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STEVE JOBS

Karen Blumenthal  

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Fragmento

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La primera historia de Steve Jobs consistía en «unir los puntos», y comenzó con una promesa de lo más inusual.

Joanne Schieble era una estudiante universitaria de Wisconsin que apenas tenía veintitrés años cuando supo que estaba embarazada. Su relación con otro universitario —de origen sirio— no contaba con la aprobación del padre de ella, y las costumbres de los años cincuenta no veían con buenos ojos a una mujer que tuviese un hijo fuera del matrimonio. Para eludir la presión social, Schieble se trasladó a San Francisco, acogida bajo el techo de un médico que se encargaba de cuidar de madres solteras y ayudaba a concertar adopciones.

En un principio, un abogado y su esposa habían accedido a adoptar al bebé que estaba en camino, pero cambiaron de idea cuando este nació, el 24 de febrero de 1955.

Paul y Clara Jobs, un matrimonio humilde de San Francisco con un cierto nivel de estudios de secundaria, llevaban un tiempo a la espera, así que cuando su teléfono sonó en plena noche se lanzaron ante la posibilidad de adoptar al recién nacido: lo llamaron Steven Paul.

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Schieble quería que a su hijo lo adoptasen unos padres con formación universitaria, y cuando se enteró —antes de que el proceso de adopción se formalizase— de que ninguno de los dos miembros del matrimonio Jobs poseía título universitario alguno, se mostró reacia a seguir adelante. Solo accedió a completar el proceso unos meses más tarde, «cuando mis padres le prometieron que yo iría a la universidad», diría Jobs.

Entregado a la esperanza de un futuro brillante para su hijo, el matrimonio Jobs se acomodó y un par de años después adoptó a otra hija, Patty. El pequeño Steve resultó ser un niño muy curioso y también difícil de criar. Metió una horquilla en un enchufe eléctrico y se ganó un viaje directo a urgencias con quemaduras en una mano; ingirió veneno para hormigas y regresó al hospital a que le hiciesen un lavado de estómago; para mantenerlo entretenido cuando se despertaba antes que el resto de la casa, sus padres le compraron un caballo de madera, un tocadiscos y unos vinilos de Little Richard. Fue un niño tan difícil en sus tres primeros años que —tal y como ella misma confesaría en una ocasión— su madre llegó a preguntarse si había hecho bien al adoptarlo.

Cuando Steve cumplió cinco años destinaron a su padre a Palo Alto, a unos cuarenta y cinco minutos al sur de San Francisco. Tras servir en la Guardia Costera durante la Segunda Guerra Mundial, Paul había trabajado como operario maquinista y como vendedor de coches de segunda mano, y en aquel entonces trabajaba en una compañía financiera dedicada a la gestión de cobros a morosos. En su tiempo libre reparaba coches usados y los vendía con un pequeño beneficio, dinero que iba a parar a la cartilla de ahorros para los futuros estudios universitarios de Steve.

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Patty Jobs, fotografía del anuario escolar de 1972, en su primer año de escuela. (foto por cortesía de Seth Poppel/Yearbook Library)

En aquella época aún quedaban grandes áreas sin urbanizar en la zona meridional de San Francisco y contaban con un cierto número de huertos dispersos de albaricoques y ciruelas. La familia adquirió una casa en Mountain View, y cuando montó su taller en el garaje, Paul aisló una pequeña zona y le dijo a su hijo: «Steve, a partir de ahora esta será tu mesa de trabajo». Le enseñó a usar un martillo y le dio un juego de herramientas más pequeñas. A lo largo de los años, recordaría Jobs, Paul «me dedicó muchísimo tiempo (…). Me enseñó a construir cosas, a desarmarlas y a montarlas de nuevo».

La cuidadosa pericia y la dedicación de su padre a los detalles más nimios dejó en Steve una huella profunda.

«Era una especie de genio con las manos, capaz de arreglar lo que fuese y hacerlo funcionar, de desmontar cualquier aparato mecánico y volver a montarlo», contaría Jobs a un entrevistador en 1985. Ante Steve, su padre también puso mucho hincapié en la importancia de hacer bien las cosas. El hijo aprendió, por ejemplo, que «si fueras un carpintero que está haciendo una cómoda maravillosa, con sus cajones, no le pondrías una lámina de contrachapado en la parte de atrás aunque fuera a quedar contra la pared y nadie fuese a verla nunca, porque tú sabrías que está ahí, por eso utilizarías una pieza de madera igualmente bonita».

