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SOMBRAS (EN LA OSCURIDAD 2)

Ana Coello  

5


Fragmento

Me tumbé en la cama; algo se marchitaba dentro de mí. El nudo en mi garganta ardía, dolía, y la opresión en mi pecho no me permitía respirar con normalidad. Lo había perdido, lo había dejado ir y, aunque una parte de mí sabía que era lo mejor, la otra sentía que no lograría vivir sin él.

Aurora, mi nana, subió más tarde buscando que comiera algo. Después de mucho insistir, dejó un sándwich sobre mi mesa de noche. Las lágrimas seguían saliendo, aunque el llanto había cesado hacía poco.

No podía seguir ahí, me abrumaba. Tomé mis patines y conduje hasta un parque donde pudiese usarlos sin limitarme. En cuanto el viento acarició mi rostro pude respirar mejor, liberar un poco de la impotencia, de la rabia, del dolor.

Deseaba con fervor tener las respuestas a todas mis preguntas, sobre lo que nos marcaba, lo que nos unía y, en definitiva, lo que nos separaba. Pero no daba con ninguna; al contrario, a cada minuto se acumulaban más y más preguntas, y lograban que, en ocasiones, las lágrimas se liberaran y rodaran por mi rostro debido al aire.

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Mientras me dejaba llevar por mis piernas recordé cada detalle como si pudiera volver a vivirlo, sentirlo.

Entendía, de alguna manera, que lo que nos unía no era normal, y tenía la certeza de que lo que sentíamos no debía suceder porque no tenía probabilidades de terminar bien.

Algo más fuerte que yo, e inexplicable, me decía que mi vida ya jamás sería la misma. Mi cuerpo lo llamaba, mi corazón lo exigía, esa vitalidad indómita lo reclamaba rugiendo, abriéndose paso en mi interior, buscando que la escuchara.

No era necesario que transcurriera el tiempo para tener esa asombrosa seguridad de que iba a sentir tanto, aunque nuestros destinos fuesen equidistantes.

Con mayor ahínco moví los pies, imprimiendo más velocidad en cada paso. Luca parecía estar tatuado en mí de una forma anormal y atípica, pero que me hacía sentir completa y en paz a la vez.

Era una locura, una que le daba sentido a mi vida.

Mis pensamientos brincaban de una cosa a otra sin poder contenerlos. Al final comprendí que lo único que nunca cambiaría era esa manera que teníamos de amarnos fuera de toda realidad. Sin embargo, y por lo mismo, debíamos alejarnos.

Seguir, en algún punto, nos haría infelices y nos haría olvidar lo hermoso y maravilloso que era el estar uno al lado del otro. No quería eso…, no lo permitiría. Lo más importante para mí era él y sabía que renunciar a lo que realmente era, por mí, pesaría, aunque dijera lo contrario.

No podía cargar con esto sola, necesitaba poder compartir con él mis inquietudes y, al no poder hacerlo, no veía cómo enfrentaríamos toda esa realidad tan impredecible.

No supe cuánto tiempo había pasado, cuando comencé a sentir que me martilleaba la cabeza, se me erizaba la piel, empezaba a estar débil. Me detuve y me recargué en un árbol, agitada, sudorosa.

Debía regresar a casa.

No me sentía mejor anímicamente, pero sí más despejada. No obstante, de nuevo esas sensaciones molestas se hicieron presentes.

Conduje agotada, transpirando, intentando dejar mi cabeza en blanco, pero dolía como el infierno intentar apartar mis pensamientos de su dirección: simplemente era como si no estuviesen dispuestos a ayudarme.

Llegué a casa a las ocho. Aurora me observó al pasar, sólo evaluando los daños. Yo era un desastre: mi cabello, un nido hecho maraña; mi rostro, sucio; mis pantalones, también. No dije nada, y subí para buscar un analgésico.

Una vez limpia, medicada, me recosté.

Mantuve las luces apagadas, con la vista perdida en el cielo, que podía observar a través de mis ventanas. Miré con atención, comprendiendo por primera vez que más allá de lo que mis ojos detectaban existían vidas, mundos, especies, seres que, de alguna manera diferente a la nuestra, habitaban y que él era parte de eso, ajeno a mi pensamiento, a mi realidad.

Luca era Luca, ése de ojos cambiantes, de tacto febril, de complexión enorme, de cabello ébano, de mente sagaz, pero nunca, durante todo ese tiempo, pude hacer la conexión real con lo que realmente era. El miedo o la confusión podían ser las razones, o sencillamente el hecho de verlo y que me hiciera sentir parte de su realidad, de su vida, fuera ésta cual fuere.

Suspirando, con lágrimas que resbalaban de las comisuras de mis ojos, me acurruqué afligida. Esa noche sería larga, muy larga, y la primera de todas las que me restaban, miles tal vez. Debía enfrentarlo, por ambos, por él.

No supe qué hora era cuando escuché la manija de la puerta.

—¿Sara? —Giré en la penumbra de mi recámara. Papá, dudoso, se acercó a mi cama y se ubicó frente a mí sin encender la luz—. ¿Estás bien?

—Sí.

Arrugó la frente, frustrado. Sabía que mentía, mis lágrimas eran evidentes.

—¿Pasó algo entre Luca y tú? ¿Te hizo algo? —indagó.

Negué sonriendo sin alegría al escuchar lo último. Yo era la que le había hecho algo a él o en realidad a los dos.

—Baja a cenar —pidió unos segundos después del incómodo silencio.

—No tengo hambre —susurré con voz pastosa.

—Hija, sé que algo ocurrió, comprendo que no quieras decírmelo pero, por favor, no me preocupes. Ayer también te saltaste la comida y la cena, hoy la comida, eso sin contar que patinaste toda la tarde. No lo discutiré. No quiero pelear contigo, entiendo que no la estás pasando bien; sin embargo, en eso no cederé —declaró suavemente, aunque con indiscutible autoridad.

Tenía razón, no era la manera. Además, a diferencia de meses atrás, ahora sí contaba con él, eso me tranquilizó. Probablemente de ese modo lograría sobrellevar mejor todo lo que se vendría, que, sospechaba, no sería sencillo. Nuestra relación no era normal, nuestros sentimientos tampoco, así que era evidente que nuestra ruptura sería atípica también, aunque no sospeché hasta qué punto.

