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TODOS LOS RíOS DEL MUNDO

Dorit Rabinyan  

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Fragmento

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Dedicatoria

Primera parte: OTOÑO

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Segunda parte: INVIERNO

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Tercera parte: VERANO

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A Hassan Hourani (1973-2003)

PRIMERA PARTE

OTOÑO

1

Llamaron a la puerta. Yo estaba pasando la aspiradora y tenía los Nirvana en el estéreo a todo volumen. Los educados gorjeos del timbre no conseguían llegar a mis oídos; me espabilé solo cuando, ya perdida la paciencia, se tornaron insistentes, agresivos. Era mediados de noviembre, un sábado por la tarde, temprano. Por la mañana había hecho unas cuantas cosas y ahora estaba ocupada limpiando. Aspiraba los sillones y el parqué, con los oídos a punto de estallarme por el estruendo de la máquina y las reverberaciones de la música; una monótona pantalla de ruido blanco que, en cierto modo, me calmaba. Mientras empuñaba la manga de succión para arrancar el polvo y los pelos de gato, no pensaba en nada, totalmente concentrada en los rojos y los azules de la alfombra. Salí de mi abstracción cuando se atenuó el suspiro de la aspiradora y la canción musitaba sus últimas notas. En el espacio de tres o cuatro segundos previos al comienzo de la pista siguiente, escuché el tañido agudo, insistente, de la campanilla del timbre. Las palabras no me salían, parecía una persona sorda que de repente recupera el oído.

—Rak... —balbuceé en hebreo mirando a la puerta—, Rak rega... —E inmediatamente me corregí y, desconfiada, eché un vistazo al reloj—. Un minuto, por favor.

Era la una y media de la tarde, pero con el tono gris deprimente que había fuera parecía casi de noche. A través de los cristales empañados de las ventanas, mirando desde el duodécimo piso a la esquina de la calle 9 y University Place, apenas podía distinguir los respetables edificios de la Quinta Avenida, y una franja de cielo bajo, que destellaba como el acero, se colaba por encima de las chimeneas humeantes.

El timbre sonó otra vez, pero dejó de hacerlo justo cuando apagué la música.

—Un minuto, por favor...

Me miré rápidamente en el espejo del pasillo —cola de caballo torcida, camiseta y chándal sucios, zapatillas deportivas— y abrí la puerta de golpe.

Dos hombres, de unos cuarenta años, con traje de calle y corbata oscura, estaban esperando fuera. El de la derecha llevaba un portafolios bajo el brazo y le llevaba una cabeza al de la izquierda, que estaba frente a mí, como un vaquero a punto de desenfundar el arma o como si sujetara en cada mano un maletín invisible. La impaciencia que desprendían los dedos huesudos del de la derecha, tamborileando en la piel de su portafolios oscuro, y el alivio en el rostro mofletudo del vaquero eran la prueba de los interminables minutos que hacía que estaban esperando.

—Hola —dije casi sin voz de tan sorprendida.

—Buenos días, señora. Sentimos mucho molestarla. Soy el agente Rogers y él es mi colega, el agente Nelson. Somos de la Oficina Federal de Investigaciones. ¿Podemos pasar un momentito a hacerle algunas preguntas?

Fue el de la izquierda, el pistolero, el que habló. Llevaba un traje dos tallas más pequeño para su físico robusto, musculoso y compacto, y hablaba modulando con suavidad, estirando las palabras y alargando el final de las sílabas como si se mordiera la lengua. Yo estaba paralizada y era incapaz de entender sus nombres y cargos, tampoco comprendí el significado de lo que había dicho hasta que su compañero, el alto, con indisimulada impaciencia y expresión dura e indescifrable, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó algo que yo solo había visto en las películas y en las series de televisión: una placa de identificación de policía, dorada y estampada en relieve.

Supongo que parpadeé y murmuré algo, sorprendida y un tanto compungida, pues, al ver mi reacción de sordomuda que se queda pasmada, supusieron que tenía dificultades para hablar inglés. El alto miró por encima de mi cabeza y echó un vistazo al apartamento. Entonces, mi sospecha de que creían que yo era la mujer de la limpieza se confirmó cuando el grandote insistió, más fuerte esta vez:

—Por favor, solo unas preguntas. Querríamos hacerle algunas preguntas —recalcaba las palabras como cuando se le habla a un niño: separando bien las sílabas—. ¿Nos permite pasar?

Por la vergüenza, o quizá por el hecho de sentirme agraviada, tenía la voz ronca; percibí en ella un temblor que sacaba a relucir mi acento:

—Por favor, puedo saber... —carraspeé—. Lo siento, pero, por favor, ¿podrían decirme por qué?

Vi un destello de alivio en los ojos del vaquero.

—Lo entenderá enseguida —contestó retomando su tono autoritario—. Serán solo unos minutos, señora.

En la cocina me serví un vaso de agua tibia y la bebí de un trago, sin respirar siquiera. No había motivos para preocuparme, mi visado era válido, no obstante, el hecho de que estuvieran sentados allí, en el salón, esperando para interrogarme, era suficiente para ponerme nerviosa. Saqué dos vasos más del armario y me pregunté si no sería mejor telefonear a Andrew o a Joy. Andrew era un amigo de Israel, nos conocíamos desde los diecinueve años y podía pedirle que viniera y confirmara que me conocía. Pero el simple hecho de intentar pensar en lo que le iba a decir por teléfono me provocó más sed.

Cuando entré en el salón, ellos ya habían bajado las sillas de la mesa, donde yo las había colocado patas arriba para limpiar el suelo. El alto se había quitado la chaqueta y estaba sentado de espaldas a la cocina. Y el matón, que estaba de pie junto a la aspiradora, examinaba la habitación.

—¿Vive sola?

Un espasmo me recorrió la mano y los vasos vacilaron sobre la bandeja.

—Sí, es el apartamento de mis amigos —contesté señalando con la cabeza la fotografía de la boda de Dudi y Charlene—. Están en el Extremo Oriente. Un viaje largo. Yo les cuido la casa y los gatos.

Franny y Zooey no se veían por ningún lado.

Su mirada se posó sobre los cuencos para el agua y la comida que estaban debajo de la estantería.

—¿Y cómo ha conocido a este matrimonio? —Miró la fotografía—. ¿Alquilan o son dueños?

—El apartamento es de ellos —contesté sin moverme—. Conozco a Dudi desde hace muchísimo tiempo, de Israel, fuimos compañeros de colegio; su esposa es norteamericana...

Murmuró algo y echó un vistazo alrededor.

—¿Es usted de Israel?

—Sí, señor.

Miró hacia las ventanas. Lo observé un instante y enseguida aproveché la oportunidad para acercarme a la

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