Esa fue una lección que Steve Jobs aplicaría una y otra vez a los nuevos productos de Apple. «Para dormir bien por las noches, hay que llevar la estética y la calidad hasta sus últimas consecuencias», diría.

Clara también respaldaba a su hijo: por las tardes se dedicaba a cuidar a los niños de sus amigos para pagarle las clases de natación y, dado que Steve se mostraba interesado y era precoz, le enseñó a leer. Este punto supuso una gran ventaja para él en el colegio.

Por desgracia para Steve, saber leer llegó a convertirse en una especie de problema. Una vez en la escuela, «tenía verdaderas ganas de hacer dos cosas —recordaba él—: Quería leer, porque me encantaban los libros, y quería salir por ahí a cazar mariposas». Lo que no le apetecía en absoluto era que le obligasen a seguir instrucciones. Se revolvía contra la estructura de la jornada escolar y pronto comenzó a aburrirse de estar en clase. Sentía que era distinto a sus compañeros.

Cuando tenía seis o siete años, le contó a la niña que vivía enfrente que era adoptado. «Entonces, ¿eso significa que tus verdaderos padres no te querían?», le preguntó ella.

La inocente pregunta le sentó como un puñetazo en el estómago y proyectó en su cabeza la sombra de un pensamiento aterrador que no se le había ocurrido hasta la fecha. Entre sollozos, echó a correr hacia su casa, donde sus padres se apresuraron a consolarlo y a desterrar aquella idea por completo.

—Se pusieron muy serios y me miraron a los ojos —contó él—, y me dijeron: «Te escogimos a ti de manera específica».

Y, en efecto, sus padres pensaban que era alguien muy especial: excepcionalmente brillante, aunque también excepcionalmente tozudo. Más adelante, tanto amigos como colegas dirían que su empuje y su necesidad de control surgían de un sentimiento de abandono muy arraigado.

—Saber que era adoptado quizá pudo hacer que me sintiera más independiente, pero nunca me he sentido abandonado —reveló a un biógrafo—. Siempre me he sentido especial. Mis padres me hicieron sentir que era especial.

Algunos de sus profesores, sin embargo, lo veían más como a un niño problemático que como a un niño especial. A Jobs, el colegio le parecía tan espantoso y aburrido que un amigo suyo y él pasaban sus ratos más divertidos cuando se metían en líos. Un ejemplo: muchos de los alumnos iban al colegio en bicicleta y las aparcaban con candados en unos soportes en el exterior de la escuela de primaria Monta Loma; cuando estaban en tercero, Jobs y su amigo intercambiaron las combinaciones de sus propios candados con muchos de sus compañeros y otro día, tiempo después, salieron y cambiaron todos los candados.

—No terminaron de solucionar el lío de las bicicletas hasta las diez de la noche —recordaba el fundador de Apple.

En todo caso, su peor conducta quedaba reservada para la profesora. Él y su amigo llegaron a soltar una serpiente en el aula, y a preparar una pequeña explosión bajo su silla.

—Le provocamos un tic nervioso —contó Jobs más adelante.

Lo enviaron a casa en dos o tres ocasiones a causa de su mala conducta, pero él no recordaba que aquello le supusiese castigo alguno; en cambio, su padre le defendió y dijo a los profesores: «Si no son capaces de mantener su interés, la culpa es de ustedes».

En cuarto curso lo rescató una profesora muy especial: Imogene Teddy Hill, quien se deshizo en atenciones hacia él durante una época particularmente complicada en casa. Impresionado por un vecino al que parecía irle de maravilla en el negocio inmobiliario, Paul Jobs comenzó a asistir a la escuela nocturna y obtuvo una licencia como agente de la propiedad inmobiliaria. Sin embargo, aquel no resultó ser el mejor momento, y la demanda de viviendas se desplomó justo cuando él trataba de abrirse camino en el negocio.

Un buen día, la señora Hill preguntó a sus alumnos: «¿Qué es lo que no entendéis del universo?». El joven Jobs respondió: «No entiendo por qué mi padre se ha quedado sin dinero de repente». Clara aceptó un trabajo a tiempo parcial en la oficina de pago de nóminas de una empresa local, y la familia firmó una segunda hipoteca sobre su vivienda. Durante más o menos un año, en casa de los Jobs contaron con un presupuesto bastante ajustado.

