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TEQUILA, DF

Fabrizio Mejía Madrid  

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Fragmento

VENEGAS








21:45

Soy el único poeta vivo. Todos los demás, vegetando en oficinas de revistas, editoriales, embajadas, bibliotecas, museos, becas. Los becarios: esa especie de gallinas atenidas a que les rieguen su maicito, antes sí pero ahora no hay, y toda la corte de agradecimientos, pagos por favores recibidos, venganzas, envidias, pegarles en grupo o a uno por uno. Están todos cadáveres no muy exquisitos aunque bien que están cerdos por todas las comidas, cenas, brindis, cocteles a los que tienen que seguir yendo para que los vean, para ser parte de la comunidad artística. Semejante fiasco. Soy el único poeta vivo porque no me he envilecido elogiando para que me elogien, golpeando para que me estimen los contrarios, siendo entrevistado sólo para que pongan mi nombre en la pantalla de televisión. Puercos, rameras, pestilencias, empequeñecidos reintegros con los culos llagados porque se sientan a esperar su reconocimiento. Todos ellos de lentecitos porque es la única explicación a que les digan “escritores”. Si tienen anteojos es que han de leer reteharto. Pero yo se los digo: nadie lee nada, todo mundo hojea para machacarte en público. Los traen, los lentes, sin aumento, sobre las narices, para tener algo que acomodarse cuando no saben qué contestar. Y no saben porque tienen cultura de contraportada. Y ellas, las más feas de todas. No hay seres más deformes que las escritoras. Y es que son las que se refunden en un escondite para que nadie las vea y de pura aburrición en el recreo acaban haciéndose unos versitos sobre la soledad. A la larga todos y todas reciben su premiecito, su homenajito, sus aplausitos. Tan tan: Mira, mamá, soy alguien. Y se les atoran los labios entre los dientes.

No he tratado con escritores en años. No estoy aquí para avisarles lo contrario, sino para contarles la pequeña historia de para qué le sirvió, hace mucho tiempo, mi poesía a tres personas con las que podría tapar el sol con un sombrero e irme, niño de ojos cerrados, soplándole al humo de un tren. Un aviso antes.

Mi poesía

No se vende

porque no se imprime

porque no se ve.

Sólo se escucha por mi propia boca

como terrón de azúcar flotando

en la taza de café del mundo.

O quizá mi Acción Poética 1976 debería proponer lo contrario: llamar a todos los escritores y artistas a empinarse lo más que puedan. Que la genuflexión sea la nueva reflexión. Que la celebridad y la celeridad sustituyan a la celebración y a lo cerebral. Que la actriz que firmó sus memorias sea más importante que el escritor que las hizo. Que el fabricante de bolsas del súper se haga, finamente, artista plástico y el de efectos especiales, director de cine. Que todos seamos parte de la alegre carrera de la estupidez. Que lo banal reine sobre lo cabal. Pensar el envilecimiento de todos como una obra, una instalación masiva de cuerpos desnudos hartándose de lodo, cuando lo que se les pidió es que tragaran mierda, no que pidieran otro plato para llevar. Olvidémoslos. Qué más me da. Sus vidas pueden ser postes de luz pasando a toda velocidad, unos iguales a otros. O agua encharcada. No me importa. Que ruede el mundo.

Otra ronda, siempre otra ronda, hasta que suene la campana como en Liverpool. A todos nos va a sonar. Y a algunos se los van a sonar, pero sus esposas, las Lovely Ritas. A mí no.

Todos ustedes, vírgenes a la palabra escrita, que piensan que los poetas no servimos para nada, que lo que hacemos es una especie de locura lánguida, una inspiración de señorita que se marea en el pesero, les tengo otra noticia. Están súper pendejos. Podría escribir los versos más tristes esta noche pero tengo mala visión nocturna. La poesía sirve para la vida. Yo me emborracho con ustedes todos los días para escribirla. Otros lo hacen por haberla publicado. Así es la vida: hay quien se abstrae de ella con esperanza y hay quien lo hace con decepción.

Pero sigo. Preñé a Nadia, mi ex esposa, hace como trece años. Sí, cabrón, pues a las cosas por su nombre y a los nombres por las orejas. Luna de miel en Chapultetrepo, Nocturno dentro de Rosario y ni madre entre los dos. No te ofendas, no es tu esposa. Pero te digo lo que le escribí a Nadia, mi esposa, hace como diez años:

Andaba yo en los funerales del viento

cuando vi el clavel sobre su cabello

y lo llamé sol.

¿Contento? Sigo, dos puntos. Y como no teníamos ni un centavo, Nadia preñada y yo nos fuimos a casa de mis papás. Oigan los gritos, todos al mismo tiempo, en medio de una pelea familiar:

—Pero, ¿qué les hemos hecho? —gritaba mi madre tomando a Nadia del cuello de su camiseta del “no” contra Pinochet.

—Nada —decía Nadia aliterada, con el bebé en brazos.

Lo que sucedía era simple: después de sobrevivir ahí el embarazo, nos íbamos a vivir a otro lugar, lejos de mis padres. No teníamos tiempo para discusiones pero le veía yo las caras de terror a mis tías, la Beba —no por cara de niña sino por beoda— Sarita y Recolección —en mi familia aseguraban que existía algo llamada Mar&iac

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