no acabó la frase.

Åsa tenía razón.

—Y como soy huérfana, siente pena por mí —continuó esta—. Aunque no aspiro a llegar a jefa ni a liderar la miseria. Solo ambiciono no morirme de tristeza. En cambio tú puedes llegar a donde quieras.

Åsa cogió el bolso de cincuenta mil coronas y hurgó en su interior. Sacó un lápiz de color claro y se retocó los labios.

—Me pidió que mantuviéramos una reunión discreta —dijo Natalia—. Tal vez no tendrías que saberlo. Supongo que no dirás nada...

—Estás loca, sabes que no soy ninguna chismosa; pero ¿qué crees que quiere?

—Tiene que ser algo relacionado con las finanzas. Tal vez un negocio con alguno de nuestros clientes, no lo sé. Me he pasado media noche en vela pensando en qué podía ser. Puede que solo estuviera buscando contactos en la red.

No era raro que la gente quisiera conocerla por el hecho de ser una De la Grip, una mujer con los contactos y los antecedentes adecuados. Ella detestaba eso. Pero David Hammar le despertaba curiosidad. Y por teléfono no le pareció falso ni adulador, sino cortés. Además, debía almorzar de todos modos...

Åsa la miró con semblante pensativo.

—En realidad debería ir contigo. Cualquiera sabe las tonterías que puedes soltar.

Natalia se abstuvo de recordarle que por su talento era considerada una promesa en el ámbito de las finanzas corporativas, uno de los más complicados del mundo financiero, y había sido una de las estudiantes más brillantes de la Escuela de Economía de Estocolmo. Que en su trabajo de financiación, adquisición y asesoramiento de empresas manejaba a diario cientos de millones de coronas suecas —literalmente hablando—, y que en ese momento estaba a punto de llevar a cabo una de las transacciones bancarias más complejas que se habían hecho nunca en Suecia. Sin embargo, Åsa tenía razón..., cualquiera sabía las tonterías que podía soltar con lo dispersa que estaba.

—Te llamaré para decirte cómo me ha ido —dijo de forma escueta.

Åsa se quedó mirándola un momento.

—Escúchalo aunque solo sea para ver qué quiere —dijo al fin—. No te vendrá mal. Muchas harían cualquier cosa para trabajar con David Hammar. O para llevárselo a la cama.

—¿No te parece demasiado arriesgado que me vean con él? —preguntó Natalia, y enseguida detestó el tono inseguro de su voz.

—Claro que es arriesgado —respondió Åsa—. Es rico y peligroso, y tu padre le odia. ¿Qué más puedes pedir?

—¿Debería cancelar la cita?

Su amiga chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.

—Una vida sin riesgos no es vida.

—¿Es el sabio consejo del día? —preguntó Natalia. Como proverbio no era gran cosa.

Åsa sonrió, se levantó y le entregó el vaso de papel vacío. Era de color blanco con una inscripción negra en un estilo muy rebuscado.

—No, es lo que pone aquí —dijo—. Tengo que volver a la oficina a hacer un par de llamadas. Tal vez encuentre a alguien a quien pueda despedir. Los abogados no son nada divertidos. ¿Dónde os vais a ver?

—En Djurgården. En el restaurante Ulla Windbladh.

—Podría ser peor —comentó Åsa.

Por la expresión de su cara parecía no haber encontrado nada que criticar aunque lo había intentado. Pasó los dedos por el fular. La última vez que Natalia había visto uno así fue en un estante de Nordiska Kompaniet en el departamento de Hermès, y el precio que figuraba en la etiqueta tenía cuatro cifras.

—Eres una esnob, ¿sabes?

—Experta en calidad —dijo Åsa colgándose el bolso al hombro—. Es obvio que no todo el mundo puede comprar productos fabricados en serie. —Dio un respingo y luego le dirigió una brillante mirada turquesa—. No olvides usar protección, cualquiera sabe con quién se habrá acostado.