Bajé a su lado y pude comer casi medio plato de ravioles. Bea, mi padre y Aurora me estudiaban, preocupados, intuyendo lo que había sucedido.

—Fui por la tarde a tu escuela, Sara —dijo él, de pronto.

Levanté la vista esperanzada de que hubiera logrado algo y pudiera irme sin problemas. Los próximos días serían muy difíciles, pero ahora más que nunca esa beca era vital.

Chasqueó la lengua.

—La inflexibilidad reina en ese colegio. El director fue amable, pero no puede intervenir. ¡No lo puedo creer! ¿Entonces qué hace en ese puesto si no es apto para tomar decisiones? —preguntó molesto y dándole una gran mordida a su trozo de pan.

—Te dije… Aun así, gracias —musité.

—Ya iremos, hija. ¿No es así, Be?

—Sí, me prometió que en diciembre visitaríamos a los abuelos, a mis primos y a mis amigos… Así que podremos pasar las vacaciones juntos —completó Bea, alegre.

Canadá ya no me atraía como antes, pero era a donde debía ir, donde probablemente lograría deshacerme de todo lo vivido en la última temporada, que había marcado mi vida por siempre, lo quisiera reconocer o no.

Sonreí sin mucho entusiasmo. Los dos ya no sabían qué más hacer para cambiar mi humor, así que comenzaron una charla sobre el itinerario del viaje. Me despedí cinco minutos después dándoles un beso a ambos, desganada.

—Descansa, hija —parecían abatidos al verme así.

Subí pesarosa, eran las nueve y cuarto. Me puse la piyama y me recosté. Los ojos me ardían de tanto llorar y me sentía realmente cansada, además tenía esa picazón en la piel; por lo menos la cabeza no me molestaba mucho.

Durante minutos di vueltas y vueltas en la cama. Cuando dieron las diez y media, el peso de lo que acababa de decidir me abrumó, pues comprendí que eso era con lo que tendría que convivir.

De nuevo el llanto.

A medianoche mi cama era un desorden absoluto. Yo no podía dormir, aunque mi cuerpo lo exigía, eso sin contar con la irritación en la piel: me incomodaba incluso tener algo encima. Al final, como a las dos de la mañana me puse un camisón ligero a pesar del frío que hacía y que sentía, me enrollé en una cobija felpuda que no era tan molesta como las sábanas y colchas sobre mi piel, y me acurruqué en el sillón sin moverme para que el roce no me hiciera apretar los dientes.

La cabeza, gracias a otra dosis de analgésicos, no me dolía tanto, así que recargué la mejilla en mis rodillas y cerré los ojos esperando que el sueño llegara por fin. A las tres y media vi por última vez el reloj.

La alarma sonó y me sacó de un sueño ligero y poco reparador. Fui consciente de cada músculo de mi cuerpo. Me había quedado dormida en la misma posición. En cuanto bajé las piernas, las sentí entumidas y me molestó de nuevo el roce con la tela del sillón. Me levanté adormilada, muy cansada.

Había logrado pasar la noche sin llamarlo, aunque había estado a punto varias veces. No sabía si acudiría, y, si lo hubiera hecho, me hubiera sentido aún peor por ser tan dependiente de él. No, lo que había hecho era lo mejor, a pesar de que doliera.

Ducharme casi me hizo gritar: el agua caliente se sentía insoportable, era como si me quemara la piel. El agua fría me hacía titiritar y también me lastimaba. ¡Dios! ¿Por qué me sentía así? A veces me ocurría eso, pero me negaba a asociarlo a él. No quería. Era mi cuerpo, mi responsabilidad, y podía dominarlo, así que eso haría. De forma consciente decidí intentar ignorar esas sensaciones y el dolor de cabeza hasta que desaparecieran. Mi estado físico no me obligaría a buscarlo, a dar marcha atrás, tenía que ser fuerte una vez más.

Amaba muchísimo a Luca, por lo mismo la postura firme era mi única opción. Seguramente mi cuerpo tardaría unos días en acostumbrarse a su ausencia y mi mente a su capacidad de sosegarme en segundos. Luego… luego viviría una vida del recuerdo que nunca debió ser y que me acompañaría por mucho tiempo, lo quisiera o no.

Vestirme no fue mejor, terminé poniéndome un conjunto deportivo, holgado, y una camiseta de algodón ligera. La cabeza comenzaba a dolerme de nuevo, podía sentir una vena insistente en la sien, por lo que me dejé el cabello suelto. Chasqueé negando. No más analgésicos por ahora. Soporté la molestia y rogué en mi interior que desapareciera antes de que fuera insostenible. Mis ojos se hallaban vidriosos y mi rostro un poco demacrado. Gemí mientras cerraba los párpados frente al espejo, recargando ambas manos en la repisa.

Lo había metido tanto en mi vida que ahora no sabía qué haría sin su compañía. ¡No, no daría marcha atrás! Podía con eso, debía hacerlo por él, por lo que sentía, por su existencia tan diferente a la mía. Aurora salió de la cocina en cuanto bajé. Se cercioró de que no me diera a la fuga sin ingerir alimento. Sinceramente lo había pensado, pero al verla ya no tuve opción. Sin remedio me senté frente a unos huevos revueltos con tocino, pan tostado y zumo de naranja con zanahoria. Sabía que todo eso me encantaba. Lo observé sin mucho afán. Resoplé. «Debo seguir mi vida, debo seguir mi vida». Me repetí a cada segundo, a veces más rápido. Comencé a ingerir los alimentos y percibí que al final de cada bocado se quedaba en mi boca un sabor dulzón y algo desagradable. Aun así, lo empujé dentro de mi organismo sin chistar.

Tomé las llaves del auto y conduje hasta el colegio, no me permitiría llorar en ese momento. Apagué el sonido de la radio, no deseaba escuchar nada salvo ese vacío en mi mente; deseaba que lo consumiera todo para no pensar, para no sentir, para no añorar.

Apenas si bajé cuando Romina ya me gritaba desde lejos. Coloqué un par de dedos en la sien mientras cerraba los párpados. Ahora me dolía más.

—Tú, ¿conduciendo?, ¿sola? —preguntó enarcando una ceja y observándome intuitiva al tiempo que se acercaba.

Abrí los ojos y aferré el tirante de mi mochila.

—Ya ves… —susurré e intenté después mostrar una sonrisa.

Me siguió.

—¿No me vas a decir qué sucede? Soy tu mejor amiga, Sara —chilló a mi lado.

