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TODOS LOS RíOS DEL MUNDO

Dorit Rabinyan  

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Dedicatoria

Primera parte: OTOÑO

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Segunda parte: INVIERNO

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Tercera parte: VERANO

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A Hassan Hourani (1973-2003)

PRIMERA PARTE

OTOÑO

1

Recibe antes que nadie historias como ésta

Llamaron a la puerta. Yo estaba pasando la aspiradora y tenía los Nirvana en el estéreo a todo volumen. Los educados gorjeos del timbre no conseguían llegar a mis oídos; me espabilé solo cuando, ya perdida la paciencia, se tornaron insistentes, agresivos. Era mediados de noviembre, un sábado por la tarde, temprano. Por la mañana había hecho unas cuantas cosas y ahora estaba ocupada limpiando. Aspiraba los sillones y el parqué, con los oídos a punto de estallarme por el estruendo de la máquina y las reverberaciones de la música; una monótona pantalla de ruido blanco que, en cierto modo, me calmaba. Mientras empuñaba la manga de succión para arrancar el polvo y los pelos de gato, no pensaba en nada, totalmente concentrada en los rojos y los azules de la alfombra. Salí de mi abstracción cuando se atenuó el suspiro de la aspiradora y la canción musitaba sus últimas notas. En el espacio de tres o cuatro segundos previos al comienzo de la pista siguiente, escuché el tañido agudo, insistente, de la campanilla del timbre. Las palabras no me salían, parecía una persona sorda que de repente recupera el oído.

—Rak... —balbuceé en hebreo mirando a la puerta—, Rak rega... —E inmediatamente me corregí y, desconfiada, eché un vistazo al reloj—. Un minuto, por favor.

Era la una y media de la tarde, pero con el tono gris deprimente que había fuera parecía casi de noche. A través de los cristales empañados de las ventanas, mirando desde el duodécimo piso a la esquina de la calle 9 y University Place, apenas podía distinguir los respetables edificios de la Quinta Avenida, y una franja de cielo bajo, que destellaba como el acero, se colaba por encima de las chimeneas humeantes.

El timbre sonó otra vez, pero dejó de hacerlo justo cuando apagué la música.

—Un minuto, por favor...

Me miré rápidamente en el espejo del pasillo —cola de caballo torcida, camiseta y chándal sucios, zapatillas deportivas— y abrí la puerta de golpe.

Dos hombres, de unos cuarenta años, con traje de calle y corbata oscura, estaban esperando fuera. El de la derecha llevaba un portafolios bajo el brazo y le llevaba una cabeza al de la izquierda, que estaba frente a mí, como un vaquero a punto de desenfundar el arma o como si sujetara en cada mano un maletín invisible. La impaciencia que desprendían los dedos huesudos del de la derecha, tamborileando en la piel de su portafolios oscuro, y el alivio en el rostro mofletudo del vaquero eran la prueba de los interminables minutos que hacía que estaban esperando.

—Hola —dije casi sin voz de tan sorprendida.

—Buenos días, señora. Sentimos mucho molestarla. Soy el agente Rogers y él es mi colega, el agente Nelson. Somos de la Oficina Federal de Investigaciones. ¿Podemos pasar un momentito a hacerle algunas preguntas?

Fue el de la izquierda, el pistolero, el que habló. Llevaba un traje dos tallas más pequeño para su físico robusto, musculoso y compacto, y hablaba modulando con suavidad, estirando las palabras y alargando el final de las sílabas como si se mordiera la lengua. Yo estaba paralizada y era incapaz de entender sus nombres y cargos, tampoco comprendí el significado de lo que había dicho hasta que su compañero, el alto, con indisimulada impaciencia y expresión dura e indescifrable, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó algo que yo solo había visto en las películas y en las series de televisión: una placa de identificación de policía, dorada y estampada en relieve.

Supongo que parpadeé y murmuré algo, sorprendida y un tanto compungida, pues, al ver mi reacción de sordomuda que se queda pasmada, supusieron que tenía dificultades para hablar inglés. El alto miró por encima de mi cabeza y echó un vistazo al apartamento. Entonces, mi sospecha de que creían que yo era la mujer de la limpieza se confirmó cuando el grandote insistió, más fuerte esta vez:

—Por favor, solo unas preguntas. Querríamos hacerle algunas preguntas —recalcaba las palabras como cuando se le habla a un niño: separando bien las sílabas—. ¿Nos permite pasar?