Natalia hizo una mueca.

—De hecho, parece que la mayoría son princesas, si hemos de creer los rumores. —No había podido evitar echar un vistazo a los chismes en la red.

—Bah, nuevos ricos europeos —dijo Åsa, cuyo linaje al parecer provenía del siglo XIII—. No hagas nada que yo no haría.

«Unos límites muy generosos», pensó Natalia, pero no lo dijo.

—¿Vas a ir con eso? —Åsa miraba la ropa de Natalia con una expresión que sugería que tal vez era posible vestir peor que con prendas fabricadas en serie—. ¿De dónde diablos lo has sacado?

—Solo es un almuerzo de negocios —se defendió esta—. Y además está hecha a medida.

Åsa deslizó su mirada por la tela gris.

—Ja, ja, ja, ¿en qué década?

—Eres una esnob tremenda, la verdad —dijo Natalia a la vez que se ponía de pie, iba hacia la puerta y la abría para que su amiga saliera.

—Sí, es muy probable —asintió Åsa—. Pero sabes que tengo razón.

—¿En qué?

Åsa sonrió de ese modo que hacía que los hombres empezaran a alardear de sus chalets, la invitaran a una copa y se sentaran con las piernas muy separadas.

—En todo, bonita. En todo.

3

David fue a pie desde la sede de Hammar Capital en Blasieholmen hasta el restaurante Ulla Winbladh en Djurgården.

Un maître le indicó una mesa donde vio sentada a Natalia De la Grip. Echó un vistazo al reloj. Era temprano, todavía no era la una, pero ella había llegado aún más pronto que él. La joven había elegido un sitio al fondo del local para pasar desapercibida, a pesar de que la mayoría de los clientes eran turistas. Sin duda no quería que la vieran con él, lo que no le extrañaba. De hecho, él había reservado la mesa precisamente allí, en vez de en cualquier otro restaurante de Stureplan, para que no los reconocieran.

Al verlo, Natalia levantó la mano a modo de saludo, pero luego pareció arrepentirse y la bajó con rapidez. David fue hacia ella.

Vio que su piel era clara y que su aspecto no tenía nada de particular, estaba seria y llevaba ropa gris de estilo sobrio. Le resultaba difícil creer que trabajaba como asesora en uno de los bancos globales más importantes del mundo, y para J.O. nada menos, uno de los jefes más exigentes y excéntricos que conocía. Pero J.O. había elevado a los cielos a esa mujer corriente al decir que tenía el potencial suficiente para ser la mejor asesora financiera que había tenido.

«Es inteligente, minuciosa y audaz —decía J.O.—. Puede llegar muy lejos.»

Así que no debía subestimarla.

Natalia De la Grip se levantó cuando él llegó a la mesa. Era más alta de lo que creía. Le tendió una mano delgada, de uñas cortas y sin pintar. David notó un apretón de manos enérgico y profesional y no pudo evitar mirar su mano izquierda, aunque lo sabía. No vio el brillo de ningún anillo.

—Agradezco que hayas podido venir a pesar de la poca antelación con que te he avisado —dijo—. No estaba del todo seguro de que acudieras.

—¿De verdad? —repuso ella en tono escéptico.

David soltó la mano. El calor permaneció en la palma de la suya y pudo percibir un olor picante, cálido y vagamente erótico. Por el momento ella no era en absoluto como esperaba, lo que le puso alerta.