—Terminé con Luca —expresé sin reparos. Era consciente de que eso la dejaría en estado de shock varios metros detrás de mí, pero no escondería lo evidente, yo no era así.

—P…pero ¿por qué? —preguntó asombrada otra vez a mi lado.

—No quiero hablar de eso, Romina, no por ahora —casi le rogué. No tuvo otra opción salvo asentir, aunque no pudo ocultar su consternación.

—Está bien, no te diré más. Sólo promete que cuando estés lista me lo contarás.

—Sabes que sí.

Luca estaría en la primera clase. Al reparar en ello, mis palmas sudaron casi como si una magia desconocida las hubiese hechizado. Respiré varias veces buscando algún recuerdo en mi mente que me alejara de esas sensaciones de desosiego. Debía estar bien, debía intentar ser fuerte, debía seguir.

Entré sin observar a nadie. Afuera varios compañeros mataban el tiempo. No se hallaba aún allí, podía sentirlo, pero Gael y Lorena, sí. Caminé hasta ellos sin dudar.

—Hola… —murmuró Lorena evaluándome. Respondí con un débil gesto y me senté cerca.

—¿Y Luca? ¿Se quedó afuera con Hugo? —indagó Gael.

—No sé —acepté, sacando mis cuadernos.

—¿Pasa algo, Sara? —me preguntó Lorena, intrigada. Dudé en contárselo, no quería tener que agobiarme también por Gael, que seguro vería la situación como una oportunidad. Sin embargo, iba a ser imposible que no se dieran cuenta, Luca y yo… éramos inseparables.

—¿Peleaste con Luca? —intervino de nuevo mi amigo ya más serio y menos entusiasta. Sabía que en realidad lo estaba, pero no quería incomodarme.

—Terminamos —solté mirándolos, seria.

Ninguno de los dos dijo nada, parecían asombrados. De repente la sensación en mi piel comenzó a menguar y detecté el momento exacto en que dejó de dolerme la sien. Unos segundos después él entró. Dejé de respirar. Se veía tan espectacular como siempre: camiseta de cuello verde oscuro, jeans negros y el cabello húmedo aún. Sabía a lo que olía a esa hora y cómo se sentía tocarlo. Apreté mis manos con fuerza.

¡Dios!, moría por besarlo. Él me miró, pero sólo un segundo en el que alcancé a ver sus ojos carbón. No parecía estarla pasando mal, no como yo, por lo menos. Sin embargo, lo conocía y sabía que a su manera no la estaba pasando nada bien tampoco. Bajé la vista hasta mis manos cerradas en puño, sin poder evitar que me hiriera su indiferencia. Hugo y Luca se sentaron en el otro extremo del salón y comenzaron a reír por algo que él decía. Sentí que el nudo en la garganta crecía de nuevo hasta casi ahogarme. Me concentré en respirar y logré que bajara un poco.

La hora fue incómoda. En un par de ocasiones me atreví a verlo, lucía tan relajado que mi pecho ardió. Lo cierto era que no podía esperar otra cosa, eso era lo mejor para los dos, y gracias a su inteligencia probablemente lo habría asimilado ya, antes incluso de que yo lo lograra, pese a que fui la que tomó la decisión.

Cuando terminó esa clase tortuosa, levanté la vista con cautela; él ya no estaba.

La hora del almuerzo llegó. No tuve más remedio que acudir a la cafetería rodeada por mis amigos, que por lo visto no tenían intenciones de abandonarme, aunque la verdad tampoco deseaba estar sola y que mi cabeza no parara de pensar; no, era mejor tener compañía. Para mi suerte no estaban ahí; sentí cierto alivio, cierta decepción.

Suspiré e intenté poner atención en ellos, en lo que decían, en cualquier cosa que no me llevara a esos ojos asombrosos, a ese cabello negro.

El timbre sonó, mi corazón dio un vuelco de doble pirueta y voltereta mortal. No quería entrar. Tenía las palmas sudorosas, el corazón agitado. Me demoré un poco en ponerme de pie, buscando ese valor extraviado. No lo encontré, pero sí di con la voluntad necesaria para afrontar esa realidad, la que yo elegí. Como ya suponía, Luca y Florencia ya estaban en el aula. Mi corazón se estrujó.

«Debes ser fuerte, debes ser fuerte». Me repetí esperando un milagro porque todo aquello resultaba tan difícil como ir contra el instinto.

Él escribía algo en su libreta, abstraído, callado. Florencia me dedicó una sonrisa que me dejó desconcertada, la cual le devolví, dudosa. El día anterior parecía molesta porque me hubiera sentado con ellos y en general mantenía la distancia conmigo, por lo que el gesto me pareció por demás extraño.

Sin remedio, con un suspiro lastimero atascado en mi pecho, decidí que debía concentrarme en la cátedra, que comenzó unos minutos después de que tomara asiento. Anoté atenta todo lo que el profesor escribía en el pizarrón. Para mi asombro, lo que decía me atrapó. Hablaba sobre el concepto de ser humano desde una perspectiva filosófica, por supuesto, pues de eso iba su materia. Decía que era posible abordarlo desde dos vertientes: la mente o el cuerpo. Conforme fue avanzando, entendí que somos las dos cosas, pero que, según su manera de verlas, una no podía existir sin la otra, ya que la esencia de cada ser es lo que da la vida a su cuerpo, y el cuerpo es el caparazón que envuelve y protege esa esencia.

Giré hacia donde Luca se encontraba: comprendí mejor lo que me había contado hacía ya varios meses sobre él y capté por primera vez lo que era en mi cabeza; Luca era esencia y tenía un cuerpo igual que yo… ¿Por qué entonces habíamos nacido en diferentes mundos si al final nos reducíamos a lo mismo: a la vida?

Supongo que sintió mi mirada, a mí en general, esa vitalidad que lo veneraba, porque me atrapó en sus ojos. De alguna manera supe, por ese gesto, por lo que me trasmitía, que pensaba lo mismo que yo. No interrumpí la conexión, su iris iba aclarándose conforme el tiempo pasaba hasta que, de repente, cerró los párpados, negó molesto y continuó haciendo anotaciones. Mi piel se sintió herida, tanto como eso que lo exigía. Pestañeé aturdida y regresé a mi libreta. Tardé algunos minutos en respirar de nuevo con normalidad, en alejar la sensación de soledad que me consumía. Mi mundo se colapsaba, y lo peor era saber que era por mi culpa. Aun así, continuaba creyendo desde el centro de mi ser que, pese a lo dolorosa que era la situación, eso era lo correcto. Si lo amaba, no podía atarlo.