Por la vergüenza, o quizá por el hecho de sentirme agraviada, tenía la voz ronca; percibí en ella un temblor que sacaba a relucir mi acento:

—Por favor, puedo saber... —carraspeé—. Lo siento, pero, por favor, ¿podrían decirme por qué?

Vi un destello de alivio en los ojos del vaquero.

—Lo entenderá enseguida —contestó retomando su tono autoritario—. Serán solo unos minutos, señora.

En la cocina me serví un vaso de agua tibia y la bebí de un trago, sin respirar siquiera. No había motivos para preocuparme, mi visado era válido, no obstante, el hecho de que estuvieran sentados allí, en el salón, esperando para interrogarme, era suficiente para ponerme nerviosa. Saqué dos vasos más del armario y me pregunté si no sería mejor telefonear a Andrew o a Joy. Andrew era un amigo de Israel, nos conocíamos desde los diecinueve años y podía pedirle que viniera y confirmara que me conocía. Pero el simple hecho de intentar pensar en lo que le iba a decir por teléfono me provocó más sed.

Cuando entré en el salón, ellos ya habían bajado las sillas de la mesa, donde yo las había colocado patas arriba para limpiar el suelo. El alto se había quitado la chaqueta y estaba sentado de espaldas a la cocina. Y el matón, que estaba de pie junto a la aspiradora, examinaba la habitación.

—¿Vive sola?

Un espasmo me recorrió la mano y los vasos vacilaron sobre la bandeja.

—Sí, es el apartamento de mis amigos —contesté señalando con la cabeza la fotografía de la boda de Dudi y Charlene—. Están en el Extremo Oriente. Un viaje largo. Yo les cuido la casa y los gatos.

Franny y Zooey no se veían por ningún lado.

Su mirada se posó sobre los cuencos para el agua y la comida que estaban debajo de la estantería.

—¿Y cómo ha conocido a este matrimonio? —Miró la fotografía—. ¿Alquilan o son dueños?

—El apartamento es de ellos —contesté sin moverme—. Conozco a Dudi desde hace muchísimo tiempo, de Israel, fuimos compañeros de colegio; su esposa es norteamericana...

Murmuró algo y echó un vistazo alrededor.

—¿Es usted de Israel?

—Sí, señor.

Miró hacia las ventanas. Lo observé un instante y enseguida aproveché la oportunidad para acercarme a la mesa.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí? —preguntó.

—Unos dos meses. —Apoyé la bandeja con alivio—. Tienen previsto regresar antes de la primavera. —Afligida, me acordé de que se me habían acabado los cigarrillos—. Pero tengo otro amigo, que es de aquí. —Busqué con la mirada el teléfono inalámbrico para llamar a Andrew—. Pueden preguntarle...

—¿Preguntarle?

—No sé... —me falló la voz—. Sobre mí...

Me dio la espalda y volvió a mirar las ventanas.

—Por ahora no es necesario.

—Muchas gracias. —El alto me sorprendió con su voz profunda, clara, casi radiofónica.

—¿Perdón?

—Gracias por el agua. —Sonrió mirando la botella. Tenía unos dientes perfectos, derechos y blancos, como los de los anuncios de dentífricos.

Asentí nerviosa y le entregué mi pasaporte, que había sacado del bolso, abierto por la hoja del visado. Aunque sabía perfectamente que era válido por cinco años más, en la cocina había verificado dos veces las fechas.

Dio la vuelta al pasaporte, miró la tapa de color azul y volvió a mirar la primera hoja.

—Así que usted es ciudadana del Estado de Israel, señorita Ben-ya-mi...

—Benyamini —intervine con amabilidad para ayudarlo con la pronunciación, como si fuera relevante—. Liat Benyamini.

Pude ver con nitidez los halos de las lentillas en sus vivaces ojos grises cuando se posaron primero en la expresión tensa de mi rostro y luego en la sonrisa que mostraba en la fotografía de mi pasaporte.

Señaló con un gesto la silla ubicada a su lado.