Le sorprendió lo difícil que era encontrar algún dato sobre la segunda de los tres hermanos De la Grip, aparte de la simple información general. Había echado un vistazo a lo que había en internet y solo había hallado artículos y algunas fotos familiares, sobre todo del padre y de los dos hermanos, pero casi nada de ella, ni siquiera en Wikipedia o en Flashback. Las mujeres de esa familia eran así, invisibles por tradición a pesar de que los hombres se habían casado en varias ocasiones con mujeres de buena posición económica. Aunque todas las antepasadas de Natalia eran ricas —la madre estaba emparentada tanto con grandes duquesas rusas como con suecas procedentes de familias de las altas esferas financieras—, eran los hombres quienes representaban el poder formal: su padre Gustaf, su abuelo Gustaf y así sucesivamente retrocediendo varios siglos. A diferencia de los dos hermanos —el conde Peter De la Grip, príncipe heredero, y el conde Alexander De la Grip, príncipe de la jet set—, Natalia no solía aparecer ni en la prensa de negocios ni en la sensacionalista. Pero eso formaba parte de su imagen global, por supuesto. No solo era temor a los medios de comunicación por su nombre y sus antecedentes, sino que los enigmáticos asesores, que eran los que dirigían el cotarro, se mantenían entre bastidores y casi nunca opinaban ante la prensa.

Se había recogido el pelo oscuro en un moño tirante y llevaba un collar de perlas, un signo de esa clase alta que David detestaba.

Cuando se sentaron a la mesa pensó que en el fondo Natalia De la Grip era tal como suponía: una mujer soltera de casi treinta años, centrada en su trabajo, acomodada y absolutamente corriente.

Exceptuando sus ojos tal vez. Nunca había visto nada igual.

—Debo admitir que tu llamada me causó curiosidad —comentó ella fijando en él su mirada dorada, y David sintió que le corría algo por la columna vertebral.

El camarero le ofreció el menú y él le echó un vistazo rápido.

—Estarás acostumbrada a que quieran conocerte —dijo con una sonrisa profesional conscientemente cálida.

Después de todo, gran parte de la vida económica consistía en lanzar las redes, y él apenas recordaba la última vez que había asistido a un almuerzo que no fuera al mismo tiempo una reunión. Para distraerlo había que tener algo más que un par de ojos inusualmente bonitos.

—Por supuesto —asintió ella—. Los multimillonarios hacen cola para invitarme a salir.

Él sonrió ante su irónico comentario.

Natalia plegó el menú y asintió con la cabeza indicándole que estaba lista para pedir.

—He oído que llevaste de un modo excelente el acuerdo del grupo Schibsted —dijo para tantearla un poco.

—Tienes buenas fuentes. —Ladeó la cabeza—. No sé si preocuparme o sentirme adulada.

—No te preocupes. Lo he leído —dijo él—. Te consideran un talento al que no hay que perder de vista.

La describían como una persona dura, cosmopolita y seria. No había ningún motivo para dudar que fuera cierto.

—Yo también leí ese artículo —dijo ella—. Ya veremos —añadió con una sonrisa—. Uno siempre es tan bueno como su último negocio, como ya sabes. Siempre estamos subiendo o bajando.

—¿Y en este momento?

—Oh, ahora sin duda estoy subiendo.

Lo dijo sin falsa modestia. David pensó que podía contar con los dedos de una mano a todos los aristócratas que conocía que fueran capaces de hablar sin envolverlo todo en una especie de falsa modestia o fingida humildad.

Natalia pidió pescado y David lo mismo que ella, de forma automática. Pedir lo mismo que la persona a la que uno cortejaba era de psicología elemental.

—¿Siempre has querido trabajar en la banca o en algún momento te ha interesado probar algo distinto? —preguntó él cuando se retiró el camarero.

No era una pregunta absurda, después de todo había trabajado varios años en el Bank of London. La joven élite financiera era una pandilla hambrienta y casi todos buscaban sin cesar nuevos retos.

Él volvió a mirar sus delgados dedos sin anillos. Pensó que probablemente estaba entregada por completo a su trabajo, como él.

—Me agrada trabajar en la banca —dijo ella.

—¿Eres la única mujer del equipo de J.O.?

—Sí.

—Estoy seguro de que eres un valor —dijo en tono ambiguo.

—Gracias.

Natalia le dedicó una sonrisa irónica y luego bebió un sorbo de agua mineral.