Para el segundo receso me hallaba rebasada y fatigada. Las cosas no cambiarían, ya comenzaba a comprenderlo.

Eduardo me invitó a jugar vóleibol. No era raro, solía visitar las canchas a esa hora y dejarme ir en algún partido. Así que acepté. No di una pese a intentarlo, así que finalmente decidí ser espectadora. Ahí, sobre las gradas, busqué por todos los medios sólo estar atenta a lo que ocurría en la cancha.

La penúltima clase debía afrontarla con temple. Sólo ellos y estudiantes que no conocía. Sin embargo, era valiente, podía con esto. Repetírmelo hasta el cansancio logró que me lo creyera un poco. Florencia y Hugo parecían estar manteniendo una discusión justo cuando entré. Luca no pudo evitar verme, pero enseguida apartó los ojos. Era como si nunca hubiera ocurrido algo entre nosotros, como si ni siquiera me conociera o le importase. No podía exigirle otro proceder, cada uno afronta las cosas desde sus posibilidades; entonces lo entendí. No obstante, dolía, dolía tanto.

Perdí esa hora en mis reflexiones, no percibía esa vitalidad que todo el tiempo permanece activa dentro de mí, brincoteando, haciéndose notar, sólo un leve bosquejo de su esencia; estaba algo retraída, molesta, decepcionada, impregnada de ansiedad. En cuanto a él, no tenía idea de lo que pasaba por su mente, pero terminé convenciéndome de que de verdad le había quitado un peso de encima y lo había liberado, y quizá por eso se encontraba así: distante, acomodando todo aquello de la mejor manera.

Anduve hasta la cancha con la cabeza pesada y ya agotada de tanto darle vueltas a lo mismo. Romina me interceptó casi al llegar.

—Parece muy tranquilo. Intento entender, pero mi cabeza no da para ello, es que no suena normal —declaró a mi lado, desconcertada. Me encogí de hombros, la miré de reojo. Ciertamente no comprendería lo que sucedía si no conocía ni un poco de la verdad.

—Por favor, sólo ahora no, no estoy lista —supliqué conciliadora.

En los vestidores me eché agua en el rostro para despejarme; no lloraría, muchos menos ahí, pese a que deseaba hacerlo. Mi amiga se colocó detrás de mí y me miró por el espejo.

—No diré más, sólo te pido que no se lo demuestres, Sara… No le demuestres lo que en realidad te está doliendo.

—Me da igual eso, Romina. Él creerá lo que quiera, pero estaré bien, no te preocupes. —Me giré, le di un beso en la mejilla y le guiñé un ojo. En serio parecía agobiada, hasta disgustada. Tenía muchos motivos para salir adelante; entre éstos, ella, y lo lograría, con todo y mi corazón roto.

Llegué a mi casa, cansada y deprimida. Era el primer día, quizá lo más difícil había pasado porque ya entendía cómo sería la dinámica de los siguientes. No me reconfortaba, pero me tranquilizaba que sólo serían unos meses más; luego mi vida cambiaría. No obstante, algo, una certeza férrea, me decía que no lo olvidaría, que su presencia siempre me perseguiría, y era tan real como el hecho de que mi vitalidad ahora, lejos de la escuela, había menguado. Aun así, no daría marcha atrás, lo amaba mucho como para hacerlo. Él merecía su vida; yo, no sentirme dividida.

—Ni un paso más. —Escuché a mis espaldas. Me detuve—. Vas a comer, Sara. Así que deja ahí esa mochila y ven a la mesa. Bea ya está sentada —ordenó mi nana con autoridad.

Obedecí sin remedio. Saludé a mi hermana intentando sonreír, ella me devolvió el gesto y comprendió que aún no estaba bien, aunque lo intentaba y eso me daba puntos. En cuanto comencé a comer, hice una mueca de desagrado: el sabor era algo extraño, desagradable. Al pasar el bocado, de nuevo una sensación de rancio se me quedaba en el paladar.

—¿Sabe mal? —preguntó Aurora intrigada. Bea negó masticando alegre. Arrugué la frente.

—Siento algo raro al final, como si estuviese viejo, no sé —respondí y olisqueé mi tenedor.

Mi hermana negó con serenidad.

—¿Quieres otra cosa? —me preguntó Aurora, solícita. Nunca era quisquillosa con la comida. Negué extrañada y le di otro bocado. Sin embargo, no pude terminarlo; si seguía ingiriendo, devolvería el estómago. Era incluso repulsivo.

Aurora me retiró el plato intrigada por mi poco interés en su comida. Yo solía repetir ración de lo que había cocinado hasta tres veces si tenía mucha hambre.

—Voy a patinar —anuncié de pronto, ansiosa. Necesitaba con urgencia dejar de sentir eso que me torturaba: su lejanía.

Al salir de casa sólo escuché «no tardes».

Lo cierto es que no lo hice: una hora después de estar sobre las ruedas, apaciguando mi mente con música a todo volumen, exigiendo a mis piernas más de lo que estaban acostumbradas a dar, mi cuerpo se colapsó. Caí cuando un extraño bajón de energía, provocado por eso que habitaba en mí, generó que mis articulaciones simplemente dejaran de funcionar. Las rodillas, las palmas, los codos, toda yo terminé sobre el pavimento. Un par de personas se acercaron preocupadas. La velocidad a la que iba pudo haber empeorado la situación. Me dolía todo y no sentía fuerzas. Entre dos hombres que corrían en el parque me sentaron; una mujer me ofreció agua. Mi cabeza martilleaba de una forma atroz, sentía la piel ardiente. Gemí al intentar moverme.

—Ibas muy rápido, ¿estás bien? ¿Llamamos a alguien? —preguntó uno de ellos.

Negué tratando de recuperar el aliento. Se me había roto el pantalón, me sangraban la rodilla y los codos. Bufé recargándome en la pared. De nuevo perdía la fuerza, era como si se acurrucara desganada en un rincón de mi ser.

—¿Vienes sola? —Quiso saber la mujer.

—Sí, pero estoy bien. Gracias —mentí—. Ahora se me pasa.

—Debes ir a que te revisen. Fue una caída fuerte.