—Soy israelí —musité y obedientemente cogí la silla. Las patas chirriaron al contacto con el suelo.

El interrogatorio duró, en efecto, menos de quince minutos. Lo primero que hizo el alto fue sacar un bloc de formularios filigranados con el emblema del FBI en color verde claro. En el ángulo superior izquierdo de la primera hoja escribió la fecha con una pluma azul. Copió mi nombre del pasaporte, en mayúsculas y espaciando mucho las letras. Luego anotó con meticulosidad los seis dígitos de mi fecha de nacimiento. Tenía una letra muy bonita, elegante, tan firme como el tono que empleó para pedirme que repitiera mi dirección, el número de teléfono del apartamento y los nombres de los propietarios. Escribió unas siglas enigmáticas y comprobó varios recuadros que había al final de los renglones. Cuando pasó a la hoja siguiente, levantó de pronto la vista y examinó mi rostro. Evité su mirada y bajé los ojos mirando la mesa. Pude ver cómo escribía «negros» y otra vez «negros» —probablemente el color de mi pelo y mis ojos— y que describía el color de mi piel como «aceituna oscuro».

Entonces intervino el matón.

—Veo que usted nació en Israel —dijo, pasando las hojas de mi pasaporte de atrás para delante hasta que se dio cuenta de que había que leerlas de derecha a izquierda—. En el setenta y tres.

—Sí —me enderecé en la silla.

—Lo que significa que ahora usted tiene veinti...

—Nueve.

—¿Casada?

De tan nerviosa e impaciente que estaba me clavé las uñas en la palma de las manos.

—No.

—¿Hijos?

Metí las manos debajo de los muslos.

—No.

—¿Dónde vive?

—¿En Israel?

—Sí, señora, en Israel.

—Ah. En Tel Aviv.

—¿Y qué hace?

Liberé mis manos y bebí un sorbo de agua.

—Estoy estudiando para obtener mi licenciatura en la Universidad de Tel Aviv.

—¿Licenciada en qué?

Recordé que él había creído que yo era la sirvienta.

—Tengo una licenciatura en Lingüística y Literatura Inglesa. Traduzco monografías.

—Ah, Lingüística... ¡Es usted traductora! —exclamó—. Eso explica su excelente inglés.

—Gracias. Estoy aquí con una beca Fulbright. —Procuré que mi tono de voz fuera neutro, serio—. Ellos se encargaron de obtener el visado.

Miró el pasaporte otra vez.

—Por casi seis meses. —Señaló el documento con la cabeza—. Aquí dice que su visa es válida hasta mayo de dos mil tres.

—Sí. —Controlé mis pies nerviosos que no paraban de moverse debajo de la mesa; deseaba un cigarrillo con toda mi alma—. El veinte de mayo.

—Interesante, interesante —comentó tras beberse medio vaso de agua—. ¿Traduce del inglés al hebreo?

Asentí secamente. Y lamenté haberlo mencionado. Podría haber dicho solo que era una estudiante que venía de Israel y punto, pero seguramente sentí la necesidad de presumir, de salvar mi dignidad frente a él.

Su rostro permaneció inmutable. Con sus uñas rosadas golpeaba ligeramente su vaso.

—Supongo que el hebreo es su lengua materna.

—Sí. Bueno, no —proseguí abatida—: mis padres son inmigrantes iraníes, pero mi hermana y yo nos criamos hablando hebreo.

Los golpecitos cesaron, sustituidos por un murmullo.

—¿Inmigrantes iraníes?

—Mis padres son judíos de Teherán; emigraron a Israel a mediados de los sesenta.

Se aseguró de que su compañero lo estuviera anotando y se volvió hacia mí:

—Entonces, los dos, su padre y su madre, son judíos.

Asentí otra vez. Y, para que lo oyera el alto, quien me lanzó una mirada inquisitiva, lo repetí en voz alta y clara:

—Correcto.

—Eso es muy interesante, por cierto —prosiguió el matón arrugando la frente—. ¿Y tiene algún pariente que viva en Irán?

—No —contesté. Por el giro que estaba tomando la conversación me sentí más confiada—. Emigraron a Israel y desde entonces todos son ciudadanos israelíes...

—¿Y usted? ¿Ha estado en Irán recientemente?

—Nunca.