—Me encuentro bien en la banca pero, para ser sincera, mi proyecto profesional a largo plazo es tener un sitio en la empresa familiar. Supongo que sabrás de qué familia se trata...

Él inclinó la cabeza y notó que volvía a surgir ese odio que tan bien conocía. Sonrió, tomó aliento y luego asintió con gesto alentador, como si estuviera realmente interesado y no pretendiera nada de ella.

—En el sitio de donde vengo no se ve con buenos ojos tu actividad —añadió Natalia.

Tanta sinceridad podía convertirse en un problema.

—No es ningún secreto —dijo él.

Pero lo dijo sin darle mayor importancia, como si discutieran acerca de cosas abstractas y no del hecho de que la familia De la Grip odiaba abiertamente todo lo que representaba Hammar Capital. Aunque ellos no lo llamaban odio, por supuesto, no eran tan burgueses. Solo querían proteger una tradición de la que se enorgullecían.

Ella percibió algo en su mirada que hizo que sonriera con rapidez, como disculpándose.

—Sé que son conservadores y están llenos de prejuicios, y no digo que esté de acuerdo con ellos.

Él levantó una ceja. Ese era justo el punto crucial. ¿En qué medida exactamente difería la postura de Natalia de la del resto de la familia?

—Cuéntame —dijo.

—Creo que no se puede meter en el mismo saco a todos los que se dedican al private equity, es decir, al capital de riesgo. Pero dicho esto, mi lealtad radica en mi familia —dijo encogiendo un hombro a modo de disculpa y pasando la mano por la mesa—. A veces hay que sacrificar mucho por la familia.

David la miró. «A veces hay que sacrificar mucho por la familia.» Ella no podía darse cuenta del efecto que producían en él esas palabras.

Pero al menos había averiguado lo que buscaba. En cuanto la vio, supuso que Natalia De la Grip no iba a ir en contra de los intereses de su familia. La lealtad y la integridad la envolvían como un manto invisible. Por suerte para él, ella había interpretado mal el verdadero motivo del almuerzo y creía que se dedicaba a buscar contactos en la red con los que pudiera hacer negocios, cuando lo que en realidad pretendía de ella era que vendiera a personas de su entorno.

—Entiendo —dijo.

Pero David también se preguntaba cómo era posible que a esa mujer tan inteligente que estaba sentada frente a él no le importara, al parecer, que no figurara aún en el consejo de administración de Investum y que no hubiera prácticamente ninguna mujer que ocupara cargos de importancia en ninguna de las empresas que dirigía Gustaf De la Grip. Ni tampoco el hecho de que su padre era conocido por sus declaraciones llenas de prejuicios hacia las mujeres en general y contrarias a la igualdad de sexos en particular. Le cegaba el cariño que sentía por su familia.

—¿Qué te convierte en una de las favoritas de J.O.? —preguntó mientras les servían la comida—. Me limito a repetir las palabras del propio J.O.

—¿Lo conoces bien? —preguntó ella a su vez poniéndose la servilleta en las rodillas y cogiendo los cubiertos. Empezó a comer sin hacer ruido, con mucho cuidado y dejando los cubiertos sobre la mesa entre cada bocado. Modales de internado.

—Lo suficiente para confiar en su criterio —respondió él.

J.O. era uno de los banqueros más influyentes del mundo y habían trabajado juntos en varias ocasiones.

—Cuéntame algo más.

—La actividad de las finanzas corporativas tiene mucho que ver con las relaciones personales, como sabrás. Con las relaciones y con la confianza.

Natalia encogió un hombro. Volvió a dejar los cubiertos y se mantuvo sentada con la espalda totalmente recta, sin tocar los cubiertos, los vasos ni ninguna otra cosa.

—Hay muchos que lo hacen por mí.

—Sí, ya me lo figuro —dijo él, sorprendido de ser tan sincero. Había algo en ella que inspiraba confianza, una especie de honestidad. Si no fuera porque era demasiado cínico para pensar algo así habría dicho que Natalia le parecía buena persona.