Y lo fue. Seguro tendría la rodilla y las manos hinchadas. Asentí buscando con esfuerzo mi celular. No podía conducir; eso, seguro. No podía ni ponerme en pie. Romina llegó minutos después, junto con el chofer de su casa. Entre los dos me ayudaron a entrar a la camioneta. Él se llevó mi auto a casa, mientras ella, necia, conducía rumbo al hospital. Yo era sangre y tierra. No tuve energía para negarme, aunque sabía que no era nada grave; quizá sólo tenía la presión muy baja, ese maldito dolor o aquello espantoso que ocurría con mi piel.

Después de que me limpiaran y de que le rogara no avisar a mi papá, me llevó a casa. Aurora no estaba, para mi buena suerte. Más repuesta gracias a los analgésicos, pude subir sola hasta mi habitación, y, ahí, mi amiga se sentó sobre mi cama y se quedó observándome.

—No sabía que patinabas —murmuró mientras yo, con dificultad, me quitaba los jeans rotos. El roce era insoportable.

—Sí, lo hacía antes de que mamá muriera, ahora lo hago de nuevo —admití quejosa. Se levantó y me ayudó a sacarlos de mis pies. Luego se ubicó frente a mí, con las manos en la cintura.

—Asumo que él sí sabía esto, que patinabas con él —atajó. Desvié mi atención y asentí —. ¿Qué más desenterró?

La miré nuevamente, llorosa. No parecía molesta, sólo profundamente desconcertada. Mordí mi labio.

—Romina, esto es muy complicado —intenté explicar. Sonrió ladeando el rostro.

—Creo que no, creo que, aunque no estén juntos ya, tuvo un motivo en tu vida y lo hizo bien. Me alegra verte así, como ahora. Aunque no como en este momento preciso, en que eres todo un desastre, amiga —admitió relajada. No pude esconder más el llanto. Enseguida me abrazó y comenzó a acariciarme la cabeza—. Pasará, Sara, eres fuerte y sé que pasará.

Asentí contra su hombro. No estaba sola, estaría bien, debía estarlo.

Una hora después, ella ya se había ido y yo me había duchado casi gritando del dolor por el agua sobre mis heridas y mi piel. Decidida me puse a hacer deberes. Haría valer mi decisión: mi beca no podía peligrar, y para ello debía enfocarme. Me agarraría de todo aquello que me daba seguridad y que tenía a mi alrededor: mi familia, mis amigos, mis metas, mi vida, ésa de la que tantas veces hablé con mamá. Ése sería mi proyecto, ya no mi sueño, porque éste ya estaba envuelto en un lugar lejano, ajeno a mí, junto a esa fantasía de sentirme parte de alguien por completo; pero con eso bastaría y lo haría bien.

Anochecía cuando me tomé de nuevo dos aspirinas tras sentir que me punzaba la sien, y esperé con la luz de mi habitación apagada a que cesara. Permanecí sentada sobre la silla de mi escritorio con la frente recargada en mis brazos sin querer moverme mucho; por un lado, por la caída, ya que conforme mi cuerpo se enfriaba, dolían más los golpes, y por el otro, debido a mi piel, que me ardía con cada movimiento.

Bea tocó a mi puerta a la hora de cenar. Tuve que bajar cojeando, con cuidado. Después de que mi nana tuviera un ataque de nervios al verme lastimadas las manos y los codos, me preguntara por mi rodilla y yo le explicara con calma, procedimos a cenar. Otra vez había algo que solía gustarme de comer, y sin embargo sentía de nuevo ese sabor tan desagradable al final, que me revolvía el estómago, ahora más intenso. Pero fingí como pude que no lo percibía. Aunque no era normal, empujé el sentimiento a ese sitio donde mando lo que no quiero procesar, y lo guardé ahí. Debía comer, punto final.

Al entrar, resoplé afligida. Paralizada observé a mi alrededor. Tenía una noche más frente a mí. La anterior había sido un suplicio, por lo mismo me sentía agotada; sólo rogaba que ésta fuese diferente, que con todo lo que cargaba y la fatiga quedara noqueada al tocar el colchón, aunque una vocecita interna me decía que no sucedería de ese modo.

Resuelta, me lavé los dientes y me acurruqué sobre mi cama. El roce de las sábanas me volvió a arder, tanto que apreté los dientes. Gemí mientras me volteaba con cuidado. Eso, aunado a mi rodilla hinchada, mis heridas en los brazos y manos, era un calvario. Sin remedio me senté de nuevo en el sillón y coloqué frente a mi pierna lastimada un banquito para así poder estirarla. Cuando me sentí medianamente cómoda, aunque era complicado, me puse los audífonos a un volumen decente para que desapareciera aquella molesta punzada.

Ninguna de las canciones o grupos me lograron apaciguar ni adormecer. ¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría en la ciudad o en uno de aquellos increíbles sitios a los que me llevó tantas veces? Pensar en ello no servía, pero de alguna manera me tranquilizaba traer a mi mente sus ojos, esos que me enloquecían, concentrarme para evocar ese aroma tan fuerte, tan suyo. Comprendí de pronto que me estaba dejando llevar y que llamarlo era sólo un pequeño paso que no daría, así que me detuve.

Cuatro horas después mis párpados no cedían pese al sueño que tenía y lo mucho que me ardía el globo ocular. Tenía frío y molestias en la piel. Me llevé las manos al cabello, que aferré con un poco de fuerza. Era ridículo. Debía dormir, no podía ser tan absurdamente dependiente. Me senté en el piso y comencé a hojear un libro que solía leer de niña. Lo leí tres veces, y no sucedió nada.

A las cuatro de la mañana de nuevo estaba en el sillón sin querer moverme, porque el dolor estaba regresando. Prendí mi celular, busqué un poco de música clásica, lo puse a mi lado bajito y lentamente el letargo llegó envolviéndome hasta que por fin me quedé dormida con la imagen de sus verdes ojos suspendidos en mis pensamientos.

—¿Sara?, hija —Escuché.

Levanté el rostro, aún somnolienta. Gemí en el acto. Me iba a estallar la cabeza, por reflejo me llevé ambas manos a la sien. Cómo dolía, eso sin contar mis heridas, la irritación de mi piel.