—¿No ha ido nunca allí? —insistió—. ¿Ni en busca de sus raíces o algo por el estilo?

—Irán no es un destino muy recomendable si se tiene uno de esos documentos. —Señalé mi pasaporte con la cabeza—. Es posible que me dejaran entrar, pero no estoy segura de que me dejaran salir...

Mi respuesta le agradó. Miró mi pasaporte esbozando una sonrisa y volvió a abrirlo por la hoja que tenía marcada con el dedo.

—Afirma entonces que nunca ha visitado... —examinó las hojas selladas— Irán.

—Así es.

—Pero, a juzgar por lo que estoy viendo aquí, ha visitado Egipto varias veces en los últimos años.

—¿Egipto? Ah, sí, Sinaí. Solíamos ir a menudo. Pero últimamente se ha vuelto un poco peligroso. Para los israelíes, quiero decir...

Llegó a la última hoja de mi pasaporte y retiró un documento que guardaba allí desde que terminé el servicio militar.

—Es de las FDI —expliqué—. Dice que estoy autorizada a salir de Israel cuando lo desee. —Antes de que me bombardease con más preguntas, añadí—: El servicio militar es obligatorio en Israel. Las mujeres lo cumplen durante dos años y los hombres tres. Yo lo hice en una unidad que se ocupa del bienestar social de los soldados. Me alisté en el noventa y terminé en el noventa y dos.

Mi repentina verborragia y, en particular, el esfuerzo que había hecho en los últimos minutos por imprimir cierta calma y una especie de extraña frivolidad a mi tono de voz —como si encontrara divertida la situación— me habían dejado completamente extenuada.

—Por favor, cuénteme. —Ahora su voz sonaba alegre y despreocupada, casi amable—. ¿Cómo escribe sus traducciones? —Cerró el pasaporte y me lo devolvió—. ¿Con pluma y papel o en un ordenador?

Por supuesto, no me esperaba esa pregunta.

—En un ordenador.

—¿Portátil?

No podía creerlo.

—Sí, yo...

Entrelazó los dedos de ambas manos y las apoyó sobre la mesa.

—¿Aquí, en su casa?

—Aquí o en la biblioteca de la universidad.

—¿Y en las cafeterías? ¿Trabaja con su ordenador portátil en las cafeterías?

—Sí. A veces.

—¿Acude a alguna en particular con regularidad?

—¿En particular? —Vacilé. No estaba segura de lo que quería averiguar—. Lo siento, pero no entiendo...

—Señora, ¿ha estado últimamente en una cafetería situada cerca de aquí, en la esquina de la calle 9 y la Sexta Avenida? —Su compañero le pasó la pluma y señaló el pie del formulario—. ¿El café Aquarium?

—¿El Aquarium? Ah, sí...

—¿Es posible que haya estado allí la semana pasada? ¿El martes por la tarde, a última hora?

—¿El martes? Puede ser. Es...

Cerró los ojos un instante, como satisfecho.

—Gracias, señora.

2

Al final resultó que ese mismo día, menos de una hora después de que los policías salieran de mi apartamento, acudí nuevamente al café Aquarium. A principios de la semana, Andrew y yo habíamos quedado en que nos encontraríamos allí el sábado por la tarde. Eran las tres y veinte cuando se marcharon, pero, cuando terminé de ducharme y vestirme y decidí llamarlo —quería que nos encontrásemos en otra parte, en otro café del barrio, cualquiera, pero no allí—, me saltó el contestador.

—¡En este momento no estamos en casa! —recitaron las tres alegres voces del coro familiar.

Andrew y Sandra se habían separado el año anterior, pero él todavía no había podido armarse de valor para cambiar el mensaje. Una señal sonora prolongada cortó la risa ondulante de Josie, la pequeña.

—Soy yo —dije a la imagen reflejada en el espejo del vestíbulo mientras me contorsionaba al ponerme el abrigo—. ¿Ya te has ido? —Aguardé un instante con la esperanza de que me respondería. La aspiradora, la fregona, el balde y los trapos seguían donde yo los había dejado antes de la visita sorpresa de los investigadores—. Vale, no importa.