—Y no solo por mi apellido —añadió ella mientras un leve tono rosado bañaba sus pómulos, como una pincelada—. Soy buena en lo que hago.

—Estoy convencido.

Natalia lo miró con cierta desconfianza.

—¿Por qué tengo la impresión de que intentas adularme?

—Nada de eso. Simplemente soy seductor por naturaleza —respondió él, y lo único que se le ocurrió hacer fue sonreír. No esperaba que fuera tan simpática ni que a ratos llegara incluso a olvidar su apellido y su origen.

Natalia también sonrió. Aunque el almuerzo fuera una pérdida de tiempo, ella era graciosa y no se notaba demasiado que pertenecía a la clase alta. De hecho, despertaba su curiosidad e incluso cierta atracción que no esperaba. Porque aquel contraste era de lo más sexy; tan pálida y fría y al mismo tiempo tan intensa.

—¿Sabes una cosa? —dijo ella dejando los cubiertos con otro movimiento preciso—. Sé que debería estar agradecida por mis antecedentes. Mi familia, mi nombre y todo eso. Y lo estoy, lo contrario supondría arrogancia. Pero a veces desearía no ser nadie, haber tenido que abrirme camino por mis propios medios. Pienso que valerse por uno mismo debe de producir satisfacción, ¿no crees?

—Sí, mucha —dijo David pensativo mientras la observaba expectante.

Ninguna persona de su clase social le había dicho nunca algo parecido.

—Menos mal que eres mujer —añadió—. Al menos tienes alguna desventaja.

—Hum.

Guardó silencio y se quedó pensativa.

En pocos ámbitos había menos igualdad que en la élite de las finanzas. Las mujeres tenían buena formación pero iban desapareciendo por el camino. Mantenerse, como en el caso de Natalia, era muestra de una capacidad extrema. Y de mucha tenacidad.

Levantó la cabeza y le dirigió una mirada desafiante.

—¿Y qué piensa Hammar Capital sobre la igualdad de sexos, si se puede saber? ¿No sois dos hombres los que estáis ahí arriba? Las empresas de capital de riesgo no son conocidas precisamente por su elevada proporción de mujeres. ¿Cuál es tu opinión?

—Mi opinión es excelente —respondió él mientras cortaba una patata con el tenedor, le ponía sal y se la llevaba a la boca.

—Pero ¿qué te parece que haya tan pocas mujeres en los consejos de administración? —prosiguió ella en un tono que le indicó que no se tomaba el tema a la ligera—. Por no hablar de las actividades operativas; ¿cómo están las cosas ahí?

—Hammar Capital no contrata basándose en el género sino en las aptitudes personales —dijo él.

Natalia resopló y David tuvo que ocultar una sonrisa que no pudo evitar. Cuando a ella le entusiasmaba algo, era de verdad. Reemplazaba todo lo trivial con fervor y pasión.

—Aplicando la cuota de género se corre el riesgo de meter a gente peor cualificada —continuó él, consciente de que ese argumento era como un capote rojo para cualquier persona de inteligencia normal—. Preferimos que decida la aptitud.

Fue como echar gasolina a una hoguera.

—Eso solo son estupideces —replicó Natalia, y la zona de manchas rojas se extendió un poco—. Hoy en día tampoco decide la aptitud —afirmó resuelta—. Se busca donde se ha buscado siempre, en las mismas redes y contactos de siempre. Y se obtiene lo que se pretende, los mismos hombres, los mismos puntos de vista. Eso no es dejar que decida la capacidad, simplemente es una estupidez.

—No digo que no queramos tener entre nosotros a mujeres capacitadas —dijo él—. Pero hay quienes dicen que son difíciles de encontrar.

—Con esa actitud no me sorprendería que pronto os fuerais a pique —repuso ella de modo tajante—. Y espero que así sea —murmuró bajando la mirada al plato.