—Aurora me dijo que tuviste un accidente. ¿Dormiste aquí? —me preguntó cuando cayó en la cuenta de dónde me había encontrado. Asentí buscando con los ojos adoloridos el reloj. Las siete y media. Había logrado dormir como máximo tres horas. No podía moverme, pero no deseaba agobiarlo más. Sin embargo, llevaba una bermuda de tela ligera que dejaba ver mi rodilla, además de la blusa sin mangas que no escondía mis heridas del codo, el antebrazo y las palmas. Me examinó con la mirada.

—Estás pálida. Y esos golpes… ¿Por qué no me marcaste?

Mientras me ayudaba a levantarme, intenté explicarle todo y tranquilizarlo.

—Estás muy fría, no debiste dormir así. ¿Quieres que llame al médico? ¿Te sientes bien? Quizá hoy debas descansar, tu rodilla está hinchada. ¿Qué te recetaron? —Lo observé con una leve sonrisa. Dolía que me rozara, pero no me importaba, lo necesitaba. Me recosté con cuidado.

—La receta está en mi escritorio; compramos lo que me dijeron antes de regresar a casa. Pero sí me duele todo.

Asintió colocando con sumo cuidado un cojín bajo mi rodilla. Enseguida descansé esa parte de mi cuerpo un poco más.

—¿Mejor? —Quiso saber con ternura.

—Sí, gracias. Estoy bien —musité intentando convencerlo.

Él no solía entrar a mi cuarto y menos a esas horas, ya que a pesar de que nuestra relación había mejorado indudablemente, aún estábamos reconstruyéndola. Yo notaba cómo iba midiendo hasta dónde lo dejaba entrar en mi vida. Así que el hecho de que estuviera ahí me decía que había estado preocupado por mi accidente del día anterior.

—Quisiera creerte, mi amor, pero te ves cansada —dijo mientras se sentaba a mi lado.

—Me duele la cabeza… mucho —declaré de nuevo apretándola con ambas manos—, y el cuerpo por los golpes.

—Ahora te traigo algo, además de un ungüento para esas heridas. Intenta descansar, Sara. —Me veía como si supiera que no lo había hecho. Asentí cerrando los párpados, cosa que mis ojos agradecieron; los sentía arenosos. Unos segundos después apareció con agua y un par de pastillas; me las pasé de prisa esperando que de verdad hicieran efecto rápido. Después, con sumo cuidado, me untó lo que llevaba en la mano mientras yo aguantaba la sensación horrible que me producía su roce—. Voy a darme una ducha. Si necesitas algo, me avisas —dijo al terminar.

—Sí, pa, gracias.

Me dio un beso en la frente y se fue. Resignada, prendí el televisor, ya que se me había pasado un poco el dolor de cabeza, pero no encontré nada interesante. Resoplando solté el control sobre el colchón. No había pasado ni dos días sin él y lo echaba tanto de menos… añoraba la suavidad de sus rizos ébano entre mis dedos y su manera tan cuidadosa de tocarme.

Busqué con la mirada en mi librero aquella foto en la que yo parecía un mono trepada en él: acabábamos de regresar de Perú, un viaje asombroso. Me sentía exultante; Luca sonreía mientras sostenía el celular y capturaba el momento. Tantos instantes como ése jamás podría borrarlos. No estaba. La foto no estaba. Me levanté como pude, gimiendo por el esfuerzo y el dolor. Había una nota ahí, en el estante.

La tomé desconcertada, al hacerlo noté que mi mano temblaba.

«Olvidarlo todo es lo mejor, lo nuestro fue un error».

Era su letra.

Sentí que mi respiración se ralentizaba dramáticamente. Lo leí más de diez veces, furiosa, indignada, asombrada. ¡¿Quién carajos se creía?! ¡Un error! Lo nuestro podía ser catalogado de muchas maneras, pero no como un error. No, me retorcía la pura idea de que así lo pensara, que deseara olvidarme.

Corrí hasta mis cajones con la adrenalina circulando por todo mi cuerpo. Busqué las tarjetas que solía dejarme y que yo, por lo que encerraban sus palabras, escondía en una caja hecha por él, adentro del cajón de mis piyamas. Debían estar ahí. Saqué todo y al final encontré otra nota con la misma letra y las mismas malditas palabras.

¡Qué le pasaba!

Apreté los dientes mientras se me llenaban los ojos de lágrimas, incrédula. Arrugué la nota con ira. ¿No entendía por qué hacía algo así? Una cosa era terminar por nuestro bien y otra era meterse a mi habitación y decidir por mí lo que era mejor. Robó mis cosas, robó mis recuerdos, robó mi intento de tranquilidad.

Fui hasta mi mesa de noche y tomé mi celular. Solía guardar sus mensajes o recados al despertar, las fotos que había tomado. Los busqué temblando. Nada. Eso era el colmo, ¡el maldito colmo! Nunca se lo perdonaría, había llegado muy lejos, había sido intrusivo, aberrante. No tenía ningún derecho, ninguno.

Decepcionada por su proceder me dejé caer en el suelo aún con el celular en la mano. Mi respiración comenzó a ser agitada al igual que el pulso, que podía sentir en el cuello a prisa, tenía náuseas, ganas de gritar, sentía una rabia infinita, una impotencia inmensa. Buscarlo y darle una buena bofetada fue lo primero que se me cruzó por la mente, pero ¿qué ganaría?

¡Agh!

Lo odié, juro que lo odié en ese momento. ¿En serio creía que era así de sencillo borrar de mi memoria lo que había sucedido entre nosotros? No lo podía digerir. Mis mejillas pronto estuvieron húmedas. Deseaba salir corriendo, pero por un lado no podía, mi estado físico no me lo permitía, y por otro, no quería que la impulsividad tomara las riendas esta vez. No me pondría en riesgo por sus estupideces.

Coloqué una mano en mi cuello, ansiosa, y apreté el dije, ese que no había podido quitarme. Bufé, colérica. Lo tomé entre mis dedos, irritada, evocando el día que me lo dio. Si eso era lo que deseaba, de acuerdo, así serían las cosas.

Dejé el objeto dentro de un joyero que estaba a la vista. No le sería difícil encontrarlo si decidía de nuevo hurtar mi intimidad, así que ni siquiera me molesté en cerrarlo. Como detalle perverso, coloqué a su lado ambas notas y me dirigí a la ventana. Perdí la vista en el cielo despejado. Comprendí con dolor que así terminaba todo.

