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NACIóN TV

Fabrizio Mejía Madrid  

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Fragmento

—Hazlo por los niños —les dijo a todos los anunciantes que le ayudaron a levantar el primer Teletón mexicano en 1997.

Dedicado a la rehabilitación de niños discapacitados, el primer Teletón de Televisa se había proyectado un 12 de diciembre. En vez de la Basílica de Guadalupe, el espectáculo de recaudación de millones se haría desde un foro de Televisa San Ángel y, después, casi cumplidas las 24 horas de transmisión ininterrumpida, desde el mismísimo Estadio Azteca. Ése era otro deslinde de su abuelo, de su padre. Lo más importante serían los niños discapacitados, no Las mañanitas a la Virgen. Sólo ahí se demostraba el poder de Televisa: convocar a los otros medios y a miles de anunciantes. ¿Quién podía negarse a ayudar a un niño paralítico? Ya no era ir a ver el ayate del indio Juan Diego. Ahora era apreciar el yate de los Azcárraga. El Teletón no era el espectáculo de la genética con niños que no podían andar, ni hablar, ni coordinar y, a veces, ni ver. El milagro no lo iban a pedir al Cerro de Tepeyac sino al edificio de Chapultepec 18. No a la virgen que, en cuatro siglos, había fallado tanto, hasta con el abad Schulenburg. A “los jodidos” de su padre ya sólo les quedaba recurrir a Televisa. Ésa era la apuesta: ahora la televisión sería el milagro posible.

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Por supuesto, como en la Basílica, la conductora había sido Lucero. Los mercadólogos de Televisa tenían medido el encanto que causaba en la gente, la confianza que se le tenía a su sonrisa, la congoja que causaba en las audiencias cuando lloraba. Emilio supervisó el montaje del primer Teletón como si fuera una de sus bodas: consistía en un escenario semicircular con dos torres de monitores donde se alternaban las marcas que lo financiaban: un pan industrial, un refresco, los bancos, las aseguradoras, los equipos de futbol de Televisa, un cereal, periódicos, estaciones de radio, marcas de autos. En el promocional, los conductores de Televisa besaban, abrazaban y cortejaban a niños en sillas de ruedas, sin control sobre sus gestos, ciegos, mudos, moviéndose como muñecos de trapo, como en un perpetuo ataque de epilepsia, como los que un tumor en la cabeza le provocaba a la única mujer a la que su padre quiso, Gina. Para ella y para nadie habían sido las últimas palabras de su padre:

—Por fin —dijo agonizante— me reuniré otra vez con Pato.

Al menos eso se decía en los cuartos de maquillaje de Televisa.

En los talleres de la televisora se mandaron a hacer miles de cochinitos con el logotipo del Teletón —unas manos uniéndose en oración—, con la esperanza de que la gente donara sus monedas. Los mismos productores de su segunda boda fueron los encargados de dramatizar lo de por sí trágico: el niño con parálisis que logra decirle algo con trabajos a la conductora:

—Gra-cias Tele-vi-sa.

Y entonces los aplausos, el público en el estudio llorando de pie y el contador electrónico donde se va sumando el dinero acumulado. Y la canción-tema:

Alivi ...