El café Aquarium está al lado de la biblioteca pública, en la Sexta Avenida, y da a la esquina de la calle 10 Oeste. Miré por el cristal de la entrada, escudriñé el interior del local y la campanilla repicó cuando abrí la puerta y volvió a repicar al cerrarla cuando entré. Fuera soplaba un viento frío, cortante, y el cambio abrupto de la calle bulliciosa a la atmósfera caldeada del café, un calor sereno, casi tropical, me aturdió. Me impactó el olor a pasteles y a café recién hecho y el sonido de un piano soñoliento tocando un jazz puntuado por las expiraciones de la máquina exprés. Encontré una mesa vacía junto a la ventana, me senté y pedí un capuchino.

Tenía a los investigadores todavía pegados a mis pensamientos, como dos guardaespaldas, y me los imaginaba ahí sentados, frente a mí. Adopté una expresión indiferente, o al menos confiaba en que lo fuera, y eché un vistazo a los demás clientes del café. Había cinco personas sentadas en las mesas de madera oscura, enfrascadas en la conversación u hojeando revistas; dos hombres apoyados en el mostrador; una joven madre conversando con su bebé en un rincón apartado. Nadie me miraba de soslayo ni con suspicacia. Uno de los hombres del mostrador levantó la vista de la sección Metro del Times, pero la bajó enseguida y siguió leyendo con total indiferencia.

Esta vez nadie parecía preocuparse por mi aspecto medio oriental. Los agentes me habían contado que un idiota, un ciudadano ejemplar, que me había visto aquí el martes a última hora de la tarde, había llamado a la policía para denunciar que una muchacha, con pinta medio oriental, estaba involucrada en una actividad sospechosa. Dijeron que les informó que la chica estaba escribiendo correos electrónicos en árabe, pero, aparte de su error lingüístico —seguramente me vio escribir en hebreo, de derecha a izquierda, y pensó que era árabe—, no podía entender realmente qué pudo haber visto en mí o en mi comportamiento para suponer que yo era una activista de Al Qaeda. Me pidieron disculpas por el tiempo que me habían hecho perder y me explicaron que desde el 11 de septiembre la atmósfera en la ciudad era muy tensa y había mucho miedo y confusión, pero que ellos estaban obligados a investigar todas las denuncias.

—Pero ¿cómo me encontraron? —se me ocurrió preguntarles mientras los acompañaba hasta la puerta—. ¿Cómo sabía ese hombre dónde vivo?

Me contestaron que probablemente me había seguido hasta mi casa y me había visto entrar en el edificio, se fijó en el apartamento al cual había subido y dio la dirección a la policía.

El capuchino llegó acompañado de una galleta de mantequilla. Eran las cuatro y diez cuando miré el reloj de pulsera de la camarera. Volvió a repicar la campanilla: entró una mujer seguida por otra. Alguien salió. En el otro lado del cristal una procesión de taxis amarillos avanzaba lentamente. Por encima de ellos, la estructura octogonal gótica de la biblioteca dominaba la esquina de la calle 10. Sus torrecillas se elevaban sobre los tejados y podía ver los números romanos del reloj en el torreón más alto. Sus manecillas también marcaban las cuatro y diez.

—Perdona. —Un muchacho estaba de pie ante mi mesa—. ¿Eres Liat?

Asentí. Y la ansiedad me embargó cuando por mi mente cruzó la loca idea de que aquello era una artimaña, que ese hombre de cabellos rizados tenía que ver con el FBI: era un agente infiltrado que enviaban para hacerme caer en una trampa. Ya antes de decirle que sí y ponerme en pie, había estirado el cuello y, perpleja, me había llevado la mano al cabello para alisarlo.

Se le iluminó la cara con un destello de alivio.

—Soy amigo de Andrew. Me ha pedido que te diga que lo siente mucho pero que no puede venir.

Y ahora ¿cómo lo describo? ¿Por dónde empiezo? ¿Qué palabras puedo usar para dar cuenta de mi primera impresión en aquellos instantes hoy tan lejanos? ¿Cómo puedo lograr que su retrato ya acabado, compuesto de capas de colores superpuestas, vuelva a ser aquel boceto a lápiz que mis ojos dibujaron a toda prisa la primera vez que se posaron en él? ¿Cómo puedo en apenas unos trazos pintar el cuadro en toda su amplitud y profundidad? ¿Es posible llegar a esa clase de minucioso análisis, a ese estado de lucidez, cuando las manos de la pérdida siguen tocando el recuerdo, manchándolo con las huellas de sus dedos?