—Bien. Si aquí y de esta manera debe acabar nuestra historia, entonces que así sea —murmuré para mí, contenida, con el cuerpo tembloroso, con el alma rota, herida. Ése era el fin.

El resto de la mañana estuve con Bea. Ella, notando mi esfuerzo por distraerme, ayudó con sus ocurrencias. Me duché a mediodía gimiendo por el dolor en mi piel. Al final lo logré, sólo que tuve que usar un vestido de algodón holgado pese a que el día estaba frío; no soportaba otra cosa encima.

Por la tarde, Romina se apareció sin avisar. No me preguntó nada, lo cual agradecí: no me sentía lista, menos después de las notas que, al sólo recordarlas, me hacían hervir de rabia.

Jugamos Scrabble después de comer. Para ese entonces ya había tenido que ingerir otro par de analgésicos. Era consciente de la recurrencia, pero era la única manera de que una de las dos molestias cediera por un rato y así pudiese intentar avanzar y no dejarme llevar por todo aquello que pretendía tragarme.

Por la noche ellos prepararon la cena mientras yo veía ESPN, me sentía exhausta. Perdida en la pantalla me di cuenta de que estaba pensando en él. Los sábados los pasábamos desde temprano juntos hasta la madrugada, a veces realizando muchas actividades, a veces simplemente juntos. Dios, pese a estar muy molesta con él, lo extrañaba en todas las formas en que se puede extrañar a alguien.

Romina se marchó casi a las once; papá me ayudó a llegar a mi habitación. La pierna me dolía menos, pero entre todo lo que sentía, más los músculos adoloridos, me veía fatal. Moverme para ese momento ya era muy fatigoso y, aunque la incomodidad bajaba con lo que tomaba para la cabeza, no desaparecía.

Una vez lista, me tumbé en la cama con las pocas fuerzas que me restaban. Llevaba dos días prácticamente sin dormir. De nuevo me encontró la madrugada y yo no lograba conciliar el sueño. Debido a la desesperación que la propia situación me generaba, lloré. Me sentía al límite.

Perdida en la blancura de mi techo, con las sienes húmedas debido a las lágrimas, comencé a pensar de forma más seria y consciente que todos esos síntomas no desaparecerían y que, como en algún momento descubrí, tenían que ver directamente con su lejanía. Aun así, y sin pensar en las implicaciones, pues no pensé que sería eterno, sino sólo parte de una adaptación temporal a su ausencia, me aplaudí por no habérselo dicho, eso hubiera sido suficiente para que él hubiese evitado a toda costa terminar nuestra historia.

Lo que hice, lo que estaba haciendo era lo correcto. Mi cuerpo con el tiempo lo aprendería a manejar, no tenía opción. Con la certeza de ese pensamiento, llegó un atisbo de que esa vitalidad que en todo ese día no había percibido se quejaba. Ya para esas alturas estaba resignada, comprendía que nada me haría cambiar de opinión.

—Tendremos que aprender, lo lamento —hablé en susurros, sintiéndome una loca al hacerlo, pero de alguna manera debía hacer conexión con ese sentimiento.

Cuando asumí que no dormiría, no al menos en ese momento, prendí mi computadora y leí mis correos atrasados que se hallaban desde hacía un tiempo en la bandeja de entrada. En algún punto en medio de esas líneas, me quedé profundamente dormida con los brazos cruzados en el escritorio y la cabeza sobre ellos.

El sonido que emitió mi celular para avisar que la batería estaba baja me despertó. Sabía que las malas posturas me dejarían chueca en algún momento. Al erguirme gemí, mientras arrugaba la frente y me llevaba las manos a la sien. De nuevo ese maldito dolor de cabeza con el que, parecía, tendría que aprender a convivir. Agotada, agobiada por tener que tomar más analgésicos, puse el celular a cargar y me los tragué intentando no darle muchas vueltas. Ocho de la mañana. La última vez que había visto el reloj del monitor eran casi las seis. Dos horas. Jadeé sentada sobre el colchón, con la cabeza apuntando al piso. Mi problema de sueño se estaba agudizando, y evidentemente no iba llegar muy lejos así. Decidí que ese día, aunque tuviese que pedirle algo a papá para dormir, lo haría. Debía dormir.

Me recosté con cuidado sobre la cama. No podía quedarme en casa alimentando más esa somatización que cada día se acentuaba, así como los pensamientos que de una u otra forma viajaban hacia su dirección.

Romina pasó por mí a mediodía. No me sentía mejor que en la mañana, sin embargo, intenté poner mi mejor cara. Me vestí con ropa abrigadora, aunque me arrepentí una hora después, pero ya no tenía modo de cambiar mi atuendo por uno veraniego. Nos encontraríamos con otros amigos.

Comimos, o en realidad comieron, porque yo tenía el estómago revuelto con todos los aromas que se mezclaban en Apple Bee's, «uno de mis lugares preferidos… antes», admití en cuanto entramos y contuve las ganas de cubrir mi nariz. Más tarde fuimos al cine. Dios, el olor no mejoraba ahí, pero era tolerable. Había una película que tenían ganas de ver sobre superhéroes. Al terminar puse los ojos en blanco: no tenían ni idea de lo que era vivir con algo que no era humano.

Al salir de la sala, noté que Iván y Gael competían en sus atenciones hacia mí. ¿Era en serio? Con esfuerzo logré mantenerlos a raya, así como al dolor de cabeza, gracias a que ya cargaba con las pastillas en mi bolso.

Llegué a casa a las nueve con la quijada adolorida de tanto mantenerla apretada. El dolor ya era para gritar. Me cambié la ropa con un par de lágrimas involuntarias pues dolía mucho siquiera tocarme.

Me limpié el rostro, decidida. Esa noche no me pasaría lo mismo. Salí ya en piyama de la habitación y me acerqué tímida al cuarto de papá. Al verme de pie en el umbral me sonrió para animarme a que me acercara. Dejó su libro al lado y me observó un poco preocupado.

—¿Cómo te fue?

—Bien, normal —mentí buscando sonreír. Me detuve justo junto a su cama.

—¿Pasa algo, Sara?

—Sí —admití ya muy cansada. Me senté en el lugar que palmeaba, despacio.

—Puedes decirme lo que quieras.

—Lo sé… Papá —levanté la vista—, no he podido dormir en tres noches. No sé qué sucede, pero no me siento bien —confesé afligida. Arrugó la frente, irguiéndose.

—¿Te duele algo? ¿La rodilla? ¿Es por lo que sucede entre Luca y tú? —concluyó. Al escuchar su nombre apreté las manos.

—Supongo.

—Pasará, hija, te lo juro. —Posó una mano lentamente sobre la mía.

—Lo sé, pero no logro dormir por mucho que trato, necesito descansar o enfermaré.

—¿Quieres que te dé algo para descansar, Sara? —preguntó con los ojos entornados, adivinando mis pensamientos. Asentí de nuevo, avergonzada. Él pareció sopesarlo, al final aceptó—. Lo haré, he visto el empeño que has puesto para superar lo que ocurre entre ustedes. Sólo te advierto que no será así siempre, debes buscar una forma de conciliar el sueño. Recuerda cómo lo lograste cuando… tu mamá se fue —me alentó.

Lo miré, desconcertada. No solía hablar de ella; por eso, que la sacara a colación me tomó por sorpresa. Papá sonreía dulcemente.

—No me pasó algo así. En realidad, yo… no quería despertar —confesé con voz queda al recordarla. Besó mi frente y asintió.

—Espera aquí —ordenó. Se levantó y un segundo después ya regresaba con una pastilla en la mano que había sacado de algún lugar de su baño. Supuse que, de ahora en adelante, ese pomo estaría bajo llave. A mi padre, como a mi madre, no le gustaba que tomáramos ese tipo de cosas—. Te daré una, eso debe bastar… Pero mañana pensaremos en otra manera de dormir, ¿de acuerdo?

—Gracias. —La tomé entre mis dedos. Él me acercó un vaso con agua de su mesilla.

—Anda, tómatela. En esta ocasión creo que de verdad la necesitas.

No puedo imaginar qué cara traería como para que me dijera eso, pero sabía que si lo decía era porque debía tener un aspecto horrible. Me la pasé de un trago.

Me acompañó hasta mi cama, me ayudó a recostarme, me cubrió con la manta como cuando tenía cinco años y besó mi frente.

—Duerme, mi niña. —Y salió tras apagar la luz y cerrar la puerta como solía.

No me moví debido al roce molesto de mi piel, pero minutos más tarde, aliviada, comencé a sentir cómo por fin mi mente, no sin antes poner algo de resistencia, se desconectaba de mi cuerpo y caía rendida.

Por la mañana me despertó la alarma. Me sentía agotada, capaz de dormir doce horas más. De nuevo, quemando, los malestares regresaban. Resoplé resignada. Me duché despacio. Al salir estudié mi rostro en el espejo del baño: tenía ojeras aún, pero mejor semblante que el día anterior, por lo menos las líneas rojas debajo de mis ojos habían desaparecido, aunque me veía un poco pálida. Negué frustrada, tensa.

Lo vería en unas horas y el coraje que sentía por su intromisión regresó por completo. Luca actuaba desde su verdadero ser, lo sabía. No era humano, por lo que no tenía idea de cómo se lidiaba con algo así; sin embargo, no lo justificaría. Yo estaba sola en esto, batallando sola con situaciones que ni siquiera podía comprender, y me había arrebatado mis recuerdos, mis meses a su lado, mi manera de superarlo. No se lo perdonaría. Y aunque sabía que justo ésos eran los sentimientos que buscaba despertar y que ganaba lo que deseaba, no los pude evitar.

En la escuela continuó con su actitud indiferente, sin dar señales de haberme conocido alguna vez: salvo cuando crucé la puerta del salón tratando de esconder mi cojera que cada vez era menor, no volví a sentir sus ojos sobre mí. Lo cierto es que lo miré apenas, lo ignoré con deliberada frialdad y, como no podía sentirlo porque de alguna manera había logrado encerrar eso extraño que solía trasmitirme, no supe lo que experimentaba; honestamente, tampoco quería saberlo.

Lo que realmente me alertó y me preocupó más de la cuenta fue que, segundos antes de que apareciera en el salón, mi piel comenzó a estar como solía, y mi cabeza, que gracias a los analgésicos me había dejado de doler, la sentía tan normal como antes.

Florencia me interceptó cuando íbamos rumbo a la cafetería. Romina se alejó al notar que ella deseaba algo. Observé, aferrando el tirante de mi mochila, seria.

—¿Estás bien? —preguntó de pronto. Ladeé el rostro y estudié sus hermosos rasgos. Cómo no se daban cuenta de lo anormalmente perfectos que eran.

—Sí. Muy bien —mentí. Ella asintió, al tiempo que me examinaba y centraba su atención en mi rodilla.

—No parece, cojeas —apuntó con tranquilidad.

—Me caí. Nada grave.

—¿Por eso tus ojeras, la palidez? —indagó sin mostrar prisa. Me molestaba que me preguntara, sobre todo porque sabía que él la había mandado.

—¿Qué deseas saber? Porque la verdad estoy perfectamente y tengo hambre. Si él te pidió que me preguntaras, puedes decirle que sé cuidarme, que este error pronto será sólo un recuerdo. —La rodeé para avanzar. Me tomó del brazo, cuidadosa, y clavó sus extraños ojos en los míos.

—¿Error? —repitió arrugando la frente—. No fue él, fui yo. Y me alegra que te encuentres bien.

—Lo imagino. Gracias. —Intenté sonreírle conciliadora al notar que parecía un poco perdida y me alejé. Ella no tenía la culpa de nada, en realidad siempre había sido amable conmigo, pero no le creí que fuese su preocupación. Aun así, lo dicho dicho estaba, y no tenía cabeza para arrepentirme de ello.

Así fue el resto del día: yo, en mis intentos por no verlo, por ignorarlo; él, perdido en esa libreta con los ojos carbón, ajeno a todo, distante de todos, como era su costumbre, como debía ser.

Gael e Iván, con el paso de los días, comenzaron a ser más directos en sus insinuaciones y más atrevidos en sus gestos. Me fastidiaba, yo no estaba buscando algo con alguien y, por otro lado, por muy enojada que estuviera con él, sabía que lo escuchaba todo. De todos modos Luca siempre estaba dándome la espalda o hablando distraído con alguno de sus compañeros, y, cuando llegaba a estar solo, garabateaba no sé qué cosa en su cuaderno, completamente concentrado. Así que en verdad no parecía importarle lo que ocurría a su alrededor, yo incluida.

Envidiaba su voluntad, su capacidad para borrarme de su map ...