A las pocas semanas de tener a Steve en su clase, la señora Hill ya había calado a su insólito alumno y le había ofrecido un pacto muy atractivo: si era capaz de terminar él solo un cuaderno de problemas de matemáticas con un mínimo del 80 por ciento de soluciones correctas, le daría 5 dólares y una piruleta enorme.

—Me quedé mirándola como si le estuviera diciendo: señora, ¿está usted loca? —contó Jobs. Aun así aceptó el reto, y no pasó mucho tiempo antes de que su admiración y respeto hacia la señora Hill fueran tan grandes que no necesitó más sobornos.

La admiración era recíproca, y la profesora facilitó a su precoz alumno un kit para fabricar una cámara, con el que tenía que pulir su propia lente. Sin embargo, aquello no implicaba que Jobs se convirtiese en un niño fácil. Muchos años después, algunos compañeros de trabajo de Jobs pasaron un buen rato cuando la señora Hill les mostró una fotografía de su clase en el día de Hawái. Steve se encontraba en el centro, ataviado con una camisa hawaiana, si bien la fotografía solo contaba una parte de la historia: Jobs no había aparecido con una camisa hawaiana aquel día, sino que se las arregló para convencer a un compañero de clase de que se la prestara.

Jobs diría de su profesora que era «uno de los santos de mi vida», y afirmó que pensaba que «aquel año aprendí más que en cualquier otro curso»: otorgó a la señora Hill el mérito de haberlo puesto en la senda correcta.

—Estoy seguro al cien por cien de que si no llega a ser por la señora Hill en cuarto, habría acabado en la cárcel, sin ninguna duda.

Con un renovado interés en las clases y unos resultados que parecían hallarse en el buen camino, Jobs se sometió a una serie de exámenes y obtuvo unas calificaciones tan altas que el colegio recomendó que pasase a un curso dos años superior al que le correspondía. Sus padres accedieron a que fuera solo un año por delante.

La secundaria resultó más dura académicamente hablando, y Steve seguía queriendo ir por ahí a cazar mariposas. Un informe de sexto curso decía de él que era «un lector excelente», pero también apuntaba que «tiene grandes dificultades a la hora de motivarse o de encontrarle sentido al hecho de sentarse a estudiar». Constituía también «un problema de disciplina en ciertos momentos».

El séptimo curso trajo consigo un grupo peor de compañeros de clase. Las peleas eran habituales, y algunos alumnos acosaban al chaval enclenque que era un año menor que el resto. Jobs lo pasó mal, y a mitad de aquel año dio un ultimátum en casa:

—dijo que si tenía que volver a aquel colegio alguna vez, no iría, sin más —recordaba su padre, y se lo tomaron muy en serio—. Así que decidimos que lo mejor sería mudarnos.

Sus padres reunieron lo poco que tenían y compraron una casa de tres habitaciones en Los Altos, un lugar donde los colegios eran de primer nivel, y también seguros. Allí, en principio, su hijo superdotado podría centrarse en los estudios, pero a mediados de los años sesenta los tiempos estaban cambiando, y Steve Jobs pronto tendría otras cosas en la cabeza.

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El traslado de colegio fue sin duda para mejor, y Jobs se encontró con otros chicos que compartían sus aficiones; allí haría amistades que, con el tiempo, cambiarían su vida.

Tuvo también la suerte de crecer en el valle de Santa Clara, un entorno atestado de ingenieros y manitas dispuestos a ayudarle a aplacar su creciente fervor por el campo en auge de la electrónica.

Cuando se percató de que su hijo no compartía su afición por los coches, Paul Jobs le trajo a Steve todo tipo de cachivaches electrónicos de su época de primaria para que los desmontase. Steve halló también un mentor en su vieja barriada, un ingeniero de Hewlett-Packard llamado Larry Lang: había despertado el interés del muchacho con un micrófono de carbón antiquísimo que había situado en el paseo de entrada a su casa y que no necesitaba de un amplificador electrónico. Lang introdujo al chico en el mundo de los Heathkits, conjuntos de componentes electrónicos e instrucciones detalladas para que los amantes del hobby fabricasen radios y otros aparatos similares.

—La verdad es que pagabas más por ellos que si fueras y te comprases el producto terminado —recordaba Jobs.

Aun así, le llamó la atención cómo el hecho de montar los kits le ayudaba a comprender el funcionamiento de las cosas y le hizo sentir confianza al respecto de los aparatos que era capaz de fabricar.

—Aquellos objetos dejaron de ser un misterio. Es decir, si te fijabas en el aparato de televisión, pensabas: «No he montado una de esas, pero podría hacerlo. Hay una en el catálogo de Heathkit, y, como ya he montado otros dos kits, también podría montar una» —decía Jobs—. Ser capaz de comprender unos objetos en apariencia tan complejos a través de la observación y el aprendizaje me supuso una inyección tremenda de confianza en mí mismo.

Steve mantuvo el contacto con Lang aun después de que la familia Jobs se trasladase, y este le ayudó a participar en uno de los Explorers Club de Hewlett-Packard: todos los martes, Jobs se reunía con otros estudiantes en la cafetería de la compañía para escuchar cómo los ingenieros hablaban sobre su trabajo. Fue durante una de esas visitas cuando vio por vez primera un ordenador de sobremesa. En los años sesenta, las computadoras variaban en tamaño desde algo similar a un frigorífico hasta llegar a ocupar una habitación entera y, por lo general, había que refrigerarlas con aire acondicionado para evitar que se calentasen en exceso. En 1968, Hewlett-Packard había desarrollado el 9100A, su primera calculadora científica de sobremesa, y lo había anunciado como un «ordenador personal diez veces más rápido que la mayoría de máquinas a la hora de resolver problemas científicos y matemáticos».

—Era gigantesco y podía pesar unos dieciocho kilos, pero era una belleza —dijo Jobs—. Me enamoré de aquello.

Mientras intentaba construir su propio frecuencímetro, un aparato para medir los impulsos de una señal electrónica, Steve se encontró con que le faltaban piezas. No se lo pensó dos veces y se fue a por la guía telefónica, buscó el número del fundador de HP —Bill Hewlett— y le llamó a casa. Hewlett atendió la llamada con toda cortesía y recibió a Jobs en una visita que duró veinte minutos. Una vez finalizada la charla, Steve había conseguido las piezas que le faltaban, así como el contacto para un trabajo de verano, el verano que pasó en la cadena de montaje poniendo tornillos en unos frecuencímetros que se utilizaban en fábricas y laboratorios.

—Estaba en el paraíso —recordaba.

La gente como Bill Hewlett colaboró a la hora de que el valle de Santa Clara se convirtiese en un imán para ingenieros y técnicos especialistas. Además de la creciente actividad de Hewlett-Packard en Palo Alto, otras compañías como la división de misiles de la Lockheed Corporation en Sunnyvale, un centro cercano de investigación de la NASA, y la Fairchild Semiconductor en San José generaban una oferta de empleos técnicos cada vez mayor. A esto había que añadir cuán cerca se hallaban la Universidad de Stanford, en Palo Alto, y la de California-Berkeley, un poco más al norte: dos hervideros de ciencia y tecnología.

La infancia de Steve Jobs transcurrió en una época de rápida innovación en el mundo de la electrónica, la tecnología y la ciencia del control del flujo invisible de la electricidad necesaria para que funcionen las cosas. A finales de los años cuarenta, tres científicos que trabajaban en los laboratorios Bell de la AT&T —John Bardeen, Walter Brattain y William Shockley— inventaron el transistor, un aparatito capaz de dirigir y amplificar los electrones. Este transistor estaba hecho sobre un material denominado «semiconductor», que no llegaba a ser un verdadero aislante ni tampoco un conductor y que enviaba corrientes eléctricas en una dirección pero no en la otra. Al tiempo, el silicio se convertiría en el material semiconductor por excelencia, y aquellos dispositivos minúsculos resultantes recibirían el nombre de semiconductores o «chips».

Al reemplazar a los tubos de vacío, más voluminosos y menos fiables, los transistores pasarían a ser la base de todos los productos electrónicos, y permitirían a los científicos e ingenieros crear aparatos cada vez más pequeños como los «transistores» de radio que se podían guardar en un bolsillo, televisiones que cabían en una estantería y, finalmente, un ordenador que se podía colocar sobre la mesa.

A medida que Hewlett-Packard y las demás compañías iban creciendo y avanzaban en la fabricación de nuevas líneas de producto, semiconductores y dispositivos con capacidades que se superaban sin cesar, los individuos más ambiciosos se marchaban de estas empresas para poner en marcha las suyas propias e idear así más innovaciones. Fue, en palabras posteriores de Jobs, «como cuando soplas esas flores o plantas que esparcen sus semillas en todas direcciones».

Con tanta actividad y dedicación centrada en los chips y los circuitos, más y más gente se iba trasladando a la zona: las máquinas de las constructoras fueron haciendo desaparecer los huertos en pro del desarrollo urbanístico, y la población de San José se multiplicó por dos entre 1960 y 1970, mientras que en el caso del cercano Cupertino se cuadruplicó. Muy pronto, la zona pasaría a ser conocida como «el valle del silicio»: Silicon Valley.

En los primeros años de secundaria de Steve, Paul Jobs trabajaba para una empresa que fabricaba láseres para componentes electrónicos y de uso médico, así que el hijo desarrolló también un cierto interés en ese campo y montó el suyo propio a base de componentes que se había agenciado o que le había traído su padre, con quien compartía de vez en cuando sus trabajos de la escuela.

Steve entabló una buena amistad con Bill Fernandez, un compañero de clase, y ambos compartieron trabajos de ciencias y otras aficiones. En aquellos años solían dar buenos paseos al atardecer, en los que charlaban acerca de todo tipo de cuestiones muy serias, desde la guerra de Vietnam hasta las chicas, desde las drogas hasta la religión (es más, a lo largo de toda su vida Jobs atacaría las cuestiones complicadas y las grandes ideas a base de comentarlas durante sus largos paseos).

Jobs había dejado de asistir a la iglesia luterana a los trece años, después de plantarse frente al pastor con un artículo de una revista: hablaba de los niños que morían de hambre en África. «¿Tiene Dios conocimiento de esto y de lo que les va a pasar a estos niños?», preguntó al pastor. Cuando el hombre le reconoció que «sí, Dios lo sabe», Jobs decidió que no podía creer en tal dios. Aun así, Fernandez y él pasaban horas debatiendo sobre cuestiones espirituales.

—A los dos nos interesaba la faceta espiritual de las cosas, las grandes preguntas: ¿quiénes somos?, ¿de qué va todo esto?, ¿qué sentido tiene? —decía Fernandez—. Por lo general, era Steve quien hablaba. Traía su tema del día, algo que tuviese en la cabeza, y me daba la murga durante horas, mientras paseábamos.

El año en que Steve Jobs entró en el instituto, 1968, fue uno de los más tumultuosos de la historia reciente de los Estados Unidos. En el mes de abril caía asesinado Martin Luther King, Jr., quien había combatido la discriminación racial por medios no violentos. Un par de meses después de aquello le llegaba el turno al candidato a la presidencia Robert Kennedy: fue tiroteado y asesinado tras un mitin de campaña. La oposición a la guerra de Vietnam alcanzó su punto álgido con la revuelta de los manifestantes antibelicistas en la convención nacional del partido demócrata en Chicago.

Entretanto, se estaba produciendo un fenómeno social tan nuevo como curioso. Un artículo de portada de la revista Time de 1967 con el título de «Los hippies» describía a ciertos jóvenes en su mayoría de clase media, raza blanca y con buena formación, que «abandonaban» y rechazaban las sendas de la universidad y el trabajo tradicional en busca de la paz, el amor y el conocimiento, en parte por medio de la experimentación con drogas alucinógenas como la marihuana y el LSD. Estos hippies —que recibían tal nombre del término juvenil de los cincuenta hip o hipster, «a la última»— vestían atuendos coloridos, escuchaban música acid-rock como la de Jefferson Airplane o Grateful Dead y se dejaban el pelo largo. El epicentro de este movimiento se hallaba en el barrio de Haight-Ashbury, en la cercana San Francisco.

En contraste, el instituto Homestead en el que ingresó Jobs ese año seguía perteneciendo a un entorno residencial, clásico y protegido. El campus de aquel instituto, con los edificios de una o dos plantas que lo formaban y rodeado de una alambrada de espino, tenía el aspecto de una penitenciaría. La inmensa mayoría de los quinientos estudiantes de la promoción del 72 era de raza blanca: Steve tenía un par de compañeros negros y algún que otro asiático. El estricto código de imagen obligaba a los chicos a cortarse el pelo por encima de las orejas, y los pantalones vaqueros estaban prohibidos, de manera que ellos llevaban pantalones de vestir y ellas, vestidos o faldas cuya longitud solo podía variar dentro de los siete centímetros y medio de pierna que comprendían sus rodillas.

A ojos de sus compañeros de clase, Steve podía resultar frío y tenso, y dar la impresión de poseer una extremada confianza en sí mismo, incluso excesiva, pero también lo tenían por inteligente y muy buen estudiante. Carlton Ho, que en aquella época dirigía la banda del instituto y hoy día es catedrático de Ingeniería de Caminos, recuerda lo frustrado que dejaron a un profesor de matemáticas entre Jobs y él cuando se pasaron toda la clase mirando catálogos de productos científicos de la marca Edmund Scientifics y debatiendo las posibles opciones.

En su tercer año, Bill Fernandez, el amigo de Steve, comenzó a pasar las tardes y los fines de semana ayudando a su vecino, Steve Wozniak, que estaba montando una computadora pequeña en su garaje. Wozniak —que era casi cinco años mayor que Jobs e iba cuatro cursos por delante— había sido uno de los alumnos estrella del instituto Homestead en matemáticas, ciencias y electrónica. Pese a que su familia en realidad no podía permitírselo, lo habían enviado a la Universidad de Colorado, en Boulder, a estudiar un año, pero a Wozniak —o Woz, como le llamaban sus amigos— le interesaba más experimentar con las posibilidades de las grandes computadoras del campus y jugar al bridge hasta altas horas de la noche. El resto de sus calificaciones sufrió las consecuencias al final del curso, y Woz regresó a casa para estudiar informática en una escuela técnica.

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Steve Jobs, fotografía del anuario escolar de 1971, en su tercer año de instituto. (foto por cortesía de Seth Poppel/Yearbook Library)

Por aquel entonces, a los jóvenes de veinte años se les otorgaba un número que dependía de su fecha de nacimiento y con el que entraban en un sorteo anual para prestar el servicio militar. El número de sorteo correspondiente a la fecha de nacimiento de Wozniak era muy alto, y eso significaba que las probabilidades de que le tocase eran muy bajas, pero aun así, puesto que no sabía con certeza si le llamarían a filas durante la guerra de Vietnam y tampoco tenía dinero para asistir a la universidad, Woz se apartó un año de los estudios y comenzó a trabajar como programador para una empresa.

Si a Jobs y a Fernandez les interesaba mucho la electrónica, a Wozniak le obsesionaba. Llevaba años coleccionando manuales que explicaban cómo estaban hechas las minicomputadoras, una versión reducida de un ordenador central, y había estudiado sus componentes y conexiones. A continuación, para pasar el rato, había intentado esbozar un diseño que permitiese fabricarlas con menos piezas.

El ordenador que estaban montando Wozniak y Fernandez no tenía mucho de interesante: estaba hecho a base de piezas que habían sacado de aquí y de allá, y apenas tenía memoria suficiente para almacenar 256 caracteres escritos, más o menos una frase. Wozniak era capaz de escribir pequeños programas en tarjetas perforadas que hacían que la computadora pitase cada tres segundos, o que llevase a cabo una función encendiendo unas luces que tenía en la parte frontal. No contaba con teclado ni pantalla, y la capacidad de memoria era demasiado reducida para efectuar cálculos matemáticos simples. Aun así, podía ejecutar un programa. Lo apodaron el «Cream Soda Computer», el ordenador «refresco de vainilla», dada la gran cantidad de botellas que se bebieron mientras lo montaban. Aquel ordenador sufrió una muerte prematura cuando una subida de tensión procedente de la fuente de alimentación hizo explotar los circuitos en una columna de humo.

Fernandez se percató de que a sus dos amigos les gustaba la electrónica y también gastar bromas, así que habían de conocerse. De manera que un día, Jobs cogió su bicicleta y fue a verlos. Wozniak se encontraba calle abajo, lavando el coche. «¡Eh, Woz! —gritó Fernandez—. Ven aquí, que voy a presentarte a Steve».

A pesar de la diferencia de edad, uno y otro congeniaron desde el principio. Jobs admiraba que Wozniak supiese más de electrónica que él, y sentía que su propia madurez encajaba con la inmadurez de Wozniak. Por su parte, este reconoció que «Steve las cazaba al vuelo, y me cayó bien. Era un tío esquelético, escuchimizado y lleno de energía».

Comenzaron a moverse juntos: Wozniak introdujo a Jobs en la música y las poderosas letras de Bob Dylan, y ambos se lanzaron a buscar las grabaciones de sus conciertos. No tardarían mucho en convertirse en socios de un negocio de lo más inusual; e ilegal también.

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Steve Jobs, fotografía del anuario escolar de 1972, su último año de instituto. (foto por cortesía de Seth Poppel/Yearbook Library)

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Steve Wozniak, fotografía del anuario escolar de 1968, su último año de instituto. (foto por cortesía de Seth Poppel/Yearbook Library)

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