—¿Se encuentra bien?

—Sí, está bien. Por un malentendido con su esposa ha tenido que ir él a recoger a la niña.

Tenía una voz ronca, amable. Su inglés era bueno y fluido, llano y seguro, y su acento muy marcado tenía un deje claramente árabe.

—Soy Hilmi. —Su h gutural desparramó por el local un profundo eco extranjero. Tomó la mano que yo le tendía y no pareció tener mayor prisa en soltarla—. Hilmi Nasser.

—Ah, ¿conque tú eres Hilmi? —Ahora todo cobraba sentido—. Eres su profesor de árabe.

Tenía la mano fría y seca por el tiempo que hacía fuera, pero sus dedos eran cálidos cuando presionaron los míos. Traté de recordar qué más me había dicho Andrew sobre él. «Es un tipo sensacional, muy talentoso, tienes que conocerlo», me acordé que me había dicho. Y no sé por qué se me ocurrió que me había contado que Hilmi era actor o que estudiaba teatro.

—Estábamos a punto de acabar la clase —me explicó soltándome la mano y señalando vagamente la avenida—, cuando llamó su exesposa.

Me quedé mirando su mano mientras trataba de pensar en algo que decir.

La sonrisa de Hilmi se ensanchó y se formó un hoyuelo en su cara sin afeitar.

—Andrew es un buen hombre. Un buen tipo.

Uno de sus dos dientes delanteros estaba algo amarillo y su sonrisa dejó a la vista las encías superiores sonrosadas.

—Tú... —vacilé torpemente—. Tú eres de Ramala, ¿no es cierto?

Asintió, no muy seguro.

—Hebrón. Por lo tanto, Ramala.

—Entonces, prácticamente somos vecinos; yo soy de Tel Aviv.

Es posible que al decirlo bajara la voz, que se hundió con nerviosismo en mi garganta, porque Hilmi se inclinó sobre la mesa y, como si se tratara de un gran secreto, susurró:

—Lo sé.

Me esfuerzo de nuevo por dibujar el rostro de este hombre en medio de una multitud de rostros: ¿qué trazos crispados y qué sombreado puedo usar? ¿Cómo dibujo el boceto de su cara tal como se me apareció entonces, a primera vista, aún misteriosa? Entre los innumerables pares de ojos marrones, ¿cómo puedo distinguir aquellos dos ojos dulces y afables, su mirada despierta, aunque algo desconcertada, maravillada? ¿Cómo sabré dibujar los labios, la nariz, las cejas, el mentón, un retrato sobre una servilleta de café, para que yo pueda verlos nuevamente, desprovista de emoción, quizás a través de los ojos de alguien sentado en una mesa vecina, o los de la camarera que en aquel momento se nos acercó?

—¿Desea tomar algo? —le preguntó.

Seguía de pie. Miró la silla.

—¿Puedo?

Lucía una larga melena, que era un mar de rizos ensortijados de color carbón que partían en todas direcciones. Tenía los ojos almendrados y dulces con unas pestañas tan largas y abundantes que por un momento pensé que usaba rímel. Medía cerca de un metro setenta. Llevaba unos pantalones de pana marrón, un jersey gris y una chaqueta de gamuza descolorida. Cuando el café y el vaso de agua que había pedido llegaron, vació el vaso de un trago mientras yo examinaba disimuladamente las matas de vello en los nudillos de sus hermosas manos. Se subió los puños de las mangas y vi el tupido vello de sus antebrazos y las venas abultadas en sus muñecas.

Dio las gracias a la camarera, quien había regresado con otro vaso de agua, y lo alzó mirándome con una sonrisa:

—¡Salud!

Tenía una nariz larga y torcida con aletas anchas que se agitaban mientras bebía. Su nuez se movía de arriba abajo. Su piel era más fina que la mía, de un tono aceituna pálido, y no se había afeitado. Aún quedaban huellas blancas y pegajosas de su sed coaguladas en las comisuras de sus labios después de que, ya saciado, suspirara y apoyara el vaso con estrépito sobre la mesa.