—Nos va de maravilla —dijo él—. Hemos...

—Pero ¿no te das cuenta...? —Natalia levantó la vista y empezó a agitar las manos. Para que una mujer como ella, que probablemente podía participar en la celebración de los premios Nobel sin infringir ni una sola de las normas de etiqueta, se pusiera a agitar los cubiertos, es que debía de estar muy furiosa.

—Natalia —dijo él en tono conciliador antes de que llegaran a las manos—. Supongo que eres consciente de que te provoco a propósito...

Ella guardó silencio.

—Durante los últimos dieciocho meses he participado en la creación de más de veinte consejos de administración —prosiguió él en tono tranquilo—. El cincuenta y uno por ciento de los miembros de «mis» consejos de administración son mujeres. Y exactamente uno de cada dos presidentes de esos consejos es mujer.

Se apoyó en el respaldo del asiento y observó que la respiración de Natalia se calmaba. Su pecho se movía debajo de la blusa. Rozó con la mirada su escote, las perlas y la piel clara. Le sonrió; tal vez fue la primera sonrisa que le ofrecía de verdad. Lo que le desagradaba no era ella sino lo que representaba.

—Contratar a personas con los conocimientos idóneos forma parte del éxito de mi empresa —dijo despacio—. Estoy del todo seguro de que Hammar Capital soportó tanto el impacto de las I.T. como la crisis financiera gracias a la organización de mi personal.

Ella lo miró con fijeza a los ojos, en silencio, y él se preguntó qué estaría ocurriendo bajo esa fría superficie.

—Un grupo mixto tiene otros enfoques, como sabrás. Se atreven a decir que no y pueden afrontar una opinión disidente. A diferencia de muchos otros, superamos la crisis precisamente porque tengo los empleados más competentes del país, hombres y mujeres, inmigrantes y suecos.

Natalia parpadeó. Sus largas pestañas oscuras ocultaron su mirada antes de que volviera a levantar la vista.

—Está bien —dijo en voz baja. Ya solo le quedaba un leve rubor en las mejillas.

—¿Seguro?

—Sí, he dejado que me provocaras, lo que casi nunca sucede —dijo ella inclinándose sobre la mesa—. Y además me siento como una hipócrita.

—¿Y eso a qué se debe? —preguntó él dejándose llevar por la sonrisa que acechaba en los ojos de ella. Estaba coqueteando con él, tal vez sin darse cuenta. No era de las que solían hacerlo, estaba tan seguro de ello que incluso apostaría su empresa, y se permitió seguirle el juego por un momento. ¿Qué podía importar mientras la tratara de forma decente? A fin de cuentas no tardarían en separarse.

—Aquí estoy yo hablando de discriminación y de igualdad de género —dijo ella agitando una mano en el aire—. Pero sé que he recibido un montón de privilegios solo por mi apellido y mis antecedentes. Lo sé y me avergüenza. —Se inclinó aún más sobre la mesa y bajó la voz, como si revelara un gran secreto—. De hecho, hace solo unos días me aproveché de mi nombre. Detesto que la gente haga eso.

—¿Y aun así lo hiciste?

Ella asintió y lo miró con tal expresión de culpabilidad que a David le tembló la comisura de uno de los labios.

—¿Y cómo te fue? —preguntó.

Ella lo miró con la risa brillándole en los ojos.

—Resultó bastante mal —dijo con firmeza.

—Pero ¿qué hiciste? —insistió él con inevitable curiosidad.

—Ni siquiera fue por una causa noble. Supongo que sabes quién es Sara Harvey, ¿no?

David asintió al oír ese nombre de fama mundial. Harvey era una de las mejores sopranos del mundo, con una voz única, limpia y voluminosa. Sabía quién era y también en qué círculos se movía.

—Pero ¿qué tiene que ver ella con esto?

—No sale nunca de gira, pero viene a Europa y dará en Estocolmo el único concierto de Escandinavia. Me fascina desde que era niña y tenía muchas ganas de ir.

—¿Quieres decir que a pesar de ser una De la Grip no conseguiste una sola entrada?

—Gracias por molestarte en echar sal en la herida. No, no conseguí ni una, y aún me duele. No impresioné ni pizca a los organizadores.

—¿Intentaste sobornarlos?

Ella levantó la barbilla, desafiante.

—Es posible.

—Los suecos no son fáciles de sobornar, si te sirve de consuelo —comentó David sin ser del todo sincero.

Sí que se los podía sobornar, naturalmente, solo era cuestión de ofrecer el importe adecuado.

—Supongo —dijo ella—. Yo tengo una cuarta parte de rusa. Los rusos sí que son fáciles de sobornar.

—Y mucho —convino David.

Él estiró las piernas y se apoyó en el respaldo de la silla. El almuerzo ya le había facilitado la información que buscaba. Lo razonable sería dejar a Natalia De la Grip y seguir adelante. Ella no era esencial para que el negocio saliera bien, no hacía falta que volvieran a verse. Su objetivo era aniquilar a la familia de ella. Tenía que centrarse en el paso siguiente. Eso sería lo razonable. Miró los largos dedos de Natalia que tocaban el vidrio de forma distraída. Se había quitado la chaqueta y debajo llevaba una sencilla blusa sin mangas. Sus líneas eran armónicas, largas y fuertes. Las fotos que había visto de ella eran anodinas, pero en ese momento recordó una de algún evento nocturno, una cena o un baile en Villa Pauli. Iba peinada con el mismo moño tirante pero llevaba un vestido de noche largo de color rojo y tenía un aspecto fantástico. Fuerte, poderosa. Y se convenció a sí mismo de que no tenía que ir siempre con prisa, que bien podía quedarse otros diez minutos con esa mujer que no era del todo como él había creído.

Natalia percibió la intensa mirada de David y se preguntó qué estaría pensando mientras la estudiaba con esos ojos de color gris azulado. Probablemente creía que ella no se daba cuenta, pero Natalia también era buena observadora y sabía que estaba intentando formarse una opinión sobre ella. David era muy hábil. Cuando hablaban le prestaba toda su atención, lo que a ella le resultaba devastador. Además, tenía un físico espectacular; era un hombre atractivo, adulto y viril, no tenía nada de niño ni de jovencito. Era ancho de hombros y transmitía mucha masculinidad. El pelo oscuro y corto, los ojos entre azul y gris, rasgos angulosos. Un hombre guapo que además era agradable, educado y a veces divertido. En resumen, la cita perfecta para el almuerzo.

Sin embargo...

En algún momento había atisbado una especie de destello en sus ojos, algo que tal vez no debería haber visto, un reflejo duro y frío que le produjo inseguridad y algo de temor. David Hammar tenía fama de destrozar empresas y personas; era un jugador frío. Recordó que en una revista de negocios lo describían como «alguien frío y desconsiderado». Algo le advertía de que no se dejara engañar por su encanto natural ni por su mirada inteligente. Estaba segura de que estaba jugando a algún tipo de juego, pero ¿a cuál?

Estaba rodeado de misterio.

—¿Y bien? —preguntó él con una sonrisa, y ella no percibió ninguna frialdad en su voz. Ni dureza, ni desconsideración; solo que centraba en ella toda su atención, como si fuera la mujer más interesante del mundo. Así debía de haber logrado su increíble éxito. David Hammar veía a las personas. Hacía que se sintieran elegidas y especiales. Lograba que confiaran en él. «Y luego las devora enteritas.»

—¿Tienes intención de hacerte cargo de alguna empresa desprevenida en un futuro próximo? —preguntó ella.

—Por supuesto —respondió él—. Siempre lo hago. Un capitalista de riesgo no duerme nunca.

Natalia se vino abajo al ver el brillo de sus ojos.

Esa sonrisa...

La mayoría de los hombres con los qu ...