—¡Uf! —exclamó secándose la boca, que ahora se le había puesto muy roja—. Realmente lo necesitaba.

Resultó ser que Hilmi era pintor, no actor. Tenía dos años menos que yo: veintisiete. Me contó que se había graduado en Humanidades en Bagdad y que había llegado a Nueva York con un visado de artista hacía cuatro años, en el 99. Vivía en Brooklyn, donde tenía su taller, en la avenida Bay Ridge. Compartía el apartamento con una chica mitad libanesa llamada Jenny, que estaba estudiando Arquitectura, y cuya madre era la dueña del piso.

—Pero Jenny está con su novio en París desde agosto —explicó mordiéndose el labio. Lo hacía de vez en cuando; entraba los labios y los apretaba como para marcar el final de una frase—. Y de momento no han vuelto a alquilar su habitación.

No estoy segura de qué fue lo que dijo que me hizo pensar en los agentes del FBI.

—No podrás creer lo que me ha sucedido hoy —exclamé de pronto—, justo antes de llegar aquí.

Después de un rato de estar estirando, frunciendo y lamiéndome los labios, me di cuenta de que lo estaba imitando, que había copiado su gesto con la boca. Cuando empecé a contarle que el vaquero y su socio se habían presentado en mi casa mientras yo estaba limpiando, me sentí otra vez asustada y disgustada, sin poder creer todavía que todo aquello realmente hubiera sucedido dos horas antes. Pero ahora parecía ridículo, casi cómico.

—¿Nunca te ha pasado?

—¿Qué, que me sigan?

—No, que alguien piense que eres árabe. —Sonrió—. Porque pareces un poco...

Era una sonrisa adorable.

—¿Qué? ¿Un ente amenazador originario de Oriente Medio?

—Exacto.

—A decir verdad, cuando viajaba por el Extremo Oriente me decían que parecía india o paquistaní.

—A mí también me pasa siempre.

—Y aquí mucha gente cree que soy griega o mexicana...

—¡Y de mí, para qué decirte! Piensan que soy brasileño, cubano, español. Y una vez hubo uno que creyó que era israelí. Un tipo en el metro, que me preguntó algo en hebreo. Le dije: «Disculpe, señor...» —Algo lo distrajo—. «No hablo heb...» —Se detuvo y empezó a hurgar distraídamente en el bolsillo de su americana, haciendo tintinear unas monedas—. Un momentito, tengo que verificar algo.

Se agachó y cogió su bolso, una mochila de color naranja en un estado deplorable, que estaba abierta, y como un desesperado empezó a sacar todo lo que había en su interior: una larga bufanda de lana, un guante marrón, un grueso cuaderno de espiral, una bolsa de farmacia arrugada, un estuche de tela con cremallera, un mapa del metro, un paquete abollado de Lucky Strikes, otro guante.

Recogí un disco plateado que se había caído al suelo y había rodado debajo de la mesa.

—¿Qué buscas?

—Vale —masculló—, es solo dinero, pero ¿dónde lo he puesto...?

Introdujo el pulgar en el cuaderno y pasó las hojas de adelante hacia atrás. Vi desfilar una serie de bocetos a lápiz: pestañas arqueadas, pequeñas olas y rizos, conchas marinas, líneas y líneas de caligrafía árabe redondeada llenas de palabras tachadas, cuyos caracteres sobresalían como volutas ascendentes y descendentes entre los dibujos. Hundió el brazo hasta el codo en su mochila, hurgó en el interior, pero lo sacó enseguida y se golpeó el pecho. Pasó la mano por debajo del jersey para tocar el bolsillo de la camisa y pareció aliviado cuando extrajo de allí un puñado de billetes: uno de veinte, otro de cincuenta y uno viejo de cien.

Estuve a punto de pedirle que me enseñara el cuaderno para mirar los bocetos, pero ya se había puesto a recoger los billetes del metro y los papelitos que había desparramado sobre la mesa y dijo que tenía que marcharse. Los números romanos del reloj de la torre marcaban las cinco y cinco. Puso sobre la mesa un billete de veinte dólares y llamó a la camarera.

—Cierran a las seis y ya no me quedan azules.

—¿Solo los azules?

Los azules y